Destacada

La sonrisa caótica de las mariposas

«Existe un breve momento en la vida en el que te sientes más perdido que nunca. Ese momento es el principio de un encuentro«. Daniela Riviera Zacarías.

Me he quedado mirando un cuadro. Mariposas… manos… y me pidió que pintáramos algo juntos, sentí vergüenza y admiración a partes iguales. Lo primero por mi creencia de no dar el nivel, lo segundo por lo reconfortante que alguien que admiras te pida compartir algo tan personal.

Admiro a las personas que saben pintar y esto sólo se puede entender si te has puesto delante de una hoja en blanco, con tus lápices o pinturas y dejas que tus manos conecten con tu mundo interior, ahí donde se libran las batallas, donde tienes más que perder que ganar y dónde cada línea, cada color… es un rastro de lo que hay dentro de ti.

Tener la hoja de mi viejo bloc en blanco delante me lleva a una sesión donde ella cogió uno de los folios que tenía sobre la mesa, un lápiz y mientras aquellos ojos grandes tenían la mirada ausente empezó a dibujar líneas. A primera vista no tenían sentido. Algunas era feroces e impulsivas, otras suaves, lentas, sinuosas… dejó el centro de la hoja limpia, en blanco…

Su rostro se serenó. Me acerqué ligeramente y fue suficiente para que cambiara el dibujo por las primeras palabras….

Así estoy por dentro… Hay días que todo es caos, mi vida, mis relaciones, mi trabajo… y no sé qué hacer para poner orden -mientras su mirada volvía a perderse en las líneas que acababa de dibujar.

Me acerqué un poco más, en silencio y mi mirada le decía que estaba allí para ella. Pasaron los minutos y mirando su rostro percibía como por él pasaban todas las sensaciones posibles. Finalmente respiró hondo…

¿Sabes por qué no he puesto nada en el centro?

– No -dije.

Iba a poner su nombre -dijo con tono de sorpresa y la voz baja mientras sus ojos se humedecían. Como si la culpa fuera suya, pero en realidad es el mío el que debería poner. Es mi caos! Llevo demasiado escondiéndome en mi caos.

A partir de ese momento cada palabra suya iba acompañada de una nueva línea que poco a poco iba uniendo aquellos trazos exaltados. Y lo que antes parecían muestras de frustración empezó a dejar al descubierto el miedo a perder a la persona que quería, el miedo a que cicatrices del pasado se abrieran, la soledad emocional que se escondía en unos día a día frenéticos y agotadores, sentimientos tan profundos que ni ella había podido ni querido acceder. Aquel desastre inicial tomó forma de un dibujo barroco y de ensueño, lleno de formas increíblemente enlazadas a base de tonalidades y en el centro dibujó un corazón.

Al finalizar la sesión se quedó mirando su dibujo y a mí. Ahora su mirada era limpia y transparente.

– Déjame que te pregunte… coges el dibujo y percibo en tus manos que dudas. Qué deseas hacer con él? -pregunté

Pensaba que te lo quedarías…

– No… Es tu sesión y es tu dibujo. No me corresponde a mí decidir sobre ella ni sobre él -contesté.

Cogió el folio, lo dobló y lo rompió en decenas de trocitos que dejó sobre mi mesa…

Siempre has dicho que si quiero cambiar algo he de hacer algo diferente a lo que he hecho, no? Pues punto y aparte. Empecemos con un folio nuevo, en blanco…

Son muchas las emociones que de intensas nos nublan y nos desesperan. Unos escribimos para salir de esa espiral y encontrar el camino, otras personas necesitan encontrar su forma de conectar con la serenidad de un lienzo en blanco y lanzar una recta a la línea de flotación de su inconsciente. En esos momentos nos falta la serenidad para ver más allá y el dibujo desahoga y tiene un increíble poder restaurador. Dibujando aprendí que la espiral nos lleva más hacia atrás que hacia delante y que no hay crecimiento ni evolución sin retroceso.

