«Existe un breve momento en la vida en el que te sientes más perdido que nunca. Ese momento es el principio de un encuentro«. Daniela Riviera Zacarías.
Me he quedado mirando un cuadro. Mariposas… manos… y me pidió que pintáramos algo juntos, sentí vergüenza y admiración a partes iguales. Lo primero por mi creencia de no dar el nivel, lo segundo por lo reconfortante que alguien que admiras te pida compartir algo tan personal.
Admiro a las personas que saben pintar y esto sólo se puede entender si te has puesto delante de una hoja en blanco, con tus lápices o pinturas y dejas que tus manos conecten con tu mundo interior, ahí donde se libran las batallas, donde tienes más que perder que ganar y dónde cada línea, cada color… es un rastro de lo que hay dentro de ti.
Tener la hoja de mi viejo bloc en blanco delante me lleva a una sesión donde ella cogió uno de los folios que tenía sobre la mesa, un lápiz y mientras aquellos ojos grandes tenían la mirada ausente empezó a dibujar líneas. A primera vista no tenían sentido. Algunas era feroces e impulsivas, otras suaves, lentas, sinuosas… dejó el centro de la hoja limpia, en blanco…
Su rostro se serenó. Me acerqué ligeramente y fue suficiente para que cambiara el dibujo por las primeras palabras….
–Así estoy por dentro… Hay días que todo es caos, mi vida, mis relaciones, mi trabajo… y no sé qué hacer para poner orden -mientras su mirada volvía a perderse en las líneas que acababa de dibujar.
Me acerqué un poco más, en silencio y mi mirada le decía que estaba allí para ella. Pasaron los minutos y mirando su rostro percibía como por él pasaban todas las sensaciones posibles. Finalmente respiró hondo…
–¿Sabes por qué no he puesto nada en el centro?
– No -dije.
–Iba a poner su nombre -dijo con tono de sorpresa y la voz baja mientras sus ojos se humedecían. Como si la culpa fuera suya, pero en realidad es el mío el que debería poner. Es mi caos! Llevo demasiado escondiéndome en mi caos.
A partir de ese momento cada palabra suya iba acompañada de una nueva línea que poco a poco iba uniendo aquellos trazos exaltados. Y lo que antes parecían muestras de frustración empezó a dejar al descubierto el miedo a perder a la persona que quería, el miedo a que cicatrices del pasado se abrieran, la soledad emocional que se escondía en unos día a día frenéticos y agotadores, sentimientos tan profundos que ni ella había podido ni querido acceder. Aquel desastre inicial tomó forma de un dibujo barroco y de ensueño, lleno de formas increíblemente enlazadas a base de tonalidades y en el centro dibujó un corazón.
Al finalizar la sesión se quedó mirando su dibujo y a mí. Ahora su mirada era limpia y transparente.
– Déjame que te pregunte… coges el dibujo y percibo en tus manos que dudas. Qué deseas hacer con él? -pregunté
– Pensaba que te lo quedarías…
– No… Es tu sesión y es tu dibujo. No me corresponde a mí decidir sobre ella ni sobre él -contesté.
Cogió el folio, lo dobló y lo rompió en decenas de trocitos que dejó sobre mi mesa…
– Siempre has dicho que si quiero cambiar algo he de hacer algo diferente a lo que he hecho, no? Pues punto y aparte. Empecemos con un folio nuevo, en blanco…
Son muchas las emociones que de intensas nos nublan y nos desesperan. Unos escribimos para salir de esa espiral y encontrar el camino, otras personas necesitan encontrar su forma de conectar con la serenidad de un lienzo en blanco y lanzar una recta a la línea de flotación de su inconsciente. En esos momentos nos falta la serenidad para ver más allá y el dibujo desahoga y tiene un increíble poder restaurador. Dibujando aprendí que la espiral nos lleva más hacia atrás que hacia delante y que no hay crecimiento ni evolución sin retroceso.
A menudo nos presionamos pensando que debemos encontrarnos a nosotros mismos y nos negamos el permiso a perdernos. Nadie se encuentra sin haberse perdido muchas veces, dibujado muchas espirales y pasado por muchas curvas… pero reconocerlo es un acto de respecto hacia nosotros mismos y fortaleza interior que nos hace vulnerables. Y la vulnerabilidad es un abrigo pesado de bolsillos llenos de incertidumbre difícil de llevar.
El camino a menudo no es recto pero no olvides que las sonrisas más bellas están dibujadas sobre curvas…
Me lo preguntó así, con una sonrisa que parecía querer quitarle importancia a la pregunta antes incluso de que yo pudiera dársela.
-¿A todos? – respondí.
Se rio.
– No, hombre. Ya me entiendes.
Sí, la entendía. O creía entenderla. Pero una de las cosas que he aprendido después de muchos años sentado en esta silla es a desconfiar un poco de las preguntas demasiado fáciles. No de quien las hace, sino de mi propia tentación de contestarlas demasiado rápido.
Porque podría haberle hablado de seguridad, de habilidades sociales, de mostrarse interesada sin invadir, de comunicación, de autoestima. Incluso podría haber convertido aquello en una pequeña clase sobre relaciones.
Algo no me encajaba, ella no me estaba preguntando cómo relacionarse mejor con los chicos, me estaba preguntando cómo conseguir que se quedaran.
– Quiero saber qué me estás preguntando exactamente.
– Pues eso. Qué puedo hacer para gustarles más. Para que se interesen por mí. Para que cuando conozca a alguien no acabe pasando lo de siempre.
– ¿Y qué es lo de siempre?
La sonrisa desapareció un poco.
– Que al principio parece que sí y después… no sé. Se enfrían. O desaparecen. O me dicen que no quieren nada serio y al cabo de dos meses están saliendo con otra.
– Y tú piensas que hay algo que estás haciendo mal.
– Evidentemente!
– ¿Evidentemente?
– Bueno… si siempre acaba igual, alguna responsabilidad tendré yo.
– Responsabilidad puede ser. Culpa es otra cosa.
Me interesa mucho esa diferencia en consulta y muchas veces dedico unos segundos a aclararlo con la persona. Porque asumir nuestra parte en lo que nos ocurre es necesario, nos devuelve capacidad de cambio. Pero hay personas que convierten esa responsabilidad en una especie de juicio permanente contra sí mismas.
Si una relación termina, fallaron. Si alguien deja de escribirles, hicieron algo mal. Si no fueron elegidas, no fueron suficientemente interesantes, suficientemente atractivas, suficientemente divertidas, suficientemente fáciles o suficientemente difíciles.
