como sé que ni una de esas veces lo he dicho sin sentirlo.
Me gustas…
Me gustas porque no eres de viajes cortos cuando se trata de conocer tu cuerpo. Me gusta conocerte y reconocerte a través del tacto y el olor de tu piel. Me gusta que me gustes y soñar que te guste y que gustes junto a mí.
Gustar, gustarte, me gustas. Sí. Lo sabes. Te lo he dicho, repetido y he querido hacértelo sentir.
Cómo me gustas… quería ponerle palabras pero no, no me llegan, son… tan cortas y tanto, tanto me…
Me gusta no ser de paso y a ti que insista y me quiera quedar. Me gusta que nunca me hayas dicho adiós y que yo no sepa irme, no quiera ni me salga hacerlo. Por eso me quedo, por eso me gusta estar, estarte… para ti. Contigo.
Me gusta pensarte sin querer y quererte sin pensar. Pensar que te beso y cuando lo hago pensar que no es un sueño y que en cada beso me sientes y te dejas sentir.
Me gusta que recordemos momentos y que pocos o muchos sean intensos, verdaderos como lo que siento y más fuertes que un “te imaginas”… y te imagino a mi lado o yo al tuyo o de la mano o mirándote y que me escuches un “me gustas” verdadero.
Te mereces mucho más que un me gustas. Lo sé. Pero me gusta la paz que hay en tu mirada cuando va acompasada de esa sonrisa… esa en la que me gusta perderme y me gusta mirarte y mirarte besarte mirarte y mirarte besarte y sentir que no es suficiente, que quiero… más.
Te extraño y me gusta. Qué estupido verdad?
Tal vez muchos lo piensen. Pobres. Ellos no te han mirado, sentido, besado, abrazado ni soñado como lo hago yo…. Cada noche.
Me gusta ser estúpido si en eso consiste. Y podría ser mucho más, como nunca nadie lo ha sido antes para que sepas que me gustas, que no lo olvides, que lo recuerdes, que lo sientas… A ratitos, en silencio, en secreto… aunque yo lo escriba y lo publique. Para ti.
Y que te guste que me guste y que nos gustemos, que estemos y nos sobre ir a ninguna parte. Qué gusto que me gustes, que me leas, que te guste leerme.
Me gusta escribir y que sepas que lo hago para ti pensando en ti.
Cuando me ha visto ha levantado los brazos y se ha echado a llorar. Sentirla así me ha roto por dentro.
“No quiero morirme, no quiero morirme…”
Abrazados sobre la camilla ha pasado el tiempo. El suficiente para calmarnos los dos y recuperar el aliento.
“Lo siento Jorge, lo siento sobrino”
Y hemos necesitado tiempo para volver a
Recuperar el aliento.
“No quiero ser una carga, prefiero morirme que haceros perder el tiempo, a la nena, a ti, a tu hermano… Soy mayor pero quiero vivir, vivir… Dios tantos años… Mira lo que me tenía preparado… cumplir años para estar aquí… no quiero ser una carga”
Y más abrazo y más lágrimas.
“Y ahora pobre Patri…”
La he acariciado la mejilla, se la besado. El Nolotil empezaba a entrar por la vía.
Durante unos momentos con sus 92 años y esa locura que la acompaña ha empezado a explicar instantes de su vida. Desordenados, de sacrificio y entre emociones me ha dicho que no somos sus sobrinos… “sois mis hijos… como Marc, como Paula, la pequeña María… como los tuyos… quiero veros a todos… He pensado en tu padre Jorge y en mis hermanos, se fueron tan pronto y al pobre Avelino… no pude despedirme de él Jorge, pobre Avelino… ahora hará un año…
…Le dije a tu hermana que me quería morir en casa, pero no quiero, no quiero morir y si quiero es para no daros trabajo, sois muy buenos, no os lo merecéis, tenéis que cuidar de tu madre no de mi…”
“Recuerdas que un dia te dije que teníamos más de una madre?”
Durante unos minutos me he quedado en silencio, cogiendo su mano y dejando que se fuera tranquilizando y yo con ella
“Crees que irá bien?” – ha seguido.
“Sí, sé que irá bien y sabes que aquí estaremos contigo
“Habrá que ir reservando para el próximo año…”
“Cuando te arreglen ese hueso dichoso y vuelvas a estar en tu casa le decimos a mi hermana que haga la reserva”
“Vale…”
Y como si no hubiéramos hablado nada… “Sobrino y hoy aquí cuál es el menú?”
