Ha llegado repitiendo que no debería haber venido, que de hecho no tenía claro por qué me había reservado la cita. Lo dice mirándome como si esperara que yo le diera la razón y cancelara todo antes de empezar.
Entra en la sala, le indico que la butaca roja es para ella y se sienta en el borde, el abrigo todavía puesto, el bolso sobre las rodillas como si en cualquier momento fuera a levantarse e irse.
Mientras hablo y me presento, sonríe con una amabilidad que no me encaja con la tensión que transmiten sus manos. Empieza directa, con prisa y dice que está “bien”, que en realidad no le pasa nada grave, que hay personas con “problemas de verdad”. Minimiza cada intento de explicar lo que la trajo hasta un psicólogo. “Solo estoy un poco cansada”, “últimamente duermo mal”, “a veces lloro sin motivo, pero se me pasa”, “no vayas a pensar que estoy loca”.
La observo y cuando el silencio aparece en su discurso. Le pido permiso y le señalo la contradicción entre su discurso y su presencia.
-Déjame también añadir que si realmente no tuvieras claro por qué venir, podrías no haber venido. Algo te trajo hasta aquí, aunque todavía no tenga nombre o no lo tengas identificado.
Y se le humedecen los ojos. Empieza entonces a hablar de las mañanas. De lo difícil que se le hace levantarse. De la sensación de estar viviendo la vida de otra persona, cumpliendo expectativas que no recuerda haber elegido ni quién se las ha puesto en la cabeza.
Habla de su trabajo como si describiera una escena lejana, casi desconocida y ajena. Habla de su pareja con una mezcla de afecto y agotamiento. “No tengo motivos para quejarme”, repite varias veces, pero cada frase destila tristeza.
Me doy cuenta de que hace unos minutos he apuntado “resistencia” y ahora una flecha que apunta a “miedo”. A qué? Miedo a confirmar que lo que siente es real y que al ponerle palabras lo vuelva más pesado? Quizás, miedo a necesitar ayuda?
Insiste en que seguro que “no es para tanto y que debe estar ocupando el espacio de otra persona que lo necesita más que ella. Le digo que no hace falta que su malestar sea espectacular para ser legítimo. Que el hecho de que haya venido ya dice algo importante sobre su deseo de entender qué le está pasando. Y que su malestar veo y siento que es real y eso solo merece mi tiempo y el espacio que estamos compartiendo.

Por primera vez desde que entró, se recuesta en la butaca. Se levanta, se quita el abrigo y cuelga el bolso en la entrada. Su respiración se vuelve más tranquila. No hemos “resuelto” nada todavía, pero ya no está intentando convencerme de que no debería estar aquí. Ahora parece estar intentando averiguar por qué sí.
Solo por esto la sesión de hoy ya es muy importante para ella.
-Entraste preparada para irte -le digo-. Y ahora, sin que yo te lo pidiera, has decidido quedarte un poco más.
Sus ojos vuelven a humedecerse, pero esta vez no tiene prisa en secarlos. Prosigo.
– Cuando dices que “no es para tanto”, me pregunto qué tendría que pasar para que sí fuera suficiente. ¿Cuánto más cansancio tienes que acumular?
Guarda silencio. Tengo la sensación que mis palabras le resuenan.
-A veces -continúo- aprendemos que solo merecemos ayuda cuando estamos al límite. Cuando ya no podemos más. Pero el malestar no necesita ser “espectacular” para ser verdadero. No necesita compararse con el de nadie para existir.
Me hablas de las mañanas como si fueran una cuesta imposible. Me hablas de tu trabajo como si fuera la vida de otra persona. Me hablas de tu pareja con cariño… y con distancia y casi “agotamiento”.
Pero dices que no tienes motivos para quejarte. Me pregunto si te has permitido alguna vez preguntarte no si “tienes motivos”, sino cómo te sientes.
Y mientras me explicas todo esto siento que necesitas justificar cada emoción para permitirte sentirla. Como si esperaras de mi ser una especie de tribunal interno que evalúa o decide si tu tristeza merece existir.
– Tienes razón -me dice-, vengo por miedo. Quizás miedo a que la persona que tenga delante vea lo que has visto y me lo ponga delante, y si eso pasaba no saber qué hacer con ello. Y eso asusta, me asusta y me hace sentir… pequeña.
Dejo que sus ideas reposen. Y sigue.
– Deseaba que me dijeras que no era urgente y que me dieras cita para otro día, así no tenía que enfrentarme hoy y así tenía sentido lo de dar mi sitio a otra persona… qué absurdo verdad?
– Aquí no estás quitándole el espacio a nadie -le digo-. Esta consulta no es una sala de urgencias donde solo entra quien está peor. Es un lugar para entenderte, para dedicarte tiempo, es un espacio seguro. Y tú, hoy, lo estás necesitando.
Asiente muy despacio. Y sigo.
– Me gustaría que hoy no salieras de aquí con respuestas, sino con una pregunta distinta. En vez de “¿debería haber venido?” te preguntes “¿qué parte de mí sabía (e insistía) que necesitaba venir?”
No tienes que decidir hoy si “es para tanto”. Vamos a escucharlo. Y si hay una parte tuya que durante años ha tenido que ser fuerte, eficiente, comprensiva… que vea que aquí puede descansar un poco. No tienes que convencerme de nada. Solo estar.
Hoy su ansiedad ha perdido la batalla. A veces, el primer alivio no es que el dolor desaparezca, es sencillamente que deje de ser negado.
Jorge Juan García Insua
#fotografiaIA