Todo ha empezado buscando el diente que se le había caído a Jan esta mañana y que había guardado en la mochila en una servilleta que le había dado su abuela.
Cuando finalmente ha aparecido le he dicho sin pensar…
– Menos mal o el Ratoncito no hubiera venido..
Me han sentado los dos y entre bromas me han dado a entender que el Ratoncito, como los Reyes, el Tió, Papá Noel… en fin… que soy yo.
Me he quedado sin palabras mientras ellos bromeaban. Al ver mi expresión Jan me ha dicho bajo la atenta mirada de Pol…
– Pareces triste… no sabias que eras tú?
No he sabido responder excepto… “jo.. ya no creéis… me da pena…”.
– Ya hace algún tiempo que lo sabemos papá pero no sabíamos si lo podíamos decir… – ha dicho Pol.
– Papá no te pongas triste… yo por ti creo y creeré – me ha dicho Jan mientras me abrazaba y besaba.
Así hemos estado unos minutos.
Una vez en la cama al darle las buenas noches a Pol me ha preguntado si ya no estaba triste..
– No cariño, estoy triste pero es normal que lo esté. Que lo sepáis para papá es importante, era muy feliz imaginando que creíais y cuando creíais yo creía con vosotros.
– Por qué es tan importante para ti que creamos?
– Porque yo creí, quise creer muchos años más de cuando sabía que no todo era mágico. Y sigo buscando esa magia en todo, en las ilusiones, en las historias, en las personas, en los corazones… y me pone triste pensar que ahora podáis perder esa inocencia, que dejéis de soñar y de creer que por imposible que parezca todo es posible. Eso lo quiero para vosotros y lo quiero para mi.
Pol me ha abrazado muy fuerte y hemos llorado juntos. Ha venido Jan, nos ha abrazado a los dos y hemos llorado juntos.
Pol ha cogido aliento y serenidad y mirándome me ha dicho…
– Papa… yo no quiero dejar de creer ni de soñar, quiero ser como tú
Escuchar esas palabras ha sido de los momentos más especiales que ahora puedo recordar con mis hijos. El corazón se ha hecho grande, muy grande y lo he llenado a besitos.
– No sé cariño si has entendido todo lo que he dicho y creo que aún no puedes entender lo que significa para mí lo que acabas de decir. Algún día lo entenderás y espero que te acuerdes de este momento, de este instante que yo no olvidaré nunca y que recuerdes que hoy me has hecho muy feliz…
Los he mirado…
– … y que es imposible quereros más de lo que os quiero.
Jan ha buscado su sitio, se ha acurrucado en mi pecho… “ y nosotros te queremos mucho a ti”.
Y sigo triste pero también lleno y no soy capaz de ponerle palabras. Tal vez sea porque no son necesarias y lo que se podía decir ha sido sentido.
Me he puesto triste porque hoy se cierra una etapa, para ellos y para mí. Pero como todos los finales este va seguido de un inicio…
Es curioso pero cuando me imaginaba de padre podía visualizar estos primeros años pero rara vez los años siguientes.
Tal vez porque alguna vez pensé no llegar a estar vivo llegado este momento, tal vez porque me daba miedo dejar de soñar con ser padre, tal vez porque tengo miedo de no saber hacerlo en esta nueva etapa.
Hoy han decidido que duermen conmigo, uno a cada lado… más Pinguï. Qué mejor forma de acompañarme, de sentir conmigo y enseñarme a soñar con mañana, con pasado y con el siguiente.
Siento que una parte del niño que hay en mí hoy a crecido, ese niño que se niega a perder la poca inocencia que todavía me pueda quedar. Y me duele despedirme de él. Y los quiero con el alma.
Cuánto tienen por enseñarme y yo cuánto por aprender.
Cincuentenario, quincuagenario… suena hasta señorial. No sé si voy a acostúmbrame. Me dicen que a partir de hoy todo es cuesta abajo, que hoy sí puedo decir eso de “cuando era joven…”.
Cuando lo era seguía persiguiendo sueños y hasta me cambiaba el nombre cuando firmaba en el camino de encontrarme a mí mismo. Jorgito, Coke, Ferran DaFonseca… y alguno más que ni llegado al medio centenar me atrevo a confesar.
Cuando era joven me castigaban por pelearme contra decenas por no poder soportar que pegaran o se metieran en la escuela con mi mejor amigo Paco. Y mi padres siempre lo respetaron. Los suyos también.
Cuando lo era seguía durmiendo de un tirón al llegar a la cama, debí aprender a vivir durmiendo poco y es ahora cuando la pereza surge en las fiestas de guardar.
Entonces soñaba con pelotear algún día con mis hijos… ahora maldeciré el día que deje de hacerlo.
En el camino he perdido buenísimo pero sigo sobrado de impulso y energía cuando algo me conmueve y apasiona. Ahora incluso algunos dicen que escribo y se hacen ideas de mí que ni por asomo y sí acepto que lo hago para no dejar de ser lo contrario a un libro abierto.
El primer y último cigarro que fumé me lo dio mi padre en una boda. La primera y última calada a un porro fue en Hospitalet y fue por amor. La de veces que he hecho algo por primera y última vez por amor…
Me he defraudado más veces que años cumplo… menos a Hacienda. Perdí la cuenta de las veces que me he sentido defraudado, será memoria selectiva o que acumulo años suficientes para aprender a soltar, perdonarme y perdonar.