Y entonces dejan de preguntarse qué ocurrió entre dos personas y empiezan a preguntarse qué defecto suyo provocó que todo terminara.
– Vale -dijo-. Pero algo hago mal.
– Puede ser. Todos hacemos cosas mal cuando nos relacionamos. Yo también. Pero antes de buscar qué haces mal quiero preguntarte algo. Cuando me dices que quieres aprender a enamorar a los chicos, ¿qué te gustaría que yo te enseñara?
– No sé. Cómo actuar.
-¿Cómo actuar?
– Sí. Si mostrar más interés, menos… Si escribirles o esperar. Si ser más distante. No sé, esas cosas.
– Entonces quieres aprender una estrategia.
– Dicho así suena fatal.
– No digo que esté mal. Solo intento entenderlo.
– Pues sí. Supongo que quiero saber qué funciona.
Y pensé que ahí estaba una parte importante del problema. Qué funciona, como si el amor fuera una cerradura y en algún lugar existiera la combinación correcta. Como si hubiera personas que conocen el secreto y otras que todavía no han aprendido a hacerlo bien.
No me parece extraño que acabemos pensando así. Nos pasamos media vida recibiendo mensajes sobre cómo gustar más, cómo resultar más interesantes, cómo conseguir que alguien nos eche de menos, cuándo responder un mensaje, cuánto interés mostrar, cuánto ocultar.
Nos enseñan muchas maneras de resultar deseables. Bastantes menos de sentirnos deseables sin necesitar demostrarlo continuamente.
– ¿Y si funciona?
– ¿Cómo?
– Imagínate que yo tengo la fórmula. Te digo exactamente cuánto tienes que escribir, cuánto esperar, cuándo mostrar interés, cuándo retirarte, cómo comportarte… y funciona. Conoces a alguien y se enamora de ti.
Sonrió.
– Pues pásamela.
– Hay un problema.
– Ya decía yo.
– Después tendríamos que averiguar de quién se ha enamorado.
Me miró sin responder.
– Porque si para conseguir que alguien se quede tienes que medir constantemente lo que dices, esconder lo que sientes, parecer menos interesada de lo que estás, controlar cuándo escribes, contenerte para no asustarle y convertirte en la versión de ti que crees que puede gustarle… puede que consigamos que alguien se enamore. Lo que no sé es si se habrá enamorado de ti.
Silencio.
Y mientras la veía pensar recordé algo que aparece muchas veces en consulta, aunque llegue con nombres diferentes.
Personas agotadas de intentar ser queridas. No de querer, de ser queridas. La diferencia es enorme.
Querer coloca al otro delante. Intentar constantemente ser querido coloca un espejo entre los dos. Ya no estás viviendo la relación, estás observándote dentro de ella: si has dicho demasiado, si has mostrado demasiado, si deberías escribir, si tardaste poco en contestar, si estás siendo pesada, si eres suficientemente interesante.
Y debe ser agotador enamorarse así, porque mientras intentas que el otro no pierda el interés, corres el riesgo de perderte tú.
-Ya… -dijo finalmente-. pero si soy yo del todo, tampoco funciona.
Aquello cambió la sesión. Ya no estábamos hablando de chicos.
– Eso que acabas de decir me interesa mucho más que la primera pregunta.
– ¿Por qué?
– Porque hace un momento me preguntabas cómo enamorar a alguien. Ahora me estás diciendo que tienes miedo de que siendo tú no sea suficiente para que alguien se quede.
Bajó la mirada.
– Bueno…
– No tienes que responderme rápido.
– Es que creo que es verdad.
– ¿Qué cosa?
– Que cuando me conocen de verdad se cansan.
Hay frases que, cuando aparecen en consulta, me obligan a frenar, suelen decirse sin dramatismo, como quien explica una evidencia.
“Cuando me conocen de verdad se cansan.”
Pensé en cuántas decisiones sentimentales pueden construirse alrededor de una frase así.
Cuánto puedes tolerar por miedo a que alguien se vaya. Cuánto puedes callarte. Cuánto puedes perseguir. Cuántas veces puedes aceptar migajas interpretándolas como oportunidades.
Y, sobre todo, cuánto puedes modificarte para intentar retrasar el momento en que el otro descubra eso que tú ya has decidido que eres: alguien de quien, tarde o temprano, uno se cansa.
– ¿Desde cuándo piensas eso?
– No sé.
– Piénsalo.
Se quedó callada.
– Desde hace bastante.
– ¿Y qué haces cuando conoces a alguien que te gusta?
– Intento gustarle.
– Eso ya lo sé. ¿Qué haces contigo?
Frunció el ceño.
– No te entiendo.
– ¿Te permites conocerle o estás demasiado ocupada intentando conseguir que él te elija?
No respondió.
– Porque llevamos un rato hablando de cómo conseguir que los chicos se enamoren de ti y todavía no me has dicho una sola vez cómo decides tú si un chico te gusta lo suficiente como para querer estar con él.
Aquello me parecía importante.
A veces trabajamos tanto el miedo al rechazo que olvidamos algo tan básico como que nosotros también rechazamos, nosotros también elegimos.
No toda persona que no nos quiere nos ha quitado algo y no toda relación que no comienza es un fracaso.
No todo «no» habla de nuestro valor.
Hay encuentros que simplemente no encajan y convertir cada falta de reciprocidad en una evaluación de nuestra autoestima es conceder a personas que apenas nos conocen un poder enorme sobre cómo nos miramos.
– Bueno, eso se nota -dijo.
– ¿Y que tú le gustes no debería notarse también?
-Supongo.
– Entonces quizá estamos poniendo sobre tus hombros un trabajo que corresponde a dos personas.
– Pero yo puedo hacer cosas para gustar más.
– Claro. Todos podemos. Podemos cuidar nuestro aspecto, conversar, mostrar interés, ser cariñosos, divertidos, atentos… Podemos acercarnos. Lo que no podemos es controlar lo que ocurre al otro lado.
– Eso es una mierda.
Me reí.
– Un poco.
Ella también se rio.
– Me iría mejor si pudiese controlarlo.
– Probablemente. Aunque entonces tendríamos otro problema.
– ¿Cuál?
– Que tampoco sabrías nunca si te quieren porque te quieren o porque has aprendido a conseguir que te quieran.
Volvió a quedarse callada.
Y pensé que enamorarse exige aceptar una vulnerabilidad que a veces intentamos eliminar mediante el control. No sabemos si alguien se quedará, ni si sentirá lo mismo, ni siquiera cuánto durará.
Podemos hacer muchas cosas para cuidar una relación, pero ninguna garantiza que alguien nos quiera.
