
Hay días en los que la sesión empieza mucho antes de que el paciente diga la primera palabra. Se siente en cómo entra, en la manera en que acomoda las manos, en ese primer silencio que todavía (en este caso) no es dolor, pero ya anuncia algo.
Y entonces me recorre una sensación extraña que anuncia que ese tiempo de sesión que justo empieza será un espacio donde alguien viene a poner sobre la mesa algo que le pesa desde hace años. En el caso de esta sesión, su manera de amar, o más bien, lo que aprendió a llamar amor.
Porque a veces el amor no llega como historia “feliz”, sino como una herida que se repite sin ser cuestionada. En esta sesión, más que hablar de amor, hablamos del miedo: el miedo a quedarse solo, a no ser suficiente, a repetir lo que dolió. Y es justo ahí, en ese punto frágil, donde empieza de verdad la sesión…

- Supongo que sueño con que llegue alguien que me demuestre que el amor no duele -me dice la paciente
– Tiene que doler el amor? – he preguntado.
– No lo sé, Jorge. Creo que aprendí que si no duele, no es real. Como si el cariño tuviera que venir con un precio.
-¿Y quién le enseñó eso?
Ella mira hacia abajo, juega con las mangas de su suéter.
– Nadie… Buenos, todos. En mi casa, en mis relaciones, en cómo veía a mis padres. Siempre había sacrificio, siempre había miedo. Pensé que amar era aguantar.
– Y ahora, cuando imaginas a alguien que te muestra que el amor no duele, ¿cómo es esa persona?
La paciente suspira, respira hondo antes de seguir. Parece pensar la respuesta.
– Es alguien que se queda. Que no me hace sentir que tengo que merecerlo todo el tiempo. Que no me exige dejar de ser yo para que me quieran. Alguien que no me castiga por mis heridas.
– Crees que mereces un amor así?
La pregunta la sorprende. Levanta la mirada, y por un segundo parece a punto de responder, pero duda.
– Quiero creer que sí, dice finalmente. Pero todavía no sé cómo se siente eso. Qué triste verdad? Que a estas alturas de mi vida te haya dicho eso y, sí tienes razón. Muchas veces he pensado que no me lo merecía, que eso no era para mí.
-Quizá esta sesión puede ser un primer lugar donde explores cómo se siente un vínculo que no duele.
Ella asiente y tímidamente sonríe. Cómo podemos llegar a pensar que no merecemos que nos quieran?
Tras un respiro continua…
– Creo que crecí creyendo que yo era el problema. Que si alguien me gritaba era porque yo lo provocaba o algo hacía. Que si alguien se iba era porque yo no era suficiente. Y ya después… una se acostumbra, es lo normal. Al final no te preguntas si el amor duele o no… te preguntas cuánto puedes aguantar para no quedarte sola.
Su voz se quiebra. No llora, está a un milímetros de hacerlo. Espero.
-¿Y ahora? -pregunto-. ¿Sigues pensando que tienes que aguantar para no quedarte sola?
Cierra los ojos por un instante. Se emociona. Llora.

– A veces sí -confiesa-. Pero otras… otras empiezo a pensar que quizá merezco algo distinto, mejor? No sé pero distinto, que tal vez no tengo que convertirme en un juguete roto para que alguien quiera quedarse.
– Eso que acabas de decir es importante. Ahora estás hablando desde lo que quieres no desde lo que puedes soportar.
Ella traga saliva. Parece incómoda.
-Da miedo -admite-. No sé si sabría… me da vergüenza reconocerlo pero…
– Entiendo que de miedo. Lo desconocido siempre lo da. Incluso cuando es bueno. Sobre todo cuando es bueno.
-Entonces… quieres decir que aprender a dejar de pensar que no merezco amor también va a doler?
– Puede doler -respondo-. Pero no porque el amor duela… sino porque sanar duele. Porque te obliga a desmontar ideas que te mantuvieron a salvo durante mucho tiempo. Porque te obliga a tratarte con una cariño que todavía no te das.
Cuánto se escribe sobre el “dolor” del amor, cuanto daño hace. Se escribe muchísimo sobre el dolor del amor, como si fuera un signo de profundidad, de intensidad, de verdad. Pero cuando confundimos amor con sufrimiento, dejamos de preguntarnos qué es lo que realmente duele. Y casi nunca es el amor.
Duelen el miedo, las ausencias, la incertidumbre, las heridas que traemos de antes. Duele intentar encajar en algo que no nos abraza. Duele sostener lugares donde no hay reciprocidad. Pero el amor… el amor en sí no pide que te rompas. Nunca lo hace.
A veces, mientras escucho a pacientes como ella, me sorprende lo profundamente arraigada que está esta idea de que el amor es sinónimo de dolor. Como si la ternura tuviera que pagarse con sufrimiento, como si la permanencia solo se validara cuando antes hubo heridas. Y sé que no es un pensamiento aislado, es casi un lenguaje emocional heredado, una forma de entender el mundo que atraviesa generaciones enteras. Crecen, crecemos viendo que las personas que se quieren también se hieren, que quedarse implica aguantar, que formar parte de un vínculo exige sacrificar partes de uno mismo.
Incluso llega un punto en el que el dolor ya no se percibe como una señal de alarma, sino como una prueba de autenticidad. Como si algo que no duele no pudiera ser importante. Qué perverso ese aprendizaje que convierte la “violencia emocional” en un gesto de amor y el amor genuino en un terreno desconocido y casi sospechoso.
Mientras ella hablaba, podía sentir el peso de todas esas capas acumuladas. Y el de las miles de historias que se parecen demasiado a la suya. Historias donde el miedo se disfraza de compromiso, donde la ansiedad se confunde con pasión, donde la estabilidad parece aburrida porque nunca fue vivida. Y entonces entiendo, cada vez más, que muchas personas no temen amar: temen un amor que no se parezca a lo que conocen. Temen un amor que no duela porque nunca aprendieron a reconocerse sin dolor.
Cuántas vidas se moldean alrededor de la creencia de no merecer algo mejor. Cuántos vínculos se sostienen desde el insuficiente “al menos no estoy sola”. Cuántas se forman en relación a la capacidad de aguantar, como si la fortaleza solo existiera en el aguante y no en la búsqueda de lo que sana.
Y sanar duele, sí. Pero no es el mismo dolor. No es el dolor que te encoge, que te hace empequeñecerte para que alguien más quepa. Es un dolor que empuja, que no castiga, que desmonta la idea de que el amor exige sufrimiento y deja visible una verdad incómoda, a veces casi insoportable, que ser tratado con respeto, con ternura, con constancia… no debería sentirse extraño.
Siento que esta no es una batalla contra el amor. Es contra todas las versiones distorsionadas de él que aprendimos a aceptar como inevitables.
Cuánto daño ha hecho la idea de que amar es doler.
Y cuánto trabajo hay, todavía, en enseñarle al cuerpo, a la mente y a la historia de cada uno, que el amor, el verdadero, no requiere sacrificarse para existir.

Jorge Juan García Insua