El día que Rocky vino a mi consulta

El paciente llevaba varios minutos mirando sus manos. Se apretaba los nudillos uña y otra vez.

– Es difícil explicarlo sin que suene… ridículo -dijo finalmente.

– Inténtalo – respondí con calma.

El paciente respiró hondo.

– A veces pienso que es como en Rocky III.

Asentí y seguí el hilo que planteaba.

– Qué parte de la historia?

– La parte en la que todo ya parece ir bien -dijo. Rocky es campeón, tiene dinero, reconocimiento… todo el mundo lo admira, está en la cima Jorge. Pero en realidad ya no está peleando de verdad. Todo está preparado para que gane, todo es un amaño.

Hizo una pausa.

– Y él lo sabe, aunque no lo diga. En el fondo se da cuenta aunque no quiere decir nada, reconocerlo…

Dejo pasar unos segundos.

– Te pasa algo parecido? -le pregunto.

– Sí. -dice tragando saliva-. Durante años pensé que estaba avanzando. Buen trabajo, estabilidad, gente que decía que lo estaba haciendo bien… pero últimamente siento que todo eso era… fácil. Como si no estuviera viviendo de verdad, solo cumpliendo.

– Como si hubieras estado peleando combates que ya estaban decididos, como Rocky?

– Exacto -responde convencido.

– Y entonces aparece alguien que rompe esa ilusión.

– Sí. Cómo se llama? Mister T!

– Clubber Lang creo que se llama.

El paciente se ríe con un poco de vergüenza.

– Es extraño decirlo así, pensarás que estoy loco…

– No lo es -respondo-. Las metáforas ayudan a entender lo que sentimos.

El paciente pensó un momento. Sigue…

– Mr. T no solo reta a Rocky. Lo humilla. Lo mira como si fuera un fraude. Como si supiera que el campeón en realidad ya no tiene hambre.

– Hay alguien o algo que te haya hecho sentir así?

El paciente tardó en contestar.

– No es una persona concreta… es más bien la sensación de que, si alguien me pusiera a prueba de verdad, se daría cuenta de que no soy tan bueno como creen.

Mantuve la mirada mientras guardaba silencio. El paciente pasados unos segundos decide continuar. 

– Y luego pasa lo de Mickey… Mickey le confiesa que siempre eligió rivales fáciles para protegerlo. Y Rocky se da cuenta de que parte de su éxito era… artificial, mentira, fuegos artificiales y poco más. Un fraude con traje bonito.

– Y eso duele, entiendo…

– Sí. Porque en ese momento Rocky entiende que la imagen que tenía sobre sí mismo no era del todo cierta. Creo que estoy ahí, ahí estoy Jorge…

– En ese momento exacto?

– Sí. Cuando empieza a preguntarse si alguna vez fue realmente bueno… o si solo estuvo bien colocado. 

Me tomo un tiempo antes de responder.

– En la película, después de esa caída aparece Apollo Creed.

– Sí.

– Y Apollo no le devuelve la confianza con palabras bonitas. Hace algo distinto.

El paciente asintió.

– Le obliga a entrenar de verdad. Le obliga a enfrentarse a algo más profundo. No solo a un rival, sino a su miedo.

El paciente se quedó mirando el suelo.

– Jorge, hay una escena… Cuando Rocky no puede entrar al ring vacío. Se queda paralizado. Dice que tiene miedo.

– Sí, miedo de perder -digo.

– Miedo de descubrir que nunca fue tan bueno… – añade.

– Ese es un miedo muy humano, no crees? -le digo.

El paciente respiró hondo, y tomó su tiempo para seguir.

– Apollo no le quita el miedo. Solo lo hace seguir entrenando, entrenando hasta que pueda «mirarlo de frente».

– Así es. Si seguimos con la metáfora… ¿dónde estás ahora?

– Creo que todavía estoy fuera del ring Jorge.

– Mirándolo?

– Sí.

– Y qué sientes cuando lo miras?

– Vergüenza… vergüenza… pero también algo más.

– Qué es ese algo más?

El paciente tardó unos segundos…

– Ganas de volver a pelear.

Asentí lentamente y dije:

– Entonces quizá la historia no trata de descubrir si eras bueno o no.

– No? -preguntó.

– Quizá trata de decidir si todavía estás dispuesto a entrenar, y entrenar hasta sentirte fuerte para afrontar ese miedo.

Me mira y sonríe.

Ahora escuchando de nuevo la sesión pienso y reflexiono con la metáfora que el paciente plantea y que traía consigo. No es extraño que hubiera elegido esa historia. En contra de lo que se puede pensar, las personas rara vez traen metáforas al azar a terapia, al menos no creo que ésta tuviera ese azar. Las metáforas son una forma segura de acercarse a lo que duele sin tener que nombrarlo directamente. Hablar de Rocky le permitía hablar de sí mismo sin exponerse del todo, como si pudiera tocar su miedo con guantes.

