Esa frase surgió en medio de un silencio en sesión, casi como un suspiro. No era una queja ni una excusa; era una constatación. Mi paciente la pronunció mirando al suelo, con la voz entrecortada. “Siempre pensamos que tendremos más tiempo”, repitió pasados unos segundos.
Esa frase tenía el peso de todo lo que no se dijo, de los abrazos que se quedaron esperando, de los “te quiero” que nunca encontraron el momento. Porque siempre creemos que habrá otro día, otra oportunidad, otra llamada… y de pronto ya no.
Nos pasamos la vida aplazando lo esencial. Guardamos las emociones para “cuando sea el momento adecuado”, pero cuando lo hacemos ese momento casi nunca llega. Pensamos que la gente que amamos siempre va a estar ahí, que los lugares que nos hacen bien siempre nos esperarán, que nosotros mismos siempre tendremos fuerzas para volver a empezar. Y cuando por fin entendemos que el tiempo no espera, ya es demasiado tarde para muchos “después”.
Esta persona lloró al decirlo, no solo por lo perdido, sino por lo comprendido. En ese instante se vio de frente con el entender que la vida no se vive en los planes, sino en los gestos. Que amar no es prometer hacerlo mañana, sino hacerlo hoy, con la voz temblando si hace falta.
Tanto sentía que hizo que lo sintiera yo. Porque, aunque esté “al otro lado”, todos somos iguales ante esa verdad: nadie tiene garantizado el después.
Quizás esa frase fuera una advertencia al tiempo que una invitación. A mirar a quien amamos y decir lo que sentimos. A dejar de esperar el momento perfecto para ser felices.
A entender que la vida sucede ahora, mientras respiramos, mientras estamos en sesión, mientras aún podemos elegir, mientras todavía tenemos a alguien con quien compartir el silencio. Porque el tiempo, cuando se va, no duele por lo que se llevó, sino por lo que dejamos de vivir creyendo que habría más.
En terapia, a menudo descubrimos que el tiempo es uno de los grandes protagonistas ocultos. Vivimos posponiendo: el perdón, el abrazo, la conversación pendiente, el sueño que nos ilusiona. Nos convencemos de que habrá un mañana para reparar lo roto, para atrevernos, para decir “te quiero”. Pero el tiempo no es una promesa; es una posibilidad que se agota sin avisar.
“Siempre pensamos que tendremos más tiempo”, dijo, refiriéndose a su ex, con quien nunca llegó a reconciliarse. En su frase había culpa, tristeza y un reconocer que posponer también es una forma de miedo. Miedo a exponerse, a fracasar, a sentir demasiado.
Ese fue su punto de inflexión. No se puede volver atrás, no podemos luchar contra el paso del tiempo, solo reconciliarnos con él. Vivir con la urgencia suficiente para no postergar lo esencial y con la calma necesaria para saborear lo que sí tenemos hoy.
Al final esa frase encierra una verdad que todos compartimos: no tenemos más tiempo, tenemos este.
“Yo de verdad creía que tendría más tiempo. Qué jodido el tic tac tic tac. Más tiempo para perdonarlo. Más tiempo para decirle que, a pesar de todo, lo quería… más tiempo para que dejara de dolerme su ausencia.”
Respira hondo y sigue.
“Me duelen las tantas veces en que tuve el teléfono en la mano y no llamé. Tantas conversaciones que postergué para cuando esté mejor, tantos abrazos que no di por miedo a no saber qué decir o cómo reaccionaría…Y ahora daría lo que fuera por una sola tarde más, una sola oportunidad para hacer todo eso que creí que podía esperar.
Jorge, no quiero. No quiero volver a perder a alguien por miedo, ni quedarme con palabras en la garganta.”
Antes de terminar le he preguntado qué se llevaba de la sesión y me ha contestado algo que me ha resonado… “que el amor, la reconciliación y la vida misma no pueden esperar”.
Antes de salir por la puerta se ha girado.
-Jorge, puedo preguntarte algo?
– Sí, claro. Dime.
-Y tú? Te llevas algo de la sesión?
-Sí, el recodar que que cada sesión, cada palabra, cada persona y cada silencio son irrepetibles.
La frase la lanza el paciente en mitad de la sesión con una mezcla de ironía y resignación. Resuena en él y en mí. No es una afirmación cualquiera sino una firme defensa, una forma de decir que, cuando la realidad interna se vuelve insoportable, la mente busca refugios extremos. La “locura” aquí no es un diagnóstico, sino una coraza, un lugar imaginario donde las emociones dejan de doler porque parecen diluirse o creemos no sentirlas tanto.
Este paciente “ha aprendido” a parecer “loco” y ha construido esta máscara no para que nada le afecte sino porque la falsa locura se ha vuelto una inmejorable solución. Es una declaración sobre la anestesia emocional, sobre el intento desesperado de no quebrarse frente a experiencias que su mente aún no puede procesar.
En el fondo, la frase revela una tensión dolorosa: quien dice que nada le afecta, suele estar profundamente afectado. Tal vez no encuentre aún las palabras para nombrarlo, o el permiso interno para mostrarlo. La supuesta “locura” se convierte entonces en un escondite simbólico donde nadie esperará coherencia, ni responsabilidad, ni vulnerabilidad. Un alivio temporal frente a la exigencia de enfrentar lo que realmente nos pesa y emocionalmente nos pasa factura.
Esa frase es una invitación en sesión a no negar esa coraza sino intentar comprender qué la sostiene. Explorar qué duele tanto como para preferir el desarraigo de sí mismo antes que el contacto con la realidad afectiva. Porque más que una renuncia a sentir, la frase grita el deseo de poder volver a hacerlo sin que duela tanto.
Así, “nada te afecta cuando estás loco” se transforma en una invitación a mirar el sufrimiento que esa idea intenta tapar. Detrás de ella puede estar el comienzo de un diálogo más honesto con uno mismo; no desde la negación del dolor, sino desde la posibilidad de re significarlo, acompañarlo y, con tiempo, integrarlo.
Quién no ha pensado eso alguna vez? A quien no le han dicho si estás loco o pareces loco por querer o imaginar algo que se sale de la lógica, la costumbre o la tradición?
Este paciente tiene poco de loco en términos médicos pero si lleva una mochila de sufrimiento y frustracion que le pesa y le dobla la espalda.
Dice que no sabe si quiere vaciarla, sí abrirla, Sí revisar qué pesa tanto y si quiere seguir llevando esa carga, pero no vaciarla.
Dice que vaciarla sería algo así como “curar” su locura y que a pesar de a veces le hace daño llevarla a través de esa máscara y de esa locura se ha encontrado y mostrado ante el mundo, uno del que tiene dudas si alguna vez llegará a entenderlo y aceptarlo. Porque a veces, la locura no es el enemigo, sino el lenguaje más sofisticado que alguien encontró para seguir vivo.
He empezado viendo su máscara pero según entrábamos en sesión veia a quien va debajo. Ahora al recordarlo es difícil no sentir cierta rabia, no contra él sino contra la historia que lo empujó a esconderse y sobrevivir.
Cuando dice que no sabe si quiere vaciar su mochila, lo entiendo más de lo que debería reconocer. Hay personas que no cargan peso, se lo incrustan y parece que lo lleven los huesos.
Él cree que si deja caer esa máscara, va a “desaparecer”. que sin su “locura” no sabremos dónde ubicarlo, ni cómo mirarlo, ni qué pedirle. Y lo peor es que tal vez tenga razón.
Porque todos hemos conocido personas o las hemos sido en algún momento, dispuestas a tolerar excentricidades o situaciones inverosímiles con dolor verdadero. Situaciones donde fingir el delirio de no querer ver o saber da más permiso para existir que confesar tristeza.
Me incomoda admitirlo, pero siento que la locura que él inventó es menos delirante que la normalidad que lo hirió.
Siento que no tengo derecho a quitarle una armadura que no sé cuántas veces le salvó la vida, sí a acompañarle en lo que me pide y necesita de mi, porque sé que para él, la “realidad” sigue siendo más peligrosa que la ficción que lo protege.
Mi romanticismo me lleva a pensar que tal vez no está tan lejos el día en que deje de fingir locura y empiece a nombrar su herida. Y ese día, más pronto o más tarde, el mundo verá lo especial que es y aún así puede ser que no sepa qué hacer con él.
Hoy en los primeros compases de una muy tempranera sesión ella me ha dicho…
– … y pensaba ojalá que fuera él, ojalá que fuera él… Tenía tantas ganas que fuera él… lo quería tanto que fuera él…
– Supiste si él quería ser Él? Se lo llegaste a preguntar alguna vez?
Se ha quedado mirándome en silencio, negando con la cabeza mientras se emocionaba.
– No, nunca se lo pregunté -su voz se quebró un poco-. Tenía miedo de la respuesta, ¿sabes? Supongo que es cierto eso que dicen que a veces es más fácil vivir con la ilusión que con la certeza.
– Qué crees que habría pasado si se lo hubieras preguntado?
Se encoge de hombros, juega con el borde del pañuelo entre los dedos, respira hondo…
– Supongo que… habría perdido la esperanza antes. Pero también… tal vez habría dejado de esperarlo tanto. Pero eso, dejar de esperarlo también me daba miedo Jorge. Me daba miedo no saber quién soy sin esa espera.
Guardo silencio, doy espacio. Se emociona de nuevo.
– A veces -le digo- no preguntar es otra forma de quedarse quieto, de sostener algo que ya duele pero que al menos conocemos. No preguntar también es hacer, también es decidir y pudo ser en algún momento una decisión emocionalmente “buena” para ti
Ella asiente, con lágrimas.
– Sí… supongo que preferí el dolor conocido al… vacío.
– Y hoy, ¿qué prefieres?
No responde enseguida. Qué responderías tú en su lugar?
No respondió de inmediato. A veces, el silencio dice más que cualquier palabra. En su mirada había una mezcla de tristeza y comprensión, como si por primera vez se diera cuenta de que el dolor que cargaba no venía solo de haber perdido a alguien, sino de haberse perdido a sí misma en la espera.
En terapia, muchas veces llegamos a ese punto, un lugar donde el amor se confunde con la costumbre de esperar. Donde el vínculo se sostiene más por miedo a soltar que por deseo real de permanecer. Es un miedo profundo, casi infantil si lo piensas detenidamente, a quedarnos solos con nosotros mismos. Pero también es la posibilidad de reconocernos más allá de lo que el otro hizo o no hizo.
El “vacío” que tanto tememos no siempre es un enemigo; a veces es el espacio que la vida nos ofrece para empezar de nuevo. Dejar de esperar al otro no significa renunciar al amor, sino aprender a esperarnos a nosotros. A ocupar ese lugar que tantas veces le dimos a alguien más. Dejar de mirar afuera en busca de respuestas e intentar escuchar lo que nuestra propia voz lleva tiempo intentando decir.
Desde la psicología y la terapia, entendemos que la esperanza no resuelta, esa que se aferra a un “quizá algún día”, puede convertirse en una forma de autoabandono. Nos quedamos detenidos en un tiempo emocional que ya pasó, repitiendo gestos y pensamientos que alguna vez tuvieron sentido, pero que hoy solo nos mantienen lejos de la vida real.
Sin embargo, cuando nos atrevemos a ver la verdad sin adornos, algo dentro empieza a moverse. La tristeza se vuelve menos pesada y el peso de la ausencia nos empieza a parecer más llevadero.
En ese momento le planteé que tal vez no se trata de elegir entre el dolor conocido o el vacío, sino de aprender a habitar el vacío sin miedo. Porque ese espacio -aunque es lógico y natural que al principio asuste- también puede llenarse de uno mismo, de nuevas formas de amar, de nuevas versiones de lo que somos cuando ya no necesitamos ser elegidos para sentirnos suficientes.
Pienso, como piensa cuando ella asiente, asimila en silencio y verbaliza, que en el fondo todos pasamos por esa travesía: aprender a amar sin perdernos, a soltar sin desaparecer, a quedarnos sin que duela tanto. Tal vez ese sea el verdadero acto de madurez emocional: dejar de esperar que el otro sea “él”, y empezar a ser nosotros.