Me reconozco y reconozco que muchas veces pensé no llegar a cumplirlos y tener una temprana fecha de caducidad. Llego sin tener ganas de saber ni cuándo ni dónde ni dispuesto a dar pasos atrás.
Soy el último de los que conocí en mis años más oscuros. Aquellos que me enseñaron que puedo ganar perdiendo, que las batallas nunca te hacen fuerte si no tienes claro qué te mueve a pelearlas y qué estás dispuesto a perder. Aquellos que una vez me dijeron que valía la pena perder su batalla si a cambio ganaba la mia.
Perder. Aún no he aprendido eso. Soy el torpe que nunca ha sido el más listo ni el más fuerte, sigo tropezándome con las misma piedras pero ahora caigo con más estilo, hago selfies de los hematomas y hasta me dan likes.
Ya no castigo mi cuerpo y lo trato con más cariño. Dejé de buscar su límite y me reconcilié poco a poco con cada una de las cicatrices. Me costó eso de encajar que correr no es de cobardes y que no tengo nada de caballero excepto cada 23 de abril que me da por presumir de ello.
Aprendí a pensar en mi salud y hacerlo casi me cuesta perderla. Nunca mais. Y más costó entender que preocuparme por mi futuro me alejaba del presente.
Sigo sin acabar de escribir esa canción que un día prometí poner letra… tiene alguna frase en gallego y la última frase que de momento tiene es “sigo teniendo ganas ti”…
Como un gusano me encierro cuando me hacen daño o me superan las emociones. Necesito la distancia y el espacio para sentir, entender y volver a creer que algún día tendré algo de mariposa.
Cuantas veces pensé que no daba más, que no podía más, que no vería más y en cambio… nada es tan grave cuando te das un largo abrazo y mucho cariño. Si has conocido a alguien sonriendo sabiendo que estaba roto por dentro también me has conocido a mi. Curioso que ahora sean muchas las veces que acompaño a otros mientras se reparan y poco se imaginan cuantas de ellas me han reparado a mí y cuánta es mi deuda por ello con ell@s.
Y eso que me he callado más de 50 cosas. Algunas siguen haciéndome daño cuando me recuerdan que siguen ahí y me hacen vulnerable. Otras se han convertido en cosas y personas bonitas que me ensanchan las pupilas aún cuando no las ve nadie. Es verdad eso de que todos estamos hechos de Estrellas, las mías forman galaxias de historias, momentos y recuerdos.
Doy lo mejor de mí cuando abrazo y cierro los ojos. Los años y la serenidad me permitieron soñar que era algo parecido al hombre de los abrazos perfectos. Tal vez ya no hago con la misma fuerza pero me sigo emocionando cuando lo hago y no puedo evitar pensar que tal vez no daré otro.
Me he sentido vacío y me he vaciado. Sigo sufriendo cuando sucede aunque ahora no dudo al pensar que no hay otra forma de estar preparado para llenarme otra vez.
No recuerdo en todos estos años haber visto bailar a mi madre pero cómo reprocharle nada a quien tanto le debo sabiendo que soy parte de la música de su banda sonora. Sigo echando de menos a mi padre. Todos los días y sigo esforzándome en hacer que siga estando orgulloso de la persona que soy y seré. No puedo soportar la idea de pensar que mis hijos no lleguen a estarlo de mi.
He pasado horas y horas en atascos, caminando en transbordos eternos, escuchado la misma música con los ojos cerrados, he llevado hasta tres móviles y nada de eso acabó por hacerme feliz. Soy fruto de muchas personas que dieron una primera oportunidad, que confiaron y creyeron ver en mi algo especial. Antes de saber dar es tanto lo que recibí que siempre estaré en deuda.
No te creerás los Km que acumulo entre mis piernas y mi corazón. Durante años me llevaban los demonios pero se calmaron y con ellos el miedo a caer y no poder dar un paso. He perdido la cuenta de los amaneceres que he disfrutado a la orilla del mar. Me he vuelto adicto a hacerlo fácil, a agarrarme a lo que me hace feliz y dejar atrás aquello que me quite el sueño.
Me cuesta recordar cómo era con 30… y con 20 ni lo intento ni lo necesito. Pasar por los 20, los 30 y todos los 40 me ha llenado de momentos. Vivir es lo único urgente, el resto es cosa de la edad.
Sigo sin cumplir tantos años como para superar al número de personas que han llegado a mí para intentar seguir cumpliendo edad, solo por eso vale la pena llegar al 5…
Si lo pienso llego aquí sonriendo todos los días aunque sea un poquito, pintando canas y con el pelo más largo de lo que apuntaban ciertos genes familiares. Lo de mis genes y la familia necesita de 50 años más para ser entendido por la ciencia. Tal vez sigo vivo para darles tiempo a estudiarme con conciencia.
Me sobran ganas para más. Me sobran para que me des 50 abrazos más los de propina… y un beso al final. Me sobran para seguir sin darle mucha importancia a mis años porque sea el año que sea poco refleja lo que a lo largo de ellos he vivido y compartido.
Y todo esto que te escribo está bien. Todo esto es gracias a mi edad, a mis canas, a mi locura y a mis ganas… sean 50 o sean muchas más. Tengo la experiencia que me dan los años y la edad que aún no han cumplido mis sueños.
Si tienen razón y en mi camino empieza la caída voy a dejarme llevar, sí y lo voy a hacer planeando. Alguien pensará que lo hago por joder a los que tienen prisa (y no les falta razón) pero lo haré porque ya que he llegado hasta aquí no quiero caer sin más y quiero disfrutar de las alturas.
