Hay sesiones donde una pregunta tan habitual en mi en la primera sesión como “qué te ha llevado a venir a sesión?” recibe respuestas que necesitan todo y más de mi ya absoluta atención.
En su caso la respuesta fue que quería que la ayudara a no acabar de perder interés en él o más bien a retener el poco interés que, entre lágrimas, me decía que le quedaba.
Temía que esa paulatina pérdida de interés viniera el odio o incluso el desearle mal.
En un momento de la sesión me dijo “sabes eso que dicen que perder el interés por alguien es un camino sin retorno? Pues debo estar en ese camino y no sé, o no quiero, volver atrás”.
– Qué hay en el camino cuando miras atrás?
Suspiro.
– Durante mucho tiempo no habría sabido contestar, ahora creo que sí, decepción. Supongo que mucha, pero es culpa mía, nunca se la mostré ni se lo he dicho.
Escucharla fue como presenciar a alguien asomada a un precipicio que no sabía si quería saltar o que la empujaran. No hablaba solo de una relación, sino del miedo a convertirse en alguien que no reconocía, alguien capaz de pasar del amor al desinterés, y de ahí a algo aún más “oscuro” que le aterraba.
Sus palabras te obligan a pensar en cómo a veces confundimos el fin del “interés” con la aparición del odio, cuando en realidad muchas veces lo que llega es el cansancio, la tristeza o la humana necesidad de protegerse.
Cuántas veces nos aferramos al “camino sin retorno” como una profecía para no escuchar lo que ya duele demasiado? Quizá no quería volver atrás, o quizá no sabía cómo quedarse donde estaba sin sentirse culpable.
En esos silencios entre frase y frase me hizo entender que venía a terapia no para ayudarla a recuperar el interés ni empujarla a perderlo del todo, sino acompañarla a mirar ese camino con honestidad, qué había dejado atrás, qué estaba perdiendo y, sobre todo, qué estaba intentando salvar de sí misma.
Me resuenan todavía frases que ha pronunciado y mientras intento poner orden me viene a la cabeza ese concepto de “despido silencioso”, ese no saber cómo irnos que nos confunde hasta pensar si eso es señal de que en realidad no queremos marchar.
Qué poco que nos enseñan a irnos sin rompernos, a quedarnos sin traicionarnos, a reconocer que algo se ha ido apagando sin convertirlo en un juicio moral sobre quiénes somos.
Cuántas personas llegan a consulta cargando no solo con el dolor de una relación que se transforma, sino con la vergüenza de sentir lo que sienten. Como si perder el interés fuera una falta imperdonable, como si admitir el cansancio equivaliera a ser cruel. Y cuánto sufrimiento nace de no haber podido decir a tiempo “esto me duele”, “esto me pesa”, “esto me está alejando”, por miedo a herir, por miedo a perder, por miedo a ser vistos como insuficientes.
Quizá el odio no aparece de la nada. Quizá es el último recurso cuando la decepción ha sido silenciada demasiado tiempo. Cuando no hubo espacio para nombrarla, para compartirla, para hacer algo con ella. Y entonces el desinterés asusta, mucho, porque parece un punto final y es solo una señal de agotamiento emocional, de una necesidad urgente de cuidado.
De eso fue la sesión. De permitirse mirar sin prisa ese camino que parecía sin retorno, no para obligarse a volver, sino para entender qué partes de sí misma necesitaban descanso, qué límites no había sabido poner, qué palabras se habían quedado atrapadas. No para decidir aún, sino para dejar de huir de lo que sentía.
Permitirse ser y sentir sí es un camino sin retorno.
Y ella miró y me ha hecho mirar a mí.
Gracias por la sesión.

Jorge Juan García Insua