Le pregunto en voz baja: ¿Y hoy, qué prefieres?
Ella se queda callada unos segundos.
-No lo sé . Creo que durante mucho tiempo solo supe esperar… y ahora no sé qué hacer si ya no espero…
… pero también me doy cuenta de algo Jorge. Que mientras esperaba a que él me eligiera, yo no me elegía a mí. Tal vez porque no sé bien cómo hacerlo o tengo miedo a no saber hacer bien.
Como sucede muchas veces en la vida el comienzo no esté en tener todas las respuestas, sino en aceptar con ternura ese “no sé” que aparece cuando el deseo de ser elegidos se afloja.
A veces elegirse empieza en lo pequeño: en escucharse sin juicio, en permitirse el duelo por lo que no fue, en reconocer el cansancio de sostener una espera que ya no abriga. No se trata de llenarlo todo de inmediato, ni de renunciar a lo que se sintió, sino de darse la oportunidad de habitarse con la misma delicadeza con la que alguna vez se soñó al otro.
Y si el verdadero acto de amor, el más silencioso y el más valiente, sea ese: volver a uno mismo sin pedir permiso, sin miedo y sin prisa.
– … pero no creas, yo me he trabajado mucho y me conozco mucho.
En un máster reciente nos volvían a advertir de esta frase cuando llega a las primeras de cambio de una sesión. La primera vez que la escuché fue de boca de un locuaz profesor de Antropología en mis primeros de facultad.
Todo posiblemente hayamos escuchado de alguien cercano o conocido esta frase. Conocerse es un proceso difícil, implica ir quitando capas de la cebolla que somos y poco a poco llegar a una parte interna, casi desconocida que nos hace de espejo y que es difícil de interpretar.
Las veces que alguien me la ha pronunciado, profesional o personalmente, me he visto dando la razón a aquel carismático profesor hace ya más de 25 años o al de hace poco más de uno.
Mi experiencia en sesión me ha enseñado que cuando alguien afirma con tanta seguridad que “ya se conoce”, suele estar hablando desde lo que cree de sí mismo, no desde lo que realmente ha explorado. Ahí aparece una especie de versión aprendida, repetida y hasta defendida, que cumple una función, pero no siempre coincide con lo que uno siente, evita o desconoce de sí.
En terapia, esa frase funciona casi como una señal. No de soberbia necesariamente, sino de protección. Muchas veces quien la pronuncia no está mintiendo, simplemente no sabe todavía que hay zonas enteras de su mundo interno que siguen ocultas, silenciadas o disfrazadas de certezas. A veces sencillamente es que prefiere quedarse en las primeras capas de esa cebolla que somos, esa donde nos sentimos seguros y podemos dominar y mostrarnos a los demás.
Autoconocerse no va de tener un discurso sobre uno mismo, sino de atravesar incomodidades, contradicciones, heridas, reacciones automáticas, deseos difíciles de nombrar y creencias heredadas. Va de descubrir lo que uno hace para sentirse seguro, aceptado o valioso, aunque ni siquiera lo note. Y eso no se logra solo pensando sino que aparece cuando algo nos confronta, cuando una relación nos incomoda, cuando alguien nos refleja algo que no esperábamos ver.
El verdadero autoconocimiento empieza cuando dejamos de afirmar quiénes somos y comenzamos a observarnos con curiosidad, sin miedo y sin prisa por tener razón ni la verdad de nada. Ahí, en ese espacio nuevo, es donde el trabajo terapéutico se vuelve valioso: no porque revela algo mágico, sino porque nos permite mirarnos sin las capas que nos hemos ido poniendo para sobrevivir, para agradar o simplemente para no pensar demasiado.
Este sábado mientras miraba y cantaba susurrando cada una de sus canciones a Joaquín Sabina sobre el escenario conecté yo mismo con esta frase. La vulnerabilidad, fragilidad y desnudez que transmitía al tiempo que compartía la grandeza de su creatividad y arte me hizo verle sin capas, esta vez no veía al artista Don Juan y granuja sino a la persona que consciente de su legado bajaba a la tierra para emocionarse a cada segundo y emocionar a quienes allí estábamos.
A través de sus canciones pasé por muchas de mis capas y fui consciente de algunas que me quedan por descubrir, incluso las veces que creo recordar haber dicho esa misma frase, que también y que hoy sé que sería difícil que volviera a pronunciar.
Salí del concierto con una sensación extraña, como si me hubieran movido muebles internos sin pedir permiso. No era solo nostalgia ni pura admiración: era esa punzada sutil que te recuerda que aún hay habitaciones cerradas dentro de uno mismo.
Hoy viendo vídeos y momentos del concierto en redes sociales me descubro pensando en cuánta energía invertimos en sostener versiones antiguas, aunque ya no nos representen. Versiones cómodas, que sabemos explicar, que nos sirven de abrigo. Y qué vértigo da imaginar que, tal vez, debajo no tengamos tan claro quiénes somos sin todo eso. Da vértigo imaginar que todos tenemos algo de “Lo niegan todo”
Porque en el fondo, decir “yo ya me conozco” tiene algo de conjuro. Una frase que uno lanza para que no le tiemble el suelo. Como si admitir lo contrario nos dejara desnudos frente a nuestra historia, nuestros miedos, los afectos que evitamos y los dolores que archivamos como si dejaran de existir por no nombrarlos. Y no, no desaparecen. Solo se esconden, y a veces salen disfrazados de certezas.
Conecto con todas esas personas que se han sentado frente a mí y me han hablado desde ese personaje que creía tenerlo claro. Cuántas veces dije yo mismo habré pronunciado “yo soy así” sin darme cuenta de que era más una defensa que una verdad. Y también cuántas otras me rompí por dentro cuando alguien —sin querer— rozó una de esas capas que yo ni recordaba que estaban ahí. Sorprende cómo una canción (en el caso de Sabina… una tras otra) pueden actuar como ese dedo que roza, sin aviso, una zona sensible.
Con los años he dejado de mirar esa frase con juicio. Ahora la escucho como quien oye un “ten cuidado, que me da miedo”. Y lo entiendo porque también me lo da a mi. Conocerse de verdad implica desordenarse, abrir puertas que quizá llevan décadas cerradas, reencontrarse con partes propias que dan pudor, rabia o ternura.
Implica aceptar que no lo controlamos todo ni falta que hace. Que hay recuerdos que no se nombran, pero empujan. Que hay deseos que se callan, pero gobiernan. Que hay dolores viejos que siguen respirando bajo otra forma. Todo eso pasó por mi mente cantando juntos Sabina.
Y qué alivio cuando siento que a estas alturas puedo decir —aunque sea bajito— “no tengo ni idea de todo lo que soy”. Porque ahí me siento más honesto, ahí no tengo tanto que demostrar ni genero expectativas. Ahí uno se permite ser, no solo explicarse. Tal vez por eso, la última noche con Sabina sentí que no estaba solo mirando a un músico, sino a alguien que ya no pelea con lo que muestra ni con lo que calla. Y eso, sin pretenderlo, me bajó otras capas a mí.
Este es uno de los pequeños grandes regalos de esta profesión y de mi viaje personal: porque cuando alguien baja una capa, aunque sea un milímetro, me recuerda que todos estamos hechos de lo mismo. Que nadie se conoce del todo, pero todos merecemos la oportunidad de intentarlo sin ser juzgados. Y que en ese acto )el de atrevernos a mirar hacia dentro aunque tiemble un poco) hay una forma de dignidad, de belleza y de libertad que no se aprende en ningún libro.
Si algo me dejó Sabina esa noche, más allá de las canciones, fue la certeza de que vivir con las capas algo más flojas no es una amenaza, sino una forma de verdad. Una que no presume, que no necesita gritarse, pero que se siente como un hogar. A lo mejor conocerse no es llegar a un final, sino aceptar con cariño (y mucha paciencia) que estamos siempre en construcción. Y que, mientras tanto, cantar también puede ser una forma de recordar quiénes fuimos, quiénes somos y quiénes aún podríamos permitirnos ser.
No sé si algún día podremos decir que nos conocemos del todo. Sospecho que no. Pero quizá la vida vaya de animarse a mirar cada vez un poco más adentro, sin disfraz y sin urgencia. Y cuando alguien me diga otra vez “yo ya me conozco”, en lugar de corregirle y desde el respeto, tal vez solo le pregunte: “¿y cómo lo sabes?”.
Ahí, a menudo, empieza la sesión de verdad. No porque quien me la diga la esté equivocado, sino porque todavía no imagina cuánto queda por descubrir.
Gracias Joaquin por regalarme una última noche, quitándote el sombrero y dejando que se vean las costuras, por recordarme que autoconocerse nunca es una meta sino un escenario en el que uno aprende a desafinar con dignidad, a contarse sin máscara y a aceptar que siempre queda una estrofa por escribir.
Gracias Sabina por tanto… nadie sabe hasta hoy que eres uno de los grandes “culpables” de este blog y todos los intentos de escribir que a veces escondo (y niego) y otras publico y comparto. Pero esa es letra de otra canción…
Jorge Juan García Insua
* “Lo niego todo” es una canción de Joaquín Sabina publicada en el año 2017.
Hay momentos en que la vida parece empujarnos a empezar de nuevo, como si sin preguntar nos colocara frente a un terreno incierto donde lo que más pesa no es solo la pérdida de lo que dejamos atrás, sino la sensación de que el tiempo invertido ya no regresa.
Volver a comenzar puede vivirse como una condena y qué difícil es aprender a reconciliarnos con la idea de que la vida no avanza en línea recta. Hay comienzos que parecen repetirse, finales que nunca sentimos del todo cerrados, y experiencias que nos pesan como tiempo perdido.
Hay dolores que no se miden en cicatrices visibles, sino en los años que sentimos haber perdido… Y en un momento de la sesión ella dice…
– Me fastidia volver a empezar. No sabes la de veces que he tenido que volver a empezar y ya no tengo ganas, no tengo fuerzas.
– Percibo en tu tono y en cómo te cambia el rostro que muy desgastante sentir que cada vez hay que recomenzar desde cero.
– Jorge es… como si nada de lo que hice antes sirviera, como si de golpe zasca! Game ver y vuelve a echar monedas. Pero cada vez tengo menos y cada vez me cuesta más volver a jugar!
– Déjame coger eso que acabas de decir y plantearlo desde otra perspectiva: ¿y si no se tratara de empezar desde cero, sino de continuar con lo que ya has aprendido de esos intentos?
– A veces creo que no he aprendido nada… y eso me frustra.
– Esa frustración es muy válida. Y al mismo tiempo, a veces los aprendizajes se esconden detrás del dolor o del cansancio. ¿Quieres que miremos juntos qué cosas, aunque sean pequeñas, sí quedaron de esas experiencias?
– Tal vez aprendí que me estaba quedando demasiado tiempo en situaciones que me hacían daño. Demasiadas veces me ha costado mucho salir. Ahora me doy cuenta la de veces que pensaba que si no era yo la que aguantaba todo se iba a la mierda
– Bien, eso ya es un cambio. Has aprendido a reconocer antes lo que no te hace bien.
– Sí… aunque sigo sintiendo que perdí años. Muchos, demasiados…
– Comprendo ese dolor. Perder tiempo es una sensación muy dura. A la vez, lo que descubriste en ese camino te permite cuidarte mejor hoy. No es que todo se haya perdido.
– Nunca lo había visto así, pero siento que no tengo fuerzas para volver a intentarlo. Tienes razón, ahora puedo cuidarme mejor pero el precio es muy caro, he pagado el precio durante los 20, los 30… ahora con más de 40…
Cambiaria ahora tantas cosas, cosas que fueron culpa mía, que salieron mal porque yo también… en fin, no lo hice bien, no lo supe hacer bien como tú dices… pero no puedo, si pudiera volver a aquel momento y hacerlo diferente, a todos esos momentos… en cambio aquí estoy. Y el precio es que he perdido un montón de años, muchos… no uno, ni dos, ni tres… la hostia! Son casi 20! He perdido casi 20 años de mi vida y tal vez no tenga tantos años por delante para recuperarlos o para que… para que sea diferente.
