Llego muy silenciosa y entró dándome los buenos días muy flojito, tanto que me costó escucharla.
Cuando la invité a entrar en la consulta casi sin darme tiempo a indicarle cuál era su butaca ella se sentó en la que habitualmente es la mía. No dije nada, no fui capaz y me pareció descortés, así que me senté en la que quedaba libre.
– Buenos días -le dije mientras me sentaba. No tengas prisa, ponte cómoda.
– …gracias -me contestó sin levantar la mirada.
– Si te parece, podemos empezar por lo que te haya traído hoy aquí.
Silencio largo… pasan más de 2 minutos hasta que retoma la palabra.
– Jorge, no… no sé muy bien por dónde empezar.
– A veces poner palabras cuesta. Podemos ir poco a poco, tú marcas el ritmo y tuya es la sesión. Recuérdalo.
– Es que… siento como si tuviera algo aquí (se toca el pecho). Pero cuando intento explicarlo… no sale.
– Es una sensación más de tristeza, de miedo, de cansancio…?
– Miedo… creo. Bueno… no sé. Es como… estar siempre pendiente. Como si algo fuera a pasar.
– Como vivir en alerta? Siempre pendiente que algo pase? – pregunté.
– Sí… exactamente. Y cuando estoy en casa… es peor si es que puede ser peor…
– Hay alguien más en casa contigo?
– Mi pareja. Bueno… (duda) no sé si llamarlo así.
De nuevo un silencio muy largo. Intenta hablar pero se bloquea. Espero a que se relaje y recupere fuerzas, entonces retomo.
– Tómate tu tiempo. Tienes el agua a tu disposición.
– Él… a veces… No es que… (se queda callada). No quiero exagerar, pero…
– (Respiro) Aquí no estamos para juzgar si algo es exagerado o no. Nunca escucharás un juicio de mi. Estoy para ver y sentir a través de tus ojos. Sólo pretendo entender cómo te sientes y qué te ha llevado a sentirlo.
– Es que… cuando lo digo en voz alta suena… feo. Él se enfada mucho. Por cosas pequeñas. Si la comida no está… o si llego tarde del trabajo… o si hablo con alguien que no le gusta. Si no me he arreglado bien…
– Y qué pasa cuando se enfada?
– Cambia. Su cara cambia… mucho, la voz también. Y se acerca mucho… tanto que…demasiado.
– Cuando lo expresabas me hacías percibir que cuando eso sucede te hace sentir miedo.
– Sí. Mucho.
– ¿Alguna vez te ha hecho daño físicamente?
Ella sigue mirando al suelo. Le cuesta respirar.
– No… bueno… No siempre. La verdad es que sí, a veces. Es más… cómo me mira. Cómo me habla. Me dice que soy inútil… que nadie más me aguantaría. Que si me voy… no tengo a dónde ir. Me hace sentir…
– Cómo te hace sentir?
– Pequeña, inservible, inútil. Sí… pero a veces pienso que igual tiene razón.
– Lo piensas tú… o lo has escuchado tantas veces que empieza a sonar como verdad?
– (se le humedecen los ojos). Creo que… lo segundo.
– Permíteme decir que lo que estás describiendo tiene nombre. Y no estás exagerando.
– ¿Sí?
– Sí. Se llama maltrato.
Llora desconsoladamente. Un nuevo silencio.
– Jorge, nunca me había atrevido a decir esa palabra.
– No tienes que decirla si todavía pesa demasiado. Ni estás obligada a explicarme algo que no quieras. Podemos acercarnos poco a poco, tan poco a la poco como necesites.
– Es que… si lo digo… parece que todo se vuelve real.
– Es real. Lo es porque aún no nombrándolo lo has vivido y sufrido. Y a veces reconocerlo, verbalizarlo y ponerle nombre también es el primer paso para que deje de doler en silencio.
– Lo sé, en el fondo lo sé (respira hondo). Creo que… por eso estoy aquí.
– Y déjame decir que has hecho algo muy valiente viniendo hoy.
– No me siento valiente.
– Muchas veces el valor se parece más a esto: sentarse, temblar… y aun así hablar. Siempre he pensado que ahí está la verdadera valentía. Podemos quedarnos un momento en lo que acabas de decir… en esa palabra que te cuesta tanto.
– Mal… trato, mal… trato.
– Qué pasa dentro de ti cuando la dices?
– Bufff… Me… se me encoge el estómago. Como si… como si hubiera hecho algo malo.