Un menú muy gallego por cierto hoy en St Pau, como debe ser para una veterana de la vida tan ilustre.
Salía del hospital y al subir al coche pensaba en el miedo que me provoca esa operación pero también me sentía lleno de orgullo de ser su sobrino, de mi familia, de mis hermanos y de que a pesar de los estragos de la edad en su mente mantenga momentos de lucidez emocional tan maravillosos y que pueda seguir compartiéndolos conmigo.
Hoy me ha dado un fémur roto y 92 lecciones de vida. Que sean 93…
Le he ofrecido un espejo. Se lo he puesto delante y no quería mirarlo y bajaba la cabeza en la butaca.
No he insistido. He dado un paso al lado y poco a poco ha respirado hondo y se ha incorporado hasta ponerse delante.
– Buffff… qué miedo. No sé qué decirme… ahora así… No sé por dónde empezar, qué me digo?
Me tiemblan las piernas…
– Prueba a escuchar -le he dicho
– Escuchar… escuchar… a un espejo… buffff
– Es solo un espejo?
– No, no es solo un espejo
– Y si no es solo un espejo qué es eso que hace que tus piernas tiemblen?
– Vaya mierda Jorge, joder! Soy yo, yo… no ves? Por eso no me miro en los espejo.
– Qué es eso que debo ver y que estás viendo?
– Soy una fracasada. Una fracasada que lleva la vida haciendo lo que se supone que debía hacer y aquí estoy. Pérdida. Hundida. Cómo me decías? Sin querer tocar suelo, sin querer reconocer que estoy en la mierda. Y por qué? Porque no lo conseguiré, porque vivo en un castillo de cartas, de naipes… yo ahí viendo como mantenerlo para que nadie se de cuenta… qué absurdo verdad? Qué ridícula! Y me rompo y lloro, lloro porque me veo, veo que no me llevo nada salvo… una mierda… y qué vendrá? Otra mierda…
(Respira profundamente y se seca las lágrimas)
– Y se supone que debo pasar página y seguir…
Pero seguir hacia dónde? Seguir cómo? Y si no sé? Y si solo sé hacerlo mal? Y si nunca paso página? Y si siempre ha de ser así? Y si ésta es mi vida? Y si sólo sé decidir mal?
No aprendo, lo siento.
– A mi no… sigue mirándote. Dítelo a ti.
– (Llorando). Lo siento, lo siento.
La abrazo… le doy espacio y me pongo tras el espejo. Sigue…
– Lo siento. Me matan los días que pasan y sigo en el mismo sitio, me mata esperar a que otros den el paso, que me digan el qué, que me hagan perder el tiempo… qué fácil culpar a todos, culparles de no entenderme, de hacerme daño y no querer ver el daño que me hacía a mí…
Hay sesiones donde el futuro explota y desaparece entre los trozos del presente. Donde llegamos pensando que el futuro está lleno de rencor y olvidos y vamos aprendiendo que un olvido que sigue doliendo no es un recuerdo sino una cicatriz.
Idealizamos al tiempo, le damos la capacidad de darnos la oportunidad de ganar, de volver a tener y mientras pasa no dejamos de perder. Nos engañamos diciéndonos que todavía somos niños y que la vida pasa y que siempre volverá a pasar a nuestro lado, que aún no es el momento de que pase algo y sin pasar nos pasa la vida.
Y cuando lo ponemos delante, cuando nos escuchamos y el espejo nos refleja y dice que siempre es el momento para que pase algo. Qué poder el del espejo… pensamos que nos dejan vernos por fuera y si nos lo permitimos reflejan lo que llevamos dentro.
Todos los tocar fondo son un se acaba y van acompañados de un lo siento, de un “tiempo perdido” ganado a un futuro con sabor a perder. Todos los tocar fondo son la oportunidad de ser el espejo donde nos queremos ver.
Una noche al acabar sesiones miré los mensajes recibidos y uno de ellos era un audio. Al escucharlo me hablaba con una voz casi sin fuerza pidiéndome ayuda.
No había foto en su perfil. Me pedía que la pudiera atender telefónicamente, no quería hacer sesiones presenciales ni tampoco que utilizáramos ninguna forma de sesión que implicara imagen.
Cuando me facilitó sus datos evitó y tapó cualquier atisbo de su cara.
