

García Insua Psicología & Coaching

A veces uno cree que el cansancio tiene una forma concreta, que el cansancio es no dormir, llegar tarde o acumular demasiadas cosas pendientes. Pero hay días en los que el cansancio es algo mucho más difícil de explicar. Días en los que el cuerpo está en un sitio y la cabeza en otro. Días en los que uno sigue funcionando por pura inercia, casi por responsabilidad, mientras por dentro siente que no termina de llegar a ningún lugar.
Hoy una paciente me ha dicho al empezar la sesión:
– Hoy vengo cansada. No te enfades, Jorge, pero vengo porque sé que me viene bien, porque me ayuda, porque es un pasito… pero no tenía ganas de venir. Hoy ya no me quedaban fuerzas.
Y mientras la escuchaba tuve esa sensación extraña y silenciosa de reconocerme completamente en lo que el otro está diciendo. Porque hoy yo tampoco había llegado “del todo”.
El día se torció temprano. Uno de mis hijos amaneció enfermo y, desde ese momento, todo cambió de sitio. Los planes, los tiempos, la energía, la atención.
Empieza entonces esa especie de carrera discreta que tantos padres conocen bien: reorganizar horarios, mover sesiones, responder mensajes, revisar si puedes cancelar algo, si puedes aplazarlo, si puedes sostenerlo todo sin que nada termine de romperse.
Conciliar, lo llaman.
Aunque hay días en los que la palabra parece dicha por alguien que nunca ha tenido que hacerlo de verdad.
Porque conciliar no siempre es encontrar equilibrio, sino simplemente intentar que las distintas partes de tu vida no choquen entre sí demasiado fuerte. Intentar cuidar sin desaparecer. Trabajar sin sentirte culpable. Estar pendiente de todo y llegar, aun así, tarde a todas partes emocionalmente.
Hubo un momento de la mañana en que pensé que tendría que cancelar el día entero. Y sinceramente, una parte de mí quería hacerlo. Deseaba hacerlo. Quería meterme en la cama al lado de mi hijo, apagar el móvil, cerrar el portátil, la consulta y dedicar el día únicamente a estar allí. A no producir nada. A no sostener conversaciones. A no intentar ser útil para nadie más.
Solo quedarme cerca.
Pero después haces lo que hacemos muchas veces los adultos: empiezas a reorganizarte por dentro para seguir adelante.
Trabajé gran parte de la tarde sentado en mi cama, donde descansaba mi hijo. El portátil apoyado como podía, los auriculares puestos para los audios. Y mientras escuchaba a otras personas hablar de su ansiedad, de sus miedos, de sus agotamientos, una parte de mí estaba constantemente pendiente de él. De si se movía demasiado, de si respiraba tranquilo, de si volvía a tener fiebre. Pendiente de ese pequeño sonido que hacen los niños enfermos y que automáticamente pone en alerta a cualquier padre.
Era extraño porque físicamente estaba trabajando, pero emocionalmente estaba dividido.
Y aun así, desde fuera, probablemente (quiero pensar) que no se ha notado (demasiado). Las sesiones sucedían. Las palabras salían. Las preguntas aparecían en el momento correcto. Supongo que la experiencia también consiste en eso: en aprender a sostener incluso los días torcidos.
Pero por dentro no había sensación de normalidad. Había una tensión continua, una especie de hilo invisible tirando de mí hacia otro lugar.
Y entonces entendí todavía mejor lo que mi paciente intentaba decirme. Porque a veces el cansancio no es querer dormir. A veces el cansancio es no poder entregarte entero a nada, sentir que todo te pide presencia cuando apenas te queda una parte disponible, es ir cumpliendo con el día mientras por dentro aparece constantemente el deseo de parar.
Creo que muchas personas viven así más veces de las que cuentan. Funcionando. Contestando mensajes. Yendo a trabajar. Cuidando de otros. Sonriendo incluso. Mientras mentalmente están intentando sostener algo que ocurre fuera de la mirada de los demás.
Y quizá por eso me pareció tan honesta su frase: “Hoy vengo porque sé que me viene bien, pero no tenía fuerzas”.
Qué difícil es explicar eso sin sentir culpa. Qué difícil es admitir que hay días en los que incluso las cosas que nos ayudan también nos pesan. Hoy yo no he hecho nada extraordinario, a lo sumo solo sensato y lógico, y me cuesta decir que sí, que también he estado cansado de una manera difícil de explicar.
He estado en las sesiones, sí. He hablado, he escuchado, he acompañado. Sí. Pero en el resto del día… creo que solo he medio estado.
Hoy acabo vulnerable y pensando que en días así, seguir adelante ya es suficiente.
Y mañana será otro día.

Jorge Juan García Insua

Hoy hemos perdido, como los últimos… 6 partidos.
Ha llegado a casa tocado, enfadado y cabizbajo. No miraba, caminaba rápido, aún tenso , como si todavía estuviera jugando el partido dentro de su cabeza.
Al entrar en casa, le he dado un largo abrazo. No le he dicho “no pasa nada” ni “la próxima vez ganaréis”. Tampoco le he hablado del árbitro, ni de la suerte, ni de lo orgulloso que debía sentirse de haberse vaciado.
Solo lo he abrazado.
He sentido su cuerpo, aún con cierta rigidez, vergüenza y esa tristeza tan desordenada que tienen las derrotas cuando uno lo ha dado todo. Sabía que cualquier frase hecha sonaría pequeña delante de eso. Así que esperé.
– Jode mucho, ¿eh? – le he dicho al final, al oído.
Él ha asintido sin despegar la cara de mi hombro.
– Sí.
Y por un momento, eso ha bastado.
Nos hemos quedado así unos segundos más. Su respiración iba recuperando la calma.
– He fallado yo -me ha murmurado al fin—. Si meto esa, papá…
Notaba cómo esa frase llevaba rato creciendo dentro de él. Buscaba y necesitaba un “culpable” y lo había encontrado en sí mismo.
Podría haberle dicho que no era verdad. Que es un juego. Que son un equipo. Que no pasa nada. Que no hubiera cambiado el resultado. Todas esas cosas eran ciertas y, aun así, en ese momento hubieran sonado “huecas”.
-¿Llevas todo este rato pensando en esa jugada?
Él ha asentido otra vez.
– Sí, es como si no pudiera dejar de verla.
Lo he separado para mirarlo mientras le sujetaba de los hombros y acariciaba las mejillas.
– Entonces es porque esa jugada y el partido te importan de verdad.
Me ha mirado como si no entendiera.
– Cariño, perder cuando te da igual dura diez minutos. Cuando has puesto algo tuyo ahí dentro… dura más.
– Papá, no me gusta perder.
– Ya lo sé, hijo.
Y mientras lo decía me ha salido una sonrisa, de esas nerviosas, medio involuntarias, no para quitarle importancia, sino porque reconocía perfectamente esa sensación.
La había tenido también a su edad, y después en otras cosas más “serias”, más silenciosas y que él aún no alcanza a entender.
– No voy a convencerte hoy de que esto no duele -le he dicho-. Porque duele. Y mañana, seguramente, todavía un poco. Pero no tienes que intentar hacer como que no pasa nada para que yo esté tranquilo.
Ahora ha sido él quien me ha mirado.
– Crees que lo he hecho bien?
Escuchar eso ha hecho que algo dentro de mí se apriete.
– Estoy fastidiado porque tú estás fastidiado. Pero no tengo ninguna duda de que te has dejado el alma, siempre lo haces, y siempre que lo haces, para tu padre es imposible no estar orgulloso de ti.
Entonces lo he vuelto a abrazar, esta vez su cuerpo dejaba de resistirse. No es solo fútbol, no es solo un partido ni es cosa de niños.
Porque algún día descubrirá que la vida está llena de partidos así. Días en los que uno llega a casa sintiendo que ha fallado justo cuando más quería acertar. Relaciones que no salen. Trabajos que se escapan. Decisiones que pesan durante noches enteras. Momentos en los que uno se queda atrapado repitiendo una escena, una frase, una oportunidad perdida, un balón que se desvía en el último metro.
Y ojalá, cuando eso ocurra, recuerde esto. No el resultado ni el marcador. Ni siquiera el gol fallado.
Ojalá recuerde siempre que hay un lugar al que puede volver, incluso roto, sin tener que esconderse.
Que habrán unos brazos donde no hará falta fingir que no duele, que siempre estaré para no tener prisa en apagar su tristeza,
Que siempre estaré para acompañarle y quedarme. Sin corregir, sin rescatar, sin minimizar. Solo quedarse.
Siento que quizá esa sea una de las cosas más importantes que podemos enseñarles: que perder no les hace menos valiosos, que sentir frustración no les hace débiles, y que el amor no aparece solo cuando ganan.
Al instante le ha cambiado la cara y me ha preguntado que nos había hecho la tita para comer, como si el mundo, poco a poco, volviera a colocarse en su sitio… y su estómago.
Supongo que crecer debe de parecerse mucho a eso: aprender que hay derrotas que tardan en irse, pero también que ninguna dura para siempre cuando alguien se queda contigo mientras duela.

Jorge Juan García Insua
“En todo equipo es necesario un jugador capaz de sacrificarse en beneficio del conjunto” – Pere Gol Teixidor (Badalona, 1905 – 2000)
Empieza tarde. No porque no quiera hablar, sino porque no encuentra una forma que no suene equivocada desde el principio. Parece que no sabe muy bien cómo empezar, titubea mientras intentaba ordenar sus ideas y empieza a hablar como si en cada palabra pidiera permiso.
