Hay conversaciones en una consulta que uno no espera tener. A veces olvidamos que los niños también tienen una vida emocional que no siempre cabe en las explicaciones que los adultos les damos.
Nos preocupamos por sus notas, por cómo se relacionan con sus compañeros, por si duermen bien, por sus miedos, por sus dificultades. Y, sin embargo, pocas veces les preguntamos por esas otras cosas que les ocupan la cabeza cuando se van a dormir, que les hacen sonreír sin motivo aparente o que les provocan una vergüenza que todavía no saben muy bien cómo explicar.
Tiene nueve años. Lleva un rato sentado frente a mí, contándome algunas cosas del colegio. Hemos hablado de sus amigos, de un pequeño conflicto durante el recreo y de un examen que le salió bastante mejor de lo que esperaba. Pero hoy está especialmente inquieto. Sonríe, mira hacia otro lado y vuelve a sonreír. Le conozco lo suficiente como para saber que hay algo más que quiere contarme.

-¿Qué pasa? -le pregunto.
-Nada.
-Vale.
Seguimos hablando de otras cosas. Coge agua, bebe rápido y al cabo de unos minutos me interrumpe.
-Jorge, ¿tú alguna vez has estado enamorado?
La pregunta me sorprende, aunque procuro que no se me note demasiado y pongo cara de psicólogo.
-Sí, claro.
-¿Y cómo lo sabías?
Me quedo pensando. Podría hablarle de lo que significa querer a alguien, de las diferencias entre el cariño, la amistad y el enamoramiento. Podría explicarle muchas cosas, pero tengo delante a un niño de ocho años que no necesita una clase sobre el amor. Necesita saber si puede contarme algo sin que me ría, sin que le diga que es demasiado pequeño y sin que convierta lo que siente en una tontería.
-¿Y tú? ¿Cómo sabes que estás enamorado?
Se ríe. Se tapa la cara con las manos.
-Porque cuando la veo me pongo nervioso.
-¿Y eso te gusta?
-Sí. Bueno, no siempre. Porque a veces quiero hablar con ella y no sé qué decirle. Y entonces digo alguna tontería.
-Eso nos pasa también a los mayores.
Me mira con una mezcla de sorpresa y desconfianza.
-¿A ti también?
-A mí también me ha pasado.
Parece tranquilizarle descubrir que cumplir años no nos convierte necesariamente en personas que saben qué decir delante de alguien que les gusta.
Me cuenta que es una niña de su clase, que se sienta dos mesas más adelante, que corre muchísimo y que el otro día le dejó una goma porque él había perdido la suya. Me explica que tiene el “pelo bonito”, aunque enseguida añade que eso no es lo más importante. Lo más importante, según él, es que es buena persona. Le pregunto cómo lo sabe y me cuenta que una vez ayudó a un compañero que se había caído en el patio, hasta “le ayudó a limpiar la sangre de la rodilla”.
Me habla de ella durante varios minutos. De cosas pequeñas, aparentemente insignificantes, que para él tienen una importancia enorme. Recuerda perfectamente lo que le dijo el martes pasado, pero no consigue acordarse de qué desayunó esta mañana.
Le escucho y pienso en esa capacidad que tenemos de niños para concederle a un gesto una importancia extraordinaria. Una goma prestada, una sonrisa en el pasillo, que alguien nos elija para jugar en su equipo. A esa edad todavía no sabemos explicar demasiado bien lo que sentimos, pero eso no significa que lo sintamos menos.
-¿Y ella sabe que te gusta?
-¡No! —responde casi escandalizado.
-¿Y quieres que lo sepa?
-No sé. A veces sí. Pero ¿y si no le gusto?
Ahí está. Nueve años, casi diez, y ya conoce una de las preguntas que nos acompañarán durante buena parte de nuestra vida. El miedo a mostrar lo que sentimos y descubrir que la otra persona no siente lo mismo.
-Pues podría pasar -le digo.