Y precisamente ahí está una de las partes más difíciles, atreverse a mostrarse sin tener asegurado el resultado.
– Entonces ¿qué hago?
– Quizá empezar por cambiar la pregunta.
-¿Cuál pongo?
– En lugar de preguntarte qué tienes que hacer para que alguien se enamore de ti, podrías empezar preguntándote qué ocurre contigo cuando alguien no lo hace.
– Me jode.
– Eso ya lo veo.
– Me hace sentir que hay algo malo en mí.
– Ahí estamos.
Me miró.
– ¿Ahí estamos dónde?
– En lo que probablemente llevabas intentando preguntarme desde que has entrado por esa puerta.
– ¿El qué?
– Si hay algo malo en ti porque algunos chicos no se han enamorado de ti.
No contestó.
Y esta vez no necesitaba hacerlo.
Hay silencios en consulta que no están vacíos. Están llenos de cosas que por fin han encontrado sitio.
– ¿Y lo hay?
– ¿Hay algo malo en ti?
Asintió.
– Hay cosas tuyas que tendremos que trabajar. Como las hay en mí y en cualquiera. Habrá formas de relacionarte que seguramente puedas entender mejor. Miedos. Elecciones. Personas a las que persigues cuando quizá deberías preguntarte por qué las estás eligiendo. Pero no voy a ayudarte a construir una versión de ti diseñada para que sea más difícil abandonarte.
– ¿Por qué?
– Porque entonces estaríamos confirmando exactamente lo que ahora te hace daño.
– ¿Qué?
– Que siendo tú no basta.
Se le humedecieron ligeramente los ojos.
A veces tenemos una imagen demasiado cinematográfica de la terapia. Como si las sesiones importantes tuvieran que acabar entre lágrimas, con una frase extraordinaria o con una revelación que cambia una vida.
La mayoría no funcionan así. A veces una sesión importante consiste simplemente en conseguir que alguien salga haciéndose una pregunta distinta de aquella con la que entró.
– Entonces me vas a enseñar fatal a ligar.
– Posiblemente.
Sonrió.
-Vaya psicólogo!
– Pero puedo intentar ayudarte con otra cosa.
– ¿Con qué?
– A que la próxima vez que conozcas a alguien no estés únicamente pendiente de si consigues gustarle. Que puedas estar suficientemente tranquila para preguntarte si te gusta cómo te trata. Si puedes ser tú cuando estás con él. Si te sientes cuidada. Si hay reciprocidad. Si tienes que perseguir constantemente su atención. Si puedes decir lo que sientes sin pensar que eso hará que desaparezca. Y, sobre todo, si tú también le eliges.
– Eso parece bastante más difícil que hacerse la interesante.
– Muchísimo más.
Se rio. Y yo también.
La sesión estaba terminando cuando volvió sobre la primera pregunta.
– Entonces Jorge… ¿no hay ningún truco para enamorar a los chicos?
– Alguno habrá. Internet está lleno.
– Idiota! Uy perdón perdón!! Qué vergüenza, te lo he dicho cariñosamente!
– Pero yo te propondría otro.
– A ver.
– No intentar convencer a nadie de que merece la pena quererte.
Me miró.
– ¿Y esperar?
– No. Vivir. Conocer gente. Equivocarte. Mostrar interés cuando lo tengas. Retirarte cuando no haya reciprocidad. Decir que te gusta alguien si quieres decirlo. Aprender a soportar que algunas personas no te elijan sin convertir cada rechazo en una sentencia sobre quién eres.
– buffff… Suena complicado.
– Sí, lo es.
– ¿Y eso funciona?
– No tengo ni idea.
– Fantástico.
– Pero al menos, si algún día alguien se enamora de ti, tendrás bastantes posibilidades de saber de quién se ha enamorado.
Sonrió y cuando se marchó me quedé pensando unos segundos en su primera pregunta.
«¿Qué puedo hacer para enamorar a los chicos?»
Podría parecer una pregunta superficial. Incluso adolescente. Pero pacientes como ella me han enseñado que en consulta no existen demasiadas preguntas superficiales cuando uno tiene paciencia suficiente para averiguar qué hay debajo.
Porque todos, de una manera u otra, hemos querido alguna vez que alguien nos eligiera. Todos hemos hecho alguna estupidez para gustar. Todos hemos enseñado nuestra mejor parte y escondido alguna que temíamos que pudiera provocar que alguien saliera corriendo.
El problema no está en querer gustar. Es humano. El problema empieza cuando para conseguirlo necesitamos gustarnos cada vez menos a nosotros mismos.
Cuando enamorar se convierte en convencer o cuando ser elegido importa tanto que dejamos de elegir.
Cuando interpretamos que alguien se marche como la demostración definitiva de que había algo en nosotros que no merecía la pena.
Por eso en esa sesión no le enseñé a enamorar a ningún chico. Lo cierto es que tampoco habría sabido hacerlo.
En mi cabeza no paraba de resonaré aquella pregunta: ¿Puedo ser yo y que alguien quiera quedarse?.
Y me habría gustado poder decirle que sí.
Decírselo con esa seguridad que a veces se espera de nosotros, como si ser psicólogo incluyera conocer algunas respuestas que los demás todavía no han encontrado. Como si después de tantos años escuchando historias de amor, de abandono, de rechazo y de personas intentando recomponerse tras alguien que se fue, uno hubiera descubierto alguna certeza.
Pero no la tengo.
Ser tú no garantiza que alguien se quede. Puedes ser honesta, cariñosa, divertida, generosa, cuidar una relación, hacer las cosas razonablemente bien y, aun así, alguien puede marcharse. Puedes mostrarte sin estrategias y descubrir que al otro no le gustas. Puedes querer muchísimo a alguien que no va a quererte de la misma manera.
Y eso duele. La terapia no debería intentar borrar esa parte de la vida. Tampoco convertir cada decepción en una oportunidad maravillosa para crecer. Hay rechazos que simplemente duelen. Personas que nos importaban y se van. Historias en las que habríamos preferido otro final. Y días en los que entender todo esto sirve de bastante poco porque lo único que queríamos era que aquella persona se quedara.
Pero hay algo que sí podemos trabajar, que cuando alguien se vaya, tú no te vayas contigo.
Y que, cuando vuelvas a conocer a alguien, no tengas que presentarte a un examen.
Quizás esa sea una de las cosas más difíciles que hacemos cuando nos relacionamos: permitir que alguien nos conozca sin intentar controlar después lo que hará con aquello que ha conocido.
