La invisible

– Esa soy yo! La invisible, tan invisible que me da miedo que llegue un día que me vaya y nadie se dé cuenta, que nadie note que me he ido. Puedo soportarlo todo menos eso! – ha dicho la paciente, temblorosa y sobrepasada.

– Qué supondría eso para ti si sucediera? – he preguntado.

– No… no tendría más remedio que reconocer que mi ausencia tiene la misma importancia que mi existencia. Qué triste verdad? Y si eso sucede dime qué me ata a este maldito mundo. El día que suceda prefiero irme.

– Siento que ese miedo es muy profundo para ti. Me dices que lo insoportable no es solo el dolor, sino el sentir que tu vida puede pasar inadvertida. ¿Lo estoy entendiendo bien?

– Sí Jorge. Sí, porque si nadie lo nota es como si no hubiera existido nunca y esa maldita sensación me ha acompañado siempre, siempre.

– Esa es  una sensación de invisibilidad muy…dura. Pero al mismo tiempo, me lo compartes aquí, a mi, lo cual me hace pensar que dentro de ti todavía hay una necesidad de ser vista, reconocida, escuchada. ¿Cómo te hace sentir que yo sí conecte y sienta lo que estás viviendo ahora?

– Me alivia un poco… aunque siento que ese alivio no durará.

– Qué te hace pensar que no durará?

– No ha durado hasta ahora y ningún loquero lo ha cambiado.

– Es válido que sientas eso. Y a la vez, este pequeño alivio me dice que todavía hay algo que puede darte sostén, aunque sea breve.

– Te gustan los retos Sr Psicólogo. Debes saber que otros lo han intentado

– Me lo dijiste pero no he sido yo quien ha ido a ti, has sido tú quien buscó ayuda, miraste, leíste y decidiste que fuera yo. Así que el reto es tuyo y “técnicamente” me has pedido que te acompañe en él. Déjame que recuperemos la línea …

– Si mi ausencia tiene la misma importancia que mi existencia dime qué me ata a este maldito mundo. Tiene la Psicoloia respuesta a eso?

– No lo sé y sinceramente disto mucho de saber “todo” de la Psicología y la Psicología no tiene respuesta a todo pero sí nos ayuda a hacernos preguntas, ademas es una pregunta “enorme” la que planteas: qué nos ata a este mundo cuando sentimos que la diferencia entre estar y no estar es mínima, tan pequeña?

A veces, el vínculo con la vida no depende de ser “indispensables” para otros, sino de encontrar un sentido propio, aunque sea pequeño.

–  Y siese sentido nunca llega?

– Entonces lo que podemos hacer es crear fragmentos de sentido. Déjame que te lo explique. Hay quienes encuentran sentido en la belleza de algo pasajero, como una música, un amanecer, una mirada compartida, un abrazo… Otros lo buscan en dejar huellas pequeñas: un gesto, una palabra que toca a alguien. No siempre se trata de grandes reconocimientos, sino de aceptar que incluso en lo breve puede haber valor.

– Sí, pero todo eso desaparece igual… como si nunca hubiera existido.

– Lo breve es también real. Un fuego que se apaga deja de haber sido fuego? Del mismo modo, una vida no necesita ser eterna para haber tenido significado. Y si no fuera una cuestión de permanencia, sino de experimentar, de sentir, de influir aunque sea un instante en una parte del mundo, en el curso de la vida. La tuya, la mía, la de alguien…

– Y si sigo sin ver nada que merezca la pena?

– Quizás entonces tendrás que intentar mirar con otros ojos, como si fueras una visitante de este mundo por primera vez. Tal vez el sentido no se encuentra al final del camino, sino en la simple decisión de seguir buscándolo. Y en ese acto —el de seguir preguntándote por él— ya hay una forma de resistencia… y de existencia.

– No sé si tengo fuerzas para seguir buscándolo… Me siento agotada, tal vez no encuentre las fuerzas Jorge…-

– Te entiendo. Cuando alguien vive tanto tiempo con ese cansancio y en ese desgaste emocional, pedirle que siga buscando puede sonar casi imposible. No pretendo presionarte ni obligarte y te pido perdón si te lo ha parecido. Lo que quiero transmitirte es que no tienes que hacerlo sola ni de golpe. A veces basta un paso muy pequeño, sostenerte en un instante, como ahora mismo que estamos conversando. Ese ya es un acto “de vida”.


– Y si mañana vuelvo a sentir que nada tiene sentido?- Entonces hablaremos de eso mañana. Ni yo ni nadie puede garantizar que el dolor que sientes  desaparezca de inmediato, pero sí podemos pensar juntos en cómo ir día a día. Y si llega la desesperación te propongo traerla aquí, ponerle juntos palabras, compartirla, sacarla y tal vez así alivies la carga.


– Me da miedo depender de eso… de ti, de estas sesiones.


– Ese miedo también es valioso reconocerlo. También lo tengo yo, no que dependas porque sé que eso no pasará. No se trata de depender, sino de tener un lugar donde tu dolor puede estar sin que tengas que cargarlo sola. Mientras tanto, podemos trabajar en herramientas para que, en esos momentos críticos, tengas algo más que sostenerte además de mí: una persona de confianza, un recuerdo, un gesto que te conecte con la vida.

– No sé si podré…-

– No necesitas estar segura ahora. Con que estés aquí expresándote conmigo ya estás abriendo un camino. Y esa posibilidad, por pequeña que parezca, es precisamente lo que te sigue atando a este mundo en este momento.

– Jorge… siento que grito por dentro y nadie me escucha. Es como si me estuviera muriendo en silencio. No puedo más, no quiero más!-

– Yo te escucho, aquí, ahora. Estoy contigo, puedes verme, sentirme como yo a ti. Para mí es real eso que sientes aunque sea invisible para el resto del mundo. No quiero que lo lleves sola, no estás sola. No estás sola.

– Pero ¿de qué sirve que lo escuches tú, si afuera no cambia nada? Si salgo de aquí, sigo siendo un fantasma,


– Tal vez el mundo no cambie de golpe, pero lo que está sucediendo en esta sesión ya está teniendo impacto, en tu vida y en la mía. Estás tocando mi vida en este instante.

Tras decir estas palabras ha sonreído y roto a llorar. Al poco me ha pedido un abrazo. Tras unos minutos la sesión ha continuado con un tono y sentido distinto.

Público este trozo de sesión porque a veces alguien me pregunta qué voy a hacer si un paciente me expresa pensamientos suicidas. Es difícil incluso para un psicólogo explicarlo de una forma cercana y llana.

Publico este fragmento también porque quiero mostrar que, aunque el acto de escuchar pueda parecer mínimo, tiene un profundo efecto.

Muchas veces quienes viven con pensamientos suicidas sienten que su dolor es invisible y que su existencia carece de impacto. Pero incluso un espacio seguro donde puedan expresarlo ya genera un cambio, les recuerda que son vistos, que su experiencia importa y que hay alguien que sostiene su vulnerabilidad sin juzgarla.

No se trata de ofrecer soluciones mágicas ni de minimizar la intensidad del sufrimiento. No puedo ni se puede borrar el dolor al instante, tampoco garantizar que nunca volverá. Sí puedo ofrecer herramientas, acompañamiento y trocitos de sentido que, poco a poco, hacen que la vida siga siendo vivible. Un abrazo en el momento justo, una palabra que llega, la validación de un sentimiento, son actos que pueden marcar la diferencia aunque el mundo exterior no los perciba ni nunca sepa de ellos.

Buscar ayuda no es debilidad, sino un acto de resistencia y de supervivencia. Cada gesto, cada palabra compartida, es una huella que, aunque invisible, deja constancia de que la persona existió, sintió y se atrevió a seguir.

Lo que sucede en estas sesiones no solo es escucha, sino construcción de sentido. No garantiza que el mundo cambie, pero sí que la persona que sufre pueda reconocer que su vida tiene valor, aunque sea por momentos pequeños y breves. Eso, a veces, es el primer paso de muchos y suficiente para seguir adelante y sí, mi vida cambia, crece y se enriquece con cada una de ellas.

La vulnerabilidad compartida genera conexión, una muy especial. Cuando acabo una sesión así, me quedo con la sensación de que he sido testigo de algo especial y casi sagrado: la valentía de enfrentar lo más oscuro y reconocer que, aun allí, hay lugar para la vida. 

