«Existe un breve momento en la vida en el que te sientes más perdido que nunca. Ese momento es el principio de un encuentro«. Daniela Riviera Zacarías.
Me he quedado mirando un cuadro. Mariposas… manos… y me pidió que pintáramos algo juntos, sentí vergüenza y admiración a partes iguales. Lo primero por mi creencia de no dar el nivel, lo segundo por lo reconfortante que alguien que admiras te pida compartir algo tan personal.
Admiro a las personas que saben pintar y esto sólo se puede entender si te has puesto delante de una hoja en blanco, con tus lápices o pinturas y dejas que tus manos conecten con tu mundo interior, ahí donde se libran las batallas, donde tienes más que perder que ganar y dónde cada línea, cada color… es un rastro de lo que hay dentro de ti.
Tener la hoja de mi viejo bloc en blanco delante me lleva a una sesión donde ella cogió uno de los folios que tenía sobre la mesa, un lápiz y mientras aquellos ojos grandes tenían la mirada ausente empezó a dibujar líneas. A primera vista no tenían sentido. Algunas era feroces e impulsivas, otras suaves, lentas, sinuosas… dejó el centro de la hoja limpia, en blanco…
Su rostro se serenó. Me acerqué ligeramente y fue suficiente para que cambiara el dibujo por las primeras palabras….
–Así estoy por dentro… Hay días que todo es caos, mi vida, mis relaciones, mi trabajo… y no sé qué hacer para poner orden -mientras su mirada volvía a perderse en las líneas que acababa de dibujar.
Me acerqué un poco más, en silencio y mi mirada le decía que estaba allí para ella. Pasaron los minutos y mirando su rostro percibía como por él pasaban todas las sensaciones posibles. Finalmente respiró hondo…
–¿Sabes por qué no he puesto nada en el centro?
– No -dije.
–Iba a poner su nombre -dijo con tono de sorpresa y la voz baja mientras sus ojos se humedecían. Como si la culpa fuera suya, pero en realidad es el mío el que debería poner. Es mi caos! Llevo demasiado escondiéndome en mi caos.
A partir de ese momento cada palabra suya iba acompañada de una nueva línea que poco a poco iba uniendo aquellos trazos exaltados. Y lo que antes parecían muestras de frustración empezó a dejar al descubierto el miedo a perder a la persona que quería, el miedo a que cicatrices del pasado se abrieran, la soledad emocional que se escondía en unos día a día frenéticos y agotadores, sentimientos tan profundos que ni ella había podido ni querido acceder. Aquel desastre inicial tomó forma de un dibujo barroco y de ensueño, lleno de formas increíblemente enlazadas a base de tonalidades y en el centro dibujó un corazón.
Al finalizar la sesión se quedó mirando su dibujo y a mí. Ahora su mirada era limpia y transparente.
– Déjame que te pregunte… coges el dibujo y percibo en tus manos que dudas. Qué deseas hacer con él? -pregunté
– Pensaba que te lo quedarías…
– No… Es tu sesión y es tu dibujo. No me corresponde a mí decidir sobre ella ni sobre él -contesté.
Cogió el folio, lo dobló y lo rompió en decenas de trocitos que dejó sobre mi mesa…
– Siempre has dicho que si quiero cambiar algo he de hacer algo diferente a lo que he hecho, no? Pues punto y aparte. Empecemos con un folio nuevo, en blanco…
Son muchas las emociones que de intensas nos nublan y nos desesperan. Unos escribimos para salir de esa espiral y encontrar el camino, otras personas necesitan encontrar su forma de conectar con la serenidad de un lienzo en blanco y lanzar una recta a la línea de flotación de su inconsciente. En esos momentos nos falta la serenidad para ver más allá y el dibujo desahoga y tiene un increíble poder restaurador. Dibujando aprendí que la espiral nos lleva más hacia atrás que hacia delante y que no hay crecimiento ni evolución sin retroceso.
