
Como psicólogo, he aprendido que acompañar el dolor ajeno es también aprender a mirar el propio. Todas las sesiones te dejan una huella, a veces leve, a veces profunda, siempre humana.
En ese espacio terapéutico se entrelazan dos historias: la del paciente que busca sentido y la del profesional que, al escuchar, también se reencuentra con sus propias memorias y ausencias.
A veces acabo una sesión y al digerir emociones y esfuerzo emocional conecto con otros momentos y personas. Hoy ha sido una de esas sesiones y de esas conexiones.
Solo llevábamos unos minutos de sesión cuando…
– Ya no sé cómo hacerlo -ha dicho molesta-, cada vez me agobio más porque intento olvidar y no puedo. Creo que si no olvido no seré capaz de seguir, de soltar… tú lo entiendes?
– Siento cómo lo expresas y con el dolor que lo haces. Entiendo que esos recuerdos ahora, en este momento son dolorosos para ti. Entiendo que te duelen porque desearías que no fueran recuerdos de algo que ha terminado sino recuerdos de algo que continuará y a los que se sumarán más recuerdos…
– Sí, eso es… – asintiendo repetidas veces.
– No podemos olvidar como quien tiene un interruptor. Nuestra mente no es como fases que podemos bajar o subir un diferencial. Además intentar olvidar es otra forma de recordar, una más intensa aunque te produzca dolor.
– No te entiendo…
– Déjame que lo intente explicar. Cada vez que te centras en querer olvidar activas ese recuerdo, lo remueves, lo haces presente. Así que aunque parezca contradictorio estás reforzando ese recuerdo que quieres dejar en el olvido.
– Entonces, qué alternativa tengo si no quiero olvidar y tampoco quiero que ese recuerdo me duela? No sé cómo se hace eso. Cada vez que pienso en ello, me invade una mezcla rara… nostalgia, rabia, tristeza. Y entonces me culpo por seguir sintiendo.
La paciente durante unos minutos se negaba a entender su propio dolor, a pesar de lo intenso que era lo prefería a ese supuesto olvido.
Cuántas veces tratamos de borrar lo que nos duele, cuando en realidad lo que necesitamos es hacerlo parte de nosotros, sin que nos destruya. Qué fácil es decirlo y qué difícil hacerlo.
Hace pocos meses durante un máster el profesor insistía en algo similar a lo que esta paciente no está aún preparada, no se trata de olvidar sino de recolocarlo, de dejar que encuentre su sitio, uno en el que tal vez no duela tanto.
Qué humano es sentir lo que ella siente. A veces creemos que sanar significa dejar de sentir, pero sanar es aprender a sentir distinto. No menos, sino con más comprensión hacia uno mismo.
Había en ella una lucha invisible: una parte que quería avanzar y otra que se aferraba a lo que fue, por miedo a perderlo del todo.
—Lo que desaparece con el tiempo no es el recuerdo, sino la forma en que duele. Olvidar no es borrar, es permitir que lo vivido deje de ser herida para convertirse en historia.
Respiré hondo. Aquello que acababa de pronunciar era un mensaje muy claro. Quería sanar pero no estaba preparada ni quería soltar. El duelo no podía comenzar, no era el momento, su momento.
– Entonces… ¿quizás no tengo que dejar de pensar en él? —preguntó en voz baja, casi con temor.
– No, no tienes que dejar de pensar en él. Solo necesitas dejar de luchar contra lo que ya está ahí. Pensar en alguien que fue importante no es una traición al presente, es una manera de reconocer lo que viviste. El problema no es el recuerdo, sino la herida que todavía te “sangra”.
Ella asintió de nuevo lentamente. Hablamos entonces de lo que significa soltar sin borrar, de la posibilidad de mirar atrás sin quedar atrapada. Le propuse que, en lugar de intentar olvidar, escribiera una carta que nunca enviaría. No para cerrar nada de manera forzada, sino para dar forma a lo que aún no tiene palabras.
