El no mal padre

Llevaba 10 minutos en la consulta esperando. Mi primer contacto visual fue al salir acompañando al paciente que había acabado la sesión y al cerrar la puerta y girarme hacia él se ha levantado para darme la mano. Lo ha hecho saludando con un tono bajo y la cabeza baja, a pesar de eso he podido ver sus ojos humedecidos.

Ha tomado asiento, le he ofrecido agua y como suelo hacer le he pedido unos minutos para presentarme, al acabar le he preguntado para qué un psicólogo en este momento.

– Hubiera sido un mal padre -a empezado entre lágrimas. Uno de esos que posiblemente están ausentes y cuando el hijo es adolescente se dan cuenta que la distancia no la pone el niño sino el no haber estado salvo “fiestas de guardar”. Por eso intenté cambiarlo, hacerlo mejor, tan mejor como he podido hasta que… se fue.

Por eso me han castigado? No me lo merecía, era demasiado especial para un padre como yo? Por qué no me han dado la oportunidad de cambiar, de hacerlo bien!!!!!!

Y desde que se fue no quiero vivir. Vivo porque Dios o quien mierda quiera que mande ahí arriba quiere pero no tiene sentido. Qué sentido tiene dejar vivir a un padre que ha perdido a su hijo. Un padre nunca debería enterrar a su hijo!

Eso es antinatural por muy malo que hubiera sido el padre no? No crees? En qué mundo se entiende que un padre sobreviva a su hijo. Si al menos fuera un buen padre… pero ni eso, yo ni eso y aquí me tienes.

No sé para qué un psicólogo. Para que me escuches supongo porque no me lo devolverás, dudo mucho que deje de sentir la pena que siento, la mierda de vida o que venir aquí sirva para pensar que la vida de mi hijo tuviera menos valor que la mía. Es tan injusto…

Y llora desconsoladamente.

Se seca los ojos intranquilo y apretando los dientes, yo guardé silencio. Su expresión me transmite que en su boca se agolpaban palabras buscando salir y explotar en rabia. Respiraba hondo, como si el aire pesara demasiado para entrar y salir de sus pulmones.

Poco a poco recupera y habla de su hijo en presente, aunque es consciente que ya no está. Dice que aún escucha sus pasos por el pasillo, que a veces cree ver la silueta junto a la puerta de su habitación. Su mente juega con él, lo trae de vuelta solo para volver a arrancárselo segundos después.

“Era demasiado joven”, repite entre frase y frase, como si buscara convencer al mundo de la injusticia. Se pregunta qué sentido tiene seguir. Lo escucho, conecto con él y tengo dificultades para controlar mi respiración mientras mis ojos se humedecen.

“Solo quiero que la vida me lo devuelva, que despierte un dia y esté ahí y que pase, que pase y lo que sea, te juro que doy lo que sea, que me muera al instante de ver que me lo han devuelto… que me muera a cambio, que me muera…”

El silencio se alarga, tengo dificultades para mantener la distancia terapéutica. Se rompe. Él baja la cabeza y murmura que lo peor es el miedo a olvidar su risa, el olor a jabón después del baño, la forma en que lo abrazaba con toda la fuerza de su todavía pequeño cuerpo. “La memoria es frágil y me da miedo que me muera habiendo olvidado algo, que mi hijo sea algo vacío, un nombre, una fecha…”.


“No soporto el silencio de la casa… -susurra y me cuesta oírlo -. A veces me quedo parado en su cuarto, no sé cuánto tiempo, horas! esperando que aparezca… Y cuando no lo hace, siento que me estoy volviendo loco”.

Otro largo silencio llena la consulta. Él aprieta los puños, baja la cabeza y coge pañuelos.

– Me estoy volviendo loco? Siento que me vuelvo loco, Jorge…

– Sí -respondo. No hay palabras para lo que he escuchado y cómo no vas a sentir que te vuelves loco echando de menos a tu hijo, el amor no desaparece con la muerte, sigue y seguirá en ti.

– (Llorando) Lo peor es pensar que un día podría olvidar su voz… que el tiempo me lo robe también.

– No lo vas a olvidar. Quizás cambie la manera en que lo recuerdas, pero siempre seguirá contigo. Ese vínculo nunca se rompe.


Cierro la puerta después de despedirlo y me quedo unos segundos sentado en la entrada, me siento sobrepasado tras la sesión. El pecho se me hace pequeño también, como si hubiera intentado encogerse para darle más espacio en la consulta. Tengo un nudo en el pecho y en mi estómago.

Dudo de si le di algo más que mi presencia y mis palabras torpes, sabia que acompañarlo en esta sesión no era acompañar a alguien en su duelo sino sostenerlo aún en la oscuridad y entre un insoportable dolor. Me pregunto qué sentido tiene acompañar a alguien en una herida que no cicatriza. No tendré respuestas, nunca las tendré, solo me esforzaba por estar presente pero conectar me hacía daño y entre ese dolor intentando no dejar que mis ojos fueran más allá de humedecerse como pocas veces. 

Esa es la respuesta. No darle un sentido, sino simplemente estar. Ser testigo de un dolor tan grande que asusta, tan grande como el vínculo entre un padre con su hijo.

Me ha dejado temblando su miedo a olvidar. No la muerte en sí, sino la idea de que el tiempo robe lo poco que le queda. Y pensé en lo frágil que somos, en ese mismo miedo que he tenido yo cada vez que he perdido a alguien… en lo injusto que resulta que la memoria -nuestro último refugio- también tiemble ante el paso de los días y años.

Pienso en sus manos apretadas, en cómo buscaban anclar algo que ya no está. Pienso en esa frase – “que me lo devuelvan y me muera”- que suena a conjuro imposible, a última súplica . Me estremece que un deseo así pueda ser tan puro y tan terrible a la vez. No pide venganza ni explicaciones, solo volver a sostener. Y eso me abre una herida propia a la que me cuesta poner nombre.

Mientras escribía esto he borrado párte de la sesión. Escribía y luego borraba. Lo dejaré escrito en ese espacio “secreto” e íntimo, en su memoria y recordando como su padre hablaba de él. Qué poco profesional pensarán quienes lean estas líneas…

Hoy cierro la puerta con una sensación extraña, con un vacío que me dice que no lo he hecho bien, que podría haberlo hecho mejor.
Siento una mezcla de rabia y ternura y hay una imagen que no puedo borrar: él sentado en la consulta hablando de esperar lo imposible. Improviso un pequeño ritual: una sencilla vela. No para reemplazar, sino para nombrar, para que el mundo sepa que ese niño existió con una voz, con un olor, con algo único.