Quiero fingir que tengo miedo para tener excusa de cogerte fuerte de la mano y tocarte por debajo de tu espalda mientras dure la bajada, quiero sentirme pequeño y soñar en grande mientras escucho una y otra vez la historia de Tommy y Gina… Caer aprendiendo, acompañar y ser acompañado, sentir cómo se acelera el corazón para seguir mirando cuando el viento me cierre los ojos y cuando irremediablemente me acerque al suelo convencerme que todavía no es suficiente, que quiero más, más más más… y soñar que mis alas se extienden, tanto tanto tanto que me olvide de todos estos 50 años excepto de las personas a quienes tanto quiero y querré 50 más.
Lo vales todo. Tú lo vales. Lo que puedo imaginar y lo que nunca llegaré a soñar. Para que lo supieras te dije que quería un contigo.
Aunque fuera un solo segundo un contigo era apretar el lazo un poquito más, era un poquito hacer más eterno lo que nada es para siempre. Tienes el don de la presencia incluso cuando no hablas no me escribes o no quieres estar. No te había conocido y te dedicaba frases en silencio, tan infantil que sin enviarlas esperaba que te llegaran y que mis musas no lo supieran, que ni se enteraran… Pues de saber tu nombre me odiarían por no tener el valor. Tú, yo, ellas o los dos.
Y no lo entenderían. No entenderían que no sepa explicar como estar contigo a pecho descubierto es todo y nada y no va más. No entenderían que cada mirada es un sentir y que mirarte es sentir miedo a perderte mientras aquí me quedo, temblando… esforzándome en retenerte, grabarte para no arrepentirme si mi memoria se olvida y se me olvida el momento.
Yo todavía me arrepiento de no dedicarte aquellas palabras. Aquellas y las siguientes. Lo intenté, no puedes imaginarte cómo y cuánto y quise tantas tantas tantas tantas veces que perdí la cuenta. Estar contigo es… era… será…
Estar contigo sin buscarte y dándome cuenta de haberte encontrado. A veces cerrar los ojos y desear que me alcances, otras soñar que te espero llegar. Ay los sueños… Saber que me lees y revives los sueños, esos que recreo cada noche y donde lo hacemos juntos… de la mano, mano con mano, entre manos… sin manos. Sintiendo lo que siento y entendiendo cada palabra que escribo.
Yo? Quería y quiero estar contigo. Sin un adiós, un aquí estaré o un para ti… Estar antes de que te vayas, te alejes y no quede nada y no va más porque mis Musas te descubran. Me siento extraño y escribo sin sentido sabiendo que si desapareces mi inspiración me abandonará en señal de protesta. No la inspiración de escribir, esa te pertenece, hablo de la de respirar, de esa que si falta faltaré. Faltarás.
Sabes?
Me quedaré sin hablar antes de perderte para siempre. Me niego a sentirlo y a aceptar que si sucede sea para un hasta siempre. Silencio, me haré silencio, seré silencio para acordar y recordarme de ti y de cómo tu tacto me hacía feliz.
Me niego a bajar la cabeza, a dejar de vivir… a no sentirme de ti. Quererte crece con la edad, los años todavía me hacen hervir la sangre y no quiero perder trozos del pasado de cuando tu sonrisa me hizo feliz.
Un contigo aunque me haga más mayor y sea el último sobre la faz de la tierra que todavía hable y escriba de amor. Aunque ya nadie me lea y entienda que nada de lo que dejo me hará inmortal.
Tal vez se trata de eso, de que lo sepas tú, de que sientas que me fui sin dejar de sentir por ti. Y todo eso el año que empieza y soñaba estar contigo, todo eso el año que justo empieza y ya me ha enseñado que se puede tener miedo y amar y que no existe una mejor versión de mí de la que vivió un contigo.
como sé que ni una de esas veces lo he dicho sin sentirlo.
Me gustas…
Me gustas porque no eres de viajes cortos cuando se trata de conocer tu cuerpo. Me gusta conocerte y reconocerte a través del tacto y el olor de tu piel. Me gusta que me gustes y soñar que te guste y que gustes junto a mí.
Gustar, gustarte, me gustas. Sí. Lo sabes. Te lo he dicho, repetido y he querido hacértelo sentir.
Cómo me gustas… quería ponerle palabras pero no, no me llegan, son… tan cortas y tanto, tanto me…
Me gusta no ser de paso y a ti que insista y me quiera quedar. Me gusta que nunca me hayas dicho adiós y que yo no sepa irme, no quiera ni me salga hacerlo. Por eso me quedo, por eso me gusta estar, estarte… para ti. Contigo.
Me gusta pensarte sin querer y quererte sin pensar. Pensar que te beso y cuando lo hago pensar que no es un sueño y que en cada beso me sientes y te dejas sentir.
Me gusta que recordemos momentos y que pocos o muchos sean intensos, verdaderos como lo que siento y más fuertes que un “te imaginas”… y te imagino a mi lado o yo al tuyo o de la mano o mirándote y que me escuches un “me gustas” verdadero.
Te mereces mucho más que un me gustas. Lo sé. Pero me gusta la paz que hay en tu mirada cuando va acompasada de esa sonrisa… esa en la que me gusta perderme y me gusta mirarte y mirarte besarte mirarte y mirarte besarte y sentir que no es suficiente, que quiero… más.
Te extraño y me gusta. Qué estupido verdad?
Tal vez muchos lo piensen. Pobres. Ellos no te han mirado, sentido, besado, abrazado ni soñado como lo hago yo…. Cada noche.
