En la última sesión de las navidades del año pasado una paciente miró a “Paquito” y dijo “míralo,’parece tan feliz, quisiera ser tan feliz como Paquito”.
Ahora que uno de mis hijos al decorar el árbol rápidamente lo ha llevado para “su” consulta me ha venido a la mente ese instante y la certeza que no existe ninguna vida donde podamos ser felices para siempre. Pretenderlo, buscarlo es condenarnos a ser por más ratitos infelices en esta.
Dedicamos tanto tiempo a intentar y desear que nuestras vidas sean distintas que a veces perdemos la perspectiva de cómo necesitamos todas esas cosas buenas y malas que nos suceden y cuanto nos perdemos en comparaciones con otros, celos y persiguiendo versiones que nos buscamos en nosotros mismos sino en idealizaciones ajenas.

El tiempo de escucha y sesión enseña que somos personas distintas contando dolores parecidos, que la paz no nace de eliminar el malestar (de hecho las más de las veces ese malestar es innato al sentir), sino de dejar de pelear constantemente con él.
La tristeza no es un error del sistema, ni el miedo una señal de debilidad; son respuestas humanas, absolutamente necesarias, que nos señalan lo que importa, lo que queremos y también lo que duele.
En la tristeza hay una pausa obligada, un momento en el que bajamos el ritmo para mirar hacia adentro y reconocer una pérdida, una ausencia o un anhelo no cumplido. Negarla o apresurar su desaparición no la hace desaparecer, solo la vuelve más silenciosa y persistente.
Sentir tristeza es, en muchos sentidos, una forma de conocernos emocionalmente. Nos conecta con nuestra vulnerabilidad y nos recuerda que amar, desear y esperar implica el riesgo de sufrir. A través de ella aprendemos a valorar lo que tuvimos, a despedirnos de lo que ya no está y a comprender mejor nuestras propias necesidades.
He visto cómo sufrimos más por lo que creemos que deberíamos sentir que por lo que realmente sentimos. Qué paradójico. Nos exigimos estar bien, ser fuertes, avanzar rápido, cerrar heridas cuando aún sangran. Siempre con prisas… Y en esa exigencia perdemos la oportunidad de mirarnos y comprendernos.
No todo se supera, y sé que igual no es políticamente correcto que lo diga yo, pero algunas cosas se aprenden a llevar (y punto), y eso también es crecer aunque no se parezca a la idea de superación que nos venden tan a menudo en las redes sociales.
La felicidad no es un estado permanente, “es un instante que aparece cuando dejamos de correr detrás de ella” dijo una paciente, recordando una canción, durante una sesión a principios de año. A veces se manifiesta en lo simple, en aceptar un límite, en poner un “no” a tiempo, en permitirnos descansar sin culpa o simplemente descansar.
Muchas veces pacientes me reflexionan sobre si “vivir bien” es vivir sin problemas y aún ninguno ha podido sostener en sus fueros este planteamiento vital, y casi todos acaban acercándose a ese estilo de vida cuando aprenden a relacionarse con ellos y sus problemas con más amabilidad y cariño.
Eso me lleva a pensar que el verdadero trabajo no tiene que ver con construir una vida perfecta, sino una vida honesta. Una donde podamos ser quienes somos, incluso cuando estamos rotos, confundidos o cansados. Porque al final, no se trata de tenerlo todo claro, sino de seguir caminando con lo que hay y tenemos, sin abandonarnos en el intento.
En consulta he aprendido que la felicidad casi nunca llega como la gente la imagina. No aparece como una meta alcanzada, ni como un estado continuo de bienestar. Llega más bien como un descanso breve entre batallas, como un suspiro profundo después de haber sostenido demasiado tiempo el aire. Y cuando aparece, muchas veces pasa desapercibida porque no se parece al ideal que nos contaron.
Escucho a personas que creen estar fallando porque no se sienten plenas todo el tiempo. Porque aman y aun así dudan. Porque han logrado cosas importantes y, sin embargo, siguen sintiendo un vacío. Y una y otra vez recordamos (y recuerdo) que la felicidad no es la ausencia de conflicto, sino la capacidad de habitarlo sin dejar que nos destruya.
La felicidad real suele estar hecha de decisiones incómodas. Un soltar una relación que todavía se quiere, aceptar un límite propio, renunciar a una versión idealizada de uno mismo o de nuestros padres, un ver a nuestros hijos con sus “imperfecciones”… No siempre se siente bien en el momento, pero con la mirada distinta nos da coherencia. Y la coherencia, aunque no brille, sostiene.
He visto que muchas personas empiezan a sentirse un poco más felices cuando dejan de preguntarse “¿qué me falta?” y comienzan a preguntarse “¿qué me estoy exigiendo de más?”.
Cuando bajan el volumen de la comparación, cuando se permiten ser suficientes sin ser extraordinarios, cuando dejan de dejarse manipular, cuando entienden que estar bien no es estar siempre arriba, sino poder volver a uno mismo cuando se cae. Y desde abajo todo se ve distinto.
Aunque no queramos verlo, la felicidad no se construye evitando el dolor, sino haciendo espacio para él sin que lo ocupe todo. Es poder decir “esto duele” sin pensar “esto arruina mi vida”. Es aprender a vivir con grietas, sin convertirlas en una condena. Aceptar que a veces los días tienen poca luz y aún así a ratitos brillan.
No sé lo que Paquito recordará de tantas horas compartidas. Él sigue ahí, año tras año, con su postura intacta, observador, ajeno a pérdidas, miedos o contradicciones. Y tal vez por eso despierta ternura y también envidia. Porque no cambia, no duda, no se quiebra, al contrario que nosotros. Y en ese quebrarnos, aunque no lo parezca, está la posibilidad de algo mucho más humano que la felicidad anhelada… el sentido.
Nadie viene a consulta a aprender a ser feliz todo el tiempo; vienen a aprender a no abandonarse cuando no lo son. Y eso, aunque no tenga luces de colores ni frases inspiradoras, es un logro enorme.
Quizá por eso estas fechas remueven tanto, porque aún hoy en día muchas personas las sienten como una alegría obligatoria, reuniones perfectas, balances positivos… Y frente a eso, muchos sienten que no están a la altura. Que algo falla en ellos. Cuando en realidad lo que falla es la expectativa. No hay que estar bien en Navidad. Hay que estar, a secas. Como se pueda.
Si Paquito pudiera hablar, seguro no nos diría cómo ser felices, sino algo más sencillo, que dejemos de compararnos con muñecos que no sienten. Que bajemos el listón de la perfección y subamos el de la compasión. Que entendamos que una vida valiosa no es una vida sin dolor, sino una donde el dolor no nos roba del todo.
Y con eso, quizá baste. Sentarnos un momento, respirar, mirar el árbol, aceptar que este año tampoco fue fácil… y aun así seguimos aquí. No radiantes, no completos, no felices para siempre. Pero vivos, sensibles… en camino.
Y tal vez, este año, con eso, es más que suficiente.
Jorge Juan García Insua