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La sonrisa caótica de las mariposas

«Existe un breve momento en la vida en el que te sientes más perdido que nunca. Ese momento es el principio de un encuentro«. Daniela Riviera Zacarías.

Me he quedado mirando un cuadro. Mariposas… manos… y me pidió que pintáramos algo juntos, sentí vergüenza y admiración a partes iguales. Lo primero por mi creencia de no dar el nivel, lo segundo por lo reconfortante que alguien que admiras te pida compartir algo tan personal.

Admiro a las personas que saben pintar y esto sólo se puede entender si te has puesto delante de una hoja en blanco, con tus lápices o pinturas y dejas que tus manos conecten con tu mundo interior, ahí donde se libran las batallas, donde tienes más que perder que ganar y dónde cada línea, cada color… es un rastro de lo que hay dentro de ti.

Tener la hoja de mi viejo bloc en blanco delante me lleva a una sesión donde ella cogió uno de los folios que tenía sobre la mesa, un lápiz y mientras aquellos ojos grandes tenían la mirada ausente empezó a dibujar líneas. A primera vista no tenían sentido. Algunas era feroces e impulsivas, otras suaves, lentas, sinuosas… dejó el centro de la hoja limpia, en blanco…

Su rostro se serenó. Me acerqué ligeramente y fue suficiente para que cambiara el dibujo por las primeras palabras….

Así estoy por dentro… Hay días que todo es caos, mi vida, mis relaciones, mi trabajo… y no sé qué hacer para poner orden -mientras su mirada volvía a perderse en las líneas que acababa de dibujar.

Me acerqué un poco más, en silencio y mi mirada le decía que estaba allí para ella. Pasaron los minutos y mirando su rostro percibía como por él pasaban todas las sensaciones posibles. Finalmente respiró hondo…

¿Sabes por qué no he puesto nada en el centro?

– No -dije.

Iba a poner su nombre -dijo con tono de sorpresa y la voz baja mientras sus ojos se humedecían. Como si la culpa fuera suya, pero en realidad es el mío el que debería poner. Es mi caos! Llevo demasiado escondiéndome en mi caos.

A partir de ese momento cada palabra suya iba acompañada de una nueva línea que poco a poco iba uniendo aquellos trazos exaltados. Y lo que antes parecían muestras de frustración empezó a dejar al descubierto el miedo a perder a la persona que quería, el miedo a que cicatrices del pasado se abrieran, la soledad emocional que se escondía en unos día a día frenéticos y agotadores, sentimientos tan profundos que ni ella había podido ni querido acceder. Aquel desastre inicial tomó forma de un dibujo barroco y de ensueño, lleno de formas increíblemente enlazadas a base de tonalidades y en el centro dibujó un corazón.

Al finalizar la sesión se quedó mirando su dibujo y a mí. Ahora su mirada era limpia y transparente.

– Déjame que te pregunte… coges el dibujo y percibo en tus manos que dudas. Qué deseas hacer con él? -pregunté

Pensaba que te lo quedarías…

– No… Es tu sesión y es tu dibujo. No me corresponde a mí decidir sobre ella ni sobre él -contesté.

Cogió el folio, lo dobló y lo rompió en decenas de trocitos que dejó sobre mi mesa…

Siempre has dicho que si quiero cambiar algo he de hacer algo diferente a lo que he hecho, no? Pues punto y aparte. Empecemos con un folio nuevo, en blanco…

Son muchas las emociones que de intensas nos nublan y nos desesperan. Unos escribimos para salir de esa espiral y encontrar el camino, otras personas necesitan encontrar su forma de conectar con la serenidad de un lienzo en blanco y lanzar una recta a la línea de flotación de su inconsciente. En esos momentos nos falta la serenidad para ver más allá y el dibujo desahoga y tiene un increíble poder restaurador. Dibujando aprendí que la espiral nos lleva más hacia atrás que hacia delante y que no hay crecimiento ni evolución sin retroceso.

A menudo nos presionamos pensando que debemos encontrarnos a nosotros mismos y nos negamos el permiso a perdernos. Nadie se encuentra sin haberse perdido muchas veces, dibujado muchas espirales y pasado por muchas curvas… pero reconocerlo es un acto de respecto hacia nosotros mismos y fortaleza interior que nos hace vulnerables. Y la vulnerabilidad es un abrigo pesado de bolsillos llenos de incertidumbre difícil de llevar.

El camino a menudo no es recto pero no olvides que las sonrisas más bellas están dibujadas sobre curvas…

Jorge Juan García Insua

Eres todos mis intentos de ser

Quizás… Tal vez… Será…

Será que somos cuando somos a solas

Será que me engañaba y sólo quería matar el tiempo que te echaba de menos…

Será que soy responsable de sentir demasiado…

Será que me resisto a que sea el tiempo quien me diga se acabó…

Será que me siento seguro ahora que sabes que mi sangre tiene muchos colores menos el azul…

Será que pensarte es ponerle un lazo a mi mundo y regalártelo a ti …

Será que mirarte es hambre y ganas que me llenes de besos, besarte es saber dónde empiezan todos mis principios y no querer cerrar los ojos en vida para no ver el final…

Y si no es?

Si no es lo daría para hacerlo real. Daría lo que cuesta creer, porque creerlo da miedo, perderte da miedo. Sentirte y vaciarme da miedo.

Tal vez sea que sí existen personas que son estrellas fugaces, que ves unos segundos y cierras los ojos para no averiguar si al abrirlos seguirán.

Tal vez sueñe que me atrapa el pasado, en ese donde estabas entre mis brazos. Demasiado… será que te amo demasiado y de tanto demasiado lo hago mal.

Y si es demasiado… enséñame. Si lo sientes pon tus manos en mi pecho, abrázalo y muéstrame el camino. Recórrelo, siéntelo latir cuando lo haces y guíalo. Lleva mis pulsaciones allá donde desees, te seguirán. Sin preguntas y con la vida a flor de piel.

No dejes que madure del todo, ayúdame. Ayúdame a cuidar al niño que aún queda en mi, ese que se ha enamorado como un adolescente, acompáñalo en sus sueños y hazlo parte de los tuyos.

No dejes que me gane la cordura y alimenta mi locura, llévala donde nadie la ha sabido llevar antes. Dale la mano, deja que te recorra y devore cada vez que la madrugada nos desvele… y que no deje de hacerlo.

