
Hoy hemos perdido, como los últimos… 6 partidos.
Ha llegado a casa tocado, enfadado y cabizbajo. No miraba, caminaba rápido, aún tenso , como si todavía estuviera jugando el partido dentro de su cabeza.
Al entrar en casa, le he dado un largo abrazo. No le he dicho “no pasa nada” ni “la próxima vez ganaréis”. Tampoco le he hablado del árbitro, ni de la suerte, ni de lo orgulloso que debía sentirse de haberse vaciado.
Solo lo he abrazado.
He sentido su cuerpo, aún con cierta rigidez, vergüenza y esa tristeza tan desordenada que tienen las derrotas cuando uno lo ha dado todo. Sabía que cualquier frase hecha sonaría pequeña delante de eso. Así que esperé.
– Jode mucho, ¿eh? – le he dicho al final, al oído.
Él ha asintido sin despegar la cara de mi hombro.
– Sí.
Y por un momento, eso ha bastado.
Nos hemos quedado así unos segundos más. Su respiración iba recuperando la calma.
– He fallado yo -me ha murmurado al fin—. Si meto esa, papá…
Notaba cómo esa frase llevaba rato creciendo dentro de él. Buscaba y necesitaba un “culpable” y lo había encontrado en sí mismo.
Podría haberle dicho que no era verdad. Que es un juego. Que son un equipo. Que no pasa nada. Que no hubiera cambiado el resultado. Todas esas cosas eran ciertas y, aun así, en ese momento hubieran sonado “huecas”.
-¿Llevas todo este rato pensando en esa jugada?
Él ha asentido otra vez.
– Sí, es como si no pudiera dejar de verla.
Lo he separado para mirarlo mientras le sujetaba de los hombros y acariciaba las mejillas.
– Entonces es porque esa jugada y el partido te importan de verdad.
Me ha mirado como si no entendiera.
– Cariño, perder cuando te da igual dura diez minutos. Cuando has puesto algo tuyo ahí dentro… dura más.
– Papá, no me gusta perder.
– Ya lo sé, hijo.
Y mientras lo decía me ha salido una sonrisa, de esas nerviosas, medio involuntarias, no para quitarle importancia, sino porque reconocía perfectamente esa sensación.
La había tenido también a su edad, y después en otras cosas más “serias”, más silenciosas y que él aún no alcanza a entender.
– No voy a convencerte hoy de que esto no duele -le he dicho-. Porque duele. Y mañana, seguramente, todavía un poco. Pero no tienes que intentar hacer como que no pasa nada para que yo esté tranquilo.
Ahora ha sido él quien me ha mirado.
– Crees que lo he hecho bien?
Escuchar eso ha hecho que algo dentro de mí se apriete.
– Estoy fastidiado porque tú estás fastidiado. Pero no tengo ninguna duda de que te has dejado el alma, siempre lo haces, y siempre que lo haces, para tu padre es imposible no estar orgulloso de ti.
Entonces lo he vuelto a abrazar, esta vez su cuerpo dejaba de resistirse. No es solo fútbol, no es solo un partido ni es cosa de niños.
Porque algún día descubrirá que la vida está llena de partidos así. Días en los que uno llega a casa sintiendo que ha fallado justo cuando más quería acertar. Relaciones que no salen. Trabajos que se escapan. Decisiones que pesan durante noches enteras. Momentos en los que uno se queda atrapado repitiendo una escena, una frase, una oportunidad perdida, un balón que se desvía en el último metro.
Y ojalá, cuando eso ocurra, recuerde esto. No el resultado ni el marcador. Ni siquiera el gol fallado.
Ojalá recuerde siempre que hay un lugar al que puede volver, incluso roto, sin tener que esconderse.
Que habrán unos brazos donde no hará falta fingir que no duele, que siempre estaré para no tener prisa en apagar su tristeza,
Que siempre estaré para acompañarle y quedarme. Sin corregir, sin rescatar, sin minimizar. Solo quedarse.
Siento que quizá esa sea una de las cosas más importantes que podemos enseñarles: que perder no les hace menos valiosos, que sentir frustración no les hace débiles, y que el amor no aparece solo cuando ganan.
Al instante le ha cambiado la cara y me ha preguntado que nos había hecho la tita para comer, como si el mundo, poco a poco, volviera a colocarse en su sitio… y su estómago.
Supongo que crecer debe de parecerse mucho a eso: aprender que hay derrotas que tardan en irse, pero también que ninguna dura para siempre cuando alguien se queda contigo mientras duela.

Jorge Juan García Insua
“En todo equipo es necesario un jugador capaz de sacrificarse en beneficio del conjunto” – Pere Gol Teixidor (Badalona, 1905 – 2000)