El tiempo, ese recurso silencioso que no admite trueques ni devoluciones, cuántas veces aparece en sesión y cuánto me acompaña en mucho de lo que escribo. Tiempo es quizás lo más cruel que dejamos escapar sin darnos cuenta.
En las relaciones sentimentales, el tiempo es doblemente valioso: siendo finito lo invertimos en alguien y, al mismo tiempo, es lo que inevitablemente perdemos si aquello que sembramos no “se hace eterno”. Nos convencemos de que cada gesto, cada palabra compartida, nos acerca a una eternidad con el otro, cuando en realidad estamos apostando minutos irreversibles a un futuro que puede derrumbarse sin previo aviso.
La pérdida no es solo del amor, sino de los trocitos de vida que entregamos. Esos días, esas horas, esas noches en las que creímos que el otro era un refugio. Y cuando todo termina, lo que más duele no es únicamente la ausencia del ser amado, sino la conciencia brutal de que no hay manera de desandar el tiempo que ya entregamos. Es como si de pronto miráramos atrás y viéramos un vacío enorme allí donde habíamos depositado lo más valioso que teníamos.
Durante la sesión la paciente se preguntó en un momento si era realmente pérdida. Lo real es que cada relación que se quiebra o se pierde nos arranca una capa de piel, nos deja más desnudos y más vulnerables.
Amar siempre es perder tiempo en el sentido utilitario, pero es ganar en lo único que le da densidad a la experiencia de haber sentido, de habernos dejado transformar por otro. Qué extraño y sin sentido, lo que más duele es lo que más nos hace humanos.
Lo más desgarrador de la pérdida de tiempo en una relación no es la ruptura en sí, sino la sensación de haber vivido en una “ilusión”, como si hubiéramos alimentado con lo mejor de nosotros a un fantasma que nunca existió del todo pero con el que hubiéramos vivido toda la vida.
En otro momento de la sesión ella profundizaba “el tiempo se me escapó y no puedo recuperarlo. Todo lo que di, todo lo que confié, se fue. Y no hay consuelo, no hay explicación que lo arregle. Solo queda la sensación de vacío, de hueco dentro de mí donde antes estaba algo que creí mío. Me duele el tiempo que entregué y que nunca volverá. Todo lo que fui para él ahora no sé significa para él. Solo siento este vacío no se llena y tengo la tristeza pegada al pecho.”
Cómo aceptar que el tiempo no se repite, no se devuelve, no se compensa. Los abrazos fueron dados, las palabras dichas, las miradas confiadas. Y cuando ese vínculo se rompe queda silencio y un duelo extraño, porque no lloramos solo al otro sino que lloramos la versión de nosotros que existía únicamente a través de esa relación. Hay un nosotros para cada persona y solo seremos o fuimos así con esa persona. Esa parte nuestra se muere junto con lo que compartimos.
El mundo no se detiene, los relojes no hacen duelo por nosotros. El tiempo avanza con su indiferencia brutal, obligándonos a caminar en una marcha forzada, sintiendo que hemos perdido la oportunidad de haber usado ese tiempo para ser, para crecer, para vivir sin el espejismo del amor fallido.
Qué nos queda? Pensar que tal vez un día entregaremos más tiempo, más piel, más minutos que jamás retornarán. Porque como leí en algún sitio, el amor tiene dos caras trágicas: la necesidad inevitable de buscarlo y el doloroso riesgo de perderlo.
Para colmo la vida no concede coherencia a nuestros duelos: nos obliga a seguir desempeñando papeles cotidianos -trabajo, comida, hijos, rituales, hábitos- mientras por dentro se desploma algo. No hay una explicación fácil.
El vacío no solo habita el lugar del otro: también en las horas que ya no serán compartidas. Esos minutos quedan como monedas manchadas que nadie acepta; son testimonios mudos de un “tiempo malgastado”.
Creo que si ese tiempo duele es la prueba que nos entregamos sin reservas. Si ese “tiempo perdido” nos duele, es porque fue auténtico y apostamos con todo lo que éramos. Si es así no puede ser un tiempo perdido, si es así es un tesoro que necesita precisamente tiempo para ver su valor. El tiempo no vuelve, y no hay garantía de que lo que venga sea perfecto. Hasta donde sé, ninguna.
La vida no compensa, no corrige ni borra, pero sí nos enseña que no empieza una sola vez ni termina en un punto exacto. Se reinventa y empieza muchas veces, y quizá esta es otra de esas veces para ella. Un comienzo que no borra lo anterior, sino que lo integra y nos permite seguir caminando.
Llevaba 10 minutos en la consulta esperando. Mi primer contacto visual fue al salir acompañando al paciente que había acabado la sesión y al cerrar la puerta y girarme hacia él se ha levantado para darme la mano. Lo ha hecho saludando con un tono bajo y la cabeza baja, a pesar de eso he podido ver sus ojos humedecidos.
Ha tomado asiento, le he ofrecido agua y como suelo hacer le he pedido unos minutos para presentarme, al acabar le he preguntado para qué un psicólogo en este momento.
– Hubiera sido un mal padre -a empezado entre lágrimas. Uno de esos que posiblemente están ausentes y cuando el hijo es adolescente se dan cuenta que la distancia no la pone el niño sino el no haber estado salvo “fiestas de guardar”. Por eso intenté cambiarlo, hacerlo mejor, tan mejor como he podido hasta que… se fue.
Por eso me han castigado? No me lo merecía, era demasiado especial para un padre como yo? Por qué no me han dado la oportunidad de cambiar, de hacerlo bien!!!!!!
Y desde que se fue no quiero vivir. Vivo porque Dios o quien mierda quiera que mande ahí arriba quiere pero no tiene sentido. Qué sentido tiene dejar vivir a un padre que ha perdido a su hijo. Un padre nunca debería enterrar a su hijo!
Eso es antinatural por muy malo que hubiera sido el padre no? No crees? En qué mundo se entiende que un padre sobreviva a su hijo. Si al menos fuera un buen padre… pero ni eso, yo ni eso y aquí me tienes.
No sé para qué un psicólogo. Para que me escuches supongo porque no me lo devolverás, dudo mucho que deje de sentir la pena que siento, la mierda de vida o que venir aquí sirva para pensar que la vida de mi hijo tuviera menos valor que la mía. Es tan injusto…
Y llora desconsoladamente.
Se seca los ojos intranquilo y apretando los dientes, yo guardé silencio. Su expresión me transmite que en su boca se agolpaban palabras buscando salir y explotar en rabia. Respiraba hondo, como si el aire pesara demasiado para entrar y salir de sus pulmones.
Poco a poco recupera y habla de su hijo en presente, aunque es consciente que ya no está. Dice que aún escucha sus pasos por el pasillo, que a veces cree ver la silueta junto a la puerta de su habitación. Su mente juega con él, lo trae de vuelta solo para volver a arrancárselo segundos después.
“Era demasiado joven”, repite entre frase y frase, como si buscara convencer al mundo de la injusticia. Se pregunta qué sentido tiene seguir. Lo escucho, conecto con él y tengo dificultades para controlar mi respiración mientras mis ojos se humedecen.
“Solo quiero que la vida me lo devuelva, que despierte un dia y esté ahí y que pase, que pase y lo que sea, te juro que doy lo que sea, que me muera al instante de ver que me lo han devuelto… que me muera a cambio, que me muera…”
El silencio se alarga, tengo dificultades para mantener la distancia terapéutica. Se rompe. Él baja la cabeza y murmura que lo peor es el miedo a olvidar su risa, el olor a jabón después del baño, la forma en que lo abrazaba con toda la fuerza de su todavía pequeño cuerpo. “La memoria es frágil y me da miedo que me muera habiendo olvidado algo, que mi hijo sea algo vacío, un nombre, una fecha…”.
“No soporto el silencio de la casa… -susurra y me cuesta oírlo -. A veces me quedo parado en su cuarto, no sé cuánto tiempo, horas! esperando que aparezca… Y cuando no lo hace, siento que me estoy volviendo loco”.
Otro largo silencio llena la consulta. Él aprieta los puños, baja la cabeza y coge pañuelos.
– Me estoy volviendo loco? Siento que me vuelvo loco, Jorge…
– Sí -respondo. No hay palabras para lo que he escuchado y cómo no vas a sentir que te vuelves loco echando de menos a tu hijo, el amor no desaparece con la muerte, sigue y seguirá en ti.
– (Llorando) Lo peor es pensar que un día podría olvidar su voz… que el tiempo me lo robe también.
– No lo vas a olvidar. Quizás cambie la manera en que lo recuerdas, pero siempre seguirá contigo. Ese vínculo nunca se rompe.
Cierro la puerta después de despedirlo y me quedo unos segundos sentado en la entrada, me siento sobrepasado tras la sesión. El pecho se me hace pequeño también, como si hubiera intentado encogerse para darle más espacio en la consulta. Tengo un nudo en el pecho y en mi estómago.
Dudo de si le di algo más que mi presencia y mis palabras torpes, sabia que acompañarlo en esta sesión no era acompañar a alguien en su duelo sino sostenerlo aún en la oscuridad y entre un insoportable dolor. Me pregunto qué sentido tiene acompañar a alguien en una herida que no cicatriza. No tendré respuestas, nunca las tendré, solo me esforzaba por estar presente pero conectar me hacía daño y entre ese dolor intentando no dejar que mis ojos fueran más allá de humedecerse como pocas veces.
Esa es la respuesta. No darle un sentido, sino simplemente estar. Ser testigo de un dolor tan grande que asusta, tan grande como el vínculo entre un padre con su hijo.
Me ha dejado temblando su miedo a olvidar. No la muerte en sí, sino la idea de que el tiempo robe lo poco que le queda. Y pensé en lo frágil que somos, en ese mismo miedo que he tenido yo cada vez que he perdido a alguien… en lo injusto que resulta que la memoria -nuestro último refugio- también tiemble ante el paso de los días y años.
Pienso en sus manos apretadas, en cómo buscaban anclar algo que ya no está. Pienso en esa frase – “que me lo devuelvan y me muera”- que suena a conjuro imposible, a última súplica . Me estremece que un deseo así pueda ser tan puro y tan terrible a la vez. No pide venganza ni explicaciones, solo volver a sostener. Y eso me abre una herida propia a la que me cuesta poner nombre.
Mientras escribía esto he borrado párte de la sesión. Escribía y luego borraba. Lo dejaré escrito en ese espacio “secreto” e íntimo, en su memoria y recordando como su padre hablaba de él. Qué poco profesional pensarán quienes lean estas líneas…
Hoy cierro la puerta con una sensación extraña, con un vacío que me dice que no lo he hecho bien, que podría haberlo hecho mejor. Siento una mezcla de rabia y ternura y hay una imagen que no puedo borrar: él sentado en la consulta hablando de esperar lo imposible. Improviso un pequeño ritual: una sencilla vela. No para reemplazar, sino para nombrar, para que el mundo sepa que ese niño existió con una voz, con un olor, con algo único.
Me pregunto si fui suficiente en la sala. Pienso que no. No lo sé. Me sorprende la culpa que me azota por eso, absurda: cómo cargar también con la idea de “no hacer lo bastante” cuando lo único que pedía el hombre era ser oído y escuchado. Me obligo a recordar cada momento de esa sesión. Cuál es el precio del acto de acompañar, ofrecer un vaso de agua y estar?.
Sé que el dolor de ese hombre seguirá vivo mañana, y pasado y quizá siempre. También sé que hoy he vivido algo difícil de expresar con palabras y que me acompañará siempre.
Eran dos personas destinadas a encontrarse, hasta el punto que coincidían esquivándose.
Encontrarse fue revivir el amor adolescente que lo vives y se queda anclado para siempre. Fue un darse de cara con quien siempre habías soñado. Destino. Conexión.
Se miraban y sentían que se conocían desde siempre. Miradas que parecían curar heridas, que prometían no volver a abrirse.
Miradas que son nostalgia, que buscan en el pasado aún cercano, ojos mojados porque el miedo está en las entrañas, días que pasan, que ya no se cuentan, que marchitan… no hay guerra, no hay bandos ni sangre, antes se mataban a… y ahora se dejan morir de poquito a poco.