Y ninguna terapia podrá protegernos completamente de eso sin protegernos también de enamorarnos. O yo al menos, en mi ignorancia, aún no la conozco.
Antes de que supiera dónde estaba la Barquiña, antes de que aquel nombre significara algo, antes incluso de que pudiera imaginar que acabaría escribiendo sobre este lugar tantos años después.
Ella ya subía y bajaba. Lo hacía mucho antes de mis primeros viajes de 24 horas a Galicia con mis padres y mi hermano José, y siguió haciéndolo cuando llegó mi hermana y también mientras yo estaba lejos.
Nunca necesitó saber cuándo volvería. Hay algo profundamente gallego en esa manera de esperar sin parecer que se espera a nadie.
La marea no pregunta, llega, se retira y vuelve. Qué curioso, así muchas veces es como yo escribo, debe ser que mis palabras manda la parte gallega.
Durante muchos años mis viajes a la Barquiña tuvieron algo de eso. Ir y volver. Aparecer después de meses lejos y encontrar casi todo donde lo había dejado, aunque nunca estuviera exactamente igual.
El camino, las casas, el olor, la humedad pegada a las paredes. Ese verde excesivo que uno solo comprende cuando lleva tiempo lejos de terras galegas. Las conversaciones que empiezan como si hubieran terminado ayer. Los nombres de siempre, la familia, alguna silla que antes estaba ocupada, alguna voz menos. Algún niño que ya no era tan niño.
Y la marea. Siempre la marea.
Creo que durante mucho tiempo apenas le presté atención. Formaba parte del paisaje como tantas cosas importantes de la vida cuando todavía no sabemos que lo son.
Uno no mira demasiado aquello que cree que estará siempre.
Cuando era más joven, como mis hijos ahora, la marea era simplemente agua que subía y bajaba. Un dato del día, algo que modificaba la orilla, que dejaba más o menos espacio para caminar, que descubría piedras, cangrejos, algas y pequeños restos que unas horas antes estaban escondidos.
Ahora la miro de otra manera, será cosa de los años o de las ausencias.
He aprendido que la marea no repite su movimiento aunque lo parezca. Nunca regresa la misma agua, nunca encuentra exactamente la misma orilla, nunca deja detrás las mismas cosas. Nosotros tampoco.
He vuelto muchas veces a la Barquiña, pero nunca ha vuelto el mismo Jorge. Alguna vez llegó un niño, después un adolescente, más tarde alguien que tenía prisa por hacerse mayor y marcharse a vivir su vida.
Y en cada viaje probablemente pensé que era yo quien regresaba a la Barquiña, cuando ahora empiezo a sospechar que era la Barquiña la que me iba devolviendo pequeñas partes de mí.
La marea sabe mucho de devolver cosas. A veces devuelve aquello que alguien perdió, otras veces deja en la orilla algo que nadie sabía que estaba allí.
También se lleva, eso lo hace muy bien. Las costas gallegas conocen desde siempre esa conversación entre la tierra y el mar. Una conversación antigua, insistente, algunas veces hermosa y otras violenta. Aquí el océano no es solo paisaje. Entra en las vidas, condiciona horarios, trabajos, comidas, paseos, recuerdos. Decide dónde termina la tierra durante unas horas y después cambia de opinión.
Hay algo fascinante en eso, quizás nosotros también seamos así. Nos pasamos media vida intentando definir quiénes somos como si existiera una línea fija, cuando basta regresar a determinados lugares para descubrir que nuestras fronteras también se han movido.
Yo lo noto aquí. La Barquiña tiene esa capacidad incómoda y preciosa de recordarme quién fui sin dejarme olvidar quién soy. El paisaje permanece, pero los ojos han cambiado.
Hay casas que antes eran simplemente casas y ahora contienen historias. Caminos que antes servían para llegar a algún sitio y ahora sirven para regresar. Personas que entonces parecían eternas y hoy viven sobre todo en la manera en que alguien pronuncia su nombre.
Y hay ausencias. Claro que las hay. Sería absurdo escribir sobre volver sin hablar de quienes ya no están. Pero aquí incluso las ausencias tienen una presencia extraña, no caminan contigo, pero están en determinados caminos.
Como la tierra cuando baja la marea. No había desaparecido, solo que no podíamos verla.
La memoria también tiene mareas. Hay temporadas en las que determinados recuerdos quedan cubiertos durante años, y un día, sin avisar, el agua baja. Entonces aparece todo.
Una comida alrededor de una empanada. El banco de casa de mi madre. Un paseo hasta la Punta.Una tarde que no tuvo nada de especial hasta que alguien pregunta si soy “el de Solita”.
Y resulta difícil explicar por qué algo tan pequeño puede emocionarte tanto.
En consulta he aprendido que las cosas importantes rara vez anuncian que lo son mientras suceden. Nadie pone música de fondo en los momentos que algún día echaremos de menos. Nadie nos avisa de que prestemos atención. Como alguien dijo, la vida ocurre sin subtítulos.
Por eso la marea no cambia nada. Sencillamente vuelve para estar otra vez, regresa pero nunca devuelve exactamente lo que se llevó.
Volver no es recuperar, no regreso a la Barquiña para recuperar nada. No quiero volver a ser el niño, ni el adolescente, ni el joven que alguna vez recorrió estos mismos caminos. Tampoco quiero reconstruir un tiempo que terminó.
Vuelvo porque aquí puedo encontrarme con ellos sin necesidad de convertirme otra vez en ninguno. Uno puede querer profundamente lo que fue y, al mismo tiempo, no querer volver atrás.
Me parece bonito recordar una vida anterior sin despreciar la que tengo ahora. La marea lleva millones de años explicándolo de una manera mucho más sencilla. Para volver hay que haberse ido y para irse no siempre hace falta desaparecer.
Cada vez que abandono la Barquiña sé que ella seguirá aquí. Seguirán las mareas y nosotros con ellas, porque algo tenemos algo de marea.
Nos alejamos de los lugares a los que pertenecemos creyendo que marcharnos significa dejarlos atrás. Hasta que un día regresamos y descubrimos que no.
Que algunas geografías terminan convirtiéndose en biografía, que existen lugares que ya no sabemos separar de determinadas personas.
Uno puede vivir a cientos de kilómetros y continuar perteneciendo de alguna manera a una casa, a un camino, a una costa. A una aldea.
Yo he pasado gran parte de mi vida entrando y saliendo de la Barquiña. Y ahora, mientras paseo, miro cómo cambia lentamente el paisaje con la marea, pienso que quizá nunca hice otra cosa que imitarla.