No quiero dejar de hacerlo… contigo.

Contigo… porque me tiembla la voz menos contigo. Un segundo contigo y renuncio a todo el aire que esta última vida me debe.

Será… Quizás… Tal vez…

Eres todos mis intentos de ser. El primero, el último y el que vendrá después.

Soy todos los momentos que necesites… todo los demás… todo… puede esperar.

Qué bonitas las personas que aparecen y se quedan, que te piensan… qué bonita tú. Qué bonito demostrarte cómo eres de importante, que seas…que te quedes. Contigo.

Tenías que llegar tú para convertir en ángeles mis demonios. Te confieso. Te pienso. Te siento. Te soy. Tuyo. Hoy. Siempre.

Amén.

Jorge Juan García Insua

Y si nunca nos dejamos de querer?

En una de las sesiones además esta tarde la persona que estaba en consulta ha finalizado la sesión dejando escrita una frase en un trozo de papel doblado. Esa frase era “y si nunca nos dejamos de querer” y ha sido su respuesta cuando le he preguntado qué se llevaba de la sesión de hoy.

Al recoger la consulta y prepararla para la siguiente sesión no me he dado cuenta que no recogía el papel doblado y ha quedado justo encima de la butaca, como si esa nota esperara a la siguiente persona.

Así ha sido. Cuando lo he acompañado y ha ido a sentarse ha visto la nota doblada, la ha recogido con cuidado y sin abrirla se ha acomodado.

Me he sentado enfrente suyo y me ha preguntado si aquella nota doblada era para él. En ese momento el descuido me ha resonado mucho pero sin pensar le he contestado que sí.

– Sí. Es para ti. Puedes abrirla y leer lo que dice, guardarla y decidir en otro momento si te apetece saber qué dice o sencillamente hacer como si no hubiera existido y traer a sesión lo que tú quieras.

– No no… quiero leerla.

Tras hacerlo se le han humedecido los ojos. Acariciaba el papel como si haciéndolo pudiera borrar las palabras… 

He permanecido a su lado, respetando ese espacio de reflexión y emoción hasta que ha decidido empezar a hablar y el resto de la sesión ha fluido.

De una forma muy natural y mientras hacíamos el cierre le he preguntado…

– Qué te llevas de la sesión y que quieras compartir con la siguiente persona que se siente aquí?

Le he entregado una cuartilla de folio, ha escrito su mensaje y lo hemos dejado doblado sobre la butaca… esperando la primera sesión de mañana.

Al despedirnos me ha confesado que me agradecía que le reconociera mi “descuido” y que hubiera actuado con esa naturalidad. Le he comentado que había estado preparando la sala y que he tenido varios minutos delante esa nota doblada y por alguna razón no la he querido ver, de hecho, he sido consciente que estaba ahí cuando entrábamos en la sala y partir de ese instante de conciencia por alguna razón me he dejado llevar.

Ahora que acabo de despedirlo y que me siento mentalmente agotado me alegro de ese descuido y de la improvisada cadena de mensajes. No puedo dejar en pensar en la conexión que se ha producido entre estas personas. No se han cruzado, no se han visto, desconocen todo uno del otro… como nexo la casualidad, el azar y mi torpeza.

Un descuido por mi parte ha ejercido de mago y como todo pasa por algún motivo el mensaje ha resonado y removido en quien sin esperarlo ni pretenderlo lo ha recibido. Y yo como testigo.

El mensaje tiene mucho de “culpa” pero nada de esto hubiera sucedido si no hubieran llegado aquí dispuestos y convencidos que la sesión dependía tan de ellos como de su predisposición a que pasen cosas.

Una frase ha sido suficiente para conectar con aquello que necesitaba compartir y lo ha llevado por caminos que no se esperaban hasta llegar a disyuntivas y reflexiones que hasta ese momento no se había permitido plantear.

Con los años dejamos de lado nuestra espontaneidad, perdemos autenticidad, queremos controlar las emociones y creemos (por desgracia) que reteniéndolas nos hacemos dueños de ellas. Intentamos auto convencernos que en el control está la seguridad y sólo plantearnos movernos de ahí nos hace temblar. Y nos queremos menos…

Un cierre y una nota doblada esperando la siguiente sesión… qué curioso como todos los principios empiezan por un final. Así de caprichoso es el camino.

Jorge Juan García INSUA

El idiota que escribía a escondidas

Me preguntas cómo puedo estar tan seguro…

No lo estoy ni lo espero ni lo busco ni aspiro a ello. ¿De qué me serviría?

¿De qué te serviría a ti?

Puedes sentir en este momento e incluso comparar con lo que crees recordar haber sentido antes y ni aún así tendrás certeza. Es lo que tienen las emociones, vienen y se marchan dejando un huella, una que no puedes ver y que no puedes dejar de sentir.

¿Qué vas a hacer con ella? ¿Sabrías abrazarla?

Así te abrazo yo.

Puedes negarlo y decirte que no estás sintiendo que es que sí. Esforzarte y dejarte la piel en buscar certezas, la misma que tienes llenas de caricias que te dicen que debes apostar por mi, o mejor olvídate mi.. por lo que sientes. También puedes compararme y verás que no valgo la pena, que no salgo ganado de ninguna comparación y que aún sabiéndolo estoy. Aquí. Para ti. De ti. No me importa si pierdo ante sus ojos si así me acerco a los tuyos. Mírame, mira lo que nadie sabe ver ni dejo que vean, excepto para ti.

No porque te lo diga ni porque te haga promesas. Soy tan idiota que creo en la magia de las líneas que cruzas y que no te dejan dar marcha atrás. Tanto que llevo meses escribiendo para ti diciendo que lo hago para mi, con los pies en la tierra y la mirada en las estrellas, las mismas que un día escribimos descubrir. Tan idiota que escribo a escondidas, para ti sin ti y solo para mí.

Mírame… detrás del humo sigue alguien que es verdad. Si decides apostar que sea por eso, por el que se siente libre cuando lo tienes abrazado, por el que inventa metáforas para ser parte de ti.

