Si muriera hoy

Un paciente, durante una sesión, me ha hecho una pregunta que me ha dejado unos segundos sin saber muy bien qué decir.

-Jorge, si muriera hoy, ¿cómo se sentiría mi hija?

No era una pregunta sencilla y tampoco merece una respuesta sencilla. Hay preguntas que llegan a una consulta después de haber pasado mucho tiempo dando vueltas por la cabeza de alguien. Preguntas que probablemente se han formulado en silencio muchas noches, que aparecen mientras se conduce, mientras se cena solo o cuando uno mira una fotografía y se da cuenta de que hay cosas que están cambiando demasiado deprisa.

Él está separado, tiene una hija adolescente. Y, como sucede en tantas familias después de una separación, ha tenido que aprender a ser padre de una manera distinta a la que había imaginado. A convivir con los días que le corresponden y con aquellos en los que su hija está en otra casa. A aceptar que hay conversaciones que se producen sin él, decisiones cotidianas en las que no participa y pequeños acontecimientos que conoce cuando ya han sucedido.

No ha dejado de ser padre cuando su hija no está, pero hay una parte de la paternidad que también consiste en acostumbrarse a las ausencias, especialmente cuando uno no las ha elegido. Y a todo eso se ha sumado algo que no tiene que ver con la separación, pero que a veces duele tanto como ella: su hija está creciendo.

Ya no es aquella niña que lo buscaba constantemente, que quería contarle cualquier tontería, que le pedía que se quedara un rato más antes de dormir. Ahora tiene sus amigas, sus secretos, sus enfados, sus silencios. Hay días en los que apenas habla y otros en los que parece que todo lo que él dice le molesta. Hay abrazos que antes llegaban sin pedirlos y que ahora, en ocasiones, parecen necesitar una negociación.

Y él intenta entenderlo. Sabe que su hija está haciendo lo que tiene que hacer. Crecer, separarse emocionalmente de sus padres, construir su propia identidad, empezar a decidir qué quiere compartir y qué prefiere guardarse. Pero comprender algo desde la razón no significa que deje de doler.

-¿Para qué esa pregunta? -le he dicho.

– No lo sé. A veces tengo la sensación de que ya no me necesita tanto y que podría pasar perfectamente sin mí.

He pensado en la cantidad de padres que habrán sentido algo parecido y que nunca se habrán atrevido a decirlo en voz alta. En lo difícil que puede resultar aceptar que alguien que durante años parecía necesitarte para todo empieza a necesitarte de otra manera. En cómo confundimos a veces la autonomía de nuestros hijos con una pérdida de importancia en sus vidas.

Y en lo mucho que puede intensificarse esa sensación cuando, además, uno no comparte con ellos todos los días. Porque cuando un hijo adolescente cierra la puerta de su habitación, un padre puede entender que necesita intimidad. Pero cuando esa misma hija se marcha a otra casa y pasan varios días sin verla, aquel silencio puede adquirir otro significado. Puede convertirse en una pregunta incómoda sobre el lugar que seguimos ocupando en su vida.

– ¿Crees que tu hija no te quiere?

– No. Sé que me quiere.

– Entonces, ¿qué es lo que te preocupa?

Ha tardado en responder.

– Que un día deje de necesitarme… que se acostumbre a estar sin mí.

Porque una cosa es que nuestros hijos aprendan a vivir sin necesitarnos constantemente y otra muy distinta es que dejemos de importarles, y no siempre resulta fácil distinguirlo, especialmente cuando estamos atravesando nuestras propias pérdidas, nuestros miedos y esa sensación de que la vida que habíamos imaginado se ha convertido en otra.

He pensado que su pregunta inicial tenía algo terriblemente doloroso. Necesitar imaginar la propia muerte para comprobar si nuestra ausencia sería importante para alguien. No sé si era exactamente eso lo que estaba haciendo mi paciente. Sería injusto dar por hecho que conozco todo lo que hay detrás de una pregunta, pero sí he reconocido en sus palabras una necesidad que aparece con frecuencia en consulta: la de sentir que seguimos teniendo un lugar en la vida de las personas a las que queremos.

