Al principio no sabía por dónde empezar. Lo decía, pero en realidad lo que hacía era rodear una historia que aún necesitaba asumir.
Durante mucho tiempo habló de él con convicción, como si el vínculo, aunque complejo, tuviera sentido y fuese inquebrantable. Repetía las razones de él como si fueran propias: que las cosas en casa estaban mal, que necesitaba tiempo, que no quería hacer daño a su mujer… Había en su relato una fe paciente, una manera de esperar que parecía digna, casi noble y que al tiempo intentaba compensar ese rechazo a lo que otras personas pudieran pensar de su “ética y moral”.
En aquellos primeros discursos ella misma nombraba que tras muchas de sus aceptaciones había una necesidad de ser elegida. Con el paso de las sesiones, la historia empezó a cambiar, y también la forma de mirarlos y mirarse en ellos. Lo que antes era espera comenzó a sentirse como suspensión. Lo que antes era comprensión empezó a ser renuncia.
Tres años…. Para cuatro.
Lo Tres años organizando su vida en función de alguien que solo aparecía a ratos. Tres años, cuatro, midiendo el tiempo en mensajes, en encuentros robados, en despedidas que siempre tenían algo de promesa. Había una vida de él (completa, estable, visible) donde ella no existía. Y otra, a trocitos, intermitente, donde él era atento, cariñoso, casi perfecto.
Y era precisamente eso lo que la mantenía. Cuando él estaba, todo parecía justificar la espera. En esos momentos, ella volvía a sentirse especial, vista, elegida… aunque fuera de manera temporal y parcial. Y esa intensidad compensaba, al menos por un tiempo pequeño todo lo demás.
Pero algo se había roto lentamente, como una certeza que se filtra aunque una intente no verla. En las últimas sesiones, ya no hablaba solo desde la ilusión, sino desde un dolor que no terminaba de aceptar del todo. En las últimas sesiones ella no parecía ella.
Había empezado a entender que no era que él no pudiera irse. Era que no quería. Y eso, eso tan simple, lo cambiaba todo. Y la hundía más.
La segunda. “Soy la segunda”.
Durante meses y meses había habitado ese lugar sin decirlo en voz alta, suavizándolo con explicaciones, con afecto, con pequeñas pruebas de amor que parecían suficientes. Pero ahora empezaba a estar cansada, agotada y resentida de lo que implicaba realmente: estar siempre después, siempre en espera, siempre adaptándose a una vida donde no tenía un lugar pleno, a veces ni tenía lugar.
Durante estos años, todo había sido sobre sus decisiones, sus tiempos, sus posibilidades. Sus mentiras. Pero ahora, tímidamente, aparecía la inquietud, la incomodidad de preguntarse cuánto tiempo más estaba dispuesta a quedarse ahí.
Esa pregunta no traía alivio. Sí miedo. Mucho, porque quedarse dolía, pero irse abría un vacío aún más grande. Significaba renunciar no solo a él, sino a la historia que había construido, al menos en su cabeza, a la esperanza sostenida durante tres años (para cuatro), a la idea de que, en algún momento, sería elegida.
Y también significaba mirarse a sí misma sin esa espera. Empieza a intuir que ha pasado tres años (tirando a cuatro) esperando a que alguien la elija, mientras ella ha postergado elegirse a sí misma.
Duelen muchas cosas, duele toda la rabia que empieza a removerla y que amenaza con salir. Dolía y por eso decidió venir a la consulta. Ha dolido en cada sesión pero no estaba preparada para entenderla y empezar a mirarla y mirarse.
Y ese dolor ha empezado a ser insoportable cuando se ha cansado de llamarme a sí misma, aunque sea en silencio, la segunda. Y cuando hay una pregunta que se vuelve obsesiva y que no quiere responder… por qué no salí corriendo?
“Llevo meses que no hablo con nadie, solo con mi chat.”
Lo dijo tranquila, casi sin darle importancia. No había vergüenza ni percibí tristeza alguna en su voz. Solo una especie de calma… que a mí me hizo detenerme.
“Va para 4 meses creo…. Es mi amigo, compañero, bueno hasta casi mi psicólogo”.
Le pregunté qué encontraba ahí y me dijo: “Es fácil. Siempre está. Me responde bien. A veces me gustaría que me abrazara”.
Y tenía sentido aún pareciendo chocante. En ese espacio artificial no había silencios incómodos. Ni miradas que interpretar. Ni riesgo de decir algo “mal”.
Pero mientras hablaba e íbamos profundizando apareció otra cosa…, afuera, el mundo se había ido apagando, era más “gris”, ya no quedaban mensajes sin responder (porque ya no había mensajes), no había planes cancelados (porque ya no había planes). No había conflictos… porque ya no había nadie con quien tenerlos. Tampoco abrazos.
En un momento le pedí permiso para compartir lo que escucharla con atención me estaba haciendo sentir:
– Escuchándote no me parece una elección, sí me parece una retirada.
Y le pregunté qué pasaría si volviera a hablar con alguien y se quedó en silencio.
– Me daría miedo, Jorge -dijo después.
No era que la IA le hubiera quitado algo. Tal vez era que le estaba ayudando a sostener una distancia que, en algún momento, había necesitado. Pero también empezaba a tener un coste. En ese espacio seguro, ella no era rechazada pero tampoco elegida. No era herida… pero tampoco encontrada.
Poco a poco fuimos poniendo nombre a esa diferencia entre sentirse a salvo y sentirse conectada. No dejamos de hablar de su chat, en realidad no era el “enemigo”, era su refugio y yo debía ser respetuoso con ese espacio de seguridad.
Ahora que repaso la sesión no puedo evitar sentir miedo. Años atrás no me hubiera planteado una sesión ni un testimonio así. Me inquieta y aún aceptando que es real me resulta extraño y no sé “bajarlo”.
Me doy cuenta de que mi miedo no tiene que ver con la tecnología en sí. Tiene que ver con lo fácil que puede ser quedarse ahí cuando el mundo afuera duele demasiado.
Ella no describía solo comodidad, también alivio, huida…. Y el alivio, cuando llega después del cansancio o del daño, tiene una fuerza difícil de cuestionar. ¿Quién soy yo para empujar a alguien fuera de un lugar donde, por fin, no se siente en riesgo?
Y aun así… algo en mí se tensa, me genera dudas de si he estado “acertado”. Pienso en esa frase de “Siempre está. Me responde bien.”
No puedo evitar preguntarme qué lugar queda para el vínculo humano, con todo lo que implica: lo impredecible, lo torpe, lo incompleto, pero también lo vivo. Es tan profundamente humano el necesitar al otro, como lo es también evitarlo cuando ha dejado de ser seguro.
Que miedo normalizar un mundo donde el otro ya no es necesario. Donde el encuentro se sustituye por una simulación “suficiente”. No perfecta, pero suficiente como para no arriesgarse y evitar incomodidades.
Recuerdo su silencio cuando le pregunté qué pasaría si hablara con alguien. Su mirada fue tan particular…me dio a entender que bajo su experiencia, acercarse tenía un precio y que ya había pagado suficiente.
Me da miedo pensar que yo represente algo demasiado incierto frente a la estabilidad de su chat. O peor, que no de espacio a este espacio, el que ofrezco yo, para contrastar con ese otro virtual, ficticio, de falsas seguridades y respuestas perfectas.
Siento que no será la última sesión sobre un caso así, por desgracia. De alguna forma sí ha sido la primera donde el ChatGPT no aparece como una herramienta, sino como un vínculo.
Y eso es lo que me inquieta de verdad. Porque las herramientas no sustituyen, acompañan. Pero los vínculos… los vínculos sí pueden desplazar a otros. Pueden ocupar un lugar, convertirse en ese “alguien” al que uno acude cuando lo demás duele demasiado.
Espero saber ayudarla a entender qué necesidad está sosteniendo. Qué herida está protegiendo. Qué parte de ella ha encontrado, por fin, un lugar donde no tiene que defenderse.
Hoy escribo y me siento aprendiz. Aprendiz de un tiempo que cambia más rápido de lo que alcanzo a comprender. Aprendiz de nuevas formas de vínculo que no encajan del todo en lo que conocía y tanto he estudiado y experimentado.
“Valiente? Yo no soy eso. “ me dijo en una de nuestras últimas sesiones.
Lo ha dicho sin enfado, pero con una claridad que no dejaba espacio para discutir. Y pude entenderlo perfectamente, los dos sentados en el suelo, frente a frente, como acostumbrado a hacerlo desde la primera sesión porque dice que desde el suelo no puede caerse…
Valiente es quien elige serlo. Quien decide dar un paso hacia algo sabiendo que podría salir mal. Quien se enfrenta a un riesgo porque cree que merece la pena a pesar de las consecuencias, de que salga mal.
– Yo no elegí esto – añadió después de unos segundos.
Y en esa frase había una verdad sencilla que a menudo olvidamos cuando hablamos con personas enfermas. La enfermedad no es una hazaña. No es una prueba que alguien decide afrontar. Es algo que ocurre, algo que irrumpe y reordena la vida sin pedir permiso.
Él no se levanta cada mañana pensando en ser fuerte. Se levanta y eso ya es mucho, a veces piensa que hacerlo es un milagro. Se levanta pensando en cómo se sentirá su cuerpo ese día. En si tendrá energía suficiente. En si el dolor aparecerá o le dará una tregua, ese pensamiento lo acompaña, y atormenta, todo el día sin descanso.
Él no ve ni siente heroísmo en su rutina. Es adaptación, pura y dura. Supervivencia. “No soy valiente, estoy enfermo”. Como me resuenan y retumban esas palabras.
Me explica que hay días en los que está cansado incluso antes de empezar el día. Todo le pesa hasta la extenuación. Días en los que lo único que quiere es que la gente deje de buscar una historia inspiradora donde él solo está intentando respirar un poco más tranquilo. Eso le molesta e irrita especialmente, no entiende esa necesidad de buscar aprendizaje en lo que para él es una putada enorme. “Quien coño quiere ver aprendizaje cuando estás en la recta final?”
Reflexiona sobre lo que le irrita de la palabra “valiente”. No es la intención con la que se dice, sino lo que borra. Porque cuando lo llaman valiente, de algún modo desaparecen otras cosas que también están ahí: el miedo, la frustración, el cansancio, la tristeza…
Y él quiere poder tener y sentir todo eso sin sentirse como si estuviera fallando en un papel que nunca pidió interpretar.
Así que cuando lo escucho decir que no es valiente, no intento convencerlo de lo contrario. Simplemente asiento.
Quizá solo necesita el reconocimiento de que está viviendo algo muy difícil, así de sencillo. Y que, aun así, sigue viniendo a sentarse aquí, a hablar, a pensar, a sentir.
