
Hay mensajes que llegan a la consulta y que, durante unos minutos, consiguen que uno se olvide de todo lo que tenía previsto hacer. Son mensajes que alguien escribe desde la emoción, sin saber demasiado bien qué hacer con ella, y que acaban encontrando al otro en un lugar que ninguno de los dos esperaba.
Esta mañana he recibido uno de esos mensajes.
Era de una paciente que había asistido a la presentación de … de García a Insua …. Me explicaba que había vuelto a coger el libro, que lo estaba releyendo con más calma y que, esta vez, se había detenido especialmente en aquellos fragmentos que, de una manera u otra, habían tenido protagonismo durante la presentación.
Tal vez quería comprobar cómo sonaban sobre el papel aquellas palabras que había escuchado en voz alta, o recuperar algo de lo que había sentido aquella tarde. Porque hay una diferencia enorme entre leer una historia e identificar en ella el momento exacto en que alguien se emocionó a nuestro lado..
Me hablaba especialmente de uno de aquellos fragmentos. El que dediqué a las madres, a mi madre.
Recuerdo perfectamente aquel momento de la presentación. Habían hablado otras personas, se habían leído algunos fragmentos del libro y yo había procurado mantenerme en un segundo plano, dejando que las historias encontraran su sitio en las voces de quienes habían aceptado compartirlas. Hasta que algo dentro de mí me llevó ha hacer algo que había imaginado. Una de esas opciones que tu mente dibuja cuando saltas sin red y sin guion, y anuncié que la siguiente persona que iba a intervenir era el autor.
Y apareció del bolsillo tejano de pantalón una hoja de papel, escrita un par de horas antes.
Una sola hoja, solo unas líneas.
Fue la única vez, durante toda la presentación, que necesité tener algo escrito delante. Había hablado durante buena parte de la tarde sin consultar notas, sin seguir un guion cerrado, aceptando incluso el riesgo de perderme en alguna explicación. Pero aquello era distinto. Había palabras que no quería olvidar. Y, sobre todo, había alguien delante de quien no quería equivocarme demasiado.
Mi madre.
Me senté frente a ella y empecé a leer.
No recuerdo exactamente cuánto duró. Tampoco recuerdo si levanté mucho la mirada del papel. Sí recuerdo que, durante aquellos minutos, la sala dejó de importarme de la misma manera. Había mucha gente escuchando, pero yo estaba hablando con una sola persona. Con aquella mujer que me había visto crecer, equivocarme, tener miedo, hacerme mayor y seguir siendo, a pesar de todo, su hijo. Una mujer que conocía partes de mi historia que nunca aparecerán en ninguno de mis libros, porque las vivió conmigo, porque estuvo antes de que yo supiera encontrar las palabras para explicarlas.
Y al terminar pedí un aplauso para ella y ellas.
Uno de esos aplausos que empiezan siendo un gesto de cariño y acaban convirtiéndose en algo que nadie puede controlar. Un aplauso largo, enorme, de toda una sala unida emocionalmente. Puedo recordar el sonido y la sensación de estar devolviéndole, de una manera absolutamente insuficiente, una pequeña parte de todo lo que ella me había dado.
Mi paciente me explicaba que había llorado entonces, que recordaba las lágrimas de muchas de las personas que la rodeaban y que había vuelto a llorar ahora, al releer aquellas páginas.
Pero había algo más en su mensaje. Algo que convertía su emoción en una historia mucho más grande que la mía.
Su madre tiene Alzheimer y apenas la reconoce ya.
Me quedé un buen rato pensando en esas dos realidades que, sin habérnoslo propuesto, habían coincidido aquella tarde en una misma sala. Yo estaba sentado frente a mi madre, hablándole de nuestra historia, sabiendo que ella podía escucharme, comprender lo que estaba diciendo y reconocer en aquel hombre de cincuenta y pico años al niño que había sido.
Y unos metros más allá, entre el público, había una mujer escuchándome mientras seguramente pensaba en su propia madre. En todo lo que había sido, en todo lo que todavía era, y en esa parte de su relación que la enfermedad estaba transformando sin pedir permiso a ninguna de las dos,
Porque el Alzheimer tiene algo especialmente cruel. No se limita a alterar la memoria. Puede ir modificando las formas en que dos personas se encuentran, se hablan y se reconocen. Obliga a aprender maneras distintas de estar cerca de alguien que sigue ahí, pero que ya no siempre puede devolvernos la mirada con la misma certeza. Y coloca a los hijos ante situaciones para las que nadie termina de estar preparado.
Imagino a mi paciente delante de su madre. Hablándole de alguna cosa cotidiana, intentando encontrar en sus ojos aquella expresión que durante tantos años le confirmó que estaba en casa. Imagino los días en que todavía aparece un gesto familiar, una sonrisa, una palabra que parece conservar intacto algún rincón de su historia. Y también los otros. Aquellos en los que la conversación se vuelve extraña, en los que hay que explicar lo que antes nunca necesitó explicarse, en los que una hija descubre que puede echar muchísimo de menos a su madre mientras la tiene sentada delante.
No sé exactamente cómo son esos momentos para ella. Y no quiero apropiarme de un dolor que conozco a través de lo que me cuenta, pero que le pertenece. Lo que sí sé, por mi trabajo, es que pocas cosas resultan tan difíciles de explicar como ese duelo que comienza cuando la persona todavía está viva. Un duelo que no avanza de forma ordenada, que convive con el cariño, el cansancio, la ternura, la rabia y, en ocasiones, con la culpa por sentir cosas que uno cree que no debería sentir.
Y pensé en mi madre.
