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La sonrisa caótica de las mariposas

«Existe un breve momento en la vida en el que te sientes más perdido que nunca. Ese momento es el principio de un encuentro«. Daniela Riviera Zacarías.

Me he quedado mirando un cuadro. Mariposas… manos… y me pidió que pintáramos algo juntos, sentí vergüenza y admiración a partes iguales. Lo primero por mi creencia de no dar el nivel, lo segundo por lo reconfortante que alguien que admiras te pida compartir algo tan personal.

Admiro a las personas que saben pintar y esto sólo se puede entender si te has puesto delante de una hoja en blanco, con tus lápices o pinturas y dejas que tus manos conecten con tu mundo interior, ahí donde se libran las batallas, donde tienes más que perder que ganar y dónde cada línea, cada color… es un rastro de lo que hay dentro de ti.

Tener la hoja de mi viejo bloc en blanco delante me lleva a una sesión donde ella cogió uno de los folios que tenía sobre la mesa, un lápiz y mientras aquellos ojos grandes tenían la mirada ausente empezó a dibujar líneas. A primera vista no tenían sentido. Algunas era feroces e impulsivas, otras suaves, lentas, sinuosas… dejó el centro de la hoja limpia, en blanco…

Su rostro se serenó. Me acerqué ligeramente y fue suficiente para que cambiara el dibujo por las primeras palabras….

–Así estoy por dentro… Hay días que todo es caos, mi vida, mis relaciones, mi trabajo… y no sé qué hacer para poner orden -mientras su mirada volvía a perderse en las líneas que acababa de dibujar.

Me acerqué un poco más, en silencio y mi mirada le decía que estaba allí para ella. Pasaron los minutos y mirando su rostro percibía como por él pasaban todas las sensaciones posibles. Finalmente respiró hondo…

–¿Sabes por qué no he puesto nada en el centro?

– No -dije.

–Iba a poner su nombre -dijo con tono de sorpresa y la voz baja mientras sus ojos se humedecían. Como si la culpa fuera suya, pero en realidad es el mío el que debería poner. Es mi caos! Llevo demasiado escondiéndome en mi caos.

A partir de ese momento cada palabra suya iba acompañada de una nueva línea que poco a poco iba uniendo aquellos trazos exaltados. Y lo que antes parecían muestras de frustración empezó a dejar al descubierto el miedo a perder a la persona que quería, el miedo a que cicatrices del pasado se abrieran, la soledad emocional que se escondía en unos día a día frenéticos y agotadores, sentimientos tan profundos que ni ella había podido ni querido acceder. Aquel desastre inicial tomó forma de un dibujo barroco y de ensueño, lleno de formas increíblemente enlazadas a base de tonalidades y en el centro dibujó un corazón.

Al finalizar la sesión se quedó mirando su dibujo y a mí. Ahora su mirada era limpia y transparente.

– Déjame que te pregunte… coges el dibujo y percibo en tus manos que dudas. Qué deseas hacer con él? -pregunté

– Pensaba que te lo quedarías…

– No… Es tu sesión y es tu dibujo. No me corresponde a mí decidir sobre ella ni sobre él -contesté.

Cogió el folio, lo dobló y lo rompió en decenas de trocitos que dejó sobre mi mesa…

– Siempre has dicho que si quiero cambiar algo he de hacer algo diferente a lo que he hecho, no? Pues punto y aparte. Empecemos con un folio nuevo, en blanco…

Son muchas las emociones que de intensas nos nublan y nos desesperan. Unos escribimos para salir de esa espiral y encontrar el camino, otras personas necesitan encontrar su forma de conectar con la serenidad de un lienzo en blanco y lanzar una recta a la línea de flotación de su inconsciente. En esos momentos nos falta la serenidad para ver más allá y el dibujo desahoga y tiene un increíble poder restaurador. Dibujando aprendí que la espiral nos lleva más hacia atrás que hacia delante y que no hay crecimiento ni evolución sin retroceso.

A menudo nos presionamos pensando que debemos encontrarnos a nosotros mismos y nos negamos el permiso a perdernos. Nadie se encuentra sin haberse perdido muchas veces, dibujado muchas espirales y pasado por muchas curvas… pero reconocerlo es un acto de respecto hacia nosotros mismos y fortaleza interior que nos hace vulnerables. Y la vulnerabilidad es un abrigo pesado de bolsillos llenos de incertidumbre difícil de llevar.

