El amor visto por una adolescente en terapia, no es solo mariposas en el estómago ni canciones románticas. Es algo mucho más complejo, aunque a veces cueste ponerlo en palabras y entenderlo por ojos ajenos.
En sesión, una adolescente me ha explicado que el amor que siente es como una montaña rusa: un día es intensidad, mensajes a medianoche a escondidas de los padres, promesas enormes y eternas… y cuando despierta, dudas, inseguridades y miedo a no ser suficiente. A su edad el amor no solo es querer a alguien más, también es buscar quién soy yo a través de esa otra persona.
Muchas veces el primer amor se mezcla con la necesidad de pertenecer. “Si me quiere, entonces valgo.” Y ahí es donde duele, porque cuando el otro se aleja o malinterpreta ese alejamiento, no solo se pierde la relación, también se tambalea la autoestima. Entonces se empieza a descubrir que el amor no debería doler como castigo ni sentirse como examen constante.
Ella se da cuenta de que confunde intensidad con amor: los celos, el drama, la urgencia por responder al instante. Aún no puede ver que el amor sano no asfixia, no controla, no exige dejar de ser una misma. Aprender que amar también es poner límites.
Y los límites nunca van en contra de la relación, nunca son la causa de ruptura porque no van en contra del otro sino a favor de tener claras las cartas “con las que jugamos”, y la claridad si va en favor de la relación y de lo que sentimos. Los límites no necesariamente son “No”, son muchas las veces que crecen y nos hacen crecer cuando decimos “Sí”. Sí a permitirnos sentir y dejar que eso que sentimos crezca y se desarrolle.
En ese espacio terapéutico, su amor se balancea entre el “que me elijan” y el no renunciar a “yo también me elijo”. Sus miedos la ponen entre ese angustiante buscar que alguien la complete y la necesidad paciente de conocerse, escucharse y validarse.
Al final, el amor desde la mirada de esta adolescente no es ingenuo, es muy auténtico y verdadero. Es intenso porque todo se vive por primera vez, pero entre la intensidad y las necesidades emocionales es fácil perderse en el otro y no esperar encontrarse con alguien con quien no dejes de ser quien eres.
Según avanza la sesión hablamos muy poco o nada del otro y casi sin darse cuenta cae en algo absolutamente vital. El primer amor que necesita aprender a construir no es el de pareja, sino el propio.
Se expresa desde un lugar extraño para ella, un lugar que no le han hablado ni acompañado a explorar antes, porque a esa edad nadie les habla del amor propio como un proceso; les hablan del amor romántico, de encontrar a alguien, de gustar, de ser elegida. Pero casi nunca de elegirse… qué mal lo hacemos a veces queriendo proteger.
El amor propio en la adolescencia no es una frase motivacional. Es un aprendizaje lento y a veces doloroso. Es descubrir que puedo sentir mariposas sin entregar mis alas. Que puedo querer sin dejar de quererme. Que puedo entusiasmarme sin desaparecer o difuminarme.
Ella ya siente que cuando está pendiente de si él responde, se olvida de cómo se siente ella. Cuando adapta su forma de vestir, de hablar o incluso de pensar para gustar más, se desconecta un poco de sí misma. Y no lo hace por debilidad sino por miedo. Miedo a no ser suficiente tal como es.

– Quién eres cuando no estás intentando que alguien te quiera? -le pregunto.
Para ella responder es un reto enorme, su identidad todavía está formándose, está probando versiones de sí misma. Y el primer amor suele convertirse en el escenario donde más fuerte se prueba esa identidad.
Amor propio a esa edad no significa no necesitar a nadie. Significa empezar a reconocer que necesitar afecto es humano, pero depender de la validación constante desgasta. Significa poder decir “Me importa que me quieras, pero no a cualquier precio.”
Y ahí entran los límites, líneas que protegen lo que soy.
Sí a mis tiempos.
Sí a mis emociones.
Sí a mi incomodidad cuando algo no me hace bien.
Sí a irme de un lugar donde tengo que reducirme para encajar.
Empieza a comprender que el amor sano no le exige dejar de brillar para que el otro no se sienta inseguro, que no tiene que competir con nadie para ser suficiente, que el amor no es un examen que se aprueba complaciendo.
Pero para darse tiempo y espacio para comprender necesita referentes, apoyos, una red emocionalmente cercana y que le dé seguridad. Los necesita porque cada desilusión puede convertirse en una pieza de autoconocimiento. Cada vez que siente celos puede preguntarse qué inseguridad se activó. Cada vez que siente miedo a perder al otro puede explorar qué parte de sí teme quedarse sola.
Y poco a poco, casi sin notarlo, hemos dejado atrás el “¿me quiere?” y nos movemos en el “¿me quiero yo cuando estoy en esta relación?”. Ahí está la autoestima, ahí se da cuenta de que el amor propio no compite con el amor romántico sino que lo sostiene, que se trata de elegir entre el otro o ella. Se trata de no abandonarse en el intento de ser amada.
El primer amor verdadero, el que determina todos los que vendrán después, y si ese primero dice, aunque sea en voz bajita “Quiero que me quieran, pero no más de lo que yo me quiero”, algo empieza bien.
Y no deja de ser adolescente. No deja de sentir intensamente. No deja de ser amor.
Jorge Juan García Insua
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