En lo poco que fui consciente, mientras leía aquellas palabras, del enorme privilegio que suponía poder hacerlo. Tenerla delante. Saber que me estaba escuchando. Que entendía que aquellas líneas eran para ella. Que cuando toda aquella gente empezó a aplaudir, podía comprender por qué lo hacía.
Pensé también en todas las veces que damos por hecho ese reconocimiento. En cómo pronunciamos la palabra «mamá» esperando que alguien se vuelva. En cómo una mirada puede devolvernos a la infancia sin necesidad de explicar absolutamente nada. En la tranquilidad que proporciona saber que existe alguien capaz de reconocernos incluso en esos días en los que nosotros mismos no acabamos de entender quiénes somos.
Y en lo doloroso que debe resultar pronunciar esa misma palabra y descubrir que, algunas veces, ya no consigue llevarnos al lugar al que siempre nos había llevado.
Mi paciente había vuelto a leer un fragmento de mi libro y había acabado encontrándose con su propia historia. Yo había escrito sobre mi madre y ella había leído sobre la suya. Yo había querido agradecer una vida compartida y ella había sentido, entre aquellas líneas, el peso de una vida que seguía compartiendo, aunque de una manera cada vez más difícil.
No había escrito aquel capítulo pensando en el Alzheimer. Tampoco había preparado aquella lectura para provocar ninguna reflexión sobre la pérdida. Quería hablar de mi madre. Nada más. De lo que significaba para mí tenerla allí, acompañándome en uno de los días más importantes de mi vida.
Y, sin embargo, aquel momento había acabado perteneciendo también a otra hija y a otra madre.
Supongo que eso es algo que todavía estoy aprendiendo de escribir. Que las palabras dejan de ser exclusivamente nuestras cuando alguien las lee. Que no tenemos ningún control sobre los recuerdos que despiertan, las heridas que rozan o los nombres que aparecen en la cabeza de quien está al otro lado. Y que un mismo párrafo puede ser una celebración para quien lo escribe y una forma de expresar una pérdida para quien lo recibe.
Me emocionó profundamente su mensaje. También me hizo sentir una responsabilidad que no tiene nada que ver con escribir libros, sino con el lugar que ocupo en la vida de las personas que vienen a mi consulta. Porque aquella mujer no me estaba contando únicamente que le había gustado un capítulo. Me estaba confiando algo de su relación con su madre, de su tristeza, de esa experiencia tan difícil de querer a alguien que progresivamente pierde la capacidad de reconocernos.
Y pensé que, en ocasiones, acompañar consiste precisamente en eso. En escuchar sin apresurarnos a ofrecer una explicación, sin convertir cada emoción en una lección, sin pretender encontrar algo positivo en una enfermedad que puede ser devastadora para quien la padece y para quienes la acompañan.
No hay ninguna enseñanza obligatoria detrás de lo que le sucede a su madre. No tiene por qué haberla. No todo el sufrimiento nos hace crecer ni todas las pérdidas nos convierten en personas más fuertes.
A veces las cosas duelen porque son dolorosas. Porque nos arrebatan algo importante, porque queremos seguir siendo reconocidos por quienes nos han querido desde mucho antes de que aprendiéramos a querernos a nosotros mismos.
He vuelto a pensar en aquel aplauso.
En mi madre sentada delante de mí. En la hoja de papel entre mis manos. En el abrazo y en aquella sala llena de personas que, durante unos minutos, compartieron algo tan íntimo que todavía me cuesta comprender cómo fui capaz de hacerlo delante de tanta gente.
Y ahora sé que, mientras yo leía para mi madre, otra mujer estaba recordando a la suya.
Me gustaría que mi paciente pudiera volver a tener algunas de aquellas conversaciones que la enfermedad ha ido haciendo cada vez más difíciles, que pudiera contarle a su madre lo que sintió aquella tarde, que pudiera explicarle que estuvo en la presentación de un libro, que un hombre se sentó delante de su madre y le leyó unas palabras, y que aquello la hizo llorar porque se acordó de ella.
Me gustaría que su madre pudiera escucharla y comprenderlo todo, pero no sé si será posible. Y precisamente por eso, su mensaje me ha conmovido tanto.
Aquel aplauso también era para otras madres, para todas las madres, para las que estaban allí, para las que ya no están y para aquellas que siguen estando, aunque la enfermedad les haya ido arrebatando algunos de los recuerdos que compartieron con sus hijos.
No sé cuántas oportunidades tendremos de sentarnos frente a frente y decirnos todas esas cosas que tantas veces aplazamos porque creemos que siempre habrá otro día.

Lo que sí sé es que aquella tarde pude mirarla a los ojos, leerle unas palabras y comprobar que sabía perfectamente quién era yo.
Y después de leer el mensaje de mi paciente, ese recuerdo tiene para mí un valor que no tenía hace apenas unas horas.
Porque mientras yo sigo teniendo la suerte de que mi madre sepa quién soy, hay una hija que está aprendiendo a querer a la suya incluso en aquellos momentos en los que su madre ya no sabe del todo quién tiene delante.
Y me gustaría decirle que el hecho de que su madre ya no siempre pueda reconocerla no borra todos los años en los que sí lo hizo. Ni las veces que pronunció su nombre, ni los abrazos, ni las conversaciones, ni aquella manera de mirarla que solo tenía ella.
La enfermedad puede arrebatarle a su madre muchos recuerdos, pero no puede hacer que nunca hayan existido.
Y eso, aunque no alivie todo lo que duele, merece también un aplauso.
Uno enorme.
Para las dos.
Jorge Juan García Insua