A menudo nos presionamos pensando que debemos encontrarnos a nosotros mismos y nos negamos el permiso a perdernos. Nadie se encuentra sin haberse perdido muchas veces, dibujado muchas espirales y pasado por muchas curvas… pero reconocerlo es un acto de respecto hacia nosotros mismos y fortaleza interior que nos hace vulnerables. Y la vulnerabilidad es un abrigo pesado de bolsillos llenos de incertidumbre difícil de llevar.

El camino a menudo no es recto pero no olvides que las sonrisas más bellas están dibujadas sobre curvas…

Jorge Juan García Insua

La mala (Cap. II)

No lo supo hasta después de dos meses, tal vez un poquito más. Se lo confesó en una cena rápida, rápida para poder volver a casa antes que “en su casa lo echaran de menos”.

Aún no entiende por qué no salió corriendo aquel día. Tal vez porque ya estaba enganchada, tal vez porque le explicó que su matrimonio estaba ya roto y que no podía aguantar más, tal vez porque le dijo que estaba enamorado de ella y eso es todo lo que quería escuchar.

Nunca estaba cuando lo necesitaba y se siente muy sola, está con alguien, siente que está con alguien pero pasa mucho tiempo sola, más del que pasa acompañada.

Se pasa los días mintiendo, solo la mentira puede sostener esa historia que existe a escondidas, siempre a la media luz de promesas que nunca se cumplen. Promesas que se intenta creer y de tanto querer creer y de tanto mentirse se ha perdido. Y perdida se enfada con el mundo y el mundo con ella.

Cuántas veces ha sentido que pierde el tiempo. Lo ha sentido cuando ha anulado una cita en el último momento porque su mujer lo ha reclamado y claro, debía ir corriendo. Lo ha sentido cuando se ha asustado y ha tenido miedo de ser descubierto. Lo ha sentido cuando sencillamente verla era demasiado esfuerzo o la deja horas y horas en espera.

Cuántos días que no vuelven esperando, esperando a alguien que nunca quiere venir y si viene nunca viene del todo. “Por qué? Por qué no salí corriendo?”.

No hay paseos de la mano, no hay cine de domingo por la tarde y cena de sábado por la noche. No se puede, siempre hay un motivo, una excusa. Y ella se resigna a vivir las migajas. “Por qué?”.

Ahora recuerda las conversaciones donde la convencía de tener paciencia, donde conseguía de ella un cheque temporal en blanco para dormir casi siempre sola. Y ahora cuando lo recuerda siente rabia, hacia él y sobretodo hacia ella misma.

Tres años, casi cuatro, mendigando amor. Casi cuatro de no ser prioridad, de auto engañarse soñando momentos que nunca iban a ocurrir, de crear instantes de la nada para no caer en la tristeza más profunda, en un por qué sigo aquí?

Y lo más duro es que ya no puede fingir que no lo ve. Antes, la ilusión lo podía todo. Una historia que se contaba a sí misma para poder quedarse: “está a punto de hacerlo”, “solo necesita un poco más de tiempo”, “lo nuestro es real aunque sea difícil”. Ese discurso la sostenía. Era frágil, pero suficiente.

Ahora no. Ahora el día a día duele. Porque cuando acaba el día y se tumba sola en la cama su mente repasa todo y no hay épica romántica, no hay amor imposible digno de sacrificio. Hay esperas, silencios, mensajes a deshoras, sexo sin alma y por necesidad… y despedidas apresuradas… y vacíos. 

Viene a la consulta una vida vivida a medias, encajada en los huecos que otro deja libres. Y se acaba durmiendo, cuando duerme, de puro cansancio, agotada y llorando de lo insoportable que le hace darse cuenta que no fue él quien la mantuvo ahí, fue ella.

Ella lo aceptó y hasta, inconscientemente, lo quiso. Una y otra vez. Cada vez que él se excusaba, que le pedía paciencia… ella dijo sí. No porque no lo viera, sino porque no quería perderlo. Tenía miedo a perderlo. Qué llegamos a hacer para no perder…

Miedo a que lo poco que tenía desapareciera. A que la otra ganara. Miedo a quedarse completamente sola. Miedo a admitir que había invertido años en algo que no iba a convertirse en lo que soñaba y sin ser pronunciado con exactitud creía haber sido prometido.