El camino a menudo no es recto pero no olvides que las sonrisas más bellas están dibujadas sobre curvas…

Jorge Juan García Insua

No te vayas, ya me voy

– ¿Qué puedo hacer para enamorar a los chicos?

Me lo preguntó así, con una sonrisa que parecía querer quitarle importancia a la pregunta antes incluso de que yo pudiera dársela.

-¿A todos? – respondí.

Se rio.

– No, hombre. Ya me entiendes.

Sí, la entendía. O creía entenderla. Pero una de las cosas que he aprendido después de muchos años sentado en esta silla es a desconfiar un poco de las preguntas demasiado fáciles. No de quien las hace, sino de mi propia tentación de contestarlas demasiado rápido.

Porque podría haberle hablado de seguridad, de habilidades sociales, de mostrarse interesada sin invadir, de comunicación, de autoestima. Incluso podría haber convertido aquello en una pequeña clase sobre relaciones.

Algo no me encajaba, ella no me estaba preguntando cómo relacionarse mejor con los chicos, me estaba preguntando cómo conseguir que se quedaran.

– Quiero saber qué me estás preguntando exactamente.

– Pues eso. Qué puedo hacer para gustarles más. Para que se interesen por mí. Para que cuando conozca a alguien no acabe pasando lo de siempre.

– ¿Y qué es lo de siempre?

La sonrisa desapareció un poco.

– Que al principio parece que sí y después… no sé. Se enfrían. O desaparecen. O me dicen que no quieren nada serio y al cabo de dos meses están saliendo con otra.

– Y tú piensas que hay algo que estás haciendo mal.

– Evidentemente!

– ¿Evidentemente?

– Bueno… si siempre acaba igual, alguna responsabilidad tendré yo.

– Responsabilidad puede ser. Culpa es otra cosa.

Me interesa mucho esa diferencia en consulta y muchas veces dedico unos segundos a aclararlo con la persona. Porque asumir nuestra parte en lo que nos ocurre es necesario, nos devuelve capacidad de cambio. Pero hay personas que convierten esa responsabilidad en una especie de juicio permanente contra sí mismas.

Si una relación termina, fallaron. Si alguien deja de escribirles, hicieron algo mal. Si no fueron elegidas, no fueron suficientemente interesantes, suficientemente atractivas, suficientemente divertidas, suficientemente fáciles o suficientemente difíciles.

Y entonces dejan de preguntarse qué ocurrió entre dos personas y empiezan a preguntarse qué defecto suyo provocó que todo terminara.

– Vale -dijo-. Pero algo hago mal.

– Puede ser. Todos hacemos cosas mal cuando nos relacionamos. Yo también. Pero antes de buscar qué haces mal quiero preguntarte algo. Cuando me dices que quieres aprender a enamorar a los chicos, ¿qué te gustaría que yo te enseñara?

– No sé. Cómo actuar.

-¿Cómo actuar?

– Sí. Si mostrar más interés, menos… Si escribirles o esperar. Si ser más distante. No sé, esas cosas.

– Entonces quieres aprender una estrategia.

– Dicho así suena fatal.

– No digo que esté mal. Solo intento entenderlo.

– Pues sí. Supongo que quiero saber qué funciona.

Y pensé que ahí estaba una parte importante del problema. Qué funciona, como si el amor fuera una cerradura y en algún lugar existiera la combinación correcta. Como si hubiera personas que conocen el secreto y otras que todavía no han aprendido a hacerlo bien.

No me parece extraño que acabemos pensando así. Nos pasamos media vida recibiendo mensajes sobre cómo gustar más, cómo resultar más interesantes, cómo conseguir que alguien nos eche de menos, cuándo responder un mensaje, cuánto interés mostrar, cuánto ocultar.

Nos enseñan muchas maneras de resultar deseables. Bastantes menos de sentirnos deseables sin necesitar demostrarlo continuamente.

– ¿Y si funciona?

– ¿Cómo?

– Imagínate que yo tengo la fórmula. Te digo exactamente cuánto tienes que escribir, cuánto esperar, cuándo mostrar interés, cuándo retirarte, cómo comportarte… y funciona. Conoces a alguien y se enamora de ti.

Sonrió.

– Pues pásamela.

– Hay un problema.

– Ya decía yo.

