El silencio es un elemento presente en muchas sesiones y una de las herramientas más importantes en terapia. Siendo tan habitual no lo es que en una sesión monopolice tanto y sea tan significativo.
Esta sesión empieza tras presentarme brevemente, solo conocía su nombre, edad y que necesitaba ayuda psicológica por la enorme tristeza que sentía. Cada vez que intentaba comenzar a explicarme en qué podia ayudarla la emoción y las lágrimas la impedían hablar, tras cada intento venía unos minutos de silencio y tras recuperar un poco de calma un nuevo intento.

Cuando la calma se lo permitió me explicó que hacía dos semanas había perdido a su amante, la persona “a la que más quería en este mundo”. Me explico que hace años habían sido pareja, que vivieron un par de años en una relación casi perfecta, completamente distinta a otras que había tenido antes pero que luego pasaron muchas dificultades “de muchos tipos” que enfrió la relación y que en un «intento absurdo» de no perderse intentaron ser amigos, amigos que al poco tenían derecho a roce, evitando tocar otros temas y sin querer plantear un volver o un “lo volvemos a intentar”.
Aquello se difuminó algo más de dos años. En ese tiempo ambos conocieron a otras personas hasta que el azar los puso de espaldas en un restaurante, en mesas contiguas una de esas noches que hay tantas cenas de empresa… chocaron las sillas y chocaron sus vidas.
Ella estaba en crisis con su pareja, que al poco la dejó. Él quería a la suya pero faltaba algo, no acababa de sentir aquella chispa que desde que había estado con ella nunca había recuperado. Quedaron para algún café y ponerse al corriente de sus vidas, aquellos cafés fueron cambiando y ninguno puso freno cuando se convirtieron en amantes de dos veces por semana.
Un día ella se levanta y no tiene mensaje. Espera unas horas y extrañada de no tener noticias teme que le haya pasado algo. No fue hasta final del día que sus temores se confirman. Había muerto a primera hora de la mañana.
– No estoy muy bien… bueno nada bien. Además me cuesta dormir, me levanto con una sensación horrible, como si me faltara el aire. Pero lo peor es que… no puedo hablar de esto con nadie.
– Tal vez esas sensaciones tengan que ver con ese no poder hablarlo. ¿Podrías contarme un poco más sobre lo que pasó y por qué sientes que no puedes hablarlo?
– Él murió hace dos semanas. Estrés, bueno…. supongo, mala suerte… nadie sabía que yo estaba con él, ni él conmigo. Estaba casado, yo no. Con él, en mi mente siempre lo hemos estado pero la realidad es que… éramos, mmm… éramos lo que la gente llamaría “amantes”.
Y ahora no puedo ni ir a su funeral. Fui, a lo lejos, inadvertida, como una sombra. Nadie sabía que estaba allí, a nadie le pude pedir que me acompañara, a nadie le dije que… a nadie he podido decirle cuánto lo extraño. Tengo que fingir que todo está bien.
– Escuchándote no puedo imaginar cómo de doloroso debe ser para ti tener que guardar tanto dentro. Estás viviendo una pérdida muy importante, pero al mismo tiempo te sientes obligada a esconder tu dolor.
– Exacto. Me siento ridícula, avergonzada por estar llorando por alguien que “no me pertenecía”. Ni siquiera sé si tengo derecho a estar triste. Su esposa, su familia… ellos son los que pueden llorarlo. Yo no!! Y no puedo dejar de hacerlo, no sé cómo dejar de hacerlo!
Le ofrezco agua y pongo a su lado la caja de pañuelos. Me contengo para no decir nada, pongo silencio a mi mente y estoy.
– Tiene sentido para ti? -me pregunta mientras intenta recuperar fuerzas.
– Tu dolor tiene sentido-respondo. El dolor que sentimos siempre lo tiene. La relación que tenías con él, aunque no fuera pública, fue real para ti. Lo era para los dos. Has perdido a alguien importante, y es completamente válido que sientas tristeza, culpa o rabia. El hecho de que otros no reconozcan tu vínculo no significa que tu duelo no exista.
– Pero qué hago? Cómo lo lloro? No tengo dónde poner este dolor. No puedo hablarlo con mi ex pareja, ni con mis amigas, algunas no lo entenderían. Me siento invisible. Esto tiene nombre Jorge?
– Esto que estás sufriendo es parte de lo que llamamos duelo no reconocido. Un duelo en el que la persona no recibe apoyo social, del entorno, porque su relación o su pérdida no es aceptada o entendida por los demás.