Pero ese miedo ya no pesa igual, porque hoy, y son 3 (casi cuatro) años, hay otro más grande. El miedo a no saber ya qué quiere más allá de ser elegida por él, el miedo a que aunque ahora eso sucediera, ya no… ya no podría ser todo.

Llora pensando en cómo ha ido reduciendo su mundo para que esa “maldita” relación quepa. Llora porque ha normalizado su ausencia. Llora porque se siente la segunda.

Veo a una mujer rota, que todavía necesita la ambivalencia y casi, las recaídas para afianzarse cuando su cabeza le dice “¿y si ahora sí?”, mientras la culpa empieza a ser insoportable y se siente la mala, esa mala que muchos ven en ella, la mala en esta historia triangular

Hoy me ha dicho que seguir no es amor, que el amor no es eso y que esto es abandono a si misma.  Me ha dicho que esto no lo quiere más, que se va, que esta vez se va.

Irse para empezar a quererse.

Jorge Juan García Insua

*”La mala” es continuación de “La segunda”

El día que Rocky vino a mi consulta

El paciente llevaba varios minutos mirando sus manos. Se apretaba los nudillos uña y otra vez.

– Es difícil explicarlo sin que suene… ridículo -dijo finalmente.

– Inténtalo – respondí con calma.

El paciente respiró hondo.

– A veces pienso que es como en Rocky III.

Asentí y seguí el hilo que planteaba.

– Qué parte de la historia?

– La parte en la que todo ya parece ir bien -dijo. Rocky es campeón, tiene dinero, reconocimiento… todo el mundo lo admira, está en la cima Jorge. Pero en realidad ya no está peleando de verdad. Todo está preparado para que gane, todo es un amaño.

Hizo una pausa.

– Y él lo sabe, aunque no lo diga. En el fondo se da cuenta aunque no quiere decir nada, reconocerlo…

Dejo pasar unos segundos.

– Te pasa algo parecido? -le pregunto.

– Sí. -dice tragando saliva-. Durante años pensé que estaba avanzando. Buen trabajo, estabilidad, gente que decía que lo estaba haciendo bien… pero últimamente siento que todo eso era… fácil. Como si no estuviera viviendo de verdad, solo cumpliendo.

– Como si hubieras estado peleando combates que ya estaban decididos, como Rocky?

– Exacto -responde convencido.

– Y entonces aparece alguien que rompe esa ilusión.

– Sí. Cómo se llama? Mister T!

– Clubber Lang creo que se llama.

El paciente se ríe con un poco de vergüenza.

– Es extraño decirlo así, pensarás que estoy loco…

– No lo es -respondo-. Las metáforas ayudan a entender lo que sentimos.

El paciente pensó un momento. Sigue…

– Mr. T no solo reta a Rocky. Lo humilla. Lo mira como si fuera un fraude. Como si supiera que el campeón en realidad ya no tiene hambre.

– Hay alguien o algo que te haya hecho sentir así?

El paciente tardó en contestar.

– No es una persona concreta… es más bien la sensación de que, si alguien me pusiera a prueba de verdad, se daría cuenta de que no soy tan bueno como creen.

Mantuve la mirada mientras guardaba silencio. El paciente pasados unos segundos decide continuar. 

– Y luego pasa lo de Mickey… Mickey le confiesa que siempre eligió rivales fáciles para protegerlo. Y Rocky se da cuenta de que parte de su éxito era… artificial, mentira, fuegos artificiales y poco más. Un fraude con traje bonito.

– Y eso duele, entiendo…

– Sí. Porque en ese momento Rocky entiende que la imagen que tenía sobre sí mismo no era del todo cierta. Creo que estoy ahí, ahí estoy Jorge…

– En ese momento exacto?

– Sí. Cuando empieza a preguntarse si alguna vez fue realmente bueno… o si solo estuvo bien colocado. 

Me tomo un tiempo antes de responder.

– En la película, después de esa caída aparece Apollo Creed.

– Sí.

