Porque te lo debo

Hoy ha sido la tercera vez en esta semana que me dicen que la consulta es acogedora, que no parece una consulta y que en ella se sienten seguros… en casa.

Cada vez que un paciente me dice algo así “me hincho” y no puedo evitar recordar todas las vueltas que le di a cómo quería que fuera esta consulta y lo vulnerable que me siento cada vez que una persona entra por primera vez en ella y la invito a sentarse con un “por favor… rojo para ti verde para mí”.

La primera vez que la vi era una habitación de matrimonio que difícilmente permitía imaginarse lo que es hoy pero que desde el primer instante sentí que sería ahí . En aquellos días antes del traslado imaginaba un espacio libre, blanco, cálido, que necesitaba integrar en el resto del piso y en mi vida. Me daba miedo que fuera solo eso, una consulta como tantas otras, no quería pasar tantas horas en una “consulta médica” tal vez elegante pero fría y sobretodo que no tuviera historia detrás. 

Quería que ese espacio fuera de todos tanto como mío, deseaba que quien entrara sintiera que le abría las puertas “de mi casa” invitándole a abrir las suyas. Quería que ese espacio profesional hablara de la persona, de mí y de los míos, que hablara de esa parte tan García que busca el equilibrio con la Insua.

Por eso hay tantos objetos, simbolismos y anclajes vigilados por un enorme rollo de lazo rojo. Por eso hay un cuadro pintado por las personas que viven en una residencia en Tiana. Por eso hay un cuadro de playa y amaneceres que recibe y que habla de mi pasión por amaneceres y ocasos junto a la playa que una vez me regalaron por mi cumpleaños. Por eso nada más entrar tienes una referencia a mis inicios en la profesión y por eso tan pocos títulos, solo los imprescindibles.

Por eso durante mucho tiempo el cuadro de luces de la recepción estaba visible, sin armario y con mis llaves colgadas. No quería precipitarme y confiaba en dejar que todo en ese espacio tomara su sitio, que vieras mis llaves allí era mi forma de decirte “estás en tu casa”.

Por eso el espacio se va llenando de vosotros y de aquello que alguna vez habéis querido regalar al espacio y dejar un trocito más de vuestro paso por él. Por eso todo aquello que llega encuentra su sitio entre detalles de mis hijos y dibujos y mensajes suyos y de mi familia y personas a las que quiero.

Un espacio donde estudio, pienso y me desahogo cuando nadie me ve. Donde me refugio en mi vergüenza y donde leo y leo para aprender y aprender cuando siento que no estoy a la altura y debo dar más de mi. Un espacio que mis hijos ya utilizan para estudiar y “me roban” las hojas grandes y los bolígrafos pero muestran un gran respeto por lo que saben que significa para mí.

Cuatro paredes que escuchan y guardan el secreto aún habiendo hecho sesiones a oscuras, de madrugada, con golpes de obras de algún vecino o mi vecina picando para regalarte unas galletas. Cuatro paredes que guardan trocitos de vida, de esa real que por desgracia no vemos fuera ni escuchamos mucho, de esa vida que de tanto esconderla nos parece mentira y nos sorprende, sólo porque sin disfraz ni apariencia nos resulta demasiado descarnada.

Por eso es un espacio  donde todo pasa lento, sin prisa para que todo pueda ser posible, donde pongo la presencia y la escucha pero no me pertenece. Donde puedes estar sin zapatos o sentarte o tumbarte en la alfombra, donde sabes que yo te seguiré. Donde a veces reímos y otras muchas lloramos. Donde puedo sentirme auténtico hasta hacerte pensar que no “parezco psicólogo» y sacar rollos de cinta de carretero, cuerda, guitarras, narices de payaso o bolas rojas, me levanto, me siento en la mesa, intercambiamos butacas y lo que pase como sea que pase estará bien porque tú lo necesitas así. Cuánto te debo por eso. Sí, a ti.

Hace unos días una paciente me decía que sólo lloraba cuando venía a sesión y que debería cobrarle más por la de pañuelos y agua que cogía. Si fuera tu casa te preocuparías por cuántos pañuelos coges o cuantas botellas de agua bebes? Le pregunté. No dijo nada, puso su mano en el corazón y su mirada me dijo todo lo que hubiera gustado escuchar.

“No me creo que te esté explicando todo esto Jorge” me habéis dicho más de una vez y muchas otras habéis escuchado de mi eso de “es la butaca que la compré con poderes”.

Sé que este espacio cambiará. Lo sé porque cambió yo y cambias tú y también sé que como sea que cambie seguirá siendo así. Un espacio de mí abierto a ti, silencioso a menudo (como yo) que invita a verte, a respirar, a encontrar fuerzas para ser y sentir, para quererte y saber cómo quieres que te quieran, para avanzar, para llorar si lo necesitas y encontrar respuestas cuando te atropellan las preguntas.

Una vez escuché de un profesor de Inteligencia Emocional que allá donde sentimos nos queda huella. Saber que en el camino me he llenado de las vuestras. Si has estado aquí, has sentido que te acogía y que este espacio era un poquito tuyo que sepas que eso me hace feliz, muy feliz y te lo debo. Si ahora lo escribo es porque siento que muchas veces no te lo he dicho y tenia esa deuda emocional contigo, contigo, contigo, contigo y contigo y contigo y contigo y …

Saldada queda.

Jorge Juan García Insua

Qué bonito pensar así

Hoy ha sido un día de impaciencia y prisas. Desde las 5 que ha sonado el despertador aún arrastrando el día anterior pasando por todo el trabajo y sesiones de hoy. 

Curiosamente el primer paciente ha llegado 5 minutos después de las 6:00 y con prisa… Le he abierto la puerta y acompañado a la consulta invitándole a sentarse y acomodarse.

He hecho lo mismo mirando cómo se movía y buscaba su “sitio” tras lo cual seguía acelerado y moviendo la mirada, las manos y sus pies. En frente suyo observaba en silencio. Pasados unos minutos me ha preguntado:

– Comenzamos? -ha dicho.

– Hemos comenzado hace 4 minutos… He estado en silencio para dar voz a todo lo que te genera tanta angustia y te preocupa hasta el punto de no encontrar las palabras para expresarlo.

Asintiendo con la cabeza ha respirado hondo varias veces. Ha cerrado los ojos y los abierto lentamente intentado recuperar el tempo y la calma.

Y en los minutos siguientes la prisa ha ido desapareciendo y el tiempo se ha puesto a favor del paciente mientras abordaba la relación con su familia y cómo ésta ha marcado las relaciones de amor que hasta el momento no han sido “definitivas”.

Sin saber cómo la prisa de esas primeras sesiones ha sido tema de conversación con mi madre y hablando de la paciencia, la prisa y cómo nos agobiamos cuando ésta nos supera o no llega lo que anhelamos me ha dicho…

– Te acuerdas de la higuera de la casa (de Galicia)?

– Sí claro -he afirmado.

– Pues hasta que esté como la que teníamos en la otra casa… yo no voy a verla.

– Y no te duele pensar eso mama? No querrías que creciera más rápido?

– No, la disfrutaréis vosotros, los niños o quien quiera ir. Aquella era mi higuera, ésta es de todos y más vuestra que mía. Yo disfruté y compartí la mía, ésta la disfrutaréis vosotros o los que vengan después.

