
En este libro, García Insua construye un relato amoroso que utiliza un eclipse como excusa narrativa para hablar, en realidad, de la dificultad de seguir mirando a quien tenemos al lado.
Antes de que vuelva la luz parte de una idea sencilla y visualmente poderosa. Mientras el mundo se prepara para contemplar un fenómeno extraordinario, el narrador propone exactamente lo contrario: bajar la mirada. El verdadero acontecimiento no estará en el cielo, sino a centímetros de distancia. Esa inversión aparece desde las primeras páginas y constituye uno de los puntos fuertes del relato.
Pero reducirlo a un relato romántico sobre un eclipse sería quedarse en su superficie, porque el relato cambia mientras avanza.
Las primeras páginas pueden hacer pensar que estamos ante una declaración amorosa de “corte lírico”, hay imágenes deliberadamente románticas y algunas muy efectivas, especialmente la idea de que mientras todos levantan la mirada hacia el cielo, los protagonistas la bajan para encontrarse.
Sin embargo, el libro mejora cuando deja de hablar del enamoramiento y empieza a hablar del tiempo. Ahí aparece su verdadera profundidad.
A mitad del relato se produce un desplazamiento interesante, porque ya no importa tanto besar a alguien durante un eclipse como continuar eligiéndolo un dia cualquiera, y esos fragmentos contienen probablemente el corazón de toda la obra: lo extraordinario no es amar durante un acontecimiento extraordinario; lo difícil es seguir encontrando extraordinaria a una persona cuando alrededor no sucede absolutamente nada fuera de lo normal.
Y desde ahí el eclipse deja de ser escenario para convertirse en metáfora. La oscuridad representa las crisis, la rutina, el desgaste, los momentos en los que una relación deja temporalmente de reconocerse. El texto acierta especialmente al plantear que algo puede oscurecerse sin haber desaparecido: no ver el Sol no significa que el Sol ya no esté.
Es una metáfora sencilla, quizá incluso evidente, pero funciona porque está emocionalmente preparada desde el comienzo. El verdadero antagonista es la costumbre. No hay conflicto convencional, personajes enfrentados ni giro argumental. El antagonista de Antes de que vuelva la luz es mucho más cotidiano: acostumbrarse.
Y aquí aparece, a mi juicio, la mejor parte del relato. El narrador termina reconociendo que tiene miedo. No de perder necesariamente a la persona amada, sino conservarla y “dejar de verla”. La frase que concentra esa idea -«Hay una forma muy triste de perder a alguien que consiste en seguir teniéndolo al lado y dejar de mirarlo»- cambia retrospectivamente el sentido de todo lo anterior.
Entonces entendemos que no es únicamente romanticismo. Es un intento “casi” desesperado de prestar atención antes de que la vida convierta lo extraordinario en paisaje.
Y ahí el relato adquiere una dimensión mas elaborada que la de una simple historia romántica.
Aparece de nuevo una de las obsesiones literarias del autor: las últimas veces. Uno de los fragmentos más logrados aparece cuando el narrador recuerda que muchas cosas importantes suceden por última vez sin anunciarse. Ese pasaje rompe acertadamente el universo exclusivamente amoroso. Durante unos instantes el relato habla de algo más amplio: la conciencia de finitud.
Y eso explica la obsesión del protagonista por memorizar detalles aparentemente insignificantes. El libro parece preguntarse: ¿cómo sabemos qué instante merece ser recordado si nadie nos avisa de que estamos viviéndolo por última vez?
La respuesta del narrador es excesiva pero coherente: mirarlo todo. Especialmente lo pequeño.
Estilísticamente, el libro funciona mejor cuando contiene la emoción. La prosa es deliberadamente lírica, íntima y confesional. Utiliza paralelismos, repeticiones, enumeraciones y metáforas visuales. La reiteración de «Quiero…» proporciona inicialmente ritmo y refuerza la sensación de carta o declaración dirigida a una persona concreta.
Sin embargo, aquí está también una de las debilidades del texto. En algunos pasajes quiere ser hermoso con demasiada frecuencia.
Hay una acumulación de imágenes románticas que en determinados momentos amenaza con saturar. Algunas metáforas podrían desaparecer sin que el relato perdiera emoción; probablemente ocurriría lo contrario. Las mejores frases del libro son precisamente aquellas en las que el lenguaje se desnuda.
Por ejemplo:
“Nadie avisa.”
Tres palabras después de hablar de las últimas veces. Funcionan porque el texto deja de intentar emocionar y simplemente dice.
Ese contraste demuestra algo importante: García Insua tiene más fuerza literaria cuando confía en la experiencia que cuando subraya su belleza.
Debería haber hecho una corrección ortotipográfica antes de una edición definitiva. Aunque fuera a pesar de su intento de frescura, hay algunas construcciones que necesitan revisión y pequeños errores de edición o concordancia. No afectan al sentido, pero sí pueden restar pulcritud a una obra tan breve, donde cualquier imperfección resulta más visible.
A pesar de ello, el final es uno de sus mayores aciertos. El relato podría haber terminado fácilmente en «Siempre». De hecho, prepara al lector para hacerlo. Pero tiene la inteligencia de desconfiar de esa palabra. El narrador la pronuncia y después se corrige: «Siempre es una palabra demasiado grande, demasiado perfecta y nosotros nunca hemos necesitado serlo».
Ese gesto salva al final de caer en un romanticismo convencional. El «siempre» deja de ser una promesa grandilocuente para convertirse en una suma de decisiones minúsculas: martes, domingos, malos días, reconciliaciones, cafés fríos, noches de insomnio. Hasta que muchos años después dos manos envejecidas continúen formulándose la misma pregunta.
Y eso conecta perfectamente con la idea central del libro: el amor duradero no consiste en prometer una eternidad, sino en acumular suficientes días en los que uno vuelve a elegir quedarse.
Como relato, Antes de que vuelva la luz no destaca por lo que ocurre, sino por lo que piensa acerca de lo que ocurre. Su argumento cabe prácticamente en una frase: alguien propone a la persona que ama vivir juntos un eclipse. Pero alrededor de esa situación construye una reflexión sobre el amor cotidiano, la atención, la costumbre, el miedo al paso del tiempo y la necesidad de seguir eligiendo.
Su mayor virtud es que empieza hablando de un eclipse y termina hablando del envejecimiento.
Empieza queriendo besar a alguien cuando desaparezca el Sol y termina imaginando dos manos envejecidas que todavía se preguntan si pueden quedarse.
Ese recorrido es el sentido del relato.
Su principal riesgo es precisamente su intensidad: hay momentos en los que la acumulación de lirismo puede hacer que un lector menos predispuesto al género sentimental perciba cierto exceso. Una edición ligeramente más contenida, eliminando algunas metáforas redundantes y dejando respirar las imágenes más poderosas, podría hacerlo todavía mejor.
Pero el autor acierta en no convertirlo en algo más largo ni añadir acontecimientos. Su naturaleza de relato breve es coherente con lo que cuenta: habla de prestar atención a un instante y, formalmente, él mismo quiere ser uno de esos instantes.
Y hay algo que me parece especialmente interesante respecto a De García a Insua, su obra principal: aquí hay menos psicólogo y más escritor.
La mirada psicológica continúa debajo -apego, rutina, elección, miedo a la pérdida, conciencia temporal-, pero ya no necesita explicarse. Está incorporada a la historia. Eso, literariamente, me parece una evolución importante del escritor, del psicólogo y de la persona.
Jorge Juan García Insua
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