– Y Apollo no le devuelve la confianza con palabras bonitas. Hace algo distinto.

El paciente asintió.

– Le obliga a entrenar de verdad. Le obliga a enfrentarse a algo más profundo. No solo a un rival, sino a su miedo.

El paciente se quedó mirando el suelo.

– Jorge, hay una escena… Cuando Rocky no puede entrar al ring vacío. Se queda paralizado. Dice que tiene miedo.

– Sí, miedo de perder -digo.

– Miedo de descubrir que nunca fue tan bueno… – añade.

– Ese es un miedo muy humano, no crees? -le digo.

El paciente respiró hondo, y tomó su tiempo para seguir.

– Apollo no le quita el miedo. Solo lo hace seguir entrenando, entrenando hasta que pueda «mirarlo de frente».

– Así es. Si seguimos con la metáfora… ¿dónde estás ahora?

– Creo que todavía estoy fuera del ring Jorge.

– Mirándolo?

– Sí.

– Y qué sientes cuando lo miras?

– Vergüenza… vergüenza… pero también algo más.

– Qué es ese algo más?

El paciente tardó unos segundos…

– Ganas de volver a pelear.

Asentí lentamente y dije:

– Entonces quizá la historia no trata de descubrir si eras bueno o no.

– No? -preguntó.

– Quizá trata de decidir si todavía estás dispuesto a entrenar, y entrenar hasta sentirte fuerte para afrontar ese miedo.

Me mira y sonríe.

Ahora escuchando de nuevo la sesión pienso y reflexiono con la metáfora que el paciente plantea y que traía consigo. No es extraño que hubiera elegido esa historia. En contra de lo que se puede pensar, las personas rara vez traen metáforas al azar a terapia, al menos no creo que ésta tuviera ese azar. Las metáforas son una forma segura de acercarse a lo que duele sin tener que nombrarlo directamente. Hablar de Rocky le permitía hablar de sí mismo sin exponerse del todo, como si pudiera tocar su miedo con guantes.

En su relato, el momento central no era la pelea con Clubber Lang. Tampoco la derrota. Lo que realmente le había impactado era algo más “silencioso”, ese instante en que Rocky descubre que parte de su seguridad estaba construida sobre combates que nunca fueron del todo reales. Ese momento en el que la imagen que uno tenía de sí mismo se resquebraja. Es una experiencia más común de lo que la gente imagina, de hecho creo que muchos hemos sido Rocky a lo largo de nuestra vida.

Durante años muchas personas viven sostenidas por expectativas, reconocimiento, rutinas que funcionan, trayectorias que parecen estables… Todo eso puede dar la sensación de avance, de progreso o de solidez. Pero a veces llega un momento (a veces provocado por una persona concreta, a veces simplemente por el paso del tiempo o por circunstancias que se nos escapan) en el que algo rompe esa narrativa. De repente aparece la sospecha de que quizá uno no estaba peleando combates tan difíciles como pensaba. Y esa sospecha duele.

No tanto por la posibilidad de haber estado equivocado, sino porque abre una pregunta más profunda: si las cosas se pusieran realmente a prueba, ¿seguiría siendo capaz?

Ese es el ring vacío del que hablaba el paciente. Lo “fácil y evidente” sería pensar que la mayoría de las personas creen que el problema es el miedo a fracasar. Pero en realidad, muchas veces el miedo es otro: el miedo a descubrir que la identidad sobre la que uno ha construido su vida quizá no sea tan sólida como creía.

Por eso la escena que él recordaba es tan poderosa durante la sesión. Rocky no puede entrar al ring y no porque esté físicamente incapacitado, sino porque por primera vez se enfrenta a la posibilidad de que el campeón que creía ser no exista de la forma en que pensaba.

Sin embargo, no es el final de la historia. Es el punto de inflexión. En terapia es habitual que ocurra algo parecido, antes de poder construir fortalezas, muchas veces es necesario atravesar un momento de desorientación. Una etapa en la que las certezas se debilitan y la persona empieza a mirar de frente aquello que había evitado durante años. No es un proceso cómodo, nunca lo es y suele venir acompañado de vergüenza, dudas y una sensación extraña de fragilidad.