Dejaron de necesitar escuchar ilusiones y sin saber como las buscaban en canciones, en una voz distinta de rima casi perfecta. Palabras que dejaron de ser exactas, de ser suyas para quedarse en la cola de Spoty, para otro momento, otra vida…
Cuando han olvidado saber cómo decirse y cuesta encontrar calor en su voz. Escuchar es notar el eco rebotando en la habitación esperando chocar contra un abrazo. Cuando cogerse la mano ha dejado de ser refugio, apretarle los dedos es algo mecánico y extraño, ahora triste antes afortunado.
Él siente que sostiene algo que no respira, ella se aferra a recuerdos que duelen porque les quedan grandes. Los silencios cómplices y llenos de pupilas enormes se han vuelto fríos y desconfiados, son espejo de ausencia y rutina.
El amor que todavía existe está noqueado, muerde la lona sin saber si tiene fuerzas para levantarse, para qué si van a volver a darme donde más duele… es una sombra sin cuerpo, un fantasma viejo, canoso y olvidado que sigue en la casa solo porque nadie tuvo el valor de echarlo y nadie lo echará de menos cuando salga sabiendo que nunca volverá.
No se lo dicen pero algunas noches aún se miran dormir y se preguntan cuando dejaron de reconocerse y descubrirse. Sus pestañas siguen siendo las mismas, la sonrisa se ha desdibujado y los labios han dejado de inhalar ternura.
Y lloran, cuando se miran a oscuras lloran y tampoco se lo dicen… para no despertarse se engañan. Y lo peor es que se sienten culpables de no sentirse, de haberse convertido en ese niño que se esconde todavía detrás de mi, de no estremecerse, de no saber cambiarlo y no quererse, de haberse convertido en testigo de una distancia que no deja de aumentar. Demasiada sangre, una misma herida.
Cierran los ojos para que el otro no se de cuenta y así evitar recordar la forma en que se abrazaban cuando algo les preocupaba o alguno tenía el corazón pequeño. Y duele tanto traerlo a la memoria… porque ahora, desean tocarse pero tienen miedo que no quede nada de aquello. Y aún duele más repetírselo y volver a engañarse. Mentiras y más mentiras que niegan lo que fueron y convencer no volverán a ser.
Ya no desayunan juntos y cuando lo hacen miran al infinito pensando que había algo en ti que nunca encontré en nadie más. No era solo el deseo, en medio del cansancio y del sudor, se estrechaban contra el pecho con una ternura que desarmaba cualquier miedo. Era en ese abrazo donde entendían que lo suyo no solo era especial, era refugio y el hogar que siempre habían deseado quedarme dormidos.
Era especial porque lograban que el mundo desapareciera cuando me tocaban. Porque su forma de amarme era tan escandalosa y apresurada como profunda y sagrada. Virgen de la locura…Y por eso duele tanto ahora, porque mira sus ojos y ya no encuentro ese brillo, ni esa urgencia, ni esa…La verdad se ha quedado en el camino, es un refugio inútil de ellos mismos. Qué fácil es olvidar lo que vemos cuando hemos perdido la mirada.
No hay palabras ni silencios que expresen cómo duele y aún rompe más. Se culpan de haber querido y no saber ahora querer, sabiendo que fue tan irrepetible como la cicatriz que juntos están creando. Esa que nadie ve mientras echa raíces. Y se mienten otra vez con un ya no estás, aunque sigas aquí. Uno mira al otro y se dice “Te amé como nunca supe que podía amar, y lo que fuimos merece descanso, no esta agonía lenta que lo ensucia todo”, pero calla.
Tampoco tienen palabras para irse, siguen compartiendo el mismo techo, los mismos vasos, la misma almohada que huele a ellos. Los días se llenan de coreografía perfectas ensayadas de pasos, abrir la nevera, mirar sin ver, cerrar la puerta, encender la tele para escucharse menos, bajar la mirada para que no se note el miedo.
Dónde nos perdimos? Dónde dejamos de acariciarnos el pelo, de protegernos, de ir detrás del otro sin saber adónde, de repetirnos lo que se puede llegar a a querer, de no necesitar entenderlo, de echarnos de menos, de naufragar sabiendo que juntos saldríamos a flote… lo que se puede llegar a querer.
Dónde dejamos espacio para la maldita pregunta inevitable, para tener que decidir entre la valentía para hablar, el precio de seguir o el vacío de perderse. Dónde empezaron a avergonzarse de lo que sentían? Dónde se creyeron que existe eso de una rendición madura? Dónde se convencieron que podemos vivir entre medias verdades e intentos de rescate.
La costumbre vence la valentía y los dos se quedan? Aparece el tiempo, ese tiempo que dejan pasar, ese que tampoco entiende, el mismo que nunca trae respuestas. El tiempo que los va haciendo pequeños, invisibles, y el miedo constante se despertar un día junto al otro y sentir que no están. Tal vez sea que el amor sigue, solo que se ha cansado de esperarlos.
Sea cual sea el final que escriban, ojalá encuentren la forma de darle nombre a lo que sienten, aunque duela, porque amar también duele. Que no sea la rutina la que escriba por ellos. Que, aunque el amor se agote, no sea la cobardía la que lo entierre.
Jorge Juan García Insua
(*) Esta publicación pone cierre a una particular trilogía sobre sentimientos y emociones en las relaciones sentimentales. Cualquier de los Capítulos podría ser parte de alguna de las sesiones vividas o tal vez parte de las que queden por venir.
Qué pasa si llegas a una edad donde te das cuenta que a has dejado pasar a todas las que ir nada del mundo deberías haber dejado ir?
Esas que ninguna vida, ni esta ni futuras, te devolverá?
Es un asco. Uno enorme.
Lo peor no es la ausencia en sí, sino haberla permitido y hasta provocado. Esa ausencia que te va haciendo daño día a día en forma de calle, de canción, de esquina, de un girar la cabeza por si la ves venir en la distancia. Una ausencia que te hace sentir pequeño, terriblemente pequeño.
Empiezas a cronometrar tus errores: las veces que elegiste seguridad, las veces que prefiriste la comodidad de no moverte, las palabras que no dijiste por miedo a romper una rutina que creías eterna. Y entonces entiendes que el tiempo no perdona indecisiones: las transforma en condenas. Pesadas, increíblemente pesadas. Y buscas una máquina del tiempo pero no existe, buscas una redención automática, pero nunca podrías pagarla… y te quedas a solas y solo con esa sensación pegajosa y asquerosa de haber entregado oportunidades a la basura, una a una, creyendo que habría más y que la basura nunca se llenaría.
Hay días en que el asco se transforma en frialdad. Te vuelves juez y verdugo al mismo tiempo. Eres como ese profesor cabreado con el mundo y la vida que repasa respuestas en un examen, las disecciona, busca la mínima excusa que justifique un comentario prepotente. No la encuentra y le duele. Y eso duele más que admitir la negligencia de no saber con qué pie levantarse cada mañana, mirarse al espejo y no encontrar al aliado que una vez prometió ser.
Pero también hay algo brutalmente honesto en ese dolor: te obliga a ver lo que perdiste y, por primera vez, a no querer repetirlo. No borra las pérdidas, no las devuelve, pero te vuelve más despierto. Aprendes el nombre del arrepentimiento y, si tienes suerte o ganas, lo usas como brújula. No para recuperar lo que ya no vuelve —que no— sino para no dejar escapar lo que quede por venir.
Pero viene y aunque te acuerdas y tienes presente como gritabas la última vez que la dejaste ir, te atormentas con el por qué lo hiciste… repites en estupidez. Matrícula de honor.
Y todo eso está bien, aunque duela. Y te lo repites para ver si así te convences. Porque si algo enseña el asco enorme es dónde no quieres terminar: en la costra de un pasado consumido por la pasividad. Entonces respiras, te miras con crudeza, y decides -por fin y ya era hora- que las próximas personas que aparezcan no serán puertas que dejas abiertas a la indiferencia.
Como si eso fuera fácil. Porque no es fácil. Nunca lo es. Sabes que la vida no regala redenciones limpias, te cambia el escenario y los personajes pero las cicatrices viajan contigo. Y cada vez que alguien aparece, la sombra de lo que perdiste se sienta entre los dos. Como un espectador silencioso que te recuerda que no eres de fiar ni contigo mismo.
Eso jode, cómo jode.
Y lo más jodido la confianza. No en el otro que ya está perdida, en ti. Porque ¿cómo confiar en alguien que ya dejó escapar lo que más importaba? ¿Cómo no pensar que volverás a repetir la jugada, que el miedo te paralizará otra vez? Te preguntas, te cuestionas, dudas antes de dar un paso… y mientras dudas, la vida sigue corriendo. Y otra vez dejas pasar.
Y aun así buscas un psicólogo… porque alguien te lo ha dicho o porque te resistes a ir en mundo mojado en esa autocrítica feroz. Le pides no sé, una chispa. Quizás pequeña, casi escondida, pero ahí. Porque si todavía duele, es que todavía importa te dice. Si todavía puedes mirarte y no soportar el reflejo, es que aún quieres cambiar. Lo contrario sería peor: la indiferencia, la apatía absoluta, la tumba en vida.
Ya puede ser bueno que no te quitará (o sí) el miedo, la torpeza, la vergüenza tatuada en el pecho. No como héroe que aprendió todas las lecciones, porque no hay nada de valor después de tanto sin sentido. Te tiemblan las manos, la voz se quiebra y tropiezas en tus propias inseguridades. Desde el suelo decides quedarte, no te quedan fuerzas para volver a huir.
Quieres resetearte, lobotizarte para conseguir el único consuelo posible: borrar el pasado. Y te vuelves engañar, si lo borro no cometeré errores, no dejaré ir más…
Y lo peor es que ni siquiera se trata de nostalgia. No es extrañar. Es otra cosa. Es una herida que no cierra, una costra que arrancas con las uñas a sabiendas de que va a sangrar y aun así lo haces, porque prefieres el dolor al olvido.
Te conviertes un cuerpo vacío que camina en automático. Te vistes, comes, trabajas, pero sientes como si alguien hubiera cortado un trozo de ti y lo piensas: “la dejé ir”. Lo repites como un mantra sucio. La dejé ir. Como si esas tres palabras pudieran contener lo irreversible. Lo jodido es que sí la dejaste no fue un accidente sino una renuncia lenta, cobarde, que se parece demasiado a un suicidio a plazos. Ni para eso sirves.
Entonces viene la rabia. Inmensa. Inmensa. Te golpea en mitad de la noche, te despierta empapado, con las manos apretando las sábanas como si fueran su cuello, o el tuyo, da igual. Porque la rabia ya no distingue. Odias haber sido tú. Odias haber elegido el miedo, el cálculo, el silencio. Odias que tu historia se parezca tanto a… ti.
Y en el fondo sabes que no hay reparación. No hay vuelta. Ni siquiera hay una condena clara: nadie te juzga más que tú. Eres juez, verdugo y cadáver, todo en la misma piel. A joderse. Y esa piel se te queda estrecha, como si fueras a estallar en cualquier momento, como si el aire mismo se negara a entrar porque no lo mereces.
Duele.
La gente habla de aprender, de seguir, de crecer. Tú solo quieres arrancarte la lengua por todas las veces que dijiste que lo harías. Iluso, qué iluso. Tú solo quieres que el espejo se rompa solo con tu presencia, para no tener que soportar esa cara de imbécil que dejó pasar lo único que importaba.
Y lo piensas de nuevo: “la dejé ir”. Y esta vez no lo dices con resignación, sino con un odio que supura. Porque ese “dejé” no es un error gramatical, no es algo que escribes como un mantra, es una sentencia firme y cruel: no se fue. Fuiste tú.
Y ahí me quedo, ahí estoy.en esa certeza, no hay redención. Culpable y vivo. No quieres consuelo, quieres que algo pague, y la única mano que siempre está a mano eres tú. Te golpeas con la memoria como quien se da palizas para ver si así, por fin, la sangre borra el nombre que no supiste retener.