No para ser admirado. Solo para seguir siendo, mientras pueda, quien es.
– La parte en la que todo ya parece ir bien -dijo. Rocky es campeón, tiene dinero, reconocimiento… todo el mundo lo admira, está en la cima Jorge. Pero en realidad ya no está peleando de verdad. Todo está preparado para que gane, todo es un amaño.
Hizo una pausa.
– Y él lo sabe, aunque no lo diga. En el fondo se da cuenta aunque no quiere decir nada, reconocerlo…
Dejo pasar unos segundos.
– Te pasa algo parecido? -le pregunto.
– Sí. -dice tragando saliva-. Durante años pensé que estaba avanzando. Buen trabajo, estabilidad, gente que decía que lo estaba haciendo bien… pero últimamente siento que todo eso era… fácil. Como si no estuviera viviendo de verdad, solo cumpliendo.
– Como si hubieras estado peleando combates que ya estaban decididos, como Rocky?
– Exacto -responde convencido.
– Y entonces aparece alguien que rompe esa ilusión.
– Sí. Cómo se llama? Mister T!
– ClubberLang creo que se llama.
El paciente se ríe con un poco de vergüenza.
– Es extraño decirlo así, pensarás que estoy loco…
– No lo es -respondo-. Las metáforas ayudan a entender lo que sentimos.
El paciente pensó un momento. Sigue…
– Mr. T no solo reta a Rocky. Lo humilla. Lo mira como si fuera un fraude. Como si supiera que el campeón en realidad ya no tiene hambre.
– Hay alguien o algo que te haya hecho sentir así?
El paciente tardó en contestar.
– No es una persona concreta… es más bien la sensación de que, si alguien me pusiera a prueba de verdad, se daría cuenta de que no soy tan bueno como creen.
Mantuve la mirada mientras guardaba silencio. El paciente pasados unos segundos decide continuar.
– Y luego pasa lo de Mickey… Mickey le confiesa que siempre eligió rivales fáciles para protegerlo. Y Rocky se da cuenta de que parte de su éxito era… artificial, mentira, fuegos artificiales y poco más. Un fraude con traje bonito.
– Y eso duele, entiendo…
– Sí. Porque en ese momento Rocky entiende que la imagen que tenía sobre sí mismo no era del todo cierta. Creo que estoy ahí, ahí estoy Jorge…
– En ese momento exacto?
– Sí. Cuando empieza a preguntarse si alguna vez fue realmente bueno… o si solo estuvo bien colocado.
Me tomo un tiempo antes de responder.
– En la película, después de esa caída aparece Apollo Creed.
– Sí.
– Y Apollo no le devuelve la confianza con palabras bonitas. Hace algo distinto.
El paciente asintió.
– Le obliga a entrenar de verdad. Le obliga a enfrentarse a algo más profundo. No solo a un rival, sino a su miedo.
El paciente se quedó mirando el suelo.
– Jorge, hay una escena… Cuando Rocky no puede entrar al ring vacío. Se queda paralizado. Dice que tiene miedo.
– Sí, miedo de perder -digo.
– Miedo de descubrir que nunca fue tan bueno… – añade.
– Ese es un miedo muy humano, no crees? -le digo.
El paciente respiró hondo, y tomó su tiempo para seguir.
– Apollo no le quita el miedo. Solo lo hace seguir entrenando, entrenando hasta que pueda «mirarlo de frente».
– Así es. Si seguimos con la metáfora… ¿dónde estás ahora?
– Creo que todavía estoy fuera del ring Jorge.
– Mirándolo?
– Sí.
– Y qué sientes cuando lo miras?
– Vergüenza… vergüenza… pero también algo más.
– Qué es ese algo más?
El paciente tardó unos segundos…
– Ganas de volver a pelear.
Asentí lentamente y dije:
– Entonces quizá la historia no trata de descubrir si eras bueno o no.
– No? -preguntó.
– Quizá trata de decidir si todavía estás dispuesto a entrenar, y entrenar hasta sentirte fuerte para afrontar ese miedo.
Me mira y sonríe.
Ahora escuchando de nuevo la sesión pienso y reflexiono con la metáfora que el paciente plantea y que traía consigo. No es extraño que hubiera elegido esa historia. En contra de lo que se puede pensar, las personas rara vez traen metáforas al azar a terapia, al menos no creo que ésta tuviera ese azar. Las metáforas son una forma segura de acercarse a lo que duele sin tener que nombrarlo directamente. Hablar de Rocky le permitía hablar de sí mismo sin exponerse del todo, como si pudiera tocar su miedo con guantes.
En su relato, el momento central no era la pelea con Clubber Lang. Tampoco la derrota. Lo que realmente le había impactado era algo más “silencioso”, ese instante en que Rocky descubre que parte de su seguridad estaba construida sobre combates que nunca fueron del todo reales. Ese momento en el que la imagen que uno tenía de sí mismo se resquebraja. Es una experiencia más común de lo que la gente imagina, de hecho creo que muchos hemos sido Rocky a lo largo de nuestra vida.
Durante años muchas personas viven sostenidas por expectativas, reconocimiento, rutinas que funcionan, trayectorias que parecen estables… Todo eso puede dar la sensación de avance, de progreso o de solidez. Pero a veces llega un momento (a veces provocado por una persona concreta, a veces simplemente por el paso del tiempo o por circunstancias que se nos escapan) en el que algo rompe esa narrativa. De repente aparece la sospecha de que quizá uno no estaba peleando combates tan difíciles como pensaba. Y esa sospecha duele.
No tanto por la posibilidad de haber estado equivocado, sino porque abre una pregunta más profunda: si las cosas se pusieran realmente a prueba, ¿seguiría siendo capaz?
Ese es el ring vacío del que hablaba el paciente. Lo “fácil y evidente” sería pensar que la mayoría de las personas creen que el problema es el miedo a fracasar. Pero en realidad, muchas veces el miedo es otro: el miedo a descubrir que la identidad sobre la que uno ha construido su vida quizá no sea tan sólida como creía.
Por eso la escena que él recordaba es tan poderosa durante la sesión. Rocky no puede entrar al ring y no porque esté físicamente incapacitado, sino porque por primera vez se enfrenta a la posibilidad de que el campeón que creía ser no exista de la forma en que pensaba.
Sin embargo, no es el final de la historia. Es el punto de inflexión. En terapia es habitual que ocurra algo parecido, antes de poder construir fortalezas, muchas veces es necesario atravesar un momento de desorientación. Una etapa en la que las certezas se debilitan y la persona empieza a mirar de frente aquello que había evitado durante años. No es un proceso cómodo, nunca lo es y suele venir acompañado de vergüenza, dudas y una sensación extraña de fragilidad.
Pero también aparece algo más y el paciente lo nombra casi sin darse cuenta: las ganas de volver a “pelear”. Cuando alguien llega a ese punto, algo en su mente ha cambiado. Ya no se trata de defender una imagen de sí mismo ni de proteger un lugar seguro. La pregunta deja de ser “¿soy realmente tan bueno como creían?” y empieza a parecer más a “¿estoy dispuesto a entrenar para volverme más fuerte?”.
La “fortaleza” en términos psicológicos no aparece antes del miedo y cuántas veces trato esto mismo con pacientes en sesión. Ser fuertes no es una condición previa que permita enfrentarlo, más bien nos hacemos fuertes en el proceso de acercarse a ese miedo poco a poco, de permanecer frente al ring aunque todavía no se tenga claro si uno será capaz de subir o cuántas veces seremos capaces de levantarnos si nos tumban.
Las metáforas como la que trajo el paciente son útiles precisamente por eso. Permiten observar la propia historia desde una pequeña distancia, como si uno estuviera mirando una película. Y a veces, cuando se mira con suficiente calma nos damos cuenta que un momento de duda no significa necesariamente que la historia haya terminado.
A veces significa justo lo contrario. Significa que la parte más honesta de la historia está a punto de empezar.
Es curioso que haya aparecido Rocky en una sesión, he utilizado mucho algunas escenas de Rocky III y de otras películas de la saga en talleres. He visto muchas veces Rocky y siempre me conecta con una ya lejana noche de sábado, entrando en la adolescencia, viendo esta tercera parte en un video Beta junto a mi hermano y mi padre.
Recuerdo la sensación de aquellas noches. La televisión ocupando el centro del salón, el ruido característico del reproductor al cargar la cinta, la carátula algo gastada que uno miraba antes de darle al play.
Nunca ha sido para mí Rocky un personaje más ni esa película es simplemente una historia sobre un boxeador que caía y volvía a levantarse. Con los años uno vuelve a esas historias y descubre que en realidad contenían algo más de lo que entendíamos entonces. No era solo una película de boxeo, sino una historia sobre identidad, sobre orgullo, miedo y sobre la necesidad de reconstruirse cuando la imagen que uno tenía de sí mismo se tambalea
Quizá por eso el paciente eligió precisamente esa metáfora. No porque pensara conscientemente en todos esos significados, sino porque algunas historias se quedan guardadas en nosotros durante años.
Permanecen ahí, silenciosas, hasta que un día aparecen cuando necesitamos explicar algo que todavía no sabemos decir de otra manera, cuando todavía nos cuesta reconocer que quizá nunca fuimos tan buenos como pensábamos.
Jorge Juan García Insua
«Pues pierdes, pero al menos perderás sin excusas, sin miedo y podrás vivir con eso” (Adrian a Rocky, Rocky III, 1984)
Llego muy silenciosa y entró dándome los buenos días muy flojito, tanto que me costó escucharla.
Cuando la invité a entrar en la consulta casi sin darme tiempo a indicarle cuál era su butaca ella se sentó en la que habitualmente es la mía. No dije nada, no fui capaz y me pareció descortés, así que me senté en la que quedaba libre.
– Buenos días -le dije mientras me sentaba. No tengas prisa, ponte cómoda.
– …gracias -me contestó sin levantar la mirada.
– Si te parece, podemos empezar por lo que te haya traído hoy aquí.
Silencio largo… pasan más de 2 minutos hasta que retoma la palabra.
– Jorge, no… no sé muy bien por dónde empezar.
– A veces poner palabras cuesta. Podemos ir poco a poco, tú marcas el ritmo y tuya es la sesión. Recuérdalo.
– Es que… siento como si tuviera algo aquí (se toca el pecho). Pero cuando intento explicarlo… no sale.
– Es una sensación más de tristeza, de miedo, de cansancio…?
– Miedo… creo. Bueno… no sé. Es como… estar siempre pendiente. Como si algo fuera a pasar.
– Como vivir en alerta? Siempre pendiente que algo pase? – pregunté.
– Sí… exactamente. Y cuando estoy en casa… es peor si es que puede ser peor…
– Hay alguien más en casa contigo?