Me pregunto si fui suficiente en la sala. Pienso que no. No lo sé. Me sorprende la culpa que me azota por eso, absurda: cómo cargar también con la idea de “no hacer lo bastante” cuando lo único que pedía el hombre era ser oído y escuchado. Me obligo a recordar cada momento de esa sesión. Cuál es el precio del acto de acompañar, ofrecer un vaso de agua y estar?.

Sé que el dolor de ese hombre seguirá vivo mañana, y pasado y quizá siempre. También sé que hoy he vivido algo difícil de expresar con palabras y que me acompañará siempre.

Apago la luz y dejo la vela encendida.



Jorge Juan García Insua

Capítulo 2 (o no)

Hay personas que solo pasan una vez en la vida.

Qué pasa si llegas a una edad donde te das cuenta que a has dejado pasar a todas las que ir nada del mundo deberías haber dejado ir?

Esas que ninguna vida, ni esta ni futuras, te devolverá?

Es un asco. Uno enorme.

Lo peor no es la ausencia en sí, sino haberla permitido y hasta provocado. Esa ausencia que te va haciendo daño día a día en forma de calle, de canción, de esquina, de un girar la cabeza por si la ves venir en la distancia. Una ausencia que te hace sentir pequeño, terriblemente pequeño.

Empiezas a cronometrar tus errores: las veces que elegiste seguridad, las veces que prefiriste la comodidad de no moverte, las palabras que no dijiste por miedo a romper una rutina que creías eterna. Y entonces entiendes que el tiempo no perdona indecisiones: las transforma en condenas. Pesadas, increíblemente pesadas. Y buscas una máquina del tiempo pero no existe, buscas una redención automática, pero nunca podrías pagarla… y te quedas a solas y solo con esa sensación pegajosa y asquerosa de haber entregado oportunidades a la basura, una a una, creyendo que habría más y que la basura nunca se llenaría.

Hay días en que el asco se transforma en frialdad. Te vuelves juez y verdugo al mismo tiempo. Eres como ese profesor cabreado con el mundo y la vida que repasa respuestas en un examen, las disecciona, busca la mínima excusa que justifique un comentario prepotente. No la encuentra y le duele. Y eso duele más que admitir la negligencia de no saber con qué pie levantarse cada mañana, mirarse al espejo y no encontrar al aliado que una vez prometió ser.

Pero también hay algo brutalmente honesto en ese dolor: te obliga a ver lo que perdiste y, por primera vez, a no querer repetirlo. No borra las pérdidas, no las devuelve, pero te vuelve más despierto. Aprendes el nombre del arrepentimiento y, si tienes suerte o ganas, lo usas como brújula. No para recuperar lo que ya no vuelve —que no— sino para no dejar escapar lo que quede por venir.

Pero viene y aunque te acuerdas y tienes presente como gritabas la última vez que la dejaste ir, te atormentas con el por qué lo hiciste… repites en estupidez. Matrícula de honor. 

Y todo eso está bien, aunque duela. Y te lo repites para ver si así te convences. Porque si algo enseña el asco enorme es dónde no quieres terminar: en la costra de un pasado consumido por la pasividad. Entonces respiras, te miras con crudeza, y decides -por fin y ya era hora- que las próximas personas que aparezcan no serán puertas que dejas abiertas a la indiferencia.

Como si eso fuera fácil. Porque no es fácil. Nunca lo es. Sabes que la vida no regala redenciones limpias, te cambia el escenario y los personajes pero las cicatrices viajan contigo. Y cada vez que alguien aparece, la sombra de lo que perdiste se sienta entre los dos. Como un espectador silencioso que te recuerda que no eres de fiar ni contigo mismo.

Eso jode, cómo jode.

Y lo más jodido la confianza. No en el otro que ya está perdida, en ti. Porque ¿cómo confiar en alguien que ya dejó escapar lo que más importaba? ¿Cómo no pensar que volverás a repetir la jugada, que el miedo te paralizará otra vez? Te preguntas, te cuestionas, dudas antes de dar un paso… y mientras dudas, la vida sigue corriendo. Y otra vez dejas pasar.

Y aun así buscas un psicólogo… porque alguien te lo ha dicho o porque te resistes a ir en mundo mojado en esa autocrítica feroz. Le pides no sé, una chispa. Quizás pequeña, casi escondida, pero ahí. Porque si todavía duele, es que todavía importa te dice. Si todavía puedes mirarte y no soportar el reflejo, es que aún quieres cambiar. Lo contrario sería peor: la indiferencia, la apatía absoluta, la tumba en vida.

Ya puede ser bueno que no te quitará (o sí) el miedo, la torpeza, la vergüenza tatuada en el pecho. No como héroe que aprendió todas las lecciones, porque no hay nada de valor después de tanto sin sentido. Te tiemblan las manos, la voz se quiebra y tropiezas en tus propias inseguridades. Desde el suelo decides quedarte, no te quedan fuerzas para volver a huir.

Quieres resetearte, lobotizarte para conseguir el único consuelo posible: borrar el pasado. Y te vuelves engañar, si lo borro no cometeré errores, no dejaré ir más…

Y lo peor es que ni siquiera se trata de nostalgia. No es extrañar. Es otra cosa. Es una herida que no cierra, una costra que arrancas con las uñas a sabiendas de que va a sangrar y aun así lo haces, porque prefieres el dolor al olvido.

Te conviertes un cuerpo vacío que camina en automático. Te vistes, comes, trabajas, pero sientes como si alguien hubiera cortado un trozo de ti y lo piensas: “la dejé ir”. Lo repites como un mantra sucio. La dejé ir. Como si esas tres palabras pudieran contener lo irreversible. Lo jodido es que sí la dejaste no fue un accidente sino una renuncia lenta, cobarde, que se parece demasiado a un suicidio a plazos. Ni para eso sirves.

Entonces viene la rabia. Inmensa. Inmensa. Te golpea en mitad de la noche, te despierta empapado, con las manos apretando las sábanas como si fueran su cuello, o el tuyo, da igual. Porque la rabia ya no distingue. Odias haber sido tú. Odias haber elegido el miedo, el cálculo, el silencio. Odias que tu historia se parezca tanto a… ti.