Te explota la rabia contra ti. Te masturbas de culpa, te recreas en la imagen de sus caras alejándose, y cada imagen es una lámina que pasas por el filo hasta que sientes la herida.el calor del error quemando. No hay saciedad, solo una reiteración de escenas como una película de tortura: tú gesticulando cobarde, ella al borde de quedarse, tú cerrando la puerta con la delicadeza de quien remata una faena.
Puede que grites hasta quedarte afónico. Puede que escupas en las fotos, que rompas cartas, que quemes recuerdos. Pero el fuego no purifica: solo cocina la culpa hasta que huele a quemado y ya ni siquiera reconoces el aroma de lo que fuiste. Ay el fuego! Todo lo que queda es un muñeco chamuscado que se mueve por inercia, buscando la próxima persona que, sin saberlo, complete la demoledora ecuación de tus arrepentimientos.
Soy muy duro? Duro es cuando te miras al espejo, no te reconoces. No buscas reparación: buscas destrucción porque sientes que destruirte es la única forma de honrar lo que perdiste.“Vengo porque ya no puedo soportar la idea de que la vida siga siendo amable con quien fue tan cobarde” le dices al psicólogo. No quieres uno amable, lo quieres feroz e incisivo pero no te entra al trapo. Te hace de espejo y le gritas, deseas…
Él me mira, sereno, como si el tiempo de sesión no pasara. No te responde con frases hechas y sólo necesita una, una para desarmarme.
Vengo de una familia de solitarios y casi mejor para el resto de la humanidad que haya sido así.
Mi madre me quería y mucho, muchísimo pero lidiaba con demasiadas cosas y con el peso de haber estado con un capullo cabrón maltratador que la marcó para siempre.
Encontró en la soledad auto impuesta una salida o una cárcel, no sé cuánto de una y cuánto de otra.
Igual le estoy echando la culpa y no le toca. La verdad es que si estoy aquí delante tuyo es porque sé que no “todo” le toca pero también sé que así me resulta más fácil seguir y que tú me guardarás el secreto.
Aún no sé por qué vengo, para hablar no o al menos no solo eso. Quiero sentir… se puede sentir sin que haga daño? Joder, porque si se puede yo voy tarde. No quiero huir del mundo ni que el mundo huya de mí porque muchas veces es así como me siento.
Quiero vivirlo, sentirlo, sufrirlo (a ratos), disfrutarlo y exprimirlo. Ojalá supiera exprimirlo! Ojalá me hubieran enseñado a hacerlo pero como todas esas personas que van con miedo, que viven con miedo… no, no. De eso ya he aprendido yo. Quiero hacerlo como todas esas inconscientes que se enamoran y lo hacen de verdad.
Qué tontería pensarás… con todo lo que arrastro. Cómo lo llamaste tú? Ah sí, mochila. Qué hipoputa quien le puso ese nombre. Supongo que suena mejor “mochila” que mierdas. Cómo nos gustan las metáforas y tú además escribes de ellas. Y yo aquí.
Pues mi mochila mal le pese a quien le pese está llena de mierda. Mucha es de ese capullo maltratador, otra es de mi madre, aunque me duele mucho decirlo, porque ella no se lo merecía y a pesar de todo intentó cambiarlo con todas sus fuerzas hasta que se rompió en mil pedazos y se los juntó como buenamente pudo y supo. Pobre y mira que vale y la quiero, la quiero mucho pero alguna mierda mía es suya y llegado aquí no encuentro fuerzas para decírselo, mi mierda, su mierda…
Así que he llevado mi soledad a puntos casi profesionales. Va! Déjame ser romántica… he hecho de mi soledad un arte. Escribí de ella y en el fondo de mí, como tú. Soñaba despierta y me perdía en imágenes e imaginación, ahí me sentía libre, capaz, segura… Me hice tan amiga de mi misma que me convencí de no necesitar a nadie más y a guardar silencio cuando estaba en compañía.
Daba igual quien, silencio y esperar estar conmigo misma. Y escribía, a veces… compulsivamente, me volcaba y vaciaba en aquellas libretas. Solo ellas sabían la realidad de cómo me sentía. Ellas y aquel chico… vueno chico chico… tenía canas…
Vi en él todo lo contrario al hijoputa (se puede decir “hijoputa” verdad?). Yo que había aprendido a cuidarme sola me encontré con alguien que mejor o peor me cuidaba, a su modo, pero bien. No era el caballero blanco de mis sueños infantiles pero a su forma me protegía de lo malo de este mundo y en silencio sufría cuando no era así. No lo puse fácil, demasiado en alerta, siempre en alerta, siempre temiendo repetir patrones.
Me disfrazaba de psicóloga y me psicoanalizaba buscando justificaciones a mis decisiones, a mis actos, a mis pensamientos y me convertí en psicóloga, sí pero mala, horrorosa. Me creía mis mentiras, las disfrazaba para que dolieran menos, las justificaba y hasta buscaba explicaciones científicas que reforzaran mis por qués. Era como esos psicólogos que llegan a la facultad para supuestamente curar sus traumas y solo consiguen propagarlos y encima cobran por ello.
La loca de mi madre me lo dijo pero claro, no la escuché. Era más sencillo y menos doloroso pasar sus palabras por mi estupido filtro pseudo intelectual y devolverle sus palabras envueltas en cuchillos.
Esos días sentía que había mucho más de mi padre en mí de lo que deseaba, me odiaba. Yo, que incluso lo justificaba por las drogas y los litros de alcohol que se metía, yo que de eso más bien entré poco o nada… yo que me decía que eso no era genético resulta que lo llevaba en las venas y no sabía cómo me lo había metido. Mucho menos cómo sacarlo.
Me siento tan cansada que ha veces he querido dimitir. No hablo de suicidio, no… al menos aún no, hablo de dejarme manejar, que otro decida y haga por mí y si es bueno, bien y si no lo es… repetirme que es karma o destino.
Ahora recuerdo cuando mi abuela, que en paz descanse, me decía “alégrate que no haya salido como imaginabas, así la vida te enseña. Tú aprende”. Otra mierda. No una, muchas. Nada ha sido como quería, nada. Sí me equivoqué, mucho pero en todo? Todo es culpa mía? Tan mal hecha estoy? Mi abuela solo consiguió de mí que hiciera cargo de sus plantas. Quizás porque ya vio que no sería capaz de cuidar de mi.
Y si al menos hubiera un antes podría engañarme… fui feliz, ya no pero lo fui y decir eso de “nada será como antes”. Mis antes, no quiero ninguno de mis antes. Salvo él, salvo él. Y eso que también tenía su parte de capullo, pero capullo bueno y sus recuerdos pesan todavía y es el único peso que aún no quiero soltar.
Ya no sé lo que es verdad y verdadero en mi vida. Qué triste no? Quizás por eso estoy aquí, hablando contigo aunque no sé si hablo o simplemente me vacío. Me pregunto si alguna vez he dicho en voz alta todo esto o si siempre lo escondí detrás de sonrisas, ironías o silencios calculados. Tú también eres muy silencioso. Lo noto. He aprendido a sobrevivir, sí, pero a costa de no vivir. Y de repente me pregunto si sobrevivir no es otra forma de morirse poco a poco. Como mi madre…
Me pesa reconocerlo, pero tengo miedo. Miedo de mí misma, de mis decisiones, de repetir la historia. Miedo de querer y no saber hacerlo, de entregarme y descubrir que no tengo nada para dar. Es un miedo que se disfraza de fuerza, de independencia, de soledad elegida… pero cuando cae la máscara, solo queda esa niña que temblaba en la esquina, esperando que alguien dijera que todo estaría bien. Nadie lo dijo entonces, y nadie lo dice ahora.
Quisiera creer que aún hay tiempo, que no estoy tan rota como pienso, que lo que llamo “mochila” no es solo mierda sino también la prueba de que sigo aquí, arrastrando pero avanzando. Ya ha salido la psicóloga bocazas! Quizá sentir sea posible sin que duela tanto, quizá amar no sea siempre una condena, quizá no esté destinada a repetir lo que odio.
A veces pienso que me he acostumbrado demasiado al dolor, como si fuera una segunda piel que no me quito ni cuando duermo. Y es extraño, porque me quejo de él, lo odio, pero al mismo tiempo me aferro. Como si temiera que sin dolor no quedara nada de mí. ¿Y si la única prueba de que existo es este peso que cargo cada día?
No lo sé. Lo único que sé es que estoy cansada de tener miedo. Cansada de todo y cansada de mi. Normal que otros se cansen conmigo. Y si algún día encuentro la forma, aunque sea tarde, juro que voy a sentirlo todo, aunque me rompa de nuevo.
Tal vez romperse no sea el final, sino la única manera de empezar otra vez, rota.
Sé que para ti soy poco más que un corazón roto y sé lo que cuesta querer a un corazón roto porque sé lo que me cuesta quererme.
Me pongo en tu lugar y entiendo que te alejes de mí. Me esfuerzo y créeme que mucho fingiendo que no me importa y que esos silencios tuyos no son una despedida sino que estás intentando lidiar con la misma tristeza que siento yo y que te niegas al pensar que es para ti una despedida.
Me esfuerzo en repetirme que es mejor así, aunque me suena como el más estúpido y gilipollas de los pensamientos que haya tenido nunca. Me repito que es mejor así, que no merezco atar a nadie a mis ruinas, todo para que nadie sepa del miedo tan atroz de sentir que me quedo sola con el recuerdo de lo que fuimos y alguna vez soñamos… y nunca llegaremos a ser.
Hay noches en que pienso que, si me miraras de nuevo con la misma ternura, mis grietas se volverían menos profundas, que cerrarían ir arte de magia y que desaparecerían las marcas de mi piel. Esa que besabas con ternura y que todavía puedo sentir, cuánta verdad eso de que la piel tiene memoria.
Me quiero tan poco que despierto y me repito que no se le pide a nadie que ame lo que está hecho pedazos. Amar los pedazos de algo que fue es hacerte daño al intentar abrazarlo, cortarte los labios a cada beso, no llegar a recordar cómo poner los trozos para que encajen, ya no como antes sino de alguna forma que se aguanten, que no caigan al mínimo temblor y que tus pupilas se abran y se iluminen como no hace tanto hacían al verme.
Sabias que no me quería y del miedo a que me quisieras aunque fuera un poquito. No parecía importarte ni tampoco noté que eso te condicionara. Me decías que el amor no necesitaba estar completo para ser real, que incluso lo roto podía ser hermoso si se miraba con la mirada adecuada y que mientras yo ajustaba la mía tú no podías evitar la tuya. Me parecía tan romántico que miraras así…
Yo quería creerte, de verdad lo intentaba, pero dentro de mí siempre estaba esa voz que me gritaba que era insuficiente, que nadie debería cargar con mis neuras y que si a estas alturas no había aprendido a cargar con ellas yo arrastrarían a cualquiera que quiera llevarlas conmigo.
Aun así, tus miradas y tus palabras se quedaron en mí, se volvieron mi refugio. Había instantes en los que casi podía convencerme de que bastaba con tu abrazo para que todo tuviera sentido, como si la vida se redujera a esos segundos en que respirábamos juntos. Hubieron días que deseé que se me parara el corazón estando en tus brazos…
Pero el miedo… el puñetero miedo era más fuerte. El miedo de perderte, el miedo de quedarme sola, el miedo de que descubrieras hasta qué punto me sentía rota, más hecha añicos de lo que nunca imaginé. Y en ese miedo, sin querer pero en fondo deseándolo, fui alejándote. Como quien cierra la puerta antes de que alguien más lo haga, aunque por dentro esté deseando que la derriben. Qué burra verdad?
Ahora escribo estas palabras como si fueran un conjuro, ay las meigas, como si al ponerlas aquí pudieran devolverte, aunque sea un poco. Tal vez no regreses, tal vez no quieras, tal vez solo quiero gritar que aún siendo un amor a pedazos era de verdad, era amor.
No quiero que leas estas palabras, me moriría de vergüenza, ojalá se pierdan, se borren, se mojen y desaparezcan como yo me perdí en tu mirada la última vez. Pero no puedo evitar escribirlas en silencio, es mi manera de sostenerte un poco más.
