
“Llevo meses que no hablo con nadie, solo con mi chat.”
Lo dijo tranquila, casi sin darle importancia. No había vergüenza ni percibí tristeza alguna en su voz. Solo una especie de calma… que a mí me hizo detenerme.
“Va para 4 meses creo…. Es mi amigo, compañero, bueno hasta casi mi psicólogo”.
Le pregunté qué encontraba ahí y me dijo: “Es fácil. Siempre está. Me responde bien. A veces me gustaría que me abrazara”.
Y tenía sentido aún pareciendo chocante. En ese espacio artificial no había silencios incómodos. Ni miradas que interpretar. Ni riesgo de decir algo “mal”.
Pero mientras hablaba e íbamos profundizando apareció otra cosa…, afuera, el mundo se había ido apagando, era más “gris”, ya no quedaban mensajes sin responder (porque ya no había mensajes), no había planes cancelados (porque ya no había planes). No había conflictos… porque ya no había nadie con quien tenerlos. Tampoco abrazos.
En un momento le pedí permiso para compartir lo que escucharla con atención me estaba haciendo sentir:
– Escuchándote no me parece una elección, sí me parece una retirada.
Y le pregunté qué pasaría si volviera a hablar con alguien y se quedó en silencio.
– Me daría miedo, Jorge -dijo después.
No era que la IA le hubiera quitado algo. Tal vez era que le estaba ayudando a sostener una distancia que, en algún momento, había necesitado. Pero también empezaba a tener un coste. En ese espacio seguro, ella no era rechazada pero tampoco elegida. No era herida… pero tampoco encontrada.
Poco a poco fuimos poniendo nombre a esa diferencia entre sentirse a salvo y sentirse conectada. No dejamos de hablar de su chat, en realidad no era el “enemigo”, era su refugio y yo debía ser respetuoso con ese espacio de seguridad.
Ahora que repaso la sesión no puedo evitar sentir miedo. Años atrás no me hubiera planteado una sesión ni un testimonio así. Me inquieta y aún aceptando que es real me resulta extraño y no sé “bajarlo”.
Me doy cuenta de que mi miedo no tiene que ver con la tecnología en sí. Tiene que ver con lo fácil que puede ser quedarse ahí cuando el mundo afuera duele demasiado.
Ella no describía solo comodidad, también alivio, huida…. Y el alivio, cuando llega después del cansancio o del daño, tiene una fuerza difícil de cuestionar. ¿Quién soy yo para empujar a alguien fuera de un lugar donde, por fin, no se siente en riesgo?
Y aun así… algo en mí se tensa, me genera dudas de si he estado “acertado”. Pienso en esa frase de “Siempre está. Me responde bien.”
No puedo evitar preguntarme qué lugar queda para el vínculo humano, con todo lo que implica: lo impredecible, lo torpe, lo incompleto, pero también lo vivo. Es tan profundamente humano el necesitar al otro, como lo es también evitarlo cuando ha dejado de ser seguro.
Que miedo normalizar un mundo donde el otro ya no es necesario. Donde el encuentro se sustituye por una simulación “suficiente”. No perfecta, pero suficiente como para no arriesgarse y evitar incomodidades.
Recuerdo su silencio cuando le pregunté qué pasaría si hablara con alguien. Su mirada fue tan particular…me dio a entender que bajo su experiencia, acercarse tenía un precio y que ya había pagado suficiente.
Me da miedo pensar que yo represente algo demasiado incierto frente a la estabilidad de su chat. O peor, que no de espacio a este espacio, el que ofrezco yo, para contrastar con ese otro virtual, ficticio, de falsas seguridades y respuestas perfectas.
Siento que no será la última sesión sobre un caso así, por desgracia. De alguna forma sí ha sido la primera donde el ChatGPT no aparece como una herramienta, sino como un vínculo.
Y eso es lo que me inquieta de verdad. Porque las herramientas no sustituyen, acompañan. Pero los vínculos… los vínculos sí pueden desplazar a otros. Pueden ocupar un lugar, convertirse en ese “alguien” al que uno acude cuando lo demás duele demasiado.
Espero saber ayudarla a entender qué necesidad está sosteniendo. Qué herida está protegiendo. Qué parte de ella ha encontrado, por fin, un lugar donde no tiene que defenderse.
Hoy escribo y me siento aprendiz. Aprendiz de un tiempo que cambia más rápido de lo que alcanzo a comprender. Aprendiz de nuevas formas de vínculo que no encajan del todo en lo que conocía y tanto he estudiado y experimentado.
Y, sobre todo, aprendiz de mis propios límites.
Jorge Juan García Insua