Pues eso… que ya tengo otro más y van… los que van porque voy aprendiendo que cumplir años no es simplemente sumar cifras en un calendario. A partir de cierta edad sumas y te enfrentas, aunque sea por un instante, a la evidencia de que el tiempo avanza sin pedirnos permiso.
Como psicólogo, he acompañado a muchas personas en distintos momentos de su vida, y si hay algo que se repite cada vez que alguien celebra un cumpleaños de más de 50, es esta mezcla profunda de gratitud y vértigo.
Los años pasan dejando marcas invisibles. No siempre son arrugas o canas, que al final les coges cariño, a veces son aprendizajes silenciosos, duelos no resueltos, sueños que cambiaron de forma. Cumplir años nos confronta con lo que fue y con lo que no fue. Con las decisiones tomadas y las que evitamos. Y eso puede doler… pero también libera.
En tiempos donde todavía siento que se idolatra la juventud y tantas personas temen envejecer, muchas viven su cumpleaños con cierta ambivalencia. Sonríen y se preguntan si están donde querían estar. No siempre la respuesta es cómoda, pero esa incomodidad nos recuerda que seguimos en movimiento, que seguimos teniendo la capacidad de elegir, de ajustar el rumbo.
Yo me respondo el día después sí. Estoy donde quiero estar. Los años me pasan, sí. Y pasan más rápido de lo que imaginaba cuando era niño. A cambio dicen que nos dan perspectiva. Lo que antes parecía una catástrofe hoy es una anécdota. Lo que antes dolía con intensidad ahora lo miro con compasión. Sigo persiguiendo esa ansiada madurez, la emocional, que me ayude a entender que la vida no es una carrera contra el tiempo, sino algo parecido a una conversación constante con él.
Cumplir años es reconciliarme con mi propia historia. Aceptar que hice lo mejor que pude con las herramientas que tenía en cada etapa. Perdonarme por no haber sabido más antes. Celebrar que, pese a todo, sigo aquí.
Y sigo aquí queriendo estar y quiero regalarme un año más. Me doy cuenta de que sigo sin querer grandes celebraciones. Quise y tuve un cumpleaños de gestos pequeños, de una mano que aprieta la mía, una caminata sin destino claro sintiendo el sol y el viento, una comida con risas y amigos a quienes abrazar. Tuve un cumpleaños con permiso de no estar disponible para todo el mundo y con un ratito para echar de menos a quienes desde algún sitio sé que siguen cuidando de mi.
Cumplir años es notar que el tiempo no pasa “en general”, pasa por uno. Se queda en ese menisco que hace poco dijo “para”, en las amistades que cambiaron de forma o desaparecieron sin escándalo, en las que vuelven caminando despacio, pasa en los padres que envejecen, en mis hijos que crecen demasiado rápido, en las personas que sigo queriendo y ya no puedo ver ni tocar excepto cuando cierro los ojos, en las versiones de uno mismo que quedaron atrás y que a veces extraño a veces con ternura y otras con vergüenza.
Al soplar, confieso, las velas no he pedido grandes deseos. He pensado en lo que he perdido y en lo que he elegido perder. En las renuncias conscientes y la elecciones conscientes y firmes.
A veces mis pacientes me ven con un aura de madurez que yo mismo a menudo no me veo. Solo estoy en otra etapa, con sus luces y sus sombras. Menos intenso y para algunos tal vez menos impulso, quizá, pero mejor dirigido y sobre todo aprendiendo a sostener lo que duele sin huir tan rápido.

Sé que no me queda todo el tiempo del mundo, en realidad nunca lo tuve. Escribo hoy porque hubo cumpleaños que pasé en piloto automático, respondiendo mensajes con una sonrisa mecánica, agradeciendo felicitaciones mientras por dentro hacía cuentas de lo que “debería” haber logrado ya. Pasé muchos otros sin querer celebrarlo o sin sentir que celebrarlo era algo especial, como si la vida tuviera un calendario oficial que yo estuviera incumpliendo. Los años enseñan que esa contabilidad es implacable y casi siempre injusta y ahora que llevo unos años intentando celebrarlo empiezo a coger el gustillo.
Creo que he aprendido a acompañar el miedo al paso del tiempo en otros, aunque todavía estoy aprendiendo a acompañarlo en mí. No se va del todo. A veces es miedo…otras es urgencia. Este último año ha sido más bien una conciencia tranquila de que no todo tiene que resolverse ya, pero tampoco puede aplazarse indefinidamente.
Huyo de la juventud eterna y aún más de la productividad impecable. Sé que he cambiado, que algunas certezas se cayeron y otras, más realistas, ocuparon su lugar. Que he cometido errores, más de los que me gusta admitir, y que también he sabido reparar algunos.
Cumplir años es reconciliarme con mis límites. Saber que no voy a llegar a todo, que no voy a ser todo, y que tal vez eso está bien. Que la vida no era aquello que imaginé exactamente, pero está tampoco es una decepción permanente. Es más compleja, más contradictoria y mucho más humana.
Ayer me regalé y me regalaron un cumpleaños sin prisa. Hoy soy un poco más afortunado que ayer.
Vamos a por uno más.
Jorge Juan García Insua