Por si mañana todavía quieren

Estos días me han dicho muchas veces eso de “que grandes están”. Yo mismo ayer por la noche viendo fotos de esa misma tarde me quedaba absorto intentando negar lo evidente. 

Hace meses que dejaron de ser esos niños aunque siguen buscando mi mano y me llenan a lametones ya no puedo llevarlos sobre mis hombros o en mis brazos cuando se quedan dormidos.

Ahora sus pasos suenan más seguros y a pesar de las dudas miran a sitios que no siempre dependen de mí, como si una parte de ellos se me hubiera escapado.

Me siento feliz y huérfano a la vez. Huérfano porque aunque sabía que esto llegaría no quise ni estaba preparado para escuchar los avisos, no ha habido un último día de niñez absoluta ni una fiesta de despedida o de funeral para el padre que una vez fui. 

Intento grabar cada escena por si es la última vez que ato sus zapatos, me piden jugar a fútbol, me piden ese besito antes de dormir… y los guardo en un lugar muy secreto, uno que solo yo sé de su existencia y que no hay llaves.

Es difícil de explicar. Sé que estoy viviendo el duelo del final de su niñez y no acabo de encontrarme en ninguna de las fases que tantas veces explico en consulta. Qué pensarán ahora esos pacientes de mí si algún día leen estas líneas?

Sé que vendrán otros “última vez”, que vienen cosas bonitas y que muchas se disfrazarán de rutina, pero me jode porque yo no quiero perder estos. No quiero vivir atrapado en la nostalgia, pero tampoco quiero pasar de largo por estos días como si fueran eternos cuando su punto finito lo tengo tan a tocar. Qué contradictorio verdad?

Me descubro mirándolos y grabando cada gesto. A ratos soy el más bobo de los padres intentando memorizar cada segundo como quien intenta retener el agua de un río apretando muy fuerte los dedos. Tan bobo que ellos avanzan y yo me empeño en quedarme un poco atrás, como quien acompaña una cometa sabiendo que, para que vuele alto, hay que soltar el hilo poco a poco y confiar en el viento.

Mirando a mi madre me pregunto si, cuando yo era niño, mis padres sintieron este mismo vértigo. Si también se quedaban un momento más en la puerta, viéndome jugar o con alguna de mis trastadas, intentando raptar un gesto mío que nunca más se repetiría igual. Quizá entonces yo tampoco lo notaba, igual que ellos ahora no ven que los miro como quien lee su libro favorito sabiendo que un día llegará la última página.

He entendido que ser padre también es celebrar lo que duele. En este soltar despacito hay una belleza extraña, como ver cómo florece un árbol sabiendo que no siempre dará sombra en el mismo sitio. Y aunque mi instinto quiera retenerlos, mi amor sabe que la única manera de cuidarlos es dejarlos ir un poco cada día. Hacerlo y hacerlo desde el infinito amor que les proceso me hace un poquito mejor. Al menos me intento convencer de ello.

Todas las noches antes de dormir, incluso las que no pasan conmigo, paso por sus habitaciones y me quedo ahí unos segundos. No digo nada, solo vivo ese instante. Quizá un día ellos lean esto y sonrían, sin entender del todo, como yo tampoco entendí a mis padres hasta que me tocó este papel. Y ojalá, cuando les llegue el momento de soltar, recuerden que duele… pero también que es un privilegio inmenso. Quizá un día lo lean y sientan todo lo que son y siento por ellos.

Estos días he aprendido que criar también es un acto de desaparición lenta, cada día soy un poco menos el centro y un poco más una especie de raíz invisible que sostiene sin pedir ser vista. Esa nueva posición que ocupo en su mundo me alegra y me duele. Me alegra porque así debe ser, porque crecer es la prueba más hermosa de viven y yo con ellos, de que están aprendiendo a sostenerse solos.

Me duele porque cada centímetro que ganan es un centímetro menos que caben en mis brazos y un reto de adaptación para mi. Aunque ellos se empeñan en decirme que no, que no dejarán de abrazarme, que no dejarán de pedirme besitos o de que duerma con ellos.

Tal vez sea así, ojalá sea así pero me siento de luto y asumo otro aprendizaje forzado, ese que dice que criar también es un acto de desaparición lenta, cada día soy un poco menos el centro, cada día soy un poco menos en mi papel de padre y un poco más una especie de raíz invisible que sostiene sin pedir ser vista.

Y me alegra y me duele. Una vez más. Me alegra porque crecer es la prueba más hermosa de viven y yo con ellos, de que están aprendiendo a sostenerse solos. Pero me duele -mucho- porque me siento de luto y en medio de un duelo, algo así como llorar vestido de negro en medio de una fiesta.


Me sorprendo a estas alturas y horas de profesión intentando gestionarme y aprender a estar, sin invadir. A acompañar, sin dirigir. Voy entendiendo que ser papá es un oficio extraño donde el consuelo viene de verlos todavía durmiendo abrazados a Monito y Pingu, esos mismos peluches que se han vuelto incansables viajeros y son testigos de muchos momentos compartidos. Nunca imaginé que aquellos dos peluches abandonados en una tienda y que mi madre me ayudó a coser serían tan significativos en su camino y en el mío.

Así que no sé si se llama duelo, orgullo, amor o las tres cosas juntas. Lo que sí sé es que cada abrazo, cada “papá ven”, cada beso ahora tiene un peso distinto. Como si fueran pequeñas piezas de un tesoro que sé que no podré acumular para siempre.

Ahora soy algo así para ellos como el “guardián de las historias familiares”, las anécdotas y las tradiciones que dan identidad a nuestra familia. A medida que crezcan serán estas historias las que les den sentido de pertenencia y un punto de anclaje, recordándoles de donde vienen para que desde esos pilares sean quienes quieran ser en un mundo que a mí se me hace difícil de imaginar.

Una lección más de esto de ser padre y que me toca aprender: aceptar que no puedo guardarlo todo, pero sí vivirlo todo. Que mi misión no es evitar que se me escapen, sino acompañar la forma en que se alejan.

Demasiadas lecciones para un alumno que hoy no quiere aprender. Mientras lo hago (o no) me quedo con seguir abrazándolos tan fuerte como mis brazos me permitan…por si mañana ya no quieren… o por si mañana todavía sí.


Jorge Juan García Insua

Si me vierais por un agujerito…

En las primeras sesiones siempre llegaba con mucho tiempo de antelación, incluso cuando eran a las 6:00 de la mañana. Siempre lo justificaba con un “no puedo permitirme perder el tiempo”.

Era rara la sesión donde cuando intentaba profundizar y romper aquella barrera emocional le aparecía el freno en forma de “me enseñaron en el esfuerzo”, “he llegado aquí trabajando mucho y no puedo parar o…”.

Un día se rompió. Algo dentro se rompió. Aquel motor dejó de girar.

No es un caso aislado. Son muchas las personas que llegan a consulta al límite, sin saber por qué no se sienten bien y que desconocen el motivo o expresan que aún peor, no lo hay o se sienten mal porque creen no tener motivos.

Yo fui también uno de ellos y estuve muy cerca de romperme, tal vez lo hiciera.

Durante años me convencieron (y me dejé convencer) que debía ganarme el descanso o lo que es peor que hiciera lo que hiciera no era suficiente merecedor de ello.