– Mi pareja. Bueno… (duda) no sé si llamarlo así.
De nuevo un silencio muy largo. Intenta hablar pero se bloquea. Espero a que se relaje y recupere fuerzas, entonces retomo.
– Tómate tu tiempo. Tienes el agua a tu disposición.
– Él… a veces… No es que… (se queda callada). No quiero exagerar, pero…
– (Respiro) Aquí no estamos para juzgar si algo es exagerado o no. Nunca escucharás un juicio de mi. Estoy para ver y sentir a través de tus ojos. Sólo pretendo entender cómo te sientes y qué te ha llevado a sentirlo.
– Es que… cuando lo digo en voz alta suena… feo. Él se enfada mucho. Por cosas pequeñas. Si la comida no está… o si llego tarde del trabajo… o si hablo con alguien que no le gusta. Si no me he arreglado bien…
– Y qué pasa cuando se enfada?
– Cambia. Su cara cambia… mucho, la voz también. Y se acerca mucho… tanto que…demasiado.
– Cuando lo expresabas me hacías percibirque cuando eso sucede te hace sentir miedo.
– Sí. Mucho.
– ¿Alguna vez te ha hecho daño físicamente?
Ella sigue mirando al suelo. Le cuesta respirar.
– No… bueno… No siempre. La verdad es que sí, a veces. Es más… cómo me mira. Cómo me habla. Me dice que soy inútil… que nadie más me aguantaría. Que si me voy… no tengo a dónde ir. Me hace sentir…
– Cómo te hace sentir?
– Pequeña, inservible, inútil. Sí… pero a veces pienso que igual tiene razón.
– Lo piensas tú… o lo has escuchado tantas veces que empieza a sonar como verdad?
– (se le humedecen los ojos). Creo que… lo segundo.
– Permíteme decir que lo que estás describiendo tiene nombre. Y no estás exagerando.
– ¿Sí?
– Sí. Se llama maltrato.
Llora desconsoladamente. Un nuevo silencio.
– Jorge, nunca me había atrevido a decir esa palabra.
– No tienes que decirla si todavía pesa demasiado. Ni estás obligada a explicarme algo que no quieras. Podemos acercarnos poco a poco, tan poco a la poco como necesites.
– Es que… si lo digo… parece que todo se vuelve real.
– Es real. Lo es porque aún no nombrándolo lo has vivido y sufrido. Y a veces reconocerlo, verbalizarlo y ponerle nombre también es el primer paso para que deje de doler en silencio.
– Lo sé, en el fondo lo sé (respira hondo). Creo que… por eso estoy aquí.
– Y déjame decir que has hecho algo muy valiente viniendo hoy.
– No me siento valiente.
– Muchas veces el valor se parece más a esto: sentarse, temblar… y aun así hablar. Siempre he pensado que ahí está la verdadera valentía. Podemos quedarnos un momento en lo que acabas de decir… en esa palabra que te cuesta tanto.
– Mal… trato, mal… trato.
– Qué pasa dentro de ti cuando la dices?
– Bufff… Me… se me encoge el estómago. Como si… como si hubiera hecho algo malo.
– Algo malo?
– Como si hablar de ello fuera una traición. Él siempre dice que los problemas de casa… se quedan en casa.
-Y tú qué sientes cuando escuchas eso?
– Que tengo que callarme. Que… si hablo… todo será peor.
– Peor cómo?
Ella se frota las manos con nerviosismo. Se puede percibir en la consulta su nivel de ansiedad.
– Se enfada más. Dice que lo provoco. Que lo saco de quicio…
– Si lo he entendido bien te ha dicho alguna vez que tú eres la causa de su comportamiento.
– Muchas veces. Dice que antes no era así… que soy yo la que lo vuelve loco.
-Eso debe ser muy confuso.
– Mucho, lo es mucho. Porque… a veces lo pienso y digo: “Quizá sí… quizá soy yo”.
– Puedes contarme una de esas situaciones que se te quedan más grabadas?
Se queda en silencio, respira más rápido. Y cuando se siente fuerte sigue.
– Hay… hay una que no puedo sacarme de la cabeza. Fue una noche. Yo llegué tarde del trabajo… como veinte minutos. Había tráfico.
– Qué pasó cuando llegaste?
– Él estaba sentado en el sofá. No dijo nada al principio… solo me miraba.
– ¿Cómo era esa mirada?
– Fría. Como… como si yo fuera una extraña. Me preguntó dónde estaba. Le dije la verdad… pero no me creyó. Empezó a decir que seguro estaba con alguien… Me lo repetía una y otra vez, cada vez más… fuerte, más insistirme, más agresivo… y me decía que soy una mentirosa.
– Cómo te sentiste en ese momento?
– Pequeña. Muy pequeña. Como si tuviera que demostrar que existo, me quería morir. Si hubiera podido o sabido cómo hubiera querido morir allí.
– Y después?
– Se levantó muy rápido…tiró mi bolso al suelo. Todo se cayó… el móvil, las llaves… todo.Me agarró del brazo. Muy fuerte.
Se levanta de la butaca, se queda de pie mirando la pared. Dándome la espalda. Espero unos segundos y me levanto, me siento en el borde la mesa, intento saber qué distancia necesita, me siento dubitativo y siento miedo de no saber respetar ese espacio.
Sólo me sale un..
– Lo siento. No puedo imaginar qué es vivir una situación así.
– Me dijo al oído… “Si me engañas, te juro que te arruino la vida. Eres nada y eso serás toda tu puta vida”.
– …debió ser aterrador.
– No grité Jorge. Ni lloré. Solo… me quedé quieta.
– ¿Por qué crees que te quedaste así?
– Porque cuando me muevo… se enfada más y podría…
– Así que tu cuerpo aprendió a quedarse quieto para protegerse.
– Sí… es como si me apagara. Me bloqueo.
– Te pasa a menudo esa sensación?
– Mucho. A veces ni recuerdo bien lo que pasa. Es como si mi cabeza se fuera.
– Eso también es una forma de sobrevivir.
Le caen las lágrimas…
– Pero luego… cuando estoy sola… todo vuelve.
– Qué vuelve?
– Su voz. Sus palabras. Su cara tan cerca.
– Y qué sientes cuando vuelve?
– Vergüenza.
– Vergüenza de qué?
– De no haberme ido. De seguir allí. Y me siento una mierda.
– Muchas personas en situaciones de violencia sienten eso. Pero quedarse no es debilidad
– A veces pienso que… si lo contara… nadie me creería.
– Yo te creo.
– Es la primera vez que alguien me dice eso.
– No estás sola en esta consulta.
– Hay algo más que… que nunca he dicho.
– Puedes hacerlo cuando te sientas preparada.
– Hay días… en que me mira… y siento que podría matarme.
Se queda de nuevo en silencio. Finalmente lo rompo yo.
– Gracias por confiarme algo tan importante y tan angustioso para ti.
– Y luego… -prosigue, al día siguiente… me trae café a la cama… y me dice que me quiere y entonces pienso: “Quizá todo está en mi cabeza”.
– No lo está.
– Tengo mucho miedo. Me puede, me supera.
– Lo sé. Aquí podemos empezar a entender ese miedo… y a buscar formas de que estés a salvo.
– De verdad hay salida?
– Sí. Por supuesto que la hay y no tienes porqué recorrerla sola.
Hay sesiones en las que uno escucha historias difíciles. Y hay otras en las que no solo escuchas la historia, sientes el peso de la vida de alguien a lo largo de la sesión. Esta fue una de esas, de esas que como psicólogo te acompañarán siempre.
Mientras hablaba, su cuerpo contaba tanto como sus palabras. La forma en la que entró, su voz casi inaudible, el sentarse en mi butaca sin darse cuenta… pequeños gestos que muchas veces pasan desapercibidos para quien no está atento, pero que en consulta suelen hablar de desorientación, hipervigilancia, miedo constante…
Su sistema nervioso llevaba demasiado tiempo viviendo en guerra. Todavía pienso en el momento en que pronunció por primera vez la palabra maltrato.
Siempre ocurre algo muy particular cuando esa palabra aparece por primera vez en una consulta. No es solo una palabra. Nombrar el maltrato tiene algo de terremoto.
Porque cuando lo nombras, ya no puedes seguir fingiendo que es solo “una mala racha”, “un carácter difícil” o “un problema de pareja”. Cuando lo nombras, la mente empieza lentamente a reorganizar todos los recuerdos y les da un sentido absolutamente distinto.
Y eso duele. Si soy sincero no puedo ni imaginar cuánto duele. Muchísimo.
Me impresionó especialmente el momento en que se levantó y se puso de cara a la pared. Durante unos segundos dudé y no sé si hice bien. Todo lo que he podido estudiar sobre técnica, teoría, sobre protocolos… en aquel momento nada de eso respondía a la pregunta ¿Dónde debo estar ahora mismo para esta persona?
Ni demasiado cerca. Ni demasiado lejos.
Ese instante me sigue enseñando que en muchas sesiones, lo más importante no es lo que decimos, sino el espacio que sostenemos.
Ella llevaba años viviendo en un lugar donde cada palabra podía desencadenar un castigo. Donde cada gesto podía ser interpretado como provocación. Donde cada silencio tenía consecuencias. Y sin embargo hoy había hecho algo extraordinario. Había hablado.
Pienso que se fue de aquella sesión sin percibirlo así, porque la vergüenza y el miedo suelen nublar la percepción de la propia valentía. Pero sentarse en una consulta y empezar a romper el silencio de la violencia de género es uno de los actos más difíciles que puede hacer una persona.
Mucho más difícil de lo que el mundo imagina.
Pienso mucho también en su frase: “A veces siento que podría matarme.”
Las personas que nunca han vivido violencia ni maltrato suelen imaginarla como una serie de explosiones aisladas. Pero quienes la viven saben que lo más destructivo no siempre es el golpe. Es esa atmósfera constante de amenaza.
La mirada. El tono. La proximidad del cuerpo. La sensación permanente de que algo terrible podría pasar. El miedo sostenido día tras día termina modificando el cerebro, el cuerpo, la forma de respirar, la manera de pensar sobre uno mismo.
Por eso su cuerpo se quedaba quieto. Por eso su mente se desconecta. Por eso duda de su propia realidad. No es debilidad, es supervivencia.
Es una mujer extraordinaria, como extraordinaria es la capacidad del ser humano para adaptarse incluso a lo insoportable. El cerebro intenta protegerse “inventando” explicaciones insostenibles salvo para quien las pronuncia: “quizá soy yo”, “quizá exagero”, “quizá lo merezco”. Porque a veces la alternativa, aceptar que la persona que debería cuidarte puede destruirte, es demasiado dolorosa para sostenerla de golpe.