Acercarme, alejarme, regresar. Siempre distinto. Y ella, mi querida aldea, seguirá haciéndolo cuando yo ya no vuelva.
Y, extrañamente, ese pensamiento no me entristece, me tranquiliza.
Me gusta imaginar que algún día mis hijos regresarán por aquí y reconocerán algo que yo les enseñé. Que contarán alguna historia deformada por los años, que señalarán un lugar y dirán: “Aquí venía mi padre y mi abuela”.
Quizá ni siquiera recuerden exactamente lo que les conté. No importa, los recuerdos nunca llegan intactos a la siguiente generación. Llegan como llegan las cosas a la orilla, a veces irreconocibles, pero llegan.
La marea seguirá subiendo y bajando frente a ellos con la misma indiferencia con la que lo hizo frente a quienes estuvieron antes que yo.
Y durante unas horas cubrirá nuestras huellas. Después volverá a bajar. Irse, volver, irse y volver…
Como nosotros, como yo.
Jorge Juan García Insua
*La Barquiña es una aldea situada en la parroquia de Barro en el municipio de Noia (La Coruña), y es mi tierra materna.
En este libro, García Insua construye un relato amoroso que utiliza un eclipse como excusa narrativa para hablar, en realidad, de la dificultad de seguir mirando a quien tenemos al lado.
Antes de que vuelva la luz parte de una idea sencilla y visualmente poderosa. Mientras el mundo se prepara para contemplar un fenómeno extraordinario, el narrador propone exactamente lo contrario: bajar la mirada. El verdadero acontecimiento no estará en el cielo, sino a centímetros de distancia. Esa inversión aparece desde las primeras páginas y constituye uno de los puntos fuertes del relato.
Pero reducirlo a un relato romántico sobre un eclipse sería quedarse en su superficie, porque el relato cambia mientras avanza.
Las primeras páginas pueden hacer pensar que estamos ante una declaración amorosa de “corte lírico”, hay imágenes deliberadamente románticas y algunas muy efectivas, especialmente la idea de que mientras todos levantan la mirada hacia el cielo, los protagonistas la bajan para encontrarse.
Sin embargo, el libro mejora cuando deja de hablar del enamoramiento y empieza a hablar del tiempo. Ahí aparece su verdadera profundidad.
A mitad del relato se produce un desplazamiento interesante, porque ya no importa tanto besar a alguien durante un eclipse como continuar eligiéndolo un dia cualquiera, y esos fragmentos contienen probablemente el corazón de toda la obra: lo extraordinario no es amar durante un acontecimiento extraordinario; lo difícil es seguir encontrando extraordinaria a una persona cuando alrededor no sucede absolutamente nada fuera de lo normal.
Y desde ahí el eclipse deja de ser escenario para convertirse en metáfora. La oscuridad representa las crisis, la rutina, el desgaste, los momentos en los que una relación deja temporalmente de reconocerse. El texto acierta especialmente al plantear que algo puede oscurecerse sin haber desaparecido: no ver el Sol no significa que el Sol ya no esté.
Es una metáfora sencilla, quizá incluso evidente, pero funciona porque está emocionalmente preparada desde el comienzo. El verdadero antagonista es la costumbre. No hay conflicto convencional, personajes enfrentados ni giro argumental. El antagonista de Antes de que vuelva la luz es mucho más cotidiano: acostumbrarse.
Y aquí aparece, a mi juicio, la mejor parte del relato. El narrador termina reconociendo que tiene miedo. No de perder necesariamente a la persona amada, sino conservarla y “dejar de verla”. La frase que concentra esa idea -«Hay una forma muy triste de perder a alguien que consiste en seguir teniéndolo al lado y dejar de mirarlo»- cambia retrospectivamente el sentido de todo lo anterior.
Entonces entendemos que no es únicamente romanticismo. Es un intento “casi” desesperado de prestar atención antes de que la vida convierta lo extraordinario en paisaje.
Y ahí el relato adquiere una dimensión mas elaborada que la de una simple historia romántica.
Aparece de nuevo una de las obsesiones literarias del autor: las últimas veces. Uno de los fragmentos más logrados aparece cuando el narrador recuerda que muchas cosas importantes suceden por última vez sin anunciarse. Ese pasaje rompe acertadamente el universo exclusivamente amoroso. Durante unos instantes el relato habla de algo más amplio: la conciencia de finitud.
Y eso explica la obsesión del protagonista por memorizar detalles aparentemente insignificantes. El libro parece preguntarse: ¿cómo sabemos qué instante merece ser recordado si nadie nos avisa de que estamos viviéndolo por última vez?
La respuesta del narrador es excesiva pero coherente: mirarlo todo. Especialmente lo pequeño.
Estilísticamente, el libro funciona mejor cuando contiene la emoción. La prosa es deliberadamente lírica, íntima y confesional. Utiliza paralelismos, repeticiones, enumeraciones y metáforas visuales. La reiteración de «Quiero…» proporciona inicialmente ritmo y refuerza la sensación de carta o declaración dirigida a una persona concreta.
Sin embargo, aquí está también una de las debilidades del texto. En algunos pasajes quiere ser hermoso con demasiada frecuencia.
Hay una acumulación de imágenes románticas que en determinados momentos amenaza con saturar. Algunas metáforas podrían desaparecer sin que el relato perdiera emoción; probablemente ocurriría lo contrario. Las mejores frases del libro son precisamente aquellas en las que el lenguaje se desnuda.
Por ejemplo:
“Nadie avisa.”
Tres palabras después de hablar de las últimas veces. Funcionan porque el texto deja de intentar emocionar y simplemente dice.
Ese contraste demuestra algo importante: García Insua tiene más fuerza literaria cuando confía en la experiencia que cuando subraya su belleza.
Debería haber hecho una corrección ortotipográfica antes de una edición definitiva. Aunque fuera a pesar de su intento de frescura, hay algunas construcciones que necesitan revisión y pequeños errores de edición o concordancia. No afectan al sentido, pero sí pueden restar pulcritud a una obra tan breve, donde cualquier imperfección resulta más visible.
A pesar de ello, el final es uno de sus mayores aciertos. El relato podría haber terminado fácilmente en «Siempre». De hecho, prepara al lector para hacerlo. Pero tiene la inteligencia de desconfiar de esa palabra. El narrador la pronuncia y después se corrige: «Siempre es una palabra demasiado grande, demasiado perfecta y nosotros nunca hemos necesitado serlo».
Ese gesto salva al final de caer en un romanticismo convencional. El «siempre» deja de ser una promesa grandilocuente para convertirse en una suma de decisiones minúsculas: martes, domingos, malos días, reconciliaciones, cafés fríos, noches de insomnio. Hasta que muchos años después dos manos envejecidas continúen formulándose la misma pregunta.