– Suerte de ti…
– Suerte de ti que ha decidido dar el paso. En este espacio, sí puedes hablar de él. No voy a juzgar la relación, solo entender lo que significaba para ti y buscar junto en la forma de transitar el duelo y acompañarte en tu dolor.
– Gracias Jorge… solo necesitaba escucharlo así. Que alguien no me mire como si lo que siento fuera algo sucio.
– No lo es. Es una pérdida, y como cualquier pérdida, merece ser llorada. Podemos trabajar juntos para que puedas elaborar este duelo, sin negar lo que fue real para ti ni el cariño que sentías.
Esos primeros encuentros, donde la emoción ocupa todo el espacio, me recuerdan que la terapia no siempre empieza con palabras. A veces comienza con la simple presencia, con el permiso para llorar frente a alguien sin miedo a ser juzgada. El silencio, cuando se comparte, deja de ser soledad.
El azar, caprichoso, a veces devuelve lo que la vida no terminó de cerrar. Quiero pensar que lo hace para recordarnos que hay vínculos que permanecen vivos, aunque cambien de forma, aunque el mundo no los vea.Escucharla fue como asomarme a una pena sin nombre, a un duelo invisible. Hay dolores que no se pueden poner en redes, que no caben en el lenguaje cotidiano. Nadie sabe de ellos y aunque aparecieran probablemente no tendrían muchos Likes ni reenvíos. Sin embargo, existen con la misma intensidad que cualquier otro.
El dolor no necesita legitimidad para ser real.En ese instante de quedarme a solas mirando la butaca donde había estado sentada me resonaba que acompañar no siempre es consolar y nunca es “corregir” ni dar lecciones de nada. En momentos así acompañar es sostener el espacio para que el otro respire dentro de su propio dolor. No hacer nada, cuando todo en ti quiere hacer algo, es un acto de amor profundo.
Al despedirnos, me quedé pensando en cuántas historias se viven en silencio. Cuántos silencios se rompen en esta consulta… En cuántas personas caminan por la vida con un duelo escondido, sin derecho al abrazo, sin espacio para su pena. Me recordó la enorme responsabilidad de la escucha: ofrecer refugio cuando el mundo no lo ofrece.
Me ha hecho recordar y entender, una vez más, que el amor por más imperfecto, secreto o complejo que sea, deja huella. Que el dolor de su pérdida es prueba de que existió algo verdadero. Y que el silencio, cuando se comparte, es un puente hacia la calma y la paz.
Cuando se fue la sala quedó en silencio y conectando con ese instante siento que era como si aún contuviera algo de su tristeza suspendida en el aire. En esos instantes posteriores a una sesión así, siempre me invade una mezcla de respeto y de humildad.
Pienso en la fuerza silenciosa que requiere amar sin testigos, en la soledad de quien sostiene un duelo que el mundo no valida. No hay palabra que repare una pérdida así, pero sí puede haber un espacio donde el dolor no tenga que esconderse.
Miro este espacio ahora vacío y siento que cada historia de amor, incluso las que no pueden nombrarse, tiene derecho a ser despedida con ternura. No existen amores ilegítimos cuando son sinceros; existen contextos, decisiones, vidas complejas. Pero lo que uno siente, el vínculo que se forma, el vacío que deja, es siempre real y merece respeto.
La terapia, en su esencia más pura, es eso. Un lugar donde lo invisible encuentra forma y lo prohibido puede pronunciarse sin vergüenza.Me pregunto cuántos duelos como este caminan entre nosotros, disfrazados de rutina, de trabajo, de sonrisas contenidas.
Cuántas personas fueron, son y serán un poco ella y llevan de alguna forma dentro algún amor que no pudimos vivir del todo o una despedida que nunca pudimos hacer pública o compartir. Y tal vez, solo tal vez, acompañar el dolor del otro también sea una forma de reconciliarnos con los nuestros. Porque en cada silencio compartido, algo en nosotros también sana.
El silencio, en terapia, no es vacío ni ausencia. Es un espacio de contención donde las emociones pueden tomar forma sin ser interrumpidas. En ese silencio la persona encuentra la posibilidad de escucharse, de conectar con lo que no había podido nombrar y, a veces, de otorgar significado a lo que parecía no tenerlo. El silencio cuando es compartido y sostenido con presencia y respeto, se convierte en un lenguaje en sí mismo.
Acompañar desde el silencio implica confiar en los procesos internos de cada persona. Confiar que el dolor, al ser reconocido, podrá transformarse sin forzar, ofreciendo un lugar donde lo no dicho también tenga valor.
Jorge Juan García Insua
“A veces, lo más importante que un terapeuta puede hacer es estar completamente presente.”- Irvin D. Yalom