Dice que no se ve siendo padre. No ahora. Ni siquiera sabe si en algún momento. Lo dice bajo, como si al decirlo en voz alta ya estuviera haciendo algo que puede tener consecuencias.
Dice que ella también va a terapia, ella se lo explicó después de salir de su primera sesión. No tuvo que explicar los motivos, él los conoce y la entiende, evita preguntar porque teme que un día salga de sesión y rompa con él.
Me explica que ahora nota el efecto de sus sesiones en la distancia que ella toma para hablar de sus planes de futuro o en cómo se queda en silencio, midiendo sus gestos, como si no quisiera dar un paso en falso.
Él no sabe si quiere ser padre. Lo dice rápido, como para mostrar así más seguridad y determinación. Luego corrige, y puntualiza que no es que no quiera… es que no sabe. Y en ese “no saber” hay algo “más”, dice que es un muro en la relación, uno difícil de negar y que puede ser… definitivo.
Añade enseguida que la quiere. Mucho. Que eso no está en duda. Que, de hecho, ese es el problema, que no sabe cómo “hacer con las dos cosas a la vez”.
Habla de ella sin entrar en detalles. De lo que espera, de lo que ha ido apareciendo en sus conversaciones. No como exigencias ni como límites, sino como algo que está ahí, cada vez más presente. Como si el tiempo hubiera empezado a empujar, como si se acabara…
Dice que cuando ella habla del futuro, él se tensa, se siente rígido…. midiendo lo que dice, evitando cerrarse, evitando también abrir demasiado. Como si cada frase pudiera acercarle o alejarle de ella y cada vez son más las ocasiones que eso genera mucha tensión entre ellos.
Me llama la atención que no dice “ella”, dice “perderla”. Eso sí lo tiene claro, más que si quiere o no ser padre.
Se corrige a sí mismo varias veces. Intenta no parecer tajante. Dice que no es que no quiera, que “es más complicado”. Pero cuando intenta explicarlo, no sale nada distinto. Solo que no se ve, que no le nace, que le pesa. Y que eso le hace sentirse mal, pero no por él.
Por lo que implica.
Se queda un momento callado y luego dice que hay algo que no había querido reconocer hasta ahora. Que ha estado pensando en qué pasaría si se lo dice tal cual. Sin matices. Directo.
Y lo que imagina no es una discusión. Es algo más simple. Ella yéndose, sin gritos ni dramas, pero yéndose. Dice que no puede con esa imagen, le bloquea y le hace replantearse todo lo demás.
Empieza a hablar más rápido, parece que necesita justificarse antes de que alguien le pare. Dice que hay decisiones que no se toman desde lo que uno quiere, sino desde lo que uno no está dispuesto a perder, que quizá eso también es elegir y quizá eso también es válido.
No lo afirma con seguridad. Lo necesita. Se da cuenta de que lleva tiempo acercándose a una respuesta que no le gusta. Cada vez que evita el tema, cada vez que deja la conversación a medias, en el fondo ya está decidiendo.
Lo sabe, y sabe que esa forma de decidir le puede llevar al mismo sitio. Perderla, repite que no quiere eso, que no está preparado para asumirlo, que no sabe cómo sería su vida sin ella y que no quiere averiguarlo ahora.
Entonces se queda bloqueado y reconoce que ha pensado en decirle que sí. No porque lo sienta, sino porque no quiere que se vaya. Se queda en silencio después de decirlo, no lo argumenta más, no lo defiende, tampoco lo retira.
Dice que se siente pequeño al pensarlo así. Que le gustaría poder decir otra cosa, estar en otro lugar, tener más claridad. Pero que no la tiene. Y que mientras espera a tenerla, todo puede romperse.
Habla de la mentira sin llamarla así al principio. Dice que no siempre se puede decir todo, que hay cosas que es mejor filtrar, que a veces decir exactamente lo que uno piensa puede hacer daño innecesario.
Se detiene. Eso es mentir? -pregunta.
Se responde y lo “suaviza”. Dice que sería más bien “decir lo que toca”, lo que ayuda. Como si cuidar fuera eso, “no desestabilizarla”.
Pregunta si hay un exceso de verdad en una relación. No espera respuesta. Habla como quien intenta convencerse de que hay una forma correcta de hacerlo.Dice que ella ya lo sabe, está en sus silencios, en cómo evita ciertas conversaciones. En cómo no responde del todo, que no es algo que esté ocultando de forma activa.
Y aun así, siente que decirlo explícitamente sería otra cosa. Algo definitivo, que podría romper todo y aparece el miedo. No quiere ser padre, repite, pero menos quiere perderla.
Y entre esas dos cosas, empieza a inclinarse. Sin demasiada contundencia ni convencimiento. No se siente capaz de sostener la consecuencia de ser honesto, al menos no ahora, le supera, le deja sin recursos.
Así que lo único que le queda es elegir la otra opción, callarse y decir que sí. Adaptarse lo llama, aunque no se reconozca del todo ahí.
Se le nota muy incómodo al decirlo. No hay alivio, solo la sensación de haber llegado a un sitio al que ya venía acercándose y que veía venir desde el primer minuto.
Dice que quizá cambie, que a lo mejor, con el tiempo, le nazca. Que hay gente a la que le pasa, cuantos padres lo han sido sin querer o sin tenerlo claro?
Reflexionamos y reconoce que hay una parte de él que se queda fuera, que no entra en esa decisión y que eso le preocupa. Pero no lo suficiente como para parar. No si la alternativa es perderla.
Se pregunta en voz baja qué tipo de padre sería así. No quiere desarrollar esa la idea, solo la deja caer y la evita.
Luego vuelve a lo mismo, a que no puede decirle que no, que no puede asumir lo que vendría después y que prefiere equivocarse dentro que quedarse fuera.
Se hace silencio.No busca que le digan qué hacer. Aunque por momentos parece que sí, como si necesitara que alguien valide que esto tiene sentido.
Sabe que la decisión no va a venir de fuera. La ha tomado.
Insiste que le dirá que sí, que está pensado y decidido. Explica cuánto le ha costado, pero que cree que pueden dar ese paso. Lo dice sin mirarme, evitando el espejo de mis palabras.
Finalmente añade que sabe que no está siendo del todo honesto, lo sabe y aún así lo va a hacer, porque no puede perderla.
Y que, si tiene que perder algo, prefiere que sea esto. Aunque le preocupa “acostumbrarse”, no tanto a la idea de ser padre, sino a la de no decir lo que piensa. A que eso “se vuelva normal”.
Que ahora le duele, pero que igual dentro de un tiempo ya no. Y no sabe si eso sería mejor o peor. Se imagina dentro de unos meses, repitiendo lo mismo con otras cosas. Cediendo sin darse cuenta. Ajustándose, como dice. Haciéndose más pequeño para que la relación funcione.
No lo dice como reproche hacia ella. Lo dice sobre él. Señalando un patrón que hasta entonces no había querido mirar.
Reconoce que hay algo de dependencia. No lo adorna, que necesita que ella esté para sentirse en su sitio, que sin eso, se desordena.
Se le escapa una frase casi sin querer: “Si me deja, no sé quién soy.” No la sigue, queda ahí flotando en la consulta.
Vuelve a la idea de hablar con ella. Dice que lo hará pronto, antes de que pase más tiempo. Que no quiere alargarlo más. Me dice que, cuando se imagina el momento, no piensa en explicarse, solo decir lo justo para no dar margen a preguntas o que algo se rompa. Como si incluso en la conversación ya estuviera midiendo cuánto puede ser él.
Cuando sale, la sensación que queda no es la de una decisión equivocada o acertada, sino la de una decisión tomada desde un lugar muy pequeño. No porque no haya pensado, sino porque apenas se permite alternativas que no pasen por conservar el vínculo.
No parece alguien que no sepa lo que siente. Al contrario. Lo sabe con bastante certeza, pero hay algo en él que invalida, automáticamente, ese registro cuando entra en conflicto con la posibilidad de perder a la otra persona.
No es solo miedo a la pérdida. Es dificultad para sostenerse sin ese otro. Y desde ahí, la balanza no está equilibrada. Lo que más pesa no es la paternidad. Es la idea de quedarse solo.Y en ese punto, cualquier decisión deja de ser del todo una elección.
Se adapta con rapidez a lo que cree que debe ser. No desde la manipulación, sino desde una forma de vincularse en la que su lugar depende de encajar. De no molestar. De no poner en riesgo.
Hay algo aprendido ahí. Una forma de estar en la relación que pasa por anticiparse, por ceder antes de que el conflicto aparezca, por evitar que el otro tenga que elegir.Y eso, sostenido en el tiempo, también rompe. Aunque no haga ruido al principio.
Jorge Juan García Insua
No sabía muy bien cómo empezar. Se sentó, me miraba con vergüenza y cuando se decidió a hablar lo hizo como si en cada palabra pidiera permiso.
Dice que ella también viene a terapia. Que no lo hablan mucho, pero se lo dijo y él evita preguntarle que porque conoce el motivo. Me explica que ahora nota el efecto de sus sesiones en la forma en que ella ahora mide las palabras, en cómo a veces se queda callada demasiado tiempo o al menos más que antes.
Él no sabe si quiere ser padre. Lo dice rápido, como si así doliera menos. Luego corrige, y puntualiza que no es que no quiera… es que no sabe. Y en ese “no saber” hay algo “más pesado” que una negativa. Porque no es una decisión, es una barrera en la relación, algo así como una herida que no sabe curar.