Por eso el proceso es normal que parezca lento. Salir de la violencia no es solo salir de una casa o de una relación. Es reconstruir una identidad que ha sido erosionada durante años.
Habrá días en que dudará de todo lo que hoy ha dicho. Habrá momentos en que recordará el café en la cama y pensará que tal vez todo fue una exageración. Y habrá miedo. Mucho miedo.
Y eso también forma parte del proceso. Como forma parte esa primera vez que alguien que llevaba mucho tiempo en silencio encontró un lugar donde su historia no fue cuestionada.
Alguien escuchó. Alguien creyó. A veces la terapia comienza exactamente ahí. En el momento que alguien deja de estar sola con su miedo.
Ojalá llegue el día que mujeres como ella no tenga que vivir esas situaciones, ni tengan que existir sesiones como la de hoy.
Una mujer temblando en una silla. Una palabra dicha por primera vez. Ojalá sea la última que alguien tenga que vivirla.
Pues eso… que ya tengo otro más y van… los que van porque voy aprendiendo que cumplir años no es simplemente sumar cifras en un calendario. A partir de cierta edad sumas y te enfrentas, aunque sea por un instante, a la evidencia de que el tiempo avanza sin pedirnos permiso.
Como psicólogo, he acompañado a muchas personas en distintos momentos de su vida, y si hay algo que se repite cada vez que alguien celebra un cumpleaños de más de 50, es esta mezcla profunda de gratitud y vértigo.
Los años pasan dejando marcas invisibles. No siempre son arrugas o canas, que al final les coges cariño, a veces son aprendizajes silenciosos, duelos no resueltos, sueños que cambiaron de forma. Cumplir años nos confronta con lo que fue y con lo que no fue. Con las decisiones tomadas y las que evitamos. Y eso puede doler… pero también libera.
En tiempos donde todavía siento que se idolatra la juventud y tantas personas temen envejecer, muchas viven su cumpleaños con cierta ambivalencia. Sonríen y se preguntan si están donde querían estar. No siempre la respuesta es cómoda, pero esa incomodidad nos recuerda que seguimos en movimiento, que seguimos teniendo la capacidad de elegir, de ajustar el rumbo.
Yo me respondo el día después sí. Estoy donde quiero estar. Los años me pasan, sí. Y pasan más rápido de lo que imaginaba cuando era niño. A cambio dicen que nos dan perspectiva. Lo que antes parecía una catástrofe hoy es una anécdota. Lo que antes dolía con intensidad ahora lo miro con compasión. Sigo persiguiendo esa ansiada madurez, la emocional, que me ayude a entender que la vida no es una carrera contra el tiempo, sino algo parecido a una conversación constante con él.
Cumplir años es reconciliarme con mi propia historia. Aceptar que hice lo mejor que pude con las herramientas que tenía en cada etapa. Perdonarme por no haber sabido más antes. Celebrar que, pese a todo, sigo aquí.
Y sigo aquí queriendo estar y quiero regalarme un año más. Me doy cuenta de que sigo sin querer grandes celebraciones. Quise y tuve un cumpleaños de gestos pequeños, de una mano que aprieta la mía, una caminata sin destino claro sintiendo el sol y el viento, una comida con risas y amigos a quienes abrazar. Tuve un cumpleaños con permiso de no estar disponible para todo el mundo y con un ratito para echar de menos a quienes desde algún sitio sé que siguen cuidando de mi.
Cumplir años es notar que el tiempo no pasa “en general”, pasa por uno. Se queda en ese menisco que hace poco dijo “para”, en las amistades que cambiaron de forma o desaparecieron sin escándalo, en las que vuelven caminando despacio, pasa en los padres que envejecen, en mis hijos que crecen demasiado rápido, en las personas que sigo queriendo y ya no puedo ver ni tocar excepto cuando cierro los ojos, en las versiones de uno mismo que quedaron atrás y que a veces extraño a veces con ternura y otras con vergüenza.
Al soplar, confieso, las velas no he pedido grandes deseos. He pensado en lo que he perdido y en lo que he elegido perder. En las renuncias conscientes y la elecciones conscientes y firmes.
A veces mis pacientes me ven con un aura de madurez que yo mismo a menudo no me veo. Solo estoy en otra etapa, con sus luces y sus sombras. Menos intenso y para algunos tal vez menos impulso, quizá, pero mejor dirigido y sobre todo aprendiendo a sostener lo que duele sin huir tan rápido.
Sé que no me queda todo el tiempo del mundo, en realidad nunca lo tuve. Escribo hoy porque hubo cumpleaños que pasé en piloto automático, respondiendo mensajes con una sonrisa mecánica, agradeciendo felicitaciones mientras por dentro hacía cuentas de lo que “debería” haber logrado ya. Pasé muchos otros sin querer celebrarlo o sin sentir que celebrarlo era algo especial, como si la vida tuviera un calendario oficial que yo estuviera incumpliendo. Los años enseñan que esa contabilidad es implacable y casi siempre injusta y ahora que llevo unos años intentando celebrarlo empiezo a coger el gustillo.
Creo que he aprendido a acompañar el miedo al paso del tiempo en otros, aunque todavía estoy aprendiendo a acompañarlo en mí. No se va del todo. A veces es miedo…otras es urgencia. Este último año ha sido más bien una conciencia tranquila de que no todo tiene que resolverse ya, pero tampoco puede aplazarse indefinidamente.
Huyo de la juventud eterna y aún más de la productividad impecable. Sé que he cambiado, que algunas certezas se cayeron y otras, más realistas, ocuparon su lugar. Que he cometido errores, más de los que me gusta admitir, y que también he sabido reparar algunos.
Cumplir años es reconciliarme con mis límites. Saber que no voy a llegar a todo, que no voy a ser todo, y que tal vez eso está bien. Que la vida no era aquello que imaginé exactamente, pero está tampoco es una decepción permanente. Es más compleja, más contradictoria y mucho más humana.
Ayer me regalé y me regalaron un cumpleaños sin prisa. Hoy soy un poco más afortunado que ayer.
Ha llegado repitiendo que no debería haber venido, que de hecho no tenía claro por qué me había reservado la cita. Lo dice mirándome como si esperara que yo le diera la razón y cancelara todo antes de empezar.
Entra en la sala, le indico que la butaca roja es para ella y se sienta en el borde, el abrigo todavía puesto, el bolso sobre las rodillas como si en cualquier momento fuera a levantarse e irse.
Mientras hablo y me presento, sonríe con una amabilidad que no me encaja con la tensión que transmiten sus manos. Empieza directa, con prisa y dice que está “bien”, que en realidad no le pasa nada grave, que hay personas con “problemas de verdad”. Minimiza cada intento de explicar lo que la trajo hasta un psicólogo. “Solo estoy un poco cansada”, “últimamente duermo mal”, “a veces lloro sin motivo, pero se me pasa”, “no vayas a pensar que estoy loca”.
La observo y cuando el silencio aparece en su discurso. Le pido permiso y le señalo la contradicción entre su discurso y su presencia.
-Déjame también añadir que si realmente no tuvieras claro por qué venir, podrías no haber venido. Algo te trajo hasta aquí, aunque todavía no tenga nombre o no lo tengas identificado.
Y se le humedecen los ojos. Empieza entonces a hablar de las mañanas. De lo difícil que se le hace levantarse. De la sensación de estar viviendo la vida de otra persona, cumpliendo expectativas que no recuerda haber elegido ni quién se las ha puesto en la cabeza.
Habla de su trabajo como si describiera una escena lejana, casi desconocida y ajena. Habla de su pareja con una mezcla de afecto y agotamiento. “No tengo motivos para quejarme”, repite varias veces, pero cada frase destila tristeza.
Me doy cuenta de que hace unos minutos he apuntado “resistencia” y ahora una flecha que apunta a “miedo”. A qué? Miedo a confirmar que lo que siente es real y que al ponerle palabras lo vuelva más pesado? Quizás, miedo a necesitar ayuda?
Insiste en que seguro que “no es para tanto y que debe estar ocupando el espacio de otra persona que lo necesita más que ella. Le digo que no hace falta que su malestar sea espectacular para ser legítimo. Que el hecho de que haya venido ya dice algo importante sobre su deseo de entender qué le está pasando. Y que su malestar veo y siento que es real y eso solo merece mi tiempo y el espacio que estamos compartiendo.
Por primera vez desde que entró, se recuesta en la butaca. Se levanta, se quita el abrigo y cuelga el bolso en la entrada. Su respiración se vuelve más tranquila. No hemos “resuelto” nada todavía, pero ya no está intentando convencerme de que no debería estar aquí. Ahora parece estar intentando averiguar por qué sí.
Solo por esto la sesión de hoy ya es muy importante para ella.
-Entraste preparada para irte -le digo-. Y ahora, sin que yo te lo pidiera, has decidido quedarte un poco más.
Sus ojos vuelven a humedecerse, pero esta vez no tiene prisa en secarlos. Prosigo.
– Cuando dices que “no es para tanto”, me pregunto qué tendría que pasar para que sí fuera suficiente. ¿Cuánto más cansancio tienes que acumular?
Guarda silencio. Tengo la sensación que mis palabras le resuenan.
-A veces -continúo- aprendemos que solo merecemos ayuda cuando estamos al límite. Cuando ya no podemos más. Pero el malestar no necesita ser “espectacular” para ser verdadero. No necesita compararse con el de nadie para existir.
Me hablas de las mañanas como si fueran una cuesta imposible. Me hablas de tu trabajo como si fuera la vida de otra persona. Me hablas de tu pareja con cariño… y con distancia y casi “agotamiento”.
Pero dices que no tienes motivos para quejarte. Me pregunto si te has permitido alguna vez preguntarte no si “tienes motivos”, sino cómo te sientes.
Y mientras me explicas todo esto siento que necesitas justificar cada emoción para permitirte sentirla. Como si esperaras de mi ser una especie de tribunal interno que evalúa o decide si tu tristeza merece existir.
– Tienes razón -me dice-, vengo por miedo. Quizás miedo a que la persona que tenga delante vea lo que has visto y me lo ponga delante, y si eso pasaba no saber qué hacer con ello. Y eso asusta, me asusta y me hace sentir… pequeña.
Dejo que sus ideas reposen. Y sigue.
– Deseaba que me dijeras que no era urgente y que me dieras cita para otro día, así no tenía que enfrentarme hoy y así tenía sentido lo de dar mi sitio a otra persona… qué absurdo verdad?
– Aquí no estás quitándole el espacio a nadie -le digo-. Esta consulta no es una sala de urgencias donde solo entra quien está peor. Es un lugar para entenderte, para dedicarte tiempo, es un espacio seguro. Y tú, hoy, lo estás necesitando.
