No quiero volver a contar mi historia.
Eso es lo primero que pienso cuando abro la página. Otra vez nombres, fotos, sonrisas suaves, diplomas encuadrados. “Especialista en…” “Enfoque integrador…“Acompañamiento cercano…”. Palabras…limpias. Demasiado limpias.
Yo no soy limpia.
Deslizo el dedo. Uno, otra, otra. Todos parecen saber exactamente lo que hacen. Yo no. Yo solo sé que estoy cansada. Cansada de empezar de cero, de medir mis palabras, de decidir en qué momento decir “escucho voces” sin que el silencio se vuelva raro.
Porque siempre hay un momento en que cambia todo. Antes soy una paciente más: ansiedad, insomnio, tristeza. Después soy otra cosa. Más frágil. Más peligrosa. Más… difícil.
Cierro una ficha. Abro otra.
“Experiencia en trastornos graves”.
¿Graves como yo?
No sé si quiero ser “grave”. No sé si quiero ser un caso interesante en una libreta.
Sigo bajando.
Quiero alguien que no me mire como si tuviera que arreglarme.
Alguien que no se asuste cuando le diga que a veces no estoy sola aunque no haya nadie.
Alguien que no me haga repetirlo todo como si mi vida fuera un resumen que se puede ordenar en diez sesiones. No puedo entender esos que prometen soluciones en 10 sesiones.
Quiero… no sé.
Me quedo mirando una foto. No es joven o no lo parece. Sonríe poco. Eso me gusta. Parece cansada. Eso me gusta más. Quizá entendería.
Pero entonces pienso: seguro que también tiene un guion. Seguro que también dirá “¿y cómo te hace sentir eso?”. Seguro que también asentirá mientras yo intento explicar algo que ni siquiera yo entiendo.
Puffff. Paso a otro.
Un hombre mayor. “Más de 25 años de experiencia”. Demasiados años. ¿Cuántas como yo habrá visto? ¿Seré una más? ¿Otra historia repetida?
No quiero ser repetida.
Quiero ser alguien que entra en una consulta y no tiene que defender que lo que vive es real para ella, aunque no lo sea para los demás.
Quiero poder decir: “hoy las voces están más fuertes” sin que me cambien la medicación antes de preguntarme por qué.
Quiero… que alguien se quede.
El cursor parpadea sobre el número de teléfono. Llamar significa empezar. Empezar significa contar. Contar significa abrir algo que luego no sé cerrar.
Me doy cuenta de que no estoy buscando al “mejor” psicólogo. Estoy buscando a alguien que no se canse de mí.
Alguien que no mire el reloj cuando me pierdo a mitad de frase. Alguien que no me pida que sea coherente cuando mi cabeza no lo es. Alguien que no necesite que yo mejore rápido para sentir que está haciendo bien su trabajo.
Respiro.
Vuelvo a la primera ficha. La de la mujer que no sonríe demasiado. No parece amable. No parece dura. No parece nada en particular.
Quizá eso es lo único que necesito, que no parezca.
El dedo se queda suspendido sobre el botón de llamar. Y por un instante me pregunto si esta vez… esta vez podría ser distinto, o si solo estoy buscando una nueva forma de volver a cansarme.
Pulso.
El tono suena demasiado alto. Siempre suena demasiado alto. Como si alguien hubiera subido el volumen del mundo justo cuando no estoy preparada.Uno. Dos. Cuelgo.No puedo. No así. No sin preparar lo que voy a decir. Porque si no lo preparo, digo cosas que no tocan. Cosas que hacen que la otra persona se quede en silencio ese segundo de más. Ese segundo donde ya sé que me ha colocado en una categoría.

Vuelvo a intentarlo. Esta vez dejo que suene más.Tres. Cuatro.-
– Buenos días.
Me quedo muda. La voz es normal. Demasiado normal. No hay nada en su tono que diga “sé lo que te pasa”. Nada que diga “no pasa nada si estás rota”.
– ¿Hola?
Debería hablar. He llamado para eso.
– Hola… —digo, y ya noto cómo se me rompe la voz—. Quería… información.