Su sonrisa desaparece durante un instante.
-Ya.
-Y entiendo que te daría pena.
Asiente.
-Mucha.
-Pero que a ella no le gustaras de la misma manera no significaría que hubiera nada malo en ti.
Se queda pensando. Después me explica que, de momento, prefiere seguir jugando con ella en el patio, que tampoco tiene demasiada prisa por decírselo, y me parece una decisión bastante sensata.
Entonces cambia el tono de la conversación.
-Pero tengo un problema más grande.
-Dime…
-Mis padres.
-¿Qué pasa con tus padres?
-Que no sé si lo entenderán.
Me cuenta que una vez escuchó a su padre decir que los niños de su edad eran demasiado pequeños para tener novia, que su madre seguramente se reiría y se lo contaría a su abuela.
No parece enfadado con ellos, de hecho habla de sus padres con cariño. Lo que le preocupa es que algo que para él es tan importante acabe convertido en una broma durante la cena.
-Es que no quiero que se rían.
Y esa frase, pronunciada casi en voz baja y envuelta en emociones e inocencia, cambia para mí el sentido de toda la conversación.
No está pidiéndome que le explique qué es el amor, ni siquiera que le ayude a conquistar a una compañera. Está intentando proteger algo que todavía no sabe muy bien cómo nombrar. Algo suyo, algo que le hace ilusión y que teme que los adultos no se tomen en serio.
-¿Y qué quieres que hagamos? -le pregunto.
Me mira como si la respuesta fuera evidente.
-Pues tú puedes hablar con ellos.
-¿Y qué quieres que les diga?
-Que estoy enamorado. Y que es de verdad!
Me cuesta contener una sonrisa. No por lo que acaba de decir, sino por la absoluta convicción con la que lo ha dicho.
-¿Y cómo sabes que es de verdad?
-Porque no me lo estoy inventando.
No se me ocurre una respuesta mejor.
Durante unos segundos pienso en lo mucho que complicamos los adultos algunas cosas. En nuestra costumbre de medir las emociones infantiles con los criterios de nuestra propia experiencia. Decimos que son demasiado pequeños para enamorarse, que ya se les pasará, que no saben lo que es querer.
Seguramente es cierto que el enamoramiento a los nueve años no tiene las mismas características ni el mismo significado que a los veinte, a los cuarenta o a los sesenta. Pero no necesita tenerlos para merecer respeto.
Un niño puede confundir algunas emociones, exagerar otras o cambiar de opinión al día siguiente. Como nos ocurre también a los adultos. Nuestra responsabilidad no consiste en confirmar que está viviendo el gran amor de su vida, sino en reconocer que lo que está sintiendo ahora tiene importancia para él.
-Podemos hablar con tus padres si quieres -le digo-. Pero antes me gustaría saber una cosa. ¿Por qué necesitas que ellos sepan que estás enamorado?
Se encoge de hombros.
-Porque son mis padres.
Espero.
-Y porque yo se lo cuento todo a mi madre. Pero esto me da vergüenza.
-¿Y qué te gustaría que hiciera cuando se lo contaras?
Se lo piensa.
-Que me escuchara y que no se riera… Y que no se lo contara a nadie.
Me doy cuenta de que tiene bastante claro lo que necesita. Mucho más de lo que parecía al principio.
-Entonces creo que eso es lo que tenemos que ayudarles a entender.
-¿Que estoy enamorado?
-Que hay algo importante para ti que quieres compartir con ellos. Y que necesitas poder hacerlo sin sentir vergüenza.
-Pero diles que es de verdad, ¿eh?
-Eso también podemos explicárselo.
-Y que no soy pequeño.
-Bueno, pequeño eres un poco.
Se ríe.
-¡Tengo nueve años! Casi diez!
-Ya lo sé. Y puedes tener nueve años, casi diez y sentir cosas importantes.
Parece satisfecho con esa respuesta. Me sonríe.