Asiente muy despacio. Y sigo.
– Me gustaría que hoy no salieras de aquí con respuestas, sino con una pregunta distinta. En vez de “¿debería haber venido?” te preguntes “¿qué parte de mí sabía (e insistía) que necesitaba venir?”
No tienes que decidir hoy si “es para tanto”. Vamos a escucharlo. Y si hay una parte tuya que durante años ha tenido que ser fuerte, eficiente, comprensiva… que vea que aquí puede descansar un poco. No tienes que convencerme de nada. Solo estar.
Hoy su ansiedad ha perdido la batalla. A veces, el primer alivio no es que el dolor desaparezca, es sencillamente que deje de ser negado.
El amor visto por una adolescente en terapia, no es solo mariposas en el estómago ni canciones románticas. Es algo mucho más complejo, aunque a veces cueste ponerlo en palabras y entenderlo por ojos ajenos.
En sesión, una adolescente me ha explicado que el amor que siente es como una montaña rusa: un día es intensidad, mensajes a medianoche a escondidas de los padres, promesas enormes y eternas… y cuando despierta, dudas, inseguridades y miedo a no ser suficiente. A su edad el amor no solo es querer a alguien más, también es buscar quién soy yo a través de esa otra persona.
Muchas veces el primer amor se mezcla con la necesidad de pertenecer. “Si me quiere, entonces valgo.” Y ahí es donde duele, porque cuando el otro se aleja o malinterpreta ese alejamiento, no solo se pierde la relación, también se tambalea la autoestima. Entonces se empieza a descubrir que el amor no debería doler como castigo ni sentirse como examen constante.
Ella se da cuenta de que confunde intensidad con amor: los celos, el drama, la urgencia por responder al instante. Aún no puede ver que el amor sano no asfixia, no controla, no exige dejar de ser una misma. Aprender que amar también es poner límites.
Y los límites nunca van en contra de la relación, nunca son la causa de ruptura porque no van en contra del otro sino a favor de tener claras las cartas “con las que jugamos”, y la claridad si va en favor de la relación y de lo que sentimos. Los límites no necesariamente son “No”, son muchas las veces que crecen y nos hacen crecer cuando decimos “Sí”. Sí a permitirnos sentir y dejar que eso que sentimos crezca y se desarrolle.
En ese espacio terapéutico, su amor se balancea entre el “que me elijan” y el no renunciar a “yo también me elijo”. Sus miedos la ponen entre ese angustiante buscar que alguien la complete y la necesidad paciente de conocerse, escucharse y validarse.
Al final, el amor desde la mirada de esta adolescente no es ingenuo, es muy auténtico y verdadero. Es intenso porque todo se vive por primera vez, pero entre la intensidad y las necesidades emocionales es fácil perderse en el otro y no esperar encontrarse con alguien con quien no dejes de ser quien eres.
Según avanza la sesión hablamos muy poco o nada del otro y casi sin darse cuenta cae en algo absolutamente vital. El primer amor que necesita aprender a construir no es el de pareja, sino el propio.
Se expresa desde un lugar extraño para ella, un lugar que no le han hablado ni acompañado a explorar antes, porque a esa edad nadie les habla del amor propio como un proceso; les hablan del amor romántico, de encontrar a alguien, de gustar, de ser elegida. Pero casi nunca de elegirse… qué mal lo hacemos a veces queriendo proteger.
El amor propio en la adolescencia no es una frase motivacional. Es un aprendizaje lento y a veces doloroso. Es descubrir que puedo sentir mariposas sin entregar mis alas. Que puedo querer sin dejar de quererme. Que puedo entusiasmarme sin desaparecer o difuminarme.
Ella ya siente que cuando está pendiente de si él responde, se olvida de cómo se siente ella. Cuando adapta su forma de vestir, de hablar o incluso de pensar para gustar más, se desconecta un poco de sí misma. Y no lo hace por debilidad sino por miedo. Miedo a no ser suficiente tal como es.
– Quién eres cuando no estás intentando que alguien te quiera? -le pregunto.
Para ella responder es un reto enorme, su identidad todavía está formándose, está probando versiones de sí misma. Y el primer amor suele convertirse en el escenario donde más fuerte se prueba esa identidad.
Amor propio a esa edad no significa no necesitar a nadie. Significa empezar a reconocer que necesitar afecto es humano, pero depender de la validación constante desgasta. Significa poder decir “Me importa que me quieras, pero no a cualquier precio.”
Y ahí entran los límites, líneas que protegen lo que soy.
Sí a mis tiempos.
Sí a mis emociones.
Sí a mi incomodidad cuando algo no me hace bien.
Sí a irme de un lugar donde tengo que reducirme para encajar.
Empieza a comprender que el amor sano no le exige dejar de brillar para que el otro no se sienta inseguro, que no tiene que competir con nadie para ser suficiente, que el amor no es un examen que se aprueba complaciendo.
Pero para darse tiempo y espacio para comprender necesita referentes, apoyos, una red emocionalmente cercana y que le dé seguridad. Los necesita porque cada desilusión puede convertirse en una pieza de autoconocimiento. Cada vez que siente celos puede preguntarse qué inseguridad se activó. Cada vez que siente miedo a perder al otro puede explorar qué parte de sí teme quedarse sola.
Y poco a poco, casi sin notarlo, hemos dejado atrás el “¿me quiere?” y nos movemos en el “¿me quiero yo cuando estoy en esta relación?”. Ahí está la autoestima, ahí se da cuenta de que el amor propio no compite con el amor romántico sino que lo sostiene, que se trata de elegir entre el otro o ella. Se trata de no abandonarse en el intento de ser amada.
El primer amor verdadero, el que determina todos los que vendrán después, y si ese primero dice, aunque sea en voz bajita “Quiero que me quieran, pero no más de lo que yo me quiero”, algo empieza bien.
Y no deja de ser adolescente. No deja de sentir intensamente. No deja de ser amor.
Hoy tras una sesión he tenido ganas de gritar, de decir algo alto y fuerte. No por mí o sí, también, pero sobretodo por ella.
No nos engañemos.
No perdonar no te hace una mala persona, no todo debe ser perdonado, menos aún olvidado.
Sí, sí tienes derecho a no perdonar y derecho a que no te juzguen por eso.
Y eso no significa que vivirás odiando el resto de la vida, eso es una falacia que nos limita además de hacernos daño, pero tampoco es sano ni justificable emocionalmente forzarse a perdonar algo que dolió.
Nos han vendido que sanar supone perdonar y no. No necesariamente es así y lo he visto en decenas y decenas de pacientes que han sanado aceptando que hay algo en sus vidas que no perdonarán nunca. Bien, está bien así porque el perdón impuesto no sana, solo maquilla. Y el mundo ya está lleno de demasiadas personas con maquillaje.
Y no siempre libera, en ocasiones solo silencia. Y lo que se silencia, tarde o temprano, encuentra otra forma de gritar.
Hay heridas que necesitan tiempo, otras necesitan distancia, y algunas simplemente necesitan ser reconocidas sin presión, sin discursos moralistas y sin frases hechas de algún “coach barato”.
No perdonar también puede ser un acto de amor propio. Puede ser un límite. Puede ser la forma en que tu dignidad se pone de pie y dice: “hasta aquí”.
El perdón no puede ser una exigencia externa ni una “medalla moral”. Cuando se convierte en obligación, pierde su sentido y se transforma en otra forma de violencia silenciosa, una que invalida lo que sentimos.
A veces no perdonar es simplemente reconocer que algo cruzó un límite. Y los límites no se negocian para quedar bien. Se honran para poder seguir enteros a pesar del dolor.
Y también digamos claro que no perdonar no significa quedarse atrapado en el rencor. Significa aceptar que todavía hay una herida abierta, o que tal vez ya cerró, pero dejó cicatriz. Y las cicatrices no se borran por decreto, se integran. Se llevan.
El tiempo no siempre convierte el dolor en perdón. A veces lo convierte en aprendizaje, distancia o quizás en claridad.
Perdonar no es una obligación espiritual ni una prueba de madurez. Es una decisión íntima, absolutamente personal y desde la conciencia. Y como toda decisión íntima, requiere verdad, no imposición.
Algunos pacientes me han enseñado que la verdadera paz no llega cuando perdonas, sino cuando dejas de exigirte hacerlo.
Cuando aceptas que lo que pasó te marcó. Que dolió. Que cambió cosas y tal vez te cambió para no poder volver a ser quien eras.
Y eso no te hace rencoroso. Sí, tal vez… pero sobretodo te hace humano.
Tal vez un día perdone. Tal vez no. Ambas opciones pueden convivir con una vida tranquila, plena y consciente.
Porque sanar no siempre significa absolver, pero siempre significa recordar sin romperte.
Cuando empezó a hablar sentí algo incómodo en el estómago. No por él, por mí. Esa rabia no me resultaba ajena y, durante un segundo, tuve que controlarme para no asentir demasiado pronto.
Hay sesiones en las que el reto no es comprender a la persona, sino no esconderse detrás del psicólogo para no sentir lo que se activa dentro.
Mientras lo escuchaba pensé en cuántas veces yo también he tenido que explicar mis pausas, justificar mis decisiones, defender mi cansancio como si fuera una falta moral. Ahora entiendo algo que dijo un profesor mientras hacía la carrera “nunca hay demasiada distancia entre paciente y terapeuta”.
No lo miraba como a un paciente “resistente”, sino como a alguien harto de que le exijan demostrar que merece estar bien. Y eso me colocó en un lugar incómodo: acompañar sin convertir mi propia historia en refugio ni en argumento.
Me di cuenta de que, si no tenía cuidado, podía empujarle sin querer hacia un discurso más aceptable, más tranquilo, más “trabajado”. Y no era eso lo que necesitaba. Necesitaba que alguien no le quitara la rabia, que no le tradujera el enfado a palabras bonitas.
Así que me quedé ahí, sosteniendo, dejando que hablara aunque a ratos me removiera, aceptando que esta sesión no iba de intervenir bien, sino de no traicionar lo que estaba pasando.
– La puta zona de confort! -dijo elevando el tono-. Parece que si no haces lo que quieren o esperan es que estás anclado, que estás ahí acomodado en la mierda esa de la zona de confort!
Y si no hay zona? Y si quiero estar ahí le guste o no? Y si eso que él ve como acomodado para mí es disfrutar de lo conseguido? O recuperarme de lo que me ha costado llegar? O…
Es más sano alguien con esa ansiedad para ir por objetivos de locos y dejar su cuerpo y su alma por el camino? Se ha mirado? Se ha visto? No se lo dicen ni en su casa!
No quiero ser él, ni en 3 vidas! Él solo vive para trabajar, no tiene vida, no tiene… nada excepto su empresa.”