Fui un estudiante que se vanagloriaba de no necesitar dormir o de funcionar con 4 o 5 horas. Solo así podía seguir estudiando, entrenando, estudiando más, trabajando… 

Crecí y tuve “jefes” que no descansaban, algunos casi dormían menos que yo, habían empezado a trabajar antes que yo… incluso llegué a admirarlos por ello. Si echo la vista atrás no me reconozco, pero ese también fui yo.

Así que fui aprendiendo que solo después de cumplir todas las tareas, de exprimir cada minuto, de no dejar espacio para la pausa, entonces —y solo entonces— podía detenerme. Y así mucho tiempo, demasiado.

También era de los que pensaba que cuando descansamos, dejamos de producir, y eso —para muchos incluso hoy en día— equivale a dejar de “valer”. No saber parar y descansar a veces no es solo un problema de agenda, sino un síntoma de algo más hondo.

Me daba miedo parar, temía que el mundo se me escapara, que se rompiera si dejaba de construirlo. Se me olvidaba que estaba ahí mucho antes que yo y que seguirá ahí cuando no esté.

Empecé a darme cuenta de lo erróneo que todo eso cuando nacieron mis hijos y me ha llevado muchos años encontrar el equilibrio, o al menos moverme en él con cierta asiduidad.

Hoy entiendo que el descanso no es un premio por ser “suficientemente productivo”. Entiendo que el descanso no tengo que ganarlo, ya es mío. Siempre lo ha sido y es el punto 0 de todo lo que soy capaz de hacer después.

Mi descanso es el lugar donde recupero mis ideas, donde las emociones encuentran espacio para calmarse y donde la creatividad se atreve a volver. El descanso me devuelve a mi mismo, a la escritura, a la lectura, al tiempo sin prisa con los que quiero y me quieren, a dormirme sin poner el despertador, abrazando y abrazado.

Durante años pensé que si frenaba, el mundo seguiría girando sin mí y yo me quedaría atrás. Tenía miedo de bajar la persiana, de parar la rueda, de que no lo entendieran mis pacientes. Ahora veo que detenerme no me aleja de lo importante, sino que me acerca y que esos pacientes a lo que antes ponía como excusa son los primeros en entender que como cualquier otra persona necesito de esos momentos. Aún me sorprende cuando estando de vacaciones me proponen mover una sesión de urgencia porque no es tan urgente y quieren que desconecte y recupere fuerzas.

El descanso me permite mirar con claridad qué caminos quiero seguir y cuáles estoy recorriendo solo por inercia. Es curioso, aquello que siempre traté como una pérdida de tiempo, hoy lo reconozco como la inversión más valiosa.He comprendido que la prisa no siempre viene de fuera; muchas veces nace dentro, alimentada por esa voz que nos repite que aún no es suficiente. Y esa es la peor compañera posible.

El descanso me ha enseñado a silenciar esa voz, a no obedecerla ciegamente. A descubrir que hay logros invisibles, que no se saben, no se publican, como irme a volar un dron con mis hijos, escuchar sin mirar el reloj o observar a mi madre mirando a sus nietos jugar.


Y cuanto más me permito ese espacio, más entiendo que vivir es entender que hay momentos para avanzar y otros para parar y sostenerse, para observar, dejar que quieran y querer.


Si me vierais por un agujerito mientras escribo estas líneas me encenderíais cuando digo que he entendido que hay victorias que no se celebran con cifras ni una agenda llena, sino con la paz de saber que, por fin, no tengo que demostrar nada para poder detenerme.

Nada de lo que vale la pena construir se sostiene sin pausas. Me siento afortunado de pasar unos días rodeado de todo aquello que no quiero perder y lejos de sentirme culpable de parar me siento vivo.

Descansar es mi forma de conectar con lo rebelde que creo aún queda en mi, un recordar al tiempo que no manda sobre mí (cuanto menos se lo pongo mucho más difícil) y que puedo correr por placer y parar para sentirme vivo.

Será que me hago mayor.

Jorge Juan García Insua

Girando con la estación del girasol

Tal vez tengo un poco de girasol y llega un momento en que no necesito ni busco girar. Tal vez quien lo lea pensará que he perdido curiosidad pero yo lo veo como el saber que donde miras puedes dejar descansar la mirada y sentir que ese horizonte que tenemos delante nos basta y no necesitamos más.

Hay momentos en la vida en los que perseguir deja de tener sentido, donde lo valioso no está en la distancia sino en aquello que ya tenemos frente a nosotros aunque nos haya costado darnos cuenta. Es entonces cuando la prisa pierde sentido (si alguna vez lo tuvo), cuando el ruido interior se disuelve y deja de escucharse.

El girasol no teme la oscuridad ni la noche porque sabe que es sólo un paréntesis, una pausa necesaria para que el día vuelva a iluminarlo. Nos enseña que los paréntesis acaban y que a veces esperar no da miedo.

Quizá desconectar no sea huir sino aprender a quedarnos quietos, seguros de que la vida, como el sol para el girasol nos encontrará de nuevo. Tal vez por eso, cuando miro un girasol siento que en su quietud hay una lección de confianza. No se aferra al sol, no lo persigue cuando se oculta; simplemente espera, con la certeza de que volverá.


Nos cuesta tanto esperar… hemos olvidado el arte de la paciencia, esa que la naturaleza ejerce sin esfuerzo. Vivimos con relojes que no marcan amaneceres, sino obligaciones y nos roba con prisa el tiempo.

El girasol no se amarga, no exige que la luz dure más, no se lamenta cuando la pierde. Guarda su energía para el siguiente momento, uno que sabe preciso y lo disfruta en silencio, como si supiera que la belleza no necesita anuncios, fotos ni ser publicada.

Quizá desconectar sea eso: dejar de medirlo todo y empezar a sentirlo. No marcar la hora del encuentro y dejar que el encuentro marque la hora, que nos encuentre serenos y en calma.

Observarlos para entender que desconectar no es apagarlo todo, sino sintonizar con aquello que importa. Como el paisaje que no te exige llegar, como el girasol que no corre detrás del sol, como el corazón que ha encontrado su lugar y ya no necesita buscar.

Esa quietud no es inmovilidad ni miedo, es confianza. Quizá por eso los girasoles orientados al este me parecen guardianes de un secreto: que no hace falta girar todo el tiempo para vivir en plenitud; basta con mirar hacia donde nace lo que nos da sentido.

Así cuando nos permitimos parar, descubriremos que el mundo sigue girando… pero ya no nos arrastra, sencillamente nos acompaña.

Y gira y gira y gira…

Jorge Juan García Insua

La estación del girasol

Desconectar… alejarse mental y emocionalmente de preocupaciones, rutinas o estímulos habituales.

Romper el ciclo de estrés diario y darle a la mente un descanso cualitativo. Tirar el móvil en algún rincón…

Desconectar es apagar el motor aunque la carretera sigue ahí delante sin final, sólo para bajar y disfrutar del paisaje. Caminar por él, estirar la mano hasta casi tocarlo, cerrar los ojos, sentirlo.

El paisaje nunca tiene prisa. Te espera porque sabe que nunca llegarás tarde. Se niega a correr, no compite, no necesita cobertura. No todo crece deprisa, no todo necesita prisa. Donde nada es urgente está, sólo está aunque te detengas en un punto perdido del horizonte manchego, como si te esperara a ti.