La primera sesión conocí a una persona aislada. Un accidente, un abandono de su pareja, un despido, un aumento de peso y muchos miedos e inseguridades la habían llevado a no salir de su habitación y a cortar prácticamente cualquier lazo social.
Sesión a sesión fue creando zonas de seguridad en su casa. Lentamente íbamos asociando cada avance con cada uno de esos miedos. Había ocasiones donde la sesión quedaba representada con una marca en la pared, para recordar el avance, para dejar que al día siguiente la luz entrara fuerza y consciente del paso dado y del camino recorrido. Sesión a sesión sumábamos marcas y conquistábamos espacios.
Así hasta ayer. Ayer teníamos sesión y cuando le escribí diciéndome que le enviaba enlace para la sesión me contestó…
– Te pico y me abres, pero sin luz por favor
Al instante sonó el timbre. Abrí y apagué las luces de la recepción y las de la consulta. Dejé sólo una vela que apagué al instante temeroso y dubitativo.
Entró cubierta por una sudadera muy ancha, era difícil distinguir su rostro bajo unas grandes gafas de sol. Su voz seguía débil pero muy serena, pausada y aparentemente tranquila.
Me costó unos minutos situarme y sentirme cómodo, me preocupaba no saber, no respetar la distancia y el espacio y sobre todo gestionar la sorpresa de tenerla en la consulta.
Le pedí permiso para abrir yo la sesión. Necesitaba expresarle como me sentía… torpemente le dije…
– Antes de empezar y para poder situarme necesito reconocer mi sorpresa. Me alegro mucho de tenerte aquí y quiero reconocerte y felicitarte por el esfuerzo que has hecho. De todos los pasos que has ido dando este tiene un valor incalculable.
Discúlpame si he sido frío al recibirte, he dudado cómo haberlo y me ha dado miedo que habiendo dado ese paso no respetara el espacio o la distancia que suponía que necesitabas. Por eso he movido mi butaca para atrás y confieso que había encendido la vela y la he apagado para no molestarte.
– Gracias Jorge, siempre tan atento… muchas gracias. Gracias por ser tan sincero y lo siento, debería haberte avisado pero me ha salido así, daba un paso para delante y uno para atrás… temblaba.
No sé decirte qué se me ha pasado por la cabeza pero es algo que llevaba unos días pensando. Viendo tan cerca… hacía tanto tiempo que no salía… pensaba en cuando te pregunté cómo hacías estas sesiones telefónicas y me decías que te sentabas en la butaca con los cascos y sin luces, que era tu forma de conectar con la voz y así evitabas descentrarte y sentías que la sesión fluía. Pensé que no era justo dejarte tan solo – me dijo mientras reía tímidamente.
Cuando la sesión anterior pactamos aquella marca en la puerta de casa… no sé, activó algo en mí y de alguna forma empecé a pensar en salir… en volver a salir y en todos esos miedos, en todo lo que habíamos hablado sobre ellos. Pero me asustaba y quería volver a mi habitación. Pero entonces miraba las marcas… todas, todas Jorge. Las tocaba y tocaba… tocaba todas esas marcas que hemos ido haciendo…
– Bien. Y ahora que estás aquí que significan todas esas marcas para ti?
Y la sesión ha fluido. A pesar de mis temores y de los suyos. Los hemos puesto ahí, delante y durante algo más de una hora se han hecho pequeños. A ratos sentía que hubiera podido cerrar los ojos y seguir conectado y presente.
Al despedirse me ha pedido que no me levantara…
– No te preocupes, sé que lo harías. Seguro que lo haces siempre pero me sentiría incómoda y todo ha ido tan bien…
– … tan bien como para que la siguiente sea presencial?
– No lo sé. Tal vez. Alguna más seguro que es presencial. Tal vez si escribes me lo piense – y volvió a reír tímidamente.
– No lo sé… tal vez lo haga, si me lo permites.
– Permitido quedas.
Cuando salía de la consulta se giró…
– Puedo pedirte algo?
– Dime.
– Ahora que me has visto… Bueno más o menos… si nos cruzamos, si nos encontramos en cualquier sitio que no sea esta consulta…
– Prefieres que actúe como si no te conociera?
– Sí, por favor.
– Así lo haré. Puedes estar tranquila.
– No te molesta verdad?
– No en absoluto.
– Gracias… pero si escribes no pongas esto… qué vergüenza.