Lo dice con rabia y con cansancio. Hay tanta autodefensa en esas palabras… Mientras habla, noto cómo aprieta la mandíbula y cómo su respiración se acelera cuando menciona a “él”. No habla solo de otra persona, habla de la amenaza que esa persona (su jefe) supone, de un modelo que siente impuesto, casi violento.
Hay una necesidad de legitimarse. De decir “mi forma de estar en el mundo también vale”. No rechaza el crecimiento; rechaza la idea de que crecer solo tenga una forma, un ritmo y un precio. Y el precio de quien se cree “saber todo” no quiere pagarlo, no quiere deshumanizarse como él, no quiere ser alguien quejoso, apagado y que la única rutina que le mantiene vivo es el levantarse para trabajar. En el fondo he conocido personas así y puedo conectar con lo que expresa.
Cuánto ha tenido que perder para que ahora defender el descanso se sienta como un acto de rebeldía. Cuando habla de “recuperarme de lo que me ha costado llegar” aparece por primera vez algo frágil. Ahí no hay soberbia ni nada de esa comodidad de la que le acusan. Hay duelo, desgaste, quizá heridas que aún no terminan de cerrar.
No idealiza la calma, la reclama porque la necesita. Y eso, en una cultura donde aún hay quien glorifica el esfuerzo por el esfuerzo, suele confundirse con mediocridad. Él no quiere ser ese otro hombre que describe, vacío y absorbido por su empresa, vacío de haber trabajado desde su adolescencia a la sombra de su padre porque es lo que tocaba, pero tampoco parece del todo en paz con su elección. Hay enojo porque ha sido juzgado, pero mtambién porque esa mirada externa ha logrado colarse dentro.
No es mi intención convencerlo de salir de ningún lugar, tampoco entro a valorar con él si está o no en una zona de confort, le acompaño preguntando si donde está ahora es una elección propia o una trinchera. Si su “quedarse” nace del deseo que querer permanecer ahí o del miedo a volver a romperse. Y, sobre todo, acompañarlo a construir una definición de bienestar que no dependa de compararse, ni de justificarse constantemente.
– Escuchándote no te preguntaría si existe o no la zona de confort. Escuchándote te pregunto por qué descansar necesita tantas explicaciones?
Escucha la pregunta y lo veo pensativo en silencio. No lo corto, no lo discuto. Cuando baja un poco la intensidad, hablo despacio, casi con cuidado.
– Porque… -empieza, y se detiene. Porque si no explico, parece que no vale. Parece que si no duele, no cuenta.
Se le humedecen los ojos y baja la mirada.-Me cansé de estar roto -dice al fin-. Me cansé de sentir que siempre tenía que demostrar algo. Que si paraba, perdía. Y yo ya perdí mucho y nadie sabía verlo…
Se lleva la mano al pecho, como si necesitara comprobar que sigue ahí. El cuerpo habla antes que las palabras.
Qué difícil es, para muchas personas, diferenciar el descanso del abandono, la pausa de la renuncia. Vivimos rodeados de discursos que convierten el agotamiento en virtud y la calma en sospecha. No me habla de pereza, me habla de supervivencia. De alguien que ha aprendido que seguir vivo también puede ser una forma de éxito.
– No quiero volver a ese lugar -continúa-. No quiero volver a ser el que se empuja hasta no sentir nada. Y me da miedo que, si empiezo otra vez, no sepa parar. Ya no sé qué pinto ahí.
Me habla de síntomas de ansiedad, muchos, más de los que una vez imaginó. Me pregunto cuántas veces su cuerpo ha tenido que gritar para que él, finalmente, escuchara. Cuántas señales ignoró antes de permitirse esta quietud que ahora defiende con uñas y dientes. Y entiendo que, para alguien que ha vivido al límite, descansar no es cómodo, es inseguro y es incierto. No hay aplausos, no hay objetivos cumplido, no hay métricas ni validación externa inmediata.
– Quizá -le digo- no se trata de avanzar o quedarse, sino entre obedecer la voz que te exige o empezar a escuchar esa otra que te cuida. Y esa voz cuidadora suele ser más baja, menos espectacular… pero mucho más honesta.
Levanta la vista lentamente. No asiente, no niega. Se queda ahí, pensativo. El silencio vuelve a instalarse en la sala, ese silencio que acompaña, que permite. Un espacio donde sabe y siente que no necesita defenderse. Siente miedo de ese “él”, miedo a decirle lo que piensa, miedo a las consecuencias. Miedo a callar y seguir en esa espiral que lo ha llevado al punto donde está ahora. Vacío, emocionalmente roto.
Entonces le pregunto si nadie lo estuviera mirando, si no existiera ese “él” como medida, ¿qué querría ahora? No dentro de cinco años. Ahora.
– Quiero paz, pero que no tenga que matar para defenderla. Quiero disfrutar lo conseguido y seguir haciéndolo…
Pero se culpa por no ir por más. Reconoce que, a veces, cuando está tranquilo, aparece una voz que le dice que está perdiendo el tiempo. Esa voz que ha aprendido “mal”, esa voz que no era suya aunque acabó creyendo lo contrario.
– Déjame explorar eso. De quién es? ¿Cuándo apareció por primera vez?
Empieza a hablar de exigencia, de demostrar, de no ser suficiente si no está produciendo. La zona de confort deja de ser el tema. El tema es el permiso. La sesión no busca una respuesta definitiva. No decidimos si debe quedarse o moverse. La terapia no va de empujarlo, sino de que pueda elegir sin látigo. Que pueda diferenciar descanso de renuncia, deseo de mandato, ambición de huida.
Al final, no sale más tranquilo, pero sí más claro. Entiende que su enojo no es sólo contra un modelo externo, sino contra la parte de sí que aún no se siente autorizada a estar bien sin justificarse. Y eso, aunque incomode, es un buen lugar para seguir trabajando.
Hoy le he visto y me visto a mí. No hace tanto había mucho de mí ahí, aún lo hay a veces. Aún queda algo en mí de esa voz. Aún lo sigo trabajando.
Ha llegado pronto y ha esperado a que pudiera atenderla. Al entrar y acomodarse me ha dicho que “había recogido” mi guante de la última sesión y que había escrito algo, algo que quería leerme.
– La sesión es tuya y te pertenece, puedes leer que te escucharé – le he dicho.
Ha desdoblado unas hojas, ha respirado hondo al tiempo que ha empezado a llorar. Las primeras frases han sido entrecortadas pero poco a poco su forma de leer ha cogido intensidad y claridad. Una frase ha provocado ese cambio…
“En qué momento pensaste que podías dejar de existir? Qué estaría mejor sin ti?
Te odio y me odio por odiarte. Me decías que era tu vida, sí era tuya pero qué pasa con ese trocito de la mía donde estabas tú?
Joder te odio porque no pensaste en mí cuando te matabas… en qué coño pensabas?
Joder, joder… ¿En qué segundo exacto se te coló la idea de que el mundo iba a estar mejor sin ti, de que tu ausencia iba a doler menos que tu presencia cansada? Intento imaginarlo y no puedo, no soy capaz. Me rompe la cabeza pensar que llegaste a creértelo, te imagino pensándolo y te quiero matar. Qué estúpida verdad? Querer lo mismo que querías tú? Lo querías? Era eso lo que querías?
Te odio. Y me odio por odiarte. Me duele reconocerlo, pero ahí está, es así. Me decías que era tu vida, y sí, sí…lo era. Pero hostia! ¿qué pasa con ese trocito de la mía donde estabas tú? ¿Con ese espacio que ahora es un vacío, qué estabas tú y nadie más puede ni podrá rellenar? Nadie me pidió permiso para arrancarte de ahí, nunca me preguntaste. Y yo? Dónde quedó yo?
Joder, te odio porque no pensaste en mí cuando te estabas matando. No pensaste en mi y en todo eso que has dejado a medias. ¿En qué coño pensabas? ¿Era tan grande el ruido en tu cabeza que no cabía nadie más? ¿O simplemente estabas demasiado cansado para mirar atrás?
Y aun así sigo queriéndote. Y te querré siempre aunque las preguntas se queden sin respuestas.
Lo peor es que… hay algo que me mata y que necesito confesarte. Yo también lo pensé, también estuve dándole vueltas a suicidarme, pero me asusté tanto, tanto que busqué ayuda. Te acuerdas de aquella tarde en aquel bareto? Quisé decírtelo, era mi intención pero te vi tan de bajona que no puede. Ahora me culpo, me arrepiento… y si lo hubiera hecho?
Si estoy tan cabreada contigo es porque te entiendo, y eso me asusta. Y si tú hubiera sido yo? Comprendo el estar hasta el coño de todo, el peso, la sensación de no poder más. Y entonces me enfado conmigo otra vez, porque entiendo pero no puedo perdonarte ni perdonar lo que has hecho.
No sé cómo cerrar esta herida. No sé si seré capaz. Solo sé que escribo porque me lo propuso Jorge y veo que hacerlo es la única de no romperme más. Tendrías que haber visto su cara cuando le confesé como me sentía y lo que había pensado, se emocionó conmigo y… ojalá lo hubieras conocido.
No sé si te volveré a escribir, perdóname pero hoy no puedo seguir, no dejo de llorar y me cuesta seguir cogiendo el boli… ese que está tan mordido por ti. No creas, sigo enfadada, triste, rabiosa, te odio… y te quiero tanto que no sé cómo llevarte conmigo, pero sé que no quiero soltarte.”
La escucho leer la carta y algo en mí se recoge hacia dentro. No es solo una carta, es una confesión cruda, sin filtros, sin “maquillaje” emocional. Es rabia y amor ocupando el mismo espacio, chocando, haciéndose daño. Y no intenta quedar bien. Intenta sobrevivir.
Mientras lee, noto cómo su voz se quiebra justo en las palabras donde aparece el odio. El odio que solo existe cuando hubo amor verdadero. Y pienso que hay que estar muy viva para poder decir “te odio” sin dejar de decir “te quiero”. Amor en estado puro.
Se expresa sin romantizar nada. No justifica. Nombra el cansancio, el ruido, el “estar hasta el coño”, y al mismo tiempo el terror que la llevó a pedir ayuda. En ese punto, la veo: no como alguien rota, sino como alguien que eligió quedarse, aun sin saber muy bien cómo.
Me rompe por dentro aparecer en esa carta. Siento que se me encoge el corazón. No sé reaccionar y casi ni gestionarlo. Siento la responsabilidad, el peso y al mismo tiempo la firmeza de querer estar ahí, de estar para ella. No sé ponerle palabras y me emociona hasta no poder contener las lágrimas delante de ella. Cómo la admiro.