En su relato, el momento central no era la pelea con Clubber Lang. Tampoco la derrota. Lo que realmente le había impactado era algo más “silencioso”, ese instante en que Rocky descubre que parte de su seguridad estaba construida sobre combates que nunca fueron del todo reales. Ese momento en el que la imagen que uno tenía de sí mismo se resquebraja. Es una experiencia más común de lo que la gente imagina, de hecho creo que muchos hemos sido Rocky a lo largo de nuestra vida.

Durante años muchas personas viven sostenidas por expectativas, reconocimiento, rutinas que funcionan, trayectorias que parecen estables… Todo eso puede dar la sensación de avance, de progreso o de solidez. Pero a veces llega un momento (a veces provocado por una persona concreta, a veces simplemente por el paso del tiempo o por circunstancias que se nos escapan) en el que algo rompe esa narrativa. De repente aparece la sospecha de que quizá uno no estaba peleando combates tan difíciles como pensaba. Y esa sospecha duele.

No tanto por la posibilidad de haber estado equivocado, sino porque abre una pregunta más profunda: si las cosas se pusieran realmente a prueba, ¿seguiría siendo capaz?

Ese es el ring vacío del que hablaba el paciente. Lo “fácil y evidente” sería pensar que la mayoría de las personas creen que el problema es el miedo a fracasar. Pero en realidad, muchas veces el miedo es otro: el miedo a descubrir que la identidad sobre la que uno ha construido su vida quizá no sea tan sólida como creía.

Por eso la escena que él recordaba es tan poderosa durante la sesión. Rocky no puede entrar al ring y no porque esté físicamente incapacitado, sino porque por primera vez se enfrenta a la posibilidad de que el campeón que creía ser no exista de la forma en que pensaba.

Sin embargo, no es el final de la historia. Es el punto de inflexión. En terapia es habitual que ocurra algo parecido, antes de poder construir fortalezas, muchas veces es necesario atravesar un momento de desorientación. Una etapa en la que las certezas se debilitan y la persona empieza a mirar de frente aquello que había evitado durante años. No es un proceso cómodo, nunca lo es y suele venir acompañado de vergüenza, dudas y una sensación extraña de fragilidad.

Pero también aparece algo más y el paciente lo nombra casi sin darse cuenta: las ganas de volver a “pelear”. Cuando alguien llega a ese punto, algo en su mente ha cambiado. Ya no se trata de defender una imagen de sí mismo ni de proteger un lugar seguro. La pregunta deja de ser “¿soy realmente tan bueno como creían?” y empieza a parecer más a “¿estoy dispuesto a entrenar para volverme más fuerte?”.

La “fortaleza” en términos psicológicos no aparece antes del miedo y cuántas veces trato esto mismo con pacientes en sesión.  Ser fuertes no es una condición previa que permita enfrentarlo, más bien nos hacemos fuertes en el proceso de acercarse a ese miedo poco a poco, de permanecer frente al ring aunque todavía no se tenga claro si uno será capaz de subir o cuántas veces seremos capaces de levantarnos si nos tumban.

Las metáforas como la que trajo el paciente son útiles precisamente por eso. Permiten observar la propia historia desde una pequeña distancia, como si uno estuviera mirando una película. Y a veces, cuando se mira con suficiente calma nos damos cuenta que un momento de duda no significa necesariamente que la historia haya terminado.

A veces significa justo lo contrario. Significa que la parte más honesta de la historia está a punto de empezar.

Es curioso que haya aparecido Rocky en una sesión, he utilizado mucho algunas escenas de Rocky III y de otras películas de la saga en talleres. He visto muchas veces Rocky y siempre me conecta con una ya lejana noche de sábado, entrando en la adolescencia, viendo esta tercera parte en un video Beta junto a mi hermano y mi padre.

Recuerdo la sensación de aquellas noches. La televisión ocupando el centro del salón, el ruido característico del reproductor al cargar la cinta, la carátula algo gastada que uno miraba antes de darle al play.

Nunca ha sido para mí Rocky un personaje más ni esa película es simplemente una historia sobre un boxeador que caía y volvía a levantarse. Con los años uno vuelve a esas historias y descubre que en realidad contenían algo más de lo que entendíamos entonces. No era solo una película de boxeo, sino una historia sobre identidad, sobre orgullo, miedo y sobre la necesidad de reconstruirse cuando la imagen que uno tenía de sí mismo se tambalea

Quizá por eso el paciente eligió precisamente esa metáfora. No porque pensara conscientemente en todos esos significados, sino porque algunas historias se quedan guardadas en nosotros durante años.

Permanecen ahí, silenciosas, hasta que un día aparecen cuando necesitamos explicar algo que todavía no sabemos decir de otra manera, cuando todavía nos cuesta reconocer que quizá nunca fuimos tan buenos como pensábamos.

Jorge Juan García Insua

«Pues pierdes, pero al menos perderás sin excusas, sin miedo y podrás vivir con eso” (Adrian a Rocky, Rocky III, 1984)

Permiso para ser mayor

Pues eso… que ya tengo otro más y van… los que van porque voy aprendiendo que cumplir años no es simplemente sumar cifras en un calendario. A partir de cierta edad sumas y te enfrentas, aunque sea por un instante, a la evidencia de que el tiempo avanza sin pedirnos permiso. 

