Llevaba 10 minutos en la consulta esperando. Mi primer contacto visual fue al salir acompañando al paciente que había acabado la sesión y al cerrar la puerta y girarme hacia él se ha levantado para darme la mano. Lo ha hecho saludando con un tono bajo y la cabeza baja, a pesar de eso he podido ver sus ojos humedecidos.
Ha tomado asiento, le he ofrecido agua y como suelo hacer le he pedido unos minutos para presentarme, al acabar le he preguntado para qué un psicólogo en este momento.
– Hubiera sido un mal padre -a empezado entre lágrimas. Uno de esos que posiblemente están ausentes y cuando el hijo es adolescente se dan cuenta que la distancia no la pone el niño sino el no haber estado salvo “fiestas de guardar”. Por eso intenté cambiarlo, hacerlo mejor, tan mejor como he podido hasta que… se fue.
Por eso me han castigado? No me lo merecía, era demasiado especial para un padre como yo? Por qué no me han dado la oportunidad de cambiar, de hacerlo bien!!!!!!
Y desde que se fue no quiero vivir. Vivo porque Dios o quien mierda quiera que mande ahí arriba quiere pero no tiene sentido. Qué sentido tiene dejar vivir a un padre que ha perdido a su hijo. Un padre nunca debería enterrar a su hijo!
Eso es antinatural por muy malo que hubiera sido el padre no? No crees? En qué mundo se entiende que un padre sobreviva a su hijo. Si al menos fuera un buen padre… pero ni eso, yo ni eso y aquí me tienes.
No sé para qué un psicólogo. Para que me escuches supongo porque no me lo devolverás, dudo mucho que deje de sentir la pena que siento, la mierda de vida o que venir aquí sirva para pensar que la vida de mi hijo tuviera menos valor que la mía. Es tan injusto…
Y llora desconsoladamente.
Se seca los ojos intranquilo y apretando los dientes, yo guardé silencio. Su expresión me transmite que en su boca se agolpaban palabras buscando salir y explotar en rabia. Respiraba hondo, como si el aire pesara demasiado para entrar y salir de sus pulmones.
Poco a poco recupera y habla de su hijo en presente, aunque es consciente que ya no está. Dice que aún escucha sus pasos por el pasillo, que a veces cree ver la silueta junto a la puerta de su habitación. Su mente juega con él, lo trae de vuelta solo para volver a arrancárselo segundos después.
“Era demasiado joven”, repite entre frase y frase, como si buscara convencer al mundo de la injusticia. Se pregunta qué sentido tiene seguir. Lo escucho, conecto con él y tengo dificultades para controlar mi respiración mientras mis ojos se humedecen.
“Solo quiero que la vida me lo devuelva, que despierte un dia y esté ahí y que pase, que pase y lo que sea, te juro que doy lo que sea, que me muera al instante de ver que me lo han devuelto… que me muera a cambio, que me muera…”
El silencio se alarga, tengo dificultades para mantener la distancia terapéutica. Se rompe. Él baja la cabeza y murmura que lo peor es el miedo a olvidar su risa, el olor a jabón después del baño, la forma en que lo abrazaba con toda la fuerza de su todavía pequeño cuerpo. “La memoria es frágil y me da miedo que me muera habiendo olvidado algo, que mi hijo sea algo vacío, un nombre, una fecha…”.
“No soporto el silencio de la casa… -susurra y me cuesta oírlo -. A veces me quedo parado en su cuarto, no sé cuánto tiempo, horas! esperando que aparezca… Y cuando no lo hace, siento que me estoy volviendo loco”.
Otro largo silencio llena la consulta. Él aprieta los puños, baja la cabeza y coge pañuelos.
– Me estoy volviendo loco? Siento que me vuelvo loco, Jorge…
– Sí -respondo. No hay palabras para lo que he escuchado y cómo no vas a sentir que te vuelves loco echando de menos a tu hijo, el amor no desaparece con la muerte, sigue y seguirá en ti.
– (Llorando) Lo peor es pensar que un día podría olvidar su voz… que el tiempo me lo robe también.
– No lo vas a olvidar. Quizás cambie la manera en que lo recuerdas, pero siempre seguirá contigo. Ese vínculo nunca se rompe.

Cierro la puerta después de despedirlo y me quedo unos segundos sentado en la entrada, me siento sobrepasado tras la sesión. El pecho se me hace pequeño también, como si hubiera intentado encogerse para darle más espacio en la consulta. Tengo un nudo en el pecho y en mi estómago.
Dudo de si le di algo más que mi presencia y mis palabras torpes, sabia que acompañarlo en esta sesión no era acompañar a alguien en su duelo sino sostenerlo aún en la oscuridad y entre un insoportable dolor. Me pregunto qué sentido tiene acompañar a alguien en una herida que no cicatriza. No tendré respuestas, nunca las tendré, solo me esforzaba por estar presente pero conectar me hacía daño y entre ese dolor intentando no dejar que mis ojos fueran más allá de humedecerse como pocas veces.
Esa es la respuesta. No darle un sentido, sino simplemente estar. Ser testigo de un dolor tan grande que asusta, tan grande como el vínculo entre un padre con su hijo.
Me ha dejado temblando su miedo a olvidar. No la muerte en sí, sino la idea de que el tiempo robe lo poco que le queda. Y pensé en lo frágil que somos, en ese mismo miedo que he tenido yo cada vez que he perdido a alguien… en lo injusto que resulta que la memoria -nuestro último refugio- también tiemble ante el paso de los días y años.
Pienso en sus manos apretadas, en cómo buscaban anclar algo que ya no está. Pienso en esa frase – “que me lo devuelvan y me muera”- que suena a conjuro imposible, a última súplica . Me estremece que un deseo así pueda ser tan puro y tan terrible a la vez. No pide venganza ni explicaciones, solo volver a sostener. Y eso me abre una herida propia a la que me cuesta poner nombre.
Mientras escribía esto he borrado párte de la sesión. Escribía y luego borraba. Lo dejaré escrito en ese espacio “secreto” e íntimo, en su memoria y recordando como su padre hablaba de él. Qué poco profesional pensarán quienes lean estas líneas…
Hoy cierro la puerta con una sensación extraña, con un vacío que me dice que no lo he hecho bien, que podría haberlo hecho mejor.
Siento una mezcla de rabia y ternura y hay una imagen que no puedo borrar: él sentado en la consulta hablando de esperar lo imposible. Improviso un pequeño ritual: una sencilla vela. No para reemplazar, sino para nombrar, para que el mundo sepa que ese niño existió con una voz, con un olor, con algo único.
Me pregunto si fui suficiente en la sala. Pienso que no. No lo sé. Me sorprende la culpa que me azota por eso, absurda: cómo cargar también con la idea de “no hacer lo bastante” cuando lo único que pedía el hombre era ser oído y escuchado. Me obligo a recordar cada momento de esa sesión. Cuál es el precio del acto de acompañar, ofrecer un vaso de agua y estar?.
Sé que el dolor de ese hombre seguirá vivo mañana, y pasado y quizá siempre. También sé que hoy he vivido algo difícil de expresar con palabras y que me acompañará siempre.
Apago la luz y dejo la vela encendida.
Jorge Juan García Insua