Y en el fondo sabes que no hay reparación. No hay vuelta. Ni siquiera hay una condena clara: nadie te juzga más que tú. Eres juez, verdugo y cadáver, todo en la misma piel. A joderse. Y esa piel se te queda estrecha, como si fueras a estallar en cualquier momento, como si el aire mismo se negara a entrar porque no lo mereces.

Duele.

La gente habla de aprender, de seguir, de crecer. Tú solo quieres arrancarte la lengua por todas las veces que dijiste que lo harías. Iluso, qué iluso. Tú solo quieres que el espejo se rompa solo con tu presencia, para no tener que soportar esa cara de imbécil que dejó pasar lo único que importaba.

Y lo piensas de nuevo: “la dejé ir”. Y esta vez no lo dices con resignación, sino con un odio que supura. Porque ese “dejé” no es un error gramatical, no es algo que escribes como un mantra, es una sentencia firme y cruel: no se fue. Fuiste tú.

Y ahí me quedo, ahí estoy.en esa certeza, no hay redención. Culpable y vivo. No quieres consuelo, quieres que algo pague, y la única mano que siempre está a mano eres tú. Te golpeas con la memoria como quien se da palizas para ver si así, por fin, la sangre borra el nombre que no supiste retener.


Te explota la rabia contra ti. Te masturbas de culpa, te recreas en la imagen de sus caras alejándose, y cada imagen es una lámina que pasas por el filo hasta que sientes la herida.el calor del error quemando. No hay saciedad, solo una reiteración de escenas como una película de tortura: tú gesticulando cobarde, ella al borde de quedarse, tú cerrando la puerta con la delicadeza de quien remata una faena.

Puede que grites hasta quedarte afónico. Puede que escupas en las fotos, que rompas cartas, que quemes recuerdos. Pero el fuego no purifica: solo cocina la culpa hasta que huele a quemado y ya ni siquiera reconoces el aroma de lo que fuiste. Ay el fuego! Todo lo que queda es un muñeco chamuscado que se mueve por inercia, buscando la próxima persona que, sin saberlo, complete la demoledora ecuación de tus arrepentimientos.

Soy muy duro? Duro es cuando te miras al espejo, no te reconoces. No buscas reparación: buscas destrucción porque sientes que destruirte es la única forma de honrar lo que perdiste.“Vengo porque ya no puedo soportar la idea de que la vida siga siendo amable con quien fue tan cobarde” le dices al psicólogo. No quieres uno amable, lo quieres feroz e incisivo pero no te entra al trapo. Te hace de espejo y le gritas, deseas… 

Él me mira, sereno, como si el tiempo de sesión no pasara. No te responde con frases hechas  y sólo necesita una, una para desarmarme.

“Hazte cargo”.

Jorge Juan García Insua

La invisible

– Esa soy yo! La invisible, tan invisible que me da miedo que llegue un día que me vaya y nadie se dé cuenta, que nadie note que me he ido. Puedo soportarlo todo menos eso! – ha dicho la paciente, temblorosa y sobrepasada.

– Qué supondría eso para ti si sucediera? – he preguntado.

– No… no tendría más remedio que reconocer que mi ausencia tiene la misma importancia que mi existencia. Qué triste verdad? Y si eso sucede dime qué me ata a este maldito mundo. El día que suceda prefiero irme.

– Siento que ese miedo es muy profundo para ti. Me dices que lo insoportable no es solo el dolor, sino el sentir que tu vida puede pasar inadvertida. ¿Lo estoy entendiendo bien?

– Sí Jorge. Sí, porque si nadie lo nota es como si no hubiera existido nunca y esa maldita sensación me ha acompañado siempre, siempre.

– Esa es  una sensación de invisibilidad muy…dura. Pero al mismo tiempo, me lo compartes aquí, a mi, lo cual me hace pensar que dentro de ti todavía hay una necesidad de ser vista, reconocida, escuchada. ¿Cómo te hace sentir que yo sí conecte y sienta lo que estás viviendo ahora?

– Me alivia un poco… aunque siento que ese alivio no durará.

– Qué te hace pensar que no durará?

– No ha durado hasta ahora y ningún loquero lo ha cambiado.

– Es válido que sientas eso. Y a la vez, este pequeño alivio me dice que todavía hay algo que puede darte sostén, aunque sea breve.

– Te gustan los retos Sr Psicólogo. Debes saber que otros lo han intentado

– Me lo dijiste pero no he sido yo quien ha ido a ti, has sido tú quien buscó ayuda, miraste, leíste y decidiste que fuera yo. Así que el reto es tuyo y “técnicamente” me has pedido que te acompañe en él. Déjame que recuperemos la línea …

– Si mi ausencia tiene la misma importancia que mi existencia dime qué me ata a este maldito mundo. Tiene la Psicoloia respuesta a eso?

– No lo sé y sinceramente disto mucho de saber “todo” de la Psicología y la Psicología no tiene respuesta a todo pero sí nos ayuda a hacernos preguntas, ademas es una pregunta “enorme” la que planteas: qué nos ata a este mundo cuando sentimos que la diferencia entre estar y no estar es mínima, tan pequeña?

A veces, el vínculo con la vida no depende de ser “indispensables” para otros, sino de encontrar un sentido propio, aunque sea pequeño.

–  Y siese sentido nunca llega?

– Entonces lo que podemos hacer es crear fragmentos de sentido. Déjame que te lo explique. Hay quienes encuentran sentido en la belleza de algo pasajero, como una música, un amanecer, una mirada compartida, un abrazo… Otros lo buscan en dejar huellas pequeñas: un gesto, una palabra que toca a alguien. No siempre se trata de grandes reconocimientos, sino de aceptar que incluso en lo breve puede haber valor.

– Sí, pero todo eso desaparece igual… como si nunca hubiera existido.

– Lo breve es también real. Un fuego que se apaga deja de haber sido fuego? Del mismo modo, una vida no necesita ser eterna para haber tenido significado. Y si no fuera una cuestión de permanencia, sino de experimentar, de sentir, de influir aunque sea un instante en una parte del mundo, en el curso de la vida. La tuya, la mía, la de alguien…

– Y si sigo sin ver nada que merezca la pena?