Hace no mucho me recordaban en una formación que el terapeuta, como el coach, debemos entrar en sesión con la mente abierta, receptiva, sin juicios. De lo contrario las mismas situaciones que pueden generar impotencia o frustración al paciente pueden convertirse en barreras y limitaciones para nosotros. Digas lo que digas eres cómo lo haces.
Yo tuve miedo al escuchar el timbre y abrir. Algo tan natural como recibir a una persona y ofrecerle la consulta como un espacio seguro me resultó incómodo por momentos. Reconocerlo, sacarlo y compartirlo me ayudó a vaciarme de esos miedos y dándole su espacio encontré el mío.
Ella se marchó cerrando la puerta con mucho cuidado y dejando una marca. Una que no he visto hasta esta mañana. Ahí seguirá, solo visible para ella, para mí o tal vez para algún paciente que lea estas líneas y curioso la busque.
Nunca esperas una llamada de despedida, ni siquiera cuando sabes que está muy cerca. Tampoco esperaba la tuya.
Me has llamado con la voz cansada pero todavía con ese punto canalla que te caracteriza y me has dicho que lo hacías porque era de “justos despedirse a quien te ha querido bien, que a todos nos llega la hora y que la tuya estaba muy cerca”.
Y me has pedido que no llore, porque sabes que lo haré en silencio y que nadie me verá cuando lo haga. “No llores… porque no quiero irme pensando que te causo malestar, dolor o que sientas que tal vez con más tiempo…”. Me has pedido que no dijera nada, que como siempre necesitabas que escuchara… “Debería haberlo hecho antes pero ha estado muy bien, has estado perfecto y hace unos días en tu consulta sin saber que sería la última pero sabiendo los dos que perfectamente podía ser me ayudaste a irme con la conciencia tranquila”.
“Gracias por todo Jorge, de corazón gracias por todo”.
He dado un golpe en la mesa (qué impropio de mi, verdad?) mientras y sí, he llorado. Se me humedecían los ojos con el móvil en la mano y me han caído lágrimas. No he pensado en el tiempo que nos haya podido faltar ni en nuestras sesiones… lloraba de rabia. La contenida, la que me recuerda que estamos de paso y que a veces el camino se acelera y el fin llega antes de lo previsto o lo deseado. Rabia porque en ocasiones me digo que no más pero me miento y sé que diré sí, que no sabré decir que no…. Que volveré a sentir rabia.
Rabia porque es cierto que por instantes me siento responsable y frustrado.. una vez más. Sé que no deberia pero no quiero hacerlo de otra forma. No quiero y no me sale. Recuerdo en nuestro primer encuentro que te pregunté cómo me habías conocido y me dijiste que buscando en redes temas relacionados con la muerte te apareció algo que yo había escrito e «investigaste sobre mi”. Me dijiste que la forma en que relataba mi relación con la muerte te hizo sentir que sería la persona adecuada y que para ti, que nunca te habías abierto con nadie te aterraba hacerlo con un “extraño” que solo hubiera hablado de la muerte porque “se había empapado un montón de libros”.
Nunca te pregunté cómo pensabas que era mi relación con ella y nunca te pregunté por la tuya. Si lo pienso qué poco hemos hablado de muerte y cuánto lo hemos hecho de lo que te llevabas de esta vida. “Cuánto más me muero más pienso que debe haber otra después. Así que estate atento a las señales Jorge”. No sé si lo dijiste para consolarme cuando llegara este momento o porque realmente lo creías así, pero lo haré. Estaré atento a tus señales de dondequiera que vengan.
Y casualidades esta mañana me despierto con alguien me que recuerda una publicación del blog, algo muy íntimo y personal que hace ya algunos años decidí compartir. Sobre eso. Sobre la enfermedad y sobre la muerte. Sobre eso que te hizo pensar que conmigo sí podrías. Eso que al final me puso en tu camino. Y sí, también mientras lo recordaba se me han humedecido los ojos tras una noche que no he dormido mucho.
Ahora entiendo que no son sólo lágrimas de rabia e ira, también lo son de cariño mutuo y de la necesidad de compartir y sentir que somos compartidos.
Gracias a ti, de corazón. Por lo compartido, por tu confianza y por dejarme acompañarte en los últimos metros del camino. Ha sido un honor y tú, un regalo.
No he podido apagar la música y escuchar la conversación.