A menudo nos presionamos pensando que debemos encontrarnos a nosotros mismos y nos negamos el permiso a perdernos. Nadie se encuentra sin haberse perdido muchas veces, dibujado muchas espirales y pasado por muchas curvas… pero reconocerlo es un acto de respecto hacia nosotros mismos y fortaleza interior que nos hace vulnerables. Y la vulnerabilidad es un abrigo pesado de bolsillos llenos de incertidumbre difícil de llevar.
El camino a menudo no es recto pero no olvides que las sonrisas más bellas están dibujadas sobre curvas…
Ha llegado repitiendo que no debería haber venido, que de hecho no tenía claro por qué me había reservado la cita. Lo dice mirándome como si esperara que yo le diera la razón y cancelara todo antes de empezar.
Entra en la sala, le indico que la butaca roja es para ella y se sienta en el borde, el abrigo todavía puesto, el bolso sobre las rodillas como si en cualquier momento fuera a levantarse e irse.
Mientras hablo y me presento, sonríe con una amabilidad que no me encaja con la tensión que transmiten sus manos. Empieza directa, con prisa y dice que está “bien”, que en realidad no le pasa nada grave, que hay personas con “problemas de verdad”. Minimiza cada intento de explicar lo que la trajo hasta un psicólogo. “Solo estoy un poco cansada”, “últimamente duermo mal”, “a veces lloro sin motivo, pero se me pasa”, “no vayas a pensar que estoy loca”.
La observo y cuando el silencio aparece en su discurso. Le pido permiso y le señalo la contradicción entre su discurso y su presencia.
-Déjame también añadir que si realmente no tuvieras claro por qué venir, podrías no haber venido. Algo te trajo hasta aquí, aunque todavía no tenga nombre o no lo tengas identificado.
Y se le humedecen los ojos. Empieza entonces a hablar de las mañanas. De lo difícil que se le hace levantarse. De la sensación de estar viviendo la vida de otra persona, cumpliendo expectativas que no recuerda haber elegido ni quién se las ha puesto en la cabeza.
Habla de su trabajo como si describiera una escena lejana, casi desconocida y ajena. Habla de su pareja con una mezcla de afecto y agotamiento. “No tengo motivos para quejarme”, repite varias veces, pero cada frase destila tristeza.
Me doy cuenta de que hace unos minutos he apuntado “resistencia” y ahora una flecha que apunta a “miedo”. A qué? Miedo a confirmar que lo que siente es real y que al ponerle palabras lo vuelva más pesado? Quizás, miedo a necesitar ayuda?
Insiste en que seguro que “no es para tanto y que debe estar ocupando el espacio de otra persona que lo necesita más que ella. Le digo que no hace falta que su malestar sea espectacular para ser legítimo. Que el hecho de que haya venido ya dice algo importante sobre su deseo de entender qué le está pasando. Y que su malestar veo y siento que es real y eso solo merece mi tiempo y el espacio que estamos compartiendo.
Por primera vez desde que entró, se recuesta en la butaca. Se levanta, se quita el abrigo y cuelga el bolso en la entrada. Su respiración se vuelve más tranquila. No hemos “resuelto” nada todavía, pero ya no está intentando convencerme de que no debería estar aquí. Ahora parece estar intentando averiguar por qué sí.
Solo por esto la sesión de hoy ya es muy importante para ella.
-Entraste preparada para irte -le digo-. Y ahora, sin que yo te lo pidiera, has decidido quedarte un poco más.
Sus ojos vuelven a humedecerse, pero esta vez no tiene prisa en secarlos. Prosigo.
– Cuando dices que “no es para tanto”, me pregunto qué tendría que pasar para que sí fuera suficiente. ¿Cuánto más cansancio tienes que acumular?
Guarda silencio. Tengo la sensación que mis palabras le resuenan.
-A veces -continúo- aprendemos que solo merecemos ayuda cuando estamos al límite. Cuando ya no podemos más. Pero el malestar no necesita ser “espectacular” para ser verdadero. No necesita compararse con el de nadie para existir.