El paisaje no tiene tiempo ni reloj, no pasa, no se va. Espera, en calma. Sabe que ha llegado antes que tú y que seguirá ahí cuando te vayas. No te pide quedarte ni te invita a marchar.

El paisaje te recuerda que tú también puedes parar… y desconectar.

Ayer durante un atardecer me quedé mirando girasoles y mientras los fotografiaba observé que aquellos más crecidos dan la espalda al sol.

Descubrí que los más jóvenes siguen al sol y que durante el día, sus tallos y flores en formación giran de este a oeste siguiendo la trayectoria solar, por la noche en cambio se reorientan hacia el este para esperar el amanecer.

Cuando el girasol madura y la flor se abre completamente, ya no gira y queda fija mirando hacia el este. Ese darle la espalda al sol maximiza la recepción de luz matutina, se calientan sus flores y favorece que los insectos polinizadores los visiten temprano y en su mejor momento natural.

De adolescente me quedé prendado de la literatura romántica, la emulaba y escribía para mí en un torpe intento de parecerme a aquellos autores bajo un pseudónimo que tomé (sin permiso) del nombre de un amigo de facultad de mi hermano, Ferran daFonseca. En aquella literatura a menudo aparecían atardeceres, flores y girasoles y hoy he conectado con las referencias sobre ellos que entonces leí. Ha tenido que llegar un verano extraño para perderme donde Ana Belén pasaba sus vacaciones y reconectar lo que hace tanto tiempo escribí con el por qué aparecían en aquellos escritos hoy perdidos en mi memoria los girasoles.

El girasol que cuando encuentra el amor desconecta y deja de girar, entra en calma, se mantiene orientado hacia su fuente de luz, así como un corazón enamorado se orienta hacia la persona amada. No sé si Cupido disparaba girasoles pero seguro vivía entre ellos.

El girasol tiene forma de sol y aunque no emite luz confía en recibirla cada mañana, la espera para reflejarla y regalarla, como hacemos cuando sentimos.

Nos recuerda que no siempre necesitamos producir nuestra propia claridad para iluminar. Basta con orientar nuestro corazón hacia quien nos da calor, esperanza y sentido. Cuando envejece deja de perseguir el horizonte. Se queda mirando al este, donde siempre nace el día, como quien ha encontrado su norte y lo guarda para siempre.

Lo guarda porque como yo este verano ha aprendido el secreto que dice que existe un girasol para cada persona y yo admirándolos he encontrado el mío.

Este será por siempre el verano que me enseñaron a amar los girasoles.

Jorge Juan García Insua

Heliotropismo: propiedad que tienen ciertas plantas, como el girasol, de orientar sus flores, hojas o tallos en dirección al sol, siguiendo su trayectoria a lo largo del día

El paquete de pañuelos

Aún no son las 15:00 h en un hospital de Badalona.

A dos asientos de mí hay una madre con la que interpreto es su hija adolescente. Ambas están llorando y con respeto me acerco y les ofrezco un paquete de pañuelos. La madre me los acepta, coge uno y quiere devolverme el paquete, con un gesto le hago saber que se lo puede quedar. 

Al minuto se sienta una Señora enfrente mío y las mira. Por momento parece molestarle la escena. Hace caras, gestos que interpreto van dirigidos a que los vean la madre y su hija.

Esos gestos continúan y hace que otra señora sentada cerca decida cambiarse de sitio. Me resulta aún más incómodo ver como otras personas se percatan de lo insólito de la escena pero no intervienen.

La susodicha señora en lugar de reducir la intensidad de sus muecas parece estar empeñada en aumentarla. Finalmente la incomodidad me puede y decido levantarme y sentarme a su lado para pedirle respeto.

Aún no me he sentado a su lado cuando dirigir sus gestos hacia mí y siento que me recrimina no “actuar” para que la madre y su hija “controlen” las muestras de dolor y angustia.

– Joven, usted que lo ve debería decirles que bajen el tono porque esto es un hospital

– Señora precisamente por eso creo que no es su dolor el que merece corrección, tal como lo veo yo es justo al contrario…

Sin dejarme seguir…

– Ya ya… por eso les has dado el paquete de pañuelos! 

– Sí, exacto. Por eso y porque de esa forma además de ser educado quería expresar…

– Mire joven! Esto es un hospital y hay que estar en silencio! – muy enojada.

– (Respiro) Sé que es un hospital Señora y cierto que hay que estar en silencio pero lo veo distinto a Usted y creo que no se pone en lugar de esas personas. Además, ese cartel no impide nada hacer de llorar, emocionarse o sentir miedo por la salud de los quieres. Sólo pide silencio como una forma de respeto y atención hacia los enfermos, familiares y profesionales.

– Bla bla bla Señor (en este momento dejo de ser joven para pasar a ser señor), es usted tan maleducado como ellas!!!

Y acto seguido se levanta hasta sentarse en la otra punta de la sala, al tiempo que una doctora entra en la sala preguntando por los familiares de un hombre, a lo que la madre y su hija se levantan y al caminar hacia la doctora me coge fuerte la mano por un instante asintiendo y se marcha.

Un señor que estaba sentado detrás mío espalda con espalda gira la cabeza para decirme: “Bien hecho, esa señora no puede estar bien, que maleducada!”. No acierto a saber responder.

En cuestión de segundos esta sala de espera ha pasado de exponerme a la compasión a pasar a ponerme ante la ira, la rabia y la cólera. He entrado en su juego y he sido una “presa fácil” y un motivo para expresar más alto y fuerte su frustración.

Acercarme a ella ha sido como echar leña al fuego y tal vez hubiera actuado mejor tomando distancia y centrarme en la madre y su hija. He actuado visceralmente y desde la molestia que me provocaba su actitud. 

Yo que tantas ocasiones trato muchos aspectos de gestión emocional con mis pacientes me he puesto y experimentado estar al otro lado y no saber.

Me llevo el aprendizaje y el sentir que no podré ayudar a la Señora del enojo, ni me lo pidió ni entendí en caso de querer en qué quería ser ayudada hasta que era tarde. Sí y es lo realmente importante, me siento bien por haber estado por unos breves segundos para una madre y su hija en un momento de angustia y haciendo algo tan sencillo como ofrecer unos pañuelos.

A la señora y su hija “me ofrecí” desde la igualdad, algo así como un te ofrezco lo que tengo y soy, en cambio a la otra señora desde cierta superioridad o incluso prejuicio y no me gusto ahí.

En mis tiempos de universitario leí muchos capítulos de un libro donde el autor hablaba de un trastorno que llamaba “Enojo con el mundo”. El libro hacía una descripción de este trastorno o enfado patológico a través de las personas que a lo largo de su vida se había cruzado y coincidían en transmitir esa irritación, actitud negativa hacia los demás, quejas constantes, resentimiento ante ciertos comportamientos “inofensivos” sociales, aislamiento social…

Creo que a ese libro de falta al menos un capítulo, hoy he conocido a su protagonista.

Jorge Juan García Insua

Ocho anónimos y una voz en off

Y tú? Cuántas vidas necesitas?

Si respondes una no has vivido. Si las cuentas señal que por alguna has pasado de puntillas.

Necesitamos una vida para entender que podemos decidir parar la nuestra pero que el mundo va a seguir girando.

Otra para aprender que siempre hay una vez al menos que deberíamos haber parado, una que la vida nos hace parar y una que nos arrepentimos de no haberlo hecho antes.