Me gusta ser estúpido si en eso consiste. Y podría ser mucho más, como nunca nadie lo ha sido antes para que sepas que me gustas, que no lo olvides, que lo recuerdes, que lo sientas… A ratitos, en silencio, en secreto… aunque yo lo escriba y lo publique. Para ti.
Y que te guste que me guste y que nos gustemos, que estemos y nos sobre ir a ninguna parte. Qué gusto que me gustes, que me leas, que te guste leerme.
Me gusta escribir y que sepas que lo hago para ti pensando en ti.
Cuando me ha visto ha levantado los brazos y se ha echado a llorar. Sentirla así me ha roto por dentro.
“No quiero morirme, no quiero morirme…”
Abrazados sobre la camilla ha pasado el tiempo. El suficiente para calmarnos los dos y recuperar el aliento.
“Lo siento Jorge, lo siento sobrino”
Y hemos necesitado tiempo para volver a
Recuperar el aliento.
“No quiero ser una carga, prefiero morirme que haceros perder el tiempo, a la nena, a ti, a tu hermano… Soy mayor pero quiero vivir, vivir… Dios tantos años… Mira lo que me tenía preparado… cumplir años para estar aquí… no quiero ser una carga”
Y más abrazo y más lágrimas.
“Y ahora pobre Patri…”
La he acariciado la mejilla, se la besado. El Nolotil empezaba a entrar por la vía.
Durante unos momentos con sus 92 años y esa locura que la acompaña ha empezado a explicar instantes de su vida. Desordenados, de sacrificio y entre emociones me ha dicho que no somos sus sobrinos… “sois mis hijos… como Marc, como Paula, la pequeña María… como los tuyos… quiero veros a todos… He pensado en tu padre Jorge y en mis hermanos, se fueron tan pronto y al pobre Avelino… no pude despedirme de él Jorge, pobre Avelino… ahora hará un año…
…Le dije a tu hermana que me quería morir en casa, pero no quiero, no quiero morir y si quiero es para no daros trabajo, sois muy buenos, no os lo merecéis, tenéis que cuidar de tu madre no de mi…”
“Recuerdas que un dia te dije que teníamos más de una madre?”
Durante unos minutos me he quedado en silencio, cogiendo su mano y dejando que se fuera tranquilizando y yo con ella
“Crees que irá bien?” – ha seguido.
“Sí, sé que irá bien y sabes que aquí estaremos contigo
“Habrá que ir reservando para el próximo año…”
“Cuando te arreglen ese hueso dichoso y vuelvas a estar en tu casa le decimos a mi hermana que haga la reserva”
“Vale…”
Y como si no hubiéramos hablado nada… “Sobrino y hoy aquí cuál es el menú?”
Un menú muy gallego por cierto hoy en St Pau, como debe ser para una veterana de la vida tan ilustre.
Salía del hospital y al subir al coche pensaba en el miedo que me provoca esa operación pero también me sentía lleno de orgullo de ser su sobrino, de mi familia, de mis hermanos y de que a pesar de los estragos de la edad en su mente mantenga momentos de lucidez emocional tan maravillosos y que pueda seguir compartiéndolos conmigo.
Hoy me ha dado un fémur roto y 92 lecciones de vida. Que sean 93…
Le he ofrecido un espejo. Se lo he puesto delante y no quería mirarlo y bajaba la cabeza en la butaca.
No he insistido. He dado un paso al lado y poco a poco ha respirado hondo y se ha incorporado hasta ponerse delante.
– Buffff… qué miedo. No sé qué decirme… ahora así… No sé por dónde empezar, qué me digo?
Me tiemblan las piernas…
– Prueba a escuchar -le he dicho
– Escuchar… escuchar… a un espejo… buffff
– Es solo un espejo?
– No, no es solo un espejo
– Y si no es solo un espejo qué es eso que hace que tus piernas tiemblen?
– Vaya mierda Jorge, joder! Soy yo, yo… no ves? Por eso no me miro en los espejo.
– Qué es eso que debo ver y que estás viendo?
– Soy una fracasada. Una fracasada que lleva la vida haciendo lo que se supone que debía hacer y aquí estoy. Pérdida. Hundida. Cómo me decías? Sin querer tocar suelo, sin querer reconocer que estoy en la mierda. Y por qué? Porque no lo conseguiré, porque vivo en un castillo de cartas, de naipes… yo ahí viendo como mantenerlo para que nadie se de cuenta… qué absurdo verdad? Qué ridícula! Y me rompo y lloro, lloro porque me veo, veo que no me llevo nada salvo… una mierda… y qué vendrá? Otra mierda…
(Respira profundamente y se seca las lágrimas)
– Y se supone que debo pasar página y seguir…
Pero seguir hacia dónde? Seguir cómo? Y si no sé? Y si solo sé hacerlo mal? Y si nunca paso página? Y si siempre ha de ser así? Y si ésta es mi vida? Y si sólo sé decidir mal?
No aprendo, lo siento.
– A mi no… sigue mirándote. Dítelo a ti.
– (Llorando). Lo siento, lo siento.
La abrazo… le doy espacio y me pongo tras el espejo. Sigue…
– Lo siento. Me matan los días que pasan y sigo en el mismo sitio, me mata esperar a que otros den el paso, que me digan el qué, que me hagan perder el tiempo… qué fácil culpar a todos, culparles de no entenderme, de hacerme daño y no querer ver el daño que me hacía a mí…
Hay sesiones donde el futuro explota y desaparece entre los trozos del presente. Donde llegamos pensando que el futuro está lleno de rencor y olvidos y vamos aprendiendo que un olvido que sigue doliendo no es un recuerdo sino una cicatriz.
