Algunas conversaciones que terminan mucho después de haberse producido. Algunas ni siquiera necesitan que volvamos a encontrarnos con la persona con la que las mantuvimos. Permanecen en algún lugar de nuestra memoria, entre tantas otras cosas que hemos escuchado, y un día, sin que las estemos buscando, alguien pronuncia unas palabras que nos devuelven a ellas.
Hoy me ha sucedido algo así.
En abril de 2021 publiqué en este blog un texto que titulé De profesión… divagador mental. Había recibido una crítica a raíz de otro artículo en el que hablaba del amor. Quien me escribía no encontraba relación entre aquello que había publicado y la psicología. Le parecía que mis reflexiones eran poco más que divagaciones mentales. Recuerdo que me sorprendió, especialmente porque aquel era uno de los textos con los que más me identificaba. Era mi primera crítica y, aunque tuve la tentación de responder inmediatamente, decidí dejar pasar unos días.
A estas alturas no os sorprenderá que os diga que terminé escribiendo un artículo entero.
Me declaré divagador mental, defendí mi derecho a escribir desde mi mirada personal y expliqué algo que entonces ya tenía bastante claro: que en prácticamente todos los procesos terapéuticos que había acompañado, de una manera u otra, había aparecido el amor.
Han pasado cinco años.

Cinco años en los que han sucedido muchas cosas. He seguido escuchando historias, acompañando procesos, escribiendo, equivocándome y descubriendo que hay convicciones que el tiempo no debilita, aunque sí nos obliga a revisarlas y comprenderlas de otra manera.
He conocido personas que han cambiado mi manera de mirar determinadas situaciones y otras que me han recordado lo poco que sabemos de alguien hasta que nos permite acercarnos a su historia.
Y hoy, en mitad de una sesión, un paciente se ha quedado unos segundos pensando. Estábamos hablando de su proceso, de las personas que habían ido apareciendo en nuestras conversaciones, de lo que había descubierto sobre sí mismo y de cómo algunas de sus relaciones habían condicionado su manera de vivir determinadas situaciones.
Entonces, casi como si estuviera pensando en voz alta, ha dicho:
– No creo que haya un proceso terapéutico donde no aparezca el amor.
He sonreído.
No le he explicado que acababa de devolverme a un texto que escribí hace cinco años, tampoco he sentido la necesidad de compartir con él aquella coincidencia. La sesión era suya, no mía, y lo importante en aquel momento era lo que esa reflexión significaba dentro de su propio proceso. Pero sus palabras se han quedado conmigo, y al terminar mi jornada he vuelto a buscar aquel artículo.
Me ha resultado extraño releerme. Me sigo reconociendo en aquellas palabras, aunque me he encontrado a un Jorge que todavía tenía muchas cosas por vivir, que necesitaba explicar algunas de sus convicciones y que no imaginaba cuánto iban a cambiar ciertas cosas durante los años siguientes.
He sentido cariño por aquel psicólogo que se tomaba el tiempo de responder a una crítica escribiendo sobre lo que más le importaba. Y también he sentido cierta ternura al reconocerme en algunas de sus inseguridades, su necesidad de explicarse, de justificar por qué podía hablar de amor sin estar alejándose de la psicología.
Hoy no creo que necesitara justificarlo. No porque sepa más sobre el amor, de hecho, cuanto más escucho, menos convencido estoy de que exista una única manera de comprenderlo. He visto demasiadas formas de querer, demasiadas contradicciones, demasiadas historias que no encajan en esas explicaciones tan sencillas que a veces utilizamos para hablar de las relaciones humanas.
He escuchado a personas que quieren profundamente a alguien con quien ya no pueden convivir. A otras que llevan años intentando conseguir el reconocimiento de un padre o una madre que nunca supieron ofrecérselo.
He acompañado a quienes han tenido que despedirse de alguien a quien seguían queriendo, a quienes sienten culpa por haber dejado de amar y a quienes han pasado buena parte de su vida convencidos de que había algo en ellos que los hacía difíciles de querer.
He escuchado historias de amor que nunca llegaron a existir fuera de la imaginación de quien las vivía, historias que terminaron hace décadas y siguen ocupando un espacio enorme, historias de personas que han aprendido a convivir con una ausencia y otras que, después de muchos años compartiendo una vida, se han convertido prácticamente en desconocidas.
Y he descubierto que no siempre hablamos del amor cuando pronunciamos esa palabra. A veces hablamos de miedo, de dependencia, de soledad, de la necesidad de sentirnos importantes para alguien. Del terror a que nos abandonen o de esa extraña dificultad para aceptar que alguien pueda querernos sin que tengamos que hacer constantemente algo para merecerlo.