Nada importante en la vida viene con instrucciones y muy pocas pueden resetearse.Pocas veces he sabido encender que la vida trae el botón de on-off y la veces que sí lo he visto ya estaba oxidado o faltaba energía. Me dijiste que somos la suma de nuestras relaciones y me pone triste pensar que yo pueda ser la resta de alguien. Nada a lo largo de besos y abrazos nos prepara para sus llegadas y nunca sabremos suficiente para adelantarnos ni prepararnos para las partidas.

Tan solo vale el presente cuando se trata de amor. Pierde parte de su sentido cuando lo hacemos futuro, el futuro es incierto, expectativa, promesa, riesgo… y en pasado existe en la medida que fue, recuerdas y revives pero crece de distinta forma, entre el echar de menos y el dolor. Lo necesitamos presente para hacerlo seguro, ese es su lugar.

Todos tenemos un lugar en el mundo, aunque sea de paso y pase en un ratito. También lo tienes si te han hecho creer que no es así y también si te han hecho creer que has de pasar la vida mereciéndotelo.

Todos tenemos derecho a ser amados en medio de nuestro caos, derecho a encontrar la calma y perderla varias veces hasta encontrar un lugar seguro.

Un lugar seguro donde no esté bañado en alcohol protegido por las rayas de coca y mis pies no estén rompiendo el mismo cristal que agujerea el estómago y el cerebro. Te engañas por la cantidad y te lo repites hasta convencerte que así controlas, pero no controlas una mierda. Ya queda muy atrás aquello de solo “con colegas”, tanto que ni los ves, ahora estás secuestrado, oculto para que nadie te vea, a escondidas para meterte bien y que ella no te vea. Sabiendo que si te ve la pierdes, si se entera la pierdes, si la pierdes dices que te matas y cada vez que te metes estás un poco más muerto. Esa es la única seguridad que tienes, tal vez no hayan ya lugares seguros para ti.

Existen los lugares seguros? Yo quiero uno que se llame “Parasiempre”, aunque solo exista para mi y para nadie más, un lugar tan bonito como condenado a no ser. Pueden ser las cosas que solo podemos soñar?

También hay lugares libres, vacíos porque algunos (los mejores, los buenos) se han ido demasiado pronto, antes de lo que tocaba. Ese vacío es el que nos dejan y no sabemos llenar ni entendemos que nunca sabremos y que se trata de aprender a seguir con él. 

Seguir sintiendo que está ahí, que una vez estuvo lleno y tenía nombre y apellido. Sentirlo nos permite llenarlo de recuerdos y momentos que nos acompañaran cuando seamos nosotros quienes se estén marchando de poquiño a poquiño y nos aferremos a mirar atrás.

Miramos atrás para asegurarnos de qué dejamos, quienes nos miran y nos ven marchar, quienes nos lloran, nos recuerdan y nos llaman en silencio.

Y lloramos. Como llora ella en silencio mientras se convence que no debe sentir, que no sabe o eso le dijeron una y mil veces, de palabras y de sangre para que no se olvidara nunca que debía ser fuerte y hacer como que no sentía nada. Así un día tras otro, un año tras otro hasta llenar una vida, la que no vivió, la que le arrebataron desde casi el primer suspiro, la que no dejaron llenarse de nada que no fueran llantos.

Lágrimas. Deberían enseñarnos a identificarlas, a escucharlas y contarlas. Para que ninguna se seque sin haber sido entendida ni dejar aprendizaje. Para que nos mojen pero no nos dejen en la humedad ni se transformen en moho.

El moho pudre todo aquello que no nos cabe en el alma, aquello que amenaza con rompernos si no paramos. Dudamos si hacerlo. Dudamos por el qué dirán, por esa imagen que pensamos tienen otros de nosotros, esa que pensamos que nos sostiene y que para mantenerla nos llegamos a desangrar… y todo por no parar, por decidir que no queremos que el tiempo decida por mí, que por una vez queremos que el reloj gire a nuestro favor, que haga que los minutos cuenten y deje de contar heridas y cicatrices.

Nunca es tarde para sanar y seguir queriendo sentir que nos quieren. Siempre hay una vida más para eso, para no buscar el amor deseando con el alma que nos encuentre y que lo haga con las manos vacías, el corazón sereno y el alma hasta arriba de preguntas.

Y si nos encuentra… que sea para besarnos en la frente, con ternura, entre miradas cómplices y silencios cómodos. Sabes por qué no me importa lo que duele? Porque lo vale. Si es el precio lo pago, me duele pagarlo pero no me arrepiento, me jode porque no lo hubiera querido pagar pero me arruinaría antes de renunciar vivirlo aún con miedo que no fuera eterno. Acepto la nostalgia y el echar de menos no el dejar de sentirlo.

Es de locos echar de menos algo y alguien que ahora nos hace daño… nos duele su ausencia y aún así me resisto a olvidarla. Pienso que si esa ausencia sigue presente de alguna seguimos conectados, seguimos conectados en mi imaginación y en mis sueños. En silencio, como tantas veces y sin espacio para nadie que me diga que ella no siente lo mismo.

Dime por qué. ¿Por qué lo que fue tan bello ahora duele tanto? Cuál es el sentido para que si deja de doler me condene a repetir la historia?

Si duelen los sueños que no cumplimos. Aquellos que nunca llegamos a vivir cómo no va a doler perderlo y si duele es que no quería que pasara no que me arrepienta de haber intentado hacerlo eterno.

Ahora toca parar. Empezar una nueva vida. Entender la que dejamos atrás y decidir cómo quiero que sea la siguiente.

Y sentir que necesitas una vida menos, aceptar que no habrá una vida más.

Jorge Juan García Insua

Posdata:

He parado unos días y eso ha hecho que muchos momentos en sesión vinieran a mi cabeza. Sesiones de días y semanas atrás con las que re conectaba y no querían marchar.

Y si las escribo? Y si conectan entre ellas?

Al final 8 autores anónimos para todos menos para mí. Yo el noveno, la voz en off observadora, silenciosa y presente que los conecta y se conecta con todos ellos y conmigo mismo.

Triste a ratos y feliz a ratitos

Esta semana he atendido a una paciente que acaba de recibir un diagnóstico de Alzheimer a una edad relativamente temprana.

En un momento de la sesión expresó su miedo a perder la conciencia de quién es, de reconocerse, de hablar de ella y cómo desde aquel “día H” que supo el diagnóstico cada vez que conoce o le presentan a alguien inconsciente se presenta de una forma más extensa de lo que hubiera hecho antes de ese fatídico día.

En un instante de la sesión me hizo conectar no solo con el qué era para ella importante que otros supieran sino con el miedo a quien lo haría si llega un día que ella ya no pueda.

Reconozco que tuve respirar hondo antes de hacer la pregunta que por otro lado no pude contener, cómo si la sesión la estuviera pidiendo…

Y si llega ese momento de no reconocerte, quién te gustaría que te hable de ti?

Su reacción silenciosa a la pregunta reflejaba que acababa de hacer una pregunta poderosa. Sus ojos se abrieron y aparecieron las lágrimas.