Y como sin querer la prisa que hasta entonces dominaba el día ha dejado de tener sentido. Sin darme cuenta su mirada y expresión ha bajado mis revoluciones y ha cambiado el ritmo de mi día.

Esa reflexión de mi madre me ha dejado pensativo. Me ha gustado mucho su sentido de familia y cómo creo que espontáneamente ha puesto por delante la familia y nuestro rol en ella, el ser hoy para dar paso a que sean quienes vienen mañana. Sin falsos apegos ni individualidades e incluso, aceptando que tenemos un tiempo de ser protagonistas, uno para liderar y acompañar y un último para ser testigos y observadores.

Me ha gustado el tono y la forma reflexiva en que lo ha compartido conmigo. Mi madre que es “fuerte y dura», a menudo directa y muy práctica, de llevar la procesión por dentro y más de callar emociones que de compartirlas me ha hablabo desde la protección y dándome espacio para coger el testigo sin presión. 

No se ha dado cuenta pero esos minutos de inesperada conversación en calma acerca de la familia, los lazos y nuestro papel en ella me ha dado la tranquilidad que esta semana, emocionalmente estresante, no acababa de encontrar.

Toda familia necesita anclajes, elementos que representan experiencias, emociones o comportamientos que los miembros de esa familia transmiten de generación en generación. La higuera, como el recuerdo de mi padre, es uno de los anclajes de la mía. A través de ellos conectamos con nuestra historia familiar, nos define, representa y nos da la fuerza y confianza necesaria para avanzar en los malos momentos.

Como no hay dos sin tres la paciente de la última sesión en un momento de reflexión sobre sus relaciones sentimentales ha verbalizado…

– No quiero más prisas Jorge. Quien me quiera que sea desde la calma, despacio para llegar lejos. Te parecerá un tontería pero no tengo tiempo para más prisas. Ya he quemado experiencias, etapas… no quiero más eso, quiero una relación que viva como estoy viviendo este momento, que crezca lentamente, sin prisas. Vine a esta consulta con prisa y cada vez que he vuelto ha sido para ir dejando atrás esa prisa a cambio de tranquilidad y paz. Siempre me marcho de aquí sin prisa…

– Sin prisa… así definirías este momento de tu vida?

– Bueno, ahora sí. Sin prisa ahora que me hiciste ver que la tranquilidad no la conseguiría yendo con la lengua fuera a yoga o que levantarme a las 5 de la mañana para ir a clase de pilates y correr luego al trabajo y correr y correr todo el día… me engañaba, buscaba fuera lo que no me daba dentro. Ahora empiezo a llevar esa calma a todo, también a quien tenga que venir, si viene… 

Así hemos puesto fin a la sesión y no he podido evitar en el instante de despedirla conectar con las palabras de mi madre y con los sentimientos de ese primer paciente de hoy. Lo he hecho sin prisa, regalándome unos minutos sentado en su butaca con las luces apagadas.

Este mundo necesita más amores y actos de amor que no dependan del tiempo, que lleguen y no tengan prisa. Tal vez nos equivocamos al dejar de disfrutar del momento que vida que compartimos con esa persona preguntándonos si estamos ante el amor de nuestra vida, si durará para siempre… como si eso fuera lo que le da valor al tiempo y solo vale la pena si dura…

Y mientras dudamos o nos convencemos prisa por saberlo, prisa por quemar etapas, prisa…Tal vez deberíamos aprender de mi madre y “plantar” relaciones pensando que irán más allá de nosotros, que una parte de nosotros irá en toda relación que venga después. 

Qué bonito pensar que ha de ser así, que lo que sentimos por esa persona es tan auténtico como para trascendernos, que si somos capaces de cuidarlo irá más allá de nosotros mismos dando sentido a lo que hemos sentido y amado.

En ese momento de reflexión a oscuras ha entrado P en la consulta. Al verme medio tumbado entre butacas se ha acurrucado en mi regazo y me ha regalado un lametón y un beso.

– Sabes cariño…

– Sigues triste papá?

– Sí y hoy ha sido un día muy largo. Cómo me gustaría que estuviéramos así en la huerta de la yaya bajo la higuera… y que me abrazaras un ratito.

Me ha abrazado fuerte y se ha acurrucado de nuevo. No hemos dicho nada más. Al sentir ese abrazo me ha emocionado pensar que ese abrazo… los abrazos son mi anclaje y que ojalá que él y quien haya recibido uno de mí también lo sienta así.

Qué bonito pensar que pueda ser así.

Jorge Juan García Insua

Que sea otro café

Esta vez tampoco me siento diferente. Y ya van…

Debe ser cosa de la edad. Tal vez lo sigo haciendo mal y a pesar de llevar un buen puñado de cumpleaños aún no he aprendido a hacerlo “bien”. Ahora me dirán que si más viejo, más sabio, más maduro, pues no estás tan mal, sumando canas, ya no recuerdas cuando eras joven… Cumplir años sigo sin saber qué es pero momentos sí reconozco haber aprendido algo de cumplir momentos a lo largo de tantos años.

Tiempo. Años. Quiero tener la edad de mis sueños y que cada vez que cumpla años te acuerdes de mi. Y el día que no te acuerdes será el momento de irme.

Cuando se agote mi tiempo y me vaya ojalá sea en silencio, con el tiempo justo de mirar atrás, tímido a veces sereno otras muchas. Pediré un último segundo para ver lo que dejó atrás, lo que perdí, lo que no quise encontrar ni buscar y tener un instante para meter la mano en mi bolsillo y sentir que poco o nada necesito para marchar allá donde vayamos cuando marchamos. Silencio para que me vaya con miradas, con un abrazo, con una mano que agarre fuerte la mía y que sea lo último que sienta y lo único que me lleve.

– Y si es mi último día, cuál sería tu deseo?

– Pasarlo contigo. Sólo contigo, pasa el día que te queda fingiendo que el tiempo se acaba para los dos. Sin miedo a perderte porque cuando te pierda me perderé contigo.

Puedes soñar una vida el tiempo que tarda un sorbo de café. Cuando lo saboreas lo paras, lo haces corto… un café para vernos, uno para despedirnos. Un café con tiempo es la distancia más corta entre dos personas y cuando se acaba el tiempo… otro café… Abrázame por detrás mientras lo preparo. Tú pon el azúcar.

Así es ella. De azúcar. No quiere molestar y entre modestia se muestra elegante. Tan grande de alma como de ojos, tristes a ratitos a la vez que luminosos. Así es ella. No te costará saber de quien hablo. Cuando te la cruces es la que te hace girar la cabeza, la que te quedas mirando, la que te hace soñar y desear saber con qué sueña. Ella que no quiere llamar la atención y hace como si no pasara nada pero todo pasa y te pasa cuando la tienes a tocar.

– Dime si es el fin? -me ha preguntado.

–  No, no puede serlo. He respondido

– Cómo lo sabes?

– No han aparecido la letras…

– Y eso qué significa?

– Que hay tiempo para otra escena. O dos. O tres… hasta el beso.

La del tiempo que estamos sin decidir temiendo las consecuencias y nos cegamos para no ver que no dedicir es decidir. No decidir es darle al tiempo la batuta y dejar que pase como si consumir tiempo nos llevara hacia algo y es todo lo contrario. Consumir tiempo es parar, es decidir no vivir y a menudo dejar que otros vivan y decidan por nosotros.