Me callo, me contengo porque ahora no necesita respuestas ni consuelos “bien construidos”. Necesita que alguien sostenga este caos sin ordenarlo por ella.
Veo algo profundamente humano en cómo no quiere soltarlo, aunque le duela llevarlo dentro. No quiere olvidarlo, quiere aprender a cargar con él. Y escribir, aunque sangre, es su forma de seguir viva. De poner palabras donde antes solo había un nudo.
Estoy aquí para quedarme mientras la herida habla. Para que no tenga que odiarse sola por odiar, ni quererse en silencio. Para recordarle, con mi presencia, que todo lo que siente tiene sentido, aunque duela, aunque sea incoherente, aunque no sepa todavía cómo llevarlo consigo.
Y hoy en ese espacio compartido, a ratitos silencioso, entiendo algo muy claro: esta carta no es una despedida. Es resistencia, una forma imperfecta, temblorosa y honesta hasta los huesos de seguir existiendo.
Y conecto de una forma muy especial con eso.
Hoy, en esta última sesión de la semana, siento que he recibido un regalo. Uno que aún no sé cómo digerir, que no quiero abrir y que solo tenerlo entre las manos lo hace especial. Una última sesión que por sí sola justifica a lo que me dedico.
Una sesión que da sentido a todo el esfuerzo de una semana muy intensa emocionalmente y que en algún momento me he sentido al límite.
Está semana he escuchado varias veces eso de que “el tiempo no perdona a nadie”.
Ninguna de esas veces han sido vacías y ninguna de esas personas hubieran esperado decirlo durante una sesión por el motivo que les llevó a pronunciarla.
A menudo en sesión el tiempo es monotonía, anhelo, expectativa, miedo, justificación… y siempre siempre es avance, porque el tiempo no para, espera, siempre avanza y siempre pasa.
A veces esa frase aparece cargada de una especie de resignación silenciosa, como si nombrarla fuera la única forma que encuentran de darle sentido a lo que duele. No hablan solo de años, ni de arrugas, ni de fechas que se acumulan en el calendario. Hablan de decisiones postergadas, de palabras que no se dijeron, de vidas que se quedaron a medio camino de lo que soñaron ser.
En ese espacio de la sesión, el tiempo se vuelve algo extraño. Mientras pasa puede pesar como una losa o diluirse en minutos que pasan demasiado rápido. Para algunos es urgencia; para otros, una amenaza constante que recuerda lo que ya no volverá. Y sin embargo, también es testigo, como yo cuando estoy en consulta, de lo que se sostuvo, de lo que se cayó, de lo que aún insiste en seguir vivo a pesar del cansancio.
Cuando dicen que el tiempo no perdona, yo puedo escuchar un miedo profundo a haber llegado tarde. Tarde para cambiar, tarde para elegir distinto, tarde para empezar de nuevo. Pero el tiempo, más que juez, es como un escenario, uno enorme que va más allá de donde nos da la vista, no absuelve ni condena; simplemente está. Y en ese estar, nos confronta con lo único que de verdad nos pertenece, lo que hacemos ahora con lo que somos hoy.
Somos tan cabezotas que nos empeñamos en pelear contra el paso del tiempo, como si eso nos diera el milagro de pararlo, y mientras peleamos contra él dejamos de mirarlo y reconocer que hemos hecho con él lo que hemos podido con las herramientas que teníamos a cada instante, y que mientras haya tiempo -este, el de ahora, el que todavía avanza- también hay posibilidad. Aunque sea pequeña. Aunque dé miedo. Aunque no se parezca a lo que imaginábamos al principio.
Escribiendo estas líneas me viene a la mente un paciente al que acompañé en sus últimos meses de vida que en una de las últimas veces que nos vimos me dijo “ahora que casi no puedo moverme de la cama me angustio por el presente que soy y el tiempo que ya no puedo exprimir, pero estoy feliz por el tiempo pasado que dejo, por todas las cosas que hice porque no quería perder horas repensando por miedo”.
Cuando el tiempo entra en la consulta, no lo hace solo. A menudo viene acompañado de culpa, de comparaciones, de esa voz interna que repite “deberías haberlo sabido antes”. Y ahí es donde más cuidado hace falta, porque nadie llega tarde a su propia vida; llega cuando puede, cuando algo dentro por fin encuentra palabras.
El tiempo no perdona, dicen. Yo a veces pienso que somos nosotros quienes no nos perdonamos por haber necesitado tiempo. Por haber dudado, por habernos protegido como supimos, por haber sobrevivido incluso cuando eso implicó renunciar a partes de nosotros mismos. Y sanar también es entender que ese tiempo no fue perdido, aunque duela.
En sesión, poco a poco, el tiempo empieza a cambiar de forma. Deja de ser enemigo y se convierte en proceso. En pausas necesarias. En silencios que hablan. En ritmos que no siempre coinciden con lo que el mundo exige, pero sí con lo que la persona necesita. Y eso, aunque no se note desde fuera, es profundamente valiente.
Tal vez el tiempo no perdona, pero acompaña. Y cuando alguien se permite mirarse con un poco más de ternura, algo se afloja. No se recupera lo que fue, pero adquiere un significado distinto.
Esta semana he aprendido que el tiempo no pasa igual para todos. Se sienta entre nosotros sin pedir permiso. Está. Y yo lo miro pasar por las manos de quien tengo delante, con cuidado, sabiendo que no todo necesita arreglarse ni entenderse hoy.
Es cierto que el tiempo no se detiene, nunca lo ha hecho. Pero cuando deja de ser una sentencia y se vuelve experiencia compartida, cuando alguien se permite ese instante sin huir ni reprocharse, ocurre que por un momento, el tiempo no pesa. Y eso, en una vida, ya es mucho.
Hay sesiones donde una pregunta tan habitual en mi en la primera sesión como “qué te ha llevado a venir a sesión?” recibe respuestas que necesitan todo y más de mi ya absoluta atención.
En su caso la respuesta fue que quería que la ayudara a no acabar de perder interés en él o más bien a retener el poco interés que, entre lágrimas, me decía que le quedaba.
Temía que esa paulatina pérdida de interés viniera el odio o incluso el desearle mal.
En un momento de la sesión me dijo “sabes eso que dicen que perder el interés por alguien es un camino sin retorno? Pues debo estar en ese camino y no sé, o no quiero, volver atrás”.
– Qué hay en el camino cuando miras atrás?
Suspiro.
– Durante mucho tiempo no habría sabido contestar, ahora creo que sí, decepción. Supongo que mucha, pero es culpa mía, nunca se la mostré ni se lo he dicho.
Escucharla fue como presenciar a alguien asomada a un precipicio que no sabía si quería saltar o que la empujaran. No hablaba solo de una relación, sino del miedo a convertirse en alguien que no reconocía, alguien capaz de pasar del amor al desinterés, y de ahí a algo aún más “oscuro” que le aterraba.
Sus palabras te obligan a pensar en cómo a veces confundimos el fin del “interés” con la aparición del odio, cuando en realidad muchas veces lo que llega es el cansancio, la tristeza o la humana necesidad de protegerse.
Cuántas veces nos aferramos al “camino sin retorno” como una profecía para no escuchar lo que ya duele demasiado? Quizá no quería volver atrás, o quizá no sabía cómo quedarse donde estaba sin sentirse culpable.
En esos silencios entre frase y frase me hizo entender que venía a terapia no para ayudarla a recuperar el interés ni empujarla a perderlo del todo, sino acompañarla a mirar ese camino con honestidad, qué había dejado atrás, qué estaba perdiendo y, sobre todo, qué estaba intentando salvar de sí misma.
Me resuenan todavía frases que ha pronunciado y mientras intento poner orden me viene a la cabeza ese concepto de “despido silencioso”, ese no saber cómo irnos que nos confunde hasta pensar si eso es señal de que en realidad no queremos marchar.
Qué poco que nos enseñan a irnos sin rompernos, a quedarnos sin traicionarnos, a reconocer que algo se ha ido apagando sin convertirlo en un juicio moral sobre quiénes somos.
Cuántas personas llegan a consulta cargando no solo con el dolor de una relación que se transforma, sino con la vergüenza de sentir lo que sienten. Como si perder el interés fuera una falta imperdonable, como si admitir el cansancio equivaliera a ser cruel. Y cuánto sufrimiento nace de no haber podido decir a tiempo “esto me duele”, “esto me pesa”, “esto me está alejando”, por miedo a herir, por miedo a perder, por miedo a ser vistos como insuficientes.
Quizá el odio no aparece de la nada. Quizá es el último recurso cuando la decepción ha sido silenciada demasiado tiempo. Cuando no hubo espacio para nombrarla, para compartirla, para hacer algo con ella. Y entonces el desinterés asusta, mucho, porque parece un punto final y es solo una señal de agotamiento emocional, de una necesidad urgente de cuidado.
De eso fue la sesión. De permitirse mirar sin prisa ese camino que parecía sin retorno, no para obligarse a volver, sino para entender qué partes de sí misma necesitaban descanso, qué límites no había sabido poner, qué palabras se habían quedado atrapadas. No para decidir aún, sino para dejar de huir de lo que sentía.
Permitirse ser y sentir sí es un camino sin retorno.
Hay frases que se dicen con buena intención y, aun así, duelen. “Te hizo fuerte” es una de ellas.
Suena a cierre rápido, a consuelo aprendido, a una forma de no quedarse demasiado tiempo mirando el desgaste. Como si el dolor necesitara justificar su paso dejando algo útil. Como si no bastara con haber “sobrevivido”. Sin embargo, hay cuerpos cansados de ser fuertes, almas que no quieren más medallas, solo un poco de tregua.
Este inicio de sesión no hablaba de heroicidades ni de superación, sino del derecho a no aguantar más, a no convertir cada herida en lección, a ser sostenido sin tener que demostrar nada.
“Mi amiga me dijo que el 2025 me ha hecho fuerte. Vaya mierda! Yo me hubiera conformado por ser a ratitos feliz”.
Escuchar en ella eso de “te hizo fuerte” me sonó más a consuelo que a reconocimiento del cansancio. No todo el mundo quiere salir blindado de la vida; a veces solo queremos descansar un poco y sentirnos bien sin tener que ganarnos eso a golpes.
Ser fuerte muchas veces significa que no hubo opción. Y eso duele.
“…y me cansa que lo digan como si fuera un premio.”
Como si ella hubiera elegido este entrenamiento emocional extremo, como si realmente existiera esa elección de entrenamiento . Ella no quería ser fuerte, quería ser cuidada. Quería que alguien se quedara cuando yo ya no podía más.