– Quizás entonces tendrás que intentar mirar con otros ojos, como si fueras una visitante de este mundo por primera vez. Tal vez el sentido no se encuentra al final del camino, sino en la simple decisión de seguir buscándolo. Y en ese acto —el de seguir preguntándote por él— ya hay una forma de resistencia… y de existencia.

– No sé si tengo fuerzas para seguir buscándolo… Me siento agotada, tal vez no encuentre las fuerzas Jorge…-

– Te entiendo. Cuando alguien vive tanto tiempo con ese cansancio y en ese desgaste emocional, pedirle que siga buscando puede sonar casi imposible. No pretendo presionarte ni obligarte y te pido perdón si te lo ha parecido. Lo que quiero transmitirte es que no tienes que hacerlo sola ni de golpe. A veces basta un paso muy pequeño, sostenerte en un instante, como ahora mismo que estamos conversando. Ese ya es un acto “de vida”.


– Y si mañana vuelvo a sentir que nada tiene sentido?- Entonces hablaremos de eso mañana. Ni yo ni nadie puede garantizar que el dolor que sientes  desaparezca de inmediato, pero sí podemos pensar juntos en cómo ir día a día. Y si llega la desesperación te propongo traerla aquí, ponerle juntos palabras, compartirla, sacarla y tal vez así alivies la carga.


– Me da miedo depender de eso… de ti, de estas sesiones.


– Ese miedo también es valioso reconocerlo. También lo tengo yo, no que dependas porque sé que eso no pasará. No se trata de depender, sino de tener un lugar donde tu dolor puede estar sin que tengas que cargarlo sola. Mientras tanto, podemos trabajar en herramientas para que, en esos momentos críticos, tengas algo más que sostenerte además de mí: una persona de confianza, un recuerdo, un gesto que te conecte con la vida.

– No sé si podré…-

– No necesitas estar segura ahora. Con que estés aquí expresándote conmigo ya estás abriendo un camino. Y esa posibilidad, por pequeña que parezca, es precisamente lo que te sigue atando a este mundo en este momento.

– Jorge… siento que grito por dentro y nadie me escucha. Es como si me estuviera muriendo en silencio. No puedo más, no quiero más!-

– Yo te escucho, aquí, ahora. Estoy contigo, puedes verme, sentirme como yo a ti. Para mí es real eso que sientes aunque sea invisible para el resto del mundo. No quiero que lo lleves sola, no estás sola. No estás sola.

– Pero ¿de qué sirve que lo escuches tú, si afuera no cambia nada? Si salgo de aquí, sigo siendo un fantasma,


– Tal vez el mundo no cambie de golpe, pero lo que está sucediendo en esta sesión ya está teniendo impacto, en tu vida y en la mía. Estás tocando mi vida en este instante.

Tras decir estas palabras ha sonreído y roto a llorar. Al poco me ha pedido un abrazo. Tras unos minutos la sesión ha continuado con un tono y sentido distinto.

Público este trozo de sesión porque a veces alguien me pregunta qué voy a hacer si un paciente me expresa pensamientos suicidas. Es difícil incluso para un psicólogo explicarlo de una forma cercana y llana.

Publico este fragmento también porque quiero mostrar que, aunque el acto de escuchar pueda parecer mínimo, tiene un profundo efecto.

Muchas veces quienes viven con pensamientos suicidas sienten que su dolor es invisible y que su existencia carece de impacto. Pero incluso un espacio seguro donde puedan expresarlo ya genera un cambio, les recuerda que son vistos, que su experiencia importa y que hay alguien que sostiene su vulnerabilidad sin juzgarla.

No se trata de ofrecer soluciones mágicas ni de minimizar la intensidad del sufrimiento. No puedo ni se puede borrar el dolor al instante, tampoco garantizar que nunca volverá. Sí puedo ofrecer herramientas, acompañamiento y trocitos de sentido que, poco a poco, hacen que la vida siga siendo vivible. Un abrazo en el momento justo, una palabra que llega, la validación de un sentimiento, son actos que pueden marcar la diferencia aunque el mundo exterior no los perciba ni nunca sepa de ellos.

Buscar ayuda no es debilidad, sino un acto de resistencia y de supervivencia. Cada gesto, cada palabra compartida, es una huella que, aunque invisible, deja constancia de que la persona existió, sintió y se atrevió a seguir.

Lo que sucede en estas sesiones no solo es escucha, sino construcción de sentido. No garantiza que el mundo cambie, pero sí que la persona que sufre pueda reconocer que su vida tiene valor, aunque sea por momentos pequeños y breves. Eso, a veces, es el primer paso de muchos y suficiente para seguir adelante y sí, mi vida cambia, crece y se enriquece con cada una de ellas.

La vulnerabilidad compartida genera conexión, una muy especial. Cuando acabo una sesión así, me quedo con la sensación de que he sido testigo de algo especial y casi sagrado: la valentía de enfrentar lo más oscuro y reconocer que, aun allí, hay lugar para la vida. 

Nunca he sabido expresar cómo admiro a estas personas, qué valientes… y me siento tan pequeño a su lado. La valentía de mostrarse tal como se es, de confiar en que otro sostendrá lo que duele, es un acto de coraje y ejemplo extraordinario..

Jorge Juan García Insua


“Dime todas las cosas terribles que has hecho y déjame amarte de todos modos” Edgar Alan Poe

Cuando el amor no alcanza

Ella tiene mediana edad. La primera de las sesiones tuvo que hacer un enorme esfuerzo para encontrar las palabras. Sabía lo que quería expresar pero desde el primer momento dijo sentir vergüenza por expresar ante alguien lo que iba a explicarme.

Confesó que había pasado meses posponiendo la decisión de venir. Miraba mi número de teléfono una y otra vez, como si estuviera midiendo las consecuencias de marcarlo. Siempre encontraba una excusa para no hacerlo: “mañana”, “cuando esté más tranquila”, “cuando me atreva”. Y detrás de cada excusa, la verdad más desnuda: el miedo a exponerse. El miedo a que su verdad sonara demasiado dura, demasiado egoísta, demasiado inaceptable. El mismo miedo que la estaba matando.

Recordaba con claridad aquel día, apenas unas semanas atrás, en que había estado a punto de hablar con él. Tenía las palabras casi formadas en la boca: decirle que ya no lo quería como antes, que el vínculo se había ido desgastando hasta quedar en cenizas, que estaba agotada de sostener una relación que ya no le daba aire. Se había repetido a sí misma: “ya no puedo más”. Sin embargo, nunca lo dijo. Se tragó las frases, como tantas veces.

