
La marea estaba allí antes que yo.
Antes de que supiera dónde estaba la Barquiña, antes de que aquel nombre significara algo, antes incluso de que pudiera imaginar que acabaría escribiendo sobre este lugar tantos años después.
Ella ya subía y bajaba. Lo hacía mucho antes de mis primeros viajes de 24 horas a Galicia con mis padres y mi hermano José, y siguió haciéndolo cuando llegó mi hermana y también mientras yo estaba lejos.
Nunca necesitó saber cuándo volvería. Hay algo profundamente gallego en esa manera de esperar sin parecer que se espera a nadie.
La marea no pregunta, llega, se retira y vuelve. Qué curioso, así muchas veces es como yo escribo, debe ser que mis palabras manda la parte gallega.
Durante muchos años mis viajes a la Barquiña tuvieron algo de eso. Ir y volver. Aparecer después de meses lejos y encontrar casi todo donde lo había dejado, aunque nunca estuviera exactamente igual.
El camino, las casas, el olor, la humedad pegada a las paredes. Ese verde excesivo que uno solo comprende cuando lleva tiempo lejos de terras galegas. Las conversaciones que empiezan como si hubieran terminado ayer. Los nombres de siempre, la familia, alguna silla que antes estaba ocupada, alguna voz menos. Algún niño que ya no era tan niño.
Y la marea. Siempre la marea.
Creo que durante mucho tiempo apenas le presté atención. Formaba parte del paisaje como tantas cosas importantes de la vida cuando todavía no sabemos que lo son.
Uno no mira demasiado aquello que cree que estará siempre.
Cuando era más joven, como mis hijos ahora, la marea era simplemente agua que subía y bajaba. Un dato del día, algo que modificaba la orilla, que dejaba más o menos espacio para caminar, que descubría piedras, cangrejos, algas y pequeños restos que unas horas antes estaban escondidos.
Ahora la miro de otra manera, será cosa de los años o de las ausencias.
He aprendido que la marea no repite su movimiento aunque lo parezca. Nunca regresa la misma agua, nunca encuentra exactamente la misma orilla, nunca deja detrás las mismas cosas. Nosotros tampoco.
He vuelto muchas veces a la Barquiña, pero nunca ha vuelto el mismo Jorge. Alguna vez llegó un niño, después un adolescente, más tarde alguien que tenía prisa por hacerse mayor y marcharse a vivir su vida.
Y en cada viaje probablemente pensé que era yo quien regresaba a la Barquiña, cuando ahora empiezo a sospechar que era la Barquiña la que me iba devolviendo pequeñas partes de mí.
La marea sabe mucho de devolver cosas. A veces devuelve aquello que alguien perdió, otras veces deja en la orilla algo que nadie sabía que estaba allí.
También se lleva, eso lo hace muy bien. Las costas gallegas conocen desde siempre esa conversación entre la tierra y el mar. Una conversación antigua, insistente, algunas veces hermosa y otras violenta. Aquí el océano no es solo paisaje. Entra en las vidas, condiciona horarios, trabajos, comidas, paseos, recuerdos. Decide dónde termina la tierra durante unas horas y después cambia de opinión.
Hay algo fascinante en eso, quizás nosotros también seamos así. Nos pasamos media vida intentando definir quiénes somos como si existiera una línea fija, cuando basta regresar a determinados lugares para descubrir que nuestras fronteras también se han movido.
Yo lo noto aquí. La Barquiña tiene esa capacidad incómoda y preciosa de recordarme quién fui sin dejarme olvidar quién soy. El paisaje permanece, pero los ojos han cambiado.
Hay casas que antes eran simplemente casas y ahora contienen historias. Caminos que antes servían para llegar a algún sitio y ahora sirven para regresar. Personas que entonces parecían eternas y hoy viven sobre todo en la manera en que alguien pronuncia su nombre.
Y hay ausencias. Claro que las hay. Sería absurdo escribir sobre volver sin hablar de quienes ya no están. Pero aquí incluso las ausencias tienen una presencia extraña, no caminan contigo, pero están en determinados caminos.
Como la tierra cuando baja la marea. No había desaparecido, solo que no podíamos verla.
La memoria también tiene mareas. Hay temporadas en las que determinados recuerdos quedan cubiertos durante años, y un día, sin avisar, el agua baja. Entonces aparece todo.
Una comida alrededor de una empanada. El banco de casa de mi madre. Un paseo hasta la Punta.Una tarde que no tuvo nada de especial hasta que alguien pregunta si soy “el de Solita”.
Y resulta difícil explicar por qué algo tan pequeño puede emocionarte tanto.
En consulta he aprendido que las cosas importantes rara vez anuncian que lo son mientras suceden. Nadie pone música de fondo en los momentos que algún día echaremos de menos. Nadie nos avisa de que prestemos atención. Como alguien dijo, la vida ocurre sin subtítulos.
Por eso la marea no cambia nada. Sencillamente vuelve para estar otra vez, regresa pero nunca devuelve exactamente lo que se llevó.
Volver no es recuperar, no regreso a la Barquiña para recuperar nada. No quiero volver a ser el niño, ni el adolescente, ni el joven que alguna vez recorrió estos mismos caminos. Tampoco quiero reconstruir un tiempo que terminó.
Vuelvo porque aquí puedo encontrarme con ellos sin necesidad de convertirme otra vez en ninguno. Uno puede querer profundamente lo que fue y, al mismo tiempo, no querer volver atrás.
Me parece bonito recordar una vida anterior sin despreciar la que tengo ahora. La marea lleva millones de años explicándolo de una manera mucho más sencilla. Para volver hay que haberse ido y para irse no siempre hace falta desaparecer.
Cada vez que abandono la Barquiña sé que ella seguirá aquí. Seguirán las mareas y nosotros con ellas, porque algo tenemos algo de marea.
Nos alejamos de los lugares a los que pertenecemos creyendo que marcharnos significa dejarlos atrás. Hasta que un día regresamos y descubrimos que no.
Que algunas geografías terminan convirtiéndose en biografía, que existen lugares que ya no sabemos separar de determinadas personas.
Uno puede vivir a cientos de kilómetros y continuar perteneciendo de alguna manera a una casa, a un camino, a una costa. A una aldea.
Yo he pasado gran parte de mi vida entrando y saliendo de la Barquiña. Y ahora, mientras paseo, miro cómo cambia lentamente el paisaje con la marea, pienso que quizá nunca hice otra cosa que imitarla.
Acercarme, alejarme, regresar. Siempre distinto. Y ella, mi querida aldea, seguirá haciéndolo cuando yo ya no vuelva.
Y, extrañamente, ese pensamiento no me entristece, me tranquiliza.
Me gusta imaginar que algún día mis hijos regresarán por aquí y reconocerán algo que yo les enseñé. Que contarán alguna historia deformada por los años, que señalarán un lugar y dirán: “Aquí venía mi padre y mi abuela”.
Quizá ni siquiera recuerden exactamente lo que les conté. No importa, los recuerdos nunca llegan intactos a la siguiente generación. Llegan como llegan las cosas a la orilla, a veces irreconocibles, pero llegan.
La marea seguirá subiendo y bajando frente a ellos con la misma indiferencia con la que lo hizo frente a quienes estuvieron antes que yo.
Y durante unas horas cubrirá nuestras huellas. Después volverá a bajar. Irse, volver, irse y volver…
Como nosotros, como yo.
Jorge Juan García Insua
*La Barquiña es una aldea situada en la parroquia de Barro en el municipio de Noia (La Coruña), y es mi tierra materna.