Y, especialmente, en la de nuestros hijos..

La adolescencia tiene algo de despedida, aunque no definitiva. Los padres vamos perdiendo pequeñas versiones de nuestros hijos mientras aparecen otras que todavía no conocemos del todo. Desaparece el niño que se dormía encima de nosotros, el que nos cogía de la mano para cruzar la calle, el que pensaba que podíamos arreglar cualquier problema. Y aparece alguien que nos cuestiona, que nos contradice, que descubre nuestros defectos y que empieza a comprender que sus padres son personas mucho menos extraordinarias de lo que había creído.

No siempre estamos preparados para ese descubrimiento. Ni para el suyo ni para el nuestro.

Porque nuestros hijos también nos obligan a mirarnos de una manera que a veces resulta incómoda. Nos enfrentan a nuestras contradicciones, a nuestras limitaciones y a esa distancia que existe entre el padre que queríamos ser y el que conseguimos ser cada día.

Y cuando ha habido una separación, a todo eso pueden añadirse culpas que uno puede arrastrar durante años. La culpa por no haber podido mantener una familia unida, aunque mantenerla unida no siempre hubiera sido lo mejor. La culpa por los días perdidos, por las discusiones, por las ocasiones en las que el cansancio o el propio sufrimiento nos impidieron estar como nos hubiera gustado.

A veces intentamos compensar esas culpas convirtiendo cada encuentro con nuestros hijos en algo especial, queremos que los días juntos sean perfectos, que no haya discusiones, que se lo pasen bien, que quieran volver. Y olvidamos que ser padre también es compartir una tarde aburrida, discutir por una habitación desordenada, decir que no, soportar un mal humor que no tiene nada que ver con nosotros y aceptar que no todos los encuentros tienen que convertirse en un recuerdo maravilloso.

Una hija no necesita que su padre compita con la otra casa, ni que convierta cada visita en una demostración de cuánto la quiere. Necesita poder relacionarse con él sin sentirse responsable de sus tristezas, de su soledad o de sus inseguridades.

Y esto último me parece especialmente importante, porque los hijos no tienen la obligación de tranquilizarnos sobre nuestro valor como padres. No deberían tener que demostrar constantemente que nos quieren para que nosotros podamos sentirnos queridos. Tampoco deberían cargar con el miedo de que su independencia pueda hacernos daño.

– ¿Y tú cómo crees que se sentiría si murieras? -le he preguntado.

– Creo que sufriría mucho.

– ¿Y eso te tranquilizaría?

Me ha mirado sorprendido.

– No. Claro que no. Es lo último que querría.

Y hemos permanecido unos segundos en silencio.

Hay algo contradictorio en necesitar saber que nuestra pérdida provocaría dolor y, al mismo tiempo, desear con todas nuestras fuerzas que las personas que queremos nunca tengan que sufrirlo. Supongo que forma parte de nuestra condición humana. Queremos ser importantes, dejar una huella, saber que nuestra existencia no pasa inadvertida. Pero cuando se trata de nuestros hijos, ese deseo convive con otro mucho más poderoso: protegerlos, incluso de aquello de lo que sabemos que nunca podremos protegerlos del todo.

No le he dicho que su hija sufriría muchísimo. No puedo saberlo. Tampoco le he asegurado que lo recordaría cada día, que lo echaría de menos toda su vida o que un día comprendería todo lo que él había hecho por ella. Serían respuestas fáciles. Y no creo que una consulta de psicología sea el lugar para fabricar certezas que no tenemos.

Le he hablado, en cambio, de lo que sí sabemos. De que su hija mantiene una relación con él, de que están construyendo una historia que no desaparece porque ahora tenga menos ganas de hablar, porque prefiera salir con sus amigas o porque algunas tardes parezca estar más pendiente del teléfono que de su padre.

También hemos hablado de que esa relación necesita seguir cuidándose, de que el amor no nos exime de cometer errores, de que no basta con querer mucho para saber querer bien y de que una separación no determina por sí sola la calidad del vínculo que podemos mantener con nuestros hijos.