Nunca he sabido expresar cómo admiro a estas personas, qué valientes… y me siento tan pequeño a su lado. La valentía de mostrarse tal como se es, de confiar en que otro sostendrá lo que duele, es un acto de coraje y ejemplo extraordinario..

Jorge Juan García Insua


“Dime todas las cosas terribles que has hecho y déjame amarte de todos modos” Edgar Alan Poe

Cuando el amor no alcanza

Ella tiene mediana edad. La primera de las sesiones tuvo que hacer un enorme esfuerzo para encontrar las palabras. Sabía lo que quería expresar pero desde el primer momento dijo sentir vergüenza por expresar ante alguien lo que iba a explicarme.

Confesó que había pasado meses posponiendo la decisión de venir. Miraba mi número de teléfono una y otra vez, como si estuviera midiendo las consecuencias de marcarlo. Siempre encontraba una excusa para no hacerlo: “mañana”, “cuando esté más tranquila”, “cuando me atreva”. Y detrás de cada excusa, la verdad más desnuda: el miedo a exponerse. El miedo a que su verdad sonara demasiado dura, demasiado egoísta, demasiado inaceptable. El mismo miedo que la estaba matando.

Recordaba con claridad aquel día, apenas unas semanas atrás, en que había estado a punto de hablar con él. Tenía las palabras casi formadas en la boca: decirle que ya no lo quería como antes, que el vínculo se había ido desgastando hasta quedar en cenizas, que estaba agotada de sostener una relación que ya no le daba aire. Se había repetido a sí misma: “ya no puedo más”. Sin embargo, nunca lo dijo. Se tragó las frases, como tantas veces.

El destino fue cruel: justo esa semana, él acudió a la cita médica que llevaba tanto tiempo esperando. Los problemas respiratorios que parecían molestos pero manejables resultaron ser un síntoma de algo mucho mayor. El diagnóstico fue como un golpe seco, irreversible: terminal.

Todo cambió. Lo que ella pensaba revelar quedó enterrado bajo un nuevo peso, más insoportable. ¿Cómo hablar de su verdad cuando él acababa de recibir la suya? Decidió callar una vez más. Se convenció de que no era el momento, de que si rompía la relación en ese punto nadie lo comprendería. La sociedad, la familia, incluso sus propios amigos la mirarían con reproche: “lo abandonó cuando más la necesitaba”. El juicio de los demás se convirtió en una cárcel anticipada. Se sentía tan señalada y pensó que su culpa pesaría menos.

Desde entonces, vivía atrapada en una contradicción silenciosa. Hacía lo posible por aparentar normalidad, como si el amor todavía habitara sus gestos, como si la vida siguiera un curso previsible. Pero cada acto cotidiano era un teatro agotador. Cuando quedaba sola, las lágrimas salían sin permiso. El coche se transformó en su escondite más seguro: allí podía llorar en movimiento, convencida de que nadie notaría a una conductora con el rostro empapado. Alguna vez mientras conducía había pensado estrellarse, así “podría huir, dejar de sufrir y que nadie me mirara mal, tal vez incluso por pena me recordarían con cariño”.

El entorno nunca dudó de ella. Todos daban por hecho que permanecería firme, que sería la cuidadora, la compañera, el sostén incondicional. Nadie preguntó cómo estaba o se sentía. Nadie se detuvo a mirar detrás de su sonrisa forzada, nadie sospechó del vacío que la consumía. Ni siquiera él, absorbido en su propia enfermedad nunca alcanzó a preguntarle por sus emociones.

En lo profundo, ella se sentía cada vez más sola. Una soledad que no dependía de estar acompañada o no, sino de no poder compartir lo que llevaba dentro. La culpa la ahogaba: culpa por no amar como antes, culpa por desear marcharse, culpa por quedarse fingiendo. Y a la vez, el miedo: miedo a hablar, miedo a destruirlo, miedo a destruirse.

Era como si estuviera muriendo dos veces: una, con él, en el proceso inevitable de su enfermedad; y otra, dentro de sí, por todo lo que había callado.

Hasta que un día marcó mi teléfono, desde el coche y entre lágrimas.

Cuando llegó a su primera sesión la “otra” ella había hecho tres. Desde el primer momento sabía que necesitaba ayuda para poder gestionar aquel momento vital.

Había dejado a su pareja hacia 6 meses. Había sido una relación de subidas y bajadas, tan intensa en unas como destructiva en otras.

Un día no pudo más y decidió que lo que acaban de vivir era señal de que aquello debía acabarse aunque lo quería con locura y siempre había pensado, y seguía haciéndolo, que era el amor de su vida.

Él la acusó de abandonarlo justo cuando más la necesitaba; la rabia no le permitía ver más allá. Ella, por su parte, le reprochó todo lo que durante tanto tiempo había callado. Se separaron con la amarga sensación de no haberse conocido nunca del todo y con la certeza de lo cruel que puede ser la vida cuando te pone delante a tu alma gemela y, aun así, no puedes quedarte a su lado.

No fue fácil para ninguno de los dos. El contacto cero lo rompió al poco un mensaje de él. Se moría. “No hoy ni mañana pero me muero. Solo quería que lo supieras tú antes que nadie”.

Ella no supo reaccionar. Empezó a notar como era señalada, como hablaban a sus espaldas o recibía comentarios fuera de lugar. Todo aquella solo hacía que sintiera más y más culpable. Pensaba que todo aquello era muy injusto para alguien que se había querido ir sin hacer daño, sin explicar ni publicar fuera de ellos dos

Pero el dolor, cuando se comparte a medias, acaba saliendo por todas partes. Ella comenzó a vivir con una doble carga: la de la ruptura y la del peso social que parecía responsabilizarla de un destino que no había elegido. Dejó de dormir. Las noches eran eternas, repasando cada palabra, cada gesto, cada instante de aquella relación. Se preguntaba si debería volver a escribirle, si acaso aún podía acompañarlo en lo que le quedara de tiempo, aunque fuese solo como presencia silenciosa.

Él, por su parte, aunque no lo decía abiertamente, esperaba una respuesta. Entre ambos se había instalado un vacío extraño: demasiado grande para ignorarlo, demasiado doloroso para llenarlo. Una tarde ella se decidió a escribir.

Él quiso decir que sí, pero respondió que no. Todavía herido y resentido, no quería reabrir heridas ni enfrentarse a la idea de tenerla cerca sin que fuese en los términos que siempre había soñado. “Tenerte a mi lado sin ser como yo hubiera querido me dolería demasiado”, le escribió.

Desde entonces y tras dos llamadas fallidas que nunca tuvieron retorno ella no sabe ni cómo se siente más salvo esta hundida sin tocar fondo. Desde aquel mensaje no ha dejado de llorar y siente que algo también se muere cada día en ella.

Hoy han coincidido en la consulta. Acompañaba a una de ellas a la puerta mientras la otra esperaba. Se han cruzado las miras, se han reconocido y un largo abrazo ha revelado que fueron compañeras en primaria y secundaria y que la vida las había separado para reencontrarse hoy aquí.

Entre lágrimas me han explicado su historia común y se han prometido un café esta semana.

Tal vez ese reencuentro fugaz tenga continuidad. Cada una carga una cruz distinta, pero ambas han aprendido que callar lo que duele acaba matando lentamente. El miedo al juicio de los demás, la obligación de cumplir con lo que se espera, la costumbre de sostener a otros sin preguntar quién las sostiene a ellas… acaba siendo una especie de cárcel sin aire para respirar.

Ambas están aprendido a tenerse compasión. La compasión no viene de afuera, empieza en una misma. No se trataba de ser “perfectas”, ni de cumplir con lo que otros dictaran, sino de atreverse a reconocer su propia fragilidad y permitirse ser humanas, porque a veces no se trata de salvar una relación, ni de salvar al otro, sino de salvarse a sí mismo.

En terapia, lo que más sorprende a muchas personas no es descubrir el origen de su dolor, sino darse cuenta de cuánto tiempo han vivido cargándolo en soledad. El silencio, aunque parece una forma de protegerse, se convierte en una coraza que impide recibir apoyo, comprensión o incluso ternura. Lo que callamos pesa más que lo que decimos.

En ambos relatos hay un hilo común: el miedo al juicio externo y la culpa por no responder a las expectativas ajenas. La psicología nos recuerda que gran parte del sufrimiento humano no surge solo de lo que ocurre, sino de cómo interpretamos lo que debería ocurrir. Ese “debería” —ser fuerte, cuidar sin límites, sostener aunque duela, amar siempre de la misma manera— se transforma en un sufrimiento invisible.