El padre debe tener mi edad y el niño poco más que mis hijos.
– … pues si lo vuelven a hacer tú haces lo mismo! Así lo entenderán
– Papá, no lo entiendes
– Tú tienes que hacer como ellos, las cosas funcionan así y tienes que aprenderlo
El niño estaba compungido en el asiento, frustrado y negando la mirada al padre, que no acaba de “leer” a su hijo…
– Hijo, esos niños son así y no cambiarán y si quieres que no lo hagan más
– No me escuchas papá…
– Sí te escucho pero es que tu padre ya tiene muchos tiros pegados -insistía cortándole
– No sé qué tiros has hecho pero no me escuchas!
– Qué no he escuchado?
– No lloro porque me decían cosas, lloro porque no quiero ser como ellos y decir esas cosas yo. Me dices lo que harías tú pero tú no estás ahí y cuando me ves así no ves, no me escuchas!
El padre se ha quedado sin saber qué decir. Podría imaginarme que tenía ganas de abrazarlo pero no lo ha hecho. Sentía que el niño necesitaba ese tacto y contacto de su padre pero no lo ha recibido. El padre escuchaba para responder, el niño escuchaba para crecer.
Me he sentido incómodo observándolo y he vuelto a escuchar música… Someone you loved de Lewis Capaldi… y pensaba en las veces que un niño o un adolescente expresan esos sentimientos en sesión, las veces que no encuentran esa escucha, las veces que me siento con padres y les oriento en no centrarse en resolver sino en escuchar… y pensaba en todas las veces que tras esas sesiones me pregunto si yo hago bien eso que explico y si yo no habré sabido dárselo a mis hijos.
He pensado en los padres que llegan nerviosos, desorientados y dolidos con las palabras que sus hijos “les han dedicado” y no saben entender cómo han sido capaces de pronunciar y no darse cuenta del daño que llegan a hacer, heridos en lo más profundo cuando sus hijos les enfrentan. Y También pensaba en el padre que miraba porque en su expresión había angustia y no saber. Me pongo en su lugar y puedo sentir frustración por no poder eliminar con una varita mágica los problemas que un día pueda tener uno de mis hijos, porque me duelen y me duele verlos afectados, hasta perder objetividad y distancia y no saber tener la paciencia para estar y dejar que lo resuelvan solos, cuando inconscientemente estoy seguro que lo sabrán hacer infinitamente mejor que yo a su edad.
Nos equivocamos porque cuando esto sucede queremos escuchar desde el pasado. Ese pasado de miedo que solo nosotros entendemos y que ha conectado al ver a nuestro hijo. El pasado nunca ha sido bueno escuchando, tiene a hacerse el sordo y a alimentar nuestra inseguridades y hacernos bajar la cabeza, para no ver. Y ese niño hablaba desde el presente, el suyo y tan distinto del pasado de su padre.
Los niños no necesitan aprender a escuchar, lo hacen de forma natural, con los ojos abiertos, deseosos de entender, sin limitaciones… y a menudo queremos protegerlos tanto que les dejamos de escuchar, les ponemos tapones y buscamos donde conectar el pen-drive con nuestros «aprendizajes de la vida»… los nuestros claro, no los suyos…
Y los adultos no queremos aprender a ser meros acompañantes, queremos aparentar que eso es poco y nos empeñamos en querer que quemen etapas y aprendan rápido para que no tengan que pasar por lo que nosotros hemos pasado. Cuando en realidad nadie asegura que eso suceda, que tenga que ser así pero lo justificamos en nuestro supuesto conocimiento del mundo y de la vida, que siempre ha sido absolutamente limitado porque nuestra vida no puede ser la suya.
He salido del metro con esa escena en la cabeza y pensando que escuchar a niños y adultos nos acerca y alimenta relaciones de confianza y compplicidad. Escuchando y siendo escuchados nos sentimos respetados, valorados y aprendemos a hacerlo con quienes nos rodean. Cuántas de las personas que estábamos en el vagón habían pensado algo de todo esto al ver la escena? Cuántos estarán ahora divagando como lo hago yo? Cómo le irá mañana a ese niño?
Bien, seguro que bien. A un niño que sabe escuchar y hacerse escuchar siempre le irá bien. Sigue creciendo y escuchando… y te escucharán. Conmigo ya lo has conseguido.