Mientras hablábamos, he pensado en los míos. Y he vuelto a reconocerme en esa mezcla de orgullo y tristeza que acompaña al hecho de verlos crecer. Me gusta descubrir las personas en las que se están convirtiendo, escuchar sus opiniones, comprobar que cada vez tienen más criterio y que ya no aceptan cualquier explicación solo porque venga de mí. Me gusta verlos ganar autonomía, aunque a veces eso signifique que me necesiten un poco menos para cosas que antes solo querían hacer conmigo.

Pero también echo de menos a aquellos niños que fueron. Me cuesta escribirlo porque no quiero que parezca que prefiero a los niños que eran antes que a las personas que son ahora. No es eso. Es que uno puede estar profundamente feliz de ver crecer a sus hijos y, al mismo tiempo, sentir cierta tristeza por todo aquello que no volverá.

Por las últimas veces que sucedieron sin que supiéramos que eran las últimas. La última vez que quisieron que los llevara en brazos. La última vez que se metieron en nuestra cama porque tenían miedo. La última vez que nos pidieron que nos quedáramos a su lado hasta que se durmieran.

Hay despedidas que solo reconocemos cuando ya han pasado. Y seguramente la adolescencia está llena de ellas. He vuelto a mirar a mi paciente y he pensado que su hija no estaba desapareciendo de su vida. Estaba creciendo. Y que él también tenía que encontrar una manera de crecer como padre, de adaptarse a esa nueva relación sin exigirle que siguiera siendo la niña que había sido.

No es fácil. Mucho menos cuando uno regresa a una casa vacía después de dejar a su hija y sabe que pasarán unos días antes de volver a verla. Cuando descubre que ella ha tenido una semana entera de experiencias que no ha compartido con él. Cuando pregunta qué tal ha ido todo y recibe un escueto «bien», aunque le hubiera gustado escuchar una historia de media hora.

Pero querer a alguien también implica aceptar que no tenemos acceso a todo lo que vive, que hay partes de su mundo que no nos pertenecen y que respetar esa distancia no significa resignarnos a perder la relación, sino aprender a sostenerla de otra manera.

– Te voy a hacer otra pregunta —le he dicho.

– Dime.

– En lugar de preguntarnos cómo se sentiría tu hija si murieras hoy, ¿por qué no intentamos entender cómo se siente cuando está contigo?

Ha bajado la mirada, no ha contestado inmediatamente y me ha parecido bien que no lo hiciera. Porque hay preguntas que necesitan tiempo. para atrevernos a mirar aquello que llevamos tiempo evitando.

A partir de ahí hemos hablado de su relación, de lo que disfruta cuando están juntos, de lo que le preocupa, de sus dificultades para aceptar algunos cambios y de cómo puede acompañar a su hija sin pedirle que renuncie a la adolescente que está empezando a ser. Hemos hablado de él, también. De su vida cuando ella no está, de la importancia de no convertir la paternidad en el único lugar desde el que sentirse valioso, querido o necesario. Porque su hija merece tener un padre que la quiera profundamente, pero que también pueda sostener su propia vida sin depositar sobre ella la responsabilidad de darle sentido.

Y me he dado cuenta de que hay algo que me conmueve todavía más que imaginar la tristeza de una hija que pierde a su padre. Es imaginar a un padre que, teniendo todavía la oportunidad de compartir su vida con ella, teme tanto dejar de ser importante que a veces no consigue disfrutar del lugar que ya ocupa. Porque nuestros hijos crecen, se alejan, regresan, cambian y construyen una vida que cada vez nos pertenece menos. Y eso, aunque en ocasiones duela, también significa que estamos asistiendo a algo que deseábamos desde el día en que nacieron.

No hemos resuelto nada extraordinario. Las sesiones de psicología no siempre terminan con una revelación, a veces simplemente conseguimos formular una pregunta distinta. Y eso, aunque parezca poco, puede cambiar la dirección de una conversación y abrir un trabajo que antes no sabíamos cómo empezar.

Cuando mi paciente se ha marchado, he seguido pensando en su hija. En esa adolescente que probablemente desconoce buena parte de las preguntas que su padre se hace sobre ella, que está ocupada creciendo, equivocándose, descubriendo el mundo, intentando entender quién es y qué lugar quiere ocupar en él.