Me descubro imaginando futuros que ya no existen, conversaciones que nunca tendremos, mañanas en las que aún despiertas a mi lado. Me duele tanto tanto tanto que sin sentido me aferro a ese dolor como única prueba de que todo fue real. Porque si dejara de doler, ¿quedaría algo de nosotros? No respondas, no respondas por favor.
A veces pienso que no fue amor lo que se rompió, sino la creencia de que yo pudiera merecerlo. Porque amarte era fácil, lo difícil era creer que alguien como tú pudiera quedarse con alguien como yo.
Sé que seguir intentando quererme es un acto tan inútil como esperar que me sigas queriendo, pero también sé que es lo único que me salva de desaparecer del todo. Ese dolor me sostiene.
Te confieso que a veces quisiera odiarte, sería más fácil. Sería tan sencillo culparte, señalarte, decir que fuiste tú quien me dejó así. Pero no puedo. Tal vez porque en el fondo sé que fuiste lo mejor que me pasó, incluso si el final fue este vacío. Tal vez porque este vacío ya estaba antes de ti y solo contigo dejé de sentirlo.
Me sorprendo repitiéndome que algún día aprenderé a quererme un poco más, aunque todavía no sepa cómo, aunque no sepa si ese día llegará. Quizá ese sea el único camino…. aprender a ser mi propio refugio, con el consuelo del recuerdo de la paz de tus brazos.
Quién sabe si un día habrá un último intento de arreglarme, de sanarme, de buscarte. No lo veo, no lo quiero, no lo siento pero es irremediable. Si llega no quiero guardarme rencor, tampoco culpas. No puedo con más. Me conformo si ese día soy capaz de agradecer lo que fuimos, que existió y que hubieron días que fue suficiente.
Y si mi destino sea vivir entre mis pedazos, abrazar un vacío que ya se ha vuelto costumbre para luchar contra el miedo de imaginar que algún día incluso eso se desvanecerá y ni siquiera el dolor me hará compañía.
Me rompe pensar que si desaparece también el dolor, ¿qué prueba quedará de que existimos? En el fondo, aunque duela, es lo último que me queda de ti.
– Esa soy yo! La invisible, tan invisible que me da miedo que llegue un día que me vaya y nadie se dé cuenta, que nadie note que me he ido. Puedo soportarlo todo menos eso! – ha dicho la paciente, temblorosa y sobrepasada.
– Qué supondría eso para ti si sucediera? – he preguntado.
– No… no tendría más remedio que reconocer que mi ausencia tiene la misma importancia que mi existencia. Qué triste verdad? Y si eso sucede dime qué me ata a este maldito mundo. El día que suceda prefiero irme.
– Siento que ese miedo es muy profundo para ti. Me dices que lo insoportable no es solo el dolor, sino el sentir que tu vida puede pasar inadvertida. ¿Lo estoy entendiendo bien?
– Sí Jorge. Sí, porque si nadie lo nota es como si no hubiera existido nunca y esa maldita sensación me ha acompañado siempre, siempre.
– Esa es una sensación de invisibilidad muy…dura. Pero al mismo tiempo, me lo compartes aquí, a mi, lo cual me hace pensar que dentro de ti todavía hay una necesidad de ser vista, reconocida, escuchada. ¿Cómo te hace sentir que yo sí conecte y sienta lo que estás viviendo ahora?
– Me alivia un poco… aunque siento que ese alivio no durará.
– Qué te hace pensar que no durará?
– No ha durado hasta ahora y ningún loquero lo ha cambiado.
– Es válido que sientas eso. Y a la vez, este pequeño alivio me dice que todavía hay algo que puede darte sostén, aunque sea breve.
– Te gustan los retos Sr Psicólogo. Debes saber que otros lo han intentado
– Me lo dijiste pero no he sido yo quien ha ido a ti, has sido tú quien buscó ayuda, miraste, leíste y decidiste que fuera yo. Así que el reto es tuyo y “técnicamente” me has pedido que te acompañe en él. Déjame que recuperemos la línea …
– Si mi ausencia tiene la misma importancia que mi existencia dime qué me ata a este maldito mundo. Tiene la Psicoloia respuesta a eso?
– No lo sé y sinceramente disto mucho de saber “todo” de la Psicología y la Psicología no tiene respuesta a todo pero sí nos ayuda a hacernos preguntas, ademas es una pregunta “enorme” la que planteas: qué nos ata a este mundo cuando sentimos que la diferencia entre estar y no estar es mínima, tan pequeña?
A veces, el vínculo con la vida no depende de ser “indispensables” para otros, sino de encontrar un sentido propio, aunque sea pequeño.
– Y siese sentido nunca llega?
– Entonces lo que podemos hacer es crear fragmentos de sentido. Déjame que te lo explique. Hay quienes encuentran sentido en la belleza de algo pasajero, como una música, un amanecer, una mirada compartida, un abrazo… Otros lo buscan en dejar huellas pequeñas: un gesto, una palabra que toca a alguien. No siempre se trata de grandes reconocimientos, sino de aceptar que incluso en lo breve puede haber valor.
– Sí, pero todo eso desaparece igual… como si nunca hubiera existido.
– Lo breve es también real. Un fuego que se apaga deja de haber sido fuego? Del mismo modo, una vida no necesita ser eterna para haber tenido significado. Y si no fuera una cuestión de permanencia, sino de experimentar, de sentir, de influir aunque sea un instante en una parte del mundo, en el curso de la vida. La tuya, la mía, la de alguien…
– Y si sigo sin ver nada que merezca la pena?
– Quizás entonces tendrás que intentar mirar con otros ojos, como si fueras una visitante de este mundo por primera vez. Tal vez el sentido no se encuentra al final del camino, sino en la simple decisión de seguir buscándolo. Y en ese acto —el de seguir preguntándote por él— ya hay una forma de resistencia… y de existencia.
– No sé si tengo fuerzas para seguir buscándolo… Me siento agotada, tal vez no encuentre las fuerzas Jorge…-
– Te entiendo. Cuando alguien vive tanto tiempo con ese cansancio y en ese desgaste emocional, pedirle que siga buscando puede sonar casi imposible. No pretendo presionarte ni obligarte y te pido perdón si te lo ha parecido. Lo que quiero transmitirte es que no tienes que hacerlo sola ni de golpe. A veces basta un paso muy pequeño, sostenerte en un instante, como ahora mismo que estamos conversando. Ese ya es un acto “de vida”.
– Y si mañana vuelvo a sentir que nada tiene sentido?- Entonces hablaremos de eso mañana. Ni yo ni nadie puede garantizar que el dolor que sientes desaparezca de inmediato, pero sí podemos pensar juntos en cómo ir día a día. Y si llega la desesperación te propongo traerla aquí, ponerle juntos palabras, compartirla, sacarla y tal vez así alivies la carga.
– Me da miedo depender de eso… de ti, de estas sesiones.
– Ese miedo también es valioso reconocerlo. También lo tengo yo, no que dependas porque sé que eso no pasará. No se trata de depender, sino de tener un lugar donde tu dolor puede estar sin que tengas que cargarlo sola. Mientras tanto, podemos trabajar en herramientas para que, en esos momentos críticos, tengas algo más que sostenerte además de mí: una persona de confianza, un recuerdo, un gesto que te conecte con la vida.
– No sé si podré…-
– No necesitas estar segura ahora. Con que estés aquí expresándote conmigo ya estás abriendo un camino. Y esa posibilidad, por pequeña que parezca, es precisamente lo que te sigue atando a este mundo en este momento.
– Jorge… siento que grito por dentro y nadie me escucha. Es como si me estuviera muriendo en silencio. No puedo más, no quiero más!-
– Yo te escucho, aquí, ahora. Estoy contigo, puedes verme, sentirme como yo a ti. Para mí es real eso que sientes aunque sea invisible para el resto del mundo. No quiero que lo lleves sola, no estás sola. No estás sola.
– Pero ¿de qué sirve que lo escuches tú, si afuera no cambia nada? Si salgo de aquí, sigo siendo un fantasma,
– Tal vez el mundo no cambie de golpe, pero lo que está sucediendo en esta sesión ya está teniendo impacto, en tu vida y en la mía. Estás tocando mi vida en este instante.
Tras decir estas palabras ha sonreído y roto a llorar. Al poco me ha pedido un abrazo. Tras unos minutos la sesión ha continuado con un tono y sentido distinto.
Público este trozo de sesión porque a veces alguien me pregunta qué voy a hacer si un paciente me expresa pensamientos suicidas. Es difícil incluso para un psicólogo explicarlo de una forma cercana y llana.
Publico este fragmento también porque quiero mostrar que, aunque el acto de escuchar pueda parecer mínimo, tiene un profundo efecto.
Muchas veces quienes viven con pensamientos suicidas sienten que su dolor es invisible y que su existencia carece de impacto. Pero incluso un espacio seguro donde puedan expresarlo ya genera un cambio, les recuerda que son vistos, que su experiencia importa y que hay alguien que sostiene su vulnerabilidad sin juzgarla.
No se trata de ofrecer soluciones mágicas ni de minimizar la intensidad del sufrimiento. No puedo ni se puede borrar el dolor al instante, tampoco garantizar que nunca volverá. Sí puedo ofrecer herramientas, acompañamiento y trocitos de sentido que, poco a poco, hacen que la vida siga siendo vivible. Un abrazo en el momento justo, una palabra que llega, la validación de un sentimiento, son actos que pueden marcar la diferencia aunque el mundo exterior no los perciba ni nunca sepa de ellos.
Buscar ayuda no es debilidad, sino un acto de resistencia y de supervivencia. Cada gesto, cada palabra compartida, es una huella que, aunque invisible, deja constancia de que la persona existió, sintió y se atrevió a seguir.
Lo que sucede en estas sesiones no solo es escucha, sino construcción de sentido. No garantiza que el mundo cambie, pero sí que la persona que sufre pueda reconocer que su vida tiene valor, aunque sea por momentos pequeños y breves. Eso, a veces, es el primer paso de muchos y suficiente para seguir adelante y sí, mi vida cambia, crece y se enriquece con cada una de ellas.
La vulnerabilidad compartida genera conexión, una muy especial. Cuando acabo una sesión así, me quedo con la sensación de que he sido testigo de algo especial y casi sagrado: la valentía de enfrentar lo más oscuro y reconocer que, aun allí, hay lugar para la vida.
Nunca he sabido expresar cómo admiro a estas personas, qué valientes… y me siento tan pequeño a su lado. La valentía de mostrarse tal como se es, de confiar en que otro sostendrá lo que duele, es un acto de coraje y ejemplo extraordinario..
Jorge Juan García Insua
“Dime todas las cosas terribles que has hecho y déjame amarte de todos modos” Edgar Alan Poe
Ella tiene mediana edad. La primera de las sesiones tuvo que hacer un enorme esfuerzo para encontrar las palabras. Sabía lo que quería expresar pero desde el primer momento dijo sentir vergüenza por expresar ante alguien lo que iba a explicarme.
Confesó que había pasado meses posponiendo la decisión de venir. Miraba mi número de teléfono una y otra vez, como si estuviera midiendo las consecuencias de marcarlo. Siempre encontraba una excusa para no hacerlo: “mañana”, “cuando esté más tranquila”, “cuando me atreva”. Y detrás de cada excusa, la verdad más desnuda: el miedo a exponerse. El miedo a que su verdad sonara demasiado dura, demasiado egoísta, demasiado inaceptable. El mismo miedo que la estaba matando.
Recordaba con claridad aquel día, apenas unas semanas atrás, en que había estado a punto de hablar con él. Tenía las palabras casi formadas en la boca: decirle que ya no lo quería como antes, que el vínculo se había ido desgastando hasta quedar en cenizas, que estaba agotada de sostener una relación que ya no le daba aire. Se había repetido a sí misma: “ya no puedo más”. Sin embargo, nunca lo dijo. Se tragó las frases, como tantas veces.
El destino fue cruel: justo esa semana, él acudió a la cita médica que llevaba tanto tiempo esperando. Los problemas respiratorios que parecían molestos pero manejables resultaron ser un síntoma de algo mucho mayor. El diagnóstico fue como un golpe seco, irreversible: terminal.