Jorge Juan Garcia Insua
“No esperes a que te toque el turno de hablar: escucha de veras y serás diferente.” – Charles Chaplin
Alguien que entró hace un tiempo en mi consulta con la cabeza baja, la mirada perdida, respirando miedo y los brazos y las piernas llenas de cortes y hematomas.
Me ha tocado el hombro consciente que estaba más pendiente de otras cosa y al girarme y verla nos hemos abrazado.
Sólo hemos tenido tiempo de cruzar unas palabras, de saber si estábamos bien y de desearnos lo mejor. Pero al despedirse con dos besos me ha cogido la mano y me ha dicho “Gracias Jorge, siempre siempre siempre gracias” y se alejado con un niño pequeño que daba los primeros pasos de su mano.
El día que acabó su proceso le di yo las gracias y hoy he sido lento y torpe para volver a hacerlo. No aprendo…
Hubieron sesiones dónde me creí al límite de lo que la podía ayudar. Lo compartía con ella y aquello le era fuente de reflexión y de una extraña motivación. Eran sesiones donde sólo podía escuchar, mostrar comprensión, empatía y ayudarla a “abrazar” (como decíamos tantas veces en sesión) toda aquella oscuridad y tristeza en la que vivía.
Me llevaste a un límite emocional que no había sentido antes en sesión. Aprendí que a veces eso es todo lo que puedo dar. Entendí que el tiempo te pertenecía y que debía seguir confiando y dando apoyo, validación emocional, escucha y una fe inquebrantable en ti. Y que está bien, que es suficiente cuando no sé dar más y no me dejo nada por dar.
A lo largo de aquellos meses y tiempo después encontró su camino y la fuerza para coger el timón y seguir su camino. El suyo. Uno sin amenazas, sin golpes, sin sangre y sin miedos. Era el momento se seguir sin mi.
Aceptó que tenía un trastorno de personalidad pero que eso nunca sería motivo para ser menos que nadie y que incluso “con eso” podía ser feliz y sentirse emocionalmente estable.
Gracias a ti… por no abandonar, por confiar, por compartir, por recordarme en días oscuros que la terapia suma vida, que como terapeuta no estoy obligado a saber de todo y que la diferencia está en no dejarme nada por dar.
Mis hijos me han preguntado si te conocía y que quién eras… “Sí, la conozco. Es alguien muy muy muy valiente”.
A estas alturas estoy más convencido que nunca que no existe. Sí tal vez algo parecido, un espejismo, uno que me devuelva abrazos y besos y que me acaricie con ternura el pelo cuando estoy cansada y no doy para más.
Uno que si llamo conteste. Incluso si lo alejo conteste. Incluso si huyo conteste. Y me siga.
Y corra tras de mi.
Uno que no se rompa, o que se rompa poquito o conmigo. Pero que sea fuerte sin mi, que no me rompa a mi o si me rompe que sea con cariño, bonito, sin querer queriendo… y que esté.
Esté para ver cómo me reconstruyo, crezco, vuelo. Hasta dónde pierda el vértigo, dónde el miedo a caer se diluya y si vuelve me tome con fuerza de la mano.
Nuestras manos… apretadas, agarradas hasta no poder más. Juntos. Siempre.. Que lo intenten de nuevo y que busquen tiempo. Tiempo para un juntos, para un siempre.
Siempre tiempo. El que necesite el corazón para salir de su coraza y creerse querido. Espacio para tomar carrerilla y llegar a él o acercarme o dejar que se acerque. Así de juntos.
No quiero hablar de amor. Porque si no se da, porque si se da y lo dejo pasar, porque si pasa y lo ahuyento de puro miedo… me convenceré que no era, que no existía, que no era para mi.
Tal vez de que yo no estoy hecha para él.
Y entonces qué? Vuelta e empezar. A escapar, a huir, a temblar, a no hablar… a no sentir? Qué? Cuánto? Un año, dos, diez, veinte… una vida?
Casilla de empezar. Mierda. Ves? Vaya mierda. Por eso no quería hablar de amor. Mejor pensar que no que arriesgarte a vivirlo un segundo, una semana, un año… un resto de vida. O es al revés?
El amor es demasiado complicado. O yo lo hago complicado. No puede ser fácil que alguien te quiera dar los buenos días y las buenas noches, no lo puedes ser. No puede ser que para alguien siempre tengas la sonrisa bonita y te bese la mejilla.