Otras veces hablamos de la necesidad de poner límites, de aceptar que querer no nos obliga a permanecer, de comprender que el sufrimiento no demuestra la profundidad de nuestros sentimientos y que amar a alguien no nos concede ningún derecho sobre su vida.
Porque el amor también puede convertirse en una excusa. Para controlar, para exigir, para justificar comportamientos que hacen daño. Y creo que quienes nos dedicamos a la psicología tenemos la responsabilidad de no idealizarlo, de no presentar cualquier sacrificio como una muestra de generosidad ni cualquier renuncia como una prueba de amor.
Querer no siempre significa cuidar bien. Y que alguien nos quiera tampoco significa que sepa hacerlo de una manera que nos permita sentirnos seguros, respetados o libres.
Me pregunto cuántas veces habré escuchado durante estos años a alguien decir que todo lo que hizo fue por amor. Y cuántas veces, detrás de esa afirmación, hemos tenido que detenernos a observar otras cosas: el miedo a quedarse solo, la dificultad para aceptar una pérdida, la necesidad de controlar lo que no podemos controlar o la incapacidad para reconocer que nuestros deseos no siempre coinciden con los de la persona que tenemos delante.
También he pensado en todas esas personas que llegan a consulta hablando de ansiedad, de tristeza, de inseguridad o de dificultades para tomar decisiones y que, en algún momento, terminan hablando de cómo se relacionan con quienes son importantes en su vida.
No significa que detrás de cualquier dificultad psicológica exista un problema relacionado con el amor. Sería tan reduccionista afirmarlo como pretender que nuestras relaciones afectivas no tienen nada que ver con nuestro bienestar emocional.
Significa que somos personas que vivimos vinculadas a otras personas, que necesitamos, en diferentes grados y de distintas maneras, sentirnos reconocidos, respetados, acompañados, que buena parte de lo que pensamos sobre nosotros mismos se ha construido también a partir de nuestras experiencias con los demás. Y que hay ausencias que duelen incluso cuando nunca hemos llegado a conocer aquello que echamos de menos.
Pienso en alguien que creció esperando un abrazo que nunca recibió. En quien ha pasado años esforzándose por conseguir que su padre se sintiera orgulloso, en las personas que aprendieron a no pedir ayuda porque descubrieron demasiado pronto que nadie iba a responder, en quienes se muestran fuertes, independientes, aparentemente invulnerables, y un día, sentados frente a mí, reconocen que están cansados de tener que poder siempre con todo.
No puedo evitar emocionarme ante algunas de esas historias. Y no me avergüenza reconocerlo.
Durante mucho tiempo se ha alimentado una imagen del psicólogo como alguien que debe mantenerse emocionalmente alejado de aquello que escucha, como si nuestra capacidad para acompañar dependiera de no sentirnos afectados por las historias de los demás. Yo entiendo la responsabilidad profesional de otra manera. Necesito conservar la distancia suficiente para no confundir mi historia con la de mis pacientes, para no decidir por ellos y para no convertir mis emociones en el centro de su proceso, pero no quiero que esa distancia me convierta en alguien incapaz de conmoverse.
No quiero acostumbrarme al dolor ajeno. Tampoco quiero acostumbrarme a la emoción de alguien que descubre que puede relacionarse de una manera diferente, que consigue expresar algo que llevaba años callando o que empieza a comprender que no tiene que seguir esperando indefinidamente aquello que otra persona no puede ofrecerle.
Porque hay momentos en una consulta que no tienen nada de extraordinarios para quien los observa desde fuera y que, sin embargo, contienen una enorme cantidad de vida. Una frase dicha casi en voz baja, un silencio que esta vez no necesita ser llenado, una persona que consigue hablar de alguien sin romperse como lo hacía meses atrás, otra que reconoce que sigue queriendo, pero que ya no desea volver. Alguien que descubre que puede decir que no sin sentirse culpable por ello.
No son finales felices. Son momentos de un proceso mucho más complejo, que no siempre avanza como nos gustaría y que tampoco garantiza que el sufrimiento desaparezca, pero son momentos que importan. Y que importan mucho.
Al releer hoy aquel artículo de 2021 he pensado también en algo que entonces no escribí. En cuánto tiene que ver el amor con mi propia manera de entender esta profesión.