Soy de los que creen que algunas personas estamos condenadas a encontrarnos en alguna parte, que existen mariposas que viven para sembrar el caos, mariposas de sonrisa intacta capaces de espantar fantasmas y hacer del miedo una necesidad. De los que cierran los ojos y te puede sentir… ahí, alrededor de mi, echándote de menos, tirando del lazo para saber si sigues al otro extremo. Tira. Responde. Deja que mi imaginación sobrevuele la escena del encuentro… que despierte el sueño de la añoranza, de libretas de apuntes y versos cómplices, frases a medias sin terminar, frases de ti sin mi, conmigo y a falta de ti. 

Seguro de que querer es aprender cada día una lección que nunca estás convencido de saber dar el nivel. No me preocupa la nota solo quiero pensar que lo que aprendo me acompañará el resto de la vida. No me gusta ser estudiante pero adoro ser eterno aprendiz. Dame algo que adorar y a cambio enviaré mensajes… hipnóticos y constantes, que te recuerden paisajes. Quizás siempre lo tuvimos delante, oculto entre detalles y faltas de atención. A menudo recreo esos momentos y puedo borrar casi todo, casi todo menos tú. Podría olvidar casi todo lo que siento, casi todo menos tú. 

Seguro que si nos alejamos nos encontraremos de nuevo en alguna parte. Seguro que es cuestión de tiempo. Si todo ha de pasar por algo, pido al destino que cumpla su papel. Pido que lea mis manos, que deje que darme pistas y me enseñe tu camino claro y me plante delante de tu sonrisa, clara e inmensa. Cerrojo sin llave. Beso y consecuencia. A la distancia exacta… la que calma mi necesidad. Todo se distorsiona en mi mente excepto tú que eres omnipresente.

Soy así. A veces ni me entiendo ni me entenderás tú. Será que busco la magia y que veo arte en tus ojos y encuentro suspiros, momentos y fotos que guardo en mis recuerdos. Los miro y suenan canciones en silencio. Silencio para acariciarte y sentirte mientras escucho mensajes y palabras que me hacen soñar y sueño que tú también sueñas conmigo. Y tú sin saberlo, sin quererlo. Te regalas. Y no te lo digo pero me lo quedo, lo envuelvo y le pongo un lazo y lo beso y me despierta. De locos verdad?

Por eso estoy seguro. Porque no busco eso ni sabía que lo buscaba hasta que lo encontré. Y cuando lo encuentras sólo sabes que no quieres perderlo, que no quieres ni explicarlo por miedo a que si lo haces se pierda la magia, porque te da miedo gastarlo de tanto mirarlo y lo miras y lo miras y no dejas de hacerlo. Porque cada vez que lo miro te siento y cada vez que te siento es como si me sacaras a bailar… y bailamos. Te piso, me pisas, ries, sonríes… y la música sigue sonando, en silencio. Escuchas la magia? Yo sí.

La escucho cuando en la penumbra te vistes, resuena cuando no llevas nada. No la habías escuchado antes? Cómo te digo que yo en cambio no puedo dejar de hacerlo.

Y aún sigues preguntándome cómo puedo estar tan seguro.

No necesito estarlo, lo necesitas tú?

Jorge Juan Garcia Insua

Un reloj para decir Adiós

Al acabar nuestra última sesión me ha dicho que me quería dar un regalo.

Sostenía el paquete entre las manos y me decía que desde el día que le di un lazo y tuvo que hacer uso de él por primera vez pensó que llegado el momento quería darme algo que para ella tuviera un sentido especial.

Al abrirlo he visto que era un reloj de arena.

– Es usado- me ha dicho. Por mi. Cuando empezaste a enseñarme técnicas para controlar mis episodios de ansiedad utilizaste una imagen de un reloj de arena para ayudarme a centrarme y vaciar mi mente de pensamientos. Al día siguiente vi uno es una tienda y lo compré. Hacer los ejercicios con el reloj delante me llevaba a la sesión y me ayudó a relajarme. Este es ese reloj.

– Gracias, muchas gracias… No sé qué decir. Es un detalle precioso. Cuantas veces la metáfora de este reloj la hemos utilizado en sesiones… Me gustaría dejarlo aquí en el despacho, sabes que todo lo que hay aquí tiene un sentido y un significado, todo lo ves aquí representa algo de mi propio camino. Pero el reloj de arena lo trajo tu mente a la sesión, yo sólo lo recogí y lo puse delante. Un reloj de arena representa muchas de las cosas que a menudo surgen en sesión… el paso del tiempo, los trenes que pasan, los que no sabemos si volverán, el miedo a no aprovechar cada instante, el tiempo que pensamos haber perdido …

– Qué bonito Jorge! Me encantaría que le dieras ese espacio, significa mucho para mi y así “aunque no me quieras ver más” te acordarás un poco de mi y de tantas horas juntos.

Todos los regalos implican dar cómo recibir pero regalar tiempo es distinto y especial.

El tiempo fue un elemento importante en su aprendizaje de la ansiedad y el ir aceptando la forma en que quería gestionar y vivir.

Llegó huyendo de ella, convencida que podía ser más rápida que aquellos ataques y episodios que la hacían temblar y vomitar. En la primera sesión intentaba engañarse, quitarle importancia e incluso me dijo que el “miedo me ha dado alas, ha hecho que me hayan salido alas en los pies”

Y le reflexioné… “si el miedo te ha dado alas qué te impide volar y dejar atrás la ansiedad?”

Empezó un camino contra el miedo y cómo este era el camino que la había llevado a la ansiedad y a convertir a ésta en una compañera vital, impertinente y pesada.

Aprendió a mantenerla a raya evitándola y cuando esto fallaba recurría a ansiolíticos. Al principio sirvió y conseguía momentos de engañosa comodidad pero aún no sabía que la ansiedad vuelve, siempre vuelve y cuando lo hace es cada vez más intensa. Y cada vez necesitaba alas más y más grandes para huir y el peso que la impedía hacerlo era cada vez mayor.

Curiosa trampa la que nuestra mente construye. Huía para no tener ansiedad y necesitaba la ansiedad para seguir huyendo… pero huyendo de qué? De tener que responder a esta pregunta.

Trabajamos durante meses como si esa necesidad e huir fuera una droga y ella una dependiente de ella. Se propuso cortar el lazo que la ataba y empezó a aceptar que si quería dejar atrás la ansiedad debía enfrentarse, exponerse a ella. Plantarle cara.