El problema del amor es que no se piensa, no se puede. No tiene reglas… por eso nos empeñamos en perderlo o en no verlo cuando lo tenemos delante. Joder… mira que soy… lo fácil que sería decirle te quiero cuando siento amor o hablo de él o pienso en él.
No quiero hablar de él. Sólo quiero verle, olerle y quedarme y si quiere y puede… si le apetece, se quede.
Eres mi musa, pensarte es sentir el universo en la punta del lápiz, ese que me desnuda entre tu figura y que avisa que de alguna forma llegará el trazo final. El secreto ssssshhhhh… ninguna línea se junta a otra en el lienzo por azar.
Me niego a entenderlo y por eso lleno de enredaderas las esquinas, pinto sobre lo que de tu boca he escuchado y que aunque no entendía sentía que te hacían feliz. Tu sonrisa y tu mirada en el centro con tinta de oro…
He intentado pintar mi vicio en tu piel pero no he sido capaz, demasiado intenso… todo se puede dibujar, todo… menos el corazón y el silencio que me llena cuando te miro. Me falta lienzo, aire, corazón… ese que te pertenece,
Ese que se expande en mi pecho, crece y crece, te echa de menos, ese que se alimenta del miedo a perder lo que no tenemos y del ruido roto de un punto final.
Ssshhhhhh no. No toca. No quiero. Te quiero. Te toco. Y punto. Seguido. Hay tanto lienzo por llenar…
No es el miedo a la última vez, es el miedo a no saber hacerlo mejor, a no tener tinta suficiente para llegar a un “para siempre”, es el no estar dispuesto a sacrificar lo que por ti siento. Que egoísta. No quiero. Te quiero. No dibujo lo que siento. Siento porque te dibujo. A ti. Así te siento.
Sobre el blanco dibujo el frío que me provoca tu ausencia, aprieto la punta buscando calidez en tu forma, tu recuerdo… quiero ser parte de una vida que no me toca ni me pertenece pero me droga.
Lo acabaré y llegará la maldición. La de saber qué significa, cuál es la lectura verdadera, saber ver en todos esos pequeños detalles lo que significas para mi.
Un lienzo, unas simples líneas de un viejo lápiz deslizándose entre dedos casi tan viejos como él … porque como sucede en un abrazo cuando estás en él todo se siente. Y si tú lo sientes al leerlo estas líneas torpes tendrán sentido… y sentimiento.
No pido mucho.
Un lienzo en blanco para pintarnos y una vida para esperarte.
Ha pasado los 40 y por primera vez “le he dicho a alguien te quiero”.
¿Cómo fue ese primer te quiero?. Le pregunté.
Luego cuando me he quedado solo en la butaca miraba la que hasta hacía unos minutos había sido ocupada por ella. Pensaba en el paso que había dado, cuánto de importante era para ella, en lo mucho que había trabajado pero luego mientras tomaba notas de la sesión para no olvidarme de nada significativo pensaba en todo lo que había sucedido para que hasta ese momento nunca hubiera pronunciado un te quiero sentido y verdadero.
Lo sucedido tiene forma de invalidación de emociones, de un preocuparse más porque no le faltara nada que se pudiera comprar, un tras otro no saber disculparse “porque soy así y es lo que es”, un no querer reconocer límites ajenos ni necesidades más allá de las propias, un “pues yo más” cada vez que entre angustia conseguía sacar la cabeza y sobresalir, un “ya estás tumbada en el sofá en lugar de hacer cosas productivas”, un “no vayas a ser tan puta como esa con la que vas” y tantas veces que le daban la espalda porque no sabían qué hacer cuando lloraba y se sentía mal.
Ha tenido que pasar los 40 para aprender a mirarse sin verse reflejada en nadie, incluso alejarse de aquellos que la “quieren mal” aunque les debe la vida, otros que decían te quiero con la mano levantada para acabar corriendo de los que la forzaban a abrirse de piernas. Ha tenido que pasar de los 40 para darse cuenta que te pueden querer (y querer bonito) aunque esté aprendiendo a quererse ella.
Más de 40 para entender que no había hecho nada malo para merecer todo eso ni para que la vida le pusiera un maltratador “a su vera”. Algunos más de 40 para que la abracen y se sienta en calma, para escuchar sus latidos y querer respirar la seguridad que le ahora sí le dan ellos.
¿Y si ahora es tarde Jorge?