– Después tendríamos que averiguar de quién se ha enamorado.

Me miró sin responder.

– Porque si para conseguir que alguien se quede tienes que medir constantemente lo que dices, esconder lo que sientes, parecer menos interesada de lo que estás, controlar cuándo escribes, contenerte para no asustarle y convertirte en la versión de ti que crees que puede gustarle… puede que consigamos que alguien se enamore. Lo que no sé es si se habrá enamorado de ti.

Silencio.

Y mientras la veía pensar recordé algo que aparece muchas veces en consulta, aunque llegue con nombres diferentes.

Personas agotadas de intentar ser queridas. No de querer, de ser queridas. La diferencia es enorme.

Querer coloca al otro delante. Intentar constantemente ser querido coloca un espejo entre los dos. Ya no estás viviendo la relación, estás observándote dentro de ella: si has dicho demasiado, si has mostrado demasiado, si deberías escribir, si tardaste poco en contestar, si estás siendo pesada, si eres suficientemente interesante.

Y debe ser agotador enamorarse así, porque mientras intentas que el otro no pierda el interés, corres el riesgo de perderte tú.

-Ya… -dijo finalmente-. pero si soy yo del todo, tampoco funciona.

Aquello cambió la sesión. Ya no estábamos hablando de chicos.

– Eso que acabas de decir me interesa mucho más que la primera pregunta.

– ¿Por qué?

– Porque hace un momento me preguntabas cómo enamorar a alguien. Ahora me estás diciendo que tienes miedo de que siendo tú no sea suficiente para que alguien se quede.

Bajó la mirada.

– Bueno…

– No tienes que responderme rápido.

– Es que creo que es verdad.

– ¿Qué cosa?

– Que cuando me conocen de verdad se cansan.

Hay frases que, cuando aparecen en consulta, me obligan a frenar, suelen decirse sin dramatismo, como quien explica una evidencia.

“Cuando me conocen de verdad se cansan.”

Pensé en cuántas decisiones sentimentales pueden construirse alrededor de una frase así.

Cuánto puedes tolerar por miedo a que alguien se vaya. Cuánto puedes callarte. Cuánto puedes perseguir. Cuántas veces puedes aceptar migajas interpretándolas como oportunidades.

Y, sobre todo, cuánto puedes modificarte para intentar retrasar el momento en que el otro descubra eso que tú ya has decidido que eres: alguien de quien, tarde o temprano, uno se cansa.

– ¿Desde cuándo piensas eso?

– No sé.

– Piénsalo.

Se quedó callada.

– Desde hace bastante.

– ¿Y qué haces cuando conoces a alguien que te gusta?

– Intento gustarle.

– Eso ya lo sé. ¿Qué haces contigo?

Frunció el ceño.

– No te entiendo.

– ¿Te permites conocerle o estás demasiado ocupada intentando conseguir que él te elija?

No respondió.

– Porque llevamos un rato hablando de cómo conseguir que los chicos se enamoren de ti y todavía no me has dicho una sola vez cómo decides tú si un chico te gusta lo suficiente como para querer estar con él.

Aquello me parecía importante.

A veces trabajamos tanto el miedo al rechazo que olvidamos algo tan básico como que nosotros también rechazamos, nosotros también elegimos.

No toda persona que no nos quiere nos ha quitado algo y no toda relación que no comienza es un fracaso.

No todo «no» habla de nuestro valor.

Hay encuentros que simplemente no encajan y convertir cada falta de reciprocidad en una evaluación de nuestra autoestima es conceder a personas que apenas nos conocen un poder enorme sobre cómo nos miramos.

– Bueno, eso se nota -dijo.

– ¿Y que tú le gustes no debería notarse también?

-Supongo.

– Entonces quizá estamos poniendo sobre tus hombros un trabajo que corresponde a dos personas.

– Pero yo puedo hacer cosas para gustar más.

– Claro. Todos podemos. Podemos cuidar nuestro aspecto, conversar, mostrar interés, ser cariñosos, divertidos, atentos… Podemos acercarnos. Lo que no podemos es controlar lo que ocurre al otro lado.

– Eso es una mierda.

Me reí.

– Un poco.

Ella también se rio.

– Me iría mejor si pudiese controlarlo.

– Probablemente. Aunque entonces tendríamos otro problema.

– ¿Cuál?

– Que tampoco sabrías nunca si te quieren porque te quieren o porque has aprendido a conseguir que te quieran.