Fue para ella la parte más dura, en algún momento pensó que daba pasos atrás, que no sabría, que no llegaría el día… Pero ese era el camino, a veces para mejorar debemos sentir la crisis de sentirnos peor y seguir caminando.

En una sesión ella estaba agotada de enfrentarse, me dijo “he tocado fondo”. Y yo mismo me sentí incapaz, confiaba ciegamente en que estaba en el camino correcto y en el esfuerzo que había hecho, pero cuando reposaba las sesiones me sentía mal y buscaba y leía artículos buscando fórmulas que pudieran serle de ayuda. Aquella sesión que ella tocó fondo también lo toqué yo y nunca se lo dije. Ese día fue el último que tuvo un ataque de ansiedad.

El cansancio y el sobre esfuerzo por dejarla atrás la llevo a aceptarla totalmente y con ella todas las emociones que la conectaban con experiencias negativas y dolorosas de su vida. Y ese día empezó a tomar el control.

Y la ansiedad se diluyó, se pinchó el globo y resultó que no había nada dentro que la pudiera hacer daño, nada de lo que aprender salvo sentir miedo. Y de eso ya había tenido bastante.

Así empezó a volar, perdió el miedo a ir cogiendo altura y empezó a confiar en sus alas y en su capacidad para decidir qué camino tomar.

Y todo esto empezó por un reloj de arena… este reloj de arena.

Y todo acaba con el mismo reloj. Testigo del paso del tiempo y del equilibrio, el cambio de ciclo, que nada es eterno, que para cambiar cosas el primer paso es girar el reloj, que cuando el tiempo se acaba lo giras y vuelve a comenzar, que todo fluye, que pase el tiempo que pase todos los granos de arena acaban pasando al otro lado, que todo pasa, que pasa la vida, que cada vez que lo giramos somos distintos, que los granitos nunca pasan en el mismo orden, que para llenarnos debemos vaciarnos, que todo tiene un principio y que el final solo llega cuando se rompe, se queda sin arena o no quieres volverlo a girar.

Cada granito que va bajando representan culpas, decisiones, pensamientos, distanciamientos, rencores, momentos de rabia y confusión, esperanzas que no se cumplieron y no supimos hacer realidad… mezclados con otros que nos recuerdan alegrias, personas, besos, abrazos, aciertos, sonrisas.

Y esa mezcla lo es todo, la melancolía por lo que fue con la ansiedad de lo que no sabes si llegará y en la parte más fina del reloj, donde los granitos pasan casi de uno en uno el momento presente y el tomar conciencia que la vida como la arena se desliza rápidamente entre los dedos.

El mismo reloj. Un reloj para despedirse, para poner fin con sabor a punto y seguido.

Un reloj para recordar que lo mejor está siempre por llegar y para fortalecer un nuevo lazo rojo.

Jorge Juan García Insua

Redescubriendo mis dos manos

‘Con el tiempo y la madurez, descubrirás que tienes dos manos; una para ayudarte a ti misma y otra para ayudar a los demás’ (Audrey Hepburn)

Ayer al despedirnos de una sesión ella me dijo que era muy generoso en mi forma de ser y trabajar.

No supe contestar y sólo acerté a darle las gracias por sus palabras, regalarle una sonrojada sonrisa y responder a su abrazo.

Al finalizar todas las sesiones vinieron familiares de un paciente a agradecer mi trabajo terapéutico y sentí que aquello estaba unido a las palabras que me habían dicho antes, al agradecimiento en otro momento de la tarde de una persona por no cortar una sesión superada la hora… y todo resonó más todavía y aún ahora lo sigue haciendo.

Tal vez el “secreto” de ser generoso está en saber y creer que nadie me necesita ni necesita mi ayuda. En realidad necesitamos muy poco o casi nada.  

No lo hago ni soy por obligación pero sí por responsabilidad y por respeto hacia la forma en que veo y entiendo las cosas. Por respeto hacia los demás. Mi forma de enfocar y entrar en sesión es un reflejo de todo eso y no me ha resultado fácil llegar a este punto y hay mucho trabajo personal tras todo eso.

Si pienso que alguien me necesita sería muy arrogante por mi parte y dejaría de dar lo mejor de mi. En cambio colaboro y camino junto a otros y en ese trayecto compartido descubren y ponen en práctica fórmulas para ser y avanzar, para dejar atrás problemas y dificultades… y lo hacemos hombro con hombro, dando perspectiva, ayudando a superar barreras y respetando el tiempo y el espacio de la otra persona, sabiendo que es su camino y yo un “invitado” de lujo durante un trocito de él. Acepto que el objetivo siempre es no seguir en futuros trocitos de ese camino.

Si lo pienso ser “generoso” es como una fuente de alimentación que no se agota y me hace feliz. No sabría ser de otra forma ni quiero hacerlo de otra forma. Serlo es una vía más de mostrar mi actitud y como quiero ser y vivir.

En lugar de verme generoso me reconozco como deudor, sabedor de haber recibido muchas veces algo que nadie estaba obligado a darme y que ha ido ayudando a dar forma a quien soy. Soy la suma de todo eso. Cuánto más reconozco la ayuda y los aprendizajes recibidos más siento que debo agradecer y de algún modo estar disponible para los demás y acompañarlos. Tengo además la suerte de haber elegido la profesión que ejerzo… o que ella me eligió a mi…

Puede que sólo esté devolviendo lo que no era mío y otros me regalaron antes. No por obligación ni porque nadie me lleve a pensar así, sencillamente porque decido, quiero y siento que debo hacerlo.

Recuerdo en mis años de facultad que muchos nos decían que si estudiábamos Psicología era porque teníamos muchos problemas para solucionar… nunca creí que aquello fuera la norma (aunque algún caso había) y siempre he pensado que dedicarse a la Psicología tiene muchísimo más de vocacional que de auto terapéutico (cosa por otro lado difícil que ocurra), sea cual sea el campo donde la apliques. El tiempo, sesiones y los años me han enseñado que ser un “buen psicólogo” tiene mucho de humildad y generosidad. Mucho de reconocer tus límites y limitaciones y ponerlo a favor de quien confía en ti. Sin apegos, como me enseñaron.