La vergüenza que ambas sienten no aparece por casualidad: es un mecanismo aprendido. Nos enseñan desde pequeños a “no molestar”, a “no ser egoístas”, a “aguantar” antes que incomodar. Y cuando llega el momento de poner palabras al dolor, la voz se quiebra porque choca contra años de silencios normalizados. Pero es justo en ese temblor donde podemos empezar a sanar, poniendo nombre a lo innombrable.

La compasión hacia sí mismas, que apenas comienzan a explorar, no es un acto de indulgencia ni de debilidad. En psicología, la autocompasión implica reconocer que el sufrimiento forma parte de la experiencia humana y que merecemos tratarnos con la misma ternura que le daríamos a alguien querido en su lugar. Muchas veces, cuando logramos hablarnos con amabilidad en vez de con reproche, algo cambia: no desaparece el dolor, pero deja de devorarnos.

Ambas están descubriendo que no se trata de “hacer lo correcto” según los demás, sino de escuchar lo que realmente necesitan en lo más profundo. Y esa escucha, en terapia, se convierte en un acto de resistencia frente a la culpa y frente a las expectativas que las ahogaban. El proceso terapéutico no es una promesa de finales felices ni de decisiones fáciles. Es más bien un espacio para aprender a sostener las contradicciones sin que destruyan por dentro. Para aceptar que es posible querer y no poder seguir, acompañar y desear distancia, llorar por lo perdido y a la vez sentir alivio por lo que ya no se sostiene…

… Porque sanar no es borrar la herida, sino aprender a mirarla sin que nos devore.

Jorge Juan García Insua

Lo siento si no soy de los rápidos

Ha llegado silencioso y dando la impresión que necesitaba soltar algo urgentemente.

– Qué traes hoy a sesión?

– Cabreo! Vengo enfadado. No lo ven y ella tampoco, no lo ve o no lo quiere ver.

– Qué es eso que te enfada tanto que no vean?

– Que esto no es fácil, me ha dicho que vaya más rápido, que no está para esperar. Le he dicho lo que hablamos, que necesito ritmo para … avanzar, cambiar cosas… me ha dicho que busque un psicólogo que vaya más rápido y me meta más caña.

Según iban pasando los minutos ha ido dejando a un lado las expectativas (y prisas sin sentido ajenas) y ha vuelto a centrarse en su proceso.

Él entendió que en terapia a veces hay que profundizar, otras hay que flotar en la superficie. No todo dolor o trauma pide ser desenterrado de inmediato, no toda pregunta requiere respuesta en el instante.

Hay momentos en que la profundidad nos ofrece claridad, y otros en que el simple hecho de sostenernos en lo visible, lo que conocemos y donde nos sentimos seguros ya es un acto de cuidado. Uno enorme que sólo nosotros sabemos lo que cuesta dar. Y la terapia es ante todo eso, un acto de auto cuidado.

Flotar no siempre es evadir, muchas veces es descansar. Profundizar no es perderse, es buscar sentido. Ambos movimientos se entrelazan como las mareas: uno prepara al otro, y el ciclo se repite, con la cadencia y ritmo que cada persona necesita.

La terapia no trata de forzar sino de escuchar y escuchar. Escuchar al cuerpo, la palabra, al silencio, a uno mismo.

En ese ir y venir, en ese silencio y escucha la persona aprende a reconocerse. Cuando somos capaces de reconocernos, avanzamos. No se trata de avanzar en línea recta, sino de aceptar que el proceso tiene curvas, pausas y mareas propias. Propias.

La terapia es, en el fondo, un espacio de permiso: permiso para sentir, para no saber, para equivocarse, para encontrar nuevas formas de ser. Es un encuentro con la paciencia y con la confianza de que incluso en los momentos de aparente quietud, algo dentro sigue moviéndose.

La terapia no ofrece atajos ni certezas absolutas, no es un único camino sino un acompañamiento en la complejidad de ser humano.

A veces queremos soluciones rápidas, respuestas definitivas, pero lo que encontramos es un espacio donde aprender a sostener la pregunta sin apresurarnos a resolverla. Profundizar y flotar no son opuestos, sino formas complementarias de conocernos y ambas piden valentía: la primera para mirar de frente lo que duele, la segunda para confiar en que no todo depende del esfuerzo constante.Y tal vez ahí está la verdadera transformación, no en cambiar quién somos de raíz, sino en permitirnos ser incluso con aquello que incomprensiblemente para otros no podemos ni sabemos cambiar. Permitirnos menos juicio y más escucha, aunque duela.

Hace tiempo escribí que la terapia no es un destino, sino un viaje recorrido a distintos ritmos. No se trata de llegar más rápido ni de ir más profundo siempre, Eso no es terapia ni vida para nadie.

Dije y sigo defendiendo que la terapia te enseña que sanar no significa borrar lo vivido, sino que te ayuda a integrarlo de manera que podamos sostenernos con el peso sobre los hombros. La terapia nos recuerda que la fuerza no está en evitar el dolor, sino en darnos el permiso de sentir, descansar y continuar cuando nos sentimos capaces de dar otro paso.

Y en ese paso, a veces pequeño, a veces titubeante, se abre la posibilidad de algo nuevo. No un triunfo grandilocuente que publicar ni una revelación que cambie la vida de golpe, sino un gesto sutil: respirar con más calma, dormir un poco mejor, atrevernos a decir “no”, escuchar a quien queremos, focalizar nuestra rabia e ira, reconocer que ya no duele igual que antes…

En terapia así debe ser el proceso: casi imperceptible para quien mira desde fuera, profundamente transformador para quien lo transita. Por eso hablo tanto de “camino”, porque la terapia no busca mostrar resultados inmediatos salvo cuando la vida está en juego, y se mueve lejos de la prisa de quienes quieren medirlo todo. La terapia  no siempre nos lleva a donde pensábamos, pero siempre nos acerca más a quienes somos. 

Te regala la oportunidad de reconciliarnos con nuestro propio ritmo. Confiar en que no vamos tarde, que no necesitamos demostrar nada para merecer cuidado. Que lo humano se mueve en olas, y que está bien tener momentos de calma antes de volver a sumergirse.

Así, a nuestro ritmo, aprendemos que sanar no es dejar de sentir, sino aprender a sentir de otra manera. Que el dolor deja de ser enemigo cuando dejamos de pelear contra él y comenzamos a escucharlo.

Y aunque lento, cambiamos la vida. Eso donde a veces no es tan importante ir rápido sino ir de la mano. ..

… y cuando la mano que agarras es la que quieres no importa caminar lento.

Jorge Juan García Insua

La última duele

La última vez nunca avisa. Ninguna de las últimas veces lo hace.

Entró hace unas semanas en la consulta sin saber ni ver que no que habría otro abrazo, otra llamada, otra mirada compartida. Confiaba en la rutina, pensando que la vida concede repeticiones infinitas. Y sin embargo, la última vez siempre llega en silencio, como un punto final que no pide permiso.

El duelo nace precisamente de esa ausencia a menudo inesperada. No solo lloramos a la persona que ya no está, sino también todas las veces, situaciones y experiencias que no volverán a ocurrir: la última sonrisa, el último gesto cotidiano, la última conversación que en su momento parecía normal y hoy se convierte en un tesoro, en un lejano recuerdo o en una rabia contenida.

En el duelo, el recuerdo de la última vez duele porque se convierte en frontera: todo lo que fuimos queda detrás, y todo lo que falta por vivir ya no podrá compartirse. Duele mucho, mucho, tanto que nos mueve de donde sea que estemos porque aún negándolo algo ha cambiado para siempre. Intentamos ser positivos y auto convencernos que con el tiempo, esa última vez nos recordará la importancia de las primeras, de las presentes, de las que todavía podemos vivir. Nos aferramos a eso y así creemos mitigar por segundos el dolor.

Aceptar el duelo no significa olvidar la última vez, sino aprender a darle un nuevo lugar. Parece fácil, lo es decirlo pero no hay manual ni guía. Comprender que la ausencia transforma, que el amor persiste, y que aunque no haya repetición posible, el vínculo sigue habitando en nosotros. Es además un paso emocionalmente muy intenso que fácilmente nos desborda.