Pero no quiere.
Por un momento se expresa justificándose, diciendo que hay personas que no temen a la paternidad en sí, sino a todo lo que se pierde al elegirla. Y a todo lo que se pierde al no elegirla. Y que él, tal vez, no es distinto.
Pero su discurso cambia y habla de ella. De cómo la quiere, de cómo la ha querido siempre de una manera sincera, que nunca ha tenido dudas… hasta ahora. Y eso le duele, porque antes todo era claro, antes todo fluía y no había que elegir entre caminos que no se pueden recorrer a la vez.
Reconoce que la imagina con un hijo y siente algo raro. No exactamente rechazo, pero tampoco es deseo que eso ocurra. Es como si la imagen no encajara del todo con la vida que habían construido, como si alguien hubiera cambiado el guion sin avisar y sin contar con uno de los actores principales. Incluso como si en esa imagen él no es él, y podría ser cualquier otra persona que ella ha conocido.
Sigue cambiando su discurso, por momentos vuelve a la justificación pero sin casi darse cuenta, piensa que hay decisiones que no son sobre lo que uno quiere, sino sobre quién está dispuesto a convertirse, y que no todo el mundo está listo al mismo tiempo, a veces nunca. Él dice finalmente que pertenece a este grupo.
Él teme perderla. Eso sí lo tiene claro. Le da pánico y lo dice claro, alto, sin rodeos. La palabra “perder” se queda flotando un momento en la sala. No es solo perderla a ella, es perder la vida que tienen, la que tenían, la que podrían tener, es perder la versión de sí mismo que es con ella, y que no ha tenido antes con nadie.
Ahí pone nombre a otro miedo, uno que le cuesta definir, pero que sí explica: miedo a quedarse y convertirse en alguien que no reconoce, que no quiere, que no ve, al menos hoy. Dice que no quiere ser un padre a medias, no quiere ser un padre que lo fue porque lo eligió por miedo.
Se hace silencio y llora.
– Te escucho y siento que estás planteando un duelo anticipado.
– Sí? Un duelo?
– Estás verbalizando, si lo he entendido bien, que elijas lo que elijas, algo va a “desaparecer”, algo va a cambiar, algo vas a perder.
Dice que le gustaría que alguien le dijera qué hacer, invitándome a ser yo quien le ponga la decisión delante, dando por hecho que hay una respuesta correcta y que yo, por el hecho de ser psicólogo la sé.
Le aclaro que no es así.
Pero no lo es. Y reconoce que sabía que venía sabiendo que no se iría con una respuesta y que al final esto iría de asumir la responsabilidad de elegir.
Rápidamente sigue reflexionando, da la sensación que así encuentra cierta calma. Habla sobre la necesidad de ser sincero con su pareja, de decirle la verdad sobre su momento personal y ese “no sentir que sea el momento de ser padre”, pero dice que le aterra hacerlo, que por primera vez, cuando la mira le aterra hacerlo, que hay amores que no sobreviven a ciertas preguntas, que mueren por exceso de verdad.
– Existe un exceso de verdad en una relación? -preguntó.
– Lo veo así en mi caso. Es como si ella ya sabe la respuesta, está en mis silencios, en el evitar responder, en el no querer hacerle daño… porque sé que le haré más daño, y sé que no ser tajante también le hace daño, pero mientras callo ella cree que hay una posibilidad.
– Y tú quieres mantener esa posibilidad para con ella?
– Sí, Tal vez algún día sí me vea y quiera ser padre. Tal vez… pero no hoy y no sé si el año próximo o… el otro… pero no me gusto, en el fondo tampoco quiero eso, no para ella y no para mí, esto no funcionaría si siento esa presión.
Y entonces hablamos de la presión. Empezamos hablando de la de ser padre y poco a poco se centra en la de cumplir con lo que espera, seguir ese camino que cree todos presuponen y en el tiempo que cree todos esperan.
Asiente a esa idea final, pero ya no desde la urgencia sino desde algo más contenido. Como si poco a poco hubiera dejado de buscar una salida inmediata y empezara a sostener lo que hay, sin resolverlo.
La presión sigue ahí, pero ya no es solo la expectativa de ser padre, ni siquiera el miedo a perderla. Empieza a reconocer otra más profunda: la de tener que definirse. La de dejar de habitar ese “todavía no” en el que todo es posible y nada se rompe del todo.
Se da cuenta de que su duda es en realidad una posición. Incómoda, pero real. Y que sostenerla implica un coste que hasta ahora había intentado esquivar, el de ser claro, el de renunciar a esa ambigüedad le protege al tiempo que lo paraliza.
Piensa en ella sin romantizar. La quiere, eso no cambia, y aparece un punto de distinto: no se trata solo de si quiere o no ser padre, sino de desde dónde lo haría. Toma conciencia que hacerlo desde el miedo (a perderla, a quedarse atrás, a no cumplir) sería una forma de traicionarse que, tarde o temprano, también acabaría dañando la relación.
Ya no es “perderlo todo”, sino aceptar que cualquier camino implica perder la relación tal como es ahora, incluso cierta imagen de sí mismo en este momento de su vida.
Y en ese reconocimiento entiende que callar no es neutral, que sostener la posibilidad para ella, cuando en él no existe de verdad, no es cuidado, es aplazamiento. Y que ese aplazamiento también erosiona, aunque lo haga en silencio.
No hay alivio claro, pero empieza a no haber conflicto con la idea de que debería tenerlo claro y, simplemente, debe aceptar dónde está.
Se va con más preguntas que respuestas, pero distintas. Ya no giran tanto en torno a qué decisión es la correcta. Sabe que hablar con ella no será un acto puntual, sino un proceso que empezará cuando deje de protegerla de una verdad que, en realidad, ya está presente. Y por ocultar está haciendo sangre.
Jorge Juan García Insua
La mujer se sienta y siempre cruza las manos sobre el regazo, como si sostuviera algo frágil que no debe caerse. Cuando empieza a hablar, no me mira, mira un punto impreciso entre la alfombra y la pared, como si las palabras necesitaran un espacio neutro para poder salir.
Dice que no es un dolor agudo ni es una “herida reciente”, pero que le duele todos los días. En un momento empieza a hablar de la maternidad como algo que no ocurrió, pero que está presente. Como una especie de vida paralela.
Me llama la atención las muchas veces que la palabra “madre” pronuncia, aunque le cuesta en todas ellas. Cuando la dice baja la voz, como si temiera pronunciarla.
Explica que durante mucho tiempo creyó que no era tan importante. Que había otras cosas: el trabajo, los viajes, la pareja, la libertad… Incluso llegó a convencerse de que no lo necesitaba, pero algo cambió. No sabe exactamente cuándo, tal vez fue viendo a otras personas, o tal vez fue el paso del tiempo, ese tipo de tiempo que no hace ruido pero que te marca.
Ahora siente que hay un límite, aunque nadie se lo haya señalado explícitamente. Un límite biológico, sí, y también emocional, porque lo que antes era un deseo lejano y hasta difuso, ahora se ha vuelto urgente. Habla de él con cuidado, dice que le quiere y que llevan años juntos… que es una relación “buena y sana”, estable, construida con paciencia. No hay grandes conflictos, no hay rupturas previas. Nada que, desde fuera, justifique una mínima duda.
Pero él no lo ve claro. No dice que no quiera ser padre, le dice que no ahora, que más adelante… que un paso muy importante para el necesita estar seguro.
Ella repite esas frases, pero al hacerlo se percibe el desgaste. Como si cada repetición las vaciara un poco más de sentido. Entre lágrima me explica que al principio lo entendía y que incluso -lamentándose- coincidía. Hubo un tiempo que ella también quería esperar, pero ya no y que ahora, cada aplazamiento se siente distinto. No como una decisión compartida, sino como una renuncia silenciosa, una que pesa mucho, mucho más de lo que imaginó y empieza a sentir que no puede con ella.
No quiere presionarlo, ni le gustaría que él tenga un hijo por miedo a perderla. Sabe cómo de injusto sería para ambos. Y sin embargo, reconoce que hay momentos en los que le gustaría poner un ultimátum, aunque solo sea para salir de la incertidumbre.
Se queda en silencio un instante más largo de los que hasta el momento han habido. Sigue sin mirarme directamente. Finalmente respira hondo y me mira, entonces admite lo que más le cuesta decir: que ha empezado a «pensar en irse”.
No habla desde la rabia ni siquiera me transmite determinación, siento que verbaliza por fin una posibilidad dolorosa, pero real, como quien observa una puerta que nunca quiso abrir, pero que ahora no puede dejar de mirar.
Irse no porque deje de quererle, sino precisamente porque le quiere y porque quiere algo que él, tal vez, no puede darle.
Cómo a veces el amor no es suficiente para sostener dos proyectos de vida que parece ir a sitios distintos… qué difícil distinguir entre el deseo propio y el miedo a perder lo que ya se tiene.
Ella dice que le asusta empezar de nuevo, que no sabe si encontraría a alguien que quiera lo mismo; que el tiempo, otra vez el tiempo, pesa en esa decisión. Pero también le asusta quedarse y, dentro de unos años, darse cuenta de que eligió quedarse por miedo.
No llora. Su voz se mantiene estable, pero hay una tensión en la forma en que entrelaza los dedos, como si necesitara contener algo que insiste en salir.
En la semana siguiente, se acomoda en la butaca y está vez, no tarda tanto en empezar a hablar, pero hay algo más cansado en su tono. Dice que ha estado observándose, evitando “buscar respuestas”.