Todos los días me encuentro con casos que despiertan mi curiosidad, me llevan a preguntas y la búsqueda de respuestas y alternativas. Me llenan de emociones, de lágrimas, de risas y de conocer a personas de un modo que a menudo nadie ha visto aún. Nadie nace sabiendo, tampoco yo ni ningún psicólogos ni coach y reconocernos ignorantes nos permite trabajar nuestras habilidades y capacidades terapéuticas en cada sesión.

Así que aún “siendo” o “pareciendo” generoso lo cierto es que recibo mucho a cambio, muchísimo. Tal vez solo se trata de ser y tratar a los demás con respeto y con el mismo cariño que desearías que te traten a ti. 

Dar lo que eres y que sientas que no te ha costado nada. Esa es la clave. Tan sencillo como eso.

Me viene a la cabeza la frase de la película Wonder cuando Auggie dice “Creo que debería haber una regla para que todos sean ovacionados al menos una vez en sus vidas”.

Ayer debió ser la mía.

Jorge Juan García INSUA

Dejando huellas… curando cicatrices

Hay sesiones que no son terapia propiamente dicha, o sí… que van más allá del momento presente y que necesitan de calma y respiración lenta para asimilar cómo de importante son para la persona que tienes delante y para quien la comparte.

Sesiones que me llevan a aplazar la escucha posterior, consciente de que si lo hago siguiendo mi planning habitual de hacerlo antes de 48-72 h perderé gran parte de mi objetividad y no podré dar lo mejor de mí en la siguiente sesión.

Una de las sesiones de esta semana me ha estado removiendo días y me ha empujado a escribir.

Un momento la sesión fue así…

– Cada día me despierto pensando que falta un poco menos para estar a su lado y eso me consuela, es como un anestésico para el dolor.

(Jorge)- Cómo es ese encuentro?

– Me tumbo a su lado, me dice sonriendo que por qué he tardado tanto en volver, me abraza y vuelvo a notar su calor

J- Qué significado tiene para ti ese calor?

– No hacen falta las palabras.. de hecho no me imagino muerto y hablando Jorge pero sí abrazando, besando… ahora sí pensarás que estoy loco o que esta puta enfermedad se está comiendo lo poco razonable que queda en mi. Todo es… como más lento, pausado, es muy de tacto, contacto…

J- Te miro y transmites que estás disfrutando de algo que echabas de menos

Largo silencio

– Sí… tienes toda la razón. Aprendí tarde a dar abrazos, demasiado tarde, nadie supo enseñarme antes. Y me arrepentí. Me arrepiento. Sabes, en el funeral un primo me dijo que no tenía nada de lo que arrepentirme, que había hecho todo lo posible, que yo no podía hacer más…

J- Lo sentías así?

– No, no… no le contesté Jorge. Sentía que sólo lo había abrazado de verdad cuando supe que estaba enfermo y que toda aquella mierda tenía muy mala pinta. El miedo a perderlo, fue el puto miedo lo que me empujó a abrazarlo durante horas y horas. Pero ninguno de esos abrazos me devolvía los que ya había perdido y me sentía culpable. Nunca antes le había dicho tantas veces te quiero, a diario, al despertarse, al irse a dormir…

J- Sientes culpabilidad en ese reencuentro?

– No, pensaba que sí pasaría pero nada de eso. Todo lo contrario. Me devuelve el abrazo, tierno y fuerte. Lloramos los dos, pero lloramos y sonreímos… es de locos verdad?  Y después de abrazarme pasaba sus dedos por mis cicatrices…

J- Cicatrices… 

– Pasó sus dedos por las marcas y me miró. Papá ahora son casi invisibles! – me dice. Se curaron amor, se curaron hasta casi desaparecer-le contesté. Por qué no desparecen?- pregunta… por qué alguien me ayudó a aceptar que por más dolor que sintiera no podría volver a estar con vosotros en vida, el dolor no desapareció pero aprendí a hacerlo soportable. Si la cicatriz hubiera desparecido os hubiera olvidado y no hay nada en el mundo que vivo o muerto sea más fuerte que vuestro recuerdo

De nuevo un largo silencio…

– … y me dice que cuando llegue el momento el me enseñará a olvidarlas del todo. Y lo siento…

J-  Me doy cuenta que desde que comenzamos las sesiones es la primera vez que te veo tranquilo

– Justo eso Jorge, tranquilo. Cuando me lo encuentre le explicaré quien me ayudado a curar las cicatrices, le hablaré de ti.

Crees que será así como lo he imaginado?

J- Creo que ya lo has hecho real y que necesitabas superar ese bloqueo y decirle lo que sentías, te lo debías y la culpabilidad no te dejaba. Creo que tenías la necesidad de conectar con tu hijo para hacer de forma serena el camino hacia él y hacia tu mujer.

– Tal vez por eso ella aún no ha aparecido en estos sueños, visiones o lo que sean… tal vez tenia miedo de qué me diría por pensar que no había cumplido mi promesa de cuidar de él cuando ella marchara, por no haber ido antes al médico… 

J- Ahora sientes ese miedo?

– No, es extraño pero no.

J- Y si en lugar de esperar a ver qué te dice ella le dices tú cómo ha sido para ti vivir su pérdida y la de tu hijo?

– Bufff… Le diría

– Perdona… cierra los ojos, respira… conecta con ella y dile, no “dirías”… dile

Y la habló.

.  .  .

La primera vez que lo tuve delante nos miramos. A pesar del metro y medio que nos separaba podía escuchar su respiración y cuando pregunté qué lo había traído hacía mi me dijo “me muero, me muero y no estoy preparado ni para lo que dejo aquí ni para lo que me encontraré allí. Necesito que me ayudes”.

Admiro a cada una de las personas que se sientan delante mío y tienen el valor de escucharse, de reconocerse, de aceptar sus luces y sus sombras, de quitarse capas y máscaras, de buscar lo mejor que cada uno llevamos dentro… pero por encima de todo admiro la enorme fuerza que tienen las personas que sabiendo que su tiempo se acaban deciden hacerlo y dedicar sus últimos días a ellos mismos.

Lo admiro porque yo que he sentido cerca y he tenido miedo a la muerte no sé si tendría ese valor y si sabría gestionarlo como lo hacen ellos. Cuánto tengo que aprender todavía y qué regalo el que me hacen confiando en mi lo que hasta ese momento no lo han hecho antes con nadie.

