No sabía muy bien cómo empezar. Se sentó, me miraba con vergüenza y cuando se decidió a hablar lo hizo como si en cada palabra pidiera permiso.
Dice que ella también viene a terapia. Que no lo hablan mucho, pero se lo dijo y él evita preguntarle que porque conoce el motivo. Me explica que ahora nota el efecto de sus sesiones en la forma en que ella ahora mide las palabras, en cómo a veces se queda callada demasiado tiempo o al menos más que antes.
Él no sabe si quiere ser padre. Lo dice rápido, como si así doliera menos. Luego corrige, y puntualiza que no es que no quiera… es que no sabe. Y en ese “no saber” hay algo “más pesado” que una negativa. Porque no es una decisión, es una barrera en la relación, algo así como una herida que no sabe curar.
Pero no quiere.
Por un momento se expresa justificándose, diciendo que hay personas que no temen a la paternidad en sí, sino a todo lo que se pierde al elegirla. Y a todo lo que se pierde al no elegirla. Y que él, tal vez, no es distinto.
Pero su discurso cambia y habla de ella. De cómo la quiere, de cómo la ha querido siempre de una manera sincera, que nunca ha tenido dudas… hasta ahora. Y eso le duele, porque antes todo era claro, antes todo fluía y no había que elegir entre caminos que no se pueden recorrer a la vez.
Reconoce que la imagina con un hijo y siente algo raro. No exactamente rechazo, pero tampoco es deseo que eso ocurra. Es como si la imagen no encajara del todo con la vida que habían construido, como si alguien hubiera cambiado el guion sin avisar y sin contar con uno de los actores principales. Incluso como si en esa imagen él no es él, y podría ser cualquier otra persona que ella ha conocido.
Sigue cambiando su discurso, por momentos vuelve a la justificación pero sin casi darse cuenta, piensa que hay decisiones que no son sobre lo que uno quiere, sino sobre quién está dispuesto a convertirse, y que no todo el mundo está listo al mismo tiempo, a veces nunca. Él dice finalmente que pertenece a este grupo.
Él teme perderla. Eso sí lo tiene claro. Le da pánico y lo dice claro, alto, sin rodeos. La palabra “perder” se queda flotando un momento en la sala. No es solo perderla a ella, es perder la vida que tienen, la que tenían, la que podrían tener, es perder la versión de sí mismo que es con ella, y que no ha tenido antes con nadie.
Ahí pone nombre a otro miedo, uno que le cuesta definir, pero que sí explica: miedo a quedarse y convertirse en alguien que no reconoce, que no quiere, que no ve, al menos hoy. Dice que no quiere ser un padre a medias, no quiere ser un padre que lo fue porque lo eligió por miedo.
Se hace silencio y llora.
– Te escucho y siento que estás planteando un duelo anticipado.
– Sí? Un duelo?
– Estás verbalizando, si lo he entendido bien, que elijas lo que elijas, algo va a “desaparecer”, algo va a cambiar, algo vas a perder.
Dice que le gustaría que alguien le dijera qué hacer, invitándome a ser yo quien le ponga la decisión delante, dando por hecho que hay una respuesta correcta y que yo, por el hecho de ser psicólogo la sé.
Le aclaro que no es así.
Pero no lo es. Y reconoce que sabía que venía sabiendo que no se iría con una respuesta y que al final esto iría de asumir la responsabilidad de elegir.
Rápidamente sigue reflexionando, da la sensación que así encuentra cierta calma. Habla sobre la necesidad de ser sincero con su pareja, de decirle la verdad sobre su momento personal y ese “no sentir que sea el momento de ser padre”, pero dice que le aterra hacerlo, que por primera vez, cuando la mira le aterra hacerlo, que hay amores que no sobreviven a ciertas preguntas, que mueren por exceso de verdad.
– Existe un exceso de verdad en una relación? -preguntó.
– Lo veo así en mi caso. Es como si ella ya sabe la respuesta, está en mis silencios, en el evitar responder, en el no querer hacerle daño… porque sé que le haré más daño, y sé que no ser tajante también le hace daño, pero mientras callo ella cree que hay una posibilidad.
– Y tú quieres mantener esa posibilidad para con ella?
– Sí, Tal vez algún día sí me vea y quiera ser padre. Tal vez… pero no hoy y no sé si el año próximo o… el otro… pero no me gusto, en el fondo tampoco quiero eso, no para ella y no para mí, esto no funcionaría si siento esa presión.
Y entonces hablamos de la presión. Empezamos hablando de la de ser padre y poco a poco se centra en la de cumplir con lo que espera, seguir ese camino que cree todos presuponen y en el tiempo que cree todos esperan.
Asiente a esa idea final, pero ya no desde la urgencia sino desde algo más contenido. Como si poco a poco hubiera dejado de buscar una salida inmediata y empezara a sostener lo que hay, sin resolverlo.
La presión sigue ahí, pero ya no es solo la expectativa de ser padre, ni siquiera el miedo a perderla. Empieza a reconocer otra más profunda: la de tener que definirse. La de dejar de habitar ese “todavía no” en el que todo es posible y nada se rompe del todo.
Se da cuenta de que su duda es en realidad una posición. Incómoda, pero real. Y que sostenerla implica un coste que hasta ahora había intentado esquivar, el de ser claro, el de renunciar a esa ambigüedad le protege al tiempo que lo paraliza.
Piensa en ella sin romantizar. La quiere, eso no cambia, y aparece un punto de distinto: no se trata solo de si quiere o no ser padre, sino de desde dónde lo haría. Toma conciencia que hacerlo desde el miedo (a perderla, a quedarse atrás, a no cumplir) sería una forma de traicionarse que, tarde o temprano, también acabaría dañando la relación.
Ya no es “perderlo todo”, sino aceptar que cualquier camino implica perder la relación tal como es ahora, incluso cierta imagen de sí mismo en este momento de su vida.
Y en ese reconocimiento entiende que callar no es neutral, que sostener la posibilidad para ella, cuando en él no existe de verdad, no es cuidado, es aplazamiento. Y que ese aplazamiento también erosiona, aunque lo haga en silencio.
No hay alivio claro, pero empieza a no haber conflicto con la idea de que debería tenerlo claro y, simplemente, debe aceptar dónde está.
Se va con más preguntas que respuestas, pero distintas. Ya no giran tanto en torno a qué decisión es la correcta. Sabe que hablar con ella no será un acto puntual, sino un proceso que empezará cuando deje de protegerla de una verdad que, en realidad, ya está presente. Y por ocultar está haciendo sangre.
Jorge Juan García Insua