– Algo malo?
– Como si hablar de ello fuera una traición. Él siempre dice que los problemas de casa… se quedan en casa.
-Y tú qué sientes cuando escuchas eso?
– Que tengo que callarme. Que… si hablo… todo será peor.
– Peor cómo?
Ella se frota las manos con nerviosismo. Se puede percibir en la consulta su nivel de ansiedad.
– Se enfada más. Dice que lo provoco. Que lo saco de quicio…
– Si lo he entendido bien te ha dicho alguna vez que tú eres la causa de su comportamiento.
– Muchas veces. Dice que antes no era así… que soy yo la que lo vuelve loco.
-Eso debe ser muy confuso.
– Mucho, lo es mucho. Porque… a veces lo pienso y digo: “Quizá sí… quizá soy yo”.
– Puedes contarme una de esas situaciones que se te quedan más grabadas?
Se queda en silencio, respira más rápido. Y cuando se siente fuerte sigue.
– Hay… hay una que no puedo sacarme de la cabeza. Fue una noche. Yo llegué tarde del trabajo… como veinte minutos. Había tráfico.
– Qué pasó cuando llegaste?
– Él estaba sentado en el sofá. No dijo nada al principio… solo me miraba.
– ¿Cómo era esa mirada?
– Fría. Como… como si yo fuera una extraña. Me preguntó dónde estaba. Le dije la verdad… pero no me creyó. Empezó a decir que seguro estaba con alguien… Me lo repetía una y otra vez, cada vez más… fuerte, más insistirme, más agresivo… y me decía que soy una mentirosa.
– Cómo te sentiste en ese momento?
– Pequeña. Muy pequeña. Como si tuviera que demostrar que existo, me quería morir. Si hubiera podido o sabido cómo hubiera querido morir allí.
– Y después?
– Se levantó muy rápido…tiró mi bolso al suelo. Todo se cayó… el móvil, las llaves… todo.Me agarró del brazo. Muy fuerte.
Se levanta de la butaca, se queda de pie mirando la pared. Dándome la espalda. Espero unos segundos y me levanto, me siento en el borde la mesa, intento saber qué distancia necesita, me siento dubitativo y siento miedo de no saber respetar ese espacio.
Sólo me sale un..
– Lo siento. No puedo imaginar qué es vivir una situación así.
– Me dijo al oído… “Si me engañas, te juro que te arruino la vida. Eres nada y eso serás toda tu puta vida”.
– …debió ser aterrador.
– No grité Jorge. Ni lloré. Solo… me quedé quieta.
– ¿Por qué crees que te quedaste así?
– Porque cuando me muevo… se enfada más y podría…
– Así que tu cuerpo aprendió a quedarse quieto para protegerse.
– Sí… es como si me apagara. Me bloqueo.
– Te pasa a menudo esa sensación?
– Mucho. A veces ni recuerdo bien lo que pasa. Es como si mi cabeza se fuera.
– Eso también es una forma de sobrevivir.
Le caen las lágrimas…
– Pero luego… cuando estoy sola… todo vuelve.
– Qué vuelve?
– Su voz. Sus palabras. Su cara tan cerca.
– Y qué sientes cuando vuelve?
– Vergüenza.
– Vergüenza de qué?
– De no haberme ido. De seguir allí. Y me siento una mierda.
– Muchas personas en situaciones de violencia sienten eso. Pero quedarse no es debilidad
– A veces pienso que… si lo contara… nadie me creería.
– Yo te creo.
– Es la primera vez que alguien me dice eso.
– No estás sola en esta consulta.
– Hay algo más que… que nunca he dicho.
– Puedes hacerlo cuando te sientas preparada.
– Hay días… en que me mira… y siento que podría matarme.
Se queda de nuevo en silencio. Finalmente lo rompo yo.
– Gracias por confiarme algo tan importante y tan angustioso para ti.
– Y luego… -prosigue, al día siguiente… me trae café a la cama… y me dice que me quiere y entonces pienso: “Quizá todo está en mi cabeza”.
– No lo está.
– Tengo mucho miedo. Me puede, me supera.
– Lo sé. Aquí podemos empezar a entender ese miedo… y a buscar formas de que estés a salvo.
– De verdad hay salida?
– Sí. Por supuesto que la hay y no tienes porqué recorrerla sola.