Deseamos, todos seamos en algún momento dejar de ser fuertes y que nos mimen y cuiden. No porque no podamos, porque a cuidarnos solos ya nos lo enseña la vida sino rompernos en los brazos de alguien que nos quiere y queremos. Rompernos al tiempo que nos sentimos vulnerables y sentir como los brazos nos aprietan, nos mantienen unidos, alivia lo que sentimos y nos da la paz que necesitamos. Paz, quédate con quien te de paz en cada abrazo. Quédate con quien cuando te abraza se queda, respira sereno y al compás de ti.

– Prométeme que me besarás al irte. Siempre

– Sí claro, te lo prometo. Para qué necesitas esta promesa?

– Si me besas antes de irte volverás deseando volver a besarme. Esa es la mía.

Sólo quiero eso. Un juntos aunque estén lejos, un juntos sincero y un amor que crezca entre las diferencias porque amarse por lo que nos une es fácil, tan fácil como fugaz. Un juntos de noche y a solas, sin filtros, con las almas desnudas. Un juntos para conocernos, descubrirnos y volvernos a descubrir.

Si es verdad que la mejor edad es esa en que dejas de cumplir años y empiezas a cumplir sueños aún me quedan muchos años por delante… porque mi cabeza sigue llena de pájaros y porque todos estos años de camino sí han servido para empezar a cambiar algunas cosas como trabajar un poquito menos y a días vivir mucho más.

Así que no quiero decirle adiós a mis 50, mejor un “volveremos a vernos cuando me extrañes” y soñemos nos volvemos a ver. Cuando suceda dime que echabas de menos mis abrazos y la paz que sentías en ellos.

Otro café?

Jorge Juan García Insua

Qué saldría de la idea loca de coger un trocito de 12 publicaciones que nadie ha leído y no he mostrado? 

Todas escritas en los últimos 365 días, sobre todo desde septiembre hasta ayer. Y si las pongo en cierto visceral y emotivo orden y pretendo convencerme que tiene sentido?

Tal vez la locura no fue pensarlo sino hacerlo y atreverme a compartirlo. Lo he titulado “Que sea otro café”

Me declaro adicto a los valientes

No puedes imaginar cómo de roto estaba y no puedes imaginar como intenté ocultarlo todo cuando la conocí.

Pero un día fui débil y me abrí. Me abrí en canal con ella y no se fue. No solo no se fue sino que parecía que esa parte rota de mí aún le gustaba más 

Quería gustarle, no me creía que ella se sintiera atraída por mí y que le gustara verme roto y cuidarme. Y todo eso me hizo un click… no quería perderla así que me rompí más, a las roto más sentía que me prestaba atención, más me mimaba y yo más…. Más enganchado a ella.

Cuando no supe de qué forma hacerme más daño apareció la coca… más enganchado a ella y a “la blanca”. Ella empezó a molestarse y la notaba más fría, no deje la coca, la aumenté pero se lo escondí.

Cada vez era más difícil esconderle todo y a mí no me quedaba nada por romper. Ahí empezó mi caída a los infiernos…

Créeme que ahí abajo no hay nada bueno. Ni nadie. Solo consumir, consumir, consumir. A cada gramo que me metía más la odiaba, pagaba con ella la culpa, la rabia… mejor pagarla con ella que conmigo y así seguir metiéndome y metiéndome… total ya no queda nada por romper en mí y me metí también cristal y cosas que ni recuerdo tras la heroína y el alcohol, pero al final siempre la coca, la mierda de la coca y sólo la coca.

Más cabreado cada día, conmigo, con ella… como no tenía cojones a quitarme de en medio a veces pensaba en hacérselo pagar a ella o en matarme y dejarle una nota que la hiciera sentir culpable. NO sabes cuántas llegué a escribir, retorcidas hasta… qué miserable soy, muerto debería estar. Sólo consumir me calmaba y no salía de una esquina, de un puñetero metro cuadrado de un piso lleno de mierda rodeado de botellas vacías…

Estas líneas son una pequeña parte de nuestra primera sesión. En la tercera me preguntó si todavía la tenía grabada y le dije que sí. Me dijo que aunque algún estudiante la escuchara le hiciera un favor, que no la borrara y si algún día podía decir que todo esto quedaba atrás se la pusiera y la escucháramos juntos. Así me comprometí.

Cuando antes de fiestas pactamos empezar tras fiestas la recta final de su proceso los dos supimos que la volveríamos a escuchar. La sesión nos ha llevado a que fuera hoy y hoy ha pedido pararla justo en el momento que he dejado de transcribirla.

Me lo ha pedido él. Según iba escuchándose su rostro se iba desencajando, las lágrimas caían y no hacía por secárselas.  En un error mío por sentirme angustiado observando le he hecho una señal que le preguntaba si quería que pararla la escucha pero con un movimiento de su mano me ha pedido que la dejara… un poco más.

Cuando finalmente me ha indicado que la parara se ha quedado en silencio mientras las lágrimas seguían cayendo. Tras unos minutos se ha recompuesto y le he dado espacio para que fuera él quien decidiera cómo seguir.

Durante los siguientes minutos ha pasado de cómo llegó a la consulta, del valor de su hermana y cómo ella lo “obligó” a comenzar una terapia, a nuestra despedida temporal para ingresar en un centro de desintoxicación, de sus sudores, temblores, vómitos, paranoias, de los muchos problemas físicos y secuelas que ha ido arrastrando y algunos superando… de cómo supo que había seguido llamando a su familia para saber de él, de nuestro reencuentro para retomar las sesiones y todo el calvario por el que ha pasado el último año para llegar al día de hoy.

“Y a pesar de todo eso soy afortunado Jorge. Muy afortunado, no todos llegan aquí así. Sé que me queda mucho pero también que no recuerdo haberme sentido bien, tan bien como el último mes y que por nada del mundo daré un paso atrás. Qué vergüenza, que vergüenza escucharme, no soy yo, ese que habla ya no soy yo y a la vez… que miedo me da pensar que una vez lo fui, que estuve ahí, que podría volver estar porque también pensaba que ese nunca sería yo. Ahora que empiezo a llevarme bien con mis emociones ni por toda la mierda del mundo daría un paso atrás. Joder hasta me dan arcadas cuando veo por la tele alguien que se mete o bebe.”

Le he preguntado si me daba permiso para contar “una pequeña parte de su historia”, que hacerlo podría ser de ayuda para personas que se encuentren en ese infierno que él ha vivido o que tal vez estén a punto de adentrarse en él, que estar escuchándolo me resultaba inspirador.

– Bufff hazlo Jorge, sí así lo piensas hazlo, tienes todo mi permiso. Yo seguiré pensando que no soy ejemplo de nada positivo… ni mucho menos inspirar a nadie.

– Se me ocurre sacrificio, renuncia, constancia, fortaleza mental… eres muy valiente.

– Valiente? Sólo fui valiente cuando no tuve más remedio, cuando no había más salida, cuando llegué a un punto donde no era nada, no servía para nada, era carne de cañón…

– Eso hacen los valientes – le he replicado.

Su historia es la de alguien que se hizo adicto a escapar de la realidad con la esperanza que encontraría algo que le llenaría y diera sentido a su vida. Cada vez que “escapaba” se hundía más y llegó más abajo de lo que nunca había imaginado. Estando ahí abajo, con todo perdido tuviste la valentía de hacerlo, de comprometerte contigo y seguir y seguir hasta llegar aquí. Sí, hay que ser muy valiente. 