Y he pensado en su padre, que intenta seguir encontrando su sitio mientras aprende a quererla de una manera diferente.

No sé cómo se sentiría esa chica si hoy muriera su padre, espero que esa sea una pregunta que ninguno de los dos tenga que responder durante muchos años. Lo que me gustaría es que, mientras puedan compartir la vida, ella no tenga que demostrarle cuánto lo necesita para que él sepa que sigue siendo su padre. Que pueda crecer, alejarse un poco, volver, discutir, equivocarse y encontrarlo allí, sin sentir que cada paso hacia su independencia es una herida que le provoca.

Que pueda quererlo sin tener que cuidar de sus miedos. Y que él consiga entender que ser importante para una hija no significa ser imprescindible en cada momento de su vida.

Al terminar de escribir esto he vuelto a pensar en aquella primera pregunta.

Si muriera hoy, ¿cómo se sentiría mi hija?

Que aprendan a vivir, que no nos necesiten para todo, que puedan marcharse sin sentir que nos abandonan Y que sepan, que no tienen que quedarse cerca para seguir siendo profundamente queridos.

Jorge Juan García Insua

Publicado por Jorge Juan García Insua

Nací y me siento especialmente unido a Badalona y a su mar, tal vez por el origen gallego materno. Soy el mediano de tres hermanos y tuve en mi padre el mejor modelo de vivir según tus valores, el valor de las cosas y el sentido de sacrificarte por aquello que realmente es importante. Amante del deporte, inquieto, intenso, apasionado, observador, con vocación de servicio, con fuerte conciencia social, receptivo, emotivo y me llena ayudar a los demás de forma desinteresada. Mi vida ha estado marcada por dos experiencias médicas... Un déficit de una proteína relacionada con la coagulación y tres trombosis cuando aún no había llegado a mi mayoría de edad me obligaron a afrontar e intentar superar situaciones poco habituales para un todavía adolescente, así como aceptar aspectos que me acompañaran el resto de mi vida. Ya superados los 30 me detectaron una Hepatitis C crónica grave que me hizo replantearme mi vida y lo que realmente era importante, cinco años de desgaste físico y emocional donde recorrí un camino de miedos y frustraciones acompañado de tratamientos y efectos secundarios. Superado todo quise devolver una pequeña parte de lo mucho que había recibido a los demás, y encontré la forma en aquello que me apasiona... las personas. Psicólogo de formación por la Universitat de Barcelona, Máster en Dirección de Recursos Humanos por Les Heures (UB), Técnico Superior de PRL, Máster en Liderazgo, Inteligencia Emocional y Coaching por EAE Business School, Coach certificado por ICF y actualmente realizando un Máster en Psicología Clínica y de la Salut mientras realizo estudios superiores como padre de mellizos, que son mi principal fuente de aprendizaje. Mi experiencia vital y mi pasión por la personas y por acompañarlas en la superación de situaciones, problemas y dificultades me ha llevado a estar siempre ligado a la psicoterapia, al voluntariado y a la consultoría organizacional en empresas de todo tipo con especial interés al desarrollo de personas. Actualmente atiendo como Psicólogo y Coach en Consulta Privada en Badalona (y On Line para cualquier punto del planeta). Mi propósito es acompañar desde mi formación y experiencia de más de 20 años en Psicología y Coaching a personas a enfrentar y solucionar sus problemas, a descubrir y trabajar esas limitaciones que impiden seguir el camino que consideran adecuado y alcanzar los objetivos personales y profesionales que se propongan. Especialmente a aquellas que como yo luchan con enfermedades o con sus efectos y secuelas, así como asesorar y acompañar a familiares y su entorno en la gestión de emociones, sentimientos y miedos. Autor de cuatro libros: ... de García a Insua..., Making Off, Antes de que vuelva la luz y Cuando se vaya el último, todos disponibles en Amazon, si quieres saber más de mi... sólo has de leerme o visitar mi perfil en Instagran, Tik Tok, Facebook o LinkedIn. Bienvenid@s a mi camino. Jorge

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