El destino fue cruel: justo esa semana, él acudió a la cita médica que llevaba tanto tiempo esperando. Los problemas respiratorios que parecían molestos pero manejables resultaron ser un síntoma de algo mucho mayor. El diagnóstico fue como un golpe seco, irreversible: terminal.

Todo cambió. Lo que ella pensaba revelar quedó enterrado bajo un nuevo peso, más insoportable. ¿Cómo hablar de su verdad cuando él acababa de recibir la suya? Decidió callar una vez más. Se convenció de que no era el momento, de que si rompía la relación en ese punto nadie lo comprendería. La sociedad, la familia, incluso sus propios amigos la mirarían con reproche: “lo abandonó cuando más la necesitaba”. El juicio de los demás se convirtió en una cárcel anticipada. Se sentía tan señalada y pensó que su culpa pesaría menos.

Desde entonces, vivía atrapada en una contradicción silenciosa. Hacía lo posible por aparentar normalidad, como si el amor todavía habitara sus gestos, como si la vida siguiera un curso previsible. Pero cada acto cotidiano era un teatro agotador. Cuando quedaba sola, las lágrimas salían sin permiso. El coche se transformó en su escondite más seguro: allí podía llorar en movimiento, convencida de que nadie notaría a una conductora con el rostro empapado. Alguna vez mientras conducía había pensado estrellarse, así “podría huir, dejar de sufrir y que nadie me mirara mal, tal vez incluso por pena me recordarían con cariño”.

El entorno nunca dudó de ella. Todos daban por hecho que permanecería firme, que sería la cuidadora, la compañera, el sostén incondicional. Nadie preguntó cómo estaba o se sentía. Nadie se detuvo a mirar detrás de su sonrisa forzada, nadie sospechó del vacío que la consumía. Ni siquiera él, absorbido en su propia enfermedad nunca alcanzó a preguntarle por sus emociones.

En lo profundo, ella se sentía cada vez más sola. Una soledad que no dependía de estar acompañada o no, sino de no poder compartir lo que llevaba dentro. La culpa la ahogaba: culpa por no amar como antes, culpa por desear marcharse, culpa por quedarse fingiendo. Y a la vez, el miedo: miedo a hablar, miedo a destruirlo, miedo a destruirse.

Era como si estuviera muriendo dos veces: una, con él, en el proceso inevitable de su enfermedad; y otra, dentro de sí, por todo lo que había callado.

Hasta que un día marcó mi teléfono, desde el coche y entre lágrimas.

Cuando llegó a su primera sesión la “otra” ella había hecho tres. Desde el primer momento sabía que necesitaba ayuda para poder gestionar aquel momento vital.

Había dejado a su pareja hacia 6 meses. Había sido una relación de subidas y bajadas, tan intensa en unas como destructiva en otras.

Un día no pudo más y decidió que lo que acaban de vivir era señal de que aquello debía acabarse aunque lo quería con locura y siempre había pensado, y seguía haciéndolo, que era el amor de su vida.

Él la acusó de abandonarlo justo cuando más la necesitaba; la rabia no le permitía ver más allá. Ella, por su parte, le reprochó todo lo que durante tanto tiempo había callado. Se separaron con la amarga sensación de no haberse conocido nunca del todo y con la certeza de lo cruel que puede ser la vida cuando te pone delante a tu alma gemela y, aun así, no puedes quedarte a su lado.

No fue fácil para ninguno de los dos. El contacto cero lo rompió al poco un mensaje de él. Se moría. “No hoy ni mañana pero me muero. Solo quería que lo supieras tú antes que nadie”.

Ella no supo reaccionar. Empezó a notar como era señalada, como hablaban a sus espaldas o recibía comentarios fuera de lugar. Todo aquella solo hacía que sintiera más y más culpable. Pensaba que todo aquello era muy injusto para alguien que se había querido ir sin hacer daño, sin explicar ni publicar fuera de ellos dos

Pero el dolor, cuando se comparte a medias, acaba saliendo por todas partes. Ella comenzó a vivir con una doble carga: la de la ruptura y la del peso social que parecía responsabilizarla de un destino que no había elegido. Dejó de dormir. Las noches eran eternas, repasando cada palabra, cada gesto, cada instante de aquella relación. Se preguntaba si debería volver a escribirle, si acaso aún podía acompañarlo en lo que le quedara de tiempo, aunque fuese solo como presencia silenciosa.

Él, por su parte, aunque no lo decía abiertamente, esperaba una respuesta. Entre ambos se había instalado un vacío extraño: demasiado grande para ignorarlo, demasiado doloroso para llenarlo. Una tarde ella se decidió a escribir.

Él quiso decir que sí, pero respondió que no. Todavía herido y resentido, no quería reabrir heridas ni enfrentarse a la idea de tenerla cerca sin que fuese en los términos que siempre había soñado. “Tenerte a mi lado sin ser como yo hubiera querido me dolería demasiado”, le escribió.

Desde entonces y tras dos llamadas fallidas que nunca tuvieron retorno ella no sabe ni cómo se siente más salvo esta hundida sin tocar fondo. Desde aquel mensaje no ha dejado de llorar y siente que algo también se muere cada día en ella.

Hoy han coincidido en la consulta. Acompañaba a una de ellas a la puerta mientras la otra esperaba. Se han cruzado las miras, se han reconocido y un largo abrazo ha revelado que fueron compañeras en primaria y secundaria y que la vida las había separado para reencontrarse hoy aquí.

Entre lágrimas me han explicado su historia común y se han prometido un café esta semana.

Tal vez ese reencuentro fugaz tenga continuidad. Cada una carga una cruz distinta, pero ambas han aprendido que callar lo que duele acaba matando lentamente. El miedo al juicio de los demás, la obligación de cumplir con lo que se espera, la costumbre de sostener a otros sin preguntar quién las sostiene a ellas… acaba siendo una especie de cárcel sin aire para respirar.

Ambas están aprendido a tenerse compasión. La compasión no viene de afuera, empieza en una misma. No se trataba de ser “perfectas”, ni de cumplir con lo que otros dictaran, sino de atreverse a reconocer su propia fragilidad y permitirse ser humanas, porque a veces no se trata de salvar una relación, ni de salvar al otro, sino de salvarse a sí mismo.

