Hay personas que quieren mucho. Muchísimo. Y que, sin embargo, no saben qué hacer con todo ese cariño cuando tienen delante a la persona a la que quieren.
Lo sienten, lo reconocen, les ocupa una parte importante de sus pensamientos, pero cuando llega el momento de expresarlo algo se detiene. Una palabra que no sale, un abrazo que se queda a medio camino, una emoción que acaba convertida en una pregunta sobre cualquier cosa, porque hablar de cualquier cosa resulta mucho más sencillo que decirle a alguien lo importante que es en nuestra vida.
Y siempre me ha producido una tristeza especial pensar en esas personas. No solo en quienes no saben expresar lo que sienten, sino también en quienes están al otro lado, esperando algo que nunca acaba de llegar. Porque, a veces, dos personas pueden quererse profundamente y vivir durante años con la sensación de que ese cariño no existe. Una convencida de estar demostrándolo todo, la otra intentando encontrarlo.
Después del verano, un paciente me hablaba de su mujer. Llevaban más de treinta años juntos. Me explicó cómo se habían conocido, algunas de las dificultades que habían atravesado, las cosas que admiraba de ella y lo mucho que le preocupaba verla triste últimamente. Mientras hablaba, su expresión cambiaba. Había una ternura enorme en su manera de recordarla, incluso en los detalles más insignificantes. Me habló de cómo se quedaba dormida viendo la televisión, de que siempre tenía frío, de que todavía conservaba algunas costumbres que a él le habían enamorado cuando eran jóvenes.
Y entonces le pregunté si ella sabía todo aquello.
– Hombre, claro. Llevamos treinta años casados -me dijo.
– No pregunto cuánto tiempo lleváis juntos, te pregunto si sabe todo eso que acabas de contarme.
Se quedó callado.
– No soy de decir esas cosas -dijo.
– Aquí las estás diciendo…
Bajó la mirada y sonrió con cierta tristeza.
– Ya. Pero tú no eres ella.
Aquella frase se quedó conmigo.
Porque pensé en lo extraño que resulta, a veces, que podamos hablar de alguien con una emoción extraordinaria cuando no está presente y que, sin embargo, nos resulte casi imposible mostrarle una pequeña parte de esa emoción cuando lo tenemos delante.
Como si la presencia de la persona a la que queremos nos hiciera sentir más vulnerables que su ausencia.
No creo que siempre se trate de miedo. A veces es vergüenza, falta de costumbre, o una manera de protegerse que aprendimos hace tantos años que ya ni siquiera recordamos de qué intentábamos protegernos.
Hay personas que crecieron sin escuchar un “estoy orgulloso de ti”, sin recibir un abrazo espontáneo, sin ver a sus padres expresar ternura. Y no necesariamente porque no fueran queridos. En algunas casas se quería trabajando, preparando la comida, preocupándose por que no faltara nada. Se quería sin decirlo. Se quería desde una especie de pudor que acababa convirtiendo el afecto en algo que todos debían conocer, pero de lo que nadie hablaba.
Y uno puede crecer así, convencido de que querer consiste fundamentalmente en estar, en cumplir, en cuidar, en no abandonar. Hasta que un día alguien a quien quiere le dice que se siente solo a su lado.
Y no entiende nada. Porque ha estado allí todo el tiempo.
Recuerdo a otro paciente, hace poco más de una semana, que hablaba de su padre con una mezcla de admiración y tristeza. Era un hombre ya mayor, de pocas palabras, que había trabajado toda su vida para sacar adelante a su familia. Mi paciente sabía que su padre le quería, nunca lo había dudado, pero había algo que seguía doliéndole, incluso después de tantos años.
– No recuerdo que me haya dicho nunca que está orgulloso de mí -me dijo.
Lo dijo casi disculpándose, como si a su edad no tuviera derecho a seguir necesitando aquellas palabras.
Y eso también me conmueve, describir que hay necesidades que no desaparecen porque cumplamos años, que podemos tener cincuenta, sesenta o setenta y seguir deseando que nuestro padre nos mire de una determinada manera. Que nuestra madre nos abrace sin que tengamos que pedirlo. Que alguien importante para nosotros nos diga algo que llevamos esperando desde pequeños.
