A veces uno cree que el cansancio tiene una forma concreta, que el cansancio es no dormir, llegar tarde o acumular demasiadas cosas pendientes. Pero hay días en los que el cansancio es algo mucho más difícil de explicar. Días en los que el cuerpo está en un sitio y la cabeza en otro. Días en los que uno sigue funcionando por pura inercia, casi por responsabilidad, mientras por dentro siente que no termina de llegar a ningún lugar.
Hoy una paciente me ha dicho al empezar la sesión:
– Hoy vengo cansada. No te enfades, Jorge, pero vengo porque sé que me viene bien, porque me ayuda, porque es un pasito… pero no tenía ganas de venir. Hoy ya no me quedaban fuerzas.
Y mientras la escuchaba tuve esa sensación extraña y silenciosa de reconocerme completamente en lo que el otro está diciendo. Porque hoy yo tampoco había llegado “del todo”.
El día se torció temprano. Uno de mis hijos amaneció enfermo y, desde ese momento, todo cambió de sitio. Los planes, los tiempos, la energía, la atención.
Empieza entonces esa especie de carrera discreta que tantos padres conocen bien: reorganizar horarios, mover sesiones, responder mensajes, revisar si puedes cancelar algo, si puedes aplazarlo, si puedes sostenerlo todo sin que nada termine de romperse.
Conciliar, lo llaman.
Aunque hay días en los que la palabra parece dicha por alguien que nunca ha tenido que hacerlo de verdad.
Porque conciliar no siempre es encontrar equilibrio, sino simplemente intentar que las distintas partes de tu vida no choquen entre sí demasiado fuerte. Intentar cuidar sin desaparecer. Trabajar sin sentirte culpable. Estar pendiente de todo y llegar, aun así, tarde a todas partes emocionalmente.
Hubo un momento de la mañana en que pensé que tendría que cancelar el día entero. Y sinceramente, una parte de mí quería hacerlo. Deseaba hacerlo. Quería meterme en la cama al lado de mi hijo, apagar el móvil, cerrar el portátil, la consulta y dedicar el día únicamente a estar allí. A no producir nada. A no sostener conversaciones. A no intentar ser útil para nadie más.
Solo quedarme cerca.
Pero después haces lo que hacemos muchas veces los adultos: empiezas a reorganizarte por dentro para seguir adelante.
Trabajé gran parte de la tarde sentado en mi cama, donde descansaba mi hijo. El portátil apoyado como podía, los auriculares puestos para los audios. Y mientras escuchaba a otras personas hablar de su ansiedad, de sus miedos, de sus agotamientos, una parte de mí estaba constantemente pendiente de él. De si se movía demasiado, de si respiraba tranquilo, de si volvía a tener fiebre. Pendiente de ese pequeño sonido que hacen los niños enfermos y que automáticamente pone en alerta a cualquier padre.
Era extraño porque físicamente estaba trabajando, pero emocionalmente estaba dividido.
Y aun así, desde fuera, probablemente (quiero pensar) que no se ha notado (demasiado). Las sesiones sucedían. Las palabras salían. Las preguntas aparecían en el momento correcto. Supongo que la experiencia también consiste en eso: en aprender a sostener incluso los días torcidos.
Pero por dentro no había sensación de normalidad. Había una tensión continua, una especie de hilo invisible tirando de mí hacia otro lugar.
Y entonces entendí todavía mejor lo que mi paciente intentaba decirme. Porque a veces el cansancio no es querer dormir. A veces el cansancio es no poder entregarte entero a nada, sentir que todo te pide presencia cuando apenas te queda una parte disponible, es ir cumpliendo con el día mientras por dentro aparece constantemente el deseo de parar.
Creo que muchas personas viven así más veces de las que cuentan. Funcionando. Contestando mensajes. Yendo a trabajar. Cuidando de otros. Sonriendo incluso. Mientras mentalmente están intentando sostener algo que ocurre fuera de la mirada de los demás.
Y quizá por eso me pareció tan honesta su frase: “Hoy vengo porque sé que me viene bien, pero no tenía fuerzas”.
Qué difícil es explicar eso sin sentir culpa. Qué difícil es admitir que hay días en los que incluso las cosas que nos ayudan también nos pesan. Hoy yo no he hecho nada extraordinario, a lo sumo solo sensato y lógico, y me cuesta decir que sí, que también he estado cansado de una manera difícil de explicar.
He estado en las sesiones, sí. He hablado, he escuchado, he acompañado. Sí. Pero en el resto del día… creo que solo he medio estado.
Hoy acabo vulnerable y pensando que en días así, seguir adelante ya es suficiente.
Y mañana será otro día.

Jorge Juan García Insua