Ha llegado pronto y ha esperado a que pudiera atenderla. Al entrar y acomodarse me ha dicho que “había recogido” mi guante de la última sesión y que había escrito algo, algo que quería leerme.
– La sesión es tuya y te pertenece, puedes leer que te escucharé – le he dicho.
Ha desdoblado unas hojas, ha respirado hondo al tiempo que ha empezado a llorar. Las primeras frases han sido entrecortadas pero poco a poco su forma de leer ha cogido intensidad y claridad. Una frase ha provocado ese cambio…

“En qué momento pensaste que podías dejar de existir? Qué estaría mejor sin ti?
Te odio y me odio por odiarte. Me decías que era tu vida, sí era tuya pero qué pasa con ese trocito de la mía donde estabas tú?
Joder te odio porque no pensaste en mí cuando te matabas… en qué coño pensabas?
Joder, joder… ¿En qué segundo exacto se te coló la idea de que el mundo iba a estar mejor sin ti, de que tu ausencia iba a doler menos que tu presencia cansada? Intento imaginarlo y no puedo, no soy capaz. Me rompe la cabeza pensar que llegaste a creértelo, te imagino pensándolo y te quiero matar. Qué estúpida verdad? Querer lo mismo que querías tú? Lo querías? Era eso lo que querías?
Te odio. Y me odio por odiarte. Me duele reconocerlo, pero ahí está, es así. Me decías que era tu vida, y sí, sí…lo era. Pero hostia! ¿qué pasa con ese trocito de la mía donde estabas tú? ¿Con ese espacio que ahora es un vacío, qué estabas tú y nadie más puede ni podrá rellenar? Nadie me pidió permiso para arrancarte de ahí, nunca me preguntaste. Y yo? Dónde quedó yo?
Joder, te odio porque no pensaste en mí cuando te estabas matando. No pensaste en mi y en todo eso que has dejado a medias. ¿En qué coño pensabas? ¿Era tan grande el ruido en tu cabeza que no cabía nadie más? ¿O simplemente estabas demasiado cansado para mirar atrás?
Y aun así sigo queriéndote. Y te querré siempre aunque las preguntas se queden sin respuestas.
Lo peor es que… hay algo que me mata y que necesito confesarte. Yo también lo pensé, también estuve dándole vueltas a suicidarme, pero me asusté tanto, tanto que busqué ayuda. Te acuerdas de aquella tarde en aquel bareto? Quisé decírtelo, era mi intención pero te vi tan de bajona que no puede. Ahora me culpo, me arrepiento… y si lo hubiera hecho?
Si estoy tan cabreada contigo es porque te entiendo, y eso me asusta. Y si tú hubiera sido yo? Comprendo el estar hasta el coño de todo, el peso, la sensación de no poder más. Y entonces me enfado conmigo otra vez, porque entiendo pero no puedo perdonarte ni perdonar lo que has hecho.
No sé cómo cerrar esta herida. No sé si seré capaz. Solo sé que escribo porque me lo propuso Jorge y veo que hacerlo es la única de no romperme más. Tendrías que haber visto su cara cuando le confesé como me sentía y lo que había pensado, se emocionó conmigo y… ojalá lo hubieras conocido.
No sé si te volveré a escribir, perdóname pero hoy no puedo seguir, no dejo de llorar y me cuesta seguir cogiendo el boli… ese que está tan mordido por ti. No creas, sigo enfadada, triste, rabiosa, te odio… y te quiero tanto que no sé cómo llevarte conmigo, pero sé que no quiero soltarte.”
La escucho leer la carta y algo en mí se recoge hacia dentro. No es solo una carta, es una confesión cruda, sin filtros, sin “maquillaje” emocional. Es rabia y amor ocupando el mismo espacio, chocando, haciéndose daño. Y no intenta quedar bien. Intenta sobrevivir.
Mientras lee, noto cómo su voz se quiebra justo en las palabras donde aparece el odio. El odio que solo existe cuando hubo amor verdadero. Y pienso que hay que estar muy viva para poder decir “te odio” sin dejar de decir “te quiero”. Amor en estado puro.
Se expresa sin romantizar nada. No justifica. Nombra el cansancio, el ruido, el “estar hasta el coño”, y al mismo tiempo el terror que la llevó a pedir ayuda. En ese punto, la veo: no como alguien rota, sino como alguien que eligió quedarse, aun sin saber muy bien cómo.
Me rompe por dentro aparecer en esa carta. Siento que se me encoge el corazón. No sé reaccionar y casi ni gestionarlo. Siento la responsabilidad, el peso y al mismo tiempo la firmeza de querer estar ahí, de estar para ella. No sé ponerle palabras y me emociona hasta no poder contener las lágrimas delante de ella. Cómo la admiro.
Me callo, me contengo porque ahora no necesita respuestas ni consuelos “bien construidos”. Necesita que alguien sostenga este caos sin ordenarlo por ella.
Veo algo profundamente humano en cómo no quiere soltarlo, aunque le duela llevarlo dentro. No quiere olvidarlo, quiere aprender a cargar con él. Y escribir, aunque sangre, es su forma de seguir viva. De poner palabras donde antes solo había un nudo.
Estoy aquí para quedarme mientras la herida habla. Para que no tenga que odiarse sola por odiar, ni quererse en silencio. Para recordarle, con mi presencia, que todo lo que siente tiene sentido, aunque duela, aunque sea incoherente, aunque no sepa todavía cómo llevarlo consigo.
Y hoy en ese espacio compartido, a ratitos silencioso, entiendo algo muy claro: esta carta no es una despedida. Es resistencia, una forma imperfecta, temblorosa y honesta hasta los huesos de seguir existiendo.
Y conecto de una forma muy especial con eso.
Hoy, en esta última sesión de la semana, siento que he recibido un regalo. Uno que aún no sé cómo digerir, que no quiero abrir y que solo tenerlo entre las manos lo hace especial. Una última sesión que por sí sola justifica a lo que me dedico.
Una sesión que da sentido a todo el esfuerzo de una semana muy intensa emocionalmente y que en algún momento me he sentido al límite.
Gracias de corazón por la sesión.
Gracias por amar la vida.
Jorge Juan García Insua