Idealizamos al tiempo, le damos la capacidad de darnos la oportunidad de ganar, de volver a tener y mientras pasa no dejamos de perder. Nos engañamos diciéndonos que todavía somos niños y que la vida pasa y que siempre volverá a pasar a nuestro lado, que aún no es el momento de que pase algo y sin pasar nos pasa la vida.
Y cuando lo ponemos delante, cuando nos escuchamos y el espejo nos refleja y dice que siempre es el momento para que pase algo. Qué poder el del espejo… pensamos que nos dejan vernos por fuera y si nos lo permitimos reflejan lo que llevamos dentro.
Todos los tocar fondo son un se acaba y van acompañados de un lo siento, de un “tiempo perdido” ganado a un futuro con sabor a perder. Todos los tocar fondo son la oportunidad de ser el espejo donde nos queremos ver.
Una noche al acabar sesiones miré los mensajes recibidos y uno de ellos era un audio. Al escucharlo me hablaba con una voz casi sin fuerza pidiéndome ayuda.
No había foto en su perfil. Me pedía que la pudiera atender telefónicamente, no quería hacer sesiones presenciales ni tampoco que utilizáramos ninguna forma de sesión que implicara imagen.
Cuando me facilitó sus datos evitó y tapó cualquier atisbo de su cara.
La primera sesión conocí a una persona aislada. Un accidente, un abandono de su pareja, un despido, un aumento de peso y muchos miedos e inseguridades la habían llevado a no salir de su habitación y a cortar prácticamente cualquier lazo social.
Sesión a sesión fue creando zonas de seguridad en su casa. Lentamente íbamos asociando cada avance con cada uno de esos miedos. Había ocasiones donde la sesión quedaba representada con una marca en la pared, para recordar el avance, para dejar que al día siguiente la luz entrara fuerza y consciente del paso dado y del camino recorrido. Sesión a sesión sumábamos marcas y conquistábamos espacios.
Así hasta ayer. Ayer teníamos sesión y cuando le escribí diciéndome que le enviaba enlace para la sesión me contestó…
– Te pico y me abres, pero sin luz por favor
Al instante sonó el timbre. Abrí y apagué las luces de la recepción y las de la consulta. Dejé sólo una vela que apagué al instante temeroso y dubitativo.
Entró cubierta por una sudadera muy ancha, era difícil distinguir su rostro bajo unas grandes gafas de sol. Su voz seguía débil pero muy serena, pausada y aparentemente tranquila.
Me costó unos minutos situarme y sentirme cómodo, me preocupaba no saber, no respetar la distancia y el espacio y sobre todo gestionar la sorpresa de tenerla en la consulta.
Le pedí permiso para abrir yo la sesión. Necesitaba expresarle como me sentía… torpemente le dije…
– Antes de empezar y para poder situarme necesito reconocer mi sorpresa. Me alegro mucho de tenerte aquí y quiero reconocerte y felicitarte por el esfuerzo que has hecho. De todos los pasos que has ido dando este tiene un valor incalculable.
Discúlpame si he sido frío al recibirte, he dudado cómo haberlo y me ha dado miedo que habiendo dado ese paso no respetara el espacio o la distancia que suponía que necesitabas. Por eso he movido mi butaca para atrás y confieso que había encendido la vela y la he apagado para no molestarte.
– Gracias Jorge, siempre tan atento… muchas gracias. Gracias por ser tan sincero y lo siento, debería haberte avisado pero me ha salido así, daba un paso para delante y uno para atrás… temblaba.
No sé decirte qué se me ha pasado por la cabeza pero es algo que llevaba unos días pensando. Viendo tan cerca… hacía tanto tiempo que no salía… pensaba en cuando te pregunté cómo hacías estas sesiones telefónicas y me decías que te sentabas en la butaca con los cascos y sin luces, que era tu forma de conectar con la voz y así evitabas descentrarte y sentías que la sesión fluía. Pensé que no era justo dejarte tan solo – me dijo mientras reía tímidamente.
Cuando la sesión anterior pactamos aquella marca en la puerta de casa… no sé, activó algo en mí y de alguna forma empecé a pensar en salir… en volver a salir y en todos esos miedos, en todo lo que habíamos hablado sobre ellos. Pero me asustaba y quería volver a mi habitación. Pero entonces miraba las marcas… todas, todas Jorge. Las tocaba y tocaba… tocaba todas esas marcas que hemos ido haciendo…
– Bien. Y ahora que estás aquí que significan todas esas marcas para ti?
Y la sesión ha fluido. A pesar de mis temores y de los suyos. Los hemos puesto ahí, delante y durante algo más de una hora se han hecho pequeños. A ratos sentía que hubiera podido cerrar los ojos y seguir conectado y presente.
Al despedirse me ha pedido que no me levantara…
– No te preocupes, sé que lo harías. Seguro que lo haces siempre pero me sentiría incómoda y todo ha ido tan bien…
– … tan bien como para que la siguiente sea presencial?
– No lo sé. Tal vez. Alguna más seguro que es presencial. Tal vez si escribes me lo piense – y volvió a reír tímidamente.
– No lo sé… tal vez lo haga, si me lo permites.
– Permitido quedas.
Cuando salía de la consulta se giró…
– Puedo pedirte algo?
– Dime.