Sólo comenzar la escucha me ha recordado que si las cicatrices deja huellas imborrables, los abrazos también y que estos cuando son de verdad transcienden a la vida.

Las sesiones enseñan, y también a mi, que las cicatrices no duelen, ninguna. Como todas las heridas necesitan limpiarse, dejarlas secar y cuidar que no curen en falso. Si le dedicas el tiempo necesario se acaba convirtiendo en una línea, tan fina que sólo tú sabes que existe y puedes ver, que te recuerda como te afectó y como fuiste  capaz de transformarla. No hay cura en la vergüenza o en la negación pero sí la encuentras cuando miras la herida, la tocas, la sientes y la entiendes.

Pasas la mano por ellas y sientes que ahí está todo…  “de tus mayores cicatrices nacen tus mayores virtudes” me dijeron una vez. Por eso ahora cuido de hacerlas visibles, por si alguien quiere verla, tocarla y conocerme a través de ellas.

Durante mucho tiempo pensé que no lo hacía bien, que era poco profesional si me dejaba llevar por las emociones. Sesiones como ésta me fueron enseñando que negarlas en mi e intentar poner barreras a las sensaciones que me removían solo me impedía ser yo mismo y que estaba limitando aquello que mucho o poco podría hacer por los demás. Acompañarlos necesariamente suponía aceptarlas y aceptar esa parte de mi.

A veces me han preguntado si para un psicólogo compensa este tipo de procesos donde la muerte ronda y está presente en cada minuto, donde la vida que queda se abre paso entre desesperanza y la necesidad de irte sereno y tranquilo. 

Siempre he respondido lo mismo. 

Absolutamente sí. 

Una y un millón de veces sí.

Jorge Juan García Insua

¿Quién dice que he dejado de escribir?

-Y por qué has dejado de escribir?

La verdad es que la pregunta por unos segundos me ha subido el ego, iba directa a alimentar ese deseo que alguien pueda leerme o incluso que le guste, le de un like, me vote o simplemente dedique unos minutos a leer el blog. Pero mi respuesta ha desinflado rápidamente ese momento…

-No he dejado de escribir, incluso algunas cosas las he publicado sin darles publicidad… sencillamente ahí las he dejado, colgadas… pensando que tal vez alguien entre, mire, lea y descubra que hay algo nuevo. Otras les he dado las 24 h de vida que te da un story y no han tenido continuidad. Y las que más van acumulándose en algunas carpetas de borradores.

El escribir siempre ha sido una forma de diálogo interior para mí, un espacio de reflexión que me permite mirar la realidad, la mía, desde otra perspectiva. Todo lo que que luego ha venido tras las publicaciones, los mensajes, reconocimientos… nunca estuvo entre mis planes y aunque me alaga son muchas las ocasiones en las que voluntariamente decido tomar distancia.

Esa distancia me permite mantener la frescura cuando me expreso a través de las palabras, la capacidad de seguir decidiendo qué publico o qué me guardo y sobre todo sentirme dueño de mis palabras o publicaciones, sin presiones ni expectativas para nadie ni para mí.

Escribir sigue siendo una forma de soñar, de darles nombres, caras, olores y piel a mis sueños y de alimentar mi motivación para perseguirlos y disfrutar de ellos cada vez que tengo la fortuna de tocarlos, aunque algunos sean efímeros. Escribo para seguir conociéndome, para provocarme, discutirme, mirar a través de quienes quiero, babear con mis hijos, hacer camino y sobre todo para recordarme qué es eso de la vulnerabilidad.

Escribo porque quería comunicar de forma diferente a cómo lo había hecho hasta aquel día que el blog se abrió paso. Y lo hice pensando que nadie me leería nunca y lo seguía haciendo cuando miles de personas lo han hecho. Empecé a escribir para ser diferente y con el tiempo y las publicaciones me di cuenta que lo que quería cambiar no era el mundo, sino mi forma de verlo y de vivirlo. El que cambiaba y el diferente era yo. Tan diferente como lo eres tú.

Tan diferentes como los niños que a menudo me sirven de maestros, como cada una de esas personas que protagonizan mis historias y que son anónimas para todos menos para mi (que bonito regalo ser el único que sabe sus nombres), tan diferente como me veo cada vez que publico trocitos de mi vida y la miro con el cristal que te dan los años, las cicatrices y un montón de abrazos. Tan diferentes como saber que cada línea que escribo lo hago desde un profundo respeto y con amor.

Escribo para quienes me leen cuando no pueden dormir, para quienes sueñan con el amor y abrazarlo por la noche, para dar luz a quienes creen que son oscuridad, para limpiar mis lagrimas tras días que me dejan emocionalmente exhausto, para vivir vidas que no son mías y apropiarme de esa pequeña parte del camino que deciden hacer conmigo, para recordar caricias y besos, para gritar y rebelarme, parar abrir tanto los ojos que otros puedan ver a través de ellos, para sentir y emocionarme… vencer al miedo y para crearme de nuevos.

Lo hago porque me gusta, me relaja, me absorbe y me controla hasta que pongo FIN, aunque confieso: siempre borro esta palabra. Escribo porque en lo que escribo mando yo, porque es mi versión, porque buscando sentido lo pierdo y me pierdo para darme la oportunidad de buscarme y encontrarme. Escribo por vergüenza, porque no soy todo lo vulnerable que me gustaría ser y porque aún ahora tengo miedo a que me hagan daño… o de hacerlo.

Escribo para no dejar de mirar y mantener la mirada transparente, para que algún día me conozcan mis hijos si no llego a leerles yo… Escribo para contar mi historia a través de otros, para dar las gracias por lo compartido y sentir que en cada una de esas historias hay algo (o mucho) de mí.

Escribo para releerme cuando pasan los meses o los años y seguir reconociéndome en cada una de las palabras. Qué adictiva es esa sensación! La sensación de cambiar sin dejar de ser fiel a lo que soy, quien soy y lo que algún día aspiro a ser. No quiero ser perfecto, pero sí quiero ser un imperfecto feliz. Y ahí sigo. Me sigues?