Aquel hombre no estaba cuestionando todo lo que su padre había hecho por él. Lo agradecía profundamente. Sabía cuánto había trabajado, cuánto se había sacrificado, cuántas veces había renunciado a cosas propias para que sus hijos pudieran tener otras. Pero también habría querido escucharlo alguna vez, habría querido que su padre le dijera que estaba contento con la persona en la que se había convertido.
Y me pareció importante que pudiera reconocerlo sin sentirse desagradecido. Porque podemos agradecer todo lo que recibimos y, al mismo tiempo, sentir tristeza por aquello que nos faltó.
A principios de año, una paciente me explicaba que su pareja se quejaba de que nunca le demostraba cariño. Ella se indignaba al escucharlo. Me enumeró todo lo que hacía por él, lo pendiente que estaba de sus necesidades, cómo se preocupaba cuando tenía un problema, cómo procuraba acompañarlo incluso cuando ella misma estaba pasando por momentos difíciles.
– Es que no sé qué más quiere que haga -dijo la paciente.
-¿Se lo has preguntado? -pregunte.
– Sí. Dice que le gustaría que fuera más cariñosa.
-¿Y qué significa para él ser más cariñosa?
Entonces empezó a llorar. Fue uno de esos llantos que aparecen despacio, donde antes de que caiga la lágrima puedes adelantarla solo con la emoción de la mirada, casi con vergüenza, mientras la persona intenta continuar hablando como si no estuviera ocurriendo nada.
– Es que a mí esas cosas no me salen. Y cuando me las pide, todavía menos. Me siento fatal, porque parece que no le quiero. Y le quiero muchísimo!
Me habló entonces de lo incómoda que se sentía cuando alguien la abrazaba durante demasiado tiempo. De cómo necesitaba apartarse cuando una conversación se volvía especialmente emotiva, de que podía pensar durante todo el día en darle una sorpresa a su pareja, pero que después, al verlo emocionarse, no sabía qué hacer ni cómo reaccionar.
Y también de algo que me pareció especialmente doloroso: había empezado a creer que su manera de querer era defectuosa.
No lo era. Tenía dificultades para expresar determinadas emociones, y esas dificultades estaban afectando a su relación. Había cosas que necesitaba aprender, otras que necesitaba comprender y algunas que tendría que hablar con su pareja. Pero no había nada que permitiera decir que su cariño valía menos que el de otra persona.
A veces, cuando alguien lleva mucho tiempo sintiéndose incomprendido, acaba confundiéndose con el problema. Ya no dice “me cuesta expresar lo que siento”. Dice “soy incapaz de querer bien”. Y esa diferencia, aunque pequeña, puede condicionar la manera en que se relaciona consigo mismo y con los demás.
A mí me gustaría que fuéramos algo más cuidadosos con todo esto. Con quienes no saben abrazar., con quienes se emocionan y cambian de tema, con quienes se quedan inmóviles cuando alguien les dice algo bonito, con quienes necesitan aprender, a una edad en la que parece que ya deberíamos saberlo todo, algo tan aparentemente sencillo como expresar ternura.
Pero también con quienes llevan años esperando ese abrazo, porque su dolor también merece ser escuchado.
No quiero convertir la dificultad para expresar afecto en una virtud romántica. No lo es y no hay nada especialmente hermoso en que alguien tenga que mendigar una caricia o pasarse la vida intentando descifrar si es querido.
El silencio no es más profundo que las palabras por el simple hecho de ser silencio. Y querer mucho no nos exime de la responsabilidad de cuidar cómo llega ese cariño a la otra persona.
Lo difícil, creo, es conseguir mirar a ambos sin convertir a ninguno en culpable. A quien no sabe demostrarlo y sufre porque siente que nunca consigue hacerlo bien. Y a quien necesita recibirlo y termina agotado de esperar.
Dos personas que, a veces, están intentando acercarse y acaban haciéndose daño precisamente en ese intento.
Hay algo que me impresiona especialmente cuando acompaño a personas que han perdido a alguien. De pronto aparecen frases que nunca habían pronunciado. Palabras de admiración, de gratitud, de cariño. Personas que durante años apenas habían hablado de sus sentimientos son capaces de explicar, con una precisión conmovedora, cuánto significaba para ellas quien acaba de morir.