– Ahora que me has visto… Bueno más o menos… si nos cruzamos, si nos encontramos en cualquier sitio que no sea esta consulta…
– Prefieres que actúe como si no te conociera?
– Sí, por favor.
– Así lo haré. Puedes estar tranquila.
– No te molesta verdad?
– No en absoluto.
– Gracias… pero si escribes no pongas esto… qué vergüenza.
Hace no mucho me recordaban en una formación que el terapeuta, como el coach, debemos entrar en sesión con la mente abierta, receptiva, sin juicios. De lo contrario las mismas situaciones que pueden generar impotencia o frustración al paciente pueden convertirse en barreras y limitaciones para nosotros. Digas lo que digas eres cómo lo haces.
Yo tuve miedo al escuchar el timbre y abrir. Algo tan natural como recibir a una persona y ofrecerle la consulta como un espacio seguro me resultó incómodo por momentos. Reconocerlo, sacarlo y compartirlo me ayudó a vaciarme de esos miedos y dándole su espacio encontré el mío.
Ella se marchó cerrando la puerta con mucho cuidado y dejando una marca. Una que no he visto hasta esta mañana. Ahí seguirá, solo visible para ella, para mí o tal vez para algún paciente que lea estas líneas y curioso la busque.
Nunca esperas una llamada de despedida, ni siquiera cuando sabes que está muy cerca. Tampoco esperaba la tuya.
Me has llamado con la voz cansada pero todavía con ese punto canalla que te caracteriza y me has dicho que lo hacías porque era de “justos despedirse a quien te ha querido bien, que a todos nos llega la hora y que la tuya estaba muy cerca”.
Y me has pedido que no llore, porque sabes que lo haré en silencio y que nadie me verá cuando lo haga. “No llores… porque no quiero irme pensando que te causo malestar, dolor o que sientas que tal vez con más tiempo…”. Me has pedido que no dijera nada, que como siempre necesitabas que escuchara… “Debería haberlo hecho antes pero ha estado muy bien, has estado perfecto y hace unos días en tu consulta sin saber que sería la última pero sabiendo los dos que perfectamente podía ser me ayudaste a irme con la conciencia tranquila”.
“Gracias por todo Jorge, de corazón gracias por todo”.
He dado un golpe en la mesa (qué impropio de mi, verdad?) mientras y sí, he llorado. Se me humedecían los ojos con el móvil en la mano y me han caído lágrimas. No he pensado en el tiempo que nos haya podido faltar ni en nuestras sesiones… lloraba de rabia. La contenida, la que me recuerda que estamos de paso y que a veces el camino se acelera y el fin llega antes de lo previsto o lo deseado. Rabia porque en ocasiones me digo que no más pero me miento y sé que diré sí, que no sabré decir que no…. Que volveré a sentir rabia.
Rabia porque es cierto que por instantes me siento responsable y frustrado.. una vez más. Sé que no deberia pero no quiero hacerlo de otra forma. No quiero y no me sale. Recuerdo en nuestro primer encuentro que te pregunté cómo me habías conocido y me dijiste que buscando en redes temas relacionados con la muerte te apareció algo que yo había escrito e «investigaste sobre mi”. Me dijiste que la forma en que relataba mi relación con la muerte te hizo sentir que sería la persona adecuada y que para ti, que nunca te habías abierto con nadie te aterraba hacerlo con un “extraño” que solo hubiera hablado de la muerte porque “se había empapado un montón de libros”.
Nunca te pregunté cómo pensabas que era mi relación con ella y nunca te pregunté por la tuya. Si lo pienso qué poco hemos hablado de muerte y cuánto lo hemos hecho de lo que te llevabas de esta vida. “Cuánto más me muero más pienso que debe haber otra después. Así que estate atento a las señales Jorge”. No sé si lo dijiste para consolarme cuando llegara este momento o porque realmente lo creías así, pero lo haré. Estaré atento a tus señales de dondequiera que vengan.
Y casualidades esta mañana me despierto con alguien me que recuerda una publicación del blog, algo muy íntimo y personal que hace ya algunos años decidí compartir. Sobre eso. Sobre la enfermedad y sobre la muerte. Sobre eso que te hizo pensar que conmigo sí podrías. Eso que al final me puso en tu camino. Y sí, también mientras lo recordaba se me han humedecido los ojos tras una noche que no he dormido mucho.
Ahora entiendo que no son sólo lágrimas de rabia e ira, también lo son de cariño mutuo y de la necesidad de compartir y sentir que somos compartidos.
Gracias a ti, de corazón. Por lo compartido, por tu confianza y por dejarme acompañarte en los últimos metros del camino. Ha sido un honor y tú, un regalo.
No he podido apagar la música y escuchar la conversación.
El padre debe tener mi edad y el niño poco más que mis hijos.
– … pues si lo vuelven a hacer tú haces lo mismo! Así lo entenderán
– Papá, no lo entiendes
– Tú tienes que hacer como ellos, las cosas funcionan así y tienes que aprenderlo
El niño estaba compungido en el asiento, frustrado y negando la mirada al padre, que no acaba de “leer” a su hijo…
– Hijo, esos niños son así y no cambiarán y si quieres que no lo hagan más
– No me escuchas papá…
– Sí te escucho pero es que tu padre ya tiene muchos tiros pegados -insistía cortándole
– No sé qué tiros has hecho pero no me escuchas!
– Qué no he escuchado?
– No lloro porque me decían cosas, lloro porque no quiero ser como ellos y decir esas cosas yo. Me dices lo que harías tú pero tú no estás ahí y cuando me ves así no ves, no me escuchas!