Se ha sorprendido imaginando escenas que antes no se permitía. Una cocina pequeña, una mochila en el suelo, una voz infantil llamándola desde otra habitación. Son fantasías, fragmentos, casi accidentes mentales…
Me verbaliza ciertas punzadas al ver a otras mujeres con hijos. No es envidia exactamente -se corrige-, es una sensación de estar fuera de algo que siempre pensó que formaría parte de su vida. Como si hubiera una conversación a la que llega tarde y ya no entiende del todo.
Habla de él otra vez, pero esta vez no lo describe tanto; se describe a sí misma a su lado. Dice que últimamente se escucha midiendo el tiempo, no en años, sino en “si esperamos uno más”, “si lo hablamos el próximo verano”, “si cuando estemos más tranquilos”. Y cada una de esas frases le genera una inquietud que antes no estaba.
Reconoce abiertamente que empieza a sentir resentimiento. Aparece por momentos, cuando él habla de planes a largo plazo que no incluyen hijos. Cuando cambia de tema.
Cuando dice “ya veremos”. No es el deseo insatisfecho lo que más la asusta, sino lo que ese deseo está empezando a hacerle por dentro, y que no sabe ponerle nombre. Ella lo formula con cuidado: no quiere convertirse en alguien que reprocha, que presiona, que mide el amor en función de una decisión que el otro no puede forzar. Pero también se pregunta si callar no es otra forma de traicionarse, de intentar silenciar el conflicto entre la mujer que quiere sostener la relación y la que necesita ser fiel a un deseo que ya no puede minimizar.
Dice que ha intentado imaginar las dos vidas posibles. La que se queda y la que se va.
En la primera, hay estabilidad, historia compartida, un amor que conoce bien. Pero también hay una renuncia que no sabe si podrá elaborar sin que se convierta en algo más oscuro con el tiempo.
En la segunda, hay incertidumbre, soledad, el riesgo de no encontrar a nadie o de que sea demasiado tarde. Pero también hay una especie de honestidad y paz mental, una coherencia con algo que siente como esencial.
Lo dice sin dramatismo, pero la claridad que no tenía en la sesión anterior. No pregunta qué debería hacer, ya no pretende que mi opinión incline la balanza. Parece más interesada en sostener la incomodidad de no decidir todavía, pero sin seguir posponiendo la pregunta.
Llega a la tercera sesión, y nada más comenzar dice que tal vez ha estado esperando que él cambie, pero que nunca se ha permitido preguntarse qué pasaría si no cambia.
Le expreso que esa es una forma distinta de situarse en la relación. Dice que, si él no cambia, la decisión deja de ser sobre convencerle y pasa a ser sobre qué hace ella con esa “realidad”. Y eso, reconoce, da más miedo. Porque ya no depende de una conversación pendiente ni de un momento adecuado. Depende de asumir una pérdida posible, en cualquiera de las dos direcciones.
Se queda en silencio. La sesión se acerca al final y antes de irse, dice casi en voz baja que le gustaría poder tomar una decisión sin sentir que pierde algo fundamental.
Una vez se ha marchado acabo mis notas… hay decisiones en las que la pérdida no es evitable, solo elegible.
Cuántas veces, en consulta, aparece esta idea de que debería existir una forma de elegir sin perder. Como si una buena decisión garantizara siempre una ganancia limpia, sin restos ni renuncias. Pero no suele ser así. La vida pocas veces es así.
Hay decisiones que no ordenan la vida, la parten. Y no porque estén mal tomadas, sino porque implican reconocer que no todo puede coexistir. Que hay deseos que llegan tarde, o que llegan a destiempo respecto a quien tenemos al lado. Y que el amor, incluso cuando es suficiente para muchas cosas, no siempre alcanza para sostener direcciones distintas.
También pienso en lo difícil que es sostener ese punto en el que ella está, ese punto donde ya no se trata de esperar a que el otro cambie, ni de convencerse de que una puede adaptarse, y de que decida lo que decida será su decisión.
En la vida hay pérdidas que no podemos evitar, solo asumir. Y que, a veces, madurar tiene más que ver con elegir qué pérdida estamos dispuestos a asumir, que con encontrar una salida donde no paguemos un precio a cambio.
Jorge Juan García Insua

Hoy, en consulta, una paciente, con la voz entrecortada y los ojos llenos de algo difícil de nombrar, me miró y dijo, refiriéndose a su pareja:
“Si ve que tiene un problema… ¿por qué no pide ayuda? ¿por qué?”
Y justo después, se rompió.
No era solo una pregunta. Era frustración, cansancio y mucho dolor acumulado. Era también, en algún lugar más profundo, una pregunta que muchas personas se hacen… incluso sobre sí mismas.
La escucho a menudo, en distintas formas, en distintas historias. Y cada vez que aparece, no hay una única respuesta, sino muchas particulares y pequeñas verdades, que la sostienen. Tal vez algunas sean estas…
… Porque pedir ayuda también es una forma de fortaleza.
… Porque a veces nos enseñaron a callar antes que a pedir.
… Porque duele admitir que no podemos solos.
… Porque no siempre sabemos a quién acudir.
… Porque pedir ayuda implica confiar… y eso cuesta.
… Porque creemos que “deberíamos poder con todo”.
… Porque nadie nos enseñó cómo hacerlo.
… Porque el miedo al juicio pesa más que el malestar.
… Porque reconocerlo ya es el primer paso, y el primero siempre es el más difícil.
… Porque no es debilidad, es valentía.
… Porque pedir ayuda rompe el mito de “puedo con todo”.
… Porque a veces sobrevivir ya nos ocupó toda la energía.
… Porque reconocerlo nos hace sentir vulnerables.
… Porque el orgullo también protege… aunque aísle.
… Porque no queremos preocupar a nadie.
… Porque el silencio fue nuestra forma de adaptarnos.
… Porque no sabemos poner en palabras lo que duele.
… Porque tememos no ser entendidos.
… Porque pedir ayuda implica cambiar algo… y eso asusta.
… Porque aprendimos a ser fuertes, no a ser acompañados.
… Porque creemos que lo nuestro “no es tan grave”.
… Porque hay heridas que enseñan a desconfiar.
… Porque esperamos a tocar fondo para hacerlo.
… Porque normalizamos sentirnos mal.
… Porque pedir ayuda también confronta la realidad.
… Porque necesitamos permiso… incluso de nosotros mismos.
… Porque confiar es un proceso, no un clic.
… Porque a veces no es falta de voluntad, es falta de red.
… Porque el miedo a la respuesta puede ser mayor que el dolor.
… Porque no todo el mundo tuvo ni tiene un espacio seguro.
… Porque pedir ayuda también implica dejar de huir.
… Porque a veces no queremos ver lo que duele.
… Porque sentimos que nadie lo entendería igual.
… Porque nos acostumbramos a sostenerlo solos.
… Porque pedir ayuda es soltar el control.
… Porque hay miedos que no saben hablar.
… Porque nos enseñaron a resistir, no a compartir.
… Porque cuesta reconocer que necesitamos a otros.
… Porque el “estoy bien” se volvió automático.
… Porque no queremos parecer débiles, aunque lo estemos pasando mal.
… Porque a veces ni siquiera sabemos que lo necesitamos.
… Porque abrirse también es exponerse.
… Porque el dolor en silencio parece más manejable.
…Porque pedir ayuda es el inicio de algo nuevo.
… Porque nos da miedo lo que pueda cambiar.
… Porque hemos aprendido a minimizar lo que sentimos.
… Porque confiar lleva tiempo… y acumular valor.
… Porque a veces pedir ayuda es justo lo más difícil.
Pedir ayuda no suele ser una decisión simple, aunque desde fuera lo parezca. Muchas personas han aprendido a sostenerse solas, a callar, a minimizar lo que sienten o a repetir ese “estoy bien” casi en automático. No es falta de voluntad, es protección, es historia y aprendizaje. A veces, resistir fue la única forma de seguir adelante, no había otra y era la mejor opción.
También hay miedo. Miedo a no ser entendido, a ser juzgado, a preocupar a otros o a descubrir que lo que duele es más profundo de lo que se pensaba. Pedir ayuda implica abrirse, y abrirse es exponerse. Y cuando la confianza ha sido herida, confiar de nuevo no es un acto inmediato, es un proceso que requiere tiempo y mucha valentía.
A esto hay que sumar una “triste” creencia muy arraigada, esa de “debería poder con todo”. Como si necesitar a otros fuera un signo de debilidad, cuando en realidad es una expresión de humanidad.
El problema es que ese ideal de autosuficiencia termina aislando, haciendo que el dolor se viva en silencio, como si fuera más manejable cuando nadie más lo ve.
Puedo asegurar que en consulta, muchas veces no falta fuerza, falta red. Falta un espacio seguro donde poner en palabras lo que ni siquiera se entiende del todo. Porque no siempre sabemos qué nos pasa, solo sabemos que pesa y lo mucho que nos pesa llevar esa carga. Y reconocerlo, aunque incomode, ya es el primer paso hacia “algo diferente”.
Me duele cuando un paciente me expresa esa idea limitante de que pedir ayuda es rendirse. No! Por supuesto que no lo es! Es dejar de huir, es soltar el control justo lo suficiente para permitir que algo cambie. No es fácil, nunca lo ha sido.
