Escribo esto después de terapia, como si así pudiera fijar algo que siempre se me escapa cuando salgo de esa habitación.
Cuando entro allí todo parece más claro, más lento y más real. Luego salgo, me maquillo, sonrío, y vuelvo a ser exactamente lo que esperan de mí.
Soy prostituta. Lo digo orgullosa, alto y fuerte pero la verdad es que me sigue costando escribir la palabra sin sentir que estoy confesando algo sucio, aunque la repita todos los días en mi cabeza. A veces digo “escort”, “acompañante”, “de lujo”, como si el envoltorio cambiara el contenido. Pero no. Para todos en el fondo soy puta. Y lo hago bien, me dicen que lo hago muy bien, tanto que he nacido para serlo y eso también pesa.
Gano mucho dinero. Mucho. Más del que soñé nunca, más del que cualquiera imaginaría cuando me mira vestida de forma normal, tomando café sola en una esquina. Podría dejarlo. Esa es la mentira más cómoda que tengo, esa que el psicooogo me hizo espejo en la primera sesión… que es una elección reversible. Que mañana, si quiero, lo dejo todo y empiezo otra vida limpia, sin manos desconocidas, sin habitaciones de hotel que no recuerdo del todo al día siguiente.
Pero no lo dejo.
Hay algo que no tiene que ver con el dinero. Eso es lo que más me cuesta admitir. El dinero es la excusa perfecta porque es concreto, medible, defendible. Pero lo otro… lo otro no se puede explicar sin que suene feo.
Me gusta que me deseen.
No es solo placer. Es hambre, una necesidad que me aprieta el pecho cuando no la tengo. Es entrar en una habitación y sentir cómo alguien me mira como si yo fuera lo único importante en ese momento. Aunque sea mentira. Aunque lo esté pagando. Aunque sepa exactamente qué decir, cómo moverme, en qué momento inclinar la cabeza o bajar la voz para provocar ese efecto.
Lo sé todo. Y aun así lo necesito.
Hay noches en las que me siento poderosa. Cuando todo sale perfecto. Cuando ellos sonríen como si hubieran encontrado algo único, algo que no van a tener con nadie más. Cuando me dicen que soy diferente, que conmigo es especial. Pagan más por decir eso, y yo lo sé, y aun así hay una parte de mí que se calienta con esas palabras como si fueran reales. Pagan por tener la mejor… y hay noches que así me siento.
Y luego están los momentos después.
Ese silencio que queda cuando se van. El olor en la piel que no es del todo mío. El dinero sobre la mesa, limpio, ordenado, incontestable. Eso no miente. Eso nunca miente.
Yo sí. Lo hago constantemente. Me miento cuando pienso que tengo el control. Me miento cuando creo que estoy usando a los hombres tanto como ellos a mí. Me miento cuando digo que esto no tiene nada que ver con necesitar cariño.
Porque lo tiene.
Lo que más me rompe no es lo que hago. Es entender por qué sigo haciéndolo. Antes de cobrar, ya era así. Ya intentaba gustar, ya medía mis palabras, ya me adaptaba a lo que el otro quería. Solo que entonces lo hacía gratis. Con la esperanza absurda de que alguien se quedara. De que alguien viera algo en mí que mereciera quedarse sin condiciones.
Ahora al menos hay un trato claro. Pagas, te doy lo que quieres, te vas. Adiós. Sin promesas. Sin ilusiones que se alargan más de la cuenta.
Y, sin embargo, ahora duele más porque ya no puedo engañarme. No puedo decirme que esta vez es distinto. Que esta vez hay algo real debajo. El dinero corta cualquier posibilidad de autoengaño. Hace todo brutalmente honesto.
Nadie se queda. Nadie me quiere sin pagar.
Escribir eso me deja un hueco en el estómago que no sé cómo llenar. A veces, en medio de un encuentro, me desconecto. Estoy ahí, moviéndome, diciendo lo que tengo que decir, y de repente me observo desde fuera. Veo mi cuerpo, veo su cara, veo la escena completa como si fuera una película repetida demasiadas veces.