El padre se ha quedado sin saber qué decir. Podría imaginarme que tenía ganas de abrazarlo pero no lo ha hecho. Sentía que el niño necesitaba ese tacto y contacto de su padre pero no lo ha recibido. El padre escuchaba para responder, el niño escuchaba para crecer.
Me he sentido incómodo observándolo y he vuelto a escuchar música… Someone you loved de Lewis Capaldi… y pensaba en las veces que un niño o un adolescente expresan esos sentimientos en sesión, las veces que no encuentran esa escucha, las veces que me siento con padres y les oriento en no centrarse en resolver sino en escuchar… y pensaba en todas las veces que tras esas sesiones me pregunto si yo hago bien eso que explico y si yo no habré sabido dárselo a mis hijos.
He pensado en los padres que llegan nerviosos, desorientados y dolidos con las palabras que sus hijos “les han dedicado” y no saben entender cómo han sido capaces de pronunciar y no darse cuenta del daño que llegan a hacer, heridos en lo más profundo cuando sus hijos les enfrentan. Y También pensaba en el padre que miraba porque en su expresión había angustia y no saber. Me pongo en su lugar y puedo sentir frustración por no poder eliminar con una varita mágica los problemas que un día pueda tener uno de mis hijos, porque me duelen y me duele verlos afectados, hasta perder objetividad y distancia y no saber tener la paciencia para estar y dejar que lo resuelvan solos, cuando inconscientemente estoy seguro que lo sabrán hacer infinitamente mejor que yo a su edad.
Nos equivocamos porque cuando esto sucede queremos escuchar desde el pasado. Ese pasado de miedo que solo nosotros entendemos y que ha conectado al ver a nuestro hijo. El pasado nunca ha sido bueno escuchando, tiene a hacerse el sordo y a alimentar nuestra inseguridades y hacernos bajar la cabeza, para no ver. Y ese niño hablaba desde el presente, el suyo y tan distinto del pasado de su padre.
Los niños no necesitan aprender a escuchar, lo hacen de forma natural, con los ojos abiertos, deseosos de entender, sin limitaciones… y a menudo queremos protegerlos tanto que les dejamos de escuchar, les ponemos tapones y buscamos donde conectar el pen-drive con nuestros «aprendizajes de la vida»… los nuestros claro, no los suyos…
Y los adultos no queremos aprender a ser meros acompañantes, queremos aparentar que eso es poco y nos empeñamos en querer que quemen etapas y aprendan rápido para que no tengan que pasar por lo que nosotros hemos pasado. Cuando en realidad nadie asegura que eso suceda, que tenga que ser así pero lo justificamos en nuestro supuesto conocimiento del mundo y de la vida, que siempre ha sido absolutamente limitado porque nuestra vida no puede ser la suya.
He salido del metro con esa escena en la cabeza y pensando que escuchar a niños y adultos nos acerca y alimenta relaciones de confianza y compplicidad. Escuchando y siendo escuchados nos sentimos respetados, valorados y aprendemos a hacerlo con quienes nos rodean. Cuántas de las personas que estábamos en el vagón habían pensado algo de todo esto al ver la escena? Cuántos estarán ahora divagando como lo hago yo? Cómo le irá mañana a ese niño?
Bien, seguro que bien. A un niño que sabe escuchar y hacerse escuchar siempre le irá bien. Sigue creciendo y escuchando… y te escucharán. Conmigo ya lo has conseguido.
Jorge Juan Garcia Insua
“No esperes a que te toque el turno de hablar: escucha de veras y serás diferente.” – Charles Chaplin
Alguien que entró hace un tiempo en mi consulta con la cabeza baja, la mirada perdida, respirando miedo y los brazos y las piernas llenas de cortes y hematomas.
Me ha tocado el hombro consciente que estaba más pendiente de otras cosa y al girarme y verla nos hemos abrazado.
Sólo hemos tenido tiempo de cruzar unas palabras, de saber si estábamos bien y de desearnos lo mejor. Pero al despedirse con dos besos me ha cogido la mano y me ha dicho “Gracias Jorge, siempre siempre siempre gracias” y se alejado con un niño pequeño que daba los primeros pasos de su mano.
El día que acabó su proceso le di yo las gracias y hoy he sido lento y torpe para volver a hacerlo. No aprendo…
Hubieron sesiones dónde me creí al límite de lo que la podía ayudar. Lo compartía con ella y aquello le era fuente de reflexión y de una extraña motivación. Eran sesiones donde sólo podía escuchar, mostrar comprensión, empatía y ayudarla a “abrazar” (como decíamos tantas veces en sesión) toda aquella oscuridad y tristeza en la que vivía.
Me llevaste a un límite emocional que no había sentido antes en sesión. Aprendí que a veces eso es todo lo que puedo dar. Entendí que el tiempo te pertenecía y que debía seguir confiando y dando apoyo, validación emocional, escucha y una fe inquebrantable en ti. Y que está bien, que es suficiente cuando no sé dar más y no me dejo nada por dar.
A lo largo de aquellos meses y tiempo después encontró su camino y la fuerza para coger el timón y seguir su camino. El suyo. Uno sin amenazas, sin golpes, sin sangre y sin miedos. Era el momento se seguir sin mi.
Aceptó que tenía un trastorno de personalidad pero que eso nunca sería motivo para ser menos que nadie y que incluso “con eso” podía ser feliz y sentirse emocionalmente estable.