Por eso hoy al despedirnos te he pedido disculpas, porque aún viéndote valiente te he reconocido que hubo momentos en que tuve dudas. Yo, no tú. Me he sentido mal al reconocértelo y me has abrazado y reconfortado.

Sí, para eso también hay que ser muy valiente.

Jorge Juan García Insua

«La próxima vez que alguien que ha dejado atrás una adicción te de un consejo no lo ignores. Te está dando los consejos que a él no le dieron»

De dolores tu dolor

- Yo también lo viví y sufrí y no por eso estoy callado, siempre en silencio. Ese no es el camino, eso no soluciona nada! -me ha dicho sobresaltado en un momento de la sesión.

– Permíteme parar aquí y que recoja eso que has dicho. Los dos vivisteis esa situación, ambos estabais presentes y a los dos os marcó. Tú viniste aquí buscando ayuda, me explicaste en la primera sesión que a raíz de aquella experiencia traumática te habías vuelto insensible, que tu carácter se había vuelto más impulsivo, borde… es así?

– Sí, exacto Jorge

– En las sesiones anteriores hemos ido aprendiendo a controlar esos impulsos, esas respuestas agresivas y vas poco a poco identificando como todas esas reacciones es la forma en que a tu modo has intentado gestionar, seguir adelante a pesar de lo vivido.

-Si… pero no lo hice bien. Sólo cuando hice daño me di cuenta que no podía seguir así, me hubiera gustado no sé, poder hablarlo con él, para no sentirme tan solo, me sentía mal…

– Sabías y sabes cómo se siente él después de aquello?

Silencio.

– No, no lo sé. Realmente no lo sé.

– Si Lo he entendido bien… tú ante aquel dolor solo supiste gestionarlo a través de la rabia y después de estos años en los que has sufrido mucho tomaste la decisión, te viste con fuerzas para venir aquí y te hubiera gustado que él hubiera sido capaz de gestionar su dolor de otra forma para poder haberte ayudado a ti a gestionar el tuyo

– Sí (titubeando)… sí

– Te veo con dudas…

– Escuchándote… joder igual no estoy siendo justo con él… igual no lo he sido todo este tiempo…

– Cómo hubiera sido siendo justo?

– Bufff… qué mal! Qué mal no? Jorge… es que… vaya mierda de justiciero soy…

Empieza a llorar. Silencio, un largo silencio. Se recompone y continúa…

– Qué gilipollas… era más fácil cabrearme con él por “no salvarme” que salvarme yo mismo. Joder… y ayudarlo después. Siempre igual Jorge, siempre igual. Toda la vida siendo un capullo… El “capullo” tiene cura?

Silencio. Y respondo.

– A esa pregunta no sé responder ni qué decir, pero sí puedo decirte y asegurar que acabas de dar un paso muy importante, imprescindible para avanzar. Has entendido que el dolor es tuyo, que viene de adentro y nada de lo que hay fuera podrá verlo, entenderlo, sentirlo ni gestionarlo. Sólo tú y para eso debes mirarlo, entenderlo.

Cada dolor como cada persona es diferente. El dolor nos cambia a todos, pero no a todos por igual. Unos se vuelven fríos y distantes, algunos solitarios y otros silenciosos. Pocas veces es una decisión consciente y pocas veces entendemos a la primera. Si no lo convertimos en llanto, en abrazo, en lo siento, un te quiero…se queda dentro y dentro nunca deja de doler. Pudriendo.

No es justo pedirle a alguien que no lo sienta para así no sentirlo nosotros, que no llore cuando eres tú quien no sabe cómo hacerlo, que no se sienta perdido porque creas que la pérdida más importante es la tuya. No es justo para nadie y sobre todo no lo es para ti.

No podemos imponer una falsa fortaleza ni exigir que alguien reprima su tristeza, sea cual sea la forma en la que la muestre. Sin empatía ni respeto ni podemos acompañar ni dejamos ser acompañados. Sin empatía ni respeto el dolor se hace fuerte y profundo. Y duele más… es tanto lo que puede llegar a doler.

A principios de año una paciente en una sesión reflexionaba sobre su dolor y ahora despidiéndome del último paciente de este año me viene a la mente aquello que dijo: “creo que ahora lo entiendo. Hay dolores que te hieren por fuera y otros que te matan por dentro”.

Acompañado ese dolor es hora de apagar las luces… por este año.

Jorge Juan García Insua

Querido 2024…

Querido 2024…

Tengo la sensación que no hemos hablado mucho y mira que hemos tenido 365 días para hacerlo. Siento que todo ha ido demasiado rápido y que supongo tienes ganas de marcharte, a mi no me apetece tanto. Debe ser que tú y yo hemos ido este año a ritmos distintos y tú lo acabas acabas tan acelerado como lo empezaste y yo con el privilegio que me da la pausa.

Llegan estas fechas e irremediablemente todos miramos atrás y si miro ha sido un año de parar en muchos sentidos. Cambiaron muchos planes, tocó empezar otra vez, volví a perder a demasiadas personas que quería y quiero, me equivoqué muchas veces, lo hice lo mejor que pude y supe, no lo acabo como imaginaba pero con el regado de poder bajar el ritmo para tener tiempo para mi y tiempo de decidir… qué extraño me resulta. He tenido que de bajar el ritmo y de alguna forma casi parar para darme cuenta que no sabía hacerlo, que las veces que lo había hecho antes fueron a medias y que parar desde la tranquilidad, el silencio y el despacito es un lujo, un privilegio.

Así acabaré éste tu 2024… con el regalo de cierta pausa, para esperarme sin forzarme ni forzar a nadie, para dejar que todo siga encajando, para permitirme coger carrerilla cuando llegue el momento. 

Y acabaré un año más con mucho por agradecer, mucho mucho mucho. Gracias a todas las personas que habéis confiado en mi. Tengo el lujo y la suerte de un profesión que me acerca a vidas, a emociones, a sentimientos, a cambios… y creerme que es tanto lo compartido en esta consulta durante este año que necesitaría 100 para poder explicarlo.

Gracias a todas las personas que en algún momento me babéis leído, compartido y escrito. No os podéis imaginar lo que significa para mí que personas anónimas y conocidas dediques un tiempo vuestro en algo que yo haya escrito… hace unos días, unos meses o años, que conectéis y me hagáis reconectar con palabras que una vez fueron mías.

A todos los que pensáis que plantar a cara a la depresión, a la ansiedad, a la rutina, a la pérdida, a la soledad, a los miedos, a la enfermedad, a la muerte y a muchos cientos de problemas… os admiro. Os tengo una profunda y sincera admiración porque lo habéis hecho muy bien. Joder… pero que muy bien.

Felices fiestas y entrada en el  2025.

Un fuerte abrazo.

Nos vemos en el camino.

Jorge Juan García INSUA

Del silencio al te quiero

Me he sentado en una cafetería a ponerme al día de mensajes y al ponerme los cascos ha salido sin saber bien de donde una canción que repetía que el pasado es silencio. No la he dejado sonar más de un minuto, no conectaba con ella ni con el momento.

El pasado rara vez es silencio y cuando está en obligado silencio transmite rabia, rencor y necesidad de olvido.  El pasado siempre me ha resonado ruidoso a veces, molesto otras entre abrazos las demás.