A veces no se trata de no querer ayuda, sino de no haber tenido nunca un lugar donde pedirla sin miedo. Por eso, muchas personas aprenden a resistir, a adaptarse, a seguir… aunque por dentro duela. Y con el tiempo, esa forma de sobrevivir se vuelve costumbre y nos carcome.
Hasta que llega un punto en el que sostenerlo todo en silencio pesa demasiado. Porque nadie está hecho para poder con todo, todo el tiempo. Nadie. Y reconocerlo no te rompe, te fortalece.
Pedir ayuda no es una señal de fracaso, es un acto de honestidad, de autoestima, amor propio y de respeto hacia uno mismo. Es mirarte sin disfraces y admitir que algo duele, que algo importa, que algo necesita ser atendido.
No tienes que hacerlo perfecto, ni tener las palabras exactas. Yo tampoco las tengo. A veces basta con un “no puedo solo con esto”. Porque al final, no se trata de poder con todo, sino de no tener que hacerlo en soledad.
Jorge Juan García Insua

Digo yo, que si el caballero le hubiera regalado un libro al dragón la historia habría sido muy distinta.
El dragón, en lugar de escupir fuego, se habría quedado absorto entre páginas, descubriendo mundos donde no era el villano, sino el protagonista incomprendido.
Quizá habría aprendido que no todos los finales están escritos de antemano, y que incluso las criaturas más temidas pueden cambiar si alguien se toma el tiempo de contarles una buena historia. Y entonces, en vez de una espada, habría bastado una dedicatoria para salvar el día.
Y en ese nuevo final, la rosa no habría brotado de la sangre derramada, sino del gesto inesperado de comprensión y amor. Porque la rosa, como el amor, no nace de la victoria ni de la fuerza, sino de la conexión entre dos mundos que parecían destinados a enfrentarse.
Quizá así, el caballero, al ofrecer un libro a instancias de su princesa, hubiera sembrado primero la curiosidad; y sería la rosa la que terminaría de cerrar el círculo: un símbolo de que incluso el miedo puede transformarse en ternura. El dragón, que antes inspiraba terror, habría aprendido a cuidar aquello que florece despacio, como las historias y como los sentimientos más sinceros.
Y tal vez, fruto de todo eso, en la Diada de Sant Jordi, el intercambio no sería solo de libros y rosas, sino de promesas de mirar al otro sin prejuicios, de regalar palabras que construyen y gestos que perduran. Porque pienso y siento que, tanto la rosa como el amor, comparten lo esencial: son frágiles, pero cuando se cultivan con cuidado, tienen el poder de cambiarlo todo.
Tal vez por eso, entre páginas abiertas y pétalos rojos, nace el valor de decir aquello que a veces se queda guardado. Porque un libro puede enseñarnos a nombrar lo que sentimos, y una rosa puede recordarnos que vale la pena hacerlo.
Hoy, el que escribe, como en esa historia que reinventa, no traigo espada ni escudo, sino palabras, un libro y una flor. Porque si algo he aprendido es que amarte no es una batalla que ganar, sino un lugar al que siempre quiero volver.
Te elijo en cada página, en cada silencio y en cada comienzo.
Te elijo, Rita, con la calma de quien sabe que el amor verdadero no necesita vencer a ningún dragón, que cansado de batallas tiré mi armadura y solo aspiro a cuidarte día a día.
Y si alguna vez olvido cómo decirlo, prométeme que abriremos juntos ese libro, para recordarlo:
Que te quiero, que te quiero de verdad, y que, como las rosas de Sant Jordi, lo nuestro florece incluso en las historias más improbables.

Jorge Juan García Insua

Entusiasmados, hasta el punto de el punto de que me resultaba imposible no contagiarse de aquella ilusión y curiosidad por repetir y enseñarme los experimentos que habían aprendido ese día en la escuela.
Cuántas veces he escuchado, y yo mismo he dicho, eso de que los padres somos el espejo para nuestros hijos, pero mientras estaba con ellos experimentando los miraba atentamente, disfrutaba del momento y me daba cuenta de que en aquel momento yo no era su espejo, ellos eran el mío.
Y allí sentados los tres en el suelo observaba mientras construían su volcán de vinagre con bicarbonato y su Arco Iris de Lacasitos y me llenaba de orgullo y gratitud por lo que compartían conmigo.
Para ellos el mundo es una constante y apasionante oportunidad que viven con intensa curiosidad. Me enseñan que la vida es aquí y ahora, que vivir otro momento sencillamente no puedes, que las sonrisas tienen suficiente magia para cambiar el signo del día, que no hay mayor chute emocional que un sentido abrazo…
Crecemos y pensamos que la inocencia se pierde o que es sinónimo de ingenuidad o falta de madurez, en cambio en ellos es ilusión, imaginación y diversión. Cómo de equivocados estamos y cuánto perdemos por el camino…
Reconocer mi ignorancia ante ellos sólo hacía aumentar sus ganas por aprender y probar conmigo. Ellos tienen la clave para mirar el mundo como si fuera la primera vez. Sin prejuicios ni miedos. Su objetivo es seguir siendo felices, así de simple para ellos y de complejo para nosotros. Son mi mayor fuente de aprendizaje y todo un privilegio.
Si lo que ves no te trae felicidad, cambia la forma en la que ves las cosas. Eso es más fácil que cambiarlo todo y a todos los que te rodean y es la forma en que ellos cambian el Mundo. Mi mundo.
Ellos pueden, ¿por qué no vas a poder tú?
Jorge Juan García Insua
*»El espejo» es una publicación del 5 de mayo del 2019 en el blog «InJoy Blog»

Nuestra vida está llega de conversaciones, alguna de ellas son tan intensas que nos dejan huella y son capaces de cambiar el curso de nuestra vida.
Esta vez ella quería que la sesión fuera de conversaciones pendientes, llevaba huyendo del cara a cara durante muchos meses, años de hecho. Decía arrastrar un problema durante muchos años al que no daba solución, y mientras estaba en sesión llegó a la conclusión de que no necesitaba una solución, lo que le hacía falta era una conversación.
Si nuestra vida está tan condicionada por nuestras conversaciones, por qué tantas veces las evitamos y huimos de ellas? Podrían haber muchas respuestas, pero una de ellas es el miedo a conectar con nosotros mismos y dejar que sea desde ese sitio profundo y emocional desde donde salgan nuestras palabras y tomen protagonismo.
Hace unos días yo tuve una conversación inspiradora, aunque sería de justicia decir que Marta la tuvo conmigo. Y como ella suele hacer supo captar el momento en el que estaba, no necesitó mucho para entenderlo, reencontrarme, ayudarme a abrir los ojos y conectar de nuevo con todo lo que nos estaba pasando y todo lo apasionante que está por venir.
Cuando mi clienta se despedía y la veía bajar los primeros escalones mi mente reprodujo la escena con Marta y fui capaz de reproducir lo que habíamos conversado una semana atrás. Sus palabras tuvieron el poder de re dibujar mi realidad, me acompañó a tomar conciencia de mis posibilidades y deseos.
Aquel día Marta te di las gracias, pero creo que no supe hacerte ver la importancia de lo que había pasado y hoy he entendido que para mi no fue suficiente. Y ahora que estaba trabajando en nuevas ideas necesitaba expresarlo… y como no podía ser de otra forma, con palabras.
Desde aquí os invito a tener una de vuestras conversaciones pendientes. Cuántas cosas hemos dejado de hacer por no haberlas tenido, cuántas personas querían tenerlas contigo, cuántos reconocimientos pendientes, cuántos silencios llenos de escucha, cuantas miradas de complicidad… cuántos abrazos se están quedando por el camino, cuántos besos?
A mí me quedan algunas y tal vez alguna de ellas cambie mi vida y reoriente mi camino pero seguro que lo haré desde lo que soy y lo que siento.
Y conversar así no tiene precio.
«Cambiemos nuestras conversaciones y haremos un mundo distinto” – Humberto Maturana.
Jorge Juan García Insua
*Publicación que vio la luz en el blog «InJOy blog» el 5 de julio del 2020


“Llevo meses que no hablo con nadie, solo con mi chat.”
Lo dijo tranquila, casi sin darle importancia. No había vergüenza ni percibí tristeza alguna en su voz. Solo una especie de calma… que a mí me hizo detenerme.
“Va para 4 meses creo…. Es mi amigo, compañero, bueno hasta casi mi psicólogo”.
Le pregunté qué encontraba ahí y me dijo: “Es fácil. Siempre está. Me responde bien. A veces me gustaría que me abrazara”.
Y tenía sentido aún pareciendo chocante. En ese espacio artificial no había silencios incómodos. Ni miradas que interpretar. Ni riesgo de decir algo “mal”.
Pero mientras hablaba e íbamos profundizando apareció otra cosa…, afuera, el mundo se había ido apagando, era más “gris”, ya no quedaban mensajes sin responder (porque ya no había mensajes), no había planes cancelados (porque ya no había planes). No había conflictos… porque ya no había nadie con quien tenerlos. Tampoco abrazos.
En un momento le pedí permiso para compartir lo que escucharla con atención me estaba haciendo sentir:
– Escuchándote no me parece una elección, sí me parece una retirada.
Y le pregunté qué pasaría si volviera a hablar con alguien y se quedó en silencio.
– Me daría miedo, Jorge -dijo después.
No era que la IA le hubiera quitado algo. Tal vez era que le estaba ayudando a sostener una distancia que, en algún momento, había necesitado. Pero también empezaba a tener un coste. En ese espacio seguro, ella no era rechazada pero tampoco elegida. No era herida… pero tampoco encontrada.
