Al principio no sabía por dónde empezar. Lo decía, pero en realidad lo que hacía era rodear una historia que aún necesitaba asumir.
Durante mucho tiempo habló de él con convicción, como si el vínculo, aunque complejo, tuviera sentido y fuese inquebrantable. Repetía las razones de él como si fueran propias: que las cosas en casa estaban mal, que necesitaba tiempo, que no quería hacer daño a su mujer… Había en su relato una fe paciente, una manera de esperar que parecía digna, casi noble y que al tiempo intentaba compensar ese rechazo a lo que otras personas pudieran pensar de su “ética y moral”.
En aquellos primeros discursos ella misma nombraba que tras muchas de sus aceptaciones había una necesidad de ser elegida. Con el paso de las sesiones, la historia empezó a cambiar, y también la forma de mirarlos y mirarse en ellos. Lo que antes era espera comenzó a sentirse como suspensión. Lo que antes era comprensión empezó a ser renuncia.
Tres años…. Para cuatro.
Lo Tres años organizando su vida en función de alguien que solo aparecía a ratos. Tres años, cuatro, midiendo el tiempo en mensajes, en encuentros robados, en despedidas que siempre tenían algo de promesa. Había una vida de él (completa, estable, visible) donde ella no existía. Y otra, a trocitos, intermitente, donde él era atento, cariñoso, casi perfecto.
Y era precisamente eso lo que la mantenía. Cuando él estaba, todo parecía justificar la espera. En esos momentos, ella volvía a sentirse especial, vista, elegida… aunque fuera de manera temporal y parcial. Y esa intensidad compensaba, al menos por un tiempo pequeño todo lo demás.
Pero algo se había roto lentamente, como una certeza que se filtra aunque una intente no verla. En las últimas sesiones, ya no hablaba solo desde la ilusión, sino desde un dolor que no terminaba de aceptar del todo. En las últimas sesiones ella no parecía ella.
Había empezado a entender que no era que él no pudiera irse. Era que no quería. Y eso, eso tan simple, lo cambiaba todo. Y la hundía más.
La segunda. “Soy la segunda”.
Durante meses y meses había habitado ese lugar sin decirlo en voz alta, suavizándolo con explicaciones, con afecto, con pequeñas pruebas de amor que parecían suficientes. Pero ahora empezaba a estar cansada, agotada y resentida de lo que implicaba realmente: estar siempre después, siempre en espera, siempre adaptándose a una vida donde no tenía un lugar pleno, a veces ni tenía lugar.
Durante estos años, todo había sido sobre sus decisiones, sus tiempos, sus posibilidades. Sus mentiras. Pero ahora, tímidamente, aparecía la inquietud, la incomodidad de preguntarse cuánto tiempo más estaba dispuesta a quedarse ahí.
Esa pregunta no traía alivio. Sí miedo. Mucho, porque quedarse dolía, pero irse abría un vacío aún más grande. Significaba renunciar no solo a él, sino a la historia que había construido, al menos en su cabeza, a la esperanza sostenida durante tres años (para cuatro), a la idea de que, en algún momento, sería elegida.
Y también significaba mirarse a sí misma sin esa espera. Empieza a intuir que ha pasado tres años (tirando a cuatro) esperando a que alguien la elija, mientras ella ha postergado elegirse a sí misma.
Duelen muchas cosas, duele toda la rabia que empieza a removerla y que amenaza con salir. Dolía y por eso decidió venir a la consulta. Ha dolido en cada sesión pero no estaba preparada para entenderla y empezar a mirarla y mirarse.
Y ese dolor ha empezado a ser insoportable cuando se ha cansado de llamarme a sí misma, aunque sea en silencio, la segunda. Y cuando hay una pregunta que se vuelve obsesiva y que no quiere responder… por qué no salí corriendo?

Jorge Juan García Insua