Me hablas de las mañanas como si fueran una cuesta imposible. Me hablas de tu trabajo como si fuera la vida de otra persona. Me hablas de tu pareja con cariño… y con distancia y casi “agotamiento”.
Pero dices que no tienes motivos para quejarte. Me pregunto si te has permitido alguna vez preguntarte no si “tienes motivos”, sino cómo te sientes.
Y mientras me explicas todo esto siento que necesitas justificar cada emoción para permitirte sentirla. Como si esperaras de mi ser una especie de tribunal interno que evalúa o decide si tu tristeza merece existir.
– Tienes razón -me dice-, vengo por miedo. Quizás miedo a que la persona que tenga delante vea lo que has visto y me lo ponga delante, y si eso pasaba no saber qué hacer con ello. Y eso asusta, me asusta y me hace sentir… pequeña.
Dejo que sus ideas reposen. Y sigue.
– Deseaba que me dijeras que no era urgente y que me dieras cita para otro día, así no tenía que enfrentarme hoy y así tenía sentido lo de dar mi sitio a otra persona… qué absurdo verdad?
– Aquí no estás quitándole el espacio a nadie -le digo-. Esta consulta no es una sala de urgencias donde solo entra quien está peor. Es un lugar para entenderte, para dedicarte tiempo, es un espacio seguro. Y tú, hoy, lo estás necesitando.
Asiente muy despacio. Y sigo.
– Me gustaría que hoy no salieras de aquí con respuestas, sino con una pregunta distinta. En vez de “¿debería haber venido?” te preguntes “¿qué parte de mí sabía (e insistía) que necesitaba venir?”
No tienes que decidir hoy si “es para tanto”. Vamos a escucharlo. Y si hay una parte tuya que durante años ha tenido que ser fuerte, eficiente, comprensiva… que vea que aquí puede descansar un poco. No tienes que convencerme de nada. Solo estar.
Hoy su ansiedad ha perdido la batalla. A veces, el primer alivio no es que el dolor desaparezca, es sencillamente que deje de ser negado.
El amor visto por una adolescente en terapia, no es solo mariposas en el estómago ni canciones románticas. Es algo mucho más complejo, aunque a veces cueste ponerlo en palabras y entenderlo por ojos ajenos.
En sesión, una adolescente me ha explicado que el amor que siente es como una montaña rusa: un día es intensidad, mensajes a medianoche a escondidas de los padres, promesas enormes y eternas… y cuando despierta, dudas, inseguridades y miedo a no ser suficiente. A su edad el amor no solo es querer a alguien más, también es buscar quién soy yo a través de esa otra persona.
Muchas veces el primer amor se mezcla con la necesidad de pertenecer. “Si me quiere, entonces valgo.” Y ahí es donde duele, porque cuando el otro se aleja o malinterpreta ese alejamiento, no solo se pierde la relación, también se tambalea la autoestima. Entonces se empieza a descubrir que el amor no debería doler como castigo ni sentirse como examen constante.
Ella se da cuenta de que confunde intensidad con amor: los celos, el drama, la urgencia por responder al instante. Aún no puede ver que el amor sano no asfixia, no controla, no exige dejar de ser una misma. Aprender que amar también es poner límites.
Y los límites nunca van en contra de la relación, nunca son la causa de ruptura porque no van en contra del otro sino a favor de tener claras las cartas “con las que jugamos”, y la claridad si va en favor de la relación y de lo que sentimos. Los límites no necesariamente son “No”, son muchas las veces que crecen y nos hacen crecer cuando decimos “Sí”. Sí a permitirnos sentir y dejar que eso que sentimos crezca y se desarrolle.
En ese espacio terapéutico, su amor se balancea entre el “que me elijan” y el no renunciar a “yo también me elijo”. Sus miedos la ponen entre ese angustiante buscar que alguien la complete y la necesidad paciente de conocerse, escucharse y validarse.
Al final, el amor desde la mirada de esta adolescente no es ingenuo, es muy auténtico y verdadero. Es intenso porque todo se vive por primera vez, pero entre la intensidad y las necesidades emocionales es fácil perderse en el otro y no esperar encontrarse con alguien con quien no dejes de ser quien eres.