Lo es porque el duelo no se vive solo con lágrimas, también se siente en el cuerpo: en la punzada en el pecho al escuchar una canción, en el vacío de la mano que ya no encuentra la otra, en la inercia de mirar al lado y recordar que ese espacio está ahora vacío y desnudo. Es una ausencia que se mete en la piel y que no se deja domesticar así como así. Sin embargo, esa misma punzada es la prueba de que la vida estuvo llena, de que hubo presencia, de que lo compartido dejó huellas que ningún final puede borrar.

La última vez nos confronta con la fragilidad de la vida, pero también nos enseña a mirar con más ternura el ahora, porque nunca sabemos cuándo será el último instante que después recordaremos.

– No quiero que haya una última vez -me ha dicho en un momento de la sesión. No quiero nunca más una última vez.

– Suena como si la idea de un final, de una última vez, te resultara muy dolorosa o difícil de aceptar. Si no pudieras evitarlo, qué necesitarías para sentirte segura frente a esa posibilidad?

-Sentir… sentir que, aunque haya un final, no se pierde lo que ha significado, que lo que hemos vivimos sigue estando de alguna forma, que seguirá en el recuerdo, que la conexión que tuvimos no desaparecerá nunca.

Ojalá pudiéramos decidir algo así y ser dueños de las últimas veces. Cuánto estaríamos dispuestos a pagar… Quizás lo más difícil es aceptar que no tenemos ese poder. La vida se encarga de poner finales sin consultarnos, y dejarnos ahí “tirados” mientras intentamos convivir con ellos. A veces, la rebeldía frente a la idea de una última vez es en realidad un grito de amor: querer que lo valioso nunca termine, querer congelar lo que nos hace sentir vivos.

En la última vez uno descubre que el dolor y el amor son inseparables: si duele tanto es porque se amó de verdad, porque fue de verdad, porque se estuvo de verdad, porque nunca hubiéramos querido un “fin”. Y en ese reconocimiento, la última vez deja de ser únicamente frontera y se convierte también en herencia: un recordatorio de que todo lo que compartimos sigue latiendo en nuestra memoria, en nuestros gestos, en quienes somos después de haber amado y perdido.

No sé si pudiendo evitar las últimas veces esa sería siempre la mejor opción, la consulta me ha dado muchas veces opiniones contrarias al deseo de esta paciente y en cambio, siempre al final de ese duelo está el intentar vivir de tal manera que, cuando lleguen, no sean solo el final de algo, sino también la confirmación de que lo vivido valió la pena. Ahí está el consuelo.

Mientras estaba en sesión ha llovido  y las persianas se han llenado de gotas que intentan resistir al viento, como si cada una se aferrara a permanecer un instante más antes de ceder y deslizarse hacia abajo. Las miro y escribo y escribiendo no dejo de mirarlas. No puedo evitar contemplarlas, fijarme en cómo se agrupan, cómo se separan, cómo caen, desaparecen… Ese movimiento sencillo me lleva a este texto y a la última vez: el último instante en que una gota se sostiene antes de dejarse ir, a ese paso a lo inevitable.

El duelo, pienso, se parece mucho a esta espera y a esa caída. Nos aferramos, igual que esas gotas, a lo que amamos, deseando prolongar la permanencia, como si retener fuera suficiente para detener el tiempo. Pero la última vez siempre llega: la última mirada, la última lluvia compartida. Y tras ella queda ausencia, la memoria de haber estado ahí, presenciando, acompañando, respirando junto a aquello que ahora ya no está.

Tal vez escribir, como ahora hago, sea una forma de duelo. Atrapo con palabras lo que se escapa, le doy un lugar a lo efímero, fantaseo que cada última vez también contiene belleza, porque nos recuerda la intensidad de lo vivido y el deseo de hacerlo eterno.

Jorge Juan García Insua

Quizá, tal vez, podría y si

Podría haber escrito más sobre mis vacaciones. Poco lo he hecho y mucho menos he publicado: y se han amontonado trocitos de muchas cosas y de nada en mis libretas.

Podría haber compartido muchas fotos, como tantas que circulan en redes: instantes que parecen perfectos aunque nunca lo sean del todo. Sin embargo, no lo hice. Tal vez porque detrás de cada sonrisa ha habido para llegar a ella cansancio, tensiones, preocupaciones y silencios. Momentos tan reales como los de las fotos, igual de persistentes, que me recuerdan que la realidad de unas vacaciones no cabe solo en el encuadre.

Ahí surge la paradoja: los recuerdos “felices” parecen comprimirse en imágenes que incluso la inteligencia artificial puede embellecer, mientras que los difíciles se expanden y se sienten densos, como si se resistieran a desaparecer. Rara vez se fotografían, casi nadie los comparte, pero son los que dan peso y profundidad a lo vivido. Mientras la tecnología intenta perfeccionar lo visible, lo invisible permanece intacto, recordándonos que no todo lo importante puede ni debe mostrarse.

Por eso, las vacaciones nunca son solo vacaciones. Son un espejo de la vida: mezclan instantes luminosos e incómodos silencios, risas espontáneas y pensamientos callados. Lo que no publico existe igual, y su presencia da sentido a lo que sí parece “publicable”. Algunos incluso necesitan de la inteligencia artificial para mejorar las fotos, como si un microsegundo no bastara, como si la huella emocional necesitara retoques para ser suficiente. Malditos filtros. La misma inteligencia artificial a la que ahora se le pide que nos diagnostique y psicoanalice.

Y entonces llega una sesión “de verano” en consulta:

—“Mis vacaciones son para poder avanzar en mí, Jorge. Durante el resto del año casi no tengo tiempo, y así nadie está pendiente de qué hago; todos ocupados en hacerse selfies” —me decía una paciente.

Y añadió:

—“Yo también podría haber publicado fotos llenas de instantes perfectos, pero no lo hice. Solo puse una mientras venía caminando hacia aquí: ‘Esta tarde toca cuidarme. Hoy toca terapia’. Los comentarios fueron variados: algunos positivos, otros incrédulos, como si ir al psicólogo en agosto no tuviera sentido. Cada vez me siento más fuera de esa ficción…”

Esta butaca en lo que llevamos de agosto, ha visto que tras amaneceres, playas y montañas también hay cansancio, frustraciones, soledad y tristeza. Eso no cabe en una foto, a veces ni en la cabeza, pero es lo que más nos acompaña cuando todo termina o salimos de la aplicación.

Quizá ahí está el aprendizaje que verbalizó mi paciente: aceptar que no se trata de elegir entre lo luminoso y lo sombrío, sino de sostener ambos. Las vacaciones no nos eximen de la vida; solo nos recuerdan que sigue con su luz y su sombra. Buscar ayuda en verano o mantener la terapia no es contradicción: es un acto de honestidad. Un espacio que permite mirar dentro, enfrentar lo que posponemos en la rutina y reconocer lo que necesitamos. La pregunta no es si hacerlo en verano, sino por qué esperamos tanto y usamos el “no tengo tiempo” como excusa.

Las fotos embellecen recuerdos, pero los momentos no fotografiados nos muestran dónde estamos de verdad. Aunque no se vean, merecen ser vividos, reconocidos y compartidos en un espacio íntimo y seguro como la terapia.

Y si lo más valioso de unas vacaciones no sea lo que queda registrado, sino lo que sucede en silencio: una conversación inesperada, la calma de un atardecer, el gesto de alguien que te sostiene. Esos momentos invisibles regresan con fuerza cuando vuelve la rutina. No necesitan filtros ni testigos; su valor está en haberlos sentido. En saber que son tuyos y solo tuyos.

La vida no se reduce a lo que se muestra, sino que se construye entre lo visible y lo invisible. Es ahí donde hallamos coherencia y nos encontramos a nosotros mismos. Como decía esa paciente: “Soy más lo que nadie sabe ni conoce, y muy poco de lo que he mostrado”. Muchos podríamos hacer nuestra esa reflexión.

Tras su sesión, repasé fotos de mis vacaciones. Las miraba a través de las palabras de mi paciente y entendí que no hay una única manera de vivirlas. No hay obligación de mostrarlas, embellecerlas o hacerlas “perfectas”. Ya lo son para mí.

Aunque no todo me guste, me reconozco en lo que siento: el inicio agotador de días que se escapan, las risas cómplices con mi “guardia pretoriana”, el silencio que me acompaña y sostiene, la tristeza que se cuela entre risas, y una foto de mi mano sosteniendo otra que se niega a apagarse.

