
Está semana he escuchado varias veces eso de que “el tiempo no perdona a nadie”.
Ninguna de esas veces han sido vacías y ninguna de esas personas hubieran esperado decirlo durante una sesión por el motivo que les llevó a pronunciarla.
A menudo en sesión el tiempo es monotonía, anhelo, expectativa, miedo, justificación… y siempre siempre es avance, porque el tiempo no para, espera, siempre avanza y siempre pasa.
A veces esa frase aparece cargada de una especie de resignación silenciosa, como si nombrarla fuera la única forma que encuentran de darle sentido a lo que duele. No hablan solo de años, ni de arrugas, ni de fechas que se acumulan en el calendario. Hablan de decisiones postergadas, de palabras que no se dijeron, de vidas que se quedaron a medio camino de lo que soñaron ser.
En ese espacio de la sesión, el tiempo se vuelve algo extraño. Mientras pasa puede pesar como una losa o diluirse en minutos que pasan demasiado rápido. Para algunos es urgencia; para otros, una amenaza constante que recuerda lo que ya no volverá. Y sin embargo, también es testigo, como yo cuando estoy en consulta, de lo que se sostuvo, de lo que se cayó, de lo que aún insiste en seguir vivo a pesar del cansancio.
Cuando dicen que el tiempo no perdona, yo puedo escuchar un miedo profundo a haber llegado tarde. Tarde para cambiar, tarde para elegir distinto, tarde para empezar de nuevo. Pero el tiempo, más que juez, es como un escenario, uno enorme que va más allá de donde nos da la vista, no absuelve ni condena; simplemente está. Y en ese estar, nos confronta con lo único que de verdad nos pertenece, lo que hacemos ahora con lo que somos hoy.
Somos tan cabezotas que nos empeñamos en pelear contra el paso del tiempo, como si eso nos diera el milagro de pararlo, y mientras peleamos contra él dejamos de mirarlo y reconocer que hemos hecho con él lo que hemos podido con las herramientas que teníamos a cada instante, y que mientras haya tiempo -este, el de ahora, el que todavía avanza- también hay posibilidad. Aunque sea pequeña. Aunque dé miedo. Aunque no se parezca a lo que imaginábamos al principio.
Escribiendo estas líneas me viene a la mente un paciente al que acompañé en sus últimos meses de vida que en una de las últimas veces que nos vimos me dijo “ahora que casi no puedo moverme de la cama me angustio por el presente que soy y el tiempo que ya no puedo exprimir, pero estoy feliz por el tiempo pasado que dejo, por todas las cosas que hice porque no quería perder horas repensando por miedo”.
Cuando el tiempo entra en la consulta, no lo hace solo. A menudo viene acompañado de culpa, de comparaciones, de esa voz interna que repite “deberías haberlo sabido antes”. Y ahí es donde más cuidado hace falta, porque nadie llega tarde a su propia vida; llega cuando puede, cuando algo dentro por fin encuentra palabras.
El tiempo no perdona, dicen. Yo a veces pienso que somos nosotros quienes no nos perdonamos por haber necesitado tiempo. Por haber dudado, por habernos protegido como supimos, por haber sobrevivido incluso cuando eso implicó renunciar a partes de nosotros mismos. Y sanar también es entender que ese tiempo no fue perdido, aunque duela.
En sesión, poco a poco, el tiempo empieza a cambiar de forma. Deja de ser enemigo y se convierte en proceso. En pausas necesarias. En silencios que hablan. En ritmos que no siempre coinciden con lo que el mundo exige, pero sí con lo que la persona necesita. Y eso, aunque no se note desde fuera, es profundamente valiente.
Tal vez el tiempo no perdona, pero acompaña. Y cuando alguien se permite mirarse con un poco más de ternura, algo se afloja. No se recupera lo que fue, pero adquiere un significado distinto.
Esta semana he aprendido que el tiempo no pasa igual para todos. Se sienta entre nosotros sin pedir permiso. Está. Y yo lo miro pasar por las manos de quien tengo delante, con cuidado, sabiendo que no todo necesita arreglarse ni entenderse hoy.
Es cierto que el tiempo no se detiene, nunca lo ha hecho. Pero cuando deja de ser una sentencia y se vuelve experiencia compartida, cuando alguien se permite ese instante sin huir ni reprocharse, ocurre que por un momento, el tiempo no pesa. Y eso, en una vida, ya es mucho.
Jorge Juan García Insua