En terapia las sesiones son como un territorio donde no existe la impostura ni la pose, donde lo que aparece no es la versión pulida que solemos mostrar al mundo, sino algo más crudo, más honesto, más vulnerable.
Hay sesiones que se deslizan como una conversación cualquiera, y otras, como la de hoy, que te obligan a detenerte. Porque de pronto ya no estás frente a un discurso elaborado, sino frente a una verdad cansada, desnuda, que apenas puede sostenerse. Y entonces todo se vuelve más lento, más denso, más íntimo.
Y antes de que me dé cuenta, me descubro respirando un poco más hondo, preparándome para algo que todavía no sé nombrar, pero que intuyo que va a doler. No en el sentido de herirme, sino en el de recordarme que la vida, en ocasiones, pesa de una forma tan sutil que pasa desapercibida hasta que alguien la confiesa en voz baja. Y ese es el momento en el que uno sabe que lo que viene después necesita ser escuchado con una presencia distinta.

– Y solo sé que me siento muy cansado, como nunca antes me había sentido. Muy cansado…
Se me nota porque todos me hacen algún comentario, ya sabes… qué mala cara haces?
Como si no lo supiera yo, no te jode. Pero sabes lo peor.
Silencio. Sigue…
– Lo dice ríe es que añaden la coletilla de “cansado de qué?” Y no se imaginan como me duele eso, que añadan eso, para ellos no hay motivo, no tengo motivos y yo, la verdad es que yo también pienso que no tengo motivos y eso aún me hunde más. Y me siento peor, lo peor. Quizás es solo estoy cansado de vivir. Qué hace uno para dejar de estar cansado de vivir? Dejar de vivir?
Y en ese momento no digo nada. Me quedo completamente quieto, sintiendo cómo esas palabras resuenan. O miro y veo ese cansancio del que habla y no es solo físico, es un cansancio que provoca que hasta sostener la mirada parezca pesado.
Lo que más me llega es que no lo dice desde el dramatismo, sino desde la pura rendición. Como si hubiera estado aguantando una cuerda demasiado tiempo y ahora ya no quedara fuerza en las manos.
Noto que sostener ese momento me tensa, no por miedo, sino por algo que definiría como respeto. Respeto a la persona que tengo delante y a lo que me ha transmitido. Hay pacientes que dan rodeos, pero él no. Él ha ido directo a la herida y hacerse sangre.
– Puedo entenderte y también entiendo que te duela que los demás no vean lo que tú sí sientes. Ese “¿cansado de qué?”… como si tu agotamiento tuviera que estar justificado para… vivir. Pero no necesito que me des una lista de motivos para creer lo que estás viviendo. Lo que sientes aquí y para mí ya es motivo suficiente.
Él baja la vista. Sé que no esperaba eso, nadie suele esperar eso.
-Y no… -continúo- no creo que querer dejar de estar cansado signifique “desaparecer”. Creo que significa que necesitas descanso de un tipo que a algunas personas les cuesta, no saben o no quieren entender. Descanso de sostenerte solo, descanso de fingir que puedes con todo, descanso de esa presión incansable de no tener “motivos válidos” para sentirte como te sientes.
Hago una pausa. Lo observo. Me mira como dándome permiso para continuar.
– No quiero que te vayas de “la vida”. Quiero acompañarte a ver qué es ese peso que estás cargando. No que desaparezcas tú, sino que desaparezca esa carga o la mayor parte de ella. Y eso… eso sí es algo que podemos trabajar aquí, paso a paso, aunque hoy solo tengas fuerzas para decir “estoy cansado”.
Él se queda mirando el suelo, como si ahí hubiera una respuesta que yo no alcanzo a ver. No habla. No hace falta que lo haga. El silencio que deja no es vacío, significa algo. Y yo lo dejo estar, porque romperlo sería como arrancarle de las manos algo que por fin se atrevió a mostrar.
En ocasiones los terapeutas hablamos de “sostener el espacio”, pero en momentos como este la verdad es más simple y más brutal. Solo estoy aquí, intentando no apartarme de un dolor que a muchos, incluido yo, les daría miedo mirar de frente.
Siento ese agotamiento que no se dice pero que se nota en sus hombros caídos, en las manos cerradas como si toda la fuerza que le quedara estuviera ahí, en mantenerlas unidas. Veo a alguien que ha aguantado tanto que ahora no sabe qué hacer con el agotamiento acumulado.
Levanta los ojos apenas un segundo, me mira como si no estuviera acostumbrado a que alguien no le pida justificaciones. Como si no supiera qué hacer cuando no lo cuestionan.
Cuando ese cansancio que aparece y protagoniza la sesión no viene porque tu vida sea un desastre, sino porque llevas demasiado tiempo exigiéndote no sentirte así. Como si cada día hubiera sido una lucha en silencio para convencerte de que “no tienes derecho” a estar mal. Ese tipo de batalla también agota. Mucho. Muchísimo.
Cuando alguien me dice “quizás estoy cansado de vivir”, yo no escucho que quiera dejar de existir. Yo escucho que está desesperadamente buscando una forma de dejar de sufrir. Por eso ha venido, por eso está aquí. Y esa diferencia importa. Importa muchísimo.
Aún hay quien piensa que nuestro trabajo es “arreglar” algo. Pero hoy no había nada que arreglar. Hoy lo único que había era estar presente frente a alguien que llevaba demasiado tiempo sosteniendo un dolor en soledad. Y eso… eso desgasta más que cualquier tragedia visible.
Me doy cuenta de que lo que más me impactó no fue que dijera que está cansado de vivir. Lo que me golpeó fue lo suavemente que lo dijo. Como si hablara de una derrota íntima, casi vergonzosa, una que nadie se toma en serio porque no viene envuelta en drama. Una fatiga que mata por dentro, una silenciosa, que no hace ruido, que la gente minimiza porque “aparentas estar bien”.
Y pienso también en cuántas personas pasan por el mundo llevando exactamente ese peso, ese cansancio que nadie valida porque no hay un motivo claro, porque no “cuadra”, porque desde fuera su vida parece suficiente. Qué perverso es que uno tenga que justificar su dolor para que exista.
Me quedo mirando la silla donde él estuvo sentado. A veces siento que esas sillas guardan más verdad que cualquier manual de psicoterapia. Hoy lo que quedó ahí es la prueba de que incluso cuando alguien viene aparentemente roto, no es la ruptura lo que más duele: es la soledad que la precede.
Y mientras recojo mis notas, pienso algo que a veces me cuesta aceptar. No se trata de salvar a nadie. Se trata de acompañar. De ser el lugar donde, aunque sea por una hora, alguien no tenga que justificar su cansancio, ni esconderlo, ni maquillarlo para que no incomode.
A veces, lo más humano que puedo ofrecer es no apartar la mirada de ese dolor que tantos otros prefieren no ver.

Jorge Juan García Insua