– ¿Qué puedo hacer para enamorar a los chicos?
Me lo preguntó así, con una sonrisa que parecía querer quitarle importancia a la pregunta antes incluso de que yo pudiera dársela.
-¿A todos? – respondí.
Se rio.
– No, hombre. Ya me entiendes.
Sí, la entendía. O creía entenderla. Pero una de las cosas que he aprendido después de muchos años sentado en esta silla es a desconfiar un poco de las preguntas demasiado fáciles. No de quien las hace, sino de mi propia tentación de contestarlas demasiado rápido.
Porque podría haberle hablado de seguridad, de habilidades sociales, de mostrarse interesada sin invadir, de comunicación, de autoestima. Incluso podría haber convertido aquello en una pequeña clase sobre relaciones.
Algo no me encajaba, ella no me estaba preguntando cómo relacionarse mejor con los chicos, me estaba preguntando cómo conseguir que se quedaran.
– Quiero saber qué me estás preguntando exactamente.
– Pues eso. Qué puedo hacer para gustarles más. Para que se interesen por mí. Para que cuando conozca a alguien no acabe pasando lo de siempre.
– ¿Y qué es lo de siempre?
La sonrisa desapareció un poco.
– Que al principio parece que sí y después… no sé. Se enfrían. O desaparecen. O me dicen que no quieren nada serio y al cabo de dos meses están saliendo con otra.
– Y tú piensas que hay algo que estás haciendo mal.
– Evidentemente!
– ¿Evidentemente?
– Bueno… si siempre acaba igual, alguna responsabilidad tendré yo.
– Responsabilidad puede ser. Culpa es otra cosa.
Me interesa mucho esa diferencia en consulta y muchas veces dedico unos segundos a aclararlo con la persona. Porque asumir nuestra parte en lo que nos ocurre es necesario, nos devuelve capacidad de cambio. Pero hay personas que convierten esa responsabilidad en una especie de juicio permanente contra sí mismas.
Si una relación termina, fallaron. Si alguien deja de escribirles, hicieron algo mal. Si no fueron elegidas, no fueron suficientemente interesantes, suficientemente atractivas, suficientemente divertidas, suficientemente fáciles o suficientemente difíciles.
Y entonces dejan de preguntarse qué ocurrió entre dos personas y empiezan a preguntarse qué defecto suyo provocó que todo terminara.
– Vale -dijo-. Pero algo hago mal.
– Puede ser. Todos hacemos cosas mal cuando nos relacionamos. Yo también. Pero antes de buscar qué haces mal quiero preguntarte algo. Cuando me dices que quieres aprender a enamorar a los chicos, ¿qué te gustaría que yo te enseñara?
– No sé. Cómo actuar.
-¿Cómo actuar?
– Sí. Si mostrar más interés, menos… Si escribirles o esperar. Si ser más distante. No sé, esas cosas.
– Entonces quieres aprender una estrategia.
– Dicho así suena fatal.
– No digo que esté mal. Solo intento entenderlo.
– Pues sí. Supongo que quiero saber qué funciona.
Y pensé que ahí estaba una parte importante del problema. Qué funciona, como si el amor fuera una cerradura y en algún lugar existiera la combinación correcta. Como si hubiera personas que conocen el secreto y otras que todavía no han aprendido a hacerlo bien.
No me parece extraño que acabemos pensando así. Nos pasamos media vida recibiendo mensajes sobre cómo gustar más, cómo resultar más interesantes, cómo conseguir que alguien nos eche de menos, cuándo responder un mensaje, cuánto interés mostrar, cuánto ocultar.
Nos enseñan muchas maneras de resultar deseables. Bastantes menos de sentirnos deseables sin necesitar demostrarlo continuamente.
– ¿Y si funciona?
– ¿Cómo?
– Imagínate que yo tengo la fórmula. Te digo exactamente cuánto tienes que escribir, cuánto esperar, cuándo mostrar interés, cuándo retirarte, cómo comportarte… y funciona. Conoces a alguien y se enamora de ti.