Información. Siempre empiezo así. Como si fuera una compra. Como si pudiera elegir sin que me tiemblen las manos.
– Claro, dime, en qué puedo ayudarte?
Hay un ruido detrás. Teclado. Vida. Gente que hace cosas sin pensar en cada palabra.
– Es que… -paro. No sé muy bien… si… si tratáis…
No digo la palabra. Nunca sale a la primera. Porque decirla la hace más real.
Silencio al otro lado. Demasiado largo. O igual no. Igual es normal. Pero en mi cabeza ya crece. Ya se estira. Ya se llena de cosas como “Está esperando”, “No sabe por dónde vas”, “Va a pensar que eres una loca”.
Aprieto los dientes.
-Esquizofrenia -escupo, rápido, como si nombrarlo quemara.
Otra pausa.
Y ahí está. Ese momento. Ese maldito momento. El mundo se reduce a una respiración que no es mía.-Sí -dice finalmente-, trabajamos con ello.
“Con ello”. No conmigo. Con ello. Me duele, pero sigo.-Ya… -miro la pared, como si alguien pudiera verme-. Es que… he ido a otros sitios y…
Y no termino la frase porque si la termino tengo que decir que me cansé. Que me cansaron. Que me miraban como si yo fuera un problema a resolver y no una persona que se está cayendo a trozos.
– Has estado en terapia antes?
– Claro que sí. Demasiadas veces. Sí
Podría decir más. Podría contarle cómo una vez fingí estar mejor para que me dieran el alta. Cómo aprendí a decir justo lo que querían oír. Cómo asentía mientras por dentro pensaba en otra cosa, en otra voz, en otra historia que no tenía nada que ver con la consulta. Pero no digo nada, porque ya noto el cansancio subir. Como siempre. Ese cansancio que no es de cuerpo. Es de tener que explicarme.
– Podríamos agendar una primera sesión y ver tu caso con más detalle -dice ella.
“Tu caso”.Otra vez. Cierro los ojos. No soy un caso. No soy un diagnóstico. No soy una carpeta con notas. Pero tampoco sé cómo explicarle lo que sí soy… ni yo lo tengo claro.
-Ya… -digo otra vez, y me odio un poco por sonar tan pequeña-. ¿Y… cómo trabajas?
Necesito saberlo. Necesito saber si va a intentar ordenarme, callarme, corregirme. Si va a decirme que lo que escucho no es real como si eso fuera suficiente para que desaparezca.
-Depende de cada persona -responde.
Respuesta correcta. Respuesta perfecta.
Respuesta vacía. Depende. Siempre depende. Joder estos psicólogos.
Aprieto el móvil contra la oreja. Quiero preguntarle si se va a quedar cuando empiece a hablar y no tenga sentido. Si va a aguantar cuando me quede en silencio demasiado rato. Si va a entender que a veces no quiero mejorar, solo quiero que deje de doler.
Pero no pregunto eso, porque nadie responde a eso.
-Vale -digo-. Me lo pienso.
Mentira. Sé que si cuelgo ahora, igual no vuelvo a llamar. Igual pasan semanas. Meses. Igual vuelvo a acostumbrarme al ruido, a las voces, a negociar con ellas como si fueran compañeras de piso que no pagan alquiler.
-De acuerdo -dice ella-. Si necesitas algo, aquí estamos.
Aquí estamos.
Cuelgo.
El silencio vuelve. Dejo el móvil sobre la mesa.
Lo miro como si fuera algo que me ha fallado. O como si yo le hubiera fallado a él.
No sé qué estaba buscando. No sé si ella era la persona incorrecta o si el problema es que no existe la persona correcta. Me llevo las manos a la cara, estoy cansada.Cansada de probar. Cansada de explicar. Cansada de ser algo que necesita ser tratado. Y aún así…Miro el móvil otra vez.
En algún sitio tiene que haber alguien que no me haga sentir como un error que hay que corregir. Alguien que no quiera silenciarme, sino escuchar incluso lo que no tiene sentido. Alguien que no desaparezca.
El teléfono sigue ahí. Y yo también.
De momento.

Jorge Juan García Insua