En terapia, lo que más sorprende a muchas personas no es descubrir el origen de su dolor, sino darse cuenta de cuánto tiempo han vivido cargándolo en soledad. El silencio, aunque parece una forma de protegerse, se convierte en una coraza que impide recibir apoyo, comprensión o incluso ternura. Lo que callamos pesa más que lo que decimos.

En ambos relatos hay un hilo común: el miedo al juicio externo y la culpa por no responder a las expectativas ajenas. La psicología nos recuerda que gran parte del sufrimiento humano no surge solo de lo que ocurre, sino de cómo interpretamos lo que debería ocurrir. Ese “debería” —ser fuerte, cuidar sin límites, sostener aunque duela, amar siempre de la misma manera— se transforma en un sufrimiento invisible.

La vergüenza que ambas sienten no aparece por casualidad: es un mecanismo aprendido. Nos enseñan desde pequeños a “no molestar”, a “no ser egoístas”, a “aguantar” antes que incomodar. Y cuando llega el momento de poner palabras al dolor, la voz se quiebra porque choca contra años de silencios normalizados. Pero es justo en ese temblor donde podemos empezar a sanar, poniendo nombre a lo innombrable.

La compasión hacia sí mismas, que apenas comienzan a explorar, no es un acto de indulgencia ni de debilidad. En psicología, la autocompasión implica reconocer que el sufrimiento forma parte de la experiencia humana y que merecemos tratarnos con la misma ternura que le daríamos a alguien querido en su lugar. Muchas veces, cuando logramos hablarnos con amabilidad en vez de con reproche, algo cambia: no desaparece el dolor, pero deja de devorarnos.

Ambas están descubriendo que no se trata de “hacer lo correcto” según los demás, sino de escuchar lo que realmente necesitan en lo más profundo. Y esa escucha, en terapia, se convierte en un acto de resistencia frente a la culpa y frente a las expectativas que las ahogaban. El proceso terapéutico no es una promesa de finales felices ni de decisiones fáciles. Es más bien un espacio para aprender a sostener las contradicciones sin que destruyan por dentro. Para aceptar que es posible querer y no poder seguir, acompañar y desear distancia, llorar por lo perdido y a la vez sentir alivio por lo que ya no se sostiene…

… Porque sanar no es borrar la herida, sino aprender a mirarla sin que nos devore.

Jorge Juan García Insua

Lo siento si no soy de los rápidos

Ha llegado silencioso y dando la impresión que necesitaba soltar algo urgentemente.

– Qué traes hoy a sesión?

– Cabreo! Vengo enfadado. No lo ven y ella tampoco, no lo ve o no lo quiere ver.

– Qué es eso que te enfada tanto que no vean?

– Que esto no es fácil, me ha dicho que vaya más rápido, que no está para esperar. Le he dicho lo que hablamos, que necesito ritmo para … avanzar, cambiar cosas… me ha dicho que busque un psicólogo que vaya más rápido y me meta más caña.

Según iban pasando los minutos ha ido dejando a un lado las expectativas (y prisas sin sentido ajenas) y ha vuelto a centrarse en su proceso.

Él entendió que en terapia a veces hay que profundizar, otras hay que flotar en la superficie. No todo dolor o trauma pide ser desenterrado de inmediato, no toda pregunta requiere respuesta en el instante.

Hay momentos en que la profundidad nos ofrece claridad, y otros en que el simple hecho de sostenernos en lo visible, lo que conocemos y donde nos sentimos seguros ya es un acto de cuidado. Uno enorme que sólo nosotros sabemos lo que cuesta dar. Y la terapia es ante todo eso, un acto de auto cuidado.

Flotar no siempre es evadir, muchas veces es descansar. Profundizar no es perderse, es buscar sentido. Ambos movimientos se entrelazan como las mareas: uno prepara al otro, y el ciclo se repite, con la cadencia y ritmo que cada persona necesita.

La terapia no trata de forzar sino de escuchar y escuchar. Escuchar al cuerpo, la palabra, al silencio, a uno mismo.

En ese ir y venir, en ese silencio y escucha la persona aprende a reconocerse. Cuando somos capaces de reconocernos, avanzamos. No se trata de avanzar en línea recta, sino de aceptar que el proceso tiene curvas, pausas y mareas propias. Propias.

La terapia es, en el fondo, un espacio de permiso: permiso para sentir, para no saber, para equivocarse, para encontrar nuevas formas de ser. Es un encuentro con la paciencia y con la confianza de que incluso en los momentos de aparente quietud, algo dentro sigue moviéndose.

La terapia no ofrece atajos ni certezas absolutas, no es un único camino sino un acompañamiento en la complejidad de ser humano.

A veces queremos soluciones rápidas, respuestas definitivas, pero lo que encontramos es un espacio donde aprender a sostener la pregunta sin apresurarnos a resolverla. Profundizar y flotar no son opuestos, sino formas complementarias de conocernos y ambas piden valentía: la primera para mirar de frente lo que duele, la segunda para confiar en que no todo depende del esfuerzo constante.Y tal vez ahí está la verdadera transformación, no en cambiar quién somos de raíz, sino en permitirnos ser incluso con aquello que incomprensiblemente para otros no podemos ni sabemos cambiar. Permitirnos menos juicio y más escucha, aunque duela.

Hace tiempo escribí que la terapia no es un destino, sino un viaje recorrido a distintos ritmos. No se trata de llegar más rápido ni de ir más profundo siempre, Eso no es terapia ni vida para nadie.

Dije y sigo defendiendo que la terapia te enseña que sanar no significa borrar lo vivido, sino que te ayuda a integrarlo de manera que podamos sostenernos con el peso sobre los hombros. La terapia nos recuerda que la fuerza no está en evitar el dolor, sino en darnos el permiso de sentir, descansar y continuar cuando nos sentimos capaces de dar otro paso.

Y en ese paso, a veces pequeño, a veces titubeante, se abre la posibilidad de algo nuevo. No un triunfo grandilocuente que publicar ni una revelación que cambie la vida de golpe, sino un gesto sutil: respirar con más calma, dormir un poco mejor, atrevernos a decir “no”, escuchar a quien queremos, focalizar nuestra rabia e ira, reconocer que ya no duele igual que antes…

En terapia así debe ser el proceso: casi imperceptible para quien mira desde fuera, profundamente transformador para quien lo transita. Por eso hablo tanto de “camino”, porque la terapia no busca mostrar resultados inmediatos salvo cuando la vida está en juego, y se mueve lejos de la prisa de quienes quieren medirlo todo. La terapia  no siempre nos lleva a donde pensábamos, pero siempre nos acerca más a quienes somos. 