Pero también aparece algo más y el paciente lo nombra casi sin darse cuenta: las ganas de volver a “pelear”. Cuando alguien llega a ese punto, algo en su mente ha cambiado. Ya no se trata de defender una imagen de sí mismo ni de proteger un lugar seguro. La pregunta deja de ser “¿soy realmente tan bueno como creían?” y empieza a parecer más a “¿estoy dispuesto a entrenar para volverme más fuerte?”.

La “fortaleza” en términos psicológicos no aparece antes del miedo y cuántas veces trato esto mismo con pacientes en sesión.  Ser fuertes no es una condición previa que permita enfrentarlo, más bien nos hacemos fuertes en el proceso de acercarse a ese miedo poco a poco, de permanecer frente al ring aunque todavía no se tenga claro si uno será capaz de subir o cuántas veces seremos capaces de levantarnos si nos tumban.

Las metáforas como la que trajo el paciente son útiles precisamente por eso. Permiten observar la propia historia desde una pequeña distancia, como si uno estuviera mirando una película. Y a veces, cuando se mira con suficiente calma nos damos cuenta que un momento de duda no significa necesariamente que la historia haya terminado.

A veces significa justo lo contrario. Significa que la parte más honesta de la historia está a punto de empezar.

Es curioso que haya aparecido Rocky en una sesión, he utilizado mucho algunas escenas de Rocky III y de otras películas de la saga en talleres. He visto muchas veces Rocky y siempre me conecta con una ya lejana noche de sábado, entrando en la adolescencia, viendo esta tercera parte en un video Beta junto a mi hermano y mi padre.

Recuerdo la sensación de aquellas noches. La televisión ocupando el centro del salón, el ruido característico del reproductor al cargar la cinta, la carátula algo gastada que uno miraba antes de darle al play.

Nunca ha sido para mí Rocky un personaje más ni esa película es simplemente una historia sobre un boxeador que caía y volvía a levantarse. Con los años uno vuelve a esas historias y descubre que en realidad contenían algo más de lo que entendíamos entonces. No era solo una película de boxeo, sino una historia sobre identidad, sobre orgullo, miedo y sobre la necesidad de reconstruirse cuando la imagen que uno tenía de sí mismo se tambalea

Quizá por eso el paciente eligió precisamente esa metáfora. No porque pensara conscientemente en todos esos significados, sino porque algunas historias se quedan guardadas en nosotros durante años.

Permanecen ahí, silenciosas, hasta que un día aparecen cuando necesitamos explicar algo que todavía no sabemos decir de otra manera, cuando todavía nos cuesta reconocer que quizá nunca fuimos tan buenos como pensábamos.

Jorge Juan García Insua

«Pues pierdes, pero al menos perderás sin excusas, sin miedo y podrás vivir con eso” (Adrian a Rocky, Rocky III, 1984)

Permiso para ser mayor

Pues eso… que ya tengo otro más y van… los que van porque voy aprendiendo que cumplir años no es simplemente sumar cifras en un calendario. A partir de cierta edad sumas y te enfrentas, aunque sea por un instante, a la evidencia de que el tiempo avanza sin pedirnos permiso. 

Como psicólogo, he acompañado a muchas personas en distintos momentos de su vida, y si hay algo que se repite cada vez que alguien celebra un cumpleaños de más de 50, es esta mezcla profunda de gratitud y vértigo.

Los años pasan dejando marcas invisibles. No siempre son arrugas o canas, que al final les coges cariño, a veces son aprendizajes silenciosos, duelos no resueltos, sueños que cambiaron de forma. Cumplir años nos confronta con lo que fue y con lo que no fue. Con las decisiones tomadas y las que evitamos. Y eso puede doler… pero también libera.

En tiempos donde todavía siento que se idolatra la juventud y tantas personas temen envejecer, muchas viven su cumpleaños con cierta ambivalencia. Sonríen y se preguntan si están donde querían estar. No siempre la respuesta es cómoda, pero esa incomodidad nos recuerda que seguimos en movimiento, que seguimos teniendo la capacidad de elegir, de ajustar el rumbo.