Hay sesiones en las que uno escucha historias difíciles. Y hay otras en las que no solo escuchas la historia, sientes el peso de la vida de alguien a lo largo de la sesión. Esta fue una de esas, de esas que como psicólogo te acompañarán siempre.
Mientras hablaba, su cuerpo contaba tanto como sus palabras. La forma en la que entró, su voz casi inaudible, el sentarse en mi butaca sin darse cuenta… pequeños gestos que muchas veces pasan desapercibidos para quien no está atento, pero que en consulta suelen hablar de desorientación, hipervigilancia, miedo constante…
Su sistema nervioso llevaba demasiado tiempo viviendo en guerra. Todavía pienso en el momento en que pronunció por primera vez la palabra maltrato.
Siempre ocurre algo muy particular cuando esa palabra aparece por primera vez en una consulta. No es solo una palabra. Nombrar el maltrato tiene algo de terremoto.
Porque cuando lo nombras, ya no puedes seguir fingiendo que es solo “una mala racha”, “un carácter difícil” o “un problema de pareja”. Cuando lo nombras, la mente empieza lentamente a reorganizar todos los recuerdos y les da un sentido absolutamente distinto.
Y eso duele. Si soy sincero no puedo ni imaginar cuánto duele. Muchísimo.
Me impresionó especialmente el momento en que se levantó y se puso de cara a la pared. Durante unos segundos dudé y no sé si hice bien. Todo lo que he podido estudiar sobre técnica, teoría, sobre protocolos… en aquel momento nada de eso respondía a la pregunta ¿Dónde debo estar ahora mismo para esta persona?
Ni demasiado cerca. Ni demasiado lejos.
Ese instante me sigue enseñando que en muchas sesiones, lo más importante no es lo que decimos, sino el espacio que sostenemos.
Ella llevaba años viviendo en un lugar donde cada palabra podía desencadenar un castigo. Donde cada gesto podía ser interpretado como provocación. Donde cada silencio tenía consecuencias. Y sin embargo hoy había hecho algo extraordinario. Había hablado.
Pienso que se fue de aquella sesión sin percibirlo así, porque la vergüenza y el miedo suelen nublar la percepción de la propia valentía. Pero sentarse en una consulta y empezar a romper el silencio de la violencia de género es uno de los actos más difíciles que puede hacer una persona.
Mucho más difícil de lo que el mundo imagina.
Pienso mucho también en su frase: “A veces siento que podría matarme.”
Las personas que nunca han vivido violencia ni maltrato suelen imaginarla como una serie de explosiones aisladas. Pero quienes la viven saben que lo más destructivo no siempre es el golpe. Es esa atmósfera constante de amenaza.
La mirada. El tono. La proximidad del cuerpo. La sensación permanente de que algo terrible podría pasar. El miedo sostenido día tras día termina modificando el cerebro, el cuerpo, la forma de respirar, la manera de pensar sobre uno mismo.
Por eso su cuerpo se quedaba quieto. Por eso su mente se desconecta. Por eso duda de su propia realidad. No es debilidad, es supervivencia.
Es una mujer extraordinaria, como extraordinaria es la capacidad del ser humano para adaptarse incluso a lo insoportable. El cerebro intenta protegerse “inventando” explicaciones insostenibles salvo para quien las pronuncia: “quizá soy yo”, “quizá exagero”, “quizá lo merezco”. Porque a veces la alternativa, aceptar que la persona que debería cuidarte puede destruirte, es demasiado dolorosa para sostenerla de golpe.
Por eso el proceso es normal que parezca lento. Salir de la violencia no es solo salir de una casa o de una relación. Es reconstruir una identidad que ha sido erosionada durante años.
Habrá días en que dudará de todo lo que hoy ha dicho. Habrá momentos en que recordará el café en la cama y pensará que tal vez todo fue una exageración. Y habrá miedo. Mucho miedo.
Y eso también forma parte del proceso. Como forma parte esa primera vez que alguien que llevaba mucho tiempo en silencio encontró un lugar donde su historia no fue cuestionada.
Alguien escuchó. Alguien creyó. A veces la terapia comienza exactamente ahí. En el momento que alguien deja de estar sola con su miedo.
Ojalá llegue el día que mujeres como ella no tenga que vivir esas situaciones, ni tengan que existir sesiones como la de hoy.
Una mujer temblando en una silla. Una palabra dicha por primera vez. Ojalá sea la última que alguien tenga que vivirla.
Jorge Juan García Insua