Volvió a quedarse callada.

Y pensé que enamorarse exige aceptar una vulnerabilidad que a veces intentamos eliminar mediante el control. No sabemos si alguien se quedará, ni si sentirá lo mismo, ni siquiera cuánto durará.

Podemos hacer muchas cosas para cuidar una relación, pero ninguna garantiza que alguien nos quiera.

Y precisamente ahí está una de las partes más difíciles, atreverse a mostrarse sin tener asegurado el resultado.

– Entonces ¿qué hago?

– Quizá empezar por cambiar la pregunta.

-¿Cuál pongo?

– En lugar de preguntarte qué tienes que hacer para que alguien se enamore de ti, podrías empezar preguntándote qué ocurre contigo cuando alguien no lo hace.

– Me jode.

– Eso ya lo veo.

– Me hace sentir que hay algo malo en mí.

– Ahí estamos.

Me miró.

– ¿Ahí estamos dónde?

– En lo que probablemente llevabas intentando preguntarme desde que has entrado por esa puerta.

– ¿El qué?

– Si hay algo malo en ti porque algunos chicos no se han enamorado de ti.

No contestó.

Y esta vez no necesitaba hacerlo.

Hay silencios en consulta que no están vacíos. Están llenos de cosas que por fin han encontrado sitio.

– ¿Y lo hay?

– ¿Hay algo malo en ti?

Asintió.

– Hay cosas tuyas que tendremos que trabajar. Como las hay en mí y en cualquiera. Habrá formas de relacionarte que seguramente puedas entender mejor. Miedos. Elecciones. Personas a las que persigues cuando quizá deberías preguntarte por qué las estás eligiendo. Pero no voy a ayudarte a construir una versión de ti diseñada para que sea más difícil abandonarte.

– ¿Por qué?

– Porque entonces estaríamos confirmando exactamente lo que ahora te hace daño.

– ¿Qué?

– Que siendo tú no basta.

Se le humedecieron ligeramente los ojos.

A veces tenemos una imagen demasiado cinematográfica de la terapia. Como si las sesiones importantes tuvieran que acabar entre lágrimas, con una frase extraordinaria o con una revelación que cambia una vida.

La mayoría no funcionan así. A veces una sesión importante consiste simplemente en conseguir que alguien salga haciéndose una pregunta distinta de aquella con la que entró.

– Entonces me vas a enseñar fatal a ligar.

– Posiblemente.

Sonrió.

-Vaya psicólogo!

– Pero puedo intentar ayudarte con otra cosa.

– ¿Con qué?

– A que la próxima vez que conozcas a alguien no estés únicamente pendiente de si consigues gustarle. Que puedas estar suficientemente tranquila para preguntarte si te gusta cómo te trata. Si puedes ser tú cuando estás con él. Si te sientes cuidada. Si hay reciprocidad. Si tienes que perseguir constantemente su atención. Si puedes decir lo que sientes sin pensar que eso hará que desaparezca. Y, sobre todo, si tú también le eliges.

– Eso parece bastante más difícil que hacerse la interesante.

– Muchísimo más.

Se rio. Y yo también.

La sesión estaba terminando cuando volvió sobre la primera pregunta.

– Entonces Jorge… ¿no hay ningún truco para enamorar a los chicos?

– Alguno habrá. Internet está lleno.

– Idiota! Uy perdón perdón!! Qué vergüenza, te lo he dicho cariñosamente!

– Pero yo te propondría otro.

– A ver.

– No intentar convencer a nadie de que merece la pena quererte.

Me miró.

– ¿Y esperar?

– No. Vivir. Conocer gente. Equivocarte. Mostrar interés cuando lo tengas. Retirarte cuando no haya reciprocidad. Decir que te gusta alguien si quieres decirlo. Aprender a soportar que algunas personas no te elijan sin convertir cada rechazo en una sentencia sobre quién eres.

– buffff… Suena complicado.

– Sí, lo es.

– ¿Y eso funciona?

– No tengo ni idea.

– Fantástico.

– Pero al menos, si algún día alguien se enamora de ti, tendrás bastantes posibilidades de saber de quién se ha enamorado.

Sonrió y cuando se marchó me quedé pensando unos segundos en su primera pregunta.

«¿Qué puedo hacer para enamorar a los chicos?»