Ruidoso como esa emisora que no acabas de sintonizar y cuyo ruido no puedes soportar más de unos segundos. Molesto como esos pensamientos invasores que muchos pacientes intentan eliminar y me dicen que son incapaces de dejar la mente en blanco. Ante lo que les propongo lo contrario… y si en lugar de luchar contra ese pensamiento le das espacio. Qué tiene que decirte? Para qué necesitas que insista e insista hasta dedicarle el tiempo necesario para entenderlo y entenderte? Qué tiene que enseñarte?

Molesto porque nadie entiende el silencio de la misma forma, como el pasado. Hay quienes pueden vivir días entre el silencio y quienes se angustian cuando se alarga unos minutos. Nadie nos enseña a entenderlo ni a gestionarlo, como el pasado. 

El silencio no se aprende, se siente y cuando lo sientes y lo entiendes da paz porque es más dificil aprender a estar en silencio que saber elegir las palabras. El silencio también es espacio, reflexión, respeto, no confrontación y, sobre todo, aprendizaje sin prejuicios ni complejos.

El pasado como el silencio da forma a nuestras emociones y a nuestros actos. Buenos y malos son pasado y se mantienen en nosotros, en silencio, creciendo hasta que se rebela, se muestra duro e insensible y nos recuerda que aún no ha dicho su última palabra.

A mi me rompe. Cada vez que le abro las puertas al silencio y al pasado me rompo. Lo abrazo, lo escucho y me veo. Y me rompe.

Me rompe pensar que tal vez pude ser diferente y hacerlo distinto. Me rompe verme en el espejo y ver cómo me ha costado, me rompe saber que tal vez nunca aprenda del todo.

Y lo gestiono desde el silencio de mi terraza, le pongo maquillaje y sonrisa amable. Me quito ropa, cojo papel y un viejo lápiz que antes me servía para dibujar y escribo “Silencio… quiero un silencio…”

Quiero un silencio para que veas lo más bonito que aún queda en mi.

Quiero un silencio para enseñarte lo que una noche escribí, nadie ha leído antes y llegado el momento sólo leerás tú.

Quiero un silencio para que me mires a los ojos y veas mi reflejo y lo sientas dentro de ti.

Quiero un silencio para darte un beso antes de irnos a dormir.

Quiero un silencio para que otra vez la vida saque a este torpe a bailar. Bailar, bailar, bailar, bailar…

Quiero un silencio para imaginarmos.

Quiero un silencio para soñar con un abrazo que me descubra todo lo que llevas dentro.

Quiero un silencio para que me des candela.

Quiero un silencio para respirar tu espalda y no creer en nada más que no seas tú.

Quiero un silencio para despertar y pedirte que te quedes a mi lado.

Uno, sólo uno. Quiero un pasado que haga ruido y un presente lleno de silencios. Silencios para llenarlos de un “te quiero” pasado que no quiere dormir, que despierte en presente y que suena y resuena maravillosamente bien cuando es con tu voz.

Jorge Juan García Insua

Mataría monstruos por ti

Ha creado un monstruo, uno verde y amarillo.

Es grande y tiene ojos transparentes durante el día y son de espejo cuando se va la luz.

Dice que lo creó una noche amarga que escucho llorar a sus padres y no puede ni quiere recordar más. Hasta hoy.

Ese monstruo verde desde hace algunos años se le aparece cuando menos lo espera, sin permiso y cada vez más maleducado y cabrón. La noche se le ha quedado corta y no se conforma con despertarla a media noche o asustarla cuando quería ir a hacer pipí… atrás quedaron las veces que se hacía pipí en la cama por el miedo al monstruo, aunque sus padres nunca supieron el motivo y creían que eran otros.

Hubo un tiempo que el monstruo no la molestaba, incluso le hacía gracia encontrárselo por la casa, abrir los ojos bajo las mantas y ver que la observaba tras las cortinas o que la seguía con sigilo. Era su secreto, ese que se escondía tras “su” monstruo. Pensaba que lo estaba adiestrando, que le enseñaba a esconderse y no veía que en realidad si no quería ver que nadie lo podia ver es que tal vez tampoco ella estaba convencida de querer verlo o tal vez empezaba a ver lo que vendría después.

Un tiempo que dice que él sonreía y que acostaba a su lado intentando no despertarla y que siempre había desaparecido cuando abría los ojos.

Algunas noches la llevaba a las estrellas, viajaba de su mano o subida a él. Pasaba miedo y vértigo pero cerraba los ojos y luego a pesar de temblar hacía ver que los había tenido abiertos y que había visto paisajes increíbles.

Se disfrazaba para buscar excusas que la hicieran reír. Disney y los malditos payasos daban cobijo a sus manipulaciones… le gritaba por favor pero nadie escuchaba la voz y el monstruo, socarrón no decía nada, se burlaba y le susurraba “no volverás a tener sueños donde dejes de verme” y ella se lo creía. Cómo no hacerlo, imposible no hacerlo.

Dormir se hacía cada vez más imposible, los sueños se rompían de golpe, los sueños se convertían en pesadillas de una vida sin dormir, de sueños rotos donde no quería ir con él ni estar con él pero él hacía oídos sordos y se imponía. Cada noche se hacía más grande y más verde y más verde hasta hacerse negro.

Y a más negro más miedo, más dientes y ojos más profundos cristalinos, donde se veía reflejaba y veía como hacía de tripas corazón. Ya no la abrazaba por la noche para darle calor y podía sentir el frío de su aliento.

Y la ya menos niña empezó a creer que sería siempre así. Llegaron momentos donde sin verlo temblaba y lloraba. Lo creía ver delante suyo mirándola escondido y detrás intentando que ella no se diera cuenta, haciendo putadas para que las cosas no le salieran bien. 

Empezó a aguantarse las lágrimas y hablar bajito para que él no la pudiera escuchar y robara la poca ilusión que dice le quedaba. Pasó de viajar por la estrellas a sentirse estrellada, a vivir en un lugar oscuro donde los rayos del sol muchos días no llegan porque él es ya tan grande que lo tapa todo.

Ahora sale poco o no sale. Así nadie verá las marcas en su cuerpo. Lo que antes eran besitos del “Verde” ahora son marcas y cicatrices de mordeduras. Avisos las llama él, solo para que recuerde que debe pensar en él.

A pesar de los años y de haberle puesto muchos apodos, algunos cariñosos y tiernos, ahora sólo puede nombrarlo como Monstruo. Es lo que es y ahora ya sabe quién está detrás. Ahora sabe quien detrás de ese Monstruo pero decidió no decir nada, porque creía que no había nada que decir, que no cumplirá los 20 y que no hay sitio para ella en este “mundo de monstruos”.

Hoy me ha presentado al Monstruo y entiendo que le tenga tanto miedo. Lo he sentido yo también. Escucharla me ha permitido verlo yo también…

– Lo ves? -me ha preguntado

– Si, lo veo.

– Entonces estás también en mi mundo.

– En tu mundo sí, pero la parte del mundo donde yo estoy él no tiene cabida. No puede estar aquí.

– Puedo yo estar ahí, hay sitio para mí?

– Sí claro. Tienes todo el sitio del mundo.

– Seguirá el monstruo ahí?

– Posiblemente sí y deberás aceptar que el monstruo un día te hizo daño pero aprenderás a ponerle límites y que no pueda volver a hacerlo.