Y eso conecta perfectamente con la idea central del libro: el amor duradero no consiste en prometer una eternidad, sino en acumular suficientes días en los que uno vuelve a elegir quedarse.
Como relato, Antes de que vuelva la luz no destaca por lo que ocurre, sino por lo que piensa acerca de lo que ocurre. Su argumento cabe prácticamente en una frase: alguien propone a la persona que ama vivir juntos un eclipse. Pero alrededor de esa situación construye una reflexión sobre el amor cotidiano, la atención, la costumbre, el miedo al paso del tiempo y la necesidad de seguir eligiendo.
Su mayor virtud es que empieza hablando de un eclipse y termina hablando del envejecimiento.
Empieza queriendo besar a alguien cuando desaparezca el Sol y termina imaginando dos manos envejecidas que todavía se preguntan si pueden quedarse.
Ese recorrido es el sentido del relato.
Su principal riesgo es precisamente su intensidad: hay momentos en los que la acumulación de lirismo puede hacer que un lector menos predispuesto al género sentimental perciba cierto exceso. Una edición ligeramente más contenida, eliminando algunas metáforas redundantes y dejando respirar las imágenes más poderosas, podría hacerlo todavía mejor.
Pero el autor acierta en no convertirlo en algo más largo ni añadir acontecimientos. Su naturaleza de relato breve es coherente con lo que cuenta: habla de prestar atención a un instante y, formalmente, él mismo quiere ser uno de esos instantes.
Y hay algo que me parece especialmente interesante respecto a De García a Insua, su obra principal: aquí hay menos psicólogo y más escritor.
La mirada psicológica continúa debajo -apego, rutina, elección, miedo a la pérdida, conciencia temporal-, pero ya no necesita explicarse. Está incorporada a la historia. Eso, literariamente, me parece una evolución importante del escritor, del psicólogo y de la persona.
Jorge Juan García Insua
“Antes de que vuelva la luz” (García Insua, 2026) puede adquirirse a través de Amazon
El primero lo escribí yo, el segundo… lo escribisteis vosotros mientras imaginabais leer el primero.
MAKING OFF
Making Off no cuenta cómo nació un libro, nos cuenta qué ocurre mientras alguien lo lee. Es un homenaje a todos esos libros que no terminan en la última página.A los que permanecen y acompañan.A los que, sin pedir permiso, acaban formando parte de la memoria de quien los leyó. Porque quizá el libro más importante nunca sea el que escribe el autor. Sino el que, silenciosamente, termina escribiendo cada lector dentro de sí.Esta no es la historia de un escritor, es la historia de un lector.
Makong Off nace después de …de García a Insua…, pero quizá haga que algún día vuelvas a leerlo con ojos diferentes.
Making Off lo tenéis disponible en Amazon desde hoy mismo, y de cada libro vendido durante el 2026, 2€ se destinarán a @fundacionendeu y a impulsar proyectos para personas con discapacidad intelectual.
Y recordar que “… de García a Insua…” podréis comprarlo en edición física desde el 1 de AGOSTO en mi consulta, y desde el 1/09 a través de Amazon en todas sus versiones.
Muchos me preguntáis si hay que leer …de García a Insua… antes que Making Off.
Mi respuesta es sí… y no.
Si empiezas por …de García a Insua…, recorrerás primero mi historia. Después, Making Off te mostrará algo que yo no vi hasta que el libro estuvo publicado: el viaje que hace el lector mientras lo lee.
Pero si empiezas por Making Off, entrarás primero en la mirada del lector. Y cuando después abras …de García a Insua…, probablemente ya no lo leas igual.
Ningún orden es incorrecto.
Solo cambia desde dónde empiezas el viaje, un viaje que créeme vale la pena.
Making Off ya está a la en Amazon y lo podréis comprar también en mi consulta desde el próximo lunes 27 de julio.
Y …De García a Insua… podréis comprarlo desde el 1/08 en mi consulta y desde el 1/09 también a través de Amazon. Ya se puede reservar el Ebook para recibirlo el día 1/09, si lo hacéis tendréis acceso a algunas páginas.
Estoy deseando conocer vuestra opinión de ambos y qué os han hecho sentir.
Quiero compartir palabras, frases y pequeños fragmentos de un capítulo de
“…de García a Insua…”. No os avanzo cuál, lo descubriréis al leer el libro.
Hay personas que forman parte de tu vida sin saber todo lo que significaron para ti.
Durante años guardé una frase que nunca me atreví a decir. Ese silencio acabó convirtiéndose en uno de los momentos más íntimos del libro.
Un libro que no busca dar respuestas, sino abrir preguntas. Si alguna de ellas te acompaña unos minutos, habrá cumplido su propósito.
Cada capítulo es una ventana abierta a las experiencias vitales que me han moldeado, abordando temas universales como el miedo, la vulnerabilidad, el amor, la pérdida, la superación, la búsqueda de la identidad y la importancia de las conexiones humanas.
“De García a Insua” es un viaje honesto, cargado de sensibilidad y emoción, a través de las experiencias que nos forjan como personas y nos unen a quienes nos acompañan en ese camino vital.
Queda muy poquito para que lo podáis tener entre las manos.
Hoy por fin comparto unos trocitos de esos prólogos que hace unos días os anunciaba y comentaba.
Trocitos que por sí solos definen lo que podéis encontrar en el libro.
El primer trocito, el de Jordi Vilá, inicia el libro y desde que lo leí pensé que era una forma preciosa de empezar su lectura.
Me han preguntado si el libro es mi vida. No, no es realmente un libro sobre mi vida, pero sí es un libro sobre la vida.
En “…de García a Insua…” abro mi mundo interior para hablar de enfermedad, amor, familia, pérdidas, esperanza y transformación.
Un relato emocional y profundamente humano que ojalá conecte con quienes han tenido que reconstruirse alguna vez, con quienes acompañan a otros y con quienes siguen buscando respuestas en medio del camino.
Porque antes de acompañar, todos hemos necesitado ser acompañados.
Hoy quiero daros algún detalle más de mi primer libro, “de García a Insua”.
Este libro tiene cuatro prólogos: Jordi Vilá, Tomás López, Sole Garcia y uno mío.
Jordi y Tomás son enormes y reconocidos profesionales, los considero mis maestros y en quienes intento fijarme mucho, además de amigos. Sole García es mi hermana y alguien a quien admiro tanto como quiero.
