Hay frases que se dicen con buena intención y, aun así, duelen. “Te hizo fuerte” es una de ellas.
Suena a cierre rápido, a consuelo aprendido, a una forma de no quedarse demasiado tiempo mirando el desgaste. Como si el dolor necesitara justificar su paso dejando algo útil. Como si no bastara con haber “sobrevivido”. Sin embargo, hay cuerpos cansados de ser fuertes, almas que no quieren más medallas, solo un poco de tregua.
Este inicio de sesión no hablaba de heroicidades ni de superación, sino del derecho a no aguantar más, a no convertir cada herida en lección, a ser sostenido sin tener que demostrar nada.
“Mi amiga me dijo que el 2025 me ha hecho fuerte. Vaya mierda! Yo me hubiera conformado por ser a ratitos feliz”.
Escuchar en ella eso de “te hizo fuerte” me sonó más a consuelo que a reconocimiento del cansancio. No todo el mundo quiere salir blindado de la vida; a veces solo queremos descansar un poco y sentirnos bien sin tener que ganarnos eso a golpes.
Ser fuerte muchas veces significa que no hubo opción. Y eso duele.
“…y me cansa que lo digan como si fuera un premio.”
Como si ella hubiera elegido este entrenamiento emocional extremo, como si realmente existiera esa elección de entrenamiento . Ella no quería ser fuerte, quería ser cuidada. Quería que alguien se quedara cuando yo ya no podía más.
Durante la sesión digo bajito, casi pidiendo perdón pero mucho sentimient: “hay días en los que envidio a la gente frágil, a la que se le permite romperse sin que le exijan lecciones, sin que le digan “de algo te habrá servido”.Lo cierto es que sobrevivir no siempre deja sabiduría. A veces sobrevivir solo deja cicatrices y una sonrisa ensayada de payaso.

Y aquí, sentada frente a mi, se atrevió me atrevo a confesarlo:“No quiero ser fuerte todo el tiempo. Quiero estar a salvo. Quiero estar en paz. Y si es posible… quiero ser feliz, aunque sea a ratos, al menos un ratito”.
La miro mientras lo dice. No busca soluciones, ni frases bonitas, ni que le quite la razón. Siento que sencillamente espera que no le discutan el cansancio, que alguien sostenga ese deseo pequeño (ser feliz un ratito) como si fuera legítimo, suficiente, humano.
Es un silencio que no incomoda y apresurarlo sería volver a exigirle rendimiento incluso aquí. Y pienso, sin decirlo, en cuántas personas llegan a consulta creyendo que su deseo de calma es una ambición menor, casi vergonzosa, cuando en realidad es profundamente valiente.
Ser fuerte en estos tiempos se ha convertido en una consigna peligrosa. Una manera elegante de no mirar el dolor ajeno demasiado de cerca. De aplaudir la resistencia sin preguntar el costo. Y el costo, en ella, ha sido alto. El cuerpo tenso, la risa que aparece medio segundo tarde, esa alerta constante de quien aprendió que relajarse podía ser peligroso.
Le digo: “No hay nada malo en querer menos. No hay nada roto en ti por no querer convertir el dolor en una lección”.
Me hace reflexionar si como psicólogo y desde la psicología hemos podido romantizar la resiliencia. Como si no doliera. Como si no agotara. Como si no dejara restos. Me recuerdo que acompañar no es empujar hacia la fortaleza, sino ayudar a construir un lugar donde no haga falta serlo todo el tiempo. Acompañar es ir de la mano de la vulnerabilidad, la del paciente y la mía.
Cuando se va, no se va más fuerte. Se va un poco más “autorizada” a desear otra cosa. Y eso me parece profundamente terapéutico. A veces sanar no es aprender a resistir mejor. A veces sanar es poder decir, sin culpa “ya no quiero aguantar más”. Esa fue la gran verdad de la sesión.
Pienso en cómo sin saber cómo enseñamos y aprendemos a medir el valor por lo que se soporta. En cómo el aplauso llega cuando alguien “sale adelante”, pero casi nunca cuando alguien se detiene y dice no puedo más. Como si detenerse fuera rendirse, y no una forma profundamente lúcida de cuidarse.Ella no está rota. Está agotada. Y esa diferencia importa. Mucho.
El cansancio no se arregla con discursos motivacionales, se repara con seguridad, con descanso, con vínculos que no pidan explicaciones. Con espacios donde no haya que demostrar nada.
Me pregunto cuántas veces yo mismo me he dicho “eres fuerte” creyendo que estaba sosteniendo, cuando tal vez estaba cerrando la puerta a algo más vulnerable, más verdadero. A veces nombrar la fortaleza es una forma elegante de no ofrecer refugio.
En la próxima sesión quizás no hablemos del pasado ni de traumas ni de aprendizajes. Tal vez solo hablemos de cómo sería un día suficientemente bueno. No feliz del todo. No productivo. No admirable. Solo un día en el que el cuerpo no esté en guardia y la mente no esté justificándose.
No todas las personas vienen a terapia para volverse más fuertes. Algunas vienen, simplemente, porque necesitan un lugar donde dejar de serlo y quitarse la sonrisa de payaso.
Jorge Juan García Insua