– A veces —le dije—, el amor que no pudo quedarse necesita un lugar donde descansar.
Al terminar la sesión no habíamos hablado de olvido, ni de superación, ni de futuro. Solo de estar. De sostener lo que duele sin huir. El duelo aún no había comenzado, pero algo se había movido. Las palabras abren caminos invisibles hacia lugares que creíamos dormidos, recuerdos que regresan no para doler, sino para recordarnos que seguimos sintiendo
No sé por qué tras marchar y mentalmente seguir en la sesión conecté con una escena vivida durante unos días de vacaciones en un pueblecito muy cerca de Segovia llamado Cabezuela.
Un atardecer de verano paseaba con mi pareja y entre girasoles llegamos a un pequeño cementerio a las afueras del pueblo. Justo en la entrada había un caminador, señal que alguien estaba en su interior.
No sé por qué pero aquel andador me generó mucho respeto, me asomé a la entrada y vi una mujer mayor junto a una tumba, no di un paso más y me alejé de la entrada.

Al poco la señora salió, cogió el andador y lentamente empezó a caminar hacia el pueblo. Tras pasar por delante nuestro compartíamos sensaciones y emociones contradictorias. La tristeza de verla junto a la tumba, a solas con quien imaginábamos era su difunto marido, y ese lento caminar con dificultad de solitario retorno a casa, y por otro lado lo bonito y tierno de la escena, de ese echar de menos, de ese seguir queriendo más allá de la vida, de ese marcharte sabiendo que para alguien eres lo más importante.
Cuando la adelantamos nos intercambiamos un amable y sentido “buenas tardes” y sí la miré pero tampoco fui capaz de sostener la mirada. Sentía que hacerlo era casi una falta de respeto, un percibir o interpretar algo que no me tocaba saber y que de alguna forma debía “cuidar”.
Aquellos días escribí sobre esa señora y aquella escena en el cementerio. Escribí sobre el duelo y lo guardé. Escribí para ella desde esa consideración, la deferencia, el anonimato y el silencio de saber que no lo publicaría nunca.
Y hoy sin esperarlo la paciente me ha hecho conectar con aquella señora. Me he sentado en mi butaca y volvía, sin proponérmelo, a aquella mujer del cementerio. A su lentitud al alejarse, a su silencio. Pienso que tal vez el duelo es exactamente eso, un andar despacio de regreso a casa, con el corazón lleno de ausencias que pesan y acompañan a la vez. No se trata de olvidar ni de negar el amor, sino de caminar con él aunque el peso sea mucho.
Hoy mi paciente me recordó que todos llevamos dentro un pequeño cementerio emocional, con nombres y fechas que no siempre queremos mirar. También que cada vez que nos permitíos visitar ese lugar, cada lágrima o palabra que nos permitimos, es un gesto de amor y vida. El dolor no desaparece, se transforma en aquello que una vez sentimos por alguien o alguien nos hizo sentir.
A veces me han preguntado si no me afecta escuchar el dolor ajeno. Sí lo hace pero no en la forma negativa que la respuesta puede inducir, creo que hacerlo y estar presente para esos pacientes es un modo de escuchar el propio, solo que más despacio, con el eco amortiguado por la responsabilidad profesional.
Cuando alguien habla desde el desgarro, algo dentro de uno se mueve también, aunque intente permanecer al margen. Y en esa “vibración compartida” es donde realmente ocurre la terapia, dos personas que se atreven a mirar juntas lo que duele sin huir.

Al escribir las notas mi mente pasa de la imagen de aquella mujer del cementerio a la de mi paciente. Dos personas distintas, un mismo gesto, un seguir caminando, aunque pese, aunque cueste.
A través de esas sesiones donde el dolor está tan presente, como de esta última he aprendido que sanar también es eso. Recordar sin quedarse en el mismo lugar.
Jorge Juan García Insua