Todo cambió. Lo que ella pensaba revelar quedó enterrado bajo un nuevo peso, más insoportable. ¿Cómo hablar de su verdad cuando él acababa de recibir la suya? Decidió callar una vez más. Se convenció de que no era el momento, de que si rompía la relación en ese punto nadie lo comprendería. La sociedad, la familia, incluso sus propios amigos la mirarían con reproche: “lo abandonó cuando más la necesitaba”. El juicio de los demás se convirtió en una cárcel anticipada. Se sentía tan señalada y pensó que su culpa pesaría menos.
Desde entonces, vivía atrapada en una contradicción silenciosa. Hacía lo posible por aparentar normalidad, como si el amor todavía habitara sus gestos, como si la vida siguiera un curso previsible. Pero cada acto cotidiano era un teatro agotador. Cuando quedaba sola, las lágrimas salían sin permiso. El coche se transformó en su escondite más seguro: allí podía llorar en movimiento, convencida de que nadie notaría a una conductora con el rostro empapado. Alguna vez mientras conducía había pensado estrellarse, así “podría huir, dejar de sufrir y que nadie me mirara mal, tal vez incluso por pena me recordarían con cariño”.
El entorno nunca dudó de ella. Todos daban por hecho que permanecería firme, que sería la cuidadora, la compañera, el sostén incondicional. Nadie preguntó cómo estaba o se sentía. Nadie se detuvo a mirar detrás de su sonrisa forzada, nadie sospechó del vacío que la consumía. Ni siquiera él, absorbido en su propia enfermedad nunca alcanzó a preguntarle por sus emociones.
En lo profundo, ella se sentía cada vez más sola. Una soledad que no dependía de estar acompañada o no, sino de no poder compartir lo que llevaba dentro. La culpa la ahogaba: culpa por no amar como antes, culpa por desear marcharse, culpa por quedarse fingiendo. Y a la vez, el miedo: miedo a hablar, miedo a destruirlo, miedo a destruirse.
Era como si estuviera muriendo dos veces: una, con él, en el proceso inevitable de su enfermedad; y otra, dentro de sí, por todo lo que había callado.
Hasta que un día marcó mi teléfono, desde el coche y entre lágrimas.
Cuando llegó a su primera sesión la “otra” ella había hecho tres. Desde el primer momento sabía que necesitaba ayuda para poder gestionar aquel momento vital.
Había dejado a su pareja hacia 6 meses. Había sido una relación de subidas y bajadas, tan intensa en unas como destructiva en otras.
Un día no pudo más y decidió que lo que acaban de vivir era señal de que aquello debía acabarse aunque lo quería con locura y siempre había pensado, y seguía haciéndolo, que era el amor de su vida.
Él la acusó de abandonarlo justo cuando más la necesitaba; la rabia no le permitía ver más allá. Ella, por su parte, le reprochó todo lo que durante tanto tiempo había callado. Se separaron con la amarga sensación de no haberse conocido nunca del todo y con la certeza de lo cruel que puede ser la vida cuando te pone delante a tu alma gemela y, aun así, no puedes quedarte a su lado.
No fue fácil para ninguno de los dos. El contacto cero lo rompió al poco un mensaje de él. Se moría. “No hoy ni mañana pero me muero. Solo quería que lo supieras tú antes que nadie”.
Ella no supo reaccionar. Empezó a notar como era señalada, como hablaban a sus espaldas o recibía comentarios fuera de lugar. Todo aquella solo hacía que sintiera más y más culpable. Pensaba que todo aquello era muy injusto para alguien que se había querido ir sin hacer daño, sin explicar ni publicar fuera de ellos dos
Pero el dolor, cuando se comparte a medias, acaba saliendo por todas partes. Ella comenzó a vivir con una doble carga: la de la ruptura y la del peso social que parecía responsabilizarla de un destino que no había elegido. Dejó de dormir. Las noches eran eternas, repasando cada palabra, cada gesto, cada instante de aquella relación. Se preguntaba si debería volver a escribirle, si acaso aún podía acompañarlo en lo que le quedara de tiempo, aunque fuese solo como presencia silenciosa.
Él, por su parte, aunque no lo decía abiertamente, esperaba una respuesta. Entre ambos se había instalado un vacío extraño: demasiado grande para ignorarlo, demasiado doloroso para llenarlo. Una tarde ella se decidió a escribir.
Él quiso decir que sí, pero respondió que no. Todavía herido y resentido, no quería reabrir heridas ni enfrentarse a la idea de tenerla cerca sin que fuese en los términos que siempre había soñado. “Tenerte a mi lado sin ser como yo hubiera querido me dolería demasiado”, le escribió.
Desde entonces y tras dos llamadas fallidas que nunca tuvieron retorno ella no sabe ni cómo se siente más salvo esta hundida sin tocar fondo. Desde aquel mensaje no ha dejado de llorar y siente que algo también se muere cada día en ella.
Hoy han coincidido en la consulta. Acompañaba a una de ellas a la puerta mientras la otra esperaba. Se han cruzado las miras, se han reconocido y un largo abrazo ha revelado que fueron compañeras en primaria y secundaria y que la vida las había separado para reencontrarse hoy aquí.
Entre lágrimas me han explicado su historia común y se han prometido un café esta semana.
Tal vez ese reencuentro fugaz tenga continuidad. Cada una carga una cruz distinta, pero ambas han aprendido que callar lo que duele acaba matando lentamente. El miedo al juicio de los demás, la obligación de cumplir con lo que se espera, la costumbre de sostener a otros sin preguntar quién las sostiene a ellas… acaba siendo una especie de cárcel sin aire para respirar.
Ambas están aprendido a tenerse compasión. La compasión no viene de afuera, empieza en una misma. No se trataba de ser “perfectas”, ni de cumplir con lo que otros dictaran, sino de atreverse a reconocer su propia fragilidad y permitirse ser humanas, porque a veces no se trata de salvar una relación, ni de salvar al otro, sino de salvarse a sí mismo.
En terapia, lo que más sorprende a muchas personas no es descubrir el origen de su dolor, sino darse cuenta de cuánto tiempo han vivido cargándolo en soledad. El silencio, aunque parece una forma de protegerse, se convierte en una coraza que impide recibir apoyo, comprensión o incluso ternura. Lo que callamos pesa más que lo que decimos.
En ambos relatos hay un hilo común: el miedo al juicio externo y la culpa por no responder a las expectativas ajenas. La psicología nos recuerda que gran parte del sufrimiento humano no surge solo de lo que ocurre, sino de cómo interpretamos lo que debería ocurrir. Ese “debería” —ser fuerte, cuidar sin límites, sostener aunque duela, amar siempre de la misma manera— se transforma en un sufrimiento invisible.
La vergüenza que ambas sienten no aparece por casualidad: es un mecanismo aprendido. Nos enseñan desde pequeños a “no molestar”, a “no ser egoístas”, a “aguantar” antes que incomodar. Y cuando llega el momento de poner palabras al dolor, la voz se quiebra porque choca contra años de silencios normalizados. Pero es justo en ese temblor donde podemos empezar a sanar, poniendo nombre a lo innombrable.
La compasión hacia sí mismas, que apenas comienzan a explorar, no es un acto de indulgencia ni de debilidad. En psicología, la autocompasión implica reconocer que el sufrimiento forma parte de la experiencia humana y que merecemos tratarnos con la misma ternura que le daríamos a alguien querido en su lugar. Muchas veces, cuando logramos hablarnos con amabilidad en vez de con reproche, algo cambia: no desaparece el dolor, pero deja de devorarnos.
Ambas están descubriendo que no se trata de “hacer lo correcto” según los demás, sino de escuchar lo que realmente necesitan en lo más profundo. Y esa escucha, en terapia, se convierte en un acto de resistencia frente a la culpa y frente a las expectativas que las ahogaban. El proceso terapéutico no es una promesa de finales felices ni de decisiones fáciles. Es más bien un espacio para aprender a sostener las contradicciones sin que destruyan por dentro. Para aceptar que es posible querer y no poder seguir, acompañar y desear distancia, llorar por lo perdido y a la vez sentir alivio por lo que ya no se sostiene…
… Porque sanar no es borrar la herida, sino aprender a mirarla sin que nos devore.
Ha llegado silencioso y dando la impresión que necesitaba soltar algo urgentemente.
– Qué traes hoy a sesión?
– Cabreo! Vengo enfadado. No lo ven y ella tampoco, no lo ve o no lo quiere ver.
– Qué es eso que te enfada tanto que no vean?
– Que esto no es fácil, me ha dicho que vaya más rápido, que no está para esperar. Le he dicho lo que hablamos, que necesito ritmo para … avanzar, cambiar cosas… me ha dicho que busque un psicólogo que vaya más rápido y me meta más caña.
Según iban pasando los minutos ha ido dejando a un lado las expectativas (y prisas sin sentido ajenas) y ha vuelto a centrarse en su proceso.
Él entendió que en terapia a veces hay que profundizar, otras hay que flotar en la superficie. No todo dolor o trauma pide ser desenterrado de inmediato, no toda pregunta requiere respuesta en el instante.
Hay momentos en que la profundidad nos ofrece claridad, y otros en que el simple hecho de sostenernos en lo visible, lo que conocemos y donde nos sentimos seguros ya es un acto de cuidado. Uno enorme que sólo nosotros sabemos lo que cuesta dar. Y la terapia es ante todo eso, un acto de auto cuidado.
Flotar no siempre es evadir, muchas veces es descansar. Profundizar no es perderse, es buscar sentido. Ambos movimientos se entrelazan como las mareas: uno prepara al otro, y el ciclo se repite, con la cadencia y ritmo que cada persona necesita.
La terapia no trata de forzar sino de escuchar y escuchar. Escuchar al cuerpo, la palabra, al silencio, a uno mismo.
En ese ir y venir, en ese silencio y escucha la persona aprende a reconocerse. Cuando somos capaces de reconocernos, avanzamos. No se trata de avanzar en línea recta, sino de aceptar que el proceso tiene curvas, pausas y mareas propias. Propias.
La terapia es, en el fondo, un espacio de permiso: permiso para sentir, para no saber, para equivocarse, para encontrar nuevas formas de ser. Es un encuentro con la paciencia y con la confianza de que incluso en los momentos de aparente quietud, algo dentro sigue moviéndose.
La terapia no ofrece atajos ni certezas absolutas, no es un único camino sino un acompañamiento en la complejidad de ser humano.
A veces queremos soluciones rápidas, respuestas definitivas, pero lo que encontramos es un espacio donde aprender a sostener la pregunta sin apresurarnos a resolverla. Profundizar y flotar no son opuestos, sino formas complementarias de conocernos y ambas piden valentía: la primera para mirar de frente lo que duele, la segunda para confiar en que no todo depende del esfuerzo constante.Y tal vez ahí está la verdadera transformación, no en cambiar quién somos de raíz, sino en permitirnos ser incluso con aquello que incomprensiblemente para otros no podemos ni sabemos cambiar. Permitirnos menos juicio y más escucha, aunque duela.
Hace tiempo escribí que la terapia no es un destino, sino un viaje recorrido a distintos ritmos. No se trata de llegar más rápido ni de ir más profundo siempre, Eso no es terapia ni vida para nadie.
Dije y sigo defendiendo que la terapia te enseña que sanar no significa borrar lo vivido, sino que te ayuda a integrarlo de manera que podamos sostenernos con el peso sobre los hombros. La terapia nos recuerda que la fuerza no está en evitar el dolor, sino en darnos el permiso de sentir, descansar y continuar cuando nos sentimos capaces de dar otro paso.
Y en ese paso, a veces pequeño, a veces titubeante, se abre la posibilidad de algo nuevo. No un triunfo grandilocuente que publicar ni una revelación que cambie la vida de golpe, sino un gesto sutil: respirar con más calma, dormir un poco mejor, atrevernos a decir “no”, escuchar a quien queremos, focalizar nuestra rabia e ira, reconocer que ya no duele igual que antes…
En terapia así debe ser el proceso: casi imperceptible para quien mira desde fuera, profundamente transformador para quien lo transita. Por eso hablo tanto de “camino”, porque la terapia no busca mostrar resultados inmediatos salvo cuando la vida está en juego, y se mueve lejos de la prisa de quienes quieren medirlo todo. La terapia no siempre nos lleva a donde pensábamos, pero siempre nos acerca más a quienes somos.