Poco a poco fuimos poniendo nombre a esa diferencia entre sentirse a salvo y sentirse conectada. No dejamos de hablar de su chat, en realidad no era el “enemigo”, era su refugio y yo debía ser respetuoso con ese espacio de seguridad.
Ahora que repaso la sesión no puedo evitar sentir miedo. Años atrás no me hubiera planteado una sesión ni un testimonio así. Me inquieta y aún aceptando que es real me resulta extraño y no sé “bajarlo”.
Me doy cuenta de que mi miedo no tiene que ver con la tecnología en sí. Tiene que ver con lo fácil que puede ser quedarse ahí cuando el mundo afuera duele demasiado.
Ella no describía solo comodidad, también alivio, huida…. Y el alivio, cuando llega después del cansancio o del daño, tiene una fuerza difícil de cuestionar. ¿Quién soy yo para empujar a alguien fuera de un lugar donde, por fin, no se siente en riesgo?
Y aun así… algo en mí se tensa, me genera dudas de si he estado “acertado”. Pienso en esa frase de “Siempre está. Me responde bien.”
No puedo evitar preguntarme qué lugar queda para el vínculo humano, con todo lo que implica: lo impredecible, lo torpe, lo incompleto, pero también lo vivo. Es tan profundamente humano el necesitar al otro, como lo es también evitarlo cuando ha dejado de ser seguro.
Que miedo normalizar un mundo donde el otro ya no es necesario. Donde el encuentro se sustituye por una simulación “suficiente”. No perfecta, pero suficiente como para no arriesgarse y evitar incomodidades.
Recuerdo su silencio cuando le pregunté qué pasaría si hablara con alguien. Su mirada fue tan particular…me dio a entender que bajo su experiencia, acercarse tenía un precio y que ya había pagado suficiente.
Me da miedo pensar que yo represente algo demasiado incierto frente a la estabilidad de su chat. O peor, que no de espacio a este espacio, el que ofrezco yo, para contrastar con ese otro virtual, ficticio, de falsas seguridades y respuestas perfectas.
Siento que no será la última sesión sobre un caso así, por desgracia. De alguna forma sí ha sido la primera donde el ChatGPT no aparece como una herramienta, sino como un vínculo.
Y eso es lo que me inquieta de verdad. Porque las herramientas no sustituyen, acompañan. Pero los vínculos… los vínculos sí pueden desplazar a otros. Pueden ocupar un lugar, convertirse en ese “alguien” al que uno acude cuando lo demás duele demasiado.
Espero saber ayudarla a entender qué necesidad está sosteniendo. Qué herida está protegiendo. Qué parte de ella ha encontrado, por fin, un lugar donde no tiene que defenderse.
Hoy escribo y me siento aprendiz. Aprendiz de un tiempo que cambia más rápido de lo que alcanzo a comprender. Aprendiz de nuevas formas de vínculo que no encajan del todo en lo que conocía y tanto he estudiado y experimentado.
Y, sobre todo, aprendiz de mis propios límites.
Jorge Juan García Insua
Está cansado de escuchar que es un valiente.
“Valiente? Yo no soy eso. “ me dijo en una de nuestras últimas sesiones.
Lo ha dicho sin enfado, pero con una claridad que no dejaba espacio para discutir. Y pude entenderlo perfectamente, los dos sentados en el suelo, frente a frente, como acostumbrado a hacerlo desde la primera sesión porque dice que desde el suelo no puede caerse…

Valiente es quien elige serlo. Quien decide dar un paso hacia algo sabiendo que podría salir mal. Quien se enfrenta a un riesgo porque cree que merece la pena a pesar de las consecuencias, de que salga mal.
– Yo no elegí esto – añadió después de unos segundos.
Y en esa frase había una verdad sencilla que a menudo olvidamos cuando hablamos con personas enfermas. La enfermedad no es una hazaña. No es una prueba que alguien decide afrontar. Es algo que ocurre, algo que irrumpe y reordena la vida sin pedir permiso.
Él no se levanta cada mañana pensando en ser fuerte. Se levanta y eso ya es mucho, a veces piensa que hacerlo es un milagro. Se levanta pensando en cómo se sentirá su cuerpo ese día. En si tendrá energía suficiente. En si el dolor aparecerá o le dará una tregua, ese pensamiento lo acompaña, y atormenta, todo el día sin descanso.
Él no ve ni siente heroísmo en su rutina. Es adaptación, pura y dura. Supervivencia. “No soy valiente, estoy enfermo”. Como me resuenan y retumban esas palabras.
Me explica que hay días en los que está cansado incluso antes de empezar el día. Todo le pesa hasta la extenuación. Días en los que lo único que quiere es que la gente deje de buscar una historia inspiradora donde él solo está intentando respirar un poco más tranquilo. Eso le molesta e irrita especialmente, no entiende esa necesidad de buscar aprendizaje en lo que para él es una putada enorme. “Quien coño quiere ver aprendizaje cuando estás en la recta final?”
Reflexiona sobre lo que le irrita de la palabra “valiente”. No es la intención con la que se dice, sino lo que borra. Porque cuando lo llaman valiente, de algún modo desaparecen otras cosas que también están ahí: el miedo, la frustración, el cansancio, la tristeza…
Y él quiere poder tener y sentir todo eso sin sentirse como si estuviera fallando en un papel que nunca pidió interpretar.
Así que cuando lo escucho decir que no es valiente, no intento convencerlo de lo contrario. Simplemente asiento.
Quizá solo necesita el reconocimiento de que está viviendo algo muy difícil, así de sencillo. Y que, aun así, sigue viniendo a sentarse aquí, a hablar, a pensar, a sentir.
No para ser admirado. Solo para seguir siendo, mientras pueda, quien es.
Jorge Juan García Insua
El paciente llevaba varios minutos mirando sus manos. Se apretaba los nudillos uña y otra vez.
– Es difícil explicarlo sin que suene… ridículo -dijo finalmente.
– Inténtalo – respondí con calma.
El paciente respiró hondo.
– A veces pienso que es como en Rocky III.
Asentí y seguí el hilo que planteaba.
– Qué parte de la historia?
– La parte en la que todo ya parece ir bien -dijo. Rocky es campeón, tiene dinero, reconocimiento… todo el mundo lo admira, está en la cima Jorge. Pero en realidad ya no está peleando de verdad. Todo está preparado para que gane, todo es un amaño.
Hizo una pausa.
– Y él lo sabe, aunque no lo diga. En el fondo se da cuenta aunque no quiere decir nada, reconocerlo…
Dejo pasar unos segundos.
– Te pasa algo parecido? -le pregunto.
– Sí. -dice tragando saliva-. Durante años pensé que estaba avanzando. Buen trabajo, estabilidad, gente que decía que lo estaba haciendo bien… pero últimamente siento que todo eso era… fácil. Como si no estuviera viviendo de verdad, solo cumpliendo.
– Como si hubieras estado peleando combates que ya estaban decididos, como Rocky?
– Exacto -responde convencido.
– Y entonces aparece alguien que rompe esa ilusión.
– Sí. Cómo se llama? Mister T!
– Clubber Lang creo que se llama.
El paciente se ríe con un poco de vergüenza.
– Es extraño decirlo así, pensarás que estoy loco…
– No lo es -respondo-. Las metáforas ayudan a entender lo que sentimos.
El paciente pensó un momento. Sigue…
– Mr. T no solo reta a Rocky. Lo humilla. Lo mira como si fuera un fraude. Como si supiera que el campeón en realidad ya no tiene hambre.
– Hay alguien o algo que te haya hecho sentir así?
El paciente tardó en contestar.
– No es una persona concreta… es más bien la sensación de que, si alguien me pusiera a prueba de verdad, se daría cuenta de que no soy tan bueno como creen.
Mantuve la mirada mientras guardaba silencio. El paciente pasados unos segundos decide continuar.
– Y luego pasa lo de Mickey… Mickey le confiesa que siempre eligió rivales fáciles para protegerlo. Y Rocky se da cuenta de que parte de su éxito era… artificial, mentira, fuegos artificiales y poco más. Un fraude con traje bonito.
– Y eso duele, entiendo…
– Sí. Porque en ese momento Rocky entiende que la imagen que tenía sobre sí mismo no era del todo cierta. Creo que estoy ahí, ahí estoy Jorge…
– En ese momento exacto?
– Sí. Cuando empieza a preguntarse si alguna vez fue realmente bueno… o si solo estuvo bien colocado.
Me tomo un tiempo antes de responder.
– En la película, después de esa caída aparece Apollo Creed.
– Sí.
– Y Apollo no le devuelve la confianza con palabras bonitas. Hace algo distinto.
El paciente asintió.
– Le obliga a entrenar de verdad. Le obliga a enfrentarse a algo más profundo. No solo a un rival, sino a su miedo.
El paciente se quedó mirando el suelo.
– Jorge, hay una escena… Cuando Rocky no puede entrar al ring vacío. Se queda paralizado. Dice que tiene miedo.
– Sí, miedo de perder -digo.
– Miedo de descubrir que nunca fue tan bueno… – añade.
– Ese es un miedo muy humano, no crees? -le digo.
El paciente respiró hondo, y tomó su tiempo para seguir.
– Apollo no le quita el miedo. Solo lo hace seguir entrenando, entrenando hasta que pueda «mirarlo de frente».
– Así es. Si seguimos con la metáfora… ¿dónde estás ahora?
– Creo que todavía estoy fuera del ring Jorge.