Cuando se sintió recuperada me dio un nombre y le pregunté qué hacía de esa persona “la persona”. No sé trataba de aquellas personas que por lazos familiares o de sangre podrían parecer lógicos o esperables. No, no era ninguna de esas personas. De hecho era alguien a quien si bien conocía no era “íntima” y el motivo “es una persona que siente como yo. Me gustaría que

que quien me hable de mí lo haga desde aquello que es importante, lo que me mueve, lo que siento por personas que quiero, adoro y por la que daría la vida o aquello que me motiva cada día. No quiero una biografía “vacía” que podría servir para otra, quiero que me hable desde lo que llevo dentro y que solo yo siento”.

– Sabes Jorge, me estoy dando cuenta de por qué tengo miedo a perder la memoria

– Te apetece verbalizarlo?

– Cuando no me reconozca no reconoceré ni recordaré… habré dejado de sentir y tal vez hasta de emocionarme. Sólo me quedará lo que otros se emocionen conmigo y sientan por mi.

Y nos emocionamos los dos. No pude evitarlo. Aquellas palabras y tal como las expresó traspasó al psicólogo y llegaron a la persona.

La memoria no es historia, no puedes hablar de ella como una sucesión de hechos o vivencias. La memoria no puede ser neutra y siempre es subjetiva porque se alimenta de experiencias, de emociones, de sentimientos, de frustraciones, de lazos y de vínculos. Por eso es tan intensa y tan transformadora, por eso vive más allá de nosotros mismos.

Esa noche tumbado en la cama con mis hijos compartía lo sucedido en la sesión y al explicarles cómo me había emocionado y lo que me había hecho sentir uno de ellos me ha cogido fuerte la mano y me ha dicho «yo no quiero sentirte, quiero vivirte para siempre papá» mientras me apretaba más y más la mano.

«Aún eres pequeño para entenderlo cariño y no puedo prometerte vivir para siempre, pero sí prometo no dejar de sentirte nunca y que esté donde esté no dejareis de sentir que os siento». He limpiado sus lágrimas sin decir nada mientras me caía la mía y los tres nos hemos quedado unos segundos abrazados en silencio.

No sé qué será de mí memoria con el paso de los años y qué olvidaré o no pero escribo esto convencido que hay instantes en sesión como este que me cambian y acompañarán siempre.

Esta mañana me ha escrito la paciente:

“Gracias por la sesión Jorge. Han pasado días y sigo removida por lo que allí sucedió, tu pregunta y tu emoción cuando me escuchabas. Sigo triste a ratos y feliz a ratitos, feliz y tranquila por lo que otros sentirán al acordarse de mí aún no pudiendo yo acordarme de ellos. Nos vemos en unos días❤️”.

Aquella noche escribí estas líneas y sin saber explicar por qué lo guardé como tantas otras veces. Su mensaje me ha llevado a releerlo y publicarlo, tal vez era la señal que necesitaba para compartirlo, tal vez ha sentido que yo sentía la necesidad de sus palabras para hacerlo.

Jorge Juan García Insua

Porque te lo debo

Hoy ha sido la tercera vez en esta semana que me dicen que la consulta es acogedora, que no parece una consulta y que en ella se sienten seguros… en casa.

Cada vez que un paciente me dice algo así “me hincho” y no puedo evitar recordar todas las vueltas que le di a cómo quería que fuera esta consulta y lo vulnerable que me siento cada vez que una persona entra por primera vez en ella y la invito a sentarse con un “por favor… rojo para ti verde para mí”.

La primera vez que la vi era una habitación de matrimonio que difícilmente permitía imaginarse lo que es hoy pero que desde el primer instante sentí que sería ahí . En aquellos días antes del traslado imaginaba un espacio libre, blanco, cálido, que necesitaba integrar en el resto del piso y en mi vida. Me daba miedo que fuera solo eso, una consulta como tantas otras, no quería pasar tantas horas en una “consulta médica” tal vez elegante pero fría y sobretodo que no tuviera historia detrás. 

Quería que ese espacio fuera de todos tanto como mío, deseaba que quien entrara sintiera que le abría las puertas “de mi casa” invitándole a abrir las suyas. Quería que ese espacio profesional hablara de la persona, de mí y de los míos, que hablara de esa parte tan García que busca el equilibrio con la Insua.

Por eso hay tantos objetos, simbolismos y anclajes vigilados por un enorme rollo de lazo rojo. Por eso hay un cuadro pintado por las personas que viven en una residencia en Tiana. Por eso hay un cuadro de playa y amaneceres que recibe y que habla de mi pasión por amaneceres y ocasos junto a la playa que una vez me regalaron por mi cumpleaños. Por eso nada más entrar tienes una referencia a mis inicios en la profesión y por eso tan pocos títulos, solo los imprescindibles.

Por eso durante mucho tiempo el cuadro de luces de la recepción estaba visible, sin armario y con mis llaves colgadas. No quería precipitarme y confiaba en dejar que todo en ese espacio tomara su sitio, que vieras mis llaves allí era mi forma de decirte “estás en tu casa”.

Por eso el espacio se va llenando de vosotros y de aquello que alguna vez habéis querido regalar al espacio y dejar un trocito más de vuestro paso por él. Por eso todo aquello que llega encuentra su sitio entre detalles de mis hijos y dibujos y mensajes suyos y de mi familia y personas a las que quiero.

Un espacio donde estudio, pienso y me desahogo cuando nadie me ve. Donde me refugio en mi vergüenza y donde leo y leo para aprender y aprender cuando siento que no estoy a la altura y debo dar más de mi. Un espacio que mis hijos ya utilizan para estudiar y “me roban” las hojas grandes y los bolígrafos pero muestran un gran respeto por lo que saben que significa para mí.

Cuatro paredes que escuchan y guardan el secreto aún habiendo hecho sesiones a oscuras, de madrugada, con golpes de obras de algún vecino o mi vecina picando para regalarte unas galletas. Cuatro paredes que guardan trocitos de vida, de esa real que por desgracia no vemos fuera ni escuchamos mucho, de esa vida que de tanto esconderla nos parece mentira y nos sorprende, sólo porque sin disfraz ni apariencia nos resulta demasiado descarnada.

Por eso es un espacio  donde todo pasa lento, sin prisa para que todo pueda ser posible, donde pongo la presencia y la escucha pero no me pertenece. Donde puedes estar sin zapatos o sentarte o tumbarte en la alfombra, donde sabes que yo te seguiré. Donde a veces reímos y otras muchas lloramos. Donde puedo sentirme auténtico hasta hacerte pensar que no “parezco psicólogo» y sacar rollos de cinta de carretero, cuerda, guitarras, narices de payaso o bolas rojas, me levanto, me siento en la mesa, intercambiamos butacas y lo que pase como sea que pase estará bien porque tú lo necesitas así. Cuánto te debo por eso. Sí, a ti.

Hace unos días una paciente me decía que sólo lloraba cuando venía a sesión y que debería cobrarle más por la de pañuelos y agua que cogía. Si fuera tu casa te preocuparías por cuántos pañuelos coges o cuantas botellas de agua bebes? Le pregunté. No dijo nada, puso su mano en el corazón y su mirada me dijo todo lo que hubiera gustado escuchar.

“No me creo que te esté explicando todo esto Jorge” me habéis dicho más de una vez y muchas otras habéis escuchado de mi eso de “es la butaca que la compré con poderes”.