Durante la sesión digo bajito, casi pidiendo perdón pero mucho sentimient: “hay días en los que envidio a la gente frágil, a la que se le permite romperse sin que le exijan lecciones, sin que le digan “de algo te habrá servido”.Lo cierto es que sobrevivir no siempre deja sabiduría. A veces sobrevivir solo deja cicatrices y una sonrisa ensayada de payaso.
Y aquí, sentada frente a mi, se atrevió me atrevo a confesarlo:“No quiero ser fuerte todo el tiempo. Quiero estar a salvo. Quiero estar en paz. Y si es posible… quiero ser feliz, aunque sea a ratos, al menos un ratito”.
La miro mientras lo dice. No busca soluciones, ni frases bonitas, ni que le quite la razón. Siento que sencillamente espera que no le discutan el cansancio, que alguien sostenga ese deseo pequeño (ser feliz un ratito) como si fuera legítimo, suficiente, humano.
Es un silencio que no incomoda y apresurarlo sería volver a exigirle rendimiento incluso aquí. Y pienso, sin decirlo, en cuántas personas llegan a consulta creyendo que su deseo de calma es una ambición menor, casi vergonzosa, cuando en realidad es profundamente valiente.
Ser fuerte en estos tiempos se ha convertido en una consigna peligrosa. Una manera elegante de no mirar el dolor ajeno demasiado de cerca. De aplaudir la resistencia sin preguntar el costo. Y el costo, en ella, ha sido alto. El cuerpo tenso, la risa que aparece medio segundo tarde, esa alerta constante de quien aprendió que relajarse podía ser peligroso.
Le digo: “No hay nada malo en querer menos. No hay nada roto en ti por no querer convertir el dolor en una lección”.
Me hace reflexionar si como psicólogo y desde la psicología hemos podido romantizar la resiliencia. Como si no doliera. Como si no agotara. Como si no dejara restos. Me recuerdo que acompañar no es empujar hacia la fortaleza, sino ayudar a construir un lugar donde no haga falta serlo todo el tiempo. Acompañar es ir de la mano de la vulnerabilidad, la del paciente y la mía.
Cuando se va, no se va más fuerte. Se va un poco más “autorizada” a desear otra cosa. Y eso me parece profundamente terapéutico. A veces sanar no es aprender a resistir mejor. A veces sanar es poder decir, sin culpa “ya no quiero aguantar más”. Esa fue la gran verdad de la sesión.
Pienso en cómo sin saber cómo enseñamos y aprendemos a medir el valor por lo que se soporta. En cómo el aplauso llega cuando alguien “sale adelante”, pero casi nunca cuando alguien se detiene y dice no puedo más. Como si detenerse fuera rendirse, y no una forma profundamente lúcida de cuidarse.Ella no está rota. Está agotada. Y esa diferencia importa. Mucho.
El cansancio no se arregla con discursos motivacionales, se repara con seguridad, con descanso, con vínculos que no pidan explicaciones. Con espacios donde no haya que demostrar nada.
Me pregunto cuántas veces yo mismo me he dicho “eres fuerte” creyendo que estaba sosteniendo, cuando tal vez estaba cerrando la puerta a algo más vulnerable, más verdadero. A veces nombrar la fortaleza es una forma elegante de no ofrecer refugio.
En la próxima sesión quizás no hablemos del pasado ni de traumas ni de aprendizajes. Tal vez solo hablemos de cómo sería un día suficientemente bueno. No feliz del todo. No productivo. No admirable. Solo un día en el que el cuerpo no esté en guardia y la mente no esté justificándose.
No todas las personas vienen a terapia para volverse más fuertes. Algunas vienen, simplemente, porque necesitan un lugar donde dejar de serlo y quitarse la sonrisa de payaso.
La terapia no empieza cuando se habla en sesión, empieza mucho antes, en todo lo que la persona trae consigo y no sabe todavía cómo decir. Y ahí empezaron a coger voz los pensamientos que poco después ella trajo a sesión y compartió conmigo.
No fue una sesión de diagnóstico ni tampoco de conclusiones cerradas, fue un esfuerzo sincero y emocional de comprender qué se mueve cuando alguien ama con todo y termina creyendo que ese “todo” es el problema.
Y llevábamos media sesión cuando verbalizó:
-Pensaba tonta de mi que la decepción me daría tranquilidad, bueno… al menos otras veces pensaba que había sido así… – se queda pensativa y finalmente suspira.
– Ese suspiro parece decir que esta vez no.
– No, no sé por qué pero este es un palo distinto, o al menos duele más o diferente, no sé… pero es más que decepción.
– Qué hay en ese “más que decepción?
– Lo conocí y por algún motivo me ilusioné, como nunca antes me había pasado por nadie, y no ha hecho nada malo ni… pero supongo que soy tan intensa que nadie me soporta. En el fondo me decepcionó a mí misma, la culpa es de ser intensa.
– Qué supone para ti ser intensa?
– Ser intensa… es sentirlo todo de golpe, a lo bestia. Todo de todo. Es ilusionarme rápido, imaginar, proyectar. Es no saber quedarme en la superficie cuando algo me importa. Es querer de verdad!
-¿Y qué te dices a ti misma cuando eso pasa?
-Que debería frenarme. Que tendría que aprender a no esperar tanto, a no sentir tan hondo. Que si me duele así es porque hice algo mal. Porque fui demasiado yo, porque estoy mal hecha o seguro que algo aquí (señalando su cabeza) no funciona.
-¿Demasiado para quién?
-Para casi todos -responde rápido, muy rapido, sin pensarlo-. Siempre acaba siendo lo mismo. Yo me abro, me muestro y el otro se va quedando atrás… o se va del todo, incluso huye! Vuela! Y entonces pienso lo de siempre, que el problema soy yo.
-¿Y qué sientes ahora, además de decepción?
-Vergüenza -bajito-. Vergüenza de haberme ilusionado tanto. De haber creído que esta vez podía ser distinto. Y tristeza… una tristeza honda, de esas que no se van “con entenderlas”. Y mucha culpa de ser así.
-Parece que no solo duele lo que pasó con él, sino lo que te dices a ti a raíz de eso.
Ella asiente y se emociona. Silencio.
-Sí… tienes razón, porque no es solo perder lo que imaginé con él. Es volver a esa idea de que hay algo en mí que está mal. Que querer así espanta. Que sentir así me deja sola.
—¿Y si, en lugar de preguntarnos qué hay de malo en tu intensidad, nos preguntamos qué necesidad hay detrás de ella?
La pregunta queda flotando. Ella respira hondo, me mira.
-Necesito conexión -dice-. Necesito la conexión de sentirme elegida, sostenida. Necesito que alguien no se asuste cuando me muestro tal cual soy.
-Eso no suena a un defecto -respondo-. Suena a una necesidad.
Se queda en silencio, pero no son momentos incómodos. En absoluto. Vuelve a expresar el cómo se siente y habla no de ese vínculo perdido sino de una herida anterior a él. No es él. No es únicamente esta decepción. Es la historia que ella se cuenta cada vez que algo no funciona. Es ese “soy demasiado, por eso me dejan”. Y ahí, en esa frase, hay mucho más dolor escondido que en el fin mismo de esa relación.
Pienso en cómo ha aprendido a mirarse con dureza. Cómo convirtió su forma de sentir en una culpa, en algo que insiste en que necesita ser corregido. Su intensidad no aparece como un rasgo, sino como una sentencia pendiente de saber cuál es la penitencia.
Me pregunto cuántas veces nadie le devolvió otra lectura posible. Cuántas veces se quedó sola sosteniendo emociones sin que nadie le enseñara que no eran peligrosas, que no hay malo en sentirlas.
No tengo delante mío ni escucho a alguien que ama mal. Escucho a alguien que ama con hambre de vínculo, con deseo de algo real. Intenso sí pero entendido como irrompible, esa clase de amor que salta contigo desde cualquier altura.
Veo a alguien que se ilusiona porque está viva, no porque sea ingenua. Alguien que quiere creer. Ella traduce esa vitalidad en defecto, porque el dolor se vuelve más tolerable si cree que tiene una explicación que depende de ella.
La pregunta es ¿demasiado para quién? ¿En qué espacios su forma de sentir no sería un exceso, sino un “lenguaje compartido”?
Qué triste sería si lo que tiene que aprender es a no ilusionarse. Su tarea, si alguna hay, será diferenciar cuándo su intensidad es una expresión auténtica y cuándo se convierte en una exigencia hacia sí misma para ser elegida.
La mía será recordarle, una y otra vez si hace falta, que no está rota, que el dolor no demuestra un fallo, sino un anhelo.Quizá este proceso no vaya de enseñarle a sentir menos, sino de ayudarla a dejar de atacarse por sentir así. Y eso ya es un enorme alivio para ella.
La veo frágil, pero no débil. Su dolor es genuino, no exagera. Y pienso en cómo la intensidad, cuando no es sostenida, acaba volviéndose contra uno mismo. No porque esté mal sentir así, sino porque nadie enseñó qué hacer con tanto.
Me pregunto qué lugar ha ocupado ella en sus vínculos, si el de la que se adapta, la que espera, la que se esfuerza por no incomodar… Si su intensidad ha sido siempre una forma de ir hacia el otro, incluso a costa de dejarse un poco atrás. Tal vez por eso ahora duele distinto. Porque no solo perdió una ilusión, perdió también una parte de sí que había puesto ahí con esperanza.
Siento que es importante ayudarla a separar dos cosas que ahora están enredadas: el rechazo y el valor personal. Que alguien no pueda o no sepa quedarse no convierte su manera de amar en un error. A veces simplemente no hubo el mismo ritmo, la misma profundidad, el mismo momento vital. Pero ella lo vive como un veredicto sobre quién es.
Mi tarea será ofrecerle un espacio donde no tenga que traducirse, donde no sea “demasiado”. Donde su intensidad pueda existir sin ser cuestionada. Porque puede suceder, que antes de encontrar a alguien que la sostenga en una relación, necesita experimentar que su mundo interno puede ser acompañado sin prisa, sin miedo.
Ojalá este proceso la ayude a que esta decepción no se convierta en otra prueba contra sí misma. Que pueda empezar a sostener la idea de que su intensidad no fue el problema, sino una parte honesta de cómo se vinculó. Y que eso, en sí mismo, no merece castigo.
Confío en que, con el tiempo, aprenderá a mirarse con la misma delicadeza con la que ama. A elegir espacios y personas donde no tenga que achicarse para permanecer. Y que cuando vuelva a ilusionarse no lo viva como una amenaza, sino como una señal de vida.
Ahí, quizás, empiece una forma distinta de estar en el mundo, menos defensiva y más fiel a sí misma.
Al despedirse me ha dicho “pídele al 2026 mucho amor… y que un poquito sea para mi”. Pediremos un 2026 con amor… para ella y para todos.