Así que como ves no voy a dejar de escribir, pero a pesar de tanto publicado sigo sin saber cuándo lo haré o cuándo pensaré que algo de lo que he escrito merece ante mis ojos ser publicado. El filtro es de todo como sencillo, ya lo has visto. Si me has leído ya me conoces. Y para mí seguir pensando así tiene el sin sentido de tener todo el sentido del mundo.

Días atrás un paciente al sentarnos en la primera sesión y como siempre hago pedirle permiso para hacer una breve presentación de mí y aclararle cualquier aspecto que deseara saber me dijo «no hace falta Jorge, sólo necesito saber si eres tú el que escribe en el blog. Saber si realmente esas palabras son tuyas».

-Sí, así es. Todo lo que has podido leer en mi blog es mío y soy yo -le contesté.

-Entonces sé de ti todo lo que necesito saber y pienso que he acudido a la persona correcta.

Nos miramos por unos segundos y en aquel instante sólo acerté a darle las gracias por leerme y por creer en mí a través de mis publicaciones. Y la sesión fluyó y aquel breve intercambio de frases sirvieron de presentación y de base para crear el clima de confianza necesario.

Cuando al día siguiente codificaba la sesión y escuché sus palabras pensé que no sabía que imagen es la que se había formado de mí. No contrasté qué sabía de mí o qué parte de lo que había leído le había hecho dar el paso de contactar conmigo. Pero también entendí que no se lo había preguntado porque no era él quien necesitaba esa aclaración sino yo, la sesión no era mía sino suya y mi curiosidad no era inocente sino totalmente condicionada.

Fuera cual fuera esa imagen soy yo. Tanto si está en lo cierto como si quiero pensar que no soy yo. Porque esas son mis palabras y mi manera de ver y vivir las cosas. Así que si en una publicación ven bondades soy yo, si ven sombras también soy yo.

No sé si he respondido a tu pregunta o si he ido generando nuevas. Y ahora que siento que estas palabras deben acabar aquí intento adelantarme a lo que pensarás de mi cuando lo leas.

No me lo digas, o sí.

Decide tú. Yo en algún momento volveré a publicar porque escribir no podría dejar de hacerlo.

Un beso muy fuerte. Nos vemos en el camino.

Jorge Juan García Insua

A vueltas con la gabardina

Esta tarde mientras hacía un transbordo en el metro de Barcelona y esperaba la llegada del metro un hombre se ha puesto delante de mí, se ha abierto su chaqueta larga y me ha enseñado sus partes íntimas.

Mi primera reacción ha sido mirarlo a los ojos y no reaccionar mientras una Señora a mi lado gritaba, me cogía del hombro y empezaba a insultarlo. Acto seguido ha desaparecido entre la gente que salía de los vagones al llegar el metro.

Al entrar en el vagón la Señora sin separarse de mi me ha dicho que debería ir a denunciarlo porque “esa gente son unos guarros, violadores y hoy puedes ser tú y mañana cualquier mujer. Esa gente debería ir al loquero y estar encerrada de por vida porque no es normal”. Estas palabras las ha escuchado otra señora que estaba a nuestro lado y casi sin darme cuenta corría como la pólvora el rumor de un violador por el vagón.

Para ser sincero no me he visto amenazado ni violento en ningún momento, sorprendido sí y también pensaba en el tiempo que hacía que no veía o no escuchaba nada sobre un exhibicionista. Puedo entender la reacción de la Señora e incluso su punto de vista pero sin haberlo pretendido he caído en que mi reacción ha sido completamente opuesta y posiblemente lo mejor que podría haber hecho es darle una tarjeta al hombre de la gabardina.

Sólo tenía una parada hasta mi destino y no lo he hecho pero me hubiera gustado explicarles a las señoras que el exhibicionismo es una parafilia y que aún pareciendo contradictorio la mayoría de exhibicionistas no presenta un trastorno exhibicionista… pero supongo que esto me ha resultado complejo de explicar y tampoco creo que hubiera parado la espiral de rumores y comentarios que se han generado.

Hubiera tardado en explicarle que en lugar de buscar un encuentro sexual en realidad nuestro exhibicionista lo estaba reprimiendo, que casi nunca hay una intención posterior de sexo tras ese fugaz momento y que rara vez un exhibicionista comete violaciones o realmente acaba «trastornado».

No sé como hubiera reaccionado si le hubiera explicado que la mayoría de exhibicionistas son casados y viven un matrimonio donde el conflicto está a la orden del día y que sí, como ella decía, casi la mitad son detenidos por esas conductas incluso más de una vez. Muchos de ellos son personas muy tímidas, nada agresivos, con muy baja autoestima y con dificultades para relacionarse con mujeres… y todo esto a pesar de que muchos vienen de niveles sociales medios o incluso medio-altos.

Pero ahora que lo pienso debo disculparme con Usted señora. Y si algún día lee esto seguro que se pregunta cuando llegue aquí por qué. 

Porque todo esto que hubiera dicho y hecho no habría sido para explicarle ni ayudarla a entender esa conducta. Le hubiera dicho que lo hacía por deformación profesional y la verdad es que lo hubiera hecho porque eso que me ha molestado de su comportamiento (y del revuelo posterior) me ha removido y de alguna forma ha conectado con una tendencia mía quijotesca de defensa de lo otros y de un intento de darle oportunidad incluso al que la pide desnudo. Y veo tan vulnerable al que solo quiere impresionarme con una gabardina…

Lo sé, sé que estoy yendo por los cerros de Úbeda pero no hubiera sido justo, en el fondo mis palabras hubieran pretendido culparla por sus pensamientos y tan válidos son los suyos, como los míos o como los de nuestro desnudo protagonista. Peccavi cogitatione.

Pensará que lo estoy justificando y créame que no es esa mi intención, pero sí tengo intención de no ser juez. Tendemos a rechazar y condenar lo que no sabemos, conocemos o nos resulta juiciosamente condenable y yo si peco es de todo lo contrario. Quizá y ahora sí es por deformación profesional o tal vez debo hacérmelo mirar o me auto destinaré a seguir mirando a mi alrededor con curiosidad y con la mente lo más «desnuda» posible. Tal vez me acabe desnudando más de lo que ya he hecho en algunas parte de este blog… no se asuste, hablo en sentido figurado. O no…


Sigo pensando que en el no señalar hay una de las muestras de mayor respeto que puedo tener hacia otro, posiblemente marcado por las veces que he visto como etiquetar o “marcar” ha llevado a demasiadas personas (y por qué no reconocerlo… a mí mismo) ha ponerse tras una máscara, engañar o engañarse para intentar así encajar. Eso es lo que me ha molestado. La facilidad con la que denunciamos, señalamos, juzgamos y creemos saber todo de otro… sin mirar más allá e intentar entender y ver a través de ojos que no son nuestros.