Como psicólogo, he acompañado a muchas personas en distintos momentos de su vida, y si hay algo que se repite cada vez que alguien celebra un cumpleaños de más de 50, es esta mezcla profunda de gratitud y vértigo.

Los años pasan dejando marcas invisibles. No siempre son arrugas o canas, que al final les coges cariño, a veces son aprendizajes silenciosos, duelos no resueltos, sueños que cambiaron de forma. Cumplir años nos confronta con lo que fue y con lo que no fue. Con las decisiones tomadas y las que evitamos. Y eso puede doler… pero también libera.

En tiempos donde todavía siento que se idolatra la juventud y tantas personas temen envejecer, muchas viven su cumpleaños con cierta ambivalencia. Sonríen y se preguntan si están donde querían estar. No siempre la respuesta es cómoda, pero esa incomodidad nos recuerda que seguimos en movimiento, que seguimos teniendo la capacidad de elegir, de ajustar el rumbo.

Yo me respondo el día después sí. Estoy donde quiero estar. Los años me pasan, sí. Y pasan más rápido de lo que imaginaba cuando era niño. A cambio dicen que nos dan perspectiva. Lo que antes parecía una catástrofe hoy es una anécdota. Lo que antes dolía con intensidad ahora lo miro con compasión. Sigo persiguiendo esa ansiada madurez, la emocional, que me ayude a entender que la vida no es una carrera contra el tiempo, sino algo parecido a una conversación constante con él.

Cumplir años es reconciliarme con mi propia historia. Aceptar que hice lo mejor que pude con las herramientas que tenía en cada etapa. Perdonarme por no haber sabido más antes. Celebrar que, pese a todo, sigo aquí.

Y sigo aquí queriendo estar y quiero regalarme un año más. Me doy cuenta de que sigo sin querer grandes celebraciones. Quise y tuve un cumpleaños de gestos pequeños, de una mano que aprieta la mía, una caminata sin destino claro sintiendo el sol y el viento, una comida con risas y amigos a quienes abrazar. Tuve un cumpleaños con permiso de no estar disponible para todo el mundo y con un ratito para echar de menos a quienes desde algún sitio sé que siguen cuidando de mi.

Cumplir años es notar que el tiempo no pasa “en general”, pasa por uno. Se queda en ese menisco que hace poco dijo “para”, en las amistades que cambiaron de forma o desaparecieron sin escándalo, en las que vuelven caminando despacio, pasa en los padres que envejecen, en mis hijos que crecen demasiado rápido, en las personas que sigo queriendo y ya no puedo ver ni tocar excepto cuando cierro los ojos, en las versiones de uno mismo que quedaron atrás y que a veces extraño a veces con ternura y otras con vergüenza.

Al soplar, confieso, las velas no he pedido grandes deseos. He pensado en lo que he perdido y en lo que he elegido perder. En las renuncias conscientes y la elecciones conscientes y firmes.

A veces mis pacientes me ven con un aura de madurez que yo mismo a menudo no me veo. Solo estoy en otra etapa, con sus luces y sus sombras. Menos intenso y para algunos tal vez menos impulso, quizá, pero mejor dirigido y sobre todo aprendiendo a sostener lo que duele sin huir tan rápido.

Sé que no me queda todo el tiempo del mundo, en realidad nunca lo tuve. Escribo hoy porque hubo cumpleaños que pasé en piloto automático, respondiendo mensajes con una sonrisa mecánica, agradeciendo felicitaciones mientras por dentro hacía cuentas de lo que “debería” haber logrado ya. Pasé muchos otros sin querer celebrarlo o sin sentir que celebrarlo era algo especial, como si la vida tuviera un calendario oficial que yo estuviera incumpliendo. Los años enseñan que esa contabilidad es implacable y casi siempre injusta y ahora que llevo unos años intentando celebrarlo empiezo a coger el gustillo.


Creo que he aprendido a acompañar el miedo al paso del tiempo en otros, aunque todavía estoy aprendiendo a acompañarlo en mí. No se va del todo. A veces es miedo…otras es urgencia. Este último año ha sido más bien una conciencia tranquila de que no todo tiene que resolverse ya, pero tampoco puede aplazarse indefinidamente.

Huyo de la juventud eterna y aún más de la productividad impecable. Sé que he cambiado, que algunas certezas se cayeron y otras, más realistas, ocuparon su lugar. Que he cometido errores, más de los que me gusta admitir, y que también he sabido reparar algunos.

Cumplir años es reconciliarme con mis límites. Saber que no voy a llegar a todo, que no voy a ser todo, y que tal vez eso está bien. Que la vida no era aquello que imaginé exactamente, pero está tampoco es una decepción permanente. Es más compleja, más contradictoria y mucho más humana.

Ayer me regalé y me regalaron un cumpleaños sin prisa. Hoy soy un poco más afortunado que ayer. 

Vamos a por uno más.


Jorge Juan García Insua