Yo me respondo el día después sí. Estoy donde quiero estar. Los años me pasan, sí. Y pasan más rápido de lo que imaginaba cuando era niño. A cambio dicen que nos dan perspectiva. Lo que antes parecía una catástrofe hoy es una anécdota. Lo que antes dolía con intensidad ahora lo miro con compasión. Sigo persiguiendo esa ansiada madurez, la emocional, que me ayude a entender que la vida no es una carrera contra el tiempo, sino algo parecido a una conversación constante con él.

Cumplir años es reconciliarme con mi propia historia. Aceptar que hice lo mejor que pude con las herramientas que tenía en cada etapa. Perdonarme por no haber sabido más antes. Celebrar que, pese a todo, sigo aquí.

Y sigo aquí queriendo estar y quiero regalarme un año más. Me doy cuenta de que sigo sin querer grandes celebraciones. Quise y tuve un cumpleaños de gestos pequeños, de una mano que aprieta la mía, una caminata sin destino claro sintiendo el sol y el viento, una comida con risas y amigos a quienes abrazar. Tuve un cumpleaños con permiso de no estar disponible para todo el mundo y con un ratito para echar de menos a quienes desde algún sitio sé que siguen cuidando de mi.

Cumplir años es notar que el tiempo no pasa “en general”, pasa por uno. Se queda en ese menisco que hace poco dijo “para”, en las amistades que cambiaron de forma o desaparecieron sin escándalo, en las que vuelven caminando despacio, pasa en los padres que envejecen, en mis hijos que crecen demasiado rápido, en las personas que sigo queriendo y ya no puedo ver ni tocar excepto cuando cierro los ojos, en las versiones de uno mismo que quedaron atrás y que a veces extraño a veces con ternura y otras con vergüenza.

Al soplar, confieso, las velas no he pedido grandes deseos. He pensado en lo que he perdido y en lo que he elegido perder. En las renuncias conscientes y la elecciones conscientes y firmes.

A veces mis pacientes me ven con un aura de madurez que yo mismo a menudo no me veo. Solo estoy en otra etapa, con sus luces y sus sombras. Menos intenso y para algunos tal vez menos impulso, quizá, pero mejor dirigido y sobre todo aprendiendo a sostener lo que duele sin huir tan rápido.

Sé que no me queda todo el tiempo del mundo, en realidad nunca lo tuve. Escribo hoy porque hubo cumpleaños que pasé en piloto automático, respondiendo mensajes con una sonrisa mecánica, agradeciendo felicitaciones mientras por dentro hacía cuentas de lo que “debería” haber logrado ya. Pasé muchos otros sin querer celebrarlo o sin sentir que celebrarlo era algo especial, como si la vida tuviera un calendario oficial que yo estuviera incumpliendo. Los años enseñan que esa contabilidad es implacable y casi siempre injusta y ahora que llevo unos años intentando celebrarlo empiezo a coger el gustillo.


Creo que he aprendido a acompañar el miedo al paso del tiempo en otros, aunque todavía estoy aprendiendo a acompañarlo en mí. No se va del todo. A veces es miedo…otras es urgencia. Este último año ha sido más bien una conciencia tranquila de que no todo tiene que resolverse ya, pero tampoco puede aplazarse indefinidamente.

Huyo de la juventud eterna y aún más de la productividad impecable. Sé que he cambiado, que algunas certezas se cayeron y otras, más realistas, ocuparon su lugar. Que he cometido errores, más de los que me gusta admitir, y que también he sabido reparar algunos.

Cumplir años es reconciliarme con mis límites. Saber que no voy a llegar a todo, que no voy a ser todo, y que tal vez eso está bien. Que la vida no era aquello que imaginé exactamente, pero está tampoco es una decepción permanente. Es más compleja, más contradictoria y mucho más humana.

Ayer me regalé y me regalaron un cumpleaños sin prisa. Hoy soy un poco más afortunado que ayer. 

Vamos a por uno más.


Jorge Juan García Insua