Los tres tenía muy claro desde un principio que quería que si el proyecto avanzaba estuvieran y que lo hicieran particiando, no sólo en algún capítulo, donde por supuesto e inevitablemente aparecen y son parte de esta historia, sino también escribiendo un prólogo.
Petición que les hice dándoles total libertad para escribir, sin condiciones y con el saber que aquello que escribieran aparecería tal cual, y compartí con ellos el primer borrador del libro.
Así que entiendo que la pregunta es por qué 4 prólogos?
La respuesta es sencilla. Bueno… son dos respuestas, Mejor tres… cuatro… una de ir prólogo.
Porque una vida no puede explicarse desde una sola mirada. Cuando leáis el inicio de …de García a Insua…, veréis que los cuatro prólogos no cumplen la misma función: Jordi Vilá habla del Jorge esencial, Tomás López de Jorge desde la experiencia del lector, Sole García desde el vínculo familiar y, finalmente, yo lo hago dando la bienvenida y la introducción a lo que vais a poder encontrar en el libro.
No son cuatro presentaciones; son cuatro miradas sobre una misma historia y una misma persona.
Antes de empezar el viaje quería que hablaran quienes me conocen desde lugares muy distintos: el amigo, el maestro, la familia… y, solo después, tomar yo la palabra.
He querido que esa visión particular y compartida de cada uno de ellos y ella, fuera la carta de presentación.
No quise un prólogo al uso, pienso que nadie puede contar quién eres mejor que las personas que han recorrido contigo distintos tramos del camino. Y es un lujo, un regalo y un sueño hecho realidad que Jordi, Tomás y mi hermana hayan querido “prologar para mi” y ser parte activa de este libro.
Este libro habla de que somos en relación con los demás. Me parecía coherente que empezara exactamente así, y muy incoherente que el libro empezara solo con mi voz, sin escuchar antes a quienes me acompañaron y ayudaron a ser quien soy.
Los 4 prólogos son una parte esencial del mensaje del libro, no en una rareza editorial.
De hecho, después de leer los prólogos y el libro, estoy seguro que veréis, como yo, que las 4 miradas son la justificación más fiel a la idea que atraviesa toda la obra: “antes de acompañar, he sido acompañado”Cada vez falta menos.
Durante años escribí en silencio. Nunca pensé que aquellas palabras acabarían convirtiéndose en un libro. Porque siempre pensé que esto les pasaba a otros.
A los escritores. No a mí.
Pero la vida tiene formas extrañas de llevarnos donde debemos estar.
Y me lleva a poder comunicaros algo que hace unos años jamás habría imaginado. La portada y el título de mi primer libro:
“… de García a Insua…”
Y ya está preparado para salir al mundo.
Es el momento de dar las gracias a todos los que lleváis años acompañándome. Porque este libro habla precisamente de eso, de quienes nos acompañan mientras nos convertimos en quienes somos.
Habla de personas y habla para personas, desde dentro, como no lo he hecho nunca antes. Habla de vínculos. De lazos. De pérdidas. De duelos. De emociones y sentimientos. De miedos. De esperanza y de todo aquello que nos transforma.
Este libro tiene algo especial que nadie sabe. Una vez editado y preparado añadí textos y capítulos, que solo yo conozco, palabras que hablan de personas muy significativas en mi vida y a quienes quería dar una sorpresa, tal vez emocionarlos como espero emocionen a todo aquel que lo lea.
Confieso que cuando terminé de escribir la última página lloré.
El libro tiene 3 partes y lo último que escribí fue el capítulo final de la primera parte, un capítulo muy especial y de mucha vulnerabilidad para mi. Al acabarlo y releerlo lloré, como un niño.
No porque el libro acabara. Sino porque tomé conciencia de todas las personas que había detrás que este libro en muchos sentidos y con quienes estoy en deuda.
Este libro es para ellas. Sin ellas no habría sido capaz de abrirme como lo hago y de poner palabras a lo que nunca me he visto capaz.
Y hoy, por fin, puedo enseñároslo.
“… de García a Insua…”
Se podrá comprar el 1 de septiembre y poco a poco os iré dando más detalles sobre el libro, la preventa, un aspecto social que para mí es muy importante, y sobre algo especial y emotivo para presentarlo que estamos preparando.
Este camino solo ha hecho que empezar, acompañarme. Creedme si os digo que vale la pena.
Porque algunas cosas solo se entienden cuando las escribes, hoy puedo decir que ese viaje está llegando a un lugar muy especial. Y todas esas cosas juntas, cuentan algo que nunca imaginé que llegaría tan lejos. El próximo lunes os enseñaré por qué. El lunes os compartiré algo muy importante. Y os prometo que merecerá la pena.
¿Cuándo dejasteis de ser aquellos dos niños que cabían en mis brazos para convertiros en estas dos personas con las que puedo conversar, reír, discutir, aprender y compartir silencios?
Porque trece años parecen mucho cuando los miras hacia delante, pero son apenas un suspiro cuando los recorres hacia atrás.
Recuerdo perfectamente el día en que llegasteis. Recuerdo el vértigo. La responsabilidad. El miedo a no estar a la altura. Recuerdo a fuego aquella primera vez, cuando solo teníais unos minutos de vida, que os tuve en brazos y debía daros calor.
Y durante mucho tiempo así fue. Os intentaba enseñar a caminar mientras aprendíais a mantener el equilibrio. Intentaba estar y confiar cuando os caíais. He intentado responder a vuestras preguntas, incluso cuando yo tampoco tenía las respuestas, y también he sido (y soy) ese tipo de padre que intenta protegeros de los golpes que la vida siempre acaba repartiendo.
Intenté ser el padre que necesitabais, pero hay algo que nadie te cuenta sobre la paternidad… los hijos crecen. Tan despacio que apenas lo percibes cada día, tan deprisa que un día te despiertas y descubres que ya no son ellos quienes buscan constantemente tu mano. Que ahora son ellos quienes, de vez en cuando, te la ofrecen.
Y entonces entiendes que algo ha cambiado. No porque hayan dejado de necesitarte, sino porque incluso han empezado a cuidarte. De una forma distinta, con una mirada que pregunta cómo estás, con un abrazo que llega justo cuando lo necesitas. Con una conversación inesperada o con esa extraña conexión que os permite detectar mi preocupación incluso cuando intento esconderla detrás de una sonrisa, y me abrazáis «para que pese menos».