No hablo de querer a mis pacientes como quiero a mi familia o a mis amigos. Son relaciones distintas, con responsabilidades y límites que no debemos confundir. Hablo del interés genuino por la persona que tengo delante, de la importancia que concedo a su historia, del respeto por aquello que decide compartir conmigo y de la responsabilidad que siento al saber que alguien me permite entrar en lugares de su vida que, en ocasiones, no ha mostrado nunca a nadie.
Hablo de cuidar el vínculo terapéutico, de entender que la confianza no se exige y de recordar que detrás de cada historia clínica hay una persona que merece ser escuchada sin quedar reducida a un diagnóstico.
También hablo de mis propios errores, porque los he cometido. Como psicólogo y como persona. Porque hay cosas que he entendido perfectamente en una sesión y que después me ha costado aplicar en mi propia vida, porque he tenido miedo a perder, he necesitado sentirme querido, he echado de menos a personas que ya no estaban y he descubierto que saber explicar una emoción no nos protege de tener que atravesarla.
La psicología no me ha colocado fuera de la condición humana (y me alegro).
No sé qué pensaría hoy aquella persona que me escribió hace cinco años. Tampoco sé si llegó a leer mi respuesta o si continuó considerando que mis publicaciones eran simples divagaciones. No importa demasiado. Con el tiempo he aprendido que no necesito convencer a todo el mundo de mi manera de entender las cosas y que hay críticas que pueden ayudarnos a pensar sin que tengamos necesariamente que darles la razón.
Pero hoy me habría gustado contarle lo que ha sucedido.
Decirle que, cinco años después de aquella conversación, un paciente ha pronunciado casi las mismas palabras que yo intenté explicarle entonces, que no lo ha hecho para defender la psicología, ni para darme la razón, ni siquiera para hablar de mi profesión. Lo ha hecho mientras intentaba comprender su propia historia.
Y eso es lo que me ha emocionado, porque aquella frase no era una teoría. Era una conclusión nacida de su experiencia, de lo que había vivido y de lo que estaba empezando a reconocer.
He pensado también en el Jorge que escribió aquel primer artículo. En todo lo que le diría si pudiera sentarme un rato a su lado. Seguramente le pediría que siguiera escribiendo, aunque a veces sintiera que se estaba exponiendo demasiado, que continuara haciéndose preguntas, que no tuviera tanta necesidad de justificarse y que no confundiera los años de experiencia con la obligación de tener siempre respuestas.
Le diría que iba a conocer historias que todavía le harían llorar, que algunas personas le enseñarían cosas que no encontraría en ningún libro, que seguiría equivocándose y que, por suerte, no perdería del todo esa capacidad para sorprenderse ante lo que alguien puede llegar a descubrir sobre sí mismo.
Y que un día, cinco años después, un paciente le regalaría una frase que le haría volver a leer aquellas viejas divagaciones.
No sé si he cambiado mucho desde entonces. Supongo que sí. La verdad es que sería preocupante que después de tantas vidas compartidas, de tantas pérdidas, de tantos errores y de tantas experiencias siguiera mirando el mundo exactamente de la misma manera.
Pero hay algo en lo que continúo reconociéndome. Sigo creyendo que la psicología no puede entenderse al margen de la vida, que las personas somos mucho más que nuestros síntomas, nuestros diagnósticos o nuestras dificultades. Y que para comprender cómo alguien sufre también necesitamos acercarnos a lo que desea, a lo que teme perder, a lo que necesita y a aquello que ha significado sentirse querido o no sentirse querido a lo largo de su historia.
Esta noche, mientras escribo, vuelvo a pensar en mi paciente. No sabe que su reflexión ha terminado convirtiéndose en estas páginas. Ni que, sin proponérselo, ha unido dos momentos de mi vida profesional separados por cinco años.
Me gusta pensar que esa es también una de las cosas hermosas de mi trabajo, que mientras acompaño a otras personas en sus propios descubrimientos, algunas de sus palabras me obligan a seguir revisando los míos.
En 2021 alguien me preguntó, en el fondo, qué tenía que ver el amor con la psicología. Hoy un paciente me ha recordado que resulta difícil recorrer nuestra historia sin encontrarnos con él. Y yo, que sigo sin tener respuestas para todo, he tenido ganas de escribir.
Cinco años después sobre psicología, sobre las personas, sobre el amor y sobre esa extraña suerte que tengo de dedicar buena parte de mi vida a escuchar cómo viven los demás la suya.
Supongo que algunas cosas no cambian. Ay queridos Jordi Vilá y Tomás López… esto no me lo explicasteis, sigo siendo, de profesión, divagador mental.
Jorge Juan García Insua