Así, aunque unas imágenes se guarden en pantallas y otras solo en la memoria, lo que importa es lo que llevamos dentro al volver a la rutina: recuerdos que nos enseñan a sostenernos, escucharnos y pedir ayuda sin esperar aprobación ni likes. Ningún instante cabe en un flash, porque vivir y sentir —con todas sus imperfecciones— es la única forma de que las vacaciones, y la vida, tengan sentido. No es coleccionar momentos, sino sentirlos, incluso los que nunca serán una foto.

Al final, la memoria funciona como un álbum secreto, donde no importa la nitidez de la imagen sino la huella que cada instante dejó. Un álbum en el que, cuando fotos y recuerdos luminosos se mezclen con los sombríos, lo que quedará no será la perfección de lo compartido, sino la verdad de lo vivido. Ahí es donde las vacaciones —como la vida— hallan su sentido: recordándonos que no somos lo que publicamos, sino lo que sabemos sostener y abrazar en silencio.

Y quizá ese sea el verdadero reto: no decidir qué mostramos u ocultamos, sino aprender a convivir con la dualidad sin miedo a ser definidos por una parte. En el equilibrio entre ambos extremos está la autenticidad: un terreno incómodo, pero necesario, donde uno puede reconocerse vulnerable y a la vez en paz. Paz para no necesitar filtrar la vida para hacerla llevadera, sino aceptarla tal como llega, con sus bordes ásperos y sus destellos inesperados.

Jorge Juan García Insua

Por si mañana todavía quieren

Estos días me han dicho muchas veces eso de “que grandes están”. Yo mismo ayer por la noche viendo fotos de esa misma tarde me quedaba absorto intentando negar lo evidente. 

Hace meses que dejaron de ser esos niños aunque siguen buscando mi mano y me llenan a lametones ya no puedo llevarlos sobre mis hombros o en mis brazos cuando se quedan dormidos.

Ahora sus pasos suenan más seguros y a pesar de las dudas miran a sitios que no siempre dependen de mí, como si una parte de ellos se me hubiera escapado.

Me siento feliz y huérfano a la vez. Huérfano porque aunque sabía que esto llegaría no quise ni estaba preparado para escuchar los avisos, no ha habido un último día de niñez absoluta ni una fiesta de despedida o de funeral para el padre que una vez fui. 

Intento grabar cada escena por si es la última vez que ato sus zapatos, me piden jugar a fútbol, me piden ese besito antes de dormir… y los guardo en un lugar muy secreto, uno que solo yo sé de su existencia y que no hay llaves.

Es difícil de explicar. Sé que estoy viviendo el duelo del final de su niñez y no acabo de encontrarme en ninguna de las fases que tantas veces explico en consulta. Qué pensarán ahora esos pacientes de mí si algún día leen estas líneas?

Sé que vendrán otros “última vez”, que vienen cosas bonitas y que muchas se disfrazarán de rutina, pero me jode porque yo no quiero perder estos. No quiero vivir atrapado en la nostalgia, pero tampoco quiero pasar de largo por estos días como si fueran eternos cuando su punto finito lo tengo tan a tocar. Qué contradictorio verdad?

Me descubro mirándolos y grabando cada gesto. A ratos soy el más bobo de los padres intentando memorizar cada segundo como quien intenta retener el agua de un río apretando muy fuerte los dedos. Tan bobo que ellos avanzan y yo me empeño en quedarme un poco atrás, como quien acompaña una cometa sabiendo que, para que vuele alto, hay que soltar el hilo poco a poco y confiar en el viento.

Mirando a mi madre me pregunto si, cuando yo era niño, mis padres sintieron este mismo vértigo. Si también se quedaban un momento más en la puerta, viéndome jugar o con alguna de mis trastadas, intentando raptar un gesto mío que nunca más se repetiría igual. Quizá entonces yo tampoco lo notaba, igual que ellos ahora no ven que los miro como quien lee su libro favorito sabiendo que un día llegará la última página.

He entendido que ser padre también es celebrar lo que duele. En este soltar despacito hay una belleza extraña, como ver cómo florece un árbol sabiendo que no siempre dará sombra en el mismo sitio. Y aunque mi instinto quiera retenerlos, mi amor sabe que la única manera de cuidarlos es dejarlos ir un poco cada día. Hacerlo y hacerlo desde el infinito amor que les proceso me hace un poquito mejor. Al menos me intento convencer de ello.

Todas las noches antes de dormir, incluso las que no pasan conmigo, paso por sus habitaciones y me quedo ahí unos segundos. No digo nada, solo vivo ese instante. Quizá un día ellos lean esto y sonrían, sin entender del todo, como yo tampoco entendí a mis padres hasta que me tocó este papel. Y ojalá, cuando les llegue el momento de soltar, recuerden que duele… pero también que es un privilegio inmenso. Quizá un día lo lean y sientan todo lo que son y siento por ellos.

Estos días he aprendido que criar también es un acto de desaparición lenta, cada día soy un poco menos el centro y un poco más una especie de raíz invisible que sostiene sin pedir ser vista. Esa nueva posición que ocupo en su mundo me alegra y me duele. Me alegra porque así debe ser, porque crecer es la prueba más hermosa de viven y yo con ellos, de que están aprendiendo a sostenerse solos.

Me duele porque cada centímetro que ganan es un centímetro menos que caben en mis brazos y un reto de adaptación para mi. Aunque ellos se empeñan en decirme que no, que no dejarán de abrazarme, que no dejarán de pedirme besitos o de que duerma con ellos.

Tal vez sea así, ojalá sea así pero me siento de luto y asumo otro aprendizaje forzado, ese que dice que criar también es un acto de desaparición lenta, cada día soy un poco menos el centro, cada día soy un poco menos en mi papel de padre y un poco más una especie de raíz invisible que sostiene sin pedir ser vista.

Y me alegra y me duele. Una vez más. Me alegra porque crecer es la prueba más hermosa de viven y yo con ellos, de que están aprendiendo a sostenerse solos. Pero me duele -mucho- porque me siento de luto y en medio de un duelo, algo así como llorar vestido de negro en medio de una fiesta.


Me sorprendo a estas alturas y horas de profesión intentando gestionarme y aprender a estar, sin invadir. A acompañar, sin dirigir. Voy entendiendo que ser papá es un oficio extraño donde el consuelo viene de verlos todavía durmiendo abrazados a Monito y Pingu, esos mismos peluches que se han vuelto incansables viajeros y son testigos de muchos momentos compartidos. Nunca imaginé que aquellos dos peluches abandonados en una tienda y que mi madre me ayudó a coser serían tan significativos en su camino y en el mío.

Así que no sé si se llama duelo, orgullo, amor o las tres cosas juntas. Lo que sí sé es que cada abrazo, cada “papá ven”, cada beso ahora tiene un peso distinto. Como si fueran pequeñas piezas de un tesoro que sé que no podré acumular para siempre.

Ahora soy algo así para ellos como el “guardián de las historias familiares”, las anécdotas y las tradiciones que dan identidad a nuestra familia. A medida que crezcan serán estas historias las que les den sentido de pertenencia y un punto de anclaje, recordándoles de donde vienen para que desde esos pilares sean quienes quieran ser en un mundo que a mí se me hace difícil de imaginar.

Una lección más de esto de ser padre y que me toca aprender: aceptar que no puedo guardarlo todo, pero sí vivirlo todo. Que mi misión no es evitar que se me escapen, sino acompañar la forma en que se alejan.

Demasiadas lecciones para un alumno que hoy no quiere aprender. Mientras lo hago (o no) me quedo con seguir abrazándolos tan fuerte como mis brazos me permitan…por si mañana ya no quieren… o por si mañana todavía sí.


Jorge Juan García Insua

Si me vierais por un agujerito…

En las primeras sesiones siempre llegaba con mucho tiempo de antelación, incluso cuando eran a las 6:00 de la mañana. Siempre lo justificaba con un “no puedo permitirme perder el tiempo”.

Era rara la sesión donde cuando intentaba profundizar y romper aquella barrera emocional le aparecía el freno en forma de “me enseñaron en el esfuerzo”, “he llegado aquí trabajando mucho y no puedo parar o…”.

Un día se rompió. Algo dentro se rompió. Aquel motor dejó de girar.