Y no puedo evitar pensar en la cantidad de cosas hermosas que a veces terminamos diciendo demasiado tarde. No porque no las sintiéramos antes, sino porque siempre pensamos que habría otra ocasión.
Otro domingo. Otra comida familiar. Otra llamada. Otro momento menos incómodo para decirle a nuestro padre que lo admiramos, a nuestra madre que agradecemos tantas cosas, a nuestra pareja que seguimos eligiéndola, a un amigo que su presencia nos ha ayudado a atravesar momentos que ni siquiera sabe que fueron difíciles.
Y entonces llega un día en que ya no podemos. Y las palabras, que antes parecían imposibles, empiezan a salir todas juntas.
He pensado muchas veces que una de las cosas más crueles de algunas despedidas es precisamente esa. Que nos obligan a descubrir todo lo que todavía teníamos dentro. Todo lo que habíamos sentido y no habíamos compartido. Todo lo que el otro se marchó sin llegar a saber, aunque nosotros estuviéramos convencidos de que lo sabía.
Por eso me parece tan importante no confundir la dificultad con la imposibilidad.
Podemos aprender a expresar cariño. Podemos empezar con gestos pequeños, con palabras torpes, con abrazos que al principio nos hagan sentir extraños. Podemos decirle a alguien que nos cuesta hacerlo, que no estamos acostumbrados, que nos sentimos vulnerables cuando mostramos determinadas emociones. Podemos incluso pedirle paciencia, siempre que esa paciencia no se convierta en la obligación de esperar eternamente algo que nunca intentamos cambiar.
Y también podemos aprender a reconocer el cariño cuando llega de formas diferentes a las que esperábamos, sin tener por ello que renunciar a nuestras propias necesidades.
No siempre conseguiremos encontrarnos. Hay relaciones en las que las diferencias son demasiado grandes, necesidades que no logran conciliarse e historias que terminan a pesar de que exista afecto. El amor no resuelve por sí solo todo lo que sucede entre dos personas.
Pero qué pena cuando lo que nos separa no es la ausencia de cariño, sino la incapacidad de hacerlo llegar.
Qué pena que alguien se acueste sintiéndose poco querido mientras, a su lado, duerme una persona que no sabría imaginar su vida sin él.
Qué pena que un hijo pase años esperando escuchar que su padre está orgulloso, mientras ese padre presume de él ante todo el mundo.
Qué pena que alguien llegue a convencerse de que no significa demasiado para otra persona cuando, en realidad, ocupa un lugar enorme en su vida.
Y qué pena, sobre todo, que a veces solo lleguemos a comprenderlo cuando ya no queda nadie delante para escucharnos.
No sé cuántas veces he oído en consulta la frase “pero si yo le quería muchísimo”. Casi siempre aparece acompañada de dolor, de desconcierto, de una necesidad desesperada de que alguien reconozca que aquel sentimiento era verdadero.
Y muchas veces lo era, pero… ¿Lo sabía la otra persona?
No si debería haberlo sabido. No si tenía motivos suficientes para imaginarlo, no si nosotros considerábamos evidentes todas nuestras demostraciones de cariño.
Si realmente lo sabía, ya que querer a alguien es algo que sucede dentro de nosotros, pero una relación se construye también con aquello que somos capaces de compartir.
Y me gustaría pensar que todavía estamos a tiempo de aprender a hacerlo un poco mejor.
No para convertirnos en personas distintas, ni para obligarnos a pronunciar palabras que no sentimos ni a representar una afectividad que no nos pertenece. Sino para que quienes nos importan no tengan que pasar tanto tiempo preguntándose si ocupan algún lugar en nuestra vida.
Para que un padre pueda decirle a su hijo que está orgulloso de él y ese hijo no tenga que esperar treinta años para escucharlo.
Para que alguien pueda acercarse a su pareja, abrazarla y reconocer que le ha echado de menos sin sentir que está haciendo algo ridículo.
Para que podamos hablar de las personas que queremos con la misma ternura con la que hablamos de ellas cuando no están delante.
Y, sobre todo, para que no necesitemos perder a alguien para atrevernos a decirle todo lo que significaba para nosotros.
Porque hay una tristeza que cuesta mucho reparar. La de descubrir que alguien nos quiso toda la vida y que nosotros pasamos buena parte de ella esperando que nos lo demostrara.

Jorge Juan García Insua