Te regala la oportunidad de reconciliarnos con nuestro propio ritmo. Confiar en que no vamos tarde, que no necesitamos demostrar nada para merecer cuidado. Que lo humano se mueve en olas, y que está bien tener momentos de calma antes de volver a sumergirse.
Así, a nuestro ritmo, aprendemos que sanar no es dejar de sentir, sino aprender a sentir de otra manera. Que el dolor deja de ser enemigo cuando dejamos de pelear contra él y comenzamos a escucharlo.
Y aunque lento, cambiamos la vida. Eso donde a veces no es tan importante ir rápido sino ir de la mano. ..
… y cuando la mano que agarras es la que quieres no importa caminar lento.
La última vez nunca avisa. Ninguna de las últimas veces lo hace.
Entró hace unas semanas en la consulta sin saber ni ver que no que habría otro abrazo, otra llamada, otra mirada compartida. Confiaba en la rutina, pensando que la vida concede repeticiones infinitas. Y sin embargo, la última vez siempre llega en silencio, como un punto final que no pide permiso.
El duelo nace precisamente de esa ausencia a menudo inesperada. No solo lloramos a la persona que ya no está, sino también todas las veces, situaciones y experiencias que no volverán a ocurrir: la última sonrisa, el último gesto cotidiano, la última conversación que en su momento parecía normal y hoy se convierte en un tesoro, en un lejano recuerdo o en una rabia contenida.
En el duelo, el recuerdo de la última vez duele porque se convierte en frontera: todo lo que fuimos queda detrás, y todo lo que falta por vivir ya no podrá compartirse. Duele mucho, mucho, tanto que nos mueve de donde sea que estemos porque aún negándolo algo ha cambiado para siempre. Intentamos ser positivos y auto convencernos que con el tiempo, esa última vez nos recordará la importancia de las primeras, de las presentes, de las que todavía podemos vivir. Nos aferramos a eso y así creemos mitigar por segundos el dolor.
Aceptar el duelo no significa olvidar la última vez, sino aprender a darle un nuevo lugar. Parece fácil, lo es decirlo pero no hay manual ni guía. Comprender que la ausencia transforma, que el amor persiste, y que aunque no haya repetición posible, el vínculo sigue habitando en nosotros. Es además un paso emocionalmente muy intenso que fácilmente nos desborda.
Lo es porque el duelo no se vive solo con lágrimas, también se siente en el cuerpo: en la punzada en el pecho al escuchar una canción, en el vacío de la mano que ya no encuentra la otra, en la inercia de mirar al lado y recordar que ese espacio está ahora vacío y desnudo. Es una ausencia que se mete en la piel y que no se deja domesticar así como así. Sin embargo, esa misma punzada es la prueba de que la vida estuvo llena, de que hubo presencia, de que lo compartido dejó huellas que ningún final puede borrar.
La última vez nos confronta con la fragilidad de la vida, pero también nos enseña a mirar con más ternura el ahora, porque nunca sabemos cuándo será el último instante que después recordaremos.
– No quiero que haya una última vez -me ha dicho en un momento de la sesión. No quiero nunca más una última vez.
– Suena como si la idea de un final, de una última vez, te resultara muy dolorosa o difícil de aceptar. Si no pudieras evitarlo, qué necesitarías para sentirte segura frente a esa posibilidad?
-Sentir… sentir que, aunque haya un final, no se pierde lo que ha significado, que lo que hemos vivimos sigue estando de alguna forma, que seguirá en el recuerdo, que la conexión que tuvimos no desaparecerá nunca.
Ojalá pudiéramos decidir algo así y ser dueños de las últimas veces. Cuánto estaríamos dispuestos a pagar… Quizás lo más difícil es aceptar que no tenemos ese poder. La vida se encarga de poner finales sin consultarnos, y dejarnos ahí “tirados” mientras intentamos convivir con ellos. A veces, la rebeldía frente a la idea de una última vez es en realidad un grito de amor: querer que lo valioso nunca termine, querer congelar lo que nos hace sentir vivos.
En la última vez uno descubre que el dolor y el amor son inseparables: si duele tanto es porque se amó de verdad, porque fue de verdad, porque se estuvo de verdad, porque nunca hubiéramos querido un “fin”. Y en ese reconocimiento, la última vez deja de ser únicamente frontera y se convierte también en herencia: un recordatorio de que todo lo que compartimos sigue latiendo en nuestra memoria, en nuestros gestos, en quienes somos después de haber amado y perdido.
No sé si pudiendo evitar las últimas veces esa sería siempre la mejor opción, la consulta me ha dado muchas veces opiniones contrarias al deseo de esta paciente y en cambio, siempre al final de ese duelo está el intentar vivir de tal manera que, cuando lleguen, no sean solo el final de algo, sino también la confirmación de que lo vivido valió la pena. Ahí está el consuelo.
Mientras estaba en sesión ha llovido y las persianas se han llenado de gotas que intentan resistir al viento, como si cada una se aferrara a permanecer un instante más antes de ceder y deslizarse hacia abajo. Las miro y escribo y escribiendo no dejo de mirarlas. No puedo evitar contemplarlas, fijarme en cómo se agrupan, cómo se separan, cómo caen, desaparecen… Ese movimiento sencillo me lleva a este texto y a la última vez: el último instante en que una gota se sostiene antes de dejarse ir, a ese paso a lo inevitable.
El duelo, pienso, se parece mucho a esta espera y a esa caída. Nos aferramos, igual que esas gotas, a lo que amamos, deseando prolongar la permanencia, como si retener fuera suficiente para detener el tiempo. Pero la última vez siempre llega: la última mirada, la última lluvia compartida. Y tras ella queda ausencia, la memoria de haber estado ahí, presenciando, acompañando, respirando junto a aquello que ahora ya no está.
Tal vez escribir, como ahora hago, sea una forma de duelo. Atrapo con palabras lo que se escapa, le doy un lugar a lo efímero, fantaseo que cada última vez también contiene belleza, porque nos recuerda la intensidad de lo vivido y el deseo de hacerlo eterno.
Podría haber escrito más sobre mis vacaciones. Poco lo he hecho y mucho menos he publicado: y se han amontonado trocitos de muchas cosas y de nada en mis libretas.
Podría haber compartido muchas fotos, como tantas que circulan en redes: instantes que parecen perfectos aunque nunca lo sean del todo. Sin embargo, no lo hice. Tal vez porque detrás de cada sonrisa ha habido para llegar a ella cansancio, tensiones, preocupaciones y silencios. Momentos tan reales como los de las fotos, igual de persistentes, que me recuerdan que la realidad de unas vacaciones no cabe solo en el encuadre.
Ahí surge la paradoja: los recuerdos “felices” parecen comprimirse en imágenes que incluso la inteligencia artificial puede embellecer, mientras que los difíciles se expanden y se sienten densos, como si se resistieran a desaparecer. Rara vez se fotografían, casi nadie los comparte, pero son los que dan peso y profundidad a lo vivido. Mientras la tecnología intenta perfeccionar lo visible, lo invisible permanece intacto, recordándonos que no todo lo importante puede ni debe mostrarse.
Por eso, las vacaciones nunca son solo vacaciones. Son un espejo de la vida: mezclan instantes luminosos e incómodos silencios, risas espontáneas y pensamientos callados. Lo que no publico existe igual, y su presencia da sentido a lo que sí parece “publicable”. Algunos incluso necesitan de la inteligencia artificial para mejorar las fotos, como si un microsegundo no bastara, como si la huella emocional necesitara retoques para ser suficiente. Malditos filtros. La misma inteligencia artificial a la que ahora se le pide que nos diagnostique y psicoanalice.
Y entonces llega una sesión “de verano” en consulta:
—“Mis vacaciones son para poder avanzar en mí, Jorge. Durante el resto del año casi no tengo tiempo, y así nadie está pendiente de qué hago; todos ocupados en hacerse selfies” —me decía una paciente.
Y añadió:
—“Yo también podría haber publicado fotos llenas de instantes perfectos, pero no lo hice. Solo puse una mientras venía caminando hacia aquí: ‘Esta tarde toca cuidarme. Hoy toca terapia’. Los comentarios fueron variados: algunos positivos, otros incrédulos, como si ir al psicólogo en agosto no tuviera sentido. Cada vez me siento más fuera de esa ficción…”
Esta butaca en lo que llevamos de agosto, ha visto que tras amaneceres, playas y montañas también hay cansancio, frustraciones, soledad y tristeza. Eso no cabe en una foto, a veces ni en la cabeza, pero es lo que más nos acompaña cuando todo termina o salimos de la aplicación.
Quizá ahí está el aprendizaje que verbalizó mi paciente: aceptar que no se trata de elegir entre lo luminoso y lo sombrío, sino de sostener ambos. Las vacaciones no nos eximen de la vida; solo nos recuerdan que sigue con su luz y su sombra. Buscar ayuda en verano o mantener la terapia no es contradicción: es un acto de honestidad. Un espacio que permite mirar dentro, enfrentar lo que posponemos en la rutina y reconocer lo que necesitamos. La pregunta no es si hacerlo en verano, sino por qué esperamos tanto y usamos el “no tengo tiempo” como excusa.
Las fotos embellecen recuerdos, pero los momentos no fotografiados nos muestran dónde estamos de verdad. Aunque no se vean, merecen ser vividos, reconocidos y compartidos en un espacio íntimo y seguro como la terapia.
Y si lo más valioso de unas vacaciones no sea lo que queda registrado, sino lo que sucede en silencio: una conversación inesperada, la calma de un atardecer, el gesto de alguien que te sostiene. Esos momentos invisibles regresan con fuerza cuando vuelve la rutina. No necesitan filtros ni testigos; su valor está en haberlos sentido. En saber que son tuyos y solo tuyos.
La vida no se reduce a lo que se muestra, sino que se construye entre lo visible y lo invisible. Es ahí donde hallamos coherencia y nos encontramos a nosotros mismos. Como decía esa paciente: “Soy más lo que nadie sabe ni conoce, y muy poco de lo que he mostrado”. Muchos podríamos hacer nuestra esa reflexión.
Tras su sesión, repasé fotos de mis vacaciones. Las miraba a través de las palabras de mi paciente y entendí que no hay una única manera de vivirlas. No hay obligación de mostrarlas, embellecerlas o hacerlas “perfectas”. Ya lo son para mí.
Aunque no todo me guste, me reconozco en lo que siento: el inicio agotador de días que se escapan, las risas cómplices con mi “guardia pretoriana”, el silencio que me acompaña y sostiene, la tristeza que se cuela entre risas, y una foto de mi mano sosteniendo otra que se niega a apagarse.
Así, aunque unas imágenes se guarden en pantallas y otras solo en la memoria, lo que importa es lo que llevamos dentro al volver a la rutina: recuerdos que nos enseñan a sostenernos, escucharnos y pedir ayuda sin esperar aprobación ni likes. Ningún instante cabe en un flash, porque vivir y sentir —con todas sus imperfecciones— es la única forma de que las vacaciones, y la vida, tengan sentido. No es coleccionar momentos, sino sentirlos, incluso los que nunca serán una foto.
Al final, la memoria funciona como un álbum secreto, donde no importa la nitidez de la imagen sino la huella que cada instante dejó. Un álbum en el que, cuando fotos y recuerdos luminosos se mezclen con los sombríos, lo que quedará no será la perfección de lo compartido, sino la verdad de lo vivido. Ahí es donde las vacaciones —como la vida— hallan su sentido: recordándonos que no somos lo que publicamos, sino lo que sabemos sostener y abrazar en silencio.
Y quizá ese sea el verdadero reto: no decidir qué mostramos u ocultamos, sino aprender a convivir con la dualidad sin miedo a ser definidos por una parte. En el equilibrio entre ambos extremos está la autenticidad: un terreno incómodo, pero necesario, donde uno puede reconocerse vulnerable y a la vez en paz. Paz para no necesitar filtrar la vida para hacerla llevadera, sino aceptarla tal como llega, con sus bordes ásperos y sus destellos inesperados.