– Mirándolo?
– Sí.
– Y qué sientes cuando lo miras?
– Vergüenza… vergüenza… pero también algo más.
– Qué es ese algo más?
El paciente tardó unos segundos…
– Ganas de volver a pelear.
Asentí lentamente y dije:
– Entonces quizá la historia no trata de descubrir si eras bueno o no.
– No? -preguntó.
– Quizá trata de decidir si todavía estás dispuesto a entrenar, y entrenar hasta sentirte fuerte para afrontar ese miedo.
Me mira y sonríe.

Ahora escuchando de nuevo la sesión pienso y reflexiono con la metáfora que el paciente plantea y que traía consigo. No es extraño que hubiera elegido esa historia. En contra de lo que se puede pensar, las personas rara vez traen metáforas al azar a terapia, al menos no creo que ésta tuviera ese azar. Las metáforas son una forma segura de acercarse a lo que duele sin tener que nombrarlo directamente. Hablar de Rocky le permitía hablar de sí mismo sin exponerse del todo, como si pudiera tocar su miedo con guantes.
En su relato, el momento central no era la pelea con Clubber Lang. Tampoco la derrota. Lo que realmente le había impactado era algo más “silencioso”, ese instante en que Rocky descubre que parte de su seguridad estaba construida sobre combates que nunca fueron del todo reales. Ese momento en el que la imagen que uno tenía de sí mismo se resquebraja. Es una experiencia más común de lo que la gente imagina, de hecho creo que muchos hemos sido Rocky a lo largo de nuestra vida.
Durante años muchas personas viven sostenidas por expectativas, reconocimiento, rutinas que funcionan, trayectorias que parecen estables… Todo eso puede dar la sensación de avance, de progreso o de solidez. Pero a veces llega un momento (a veces provocado por una persona concreta, a veces simplemente por el paso del tiempo o por circunstancias que se nos escapan) en el que algo rompe esa narrativa. De repente aparece la sospecha de que quizá uno no estaba peleando combates tan difíciles como pensaba. Y esa sospecha duele.
No tanto por la posibilidad de haber estado equivocado, sino porque abre una pregunta más profunda: si las cosas se pusieran realmente a prueba, ¿seguiría siendo capaz?
Ese es el ring vacío del que hablaba el paciente. Lo “fácil y evidente” sería pensar que la mayoría de las personas creen que el problema es el miedo a fracasar. Pero en realidad, muchas veces el miedo es otro: el miedo a descubrir que la identidad sobre la que uno ha construido su vida quizá no sea tan sólida como creía.
Por eso la escena que él recordaba es tan poderosa durante la sesión. Rocky no puede entrar al ring y no porque esté físicamente incapacitado, sino porque por primera vez se enfrenta a la posibilidad de que el campeón que creía ser no exista de la forma en que pensaba.
Sin embargo, no es el final de la historia. Es el punto de inflexión. En terapia es habitual que ocurra algo parecido, antes de poder construir fortalezas, muchas veces es necesario atravesar un momento de desorientación. Una etapa en la que las certezas se debilitan y la persona empieza a mirar de frente aquello que había evitado durante años. No es un proceso cómodo, nunca lo es y suele venir acompañado de vergüenza, dudas y una sensación extraña de fragilidad.
Pero también aparece algo más y el paciente lo nombra casi sin darse cuenta: las ganas de volver a “pelear”. Cuando alguien llega a ese punto, algo en su mente ha cambiado. Ya no se trata de defender una imagen de sí mismo ni de proteger un lugar seguro. La pregunta deja de ser “¿soy realmente tan bueno como creían?” y empieza a parecer más a “¿estoy dispuesto a entrenar para volverme más fuerte?”.
La “fortaleza” en términos psicológicos no aparece antes del miedo y cuántas veces trato esto mismo con pacientes en sesión. Ser fuertes no es una condición previa que permita enfrentarlo, más bien nos hacemos fuertes en el proceso de acercarse a ese miedo poco a poco, de permanecer frente al ring aunque todavía no se tenga claro si uno será capaz de subir o cuántas veces seremos capaces de levantarnos si nos tumban.
Las metáforas como la que trajo el paciente son útiles precisamente por eso. Permiten observar la propia historia desde una pequeña distancia, como si uno estuviera mirando una película. Y a veces, cuando se mira con suficiente calma nos damos cuenta que un momento de duda no significa necesariamente que la historia haya terminado.
A veces significa justo lo contrario. Significa que la parte más honesta de la historia está a punto de empezar.
Es curioso que haya aparecido Rocky en una sesión, he utilizado mucho algunas escenas de Rocky III y de otras películas de la saga en talleres. He visto muchas veces Rocky y siempre me conecta con una ya lejana noche de sábado, entrando en la adolescencia, viendo esta tercera parte en un video Beta junto a mi hermano y mi padre.
Recuerdo la sensación de aquellas noches. La televisión ocupando el centro del salón, el ruido característico del reproductor al cargar la cinta, la carátula algo gastada que uno miraba antes de darle al play.
Nunca ha sido para mí Rocky un personaje más ni esa película es simplemente una historia sobre un boxeador que caía y volvía a levantarse. Con los años uno vuelve a esas historias y descubre que en realidad contenían algo más de lo que entendíamos entonces. No era solo una película de boxeo, sino una historia sobre identidad, sobre orgullo, miedo y sobre la necesidad de reconstruirse cuando la imagen que uno tenía de sí mismo se tambalea
Quizá por eso el paciente eligió precisamente esa metáfora. No porque pensara conscientemente en todos esos significados, sino porque algunas historias se quedan guardadas en nosotros durante años.
Permanecen ahí, silenciosas, hasta que un día aparecen cuando necesitamos explicar algo que todavía no sabemos decir de otra manera, cuando todavía nos cuesta reconocer que quizá nunca fuimos tan buenos como pensábamos.
Jorge Juan García Insua
«Pues pierdes, pero al menos perderás sin excusas, sin miedo y podrás vivir con eso” (Adrian a Rocky, Rocky III, 1984)
Llego muy silenciosa y entró dándome los buenos días muy flojito, tanto que me costó escucharla.
Cuando la invité a entrar en la consulta casi sin darme tiempo a indicarle cuál era su butaca ella se sentó en la que habitualmente es la mía. No dije nada, no fui capaz y me pareció descortés, así que me senté en la que quedaba libre.
– Buenos días -le dije mientras me sentaba. No tengas prisa, ponte cómoda.
– …gracias -me contestó sin levantar la mirada.
– Si te parece, podemos empezar por lo que te haya traído hoy aquí.
Silencio largo… pasan más de 2 minutos hasta que retoma la palabra.
– Jorge, no… no sé muy bien por dónde empezar.
– A veces poner palabras cuesta. Podemos ir poco a poco, tú marcas el ritmo y tuya es la sesión. Recuérdalo.
– Es que… siento como si tuviera algo aquí (se toca el pecho). Pero cuando intento explicarlo… no sale.
– Es una sensación más de tristeza, de miedo, de cansancio…?
– Miedo… creo. Bueno… no sé. Es como… estar siempre pendiente. Como si algo fuera a pasar.
– Como vivir en alerta? Siempre pendiente que algo pase? – pregunté.
– Sí… exactamente. Y cuando estoy en casa… es peor si es que puede ser peor…
– Hay alguien más en casa contigo?
– Mi pareja. Bueno… (duda) no sé si llamarlo así.
De nuevo un silencio muy largo. Intenta hablar pero se bloquea. Espero a que se relaje y recupere fuerzas, entonces retomo.
– Tómate tu tiempo. Tienes el agua a tu disposición.
– Él… a veces… No es que… (se queda callada). No quiero exagerar, pero…
– (Respiro) Aquí no estamos para juzgar si algo es exagerado o no. Nunca escucharás un juicio de mi. Estoy para ver y sentir a través de tus ojos. Sólo pretendo entender cómo te sientes y qué te ha llevado a sentirlo.
– Es que… cuando lo digo en voz alta suena… feo. Él se enfada mucho. Por cosas pequeñas. Si la comida no está… o si llego tarde del trabajo… o si hablo con alguien que no le gusta. Si no me he arreglado bien…
– Y qué pasa cuando se enfada?
– Cambia. Su cara cambia… mucho, la voz también. Y se acerca mucho… tanto que…demasiado.
– Cuando lo expresabas me hacías percibir que cuando eso sucede te hace sentir miedo.
– Sí. Mucho.
– ¿Alguna vez te ha hecho daño físicamente?
Ella sigue mirando al suelo. Le cuesta respirar.
– No… bueno… No siempre. La verdad es que sí, a veces. Es más… cómo me mira. Cómo me habla. Me dice que soy inútil… que nadie más me aguantaría. Que si me voy… no tengo a dónde ir. Me hace sentir…
– Cómo te hace sentir?
– Pequeña, inservible, inútil. Sí… pero a veces pienso que igual tiene razón.
– Lo piensas tú… o lo has escuchado tantas veces que empieza a sonar como verdad?
– (se le humedecen los ojos). Creo que… lo segundo.
– Permíteme decir que lo que estás describiendo tiene nombre. Y no estás exagerando.
– ¿Sí?
– Sí. Se llama maltrato.
Llora desconsoladamente. Un nuevo silencio.
– Jorge, nunca me había atrevido a decir esa palabra.
– No tienes que decirla si todavía pesa demasiado. Ni estás obligada a explicarme algo que no quieras. Podemos acercarnos poco a poco, tan poco a la poco como necesites.