Según avanza la sesión hablamos muy poco o nada del otro y casi sin darse cuenta cae en algo absolutamente vital. El primer amor que necesita aprender a construir no es el de pareja, sino el propio.
Se expresa desde un lugar extraño para ella, un lugar que no le han hablado ni acompañado a explorar antes, porque a esa edad nadie les habla del amor propio como un proceso; les hablan del amor romántico, de encontrar a alguien, de gustar, de ser elegida. Pero casi nunca de elegirse… qué mal lo hacemos a veces queriendo proteger.
El amor propio en la adolescencia no es una frase motivacional. Es un aprendizaje lento y a veces doloroso. Es descubrir que puedo sentir mariposas sin entregar mis alas. Que puedo querer sin dejar de quererme. Que puedo entusiasmarme sin desaparecer o difuminarme.
Ella ya siente que cuando está pendiente de si él responde, se olvida de cómo se siente ella. Cuando adapta su forma de vestir, de hablar o incluso de pensar para gustar más, se desconecta un poco de sí misma. Y no lo hace por debilidad sino por miedo. Miedo a no ser suficiente tal como es.
– Quién eres cuando no estás intentando que alguien te quiera? -le pregunto.
Para ella responder es un reto enorme, su identidad todavía está formándose, está probando versiones de sí misma. Y el primer amor suele convertirse en el escenario donde más fuerte se prueba esa identidad.
Amor propio a esa edad no significa no necesitar a nadie. Significa empezar a reconocer que necesitar afecto es humano, pero depender de la validación constante desgasta. Significa poder decir “Me importa que me quieras, pero no a cualquier precio.”
Y ahí entran los límites, líneas que protegen lo que soy.
Sí a mis tiempos.
Sí a mis emociones.
Sí a mi incomodidad cuando algo no me hace bien.
Sí a irme de un lugar donde tengo que reducirme para encajar.
Empieza a comprender que el amor sano no le exige dejar de brillar para que el otro no se sienta inseguro, que no tiene que competir con nadie para ser suficiente, que el amor no es un examen que se aprueba complaciendo.
Pero para darse tiempo y espacio para comprender necesita referentes, apoyos, una red emocionalmente cercana y que le dé seguridad. Los necesita porque cada desilusión puede convertirse en una pieza de autoconocimiento. Cada vez que siente celos puede preguntarse qué inseguridad se activó. Cada vez que siente miedo a perder al otro puede explorar qué parte de sí teme quedarse sola.
Y poco a poco, casi sin notarlo, hemos dejado atrás el “¿me quiere?” y nos movemos en el “¿me quiero yo cuando estoy en esta relación?”. Ahí está la autoestima, ahí se da cuenta de que el amor propio no compite con el amor romántico sino que lo sostiene, que se trata de elegir entre el otro o ella. Se trata de no abandonarse en el intento de ser amada.
El primer amor verdadero, el que determina todos los que vendrán después, y si ese primero dice, aunque sea en voz bajita “Quiero que me quieran, pero no más de lo que yo me quiero”, algo empieza bien.
Y no deja de ser adolescente. No deja de sentir intensamente. No deja de ser amor.
Hoy tras una sesión he tenido ganas de gritar, de decir algo alto y fuerte. No por mí o sí, también, pero sobretodo por ella.
No nos engañemos.
No perdonar no te hace una mala persona, no todo debe ser perdonado, menos aún olvidado.
Sí, sí tienes derecho a no perdonar y derecho a que no te juzguen por eso.
Y eso no significa que vivirás odiando el resto de la vida, eso es una falacia que nos limita además de hacernos daño, pero tampoco es sano ni justificable emocionalmente forzarse a perdonar algo que dolió.
Nos han vendido que sanar supone perdonar y no. No necesariamente es así y lo he visto en decenas y decenas de pacientes que han sanado aceptando que hay algo en sus vidas que no perdonarán nunca. Bien, está bien así porque el perdón impuesto no sana, solo maquilla. Y el mundo ya está lleno de demasiadas personas con maquillaje.