Sonrió.
– Pues pásamela.
– Hay un problema.
– Ya decía yo.
– Después tendríamos que averiguar de quién se ha enamorado.
Me miró sin responder.
– Porque si para conseguir que alguien se quede tienes que medir constantemente lo que dices, esconder lo que sientes, parecer menos interesada de lo que estás, controlar cuándo escribes, contenerte para no asustarle y convertirte en la versión de ti que crees que puede gustarle… puede que consigamos que alguien se enamore. Lo que no sé es si se habrá enamorado de ti.
Silencio.
Y mientras la veía pensar recordé algo que aparece muchas veces en consulta, aunque llegue con nombres diferentes.
Personas agotadas de intentar ser queridas. No de querer, de ser queridas. La diferencia es enorme.
Querer coloca al otro delante. Intentar constantemente ser querido coloca un espejo entre los dos. Ya no estás viviendo la relación, estás observándote dentro de ella: si has dicho demasiado, si has mostrado demasiado, si deberías escribir, si tardaste poco en contestar, si estás siendo pesada, si eres suficientemente interesante.
Y debe ser agotador enamorarse así, porque mientras intentas que el otro no pierda el interés, corres el riesgo de perderte tú.
-Ya… -dijo finalmente-. pero si soy yo del todo, tampoco funciona.
Aquello cambió la sesión. Ya no estábamos hablando de chicos.
– Eso que acabas de decir me interesa mucho más que la primera pregunta.
– ¿Por qué?
– Porque hace un momento me preguntabas cómo enamorar a alguien. Ahora me estás diciendo que tienes miedo de que siendo tú no sea suficiente para que alguien se quede.
Bajó la mirada.
– Bueno…
– No tienes que responderme rápido.
– Es que creo que es verdad.
– ¿Qué cosa?
– Que cuando me conocen de verdad se cansan.
Hay frases que, cuando aparecen en consulta, me obligan a frenar, suelen decirse sin dramatismo, como quien explica una evidencia.
“Cuando me conocen de verdad se cansan.”
Pensé en cuántas decisiones sentimentales pueden construirse alrededor de una frase así.
Cuánto puedes tolerar por miedo a que alguien se vaya. Cuánto puedes callarte. Cuánto puedes perseguir. Cuántas veces puedes aceptar migajas interpretándolas como oportunidades.
Y, sobre todo, cuánto puedes modificarte para intentar retrasar el momento en que el otro descubra eso que tú ya has decidido que eres: alguien de quien, tarde o temprano, uno se cansa.
– ¿Desde cuándo piensas eso?
– No sé.
– Piénsalo.
Se quedó callada.
– Desde hace bastante.
– ¿Y qué haces cuando conoces a alguien que te gusta?
– Intento gustarle.
– Eso ya lo sé. ¿Qué haces contigo?
Frunció el ceño.
– No te entiendo.
– ¿Te permites conocerle o estás demasiado ocupada intentando conseguir que él te elija?
No respondió.
– Porque llevamos un rato hablando de cómo conseguir que los chicos se enamoren de ti y todavía no me has dicho una sola vez cómo decides tú si un chico te gusta lo suficiente como para querer estar con él.
Aquello me parecía importante.
A veces trabajamos tanto el miedo al rechazo que olvidamos algo tan básico como que nosotros también rechazamos, nosotros también elegimos.
No toda persona que no nos quiere nos ha quitado algo y no toda relación que no comienza es un fracaso.
No todo «no» habla de nuestro valor.
Hay encuentros que simplemente no encajan y convertir cada falta de reciprocidad en una evaluación de nuestra autoestima es conceder a personas que apenas nos conocen un poder enorme sobre cómo nos miramos.
– Bueno, eso se nota -dijo.
– ¿Y que tú le gustes no debería notarse también?
-Supongo.