No es un caso aislado. Son muchas las personas que llegan a consulta al límite, sin saber por qué no se sienten bien y que desconocen el motivo o expresan que aún peor, no lo hay o se sienten mal porque creen no tener motivos.

Yo fui también uno de ellos y estuve muy cerca de romperme, tal vez lo hiciera.

Durante años me convencieron (y me dejé convencer) que debía ganarme el descanso o lo que es peor que hiciera lo que hiciera no era suficiente merecedor de ello.

Fui un estudiante que se vanagloriaba de no necesitar dormir o de funcionar con 4 o 5 horas. Solo así podía seguir estudiando, entrenando, estudiando más, trabajando… 

Crecí y tuve “jefes” que no descansaban, algunos casi dormían menos que yo, habían empezado a trabajar antes que yo… incluso llegué a admirarlos por ello. Si echo la vista atrás no me reconozco, pero ese también fui yo.

Así que fui aprendiendo que solo después de cumplir todas las tareas, de exprimir cada minuto, de no dejar espacio para la pausa, entonces —y solo entonces— podía detenerme. Y así mucho tiempo, demasiado.

También era de los que pensaba que cuando descansamos, dejamos de producir, y eso —para muchos incluso hoy en día— equivale a dejar de “valer”. No saber parar y descansar a veces no es solo un problema de agenda, sino un síntoma de algo más hondo.

Me daba miedo parar, temía que el mundo se me escapara, que se rompiera si dejaba de construirlo. Se me olvidaba que estaba ahí mucho antes que yo y que seguirá ahí cuando no esté.

Empecé a darme cuenta de lo erróneo que todo eso cuando nacieron mis hijos y me ha llevado muchos años encontrar el equilibrio, o al menos moverme en él con cierta asiduidad.

Hoy entiendo que el descanso no es un premio por ser “suficientemente productivo”. Entiendo que el descanso no tengo que ganarlo, ya es mío. Siempre lo ha sido y es el punto 0 de todo lo que soy capaz de hacer después.

Mi descanso es el lugar donde recupero mis ideas, donde las emociones encuentran espacio para calmarse y donde la creatividad se atreve a volver. El descanso me devuelve a mi mismo, a la escritura, a la lectura, al tiempo sin prisa con los que quiero y me quieren, a dormirme sin poner el despertador, abrazando y abrazado.

Durante años pensé que si frenaba, el mundo seguiría girando sin mí y yo me quedaría atrás. Tenía miedo de bajar la persiana, de parar la rueda, de que no lo entendieran mis pacientes. Ahora veo que detenerme no me aleja de lo importante, sino que me acerca y que esos pacientes a lo que antes ponía como excusa son los primeros en entender que como cualquier otra persona necesito de esos momentos. Aún me sorprende cuando estando de vacaciones me proponen mover una sesión de urgencia porque no es tan urgente y quieren que desconecte y recupere fuerzas.

El descanso me permite mirar con claridad qué caminos quiero seguir y cuáles estoy recorriendo solo por inercia. Es curioso, aquello que siempre traté como una pérdida de tiempo, hoy lo reconozco como la inversión más valiosa.He comprendido que la prisa no siempre viene de fuera; muchas veces nace dentro, alimentada por esa voz que nos repite que aún no es suficiente. Y esa es la peor compañera posible.

El descanso me ha enseñado a silenciar esa voz, a no obedecerla ciegamente. A descubrir que hay logros invisibles, que no se saben, no se publican, como irme a volar un dron con mis hijos, escuchar sin mirar el reloj o observar a mi madre mirando a sus nietos jugar.


Y cuanto más me permito ese espacio, más entiendo que vivir es entender que hay momentos para avanzar y otros para parar y sostenerse, para observar, dejar que quieran y querer.


Si me vierais por un agujerito mientras escribo estas líneas me encenderíais cuando digo que he entendido que hay victorias que no se celebran con cifras ni una agenda llena, sino con la paz de saber que, por fin, no tengo que demostrar nada para poder detenerme.

Nada de lo que vale la pena construir se sostiene sin pausas. Me siento afortunado de pasar unos días rodeado de todo aquello que no quiero perder y lejos de sentirme culpable de parar me siento vivo.

Descansar es mi forma de conectar con lo rebelde que creo aún queda en mi, un recordar al tiempo que no manda sobre mí (cuanto menos se lo pongo mucho más difícil) y que puedo correr por placer y parar para sentirme vivo.

Será que me hago mayor.

Jorge Juan García Insua

Girando con la estación del girasol

Tal vez tengo un poco de girasol y llega un momento en que no necesito ni busco girar. Tal vez quien lo lea pensará que he perdido curiosidad pero yo lo veo como el saber que donde miras puedes dejar descansar la mirada y sentir que ese horizonte que tenemos delante nos basta y no necesitamos más.

Hay momentos en la vida en los que perseguir deja de tener sentido, donde lo valioso no está en la distancia sino en aquello que ya tenemos frente a nosotros aunque nos haya costado darnos cuenta. Es entonces cuando la prisa pierde sentido (si alguna vez lo tuvo), cuando el ruido interior se disuelve y deja de escucharse.

El girasol no teme la oscuridad ni la noche porque sabe que es sólo un paréntesis, una pausa necesaria para que el día vuelva a iluminarlo. Nos enseña que los paréntesis acaban y que a veces esperar no da miedo.

Quizá desconectar no sea huir sino aprender a quedarnos quietos, seguros de que la vida, como el sol para el girasol nos encontrará de nuevo. Tal vez por eso, cuando miro un girasol siento que en su quietud hay una lección de confianza. No se aferra al sol, no lo persigue cuando se oculta; simplemente espera, con la certeza de que volverá.


Nos cuesta tanto esperar… hemos olvidado el arte de la paciencia, esa que la naturaleza ejerce sin esfuerzo. Vivimos con relojes que no marcan amaneceres, sino obligaciones y nos roba con prisa el tiempo.

El girasol no se amarga, no exige que la luz dure más, no se lamenta cuando la pierde. Guarda su energía para el siguiente momento, uno que sabe preciso y lo disfruta en silencio, como si supiera que la belleza no necesita anuncios, fotos ni ser publicada.

Quizá desconectar sea eso: dejar de medirlo todo y empezar a sentirlo. No marcar la hora del encuentro y dejar que el encuentro marque la hora, que nos encuentre serenos y en calma.

Observarlos para entender que desconectar no es apagarlo todo, sino sintonizar con aquello que importa. Como el paisaje que no te exige llegar, como el girasol que no corre detrás del sol, como el corazón que ha encontrado su lugar y ya no necesita buscar.

Esa quietud no es inmovilidad ni miedo, es confianza. Quizá por eso los girasoles orientados al este me parecen guardianes de un secreto: que no hace falta girar todo el tiempo para vivir en plenitud; basta con mirar hacia donde nace lo que nos da sentido.

Así cuando nos permitimos parar, descubriremos que el mundo sigue girando… pero ya no nos arrastra, sencillamente nos acompaña.

Y gira y gira y gira…

Jorge Juan García Insua

La estación del girasol

Desconectar… alejarse mental y emocionalmente de preocupaciones, rutinas o estímulos habituales.

Romper el ciclo de estrés diario y darle a la mente un descanso cualitativo. Tirar el móvil en algún rincón…

Desconectar es apagar el motor aunque la carretera sigue ahí delante sin final, sólo para bajar y disfrutar del paisaje. Caminar por él, estirar la mano hasta casi tocarlo, cerrar los ojos, sentirlo.

El paisaje nunca tiene prisa. Te espera porque sabe que nunca llegarás tarde. Se niega a correr, no compite, no necesita cobertura. No todo crece deprisa, no todo necesita prisa. Donde nada es urgente está, sólo está aunque te detengas en un punto perdido del horizonte manchego, como si te esperara a ti.

El paisaje no tiene tiempo ni reloj, no pasa, no se va. Espera, en calma. Sabe que ha llegado antes que tú y que seguirá ahí cuando te vayas. No te pide quedarte ni te invita a marchar.

El paisaje te recuerda que tú también puedes parar… y desconectar.

Ayer durante un atardecer me quedé mirando girasoles y mientras los fotografiaba observé que aquellos más crecidos dan la espalda al sol.

Descubrí que los más jóvenes siguen al sol y que durante el día, sus tallos y flores en formación giran de este a oeste siguiendo la trayectoria solar, por la noche en cambio se reorientan hacia el este para esperar el amanecer.