Te regala la oportunidad de reconciliarnos con nuestro propio ritmo. Confiar en que no vamos tarde, que no necesitamos demostrar nada para merecer cuidado. Que lo humano se mueve en olas, y que está bien tener momentos de calma antes de volver a sumergirse.

Así, a nuestro ritmo, aprendemos que sanar no es dejar de sentir, sino aprender a sentir de otra manera. Que el dolor deja de ser enemigo cuando dejamos de pelear contra él y comenzamos a escucharlo.

Y aunque lento, cambiamos la vida. Eso donde a veces no es tan importante ir rápido sino ir de la mano. ..

… y cuando la mano que agarras es la que quieres no importa caminar lento.

Jorge Juan García Insua

La última duele

La última vez nunca avisa. Ninguna de las últimas veces lo hace.

Entró hace unas semanas en la consulta sin saber ni ver que no que habría otro abrazo, otra llamada, otra mirada compartida. Confiaba en la rutina, pensando que la vida concede repeticiones infinitas. Y sin embargo, la última vez siempre llega en silencio, como un punto final que no pide permiso.

El duelo nace precisamente de esa ausencia a menudo inesperada. No solo lloramos a la persona que ya no está, sino también todas las veces, situaciones y experiencias que no volverán a ocurrir: la última sonrisa, el último gesto cotidiano, la última conversación que en su momento parecía normal y hoy se convierte en un tesoro, en un lejano recuerdo o en una rabia contenida.

En el duelo, el recuerdo de la última vez duele porque se convierte en frontera: todo lo que fuimos queda detrás, y todo lo que falta por vivir ya no podrá compartirse. Duele mucho, mucho, tanto que nos mueve de donde sea que estemos porque aún negándolo algo ha cambiado para siempre. Intentamos ser positivos y auto convencernos que con el tiempo, esa última vez nos recordará la importancia de las primeras, de las presentes, de las que todavía podemos vivir. Nos aferramos a eso y así creemos mitigar por segundos el dolor.

Aceptar el duelo no significa olvidar la última vez, sino aprender a darle un nuevo lugar. Parece fácil, lo es decirlo pero no hay manual ni guía. Comprender que la ausencia transforma, que el amor persiste, y que aunque no haya repetición posible, el vínculo sigue habitando en nosotros. Es además un paso emocionalmente muy intenso que fácilmente nos desborda.

Lo es porque el duelo no se vive solo con lágrimas, también se siente en el cuerpo: en la punzada en el pecho al escuchar una canción, en el vacío de la mano que ya no encuentra la otra, en la inercia de mirar al lado y recordar que ese espacio está ahora vacío y desnudo. Es una ausencia que se mete en la piel y que no se deja domesticar así como así. Sin embargo, esa misma punzada es la prueba de que la vida estuvo llena, de que hubo presencia, de que lo compartido dejó huellas que ningún final puede borrar.

La última vez nos confronta con la fragilidad de la vida, pero también nos enseña a mirar con más ternura el ahora, porque nunca sabemos cuándo será el último instante que después recordaremos.

– No quiero que haya una última vez -me ha dicho en un momento de la sesión. No quiero nunca más una última vez.

– Suena como si la idea de un final, de una última vez, te resultara muy dolorosa o difícil de aceptar. Si no pudieras evitarlo, qué necesitarías para sentirte segura frente a esa posibilidad?

-Sentir… sentir que, aunque haya un final, no se pierde lo que ha significado, que lo que hemos vivimos sigue estando de alguna forma, que seguirá en el recuerdo, que la conexión que tuvimos no desaparecerá nunca.

Ojalá pudiéramos decidir algo así y ser dueños de las últimas veces. Cuánto estaríamos dispuestos a pagar… Quizás lo más difícil es aceptar que no tenemos ese poder. La vida se encarga de poner finales sin consultarnos, y dejarnos ahí “tirados” mientras intentamos convivir con ellos. A veces, la rebeldía frente a la idea de una última vez es en realidad un grito de amor: querer que lo valioso nunca termine, querer congelar lo que nos hace sentir vivos.

En la última vez uno descubre que el dolor y el amor son inseparables: si duele tanto es porque se amó de verdad, porque fue de verdad, porque se estuvo de verdad, porque nunca hubiéramos querido un “fin”. Y en ese reconocimiento, la última vez deja de ser únicamente frontera y se convierte también en herencia: un recordatorio de que todo lo que compartimos sigue latiendo en nuestra memoria, en nuestros gestos, en quienes somos después de haber amado y perdido.

No sé si pudiendo evitar las últimas veces esa sería siempre la mejor opción, la consulta me ha dado muchas veces opiniones contrarias al deseo de esta paciente y en cambio, siempre al final de ese duelo está el intentar vivir de tal manera que, cuando lleguen, no sean solo el final de algo, sino también la confirmación de que lo vivido valió la pena. Ahí está el consuelo.

Mientras estaba en sesión ha llovido  y las persianas se han llenado de gotas que intentan resistir al viento, como si cada una se aferrara a permanecer un instante más antes de ceder y deslizarse hacia abajo. Las miro y escribo y escribiendo no dejo de mirarlas. No puedo evitar contemplarlas, fijarme en cómo se agrupan, cómo se separan, cómo caen, desaparecen… Ese movimiento sencillo me lleva a este texto y a la última vez: el último instante en que una gota se sostiene antes de dejarse ir, a ese paso a lo inevitable.

El duelo, pienso, se parece mucho a esta espera y a esa caída. Nos aferramos, igual que esas gotas, a lo que amamos, deseando prolongar la permanencia, como si retener fuera suficiente para detener el tiempo. Pero la última vez siempre llega: la última mirada, la última lluvia compartida. Y tras ella queda ausencia, la memoria de haber estado ahí, presenciando, acompañando, respirando junto a aquello que ahora ya no está.

Tal vez escribir, como ahora hago, sea una forma de duelo. Atrapo con palabras lo que se escapa, le doy un lugar a lo efímero, fantaseo que cada última vez también contiene belleza, porque nos recuerda la intensidad de lo vivido y el deseo de hacerlo eterno.