Gracias a ti… por no abandonar, por confiar, por compartir, por recordarme en días oscuros que la terapia suma vida, que como terapeuta no estoy obligado a saber de todo y que la diferencia está en no dejarme nada por dar.
Mis hijos me han preguntado si te conocía y que quién eras… “Sí, la conozco. Es alguien muy muy muy valiente”.
A estas alturas estoy más convencido que nunca que no existe. Sí tal vez algo parecido, un espejismo, uno que me devuelva abrazos y besos y que me acaricie con ternura el pelo cuando estoy cansada y no doy para más.
Uno que si llamo conteste. Incluso si lo alejo conteste. Incluso si huyo conteste. Y me siga.
Y corra tras de mi.
Uno que no se rompa, o que se rompa poquito o conmigo. Pero que sea fuerte sin mi, que no me rompa a mi o si me rompe que sea con cariño, bonito, sin querer queriendo… y que esté.
Esté para ver cómo me reconstruyo, crezco, vuelo. Hasta dónde pierda el vértigo, dónde el miedo a caer se diluya y si vuelve me tome con fuerza de la mano.
Nuestras manos… apretadas, agarradas hasta no poder más. Juntos. Siempre.. Que lo intenten de nuevo y que busquen tiempo. Tiempo para un juntos, para un siempre.
Siempre tiempo. El que necesite el corazón para salir de su coraza y creerse querido. Espacio para tomar carrerilla y llegar a él o acercarme o dejar que se acerque. Así de juntos.
No quiero hablar de amor. Porque si no se da, porque si se da y lo dejo pasar, porque si pasa y lo ahuyento de puro miedo… me convenceré que no era, que no existía, que no era para mi.
Tal vez de que yo no estoy hecha para él.
Y entonces qué? Vuelta e empezar. A escapar, a huir, a temblar, a no hablar… a no sentir? Qué? Cuánto? Un año, dos, diez, veinte… una vida?
Casilla de empezar. Mierda. Ves? Vaya mierda. Por eso no quería hablar de amor. Mejor pensar que no que arriesgarte a vivirlo un segundo, una semana, un año… un resto de vida. O es al revés?
El amor es demasiado complicado. O yo lo hago complicado. No puede ser fácil que alguien te quiera dar los buenos días y las buenas noches, no lo puedes ser. No puede ser que para alguien siempre tengas la sonrisa bonita y te bese la mejilla.
El problema del amor es que no se piensa, no se puede. No tiene reglas… por eso nos empeñamos en perderlo o en no verlo cuando lo tenemos delante. Joder… mira que soy… lo fácil que sería decirle te quiero cuando siento amor o hablo de él o pienso en él.
No quiero hablar de él. Sólo quiero verle, olerle y quedarme y si quiere y puede… si le apetece, se quede.
Vuelvo porque me siento parte de aquí o tal vez porque hay una parte de mí que nunca se marcha de este lugar.
Vuelvo porque pasan los años y siempre hay alguien que me recuerda con cariño quién fue mi abuela y ahora mi tío.
Vuelvo a este lugar porque tiempo atrás llegue a casi odiarlo. Un tiempo donde llegaba aquí al empezar vacaciones y me separaba de mi padre hasta que el podía venir con nosotros. Ver a mi padre llorar porque nos iba a echar de menos ha condicionado para siempre cómo me afecta separarme de los míos.
Vuelvo porque precisamente mi padre me ayudó a reconciliarme con él y de su mano grabé recuerdos que me acompañan siempre.
Los mismos que cada año que puedo venir intento compartir con mis hijos y que ahora que pueden empezar a entender nuestra historia familiar me esfuerzo en hacerles partícipes.
Vuelvo porque aquí las estrellas están llenas de personas que vieron crecer a un niño tan trasto como soñador, a las que quise, quiero y sigo teniendo muy presentes. Aunque cada año hay más arriba y menos abajo…
Vuelvo porque aquí cada lágrima va acompañada de una risa, el tiempo se vive lento, se saborea y siempre hay alguien que me miente y dice que estoy más joven cada año. Espejito espejito…
Vuelvo porque el sol no ilumina hasta el mediodía y se marcha al atardecer para que un abrazo te caliente y reconforte durante las noches.
Vuelvo para sanar algunas heridas, recuperar lo que durante el año he podido dejar olvidado y llenarme entre los que por encima de todo me quieren.
Vuelvo a medio camino entre la alegría y la nostalgia y me embobo mirando la ría desde la huerta, bajando a Paralada y perdiendo la vista en la aldea al atardecer.
Vuelvo porque hay nuevos lazos y puentes que me unen a esta tierra, porque una vez aquí me enamoré y vuelvo enamorado.
Vuelvo porque hoy me han dicho si de verdad no me veo aquí para siempre… y por un segundo no he sabido qué responder.
Vuelvo porque hoy mi madre vuelve a tener una higuera en su huerta y los ojos se le han humedecido al verla.
Vuelvo porque es un tiempo de primos, de hermanos, de hijos y no quiero perdérmelo… y la vida pasa muy deprisa.
Hace unos días alguien especial se despedía de mi porque lo hace siempre con las personas que quiere antes de un viaje. Le dije que me parecía muy bonito que hiciera y lo hiciera conmigo así que Vuelvo para despedirme por si no puedo volver.
Vuelvo porque mucho de lo que hoy soy lo soy desde aquí y me gusta esa parte de mi.
Vuelvo para seguir teniendo excusas para a La Barquiña volver y que quede el recuerdo de la mejor de mis versiones.