Antes de terminar la sesión me pregunta si a su edad yo también me había enamorado de alguna niña. Le digo que sí, aunque no recuerdo exactamente cuántos años tenía.
Quiere saber si se lo dije, si ella me hizo caso, si fuimos novios. Me hace tantas preguntas que por un momento tengo la sensación de que hemos intercambiado los papeles y ahora es él quien dirige la sesión.
Al despedirnos, cuando ya está cerca de la puerta, se gira.
-Jorge.
-Dime.
Espera a que, cómo hago siempre, me acerque a él y me agache. Me rodea el cuello con los brazos y al oído…
-No les digas cómo se llama.
-No se lo diré.
-Es un secreto.
-Palabra de Jorge!
Y se marcha.
Me quedo unos instantes sentado, pensando en lo que acaba de suceder. No en el enamoramiento de aquel niño, sino en la confianza que ha necesitado para compartirlo. En lo difícil que puede resultar, incluso a los ocho años, enseñar una parte de nosotros cuando no sabemos cómo va a recibirla quien tenemos delante.
Pienso también en sus padres. En que le quieren muchísimo y en que una reacción desafortunada, una carcajada espontánea o un comentario sin mala intención podrían hacerle sentir que ha cometido un error al contarles algo tan íntimo.
No porque sean malos padres, sino porque a veces los adultos olvidamos que lo que a nosotros nos resulta entrañable puede ser tremendamente serio para un niño.
Recuerdo cuántas veces, en esta misma consulta, he escuchado a personas adultas explicar que dejaron de contar determinadas cosas en casa. No siempre porque hubiera grandes conflictos o porque sus padres no les quisieran. A veces fue porque un día se rieron de algo que les dolía, porque minimizaron un miedo, porque contaron a otros algo que habían compartido en secreto o porque aprendieron, poco a poco, que había emociones que era mejor guardarse.
A pesar de la leyenda urbana, no todas esas experiencias dejan una huella profunda ni debemos convertir cada reacción equivocada en una herida para toda la vida. Sí sabemos, que la manera en que respondemos a las primeras confidencias de un niño puede facilitar o dificultar que vuelva a confiar en nosotros cuando tenga algo importante que contar.
Ahora me toca hablar con sus padres, con su consentimiento y respetando lo que ha querido mantener en privado. No voy a convencerles de que su hijo ha encontrado el amor de su vida, tampoco para pedirles que le den una importancia desmesurada a una ilusión infantil. Solo intentaré ayudarles a entender que su hijo está creciendo, que empieza a descubrir sentimientos nuevos y que ha decidido compartir con ellos una parte de ese descubrimiento.
Y que eso, por sí solo, ya es algo muy valioso.
No sé cuánto durará su enamoramiento. Puede que dentro de dos semanas ya no hable de aquella niña. Puede que siga gustándole durante todo el curso. Puede incluso que nunca llegue a decirle nada. No lo sé, ni él puede saberlo.
Lo que sí sé, es que me gustaría que, cuando sea mayor y tenga dieciséis años, o veinticinco, o cuarenta, recuerde que en su casa podía hablar de las cosas que le importaban, que podía equivocarse, ilusionarse, sentir vergüenza, tener miedo al rechazo y seguir encontrando a alguien dispuesto a escucharle.
Creo que hay algo especialmente conmovedor en ese niño de casi diez años que ha venido a pedirme ayuda para convencer a sus padres de que está enamorado.
Todavía no sabe si la niña que le gusta llegará a quererle, pero ya tiene miedo de que las personas que más le quieren no entiendan lo que siente.
Ojalá los adultos fuéramos capaces de comprender que, algunas veces, cuando un niño nos cuenta algo que nos parece pequeño, no está buscando que le demos la razón. Está comprobando si puede confiar en nosotros también con las cosas que todavía no entiende.
Y sería una pena (enorme) que tuviera que dejar de contárnoslas justo cuando empieza a descubrirlas.
Jorge Juan García Insua