No sé exactamente cuándo ocurrió. Pero ocurrió. Y hoy, al cumplir trece años, y desde hace al menos dos siento que estoy entrando en una etapa nueva de nuestra historia. La etapa en la que sigo siendo vuestro padre, pero también empiezo a apoyarme en vosotros. La etapa en la que continúo intentando enseñaros cosas, mientras descubro que sois vosotros quienes continuamente me enseñáis algunas de las lecciones más importantes.
Sabéis lo más importante que me habéis enseñado? A vivir más despacio, a sorprenderme por cosas sencillas. a mirar el mundo con curiosidad, a no dar por sentado lo verdaderamente importante, a querer sin condiciones.
Hace unas semanas Pol, llegaste por la tarde y me dijiste si tenía sesiones, porque tenías que hacerme una entrevista para un trabajo el colegio. Cuando nos pusimos te pregunté que por qué me había elegido y me contestaste que porque os habían dicho que debíais entrevistar a alguien que admirarais mucho, y que la persona a la que más admirabas era a mi. Me quedé sin palabras el tiempo justo que Jan puntualizara que os habían dicho que no podía ser alguien de familia, y acordamos entre risas que sobre eso podíamos hacer «como si no lo hubiéramos entendido”. Guardo aquel momento, las risas y las ironías de Jan como oro en mi memoria.
Os miro y siento orgullo, sí, ya… como todos los padres (pero yo más). No por lo que hacéis ni por lo que conseguís. Ni siquiera por lo que llegaréis a ser, sino por quienes sois ahora. El tiempo, ese con el que tanto me he peleado y con quien tal mal me he llevado en otros momentos, me está enseñando que se está llevando vuestra infancia, al tiempo que me está regalando el privilegio de conocer a las personas en las que os estáis convirtiendo. Y creerme que hubo un tiempo que pensé que la vida no me daría este regalo. Ese que me recordáis cada noche cuando no os queréis ir a dormir sin el achuchón de buenas noches correspondiente.
Trece años.
Trece años de risas, de aprendizajes, de errores, de abrazos, aventuras y amor. Mucho amor. Doce años en los que pensaba que era yo quien os estaba enseñando a vivir. Y voy descubriendo que buena parte de lo que soy hoy lo he aprendido gracias a vosotros.
No sé qué nos traerán los próximos años. La adolescencia ya asoma y vendrán cambios, dudas, retos y nuevas etapas. Sé, y estoy seguro, que si dentro de otros trece años sois capaces de conservar el corazón que tenéis hoy, el mundo será un lugar mejor allí donde estéis.
Gracias por recordarme cada día lo que de verdad importa. Y feliz cumpleaños, Pol y Jan… feliz cumpleaños.
Otras veces escribí que estaba orgulloso de ser vuestro padre, como muchas otras veces me equivoqué, mi mayor orgullo es que vosotros seáis mis hijos.
Os quiero con locura. Y esto dicho por un padre y un psicólogo, es palabra de honor.
Te miro cuando el mundo se vuelve ruido y, sin decir nada, consigues que todo dentro de mí encuentre calma. Hay algo en tu manera de existir que me abraza incluso cuando estás lejos, y no necesito saber por qué.
Cómo decirle a otros que la calma que ellos creen encontrar en mí la encuentro yo en ti, sin esfuerzo y natural, y no necesito saber cómo lo haces ni necesito saber por qué.
A veces pienso que llegaste a mi vida como llegan las cosas buenas: sin aviso, sin promesas, pero quedándote en cada rincón importante de mi corazón, y no necesito saber por qué.
Me gusta cómo tus ojos hablan incluso cuando callas, cómo tus manos parecen conocer mis miedos antes que mis palabras, y no necesito saber por qué.
Contigo aprendí que el amor no siempre hace ruido, a veces simplemente se sienta a tu lado, te toma el alma despacio y se queda ahí, y no necesito saber por qué.
Si algún día me preguntan qué fue lo que vi en ti, creo que jamás podría explicarlo del todo, porque hay sentimientos que no nacieron para entenderse sino para sentirse… y no necesito saber por qué.
Llegaste y todo se hizo distinto. Algo así como si los días más cotidianos escondieran algo bonito solo porque tú existes dentro de ellos. A veces me descubro sonriendo sin razón aparente, recordando una palabra tuya, una mirada, algo pequeño que ya se volvió parte de mí… y no necesito saber por qué.
Me gusta observarte cuando no te das cuenta. Cuando hablas con emoción de algo que amas, cuando te ríes de verdad, cuando te quedas en silencio pensando demasiado. Hay una magia tranquila en cada detalle tuyo, algo que me hace sentir en casa incluso en medio del caos… y no necesito saber por qué.
Antes de ti creía que el amor tenía que ser perfecto para ser real, y escribía sobre eso, pero contigo entendí que el verdadero amor vive en lo cotidiano: en preguntar si ya comiste, en esperar un mensaje, en abrazarte un poco más fuerte cuando el día fue difícil. Contigo aprendí que amar también es cuidar, quedarse y elegir todos los días… y no necesito saber por qué.
Hay noches en las que pienso en todo lo que hemos vivido y me parece increíble que dos caminos tan distintos hayan terminado encontrándose. Entre millones de personas, la vida decidió cruzarme contigo y convertirte en mi lugar favorito del mundo… y no necesito saber por qué.
Tu voz tiene la extraña capacidad de silenciar mis pensamientos más oscuros. Tus palabras llegan donde nadie más sabe llegar. Incluso cuando estoy roto, cansado o perdido, basta un poco de ti para sentir que todo puede mejorar… y no necesito saber por qué.
A veces tengo miedo del tiempo, de lo rápido que pasan los días, de lo mucho que cambia la vida. Pero hay personas que se sienten eternas incluso en lo frágil, y tú eres una de ellas… y no necesito saber por qué.
No sé si alguna vez lograré explicarte todo lo que provocas en mí. Cómo haces que salga lo mejor de mí, sin pedírmelo y de mil maneras que ni siquiera entiendo… y no necesito saber por qué.
Quizás el amor verdadero se parece a esto: a encontrar a alguien que, sin hacer promesas imposibles, logra quedarse en cada pensamiento, en cada sueño y en cada parte del corazón. Alguien que sin darse cuenta se convierte en refugio, destino y calma al mismo tiempo… y no necesito saber por qué.
Cuando leas esto tal vez encuentres respuestas a la pregunta que en ocasiones me haces, esa de qué fue exactamente lo que me enamoró de ti. Es verdad cuando te digo que no podría darte una sola respuesta. Sí empecé te he dicho que fue tu forma de mirar, de sentir, de existir… fue todo y no necesito saber por qué.
Porque hay amores que no nacieron para entenderse con lógica, sino para sentirse con el alma, y no necesito saber por qué.