– Entonces quizá estamos poniendo sobre tus hombros un trabajo que corresponde a dos personas.
– Pero yo puedo hacer cosas para gustar más.
– Claro. Todos podemos. Podemos cuidar nuestro aspecto, conversar, mostrar interés, ser cariñosos, divertidos, atentos… Podemos acercarnos. Lo que no podemos es controlar lo que ocurre al otro lado.
– Eso es una mierda.
Me reí.
– Un poco.
Ella también se rio.
– Me iría mejor si pudiese controlarlo.
– Probablemente. Aunque entonces tendríamos otro problema.
– ¿Cuál?
– Que tampoco sabrías nunca si te quieren porque te quieren o porque has aprendido a conseguir que te quieran.
Volvió a quedarse callada.
Y pensé que enamorarse exige aceptar una vulnerabilidad que a veces intentamos eliminar mediante el control. No sabemos si alguien se quedará, ni si sentirá lo mismo, ni siquiera cuánto durará.
Podemos hacer muchas cosas para cuidar una relación, pero ninguna garantiza que alguien nos quiera.
Y precisamente ahí está una de las partes más difíciles, atreverse a mostrarse sin tener asegurado el resultado.
– Entonces ¿qué hago?
– Quizá empezar por cambiar la pregunta.
-¿Cuál pongo?
– En lugar de preguntarte qué tienes que hacer para que alguien se enamore de ti, podrías empezar preguntándote qué ocurre contigo cuando alguien no lo hace.
– Me jode.
– Eso ya lo veo.
– Me hace sentir que hay algo malo en mí.
– Ahí estamos.
Me miró.
– ¿Ahí estamos dónde?
– En lo que probablemente llevabas intentando preguntarme desde que has entrado por esa puerta.
– ¿El qué?
– Si hay algo malo en ti porque algunos chicos no se han enamorado de ti.
No contestó.
Y esta vez no necesitaba hacerlo.
Hay silencios en consulta que no están vacíos. Están llenos de cosas que por fin han encontrado sitio.
– ¿Y lo hay?
– ¿Hay algo malo en ti?
Asintió.
– Hay cosas tuyas que tendremos que trabajar. Como las hay en mí y en cualquiera. Habrá formas de relacionarte que seguramente puedas entender mejor. Miedos. Elecciones. Personas a las que persigues cuando quizá deberías preguntarte por qué las estás eligiendo. Pero no voy a ayudarte a construir una versión de ti diseñada para que sea más difícil abandonarte.
– ¿Por qué?
– Porque entonces estaríamos confirmando exactamente lo que ahora te hace daño.
– ¿Qué?
– Que siendo tú no basta.
Se le humedecieron ligeramente los ojos.
A veces tenemos una imagen demasiado cinematográfica de la terapia. Como si las sesiones importantes tuvieran que acabar entre lágrimas, con una frase extraordinaria o con una revelación que cambia una vida.
La mayoría no funcionan así. A veces una sesión importante consiste simplemente en conseguir que alguien salga haciéndose una pregunta distinta de aquella con la que entró.
– Entonces me vas a enseñar fatal a ligar.
– Posiblemente.
Sonrió.
-Vaya psicólogo!
– Pero puedo intentar ayudarte con otra cosa.
– ¿Con qué?
– A que la próxima vez que conozcas a alguien no estés únicamente pendiente de si consigues gustarle. Que puedas estar suficientemente tranquila para preguntarte si te gusta cómo te trata. Si puedes ser tú cuando estás con él. Si te sientes cuidada. Si hay reciprocidad. Si tienes que perseguir constantemente su atención. Si puedes decir lo que sientes sin pensar que eso hará que desaparezca. Y, sobre todo, si tú también le eliges.
– Eso parece bastante más difícil que hacerse la interesante.
– Muchísimo más.
Se rio. Y yo también.
La sesión estaba terminando cuando volvió sobre la primera pregunta.
– Entonces Jorge… ¿no hay ningún truco para enamorar a los chicos?