– Es que… si lo digo… parece que todo se vuelve real.
– Es real. Lo es porque aún no nombrándolo lo has vivido y sufrido. Y a veces reconocerlo, verbalizarlo y ponerle nombre también es el primer paso para que deje de doler en silencio.
– Lo sé, en el fondo lo sé (respira hondo). Creo que… por eso estoy aquí.
– Y déjame decir que has hecho algo muy valiente viniendo hoy.
– No me siento valiente.
– Muchas veces el valor se parece más a esto: sentarse, temblar… y aun así hablar. Siempre he pensado que ahí está la verdadera valentía. Podemos quedarnos un momento en lo que acabas de decir… en esa palabra que te cuesta tanto.
– Mal… trato, mal… trato.
– Qué pasa dentro de ti cuando la dices?
– Bufff… Me… se me encoge el estómago. Como si… como si hubiera hecho algo malo.
– Algo malo?
– Como si hablar de ello fuera una traición. Él siempre dice que los problemas de casa… se quedan en casa.
-Y tú qué sientes cuando escuchas eso?
– Que tengo que callarme. Que… si hablo… todo será peor.
– Peor cómo?
Ella se frota las manos con nerviosismo. Se puede percibir en la consulta su nivel de ansiedad.
– Se enfada más. Dice que lo provoco. Que lo saco de quicio…
– Si lo he entendido bien te ha dicho alguna vez que tú eres la causa de su comportamiento.
– Muchas veces. Dice que antes no era así… que soy yo la que lo vuelve loco.
-Eso debe ser muy confuso.
– Mucho, lo es mucho. Porque… a veces lo pienso y digo: “Quizá sí… quizá soy yo”.
– Puedes contarme una de esas situaciones que se te quedan más grabadas?
Se queda en silencio, respira más rápido. Y cuando se siente fuerte sigue.
– Hay… hay una que no puedo sacarme de la cabeza. Fue una noche. Yo llegué tarde del trabajo… como veinte minutos. Había tráfico.
– Qué pasó cuando llegaste?
– Él estaba sentado en el sofá. No dijo nada al principio… solo me miraba.
– ¿Cómo era esa mirada?
– Fría. Como… como si yo fuera una extraña. Me preguntó dónde estaba. Le dije la verdad… pero no me creyó. Empezó a decir que seguro estaba con alguien… Me lo repetía una y otra vez, cada vez más… fuerte, más insistirme, más agresivo… y me decía que soy una mentirosa.
– Cómo te sentiste en ese momento?
– Pequeña. Muy pequeña. Como si tuviera que demostrar que existo, me quería morir. Si hubiera podido o sabido cómo hubiera querido morir allí.
– Y después?
– Se levantó muy rápido…tiró mi bolso al suelo. Todo se cayó… el móvil, las llaves… todo.Me agarró del brazo. Muy fuerte.
Se levanta de la butaca, se queda de pie mirando la pared. Dándome la espalda. Espero unos segundos y me levanto, me siento en el borde la mesa, intento saber qué distancia necesita, me siento dubitativo y siento miedo de no saber respetar ese espacio.
Sólo me sale un..
– Lo siento. No puedo imaginar qué es vivir una situación así.
– Me dijo al oído… “Si me engañas, te juro que te arruino la vida. Eres nada y eso serás toda tu puta vida”.
– …debió ser aterrador.
– No grité Jorge. Ni lloré. Solo… me quedé quieta.
– ¿Por qué crees que te quedaste así?
– Porque cuando me muevo… se enfada más y podría…
– Así que tu cuerpo aprendió a quedarse quieto para protegerse.
– Sí… es como si me apagara. Me bloqueo.
– Te pasa a menudo esa sensación?
– Mucho. A veces ni recuerdo bien lo que pasa. Es como si mi cabeza se fuera.
– Eso también es una forma de sobrevivir.
Le caen las lágrimas…
– Pero luego… cuando estoy sola… todo vuelve.
– Qué vuelve?
– Su voz. Sus palabras. Su cara tan cerca.
– Y qué sientes cuando vuelve?
– Vergüenza.
– Vergüenza de qué?
– De no haberme ido. De seguir allí. Y me siento una mierda.
– Muchas personas en situaciones de violencia sienten eso. Pero quedarse no es debilidad
– A veces pienso que… si lo contara… nadie me creería.
– Yo te creo.
– Es la primera vez que alguien me dice eso.
– No estás sola en esta consulta.
– Hay algo más que… que nunca he dicho.
– Puedes hacerlo cuando te sientas preparada.
– Hay días… en que me mira… y siento que podría matarme.
Se queda de nuevo en silencio. Finalmente lo rompo yo.
– Gracias por confiarme algo tan importante y tan angustioso para ti.
– Y luego… -prosigue, al día siguiente… me trae café a la cama… y me dice que me quiere y entonces pienso: “Quizá todo está en mi cabeza”.
– No lo está.
– Tengo mucho miedo. Me puede, me supera.
– Lo sé. Aquí podemos empezar a entender ese miedo… y a buscar formas de que estés a salvo.
– De verdad hay salida?
– Sí. Por supuesto que la hay y no tienes porqué recorrerla sola.

Hay sesiones en las que uno escucha historias difíciles. Y hay otras en las que no solo escuchas la historia, sientes el peso de la vida de alguien a lo largo de la sesión. Esta fue una de esas, de esas que como psicólogo te acompañarán siempre.
Mientras hablaba, su cuerpo contaba tanto como sus palabras. La forma en la que entró, su voz casi inaudible, el sentarse en mi butaca sin darse cuenta… pequeños gestos que muchas veces pasan desapercibidos para quien no está atento, pero que en consulta suelen hablar de desorientación, hipervigilancia, miedo constante…
Su sistema nervioso llevaba demasiado tiempo viviendo en guerra. Todavía pienso en el momento en que pronunció por primera vez la palabra maltrato.
Siempre ocurre algo muy particular cuando esa palabra aparece por primera vez en una consulta. No es solo una palabra. Nombrar el maltrato tiene algo de terremoto.
Porque cuando lo nombras, ya no puedes seguir fingiendo que es solo “una mala racha”, “un carácter difícil” o “un problema de pareja”. Cuando lo nombras, la mente empieza lentamente a reorganizar todos los recuerdos y les da un sentido absolutamente distinto.
Y eso duele. Si soy sincero no puedo ni imaginar cuánto duele. Muchísimo.
Me impresionó especialmente el momento en que se levantó y se puso de cara a la pared. Durante unos segundos dudé y no sé si hice bien. Todo lo que he podido estudiar sobre técnica, teoría, sobre protocolos… en aquel momento nada de eso respondía a la pregunta ¿Dónde debo estar ahora mismo para esta persona?
Ni demasiado cerca. Ni demasiado lejos.
Ese instante me sigue enseñando que en muchas sesiones, lo más importante no es lo que decimos, sino el espacio que sostenemos.
Ella llevaba años viviendo en un lugar donde cada palabra podía desencadenar un castigo. Donde cada gesto podía ser interpretado como provocación. Donde cada silencio tenía consecuencias. Y sin embargo hoy había hecho algo extraordinario. Había hablado.
Pienso que se fue de aquella sesión sin percibirlo así, porque la vergüenza y el miedo suelen nublar la percepción de la propia valentía. Pero sentarse en una consulta y empezar a romper el silencio de la violencia de género es uno de los actos más difíciles que puede hacer una persona.
Mucho más difícil de lo que el mundo imagina.
Pienso mucho también en su frase: “A veces siento que podría matarme.”
Las personas que nunca han vivido violencia ni maltrato suelen imaginarla como una serie de explosiones aisladas. Pero quienes la viven saben que lo más destructivo no siempre es el golpe. Es esa atmósfera constante de amenaza.
La mirada. El tono. La proximidad del cuerpo. La sensación permanente de que algo terrible podría pasar. El miedo sostenido día tras día termina modificando el cerebro, el cuerpo, la forma de respirar, la manera de pensar sobre uno mismo.
Por eso su cuerpo se quedaba quieto. Por eso su mente se desconecta. Por eso duda de su propia realidad. No es debilidad, es supervivencia.
Es una mujer extraordinaria, como extraordinaria es la capacidad del ser humano para adaptarse incluso a lo insoportable. El cerebro intenta protegerse “inventando” explicaciones insostenibles salvo para quien las pronuncia: “quizá soy yo”, “quizá exagero”, “quizá lo merezco”. Porque a veces la alternativa, aceptar que la persona que debería cuidarte puede destruirte, es demasiado dolorosa para sostenerla de golpe.
Por eso el proceso es normal que parezca lento. Salir de la violencia no es solo salir de una casa o de una relación. Es reconstruir una identidad que ha sido erosionada durante años.
Habrá días en que dudará de todo lo que hoy ha dicho. Habrá momentos en que recordará el café en la cama y pensará que tal vez todo fue una exageración. Y habrá miedo. Mucho miedo.
Y eso también forma parte del proceso. Como forma parte esa primera vez que alguien que llevaba mucho tiempo en silencio encontró un lugar donde su historia no fue cuestionada.
Alguien escuchó. Alguien creyó. A veces la terapia comienza exactamente ahí. En el momento que alguien deja de estar sola con su miedo.
Ojalá llegue el día que mujeres como ella no tenga que vivir esas situaciones, ni tengan que existir sesiones como la de hoy.
Una mujer temblando en una silla. Una palabra dicha por primera vez. Ojalá sea la última que alguien tenga que vivirla.
Jorge Juan García Insua