Cuando el girasol madura y la flor se abre completamente, ya no gira y queda fija mirando hacia el este. Ese darle la espalda al sol maximiza la recepción de luz matutina, se calientan sus flores y favorece que los insectos polinizadores los visiten temprano y en su mejor momento natural.

De adolescente me quedé prendado de la literatura romántica, la emulaba y escribía para mí en un torpe intento de parecerme a aquellos autores bajo un pseudónimo que tomé (sin permiso) del nombre de un amigo de facultad de mi hermano, Ferran daFonseca. En aquella literatura a menudo aparecían atardeceres, flores y girasoles y hoy he conectado con las referencias sobre ellos que entonces leí. Ha tenido que llegar un verano extraño para perderme donde Ana Belén pasaba sus vacaciones y reconectar lo que hace tanto tiempo escribí con el por qué aparecían en aquellos escritos hoy perdidos en mi memoria los girasoles.

El girasol que cuando encuentra el amor desconecta y deja de girar, entra en calma, se mantiene orientado hacia su fuente de luz, así como un corazón enamorado se orienta hacia la persona amada. No sé si Cupido disparaba girasoles pero seguro vivía entre ellos.

El girasol tiene forma de sol y aunque no emite luz confía en recibirla cada mañana, la espera para reflejarla y regalarla, como hacemos cuando sentimos.

Nos recuerda que no siempre necesitamos producir nuestra propia claridad para iluminar. Basta con orientar nuestro corazón hacia quien nos da calor, esperanza y sentido. Cuando envejece deja de perseguir el horizonte. Se queda mirando al este, donde siempre nace el día, como quien ha encontrado su norte y lo guarda para siempre.

Lo guarda porque como yo este verano ha aprendido el secreto que dice que existe un girasol para cada persona y yo admirándolos he encontrado el mío.

Este será por siempre el verano que me enseñaron a amar los girasoles.

Jorge Juan García Insua

Heliotropismo: propiedad que tienen ciertas plantas, como el girasol, de orientar sus flores, hojas o tallos en dirección al sol, siguiendo su trayectoria a lo largo del día

El paquete de pañuelos

Aún no son las 15:00 h en un hospital de Badalona.

A dos asientos de mí hay una madre con la que interpreto es su hija adolescente. Ambas están llorando y con respeto me acerco y les ofrezco un paquete de pañuelos. La madre me los acepta, coge uno y quiere devolverme el paquete, con un gesto le hago saber que se lo puede quedar. 

Al minuto se sienta una Señora enfrente mío y las mira. Por momento parece molestarle la escena. Hace caras, gestos que interpreto van dirigidos a que los vean la madre y su hija.

Esos gestos continúan y hace que otra señora sentada cerca decida cambiarse de sitio. Me resulta aún más incómodo ver como otras personas se percatan de lo insólito de la escena pero no intervienen.

La susodicha señora en lugar de reducir la intensidad de sus muecas parece estar empeñada en aumentarla. Finalmente la incomodidad me puede y decido levantarme y sentarme a su lado para pedirle respeto.

Aún no me he sentado a su lado cuando dirigir sus gestos hacia mí y siento que me recrimina no “actuar” para que la madre y su hija “controlen” las muestras de dolor y angustia.

– Joven, usted que lo ve debería decirles que bajen el tono porque esto es un hospital

– Señora precisamente por eso creo que no es su dolor el que merece corrección, tal como lo veo yo es justo al contrario…

Sin dejarme seguir…

– Ya ya… por eso les has dado el paquete de pañuelos! 

– Sí, exacto. Por eso y porque de esa forma además de ser educado quería expresar…

– Mire joven! Esto es un hospital y hay que estar en silencio! – muy enojada.

– (Respiro) Sé que es un hospital Señora y cierto que hay que estar en silencio pero lo veo distinto a Usted y creo que no se pone en lugar de esas personas. Además, ese cartel no impide nada hacer de llorar, emocionarse o sentir miedo por la salud de los quieres. Sólo pide silencio como una forma de respeto y atención hacia los enfermos, familiares y profesionales.

– Bla bla bla Señor (en este momento dejo de ser joven para pasar a ser señor), es usted tan maleducado como ellas!!!

Y acto seguido se levanta hasta sentarse en la otra punta de la sala, al tiempo que una doctora entra en la sala preguntando por los familiares de un hombre, a lo que la madre y su hija se levantan y al caminar hacia la doctora me coge fuerte la mano por un instante asintiendo y se marcha.

Un señor que estaba sentado detrás mío espalda con espalda gira la cabeza para decirme: “Bien hecho, esa señora no puede estar bien, que maleducada!”. No acierto a saber responder.

En cuestión de segundos esta sala de espera ha pasado de exponerme a la compasión a pasar a ponerme ante la ira, la rabia y la cólera. He entrado en su juego y he sido una “presa fácil” y un motivo para expresar más alto y fuerte su frustración.

Acercarme a ella ha sido como echar leña al fuego y tal vez hubiera actuado mejor tomando distancia y centrarme en la madre y su hija. He actuado visceralmente y desde la molestia que me provocaba su actitud. 

Yo que tantas ocasiones trato muchos aspectos de gestión emocional con mis pacientes me he puesto y experimentado estar al otro lado y no saber.

Me llevo el aprendizaje y el sentir que no podré ayudar a la Señora del enojo, ni me lo pidió ni entendí en caso de querer en qué quería ser ayudada hasta que era tarde. Sí y es lo realmente importante, me siento bien por haber estado por unos breves segundos para una madre y su hija en un momento de angustia y haciendo algo tan sencillo como ofrecer unos pañuelos.

A la señora y su hija “me ofrecí” desde la igualdad, algo así como un te ofrezco lo que tengo y soy, en cambio a la otra señora desde cierta superioridad o incluso prejuicio y no me gusto ahí.

En mis tiempos de universitario leí muchos capítulos de un libro donde el autor hablaba de un trastorno que llamaba “Enojo con el mundo”. El libro hacía una descripción de este trastorno o enfado patológico a través de las personas que a lo largo de su vida se había cruzado y coincidían en transmitir esa irritación, actitud negativa hacia los demás, quejas constantes, resentimiento ante ciertos comportamientos “inofensivos” sociales, aislamiento social…

Creo que a ese libro de falta al menos un capítulo, hoy he conocido a su protagonista.

Jorge Juan García Insua

Ocho anónimos y una voz en off

Y tú? Cuántas vidas necesitas?

Si respondes una no has vivido. Si las cuentas señal que por alguna has pasado de puntillas.

Necesitamos una vida para entender que podemos decidir parar la nuestra pero que el mundo va a seguir girando.

Otra para aprender que siempre hay una vez al menos que deberíamos haber parado, una que la vida nos hace parar y una que nos arrepentimos de no haberlo hecho antes.

Nada importante en la vida viene con instrucciones y muy pocas pueden resetearse.Pocas veces he sabido encender que la vida trae el botón de on-off y la veces que sí lo he visto ya estaba oxidado o faltaba energía. Me dijiste que somos la suma de nuestras relaciones y me pone triste pensar que yo pueda ser la resta de alguien. Nada a lo largo de besos y abrazos nos prepara para sus llegadas y nunca sabremos suficiente para adelantarnos ni prepararnos para las partidas.

Tan solo vale el presente cuando se trata de amor. Pierde parte de su sentido cuando lo hacemos futuro, el futuro es incierto, expectativa, promesa, riesgo… y en pasado existe en la medida que fue, recuerdas y revives pero crece de distinta forma, entre el echar de menos y el dolor. Lo necesitamos presente para hacerlo seguro, ese es su lugar.

Todos tenemos un lugar en el mundo, aunque sea de paso y pase en un ratito. También lo tienes si te han hecho creer que no es así y también si te han hecho creer que has de pasar la vida mereciéndotelo.

Todos tenemos derecho a ser amados en medio de nuestro caos, derecho a encontrar la calma y perderla varias veces hasta encontrar un lugar seguro.

Un lugar seguro donde no esté bañado en alcohol protegido por las rayas de coca y mis pies no estén rompiendo el mismo cristal que agujerea el estómago y el cerebro. Te engañas por la cantidad y te lo repites hasta convencerte que así controlas, pero no controlas una mierda. Ya queda muy atrás aquello de solo “con colegas”, tanto que ni los ves, ahora estás secuestrado, oculto para que nadie te vea, a escondidas para meterte bien y que ella no te vea. Sabiendo que si te ve la pierdes, si se entera la pierdes, si la pierdes dices que te matas y cada vez que te metes estás un poco más muerto. Esa es la única seguridad que tienes, tal vez no hayan ya lugares seguros para ti.