Sé que este espacio cambiará. Lo sé porque cambió yo y cambias tú y también sé que como sea que cambie seguirá siendo así. Un espacio de mí abierto a ti, silencioso a menudo (como yo) que invita a verte, a respirar, a encontrar fuerzas para ser y sentir, para quererte y saber cómo quieres que te quieran, para avanzar, para llorar si lo necesitas y encontrar respuestas cuando te atropellan las preguntas.

Una vez escuché de un profesor de Inteligencia Emocional que allá donde sentimos nos queda huella. Saber que en el camino me he llenado de las vuestras. Si has estado aquí, has sentido que te acogía y que este espacio era un poquito tuyo que sepas que eso me hace feliz, muy feliz y te lo debo. Si ahora lo escribo es porque siento que muchas veces no te lo he dicho y tenia esa deuda emocional contigo, contigo, contigo, contigo y contigo y contigo y contigo y …

Saldada queda.

Jorge Juan García Insua

Qué bonito pensar así

Hoy ha sido un día de impaciencia y prisas. Desde las 5 que ha sonado el despertador aún arrastrando el día anterior pasando por todo el trabajo y sesiones de hoy. 

Curiosamente el primer paciente ha llegado 5 minutos después de las 6:00 y con prisa… Le he abierto la puerta y acompañado a la consulta invitándole a sentarse y acomodarse.

He hecho lo mismo mirando cómo se movía y buscaba su “sitio” tras lo cual seguía acelerado y moviendo la mirada, las manos y sus pies. En frente suyo observaba en silencio. Pasados unos minutos me ha preguntado:

– Comenzamos? -ha dicho.

– Hemos comenzado hace 4 minutos… He estado en silencio para dar voz a todo lo que te genera tanta angustia y te preocupa hasta el punto de no encontrar las palabras para expresarlo.

Asintiendo con la cabeza ha respirado hondo varias veces. Ha cerrado los ojos y los abierto lentamente intentado recuperar el tempo y la calma.

Y en los minutos siguientes la prisa ha ido desapareciendo y el tiempo se ha puesto a favor del paciente mientras abordaba la relación con su familia y cómo ésta ha marcado las relaciones de amor que hasta el momento no han sido “definitivas”.

Sin saber cómo la prisa de esas primeras sesiones ha sido tema de conversación con mi madre y hablando de la paciencia, la prisa y cómo nos agobiamos cuando ésta nos supera o no llega lo que anhelamos me ha dicho…

– Te acuerdas de la higuera de la casa (de Galicia)?

– Sí claro -he afirmado.

– Pues hasta que esté como la que teníamos en la otra casa… yo no voy a verla.

– Y no te duele pensar eso mama? No querrías que creciera más rápido?

– No, la disfrutaréis vosotros, los niños o quien quiera ir. Aquella era mi higuera, ésta es de todos y más vuestra que mía. Yo disfruté y compartí la mía, ésta la disfrutaréis vosotros o los que vengan después.

Y como sin querer la prisa que hasta entonces dominaba el día ha dejado de tener sentido. Sin darme cuenta su mirada y expresión ha bajado mis revoluciones y ha cambiado el ritmo de mi día.

Esa reflexión de mi madre me ha dejado pensativo. Me ha gustado mucho su sentido de familia y cómo creo que espontáneamente ha puesto por delante la familia y nuestro rol en ella, el ser hoy para dar paso a que sean quienes vienen mañana. Sin falsos apegos ni individualidades e incluso, aceptando que tenemos un tiempo de ser protagonistas, uno para liderar y acompañar y un último para ser testigos y observadores.

Me ha gustado el tono y la forma reflexiva en que lo ha compartido conmigo. Mi madre que es “fuerte y dura», a menudo directa y muy práctica, de llevar la procesión por dentro y más de callar emociones que de compartirlas me ha hablabo desde la protección y dándome espacio para coger el testigo sin presión. 

No se ha dado cuenta pero esos minutos de inesperada conversación en calma acerca de la familia, los lazos y nuestro papel en ella me ha dado la tranquilidad que esta semana, emocionalmente estresante, no acababa de encontrar.

Toda familia necesita anclajes, elementos que representan experiencias, emociones o comportamientos que los miembros de esa familia transmiten de generación en generación. La higuera, como el recuerdo de mi padre, es uno de los anclajes de la mía. A través de ellos conectamos con nuestra historia familiar, nos define, representa y nos da la fuerza y confianza necesaria para avanzar en los malos momentos.

Como no hay dos sin tres la paciente de la última sesión en un momento de reflexión sobre sus relaciones sentimentales ha verbalizado…

– No quiero más prisas Jorge. Quien me quiera que sea desde la calma, despacio para llegar lejos. Te parecerá un tontería pero no tengo tiempo para más prisas. Ya he quemado experiencias, etapas… no quiero más eso, quiero una relación que viva como estoy viviendo este momento, que crezca lentamente, sin prisas. Vine a esta consulta con prisa y cada vez que he vuelto ha sido para ir dejando atrás esa prisa a cambio de tranquilidad y paz. Siempre me marcho de aquí sin prisa…

– Sin prisa… así definirías este momento de tu vida?

– Bueno, ahora sí. Sin prisa ahora que me hiciste ver que la tranquilidad no la conseguiría yendo con la lengua fuera a yoga o que levantarme a las 5 de la mañana para ir a clase de pilates y correr luego al trabajo y correr y correr todo el día… me engañaba, buscaba fuera lo que no me daba dentro. Ahora empiezo a llevar esa calma a todo, también a quien tenga que venir, si viene… 

Así hemos puesto fin a la sesión y no he podido evitar en el instante de despedirla conectar con las palabras de mi madre y con los sentimientos de ese primer paciente de hoy. Lo he hecho sin prisa, regalándome unos minutos sentado en su butaca con las luces apagadas.

Este mundo necesita más amores y actos de amor que no dependan del tiempo, que lleguen y no tengan prisa. Tal vez nos equivocamos al dejar de disfrutar del momento que vida que compartimos con esa persona preguntándonos si estamos ante el amor de nuestra vida, si durará para siempre… como si eso fuera lo que le da valor al tiempo y solo vale la pena si dura…

Y mientras dudamos o nos convencemos prisa por saberlo, prisa por quemar etapas, prisa…Tal vez deberíamos aprender de mi madre y “plantar” relaciones pensando que irán más allá de nosotros, que una parte de nosotros irá en toda relación que venga después. 

Qué bonito pensar que ha de ser así, que lo que sentimos por esa persona es tan auténtico como para trascendernos, que si somos capaces de cuidarlo irá más allá de nosotros mismos dando sentido a lo que hemos sentido y amado.

En ese momento de reflexión a oscuras ha entrado P en la consulta. Al verme medio tumbado entre butacas se ha acurrucado en mi regazo y me ha regalado un lametón y un beso.

– Sabes cariño…

– Sigues triste papá?

– Sí y hoy ha sido un día muy largo. Cómo me gustaría que estuviéramos así en la huerta de la yaya bajo la higuera… y que me abrazaras un ratito.

Me ha abrazado fuerte y se ha acurrucado de nuevo. No hemos dicho nada más. Al sentir ese abrazo me ha emocionado pensar que ese abrazo… los abrazos son mi anclaje y que ojalá que él y quien haya recibido uno de mí también lo sienta así.

Qué bonito pensar que pueda ser así.