Tarde… cómo alguien que ha pasado por todo eso puede pensar que es tarde? Cuánto debe haber sufrido para no poder lanzarse a ciegas a lo que tiene por delante. Cómo nos cuesta ver la luz cuando llevamos tanto tiempo en la oscuridad y cuánto nos pesa vivir en un mundo donde somos un montón de ceros a la izquierda.
Es ahora cuando se siente aceptada como es, ahora que empezaba a aceptar que sabía vivir sola y amanece acompañada, acompañada con mayúsculas. Ahora que había aceptado que nadie la escribía recibe un buenos días cariño y un corazón de buena noches. Ahora que se siente respetada y que es capaz de decidir cuándo le apetece y cuándo se deja buscar. Ahora que le he dicho que valore si el proceso debe acabar aquí.
¿Lo crees? ¿ Crees que no tengo más para trabajar?
Creo que aquello que buscabas, necesitabas y te trajo aquí lo has encontrado y sabes cómo y qué sitio quieres que tenga en tu vida. Si tienes más “cosas” a trabajar tendrás que decidirlo tú y si eso fuera así decidir si quieres trabajarlo en terapia, conmigo o si en el camino hasta aquí has aprendido a seguir tú sola.
Has crecido suficiente para mostrar tu corazón, empezar lo que hasta este momento no te atrevías y confiar en lo que viene.
Te invito a que mires tu mochila, esa que no recordabas ya que existía, la misma que has ido vaciando y soltando lastres… sigue regalándote la oportunidad de llenarla, sin prisas, sin miedos, a tu tempo, con momentos, sola o con él… de aquello que no solo no te pese sino que te de alas. Vive, vuela.
Más de 40 y lo bonito cuesta pero cuando se cree y lo sientes se construye, se transforma y te transforma. Llegaste con una losa de 40 y sales con 40 millones de ganas de vivir, de querer y ser querida como deseas, como quieres y como te mereces.
Ojalá que también tengas 40 te quiero cada día.
Te lo mereces.
Te esperan. Nunca más será tarde.
Gracias por dejarme ser parte del camino. Yo me quedo aquí….
Volaba la imaginación y ahora vuelan los recuerdos. Instantáneas que llevan nombre y un nudo. Las que un día visualizamos y soñamos por separado. Las mismas que ahora vuelan… juntas.
Seguirán volando porque no puedo controlarlo, porque es más fuerte que yo, porque no quiero, porque lo deseo como antes lo deseaba y porque no quiero dejar de desearte.
Tengo un plan para los miedos. Quédate. Te lo explicaré mientras te beso. Haré guardia por los dos. Ahora que me conoces has visto la verdad de mi mirada, esa que te siempre te hablaba en susurro y a voces.
Me ofrezco sin complejos. Nada que esconder. Prometo siempre responder. Nada es por casualidad, nada es cómo, cuándo, dónde ni por qué. Soy tu secreto a voces. Uno al que escuchaste sus latidos y por el que pasaste tus dedos.
Te abracé de verdad. Te besé de verdad. Qué bonito es soñarte y tocar los sueños. Qué bonito sentir que es el momento exacto, ese que contra pronóstico nació.
Tal vez la vida no se hace tarde, será que nos lo merecíamos y tenías que llegar para tocarme el pecho. Hoy perdono a la vida y me disculpo si antes le tuve remordimiento, hoy me deja el regalo, ese que pensaba que el tiempo olvidó y me lo trajo en presente, nocturno y con alevosía.
Vuela. Pero hazlo de enero a diciembre. Déjame la maleta llena de sonrisa y déjame así de cambiada la mirada. Esa que te pertenece. Esa que enseña que la distancia no lo es todo. Vuela sabiendo que subes y tendrás que bajar.
Te espero. Me dejas más feliz. Te lo debo. El tiempo no es todo. Un solo instante nos cambia y lo puede todo.
Ha valido la pena. Lo sientes tú. Lo siento yo. Siempre presente. Siempre. Un vida sin conocerte y unas horas para ser para siempre importante.
Tiempo. A media luz. Quizás te conocía en alguna otra vida que quedó atrás. Será que antaño fui cobarde y esta vez el mensaje me llegó de casualidad, sereno para entenderlo, paciente para calmarte, lento para decirte no tengas miedo, estaré aquí…
Hoy falta menos para verte. No tendré que decir mucho. Me acercaré y verás que llevo tu nombre en la voz.