Tal vez por eso a veces voy con gabardina… tal vez mi normalidad está desviada, estoy también desviado de la norma y tras esa prenda y aún yendo vestido debajo de ella pretendo para desapercibido o sorprender sabiendo que también puedo ser juzgado o señalado.

Cómo somos… verdad?

En fin Señora… posiblemente sí tenga razón y debería haberlo denunciado. O no. Una vez más deje que me disculpe y gracias por dejarme escuchar sus reflexiones, por dejarme no decirle y por compartir conmigo el trayecto de una parada de metro.

Ah… me permito un último detalle… me gusta la gabardina azulada que llevaba. Me refiero a a la suya no a la de «hombre sorpresa».

Jorge Juan Garcia Insua

“Nada hay más surreal que la realidad” – Salvador Dalí

Un deseo por cada cumpleaños

He cumplido años, como mínimo uno más y ya llevo… bueno, muchos. Tantos que empiezo a no recordarlos todos, cosas de la edad.

Me siento en la mejor edad. No hay mejor edad que aquella en la que deja de importarte cuántos años cumples y empiezas a cumplir sueños y la vida me ha enseñado que para que esto suceda tienes que haberlo deseado durante muchos cumpleaños, tantos que llegue uno donde sientes haber reunido el coraje suficiente para dar el paso, tantos para darte cuenta que si tenías vergüenza la fuiste dejando en restos de velas los años anteriores y que cuántos más años tienes menos miedos te quedan.

Y sí, yo también los tengo y me quedan todavía muchos por soplar. Pero tal vez porque acumulo canas y alguna cicatriz he aprendido a mirarlos transparentes, a sentarme y conversar con ellos, a escucharlos y a decidir cuál es el momento de afrontarlos, porque en el fondo reconozco que los necesito para seguir aspirando a mi mejor versión, a no conformarme, a convencerme de todo lo que soy capaz aunque me tiemblen las piernas, a dar un pasito más para seguir soñando, probar y tomar conciencia del coste que tiene perseguirlos y de lo bien que te sientes cuando por fin empiezas a saborearlos. 

Cumplir años es obligatorio pero cómo los quiero cumplir es cosa mía y tiempo atrás decidí cumplir años cerrando ciclos. Cada vez miro menos hacia atrás y más hacia delante… debe ser que estoy en eso que llaman madurez y en tiempos donde se venera la juventud y la imagen reivindicó mi edad, el placer de cumplir años, de verme nuevas arrugas… y escuchar mentiras tan bondadosas como piadosas que dicen que me sientan bien.

Espero estar a la altura de la edad que hoy estreno y aprovecharla para abrir nuevas puertas, cometer más errores y sentarme a pensar con ellos. No esperéis mucho más de mi porque no quisiera defraudar a nadie.

Quiero exprimirla con las personas que quiero y me quieren incluso hasta el punto de estar a pesar de mis desvaríos, son ellos quienes me empujan a seguir descubriéndome y vivir persiguiendo aquello que me hace feliz y superando piedras y contradicciones por el camino.

Lejos de cualquier atisbo de melancolía siento que sigo caminando de la mano del niño de ojos claros que llevo dentro, curioso, de palabra fácil y mente espesa, ensoñado y soñador, romántico, rodeado de inmensos lazos rojos que me mantienen unido a muchas personas a las que quiero aunque no siempre acierte a expresarlo con las palabras correctas y que en unas semanas caóticas de cambios y proyectos sigo con la sonrisa puesta y que me acuesto satisfecho y feliz de cada paso.

Cumplir así es un lujo que he aprendido a no preguntarme si soy o no merecedor y sencillamente me dejo llevar e intento disfrutar y capturar cada momento. Tal vez todo sea más sencillo y se trate de eso… de cumplir momentos y no años y si así fuera desearía ser inmortal y no dejar de soplar velas.

Os veo en el camino, despacio y con calma. No más sabio pero sí un año más… bueno, más vintage.

Jorge Juan García Insua

Será que me siento cursi

Debe ser que tienes algo de mucha razón y soy un romántico. Tal vez si sea de esos que en ocasiones cuando nadie lo ve deja salir su vena más cursi, sí… y hasta alguna que otra vez se atreve a publicarlo.

Debe ser eso y… a veces… sólo a veces… busco rimas en el tacto de los dedos deslizándose, en la sonoridad de la piel…

Y no te imaginas que bien suenas…

Será eso y no lo negaré. Debieron concebirme acurrucado y mirando al cielo, a las estrelllas y por eso hay noches que me pierdo entre ellas pensando cuál debería llevar tu nombre. Si me escucharas te sorprenderías de cómo tu nombre brilla entre constelaciones. Al final elegí una o me eligió ella o ella a ti y te hablo de mi…

Será que siento y a veces incluso sin querer sentir. Porque doy lo que siento y siento que muero por sentir. Sentir del verbo echar de menos. Pensarte sin sentido y soñarte despierto. Demasiado verbo para una acción tan sencilla… querer, desear, escribirte, nombrarte. No hay límites si se trata de sentirte a ti.

Siente, siente y no dejes de sentir. Siente todo a la vez. Todos terminaremos en el mismo lugar, pero lo que sentimos en la Tierra deja huellas en el más allá. Por eso me has hecho eterno, inmortal, imposible, metafórico y real. Tú… y lo que haces sentir.

Hay recuerdos que se olvidan y sentimientos que justifican una vida. Puedes errar en las palabras pero siempre sientes de verdad.

Cómo escapar de lo que siento. Cuando eres feliz no te preocupas de pensar, estás demasiado ocupado sintiendo… Y no dejas de sentir porque los años te enseñan que se siente más cuando dejas de sentir.

Jorge Juan García Insua

*autor de la fotografía Pol García Fernandez