Jorge Juan García Insua

Que sea otro café

Esta vez tampoco me siento diferente. Y ya van…

Debe ser cosa de la edad. Tal vez lo sigo haciendo mal y a pesar de llevar un buen puñado de cumpleaños aún no he aprendido a hacerlo “bien”. Ahora me dirán que si más viejo, más sabio, más maduro, pues no estás tan mal, sumando canas, ya no recuerdas cuando eras joven… Cumplir años sigo sin saber qué es pero momentos sí reconozco haber aprendido algo de cumplir momentos a lo largo de tantos años.

Tiempo. Años. Quiero tener la edad de mis sueños y que cada vez que cumpla años te acuerdes de mi. Y el día que no te acuerdes será el momento de irme.

Cuando se agote mi tiempo y me vaya ojalá sea en silencio, con el tiempo justo de mirar atrás, tímido a veces sereno otras muchas. Pediré un último segundo para ver lo que dejó atrás, lo que perdí, lo que no quise encontrar ni buscar y tener un instante para meter la mano en mi bolsillo y sentir que poco o nada necesito para marchar allá donde vayamos cuando marchamos. Silencio para que me vaya con miradas, con un abrazo, con una mano que agarre fuerte la mía y que sea lo último que sienta y lo único que me lleve.

– Y si es mi último día, cuál sería tu deseo?

– Pasarlo contigo. Sólo contigo, pasa el día que te queda fingiendo que el tiempo se acaba para los dos. Sin miedo a perderte porque cuando te pierda me perderé contigo.

Puedes soñar una vida el tiempo que tarda un sorbo de café. Cuando lo saboreas lo paras, lo haces corto… un café para vernos, uno para despedirnos. Un café con tiempo es la distancia más corta entre dos personas y cuando se acaba el tiempo… otro café… Abrázame por detrás mientras lo preparo. Tú pon el azúcar.

Así es ella. De azúcar. No quiere molestar y entre modestia se muestra elegante. Tan grande de alma como de ojos, tristes a ratitos a la vez que luminosos. Así es ella. No te costará saber de quien hablo. Cuando te la cruces es la que te hace girar la cabeza, la que te quedas mirando, la que te hace soñar y desear saber con qué sueña. Ella que no quiere llamar la atención y hace como si no pasara nada pero todo pasa y te pasa cuando la tienes a tocar.

– Dime si es el fin? -me ha preguntado.

–  No, no puede serlo. He respondido

– Cómo lo sabes?

– No han aparecido la letras…

– Y eso qué significa?

– Que hay tiempo para otra escena. O dos. O tres… hasta el beso.

La del tiempo que estamos sin decidir temiendo las consecuencias y nos cegamos para no ver que no dedicir es decidir. No decidir es darle al tiempo la batuta y dejar que pase como si consumir tiempo nos llevara hacia algo y es todo lo contrario. Consumir tiempo es parar, es decidir no vivir y a menudo dejar que otros vivan y decidan por nosotros.

Deseamos, todos seamos en algún momento dejar de ser fuertes y que nos mimen y cuiden. No porque no podamos, porque a cuidarnos solos ya nos lo enseña la vida sino rompernos en los brazos de alguien que nos quiere y queremos. Rompernos al tiempo que nos sentimos vulnerables y sentir como los brazos nos aprietan, nos mantienen unidos, alivia lo que sentimos y nos da la paz que necesitamos. Paz, quédate con quien te de paz en cada abrazo. Quédate con quien cuando te abraza se queda, respira sereno y al compás de ti.

– Prométeme que me besarás al irte. Siempre

– Sí claro, te lo prometo. Para qué necesitas esta promesa?

– Si me besas antes de irte volverás deseando volver a besarme. Esa es la mía.

Sólo quiero eso. Un juntos aunque estén lejos, un juntos sincero y un amor que crezca entre las diferencias porque amarse por lo que nos une es fácil, tan fácil como fugaz. Un juntos de noche y a solas, sin filtros, con las almas desnudas. Un juntos para conocernos, descubrirnos y volvernos a descubrir.

Si es verdad que la mejor edad es esa en que dejas de cumplir años y empiezas a cumplir sueños aún me quedan muchos años por delante… porque mi cabeza sigue llena de pájaros y porque todos estos años de camino sí han servido para empezar a cambiar algunas cosas como trabajar un poquito menos y a días vivir mucho más.

Así que no quiero decirle adiós a mis 50, mejor un “volveremos a vernos cuando me extrañes” y soñemos nos volvemos a ver. Cuando suceda dime que echabas de menos mis abrazos y la paz que sentías en ellos.

Otro café?

Jorge Juan García Insua

Qué saldría de la idea loca de coger un trocito de 12 publicaciones que nadie ha leído y no he mostrado? 

Todas escritas en los últimos 365 días, sobre todo desde septiembre hasta ayer. Y si las pongo en cierto visceral y emotivo orden y pretendo convencerme que tiene sentido?

Tal vez la locura no fue pensarlo sino hacerlo y atreverme a compartirlo. Lo he titulado “Que sea otro café”

Me declaro adicto a los valientes

No puedes imaginar cómo de roto estaba y no puedes imaginar como intenté ocultarlo todo cuando la conocí.

Pero un día fui débil y me abrí. Me abrí en canal con ella y no se fue. No solo no se fue sino que parecía que esa parte rota de mí aún le gustaba más 

Quería gustarle, no me creía que ella se sintiera atraída por mí y que le gustara verme roto y cuidarme. Y todo eso me hizo un click… no quería perderla así que me rompí más, a las roto más sentía que me prestaba atención, más me mimaba y yo más…. Más enganchado a ella.

Cuando no supe de qué forma hacerme más daño apareció la coca… más enganchado a ella y a “la blanca”. Ella empezó a molestarse y la notaba más fría, no deje la coca, la aumenté pero se lo escondí.

Cada vez era más difícil esconderle todo y a mí no me quedaba nada por romper. Ahí empezó mi caída a los infiernos…

Créeme que ahí abajo no hay nada bueno. Ni nadie. Solo consumir, consumir, consumir. A cada gramo que me metía más la odiaba, pagaba con ella la culpa, la rabia… mejor pagarla con ella que conmigo y así seguir metiéndome y metiéndome… total ya no queda nada por romper en mí y me metí también cristal y cosas que ni recuerdo tras la heroína y el alcohol, pero al final siempre la coca, la mierda de la coca y sólo la coca.

Más cabreado cada día, conmigo, con ella… como no tenía cojones a quitarme de en medio a veces pensaba en hacérselo pagar a ella o en matarme y dejarle una nota que la hiciera sentir culpable. NO sabes cuántas llegué a escribir, retorcidas hasta… qué miserable soy, muerto debería estar. Sólo consumir me calmaba y no salía de una esquina, de un puñetero metro cuadrado de un piso lleno de mierda rodeado de botellas vacías…

Estas líneas son una pequeña parte de nuestra primera sesión. En la tercera me preguntó si todavía la tenía grabada y le dije que sí. Me dijo que aunque algún estudiante la escuchara le hiciera un favor, que no la borrara y si algún día podía decir que todo esto quedaba atrás se la pusiera y la escucháramos juntos. Así me comprometí.

Cuando antes de fiestas pactamos empezar tras fiestas la recta final de su proceso los dos supimos que la volveríamos a escuchar. La sesión nos ha llevado a que fuera hoy y hoy ha pedido pararla justo en el momento que he dejado de transcribirla.