Podría parecer una pregunta superficial. Incluso adolescente. Pero pacientes como ella me han enseñado que en consulta no existen demasiadas preguntas superficiales cuando uno tiene paciencia suficiente para averiguar qué hay debajo.

Porque todos, de una manera u otra, hemos querido alguna vez que alguien nos eligiera. Todos hemos hecho alguna estupidez para gustar. Todos hemos enseñado nuestra mejor parte y escondido alguna que temíamos que pudiera provocar que alguien saliera corriendo.

El problema no está en querer gustar. Es humano. El problema empieza cuando para conseguirlo necesitamos gustarnos cada vez menos a nosotros mismos.

Cuando enamorar se convierte en convencer o cuando ser elegido importa tanto que dejamos de elegir.

Cuando interpretamos que alguien se marche como la demostración definitiva de que había algo en nosotros que no merecía la pena.

Por eso en esa sesión no le enseñé a enamorar a ningún chico. Lo cierto es que tampoco habría sabido hacerlo.

En mi cabeza no paraba de resonaré aquella pregunta: ¿Puedo ser yo y que alguien quiera quedarse?.

Y me habría gustado poder decirle que sí.

Decírselo con esa seguridad que a veces se espera de nosotros, como si ser psicólogo incluyera conocer algunas respuestas que los demás todavía no han encontrado. Como si después de tantos años escuchando historias de amor, de abandono, de rechazo y de personas intentando recomponerse tras alguien que se fue, uno hubiera descubierto alguna certeza.

Pero no la tengo.

Ser tú no garantiza que alguien se quede. Puedes ser honesta, cariñosa, divertida, generosa, cuidar una relación, hacer las cosas razonablemente bien y, aun así, alguien puede marcharse. Puedes mostrarte sin estrategias y descubrir que al otro no le gustas. Puedes querer muchísimo a alguien que no va a quererte de la misma manera.

Y eso duele. La terapia no debería intentar borrar esa parte de la vida. Tampoco convertir cada decepción en una oportunidad maravillosa para crecer. Hay rechazos que simplemente duelen. Personas que nos importaban y se van. Historias en las que habríamos preferido otro final. Y días en los que entender todo esto sirve de bastante poco porque lo único que queríamos era que aquella persona se quedara.

Pero hay algo que sí podemos trabajar, que cuando alguien se vaya, tú no te vayas contigo.

Y que, cuando vuelvas a conocer a alguien, no tengas que presentarte a un examen.

Quizás esa sea una de las cosas más difíciles que hacemos cuando nos relacionamos: permitir que alguien nos conozca sin intentar controlar después lo que hará con aquello que ha conocido.

Y ninguna terapia podrá protegernos completamente de eso sin protegernos también de enamorarnos. O yo al menos, en mi ignorancia, aún no la conozco.

También ahí me queda mucho por aprender.

Jorge Juan García Insua

Mañana lunes…

Durante años he acompañado historias muy diferentes. Pero todas tienen algo en común.

La capacidad humana para reconstruirse.

Por eso cada vez que alguien me pregunta si todavía creo en las personas…

Pienso en todos ellos. En quienes luchan en silencio. En quienes siguen adelante aunque nadie vea el esfuerzo. Y la respuesta siempre es la misma.

Sí. Creo en las personas, creo en ellos.

Más que nunca.

Porque he visto de cerca cosas que parecen imposibles. Y he aprendido que las personas somos mucho más fuertes de lo que imaginamos.

Antes de acompañar, fui acompañado. Y sigo, creerme que sigo, aprendiendo de quienes confían en mí.

Ellos, todos ellos, son tan importantes en lo que anuncio mañana lunes.

Y creerme que vale la pena.

El próximo lunes…

A veces el amor más grande es el que nunca necesitó palabras.

De amor y de mi padre también voy a hablaros el lunes.Creerme, lo que viene vale la pena.

#garciainsuaj #amor #palabras #vida #psicologo

El próximo lunes…


Porque algunas cosas solo se entienden cuando las escribes, hoy puedo decir que ese viaje está llegando a un lugar muy especial.
Y todas esas cosas juntas, cuentan algo que nunca imaginé que llegaría tan lejos.
El próximo lunes os enseñaré por qué.
El lunes os compartiré algo muy importante.
Y os prometo que merecerá la pena.


#garciainsuaj #psicologo #psicologia #camino #escribir

Palabra de honor

¿Cuándo pasó?