Jorge Juan García Insua

Quizá, tal vez, podría y si

Podría haber escrito más sobre mis vacaciones. Poco lo he hecho y mucho menos he publicado: y se han amontonado trocitos de muchas cosas y de nada en mis libretas.

Podría haber compartido muchas fotos, como tantas que circulan en redes: instantes que parecen perfectos aunque nunca lo sean del todo. Sin embargo, no lo hice. Tal vez porque detrás de cada sonrisa ha habido para llegar a ella cansancio, tensiones, preocupaciones y silencios. Momentos tan reales como los de las fotos, igual de persistentes, que me recuerdan que la realidad de unas vacaciones no cabe solo en el encuadre.

Ahí surge la paradoja: los recuerdos “felices” parecen comprimirse en imágenes que incluso la inteligencia artificial puede embellecer, mientras que los difíciles se expanden y se sienten densos, como si se resistieran a desaparecer. Rara vez se fotografían, casi nadie los comparte, pero son los que dan peso y profundidad a lo vivido. Mientras la tecnología intenta perfeccionar lo visible, lo invisible permanece intacto, recordándonos que no todo lo importante puede ni debe mostrarse.

Por eso, las vacaciones nunca son solo vacaciones. Son un espejo de la vida: mezclan instantes luminosos e incómodos silencios, risas espontáneas y pensamientos callados. Lo que no publico existe igual, y su presencia da sentido a lo que sí parece “publicable”. Algunos incluso necesitan de la inteligencia artificial para mejorar las fotos, como si un microsegundo no bastara, como si la huella emocional necesitara retoques para ser suficiente. Malditos filtros. La misma inteligencia artificial a la que ahora se le pide que nos diagnostique y psicoanalice.

Y entonces llega una sesión “de verano” en consulta:

—“Mis vacaciones son para poder avanzar en mí, Jorge. Durante el resto del año casi no tengo tiempo, y así nadie está pendiente de qué hago; todos ocupados en hacerse selfies” —me decía una paciente.

Y añadió:

—“Yo también podría haber publicado fotos llenas de instantes perfectos, pero no lo hice. Solo puse una mientras venía caminando hacia aquí: ‘Esta tarde toca cuidarme. Hoy toca terapia’. Los comentarios fueron variados: algunos positivos, otros incrédulos, como si ir al psicólogo en agosto no tuviera sentido. Cada vez me siento más fuera de esa ficción…”

Esta butaca en lo que llevamos de agosto, ha visto que tras amaneceres, playas y montañas también hay cansancio, frustraciones, soledad y tristeza. Eso no cabe en una foto, a veces ni en la cabeza, pero es lo que más nos acompaña cuando todo termina o salimos de la aplicación.

Quizá ahí está el aprendizaje que verbalizó mi paciente: aceptar que no se trata de elegir entre lo luminoso y lo sombrío, sino de sostener ambos. Las vacaciones no nos eximen de la vida; solo nos recuerdan que sigue con su luz y su sombra. Buscar ayuda en verano o mantener la terapia no es contradicción: es un acto de honestidad. Un espacio que permite mirar dentro, enfrentar lo que posponemos en la rutina y reconocer lo que necesitamos. La pregunta no es si hacerlo en verano, sino por qué esperamos tanto y usamos el “no tengo tiempo” como excusa.

Las fotos embellecen recuerdos, pero los momentos no fotografiados nos muestran dónde estamos de verdad. Aunque no se vean, merecen ser vividos, reconocidos y compartidos en un espacio íntimo y seguro como la terapia.

Y si lo más valioso de unas vacaciones no sea lo que queda registrado, sino lo que sucede en silencio: una conversación inesperada, la calma de un atardecer, el gesto de alguien que te sostiene. Esos momentos invisibles regresan con fuerza cuando vuelve la rutina. No necesitan filtros ni testigos; su valor está en haberlos sentido. En saber que son tuyos y solo tuyos.

La vida no se reduce a lo que se muestra, sino que se construye entre lo visible y lo invisible. Es ahí donde hallamos coherencia y nos encontramos a nosotros mismos. Como decía esa paciente: “Soy más lo que nadie sabe ni conoce, y muy poco de lo que he mostrado”. Muchos podríamos hacer nuestra esa reflexión.

Tras su sesión, repasé fotos de mis vacaciones. Las miraba a través de las palabras de mi paciente y entendí que no hay una única manera de vivirlas. No hay obligación de mostrarlas, embellecerlas o hacerlas “perfectas”. Ya lo son para mí.

Aunque no todo me guste, me reconozco en lo que siento: el inicio agotador de días que se escapan, las risas cómplices con mi “guardia pretoriana”, el silencio que me acompaña y sostiene, la tristeza que se cuela entre risas, y una foto de mi mano sosteniendo otra que se niega a apagarse.

Así, aunque unas imágenes se guarden en pantallas y otras solo en la memoria, lo que importa es lo que llevamos dentro al volver a la rutina: recuerdos que nos enseñan a sostenernos, escucharnos y pedir ayuda sin esperar aprobación ni likes. Ningún instante cabe en un flash, porque vivir y sentir —con todas sus imperfecciones— es la única forma de que las vacaciones, y la vida, tengan sentido. No es coleccionar momentos, sino sentirlos, incluso los que nunca serán una foto.

Al final, la memoria funciona como un álbum secreto, donde no importa la nitidez de la imagen sino la huella que cada instante dejó. Un álbum en el que, cuando fotos y recuerdos luminosos se mezclen con los sombríos, lo que quedará no será la perfección de lo compartido, sino la verdad de lo vivido. Ahí es donde las vacaciones —como la vida— hallan su sentido: recordándonos que no somos lo que publicamos, sino lo que sabemos sostener y abrazar en silencio.

Y quizá ese sea el verdadero reto: no decidir qué mostramos u ocultamos, sino aprender a convivir con la dualidad sin miedo a ser definidos por una parte. En el equilibrio entre ambos extremos está la autenticidad: un terreno incómodo, pero necesario, donde uno puede reconocerse vulnerable y a la vez en paz. Paz para no necesitar filtrar la vida para hacerla llevadera, sino aceptarla tal como llega, con sus bordes ásperos y sus destellos inesperados.

Jorge Juan García Insua