– Y si es demasiado difícil para mí y no soy capaz de hacerlo bien?

– Escuchándote pienso que lo más difícil ya lo has vivido.

No se lo he dicho pero al final de la sesión en mi cabeza resonaba una frase… y mataría monstruos por ti.

Jorge Juan García Insua 

La higuera de mi madre

Ha venido a verme porque le hacía ilusión conocerme en persona. Me ha dicho que en persona soy más alto y delgado pero que “en persona” le he trasmitido la misma serenidad y tranquilidad.

Y entre presentaciones y abrazos nos hemos sentado bajo la higuera mirando la ría.

– Yo me crie en una aldea como ésta, luego la vida y el trabajo me llevó para otros sitios. Entiendo perfectamente cuando escribes sobre esta tierra.

– Te veo con la misma serenidad que en nuestra última sesión y me gusta que sea así.

– Me acuerdo mucho de aquella última sesión, entender que el proceso también consiste en no entender todo lo que va sucediendo y va cambiando en mí y que la calma llega no cuando nos resignamos sino cuando aceptamos nuestro propio caos.

– Así es. Todo lo que nos sucede es parte de la vida y de nosotros.

– Me llegó muy hondo lo que una vez me dijiste, que tenia que abrazar mi tristeza y seguir haciéndolo hasta entender qué mensaje tenía para mí. Hasta entonces las peores decisiones las había tomado estando triste y queriendo huir de ese sentimiento, en cambio las mejores también las tomé estando triste.

– Te arrepientes de todas esas “nuevas” decisiones?

– No, sabes que no. Las mejores que he tomado, no fue fácil, me costó verlo, dar el paso… pero las mejores que he tomado nunca. No las cambiaría.

Ella es una mujer fuerte, muy fuerte que pensaba que las mujeres fuertes tenia que sentirse solas, que si se caía debía levantarse sola y antes que nadie y que alguien la viera hacerlo.

Era de esas mujeres fuertes que pensaban que el dolor (no el físico sino el mental y el del corazón) se callan y si duran es que debe haber una pastilla que lo mitigue.

De esas que a menudo se enfrentaban a vida a base de rabia y rencor. Con mucho miedo y con dolor en la mandíbula de apretar los dientes. Pensando que todo el mundo esperaba de ella que estuviera en 20 sitios a la vez y ella sintiendo que no llegaba o que si llegaba lo hacía mal y total… para sentirse culpable y sola.

Era de esas mujeres fuertes que mientras otros miran las estrellas ellas a pesar de todo, se sienten estrelladas. De esas que no quería ver todo el amor que podía llegar a dar aunque no se amaba a sí misma. De esas que pensaba que la vida le decía “no!” Una y otra vez y solo le decía “así no, espera…”.

Hubo un tiempo que la vida se le puso del revés y que por más que lo intentaba no había forma de ponerla del derecho. No tuvo más opción que ser doblemente fuerte, demasiado tiempo, tanto como para no darse cuenta que las reservas se agotaban y que eso en lo que nos educan de que si te esfuerzas y te esfuerzas mucho llegan siempre las recompensas. Ella seguirá fuerte, se obligaba a serlo cada vez más rota por dentro esperando la promesa, esa de que las cosas buenas llegan.

Muchos la veían como una héroe por aparentar poder con todo, sonrisa siempre puesta. Por dentro se consumía, rabiaba y empezaba a odiar a todos por pedirle tanto y no darse cuenta que no podía más. Esperaba de otros el primer paso, ese que solo ella podía dar.

Por eso fue tan importante no entender durante un tiempo el proceso, dejar de automedicar sus sentimientos y poco a poco conocerse y reconocerse.

Hoy he visto a la mujer fuerte, ahora sí que siempre fue pero su fortaleza no viene de todo lo que dejó atrás sino de la tranquilidad de ser dueña de sus pasos y responsable de sus decisiones.

Sigue habiendo miedo, como lo tengo yo y lo tiene cualquiera, pero ahora pesa poco y sube y baja… con las mareas. Como las personas son más bonitas de bajada, cuando se descubren y no tienen como ocultarse.

Gracias por la visita y si nos vemos que sea así, compartiendo higuera, huerta y confidencias. 

Aquí siempre tendrás la de mi madre.

Jorge Juan García Insua

“El mundo rompe a cualquiera, muchos se hacen fuertes en los momentos rotos” 

E. Hemingway

Un niño no sabe ir lejos

“Lo primero que quería era irme bien lejos,

Lejos de todo, hasta de los mosquitos. Irme hasta mirar a mi alrededor y sentir que no había nadie, nadie para nada, nadie… que me volviera a hacer daño.

Lejos del dolor del recuerdo de aquellos niños que se burlaban de mí, que me maltrataron por primera vez a los ojos de todos y que nadie quiso ni supo ver… aún me duele Jorge, solo tú ahora lo sabes. Roto… desde entonces y para siempre. Eran solo niños pero me hicieron tanto daño, tanto que me mataron en vida.

Siempre roto.

Lejos de esa primera lección de la vida, de bajar la cabeza, cerrar los ojos y apretar los dientes mientras recibí otras, no te la imaginas… me follaban como se folla a una muñeca, así… de usar y tirar… y que pase el siguiente. No sé cuántos, cuántas… qué más dá. A nadie pareció importarle. Si me hubiera tirado a una cuneta nadie me habría buscado.

Y un niño no sabe ir lejos, hasta en eso me engañaron. Un niño aprende a soltar todo eso a través de los puños, a romper puertas, a decir que me hice daño con un martillo cuando el martillo lo cogí para romperme los huesos, para castigarme, para matarme ya que un niño no sabe matarlos a ellos.

No era suficiente. La vida debió pensar que no era suficiente y dedicion que otros a su antojo dispusieran de mí. Así llegaron los 11, los 12, los 13…

Los 13 me dieron luz para empezar a pensar que merecía morir pero ni eso me enseñaron bien y la mierda de vida decidió que debía vivir arrastrándome ahora que me había empeñado en destrozar hasta convertir en polvo algunos de mis huesos…

(Largo silencio… coge aire)

Crees que alguien tuvo compasión? Nadie levantó la mirada a mi paso. Si alguna vez fui o tuve algo esos días lo perdí. Crecí sin nada, pasando los días y esperando la noche parado con los brazos en cruz a oscura en carreteras de mala muerte rezando… rezando que pasará un camión, un grande grande y me llevará por delante. 

Soy tan cabrón que cada dia me despertaba tumbado en esas jodidas carreteras, supongo que caía muerto de cansancio y joder joder… algunos días olía meao, no sé si mío o de algún puto animal que se acercaría hambriento y ni por esas me mordía.

Tal vez así llegaría al cielo porque hasta eso parecía que no era para mí. No para un puto suicida, parece ser que allá arriba tampoco nos quieren. Para eso si valía! Para ser pecado! A la mierda el derecho de admisión Jorge! A la mierda todos.

De eso sí que tengo, mierda. Me sobra mierda, por dentro y por fuera y sabes lo que pasa con la mierda? La recoges pero sigue oliendo. Joder, yo debo oler a kilómetros.

Por eso mi padre me… en fin, desapareció. Igual no soportaba mi olor, tal vez apestaba más que yo y… no te creerás lo único que recuerdo ya de él… “espabila, ten agallas, sé un hombre”. Te imaginas? Ten agallas… pero espera que aún lo remató con un “lo último que quiero en esta vida es un hijo maricón”.