¿Cuándo dejasteis de ser aquellos dos niños que cabían en mis brazos para convertiros en estas dos personas con las que puedo conversar, reír, discutir, aprender y compartir silencios?

Porque trece años parecen mucho cuando los miras hacia delante, pero son apenas un suspiro cuando los recorres hacia atrás.

Recuerdo perfectamente el día en que llegasteis. Recuerdo el vértigo. La responsabilidad. El miedo a no estar a la altura. Recuerdo a fuego aquella primera vez, cuando solo teníais unos minutos de vida, que os tuve en brazos y debía daros calor.

Y durante mucho tiempo así fue. Os intentaba enseñar a caminar mientras aprendíais a mantener el equilibrio. Intentaba estar y confiar cuando os caíais. He intentado responder a vuestras preguntas, incluso cuando yo tampoco tenía las respuestas, y también he sido (y soy) ese tipo de padre que intenta protegeros de los golpes que la vida siempre acaba repartiendo.

Intenté ser el padre que necesitabais, pero hay algo que nadie te cuenta sobre la paternidad… los hijos crecen. Tan despacio que apenas lo percibes cada día, tan deprisa que un día te despiertas y descubres que ya no son ellos quienes buscan constantemente tu mano. Que ahora son ellos quienes, de vez en cuando, te la ofrecen.

Y entonces entiendes que algo ha cambiado. No porque hayan dejado de necesitarte, sino porque incluso han empezado a cuidarte. De una forma distinta, con una mirada que pregunta cómo estás, con un abrazo que llega justo cuando lo necesitas. Con una conversación inesperada o con esa extraña conexión que os permite detectar mi preocupación incluso cuando intento esconderla detrás de una sonrisa, y me abrazáis «para que pese menos».

No sé exactamente cuándo ocurrió. Pero ocurrió. Y hoy, al cumplir trece años, y desde hace al menos dos siento que estoy entrando en una etapa nueva de nuestra historia. La etapa en la que sigo siendo vuestro padre, pero también empiezo a apoyarme en vosotros. La etapa en la que continúo intentando enseñaros cosas, mientras descubro que sois vosotros quienes continuamente me enseñáis algunas de las lecciones más importantes.

Sabéis lo más importante que me habéis enseñado? A vivir más despacio, a sorprenderme por cosas sencillas. a mirar el mundo con curiosidad, a no dar por sentado lo verdaderamente importante, a querer sin condiciones.

Hace unas semanas Pol, llegaste por la tarde y me dijiste si tenía sesiones, porque tenías que hacerme una entrevista para un trabajo el colegio. Cuando nos pusimos te pregunté que por qué me había elegido y me contestaste que porque os habían dicho que debíais entrevistar a alguien que admirarais mucho, y que la persona a la que más admirabas era a mi. Me quedé sin palabras el tiempo justo que Jan puntualizara que os habían dicho que no podía ser alguien de familia, y acordamos entre risas que sobre eso podíamos hacer «como si no lo hubiéramos entendido”. Guardo aquel momento, las risas y las ironías de Jan como oro en mi memoria.

Os miro y siento orgullo, sí, ya… como todos los padres (pero yo más). No por lo que hacéis ni por lo que conseguís. Ni siquiera por lo que llegaréis a ser, sino por quienes sois ahora. El tiempo, ese con el que tanto me he peleado y con quien tal mal me he llevado en otros momentos, me está enseñando que se está llevando vuestra infancia, al tiempo que me está regalando el privilegio de conocer a las personas en las que os estáis convirtiendo. Y creerme que hubo un tiempo que pensé que la vida no me daría este regalo. Ese que me recordáis cada noche cuando no os queréis ir a dormir sin el achuchón de buenas noches correspondiente.

Trece años.

Trece años de risas, de aprendizajes, de errores, de abrazos, aventuras y amor. Mucho amor. Doce años en los que pensaba que era yo quien os estaba enseñando a vivir. Y voy descubriendo que buena parte de lo que soy hoy lo he aprendido gracias a vosotros.

No sé qué nos traerán los próximos años. La adolescencia ya asoma y vendrán cambios, dudas, retos y nuevas etapas. Sé, y estoy seguro, que si dentro de otros trece años sois capaces de conservar el corazón que tenéis hoy, el mundo será un lugar mejor allí donde estéis.