– Alguno habrá. Internet está lleno.
– Idiota! Uy perdón perdón!! Qué vergüenza, te lo he dicho cariñosamente!
– Pero yo te propondría otro.
– A ver.
– No intentar convencer a nadie de que merece la pena quererte.
Me miró.
– ¿Y esperar?
– No. Vivir. Conocer gente. Equivocarte. Mostrar interés cuando lo tengas. Retirarte cuando no haya reciprocidad. Decir que te gusta alguien si quieres decirlo. Aprender a soportar que algunas personas no te elijan sin convertir cada rechazo en una sentencia sobre quién eres.
– buffff… Suena complicado.
– Sí, lo es.
– ¿Y eso funciona?
– No tengo ni idea.
– Fantástico.
– Pero al menos, si algún día alguien se enamora de ti, tendrás bastantes posibilidades de saber de quién se ha enamorado.
Sonrió y cuando se marchó me quedé pensando unos segundos en su primera pregunta.
«¿Qué puedo hacer para enamorar a los chicos?»
Podría parecer una pregunta superficial. Incluso adolescente. Pero pacientes como ella me han enseñado que en consulta no existen demasiadas preguntas superficiales cuando uno tiene paciencia suficiente para averiguar qué hay debajo.
Porque todos, de una manera u otra, hemos querido alguna vez que alguien nos eligiera. Todos hemos hecho alguna estupidez para gustar. Todos hemos enseñado nuestra mejor parte y escondido alguna que temíamos que pudiera provocar que alguien saliera corriendo.
El problema no está en querer gustar. Es humano. El problema empieza cuando para conseguirlo necesitamos gustarnos cada vez menos a nosotros mismos.
Cuando enamorar se convierte en convencer o cuando ser elegido importa tanto que dejamos de elegir.
Cuando interpretamos que alguien se marche como la demostración definitiva de que había algo en nosotros que no merecía la pena.
Por eso en esa sesión no le enseñé a enamorar a ningún chico. Lo cierto es que tampoco habría sabido hacerlo.
En mi cabeza no paraba de resonaré aquella pregunta: ¿Puedo ser yo y que alguien quiera quedarse?.
Y me habría gustado poder decirle que sí.
Decírselo con esa seguridad que a veces se espera de nosotros, como si ser psicólogo incluyera conocer algunas respuestas que los demás todavía no han encontrado. Como si después de tantos años escuchando historias de amor, de abandono, de rechazo y de personas intentando recomponerse tras alguien que se fue, uno hubiera descubierto alguna certeza.
Pero no la tengo.
Ser tú no garantiza que alguien se quede. Puedes ser honesta, cariñosa, divertida, generosa, cuidar una relación, hacer las cosas razonablemente bien y, aun así, alguien puede marcharse. Puedes mostrarte sin estrategias y descubrir que al otro no le gustas. Puedes querer muchísimo a alguien que no va a quererte de la misma manera.
Y eso duele. La terapia no debería intentar borrar esa parte de la vida. Tampoco convertir cada decepción en una oportunidad maravillosa para crecer. Hay rechazos que simplemente duelen. Personas que nos importaban y se van. Historias en las que habríamos preferido otro final. Y días en los que entender todo esto sirve de bastante poco porque lo único que queríamos era que aquella persona se quedara.
Pero hay algo que sí podemos trabajar, que cuando alguien se vaya, tú no te vayas contigo.
Y que, cuando vuelvas a conocer a alguien, no tengas que presentarte a un examen.
Quizás esa sea una de las cosas más difíciles que hacemos cuando nos relacionamos: permitir que alguien nos conozca sin intentar controlar después lo que hará con aquello que ha conocido.
Y ninguna terapia podrá protegernos completamente de eso sin protegernos también de enamorarnos. O yo al menos, en mi ignorancia, aún no la conozco.
También ahí me queda mucho por aprender.

Jorge Juan García Insua