Me lo ha pedido él. Según iba escuchándose su rostro se iba desencajando, las lágrimas caían y no hacía por secárselas.  En un error mío por sentirme angustiado observando le he hecho una señal que le preguntaba si quería que pararla la escucha pero con un movimiento de su mano me ha pedido que la dejara… un poco más.

Cuando finalmente me ha indicado que la parara se ha quedado en silencio mientras las lágrimas seguían cayendo. Tras unos minutos se ha recompuesto y le he dado espacio para que fuera él quien decidiera cómo seguir.

Durante los siguientes minutos ha pasado de cómo llegó a la consulta, del valor de su hermana y cómo ella lo “obligó” a comenzar una terapia, a nuestra despedida temporal para ingresar en un centro de desintoxicación, de sus sudores, temblores, vómitos, paranoias, de los muchos problemas físicos y secuelas que ha ido arrastrando y algunos superando… de cómo supo que había seguido llamando a su familia para saber de él, de nuestro reencuentro para retomar las sesiones y todo el calvario por el que ha pasado el último año para llegar al día de hoy.

“Y a pesar de todo eso soy afortunado Jorge. Muy afortunado, no todos llegan aquí así. Sé que me queda mucho pero también que no recuerdo haberme sentido bien, tan bien como el último mes y que por nada del mundo daré un paso atrás. Qué vergüenza, que vergüenza escucharme, no soy yo, ese que habla ya no soy yo y a la vez… que miedo me da pensar que una vez lo fui, que estuve ahí, que podría volver estar porque también pensaba que ese nunca sería yo. Ahora que empiezo a llevarme bien con mis emociones ni por toda la mierda del mundo daría un paso atrás. Joder hasta me dan arcadas cuando veo por la tele alguien que se mete o bebe.”

Le he preguntado si me daba permiso para contar “una pequeña parte de su historia”, que hacerlo podría ser de ayuda para personas que se encuentren en ese infierno que él ha vivido o que tal vez estén a punto de adentrarse en él, que estar escuchándolo me resultaba inspirador.

– Bufff hazlo Jorge, sí así lo piensas hazlo, tienes todo mi permiso. Yo seguiré pensando que no soy ejemplo de nada positivo… ni mucho menos inspirar a nadie.

– Se me ocurre sacrificio, renuncia, constancia, fortaleza mental… eres muy valiente.

– Valiente? Sólo fui valiente cuando no tuve más remedio, cuando no había más salida, cuando llegué a un punto donde no era nada, no servía para nada, era carne de cañón…

– Eso hacen los valientes – le he replicado.

Su historia es la de alguien que se hizo adicto a escapar de la realidad con la esperanza que encontraría algo que le llenaría y diera sentido a su vida. Cada vez que “escapaba” se hundía más y llegó más abajo de lo que nunca había imaginado. Estando ahí abajo, con todo perdido tuviste la valentía de hacerlo, de comprometerte contigo y seguir y seguir hasta llegar aquí. Sí, hay que ser muy valiente. 

Por eso hoy al despedirnos te he pedido disculpas, porque aún viéndote valiente te he reconocido que hubo momentos en que tuve dudas. Yo, no tú. Me he sentido mal al reconocértelo y me has abrazado y reconfortado.

Sí, para eso también hay que ser muy valiente.

Jorge Juan García Insua

«La próxima vez que alguien que ha dejado atrás una adicción te de un consejo no lo ignores. Te está dando los consejos que a él no le dieron»

De dolores tu dolor

- Yo también lo viví y sufrí y no por eso estoy callado, siempre en silencio. Ese no es el camino, eso no soluciona nada! -me ha dicho sobresaltado en un momento de la sesión.

– Permíteme parar aquí y que recoja eso que has dicho. Los dos vivisteis esa situación, ambos estabais presentes y a los dos os marcó. Tú viniste aquí buscando ayuda, me explicaste en la primera sesión que a raíz de aquella experiencia traumática te habías vuelto insensible, que tu carácter se había vuelto más impulsivo, borde… es así?

– Sí, exacto Jorge

– En las sesiones anteriores hemos ido aprendiendo a controlar esos impulsos, esas respuestas agresivas y vas poco a poco identificando como todas esas reacciones es la forma en que a tu modo has intentado gestionar, seguir adelante a pesar de lo vivido.

-Si… pero no lo hice bien. Sólo cuando hice daño me di cuenta que no podía seguir así, me hubiera gustado no sé, poder hablarlo con él, para no sentirme tan solo, me sentía mal…

– Sabías y sabes cómo se siente él después de aquello?

Silencio.

– No, no lo sé. Realmente no lo sé.

– Si Lo he entendido bien… tú ante aquel dolor solo supiste gestionarlo a través de la rabia y después de estos años en los que has sufrido mucho tomaste la decisión, te viste con fuerzas para venir aquí y te hubiera gustado que él hubiera sido capaz de gestionar su dolor de otra forma para poder haberte ayudado a ti a gestionar el tuyo

– Sí (titubeando)… sí

– Te veo con dudas…

– Escuchándote… joder igual no estoy siendo justo con él… igual no lo he sido todo este tiempo…

– Cómo hubiera sido siendo justo?

– Bufff… qué mal! Qué mal no? Jorge… es que… vaya mierda de justiciero soy…

Empieza a llorar. Silencio, un largo silencio. Se recompone y continúa…

– Qué gilipollas… era más fácil cabrearme con él por “no salvarme” que salvarme yo mismo. Joder… y ayudarlo después. Siempre igual Jorge, siempre igual. Toda la vida siendo un capullo… El “capullo” tiene cura?

Silencio. Y respondo.

– A esa pregunta no sé responder ni qué decir, pero sí puedo decirte y asegurar que acabas de dar un paso muy importante, imprescindible para avanzar. Has entendido que el dolor es tuyo, que viene de adentro y nada de lo que hay fuera podrá verlo, entenderlo, sentirlo ni gestionarlo. Sólo tú y para eso debes mirarlo, entenderlo.

Cada dolor como cada persona es diferente. El dolor nos cambia a todos, pero no a todos por igual. Unos se vuelven fríos y distantes, algunos solitarios y otros silenciosos. Pocas veces es una decisión consciente y pocas veces entendemos a la primera. Si no lo convertimos en llanto, en abrazo, en lo siento, un te quiero…se queda dentro y dentro nunca deja de doler. Pudriendo.

No es justo pedirle a alguien que no lo sienta para así no sentirlo nosotros, que no llore cuando eres tú quien no sabe cómo hacerlo, que no se sienta perdido porque creas que la pérdida más importante es la tuya. No es justo para nadie y sobre todo no lo es para ti.

No podemos imponer una falsa fortaleza ni exigir que alguien reprima su tristeza, sea cual sea la forma en la que la muestre. Sin empatía ni respeto ni podemos acompañar ni dejamos ser acompañados. Sin empatía ni respeto el dolor se hace fuerte y profundo. Y duele más… es tanto lo que puede llegar a doler.

A principios de año una paciente en una sesión reflexionaba sobre su dolor y ahora despidiéndome del último paciente de este año me viene a la mente aquello que dijo: “creo que ahora lo entiendo. Hay dolores que te hieren por fuera y otros que te matan por dentro”.

Acompañado ese dolor es hora de apagar las luces… por este año.

Jorge Juan García Insua