Maricón. El marica nace o se hace Jorge? Tendrás que ayudarme también en eso porque no sé lo que soy o lo que me han hecho ser o si puedo ser algo…

Aquella noche no dormí, bueno llevaba muchas sin dormir pero aquella… te faltarían folios para apuntar todo lo que me metí, fumé… hasta por las orejas, hasta por el culo… como quería mi puto padre. Y por más que me metía me despertaba al día siguiente o a los dos días o a los cuatro, respirando. Increíble verdad? No me quieren arriba pero tienen la mente tan retorcida como para que siga vivo. Debo ser el circo de feria más entretenido que han tenido, luego dicen que los psicopatías estamos abajo…

Bueno, no sé si lo soy? Lo soy Jorge? No estaría mal. Un suicida psicópata tiene glamour. Joer y que lo sepa mi padre. Mejor un suicida psicópata que un suicida maricón.

No puedes entender cuando ves que otros si lo han hecho, sí lo han conseguido… me cago en… qué valientes! Ellos sí y yo, aquí explicándole mi vida a un loquero. No te enfades, te lo digo de buen rollo.

Entiendes por qué quería irme lejos. Nadie quiere escuchar esto, nadie quiere escuchar a la mierda. Y tú vas y hasta escribes sobre ello? Pensé… a este tengo que conocerlo, está más loco que yo o ha visto mucha mierda.

No sé si vengo para que me ayudes a encontrar el valor para volver a intentarlo o para acojonarte, que me digas que no puedes ayudarme y así tenga una excusa más. Como si las necesitara, como si no tuviera suficientes.

Igual no llego a la siguiente sesión. Nadie me echará de menos, tú… pareces buena persona. A las buenas personas les caen las grandes mierdas. Has pasado por mierdas Jorge? Joder, será que soy una buena persona? Qué cabrón el de arriba! Ala! No había más buenos que tenia de dejar caer toda la mierda sobre mi. Toda para mi!

(Llora. Largo silencio)

Entonces, cuándo nos vemos? Si llego… si no llego es gratis no?”

No he pronunciado una palabra en la sesión. Salvo presentarme, pedir permiso para grabar y luego para cerrar día, hora y pedir permiso para publicar.

Se ha levantado varias veces, se ha sentado en la alfombra, se ha estirado… cogido a la caja de pañuelos. En todos esos movimientos he sentido que no debía hacer, que si para él así estaba bien, así estaba bien. Imposible no sentir, removerte y emocionarte cuando alguien llega a ti así.

Cuando se ha marchado solo pensaba desde el suelo que hay que ser muy valiente, mucho más de lo que puedo llegar a concebir para con todo dar el paso y venir hoy aquí.

El resto me llevará unos días bajarlo o tal vez me dé la oportunidad de hacerlo juntos.

Jorge Juan García Insua

Antes de acompañar somos acompañados

Hoy una paciente en sesión mientras reflexionaba sobre sus relaciones ha conectado con la dificultad de “acompañar” y me ha comentado que los psicólogos deberíamos explicar más el significado y sentido de “acompañar en terapia y fuera de terapia” porque sería de gran ayuda para otras muchas personas.

He querido coger el guante. Primero porque como psicólogo me siento responsable y tienes razón, deberíamos dedicar más tiempo a explicar la necesidad de acompañar y desde dónde acompañar y segundo porque hacer este ejercicio también implica ser responsable, a tus ojos y a los ojos de quien me lea y escuche, con mi trabajo como psicólogo y psicoterapeuta.

Te diré lo que significa acompañar…

Acompañar es construir contigo una relación cercana y de absoluta confianza.

Acompañarte es sentarme delante tuyo de igual a igual.

Acompañar es crear un espacio de seguridad y tranquilidad para ti.

Acompañar es darte las gracias por compartir y escucharte agradecido.

Acompañar es que te permitas sentir y que te sientas tú mismo en el momento presente.

Acompañar es callar mi voz interior cuando empezamos la sesión y regalarte silencio.

Acompañar es ser altavoz de la tuya y sólo de la tuya.

Acompañar es permitirte ser, dentro y fuera de la consulta.

Acompañar es estar aunque no te sientas bien, aceptar que está bien que te sientas asi y ayudarte a aceptar que tras ese sentirse mal hay un para qué.

Acompañar es respetar tus tiempos y tu pasos.

Acompañar es aceptar que es tu proceso, tuyo es el timón y la dirección.

Acompañar es no decirte qué se supone que tienes que hacer y darte las herramientas para que vivas y actúes según lo que piensas y sientes.

Acompañar es escuchar activamente, en mayúsculas. 

Acompañar es ayudarte a ser responsable de tus pensamientos, emociones, actitudes y conductas 

Acompañar es estar a tu lado paraa entender el para qué de tus conductas y pensamientos para que tú decidas cómo recuperar el control.

Acompañarte es enseñarte cómo identificar y expresar las emociones, incluso aquellas más incómodas. 

Acompañar es dar contención y apoyo emocional para que te permitas sentir, reflexionar y decidir en consonancia.

Acompañar es estar emocionalmente a tu lado cuando te enfrentas a los desafíos del día a dia y te permites Vivir de una forma más plena y satisfactoria para ti.

Acompañar es mostrarme comprensivo y empático. sin dirigir, invadir ni intentar gestionar, cambiar o apropiarme de tus emociones ni de cómo las experimentas.

Acompañarte es saber estar no saber hacer porque todos antes de acompañar hemos sido acompañados.

Espero que ahora sí haya sabido explicar lo que significa acompañar pero sobre todo que veas reflejado todo eso en cada una de las sesiones que llevamos juntos.

Espero seguir acompañándote.

Gracias por permitir acompañarte.

Jorge Juan Garcia Insua

Vidas de rosas y dragones (Casi 23 de abril)

He soñado que volvía a nacer, otro siglo, otro país, otro color de piel y al abrir los ojos los tuyos.

He soñado que me perdía en ellos, que me gananan una vida más, poquito a poco y escucho como me hablan, flojito… al oído, susurrándome que deje de buscar la palabra, que tal vez no exista una exacta… que hay un destino para cada vida y todas las mías son ya tuyas.

Y me cuesta poco cerrar los ojos y dejarme soñar. Querer soñar y tú entre una colección de recuerdos, apasionados, eternos y sueño creyendo que esos, todos esos nos pertenecen y con los ojos cerrados quiero creer que todos y cada uno de ellos son verdad.

Tan verdad como que cuando yerras queriendo querer alguien se apiada y te deja volver a intentarlo y sanar… no con palabras que curarán heridas sino con saliva que te cubre la piel, por eso mis labios te recorren cada mañana.

Si sigo soñando poquito a poco voy cayendo en tus manos, en esas que me acarician el pecho cuando el sueño te vence y me convencen que seguirás en él cuando despierte…

Soñaré que abriré los ojos en nuevo nacer y lo haré convenciéndote que nunca es tarde si volver y volver es hacerlo junto a ti. Vidas perdidas para ganar el instante de besarte, cerrar los labios y abrir el corazón mientras siento que algo se mueve dentro,

Si volviera a nacer pediría hacerlo dentro de ti, en las coordenadas precisas, muy dentro y profundo para seguir recreando que cada parte de ti es mía, para acariciarte de todas las formas imposibles que nos atrevamos a imaginar y alimentarme (de ti) hasta que mi espacio sea de nuevo tuyo.