Gracias por recordarme cada día lo que de verdad importa. Y feliz cumpleaños, Pol y Jan… feliz cumpleaños.

Otras veces escribí que estaba orgulloso de ser vuestro padre, como muchas otras veces me equivoqué, mi mayor orgullo es que vosotros seáis mis hijos.

Os quiero con locura. Y esto dicho por un padre y un psicólogo, es palabra de honor.

Jorge Juan García Insua

No necesito más

Te miro cuando el mundo se vuelve ruido y, sin decir nada, consigues que todo dentro de mí encuentre calma. Hay algo en tu manera de existir que me abraza incluso cuando estás lejos, y no necesito saber por qué.

Cómo decirle a otros que la calma que ellos creen encontrar en mí la encuentro yo en ti, sin esfuerzo y natural, y no necesito saber cómo lo haces ni necesito saber por qué.

A veces pienso que llegaste a mi vida como llegan las cosas buenas: sin aviso, sin promesas, pero quedándote en cada rincón importante de mi corazón, y no necesito saber por qué.

Me gusta cómo tus ojos hablan incluso cuando callas, cómo tus manos parecen conocer mis miedos antes que mis palabras, y no necesito saber por qué.

Contigo aprendí que el amor no siempre hace ruido, a veces simplemente se sienta a tu lado, te toma el alma despacio y se queda ahí, y no necesito saber por qué.

Si algún día me preguntan qué fue lo que vi en ti, creo que jamás podría explicarlo del todo, porque hay sentimientos que no nacieron para entenderse sino para sentirse… y no necesito saber por qué.

Llegaste y todo se hizo distinto. Algo así como si los días más cotidianos escondieran algo bonito solo porque tú existes dentro de ellos. A veces me descubro sonriendo sin razón aparente, recordando una palabra tuya, una mirada, algo pequeño que ya se volvió parte de mí… y no necesito saber por qué.

Me gusta observarte cuando no te das cuenta. Cuando hablas con emoción de algo que amas, cuando te ríes de verdad, cuando te quedas en silencio pensando demasiado. Hay una magia tranquila en cada detalle tuyo, algo que me hace sentir en casa incluso en medio del caos… y no necesito saber por qué.

Antes de ti creía que el amor tenía que ser perfecto para ser real, y escribía sobre eso, pero contigo entendí que el verdadero amor vive en lo cotidiano: en preguntar si ya comiste, en esperar un mensaje, en abrazarte un poco más fuerte cuando el día fue difícil. Contigo aprendí que amar también es cuidar, quedarse y elegir todos los días… y no necesito saber por qué.

Hay noches en las que pienso en todo lo que hemos vivido y me parece increíble que dos caminos tan distintos hayan terminado encontrándose. Entre millones de personas, la vida decidió cruzarme contigo y convertirte en mi lugar favorito del mundo… y no necesito saber por qué.

Tu voz tiene la extraña capacidad de silenciar mis pensamientos más oscuros. Tus palabras llegan donde nadie más sabe llegar. Incluso cuando estoy roto, cansado o perdido, basta un poco de ti para sentir que todo puede mejorar… y no necesito saber por qué.

A veces tengo miedo del tiempo, de lo rápido que pasan los días, de lo mucho que cambia la vida. Pero hay personas que se sienten eternas incluso en lo frágil, y tú eres una de ellas… y no necesito saber por qué.

No sé si alguna vez lograré explicarte todo lo que provocas en mí. Cómo haces que salga lo mejor de mí, sin pedírmelo y de mil maneras que ni siquiera entiendo… y no necesito saber por qué.

Quizás el amor verdadero se parece a esto: a encontrar a alguien que, sin hacer promesas imposibles, logra quedarse en cada pensamiento, en cada sueño y en cada parte del corazón. Alguien que sin darse cuenta se convierte en refugio, destino y calma al mismo tiempo… y no necesito saber por qué.

Cuando leas esto tal vez encuentres respuestas a la pregunta que en ocasiones me haces, esa de qué fue exactamente lo que me enamoró de ti. Es verdad cuando te digo que no podría darte una sola respuesta. Sí empecé te he dicho que fue tu forma de mirar, de sentir, de existir… fue todo y no necesito saber por qué.

Porque hay amores que no nacieron para entenderse con lógica, sino para sentirse con el alma, y no necesito saber por qué.

Jorge Juan García Insua