Y pienso: si paro ahora mismo, si dejo de hacer exactamente lo que él espera, ¿qué pasaría?
No lo hago. Nunca lo hago. Porque sé la respuesta. Sé que en el momento en que deje de ser lo que ha comprado, dejo de ser “necesaria”. Y no sé qué queda de mí sin eso. Y cuanto miedo tengo de eso…
No sé quién soy cuando no me desean. No sé si hay algo ahí que alguien podría querer sin pagar.
Lo más humillante no son ellos. Son previsibles. Son fáciles de leer. Sé lo que buscan antes de que lo pidan. Sé cómo darlo. En eso soy buena. Eficiente. Soy una profesional.
Lo humillante es que, a pesar de saber todo esto, hay momentos en los que quiero creerles. Cuando alguno me mira un segundo más de lo normal, cuando baja la voz, cuando dice algo que parece menos ensayado que el resto. Cuando paga más por quedarse y hablar, por tocarme como si yo fuera frágil.
Hay segundos en los que algo en mí se abre. Muy poco. Lo justo para que entre la duda. ¿Y si este no es como los demás?. Pero nunca lo es. Nunca es nunca.
Y aun así, cada vez, una parte de mí espera que esta vez sí. Eso es lo que más asco me da de mí misma. No lo que hago, sino esa esperanza estúpida que me consume..
Y un día de esos que rompí en un taxi de madrugada decidí que necesitaba ayuda. Y le pedí “vernos” cuando nadie más hubiera, no encontrarme ni cruzarme con nadie. Me ofreció las 6:00… qué tipo de psicólogo te atiende a las 6:00 de la mañana? Y ese pensamiento me convenció.
En terapia me di cuenta de algo que no había querido ver: no es solo que quiera que me deseen. Es que quiero que me vean. Me di cuenta que esas dos cosas no son lo mismo, aunque yo las haya confundido durante años.

En mi mundo, la mirada es deseo, no reconocimiento. Me miran mucho, pero no me ven nunca. Creo que la primera vez que alguien me vio fue mi psicólogo. En su mirada no había ese deseo, era limpia y eso me desconcertaba. Cómo puede alguien aprender a no verse?
Hay días en los que pienso en dejarlo todo. Imagino una vida donde nadie me conoce así, donde mi cuerpo no es una herramienta, donde el dinero no está ligado a cuánto provoco en otro. Pero en cuanto intento imaginar quién sería en esa vida, todo se vuelve borroso.
Vacío. Como si hubiera construido tanto sobre esto que ya no quedara nada debajo.
Un cliente me miró de una forma rara. No sabría explicarlo bien, pero no era deseo. O no solo eso. Era… atención. Como si estuviera intentando entenderme, no consumir una versión de mí. Me incomodó. Mucho. Tanto que hice todo lo posible por escapar de allí.
Me hizo sentir ganas de cortar, de volver a lo conocido, a lo controlable. A la dinámica clara donde sé exactamente qué soy y qué se espera de mí. Pero también sentí otra cosa. Algo que no reconocí al principio. Algo que no tenía que ver con el dinero ni con el control. Creo que era miedo.
Miedo a que alguien pudiera verme de verdad. Y más miedo todavía a que, si eso pasa, no haya nada que merezca ser visto. Esa sensación tuve con el psicólogo en una de las primeras sesiones… le dije “tú me ves así porque te pago para eso”, y él con la misma mirada serena y tranquila dijo “te veo así porque este espacio y tú así lo merece. Y si necesitas comprobar que mi mirada es auténtica puedes decidir no pagarme. Esta o la sesiones que necesites para estar segura”. Aquello me desmintó.
No sé qué voy a hacer con todo esto. No tengo una conclusión limpia, ni una decisión valiente preparada para cerrar esta historia. Sigo yendo, sigo cobrando, sigo siendo deseada.
Pero por primera vez, no es suficiente. Por primera vez, tengo ganas de ir mañana a la sesión.
Jorge Juan García Insua