Existen los lugares seguros? Yo quiero uno que se llame “Parasiempre”, aunque solo exista para mi y para nadie más, un lugar tan bonito como condenado a no ser. Pueden ser las cosas que solo podemos soñar?

También hay lugares libres, vacíos porque algunos (los mejores, los buenos) se han ido demasiado pronto, antes de lo que tocaba. Ese vacío es el que nos dejan y no sabemos llenar ni entendemos que nunca sabremos y que se trata de aprender a seguir con él. 

Seguir sintiendo que está ahí, que una vez estuvo lleno y tenía nombre y apellido. Sentirlo nos permite llenarlo de recuerdos y momentos que nos acompañaran cuando seamos nosotros quienes se estén marchando de poquiño a poquiño y nos aferremos a mirar atrás.

Miramos atrás para asegurarnos de qué dejamos, quienes nos miran y nos ven marchar, quienes nos lloran, nos recuerdan y nos llaman en silencio.

Y lloramos. Como llora ella en silencio mientras se convence que no debe sentir, que no sabe o eso le dijeron una y mil veces, de palabras y de sangre para que no se olvidara nunca que debía ser fuerte y hacer como que no sentía nada. Así un día tras otro, un año tras otro hasta llenar una vida, la que no vivió, la que le arrebataron desde casi el primer suspiro, la que no dejaron llenarse de nada que no fueran llantos.

Lágrimas. Deberían enseñarnos a identificarlas, a escucharlas y contarlas. Para que ninguna se seque sin haber sido entendida ni dejar aprendizaje. Para que nos mojen pero no nos dejen en la humedad ni se transformen en moho.

El moho pudre todo aquello que no nos cabe en el alma, aquello que amenaza con rompernos si no paramos. Dudamos si hacerlo. Dudamos por el qué dirán, por esa imagen que pensamos tienen otros de nosotros, esa que pensamos que nos sostiene y que para mantenerla nos llegamos a desangrar… y todo por no parar, por decidir que no queremos que el tiempo decida por mí, que por una vez queremos que el reloj gire a nuestro favor, que haga que los minutos cuenten y deje de contar heridas y cicatrices.

Nunca es tarde para sanar y seguir queriendo sentir que nos quieren. Siempre hay una vida más para eso, para no buscar el amor deseando con el alma que nos encuentre y que lo haga con las manos vacías, el corazón sereno y el alma hasta arriba de preguntas.

Y si nos encuentra… que sea para besarnos en la frente, con ternura, entre miradas cómplices y silencios cómodos. Sabes por qué no me importa lo que duele? Porque lo vale. Si es el precio lo pago, me duele pagarlo pero no me arrepiento, me jode porque no lo hubiera querido pagar pero me arruinaría antes de renunciar vivirlo aún con miedo que no fuera eterno. Acepto la nostalgia y el echar de menos no el dejar de sentirlo.

Es de locos echar de menos algo y alguien que ahora nos hace daño… nos duele su ausencia y aún así me resisto a olvidarla. Pienso que si esa ausencia sigue presente de alguna seguimos conectados, seguimos conectados en mi imaginación y en mis sueños. En silencio, como tantas veces y sin espacio para nadie que me diga que ella no siente lo mismo.

Dime por qué. ¿Por qué lo que fue tan bello ahora duele tanto? Cuál es el sentido para que si deja de doler me condene a repetir la historia?

Si duelen los sueños que no cumplimos. Aquellos que nunca llegamos a vivir cómo no va a doler perderlo y si duele es que no quería que pasara no que me arrepienta de haber intentado hacerlo eterno.

Ahora toca parar. Empezar una nueva vida. Entender la que dejamos atrás y decidir cómo quiero que sea la siguiente.

Y sentir que necesitas una vida menos, aceptar que no habrá una vida más.

Jorge Juan García Insua

Posdata:

He parado unos días y eso ha hecho que muchos momentos en sesión vinieran a mi cabeza. Sesiones de días y semanas atrás con las que re conectaba y no querían marchar.

Y si las escribo? Y si conectan entre ellas?

Al final 8 autores anónimos para todos menos para mí. Yo el noveno, la voz en off observadora, silenciosa y presente que los conecta y se conecta con todos ellos y conmigo mismo.

Triste a ratos y feliz a ratitos

Esta semana he atendido a una paciente que acaba de recibir un diagnóstico de Alzheimer a una edad relativamente temprana.

En un momento de la sesión expresó su miedo a perder la conciencia de quién es, de reconocerse, de hablar de ella y cómo desde aquel “día H” que supo el diagnóstico cada vez que conoce o le presentan a alguien inconsciente se presenta de una forma más extensa de lo que hubiera hecho antes de ese fatídico día.

En un instante de la sesión me hizo conectar no solo con el qué era para ella importante que otros supieran sino con el miedo a quien lo haría si llega un día que ella ya no pueda.

Reconozco que tuve respirar hondo antes de hacer la pregunta que por otro lado no pude contener, cómo si la sesión la estuviera pidiendo…

Y si llega ese momento de no reconocerte, quién te gustaría que te hable de ti?

Su reacción silenciosa a la pregunta reflejaba que acababa de hacer una pregunta poderosa. Sus ojos se abrieron y aparecieron las lágrimas.

Cuando se sintió recuperada me dio un nombre y le pregunté qué hacía de esa persona “la persona”. No sé trataba de aquellas personas que por lazos familiares o de sangre podrían parecer lógicos o esperables. No, no era ninguna de esas personas. De hecho era alguien a quien si bien conocía no era “íntima” y el motivo “es una persona que siente como yo. Me gustaría que

que quien me hable de mí lo haga desde aquello que es importante, lo que me mueve, lo que siento por personas que quiero, adoro y por la que daría la vida o aquello que me motiva cada día. No quiero una biografía “vacía” que podría servir para otra, quiero que me hable desde lo que llevo dentro y que solo yo siento”.

– Sabes Jorge, me estoy dando cuenta de por qué tengo miedo a perder la memoria

– Te apetece verbalizarlo?

– Cuando no me reconozca no reconoceré ni recordaré… habré dejado de sentir y tal vez hasta de emocionarme. Sólo me quedará lo que otros se emocionen conmigo y sientan por mi.

Y nos emocionamos los dos. No pude evitarlo. Aquellas palabras y tal como las expresó traspasó al psicólogo y llegaron a la persona.

La memoria no es historia, no puedes hablar de ella como una sucesión de hechos o vivencias. La memoria no puede ser neutra y siempre es subjetiva porque se alimenta de experiencias, de emociones, de sentimientos, de frustraciones, de lazos y de vínculos. Por eso es tan intensa y tan transformadora, por eso vive más allá de nosotros mismos.

Esa noche tumbado en la cama con mis hijos compartía lo sucedido en la sesión y al explicarles cómo me había emocionado y lo que me había hecho sentir uno de ellos me ha cogido fuerte la mano y me ha dicho «yo no quiero sentirte, quiero vivirte para siempre papá» mientras me apretaba más y más la mano.

«Aún eres pequeño para entenderlo cariño y no puedo prometerte vivir para siempre, pero sí prometo no dejar de sentirte nunca y que esté donde esté no dejareis de sentir que os siento». He limpiado sus lágrimas sin decir nada mientras me caía la mía y los tres nos hemos quedado unos segundos abrazados en silencio.

No sé qué será de mí memoria con el paso de los años y qué olvidaré o no pero escribo esto convencido que hay instantes en sesión como este que me cambian y acompañarán siempre.

Esta mañana me ha escrito la paciente:

“Gracias por la sesión Jorge. Han pasado días y sigo removida por lo que allí sucedió, tu pregunta y tu emoción cuando me escuchabas. Sigo triste a ratos y feliz a ratitos, feliz y tranquila por lo que otros sentirán al acordarse de mí aún no pudiendo yo acordarme de ellos. Nos vemos en unos días❤️”.

Aquella noche escribí estas líneas y sin saber explicar por qué lo guardé como tantas otras veces. Su mensaje me ha llevado a releerlo y publicarlo, tal vez era la señal que necesitaba para compartirlo, tal vez ha sentido que yo sentía la necesidad de sus palabras para hacerlo.

Jorge Juan García Insua