Volveré porque hay una lengua que solo contigo me atrevo y creo saber hablar. Volver para querer y vivir. Volver para pedirte perdón porque intenté dejar de ver lo bueno que hay en ti en un intento absurdo de olvidarte y alejarme… y cuando creí haberlo conseguido vi que no quedaba nada que ver.

Puedo imaginarme recorriendo tu cuerpo hasta deshacerme en tus labios, en los que me saboreas y te mordisqueas. Poco a poco olvidando mi nombre y mis apellidos, cada historia que hice mía, mi reflejo y cada cosa que en algún momento ha sido mío, los recuerdos de los que no has participado, algunos fantasmas y me alejo de tu olvido…

Si alguna de estas vidas la empiezo en la cuna gatearé hasta el lugar donde nos encontramos y crecimos, tú y yo, tú y yo con un mundo tan grande que no nos cabe en las manos y que nos moja de lluvia hasta entender que te moja distinto cuando estás enamorado

En cada vida corregiré las líneas del destino para que la casualidad nos cruce antes, que me lleve allá donde estés para ser tu almohada cuando te duermes antes de que la película empiece. Te acariciaré hasta convencerte que todas las vidas son nuestras y nos pertenecen, que no tenemos remedio… ni disculpa ni perdón.

Otra vida para aprender a escribir poesía y para descubrir que aún recreo tu sabor. Buscarte para darme la razón, donde mis labios sacan lo mejor de ti y hay algo mágico en nuestro poco a poquito, otra vida y otra y otra y gritar hasta quedarme sin voz que… no cambiaría nada.

Una para no tener que fingir, para decirte cómo brillas y desear que algún día brilles así pensando en mi, verte como el arte que eres, mirarte perdido y asustado, sin saber decirte que he sido en todas las vidas tan pobre como desastre y que no echo nada de menos cuando me abrazas y entonces siento que todo está bien.

Una para esperarte. Misma hora. Mismo lugar. Aunque me digas que sales tardes. Aunque te diga que me iré temprano sabiendo que querré quedarme un poco más.

Una para hacernos viejos sintiendo que alguien cuida de mi y yo de ti. Ver que mis canas ponen orden a mi mundo interior, me calman y te calma hasta casi olvidos momentos que en vidas pasadas lo pasamos mal. Darte una mano para enseñarte el cielo y convencerte que ya no quedan tormentas mientras en la otra te escondo un paraguas estampado en estrellas…

Una última para escuchar en bucle todas las canciones de amor que en silencio te he dedicado y abrazarte con devoción, tanta que cuando empiece a desaparecer, cuando se acerque mi último segundo puedas grabar mi mirada, esa que te dice que sabía que llegaría el momento, que llegaría el instante de no ser capaz de evitar que esto acabe, que tantas veces habremos sido inicio y a cambio debe haber una último final…

Confía, cree en mí y haré un último intento. Trataré de explicarle a San Pedro lo que significan todas estas vidas contigo. Le diré que no puede atarme al cielo sin antes dejarme las vidas necesarias para desatarme de la tierra, que habiéndote conocido no estoy dispuesto a irme y no puedo mientras tenga vidas donde encontrarte. Sabe Dios que me sobra fe para saber que no se puede renunciar si hacerlo algo dentro te duele.

Le diré que fue conocerte y soñar bonito, que nunca soñé que fuera tan bonito como vivirlo contigo y que si me marcho nunca será junto a ti y siempre será por ti.

Una más para irme antes que tú, para tener la edad suficiente de entender que podemos vivir, seguir como si nada y sin haber aprendido nada, una más para que no llegue un día que dejes de creerte mi Princesa y yo tu espolique, embobado deje de ser dueño de mis deseos para desear los tuyos y a ti.

Nacer de nuevo en medio de un 23 da abril de una año cualquiera en plenas Ramblas firmando libros que llevan tu nombre. Me imagino como cada vez que alguien me pida que lo dedique se me escapa una sonrisa pícara de quien te sabe protagonista porque tu recuerdo vale una vida, una que no necesita escribirse en páginas blancas para saber que los dragones son más reales que los caballeros y casi todo es posible… si es contigo.

Volver a sonreír aún sabiendo que las he gastado hasta quedarme sin ninguna. Culparme porque no sé cómo todo a veces sale todo al revés, que lo único real fue quererlo y soñar quererte para siempre, que todos los deseos entran en un último aliento… y su recuerdo depende más de ti que de mi.

Una.

Para un te espero hoy, para un te espero mañana, para un te espero… sin más, que tal vez ahora cada vez que veas a alguien firmando un libro te acuerdes de mí susurrándote que algunas historias son verdad y algunas, sólo algunas, además son bonitas.

Casi tan bonitas como tú.

Jorge Juan García Insua

(Un casi 23 de abril…)

Mucha mierda

En un momento de la sesión me ha dicho…

– No puedo mirarte y decirlo, no puedo… me da vergüenza…

Sin intervenir he esperado a que decidiera seguir, las palabras parecían no querer salir de su boca. Y ha seguido…

– Vergüenza y… miedo. Necesito decirlo, la de veces que me lo he dicho…

– Déjame que te proponga algo, te ayudaría si no me ves, si no estoy delante tuyo?

-Lo dices en serio? No quiero que te molestes…

– No es ninguna molestia, es tu sesión recuerdas? Tú mandas en tu espacio.

Y me he sentado en el suelo detrás de su butaca. He permanecido en silencio mientras ella respiraba profundamente, miraba la butaca vacía y su sesión ha continuado…

– Soy defectuosa, algo hicieron mal conmigo porque no recuerdo un solo momento de mi vida donde haya tomado una decisión correcta… siempre he estado rota, sigo estando rota y buscaba alguien que me arreglara y una rota solo ve a los rotos como ella y dos piezas rotas difícilmente encajan, difícilmente pueden ni parecer una… creo que he intentado tantas veces encajar con alguien que perdí la cuenta de como de rota estaba y cuánto me seguía rompiendo… he nacido tan defectuosa que dudo que algún día deje de estar rota…

Y así ha seguido la sesión, prácticamente sin yo intervenir. Solo acompañaba, estaba.

La escuchaba mirando la butaca, mi butaca. Escuchaba y conectaba. Espejo y reflejo. He acompañado desde ese sentirse tan rota, ese transitar por su “vida de mierda”.

De hecho todas las sesiones de hoy han coincidido en eso, en sentirse en un momento “de mierda” y “sentirse como una mierda”. 

Amo mi profesión pero ahora que apago las luces de la consulta no puedo evitar pensar que es una mierda acompañar desde aquí, saber que lo que necesita el paciente es precisamente eso, que valide la mierda, que lo aoompañe desde ahí y que la sienta junto a él.

Ni delante ni detrás, al lado, De tú a tú con le máximo respeto y validación que sea capaz de dar. 

Acompañar es aceptar el momento vital de la otra persona, no para dar consejos ni decir lo que creemos saber sino para ayudarle a crear un espacio de aceptación, seguridad y confianza para que llegado el momento vuelva a creer en sus capacidades y posibilidades.

Entonces sí, creo que hoy también he acompañado. Espero que ellos también lo piensen…

Jorge Juan García Insua