Y no siempre libera, en ocasiones solo silencia. Y lo que se silencia, tarde o temprano, encuentra otra forma de gritar.
Hay heridas que necesitan tiempo, otras necesitan distancia, y algunas simplemente necesitan ser reconocidas sin presión, sin discursos moralistas y sin frases hechas de algún “coach barato”.
No perdonar también puede ser un acto de amor propio. Puede ser un límite. Puede ser la forma en que tu dignidad se pone de pie y dice: “hasta aquí”.
El perdón no puede ser una exigencia externa ni una “medalla moral”. Cuando se convierte en obligación, pierde su sentido y se transforma en otra forma de violencia silenciosa, una que invalida lo que sentimos.
A veces no perdonar es simplemente reconocer que algo cruzó un límite. Y los límites no se negocian para quedar bien. Se honran para poder seguir enteros a pesar del dolor.
Y también digamos claro que no perdonar no significa quedarse atrapado en el rencor. Significa aceptar que todavía hay una herida abierta, o que tal vez ya cerró, pero dejó cicatriz. Y las cicatrices no se borran por decreto, se integran. Se llevan.
El tiempo no siempre convierte el dolor en perdón. A veces lo convierte en aprendizaje, distancia o quizás en claridad.
Perdonar no es una obligación espiritual ni una prueba de madurez. Es una decisión íntima, absolutamente personal y desde la conciencia. Y como toda decisión íntima, requiere verdad, no imposición.
Algunos pacientes me han enseñado que la verdadera paz no llega cuando perdonas, sino cuando dejas de exigirte hacerlo.
Cuando aceptas que lo que pasó te marcó. Que dolió. Que cambió cosas y tal vez te cambió para no poder volver a ser quien eras.
Y eso no te hace rencoroso. Sí, tal vez… pero sobretodo te hace humano.
Tal vez un día perdone. Tal vez no. Ambas opciones pueden convivir con una vida tranquila, plena y consciente.
Porque sanar no siempre significa absolver, pero siempre significa recordar sin romperte.
Cuando empezó a hablar sentí algo incómodo en el estómago. No por él, por mí. Esa rabia no me resultaba ajena y, durante un segundo, tuve que controlarme para no asentir demasiado pronto.
Hay sesiones en las que el reto no es comprender a la persona, sino no esconderse detrás del psicólogo para no sentir lo que se activa dentro.
Mientras lo escuchaba pensé en cuántas veces yo también he tenido que explicar mis pausas, justificar mis decisiones, defender mi cansancio como si fuera una falta moral. Ahora entiendo algo que dijo un profesor mientras hacía la carrera “nunca hay demasiada distancia entre paciente y terapeuta”.
No lo miraba como a un paciente “resistente”, sino como a alguien harto de que le exijan demostrar que merece estar bien. Y eso me colocó en un lugar incómodo: acompañar sin convertir mi propia historia en refugio ni en argumento.
Me di cuenta de que, si no tenía cuidado, podía empujarle sin querer hacia un discurso más aceptable, más tranquilo, más “trabajado”. Y no era eso lo que necesitaba. Necesitaba que alguien no le quitara la rabia, que no le tradujera el enfado a palabras bonitas.
Así que me quedé ahí, sosteniendo, dejando que hablara aunque a ratos me removiera, aceptando que esta sesión no iba de intervenir bien, sino de no traicionar lo que estaba pasando.
– La puta zona de confort! -dijo elevando el tono-. Parece que si no haces lo que quieren o esperan es que estás anclado, que estás ahí acomodado en la mierda esa de la zona de confort!
Y si no hay zona? Y si quiero estar ahí le guste o no? Y si eso que él ve como acomodado para mí es disfrutar de lo conseguido? O recuperarme de lo que me ha costado llegar? O…
Es más sano alguien con esa ansiedad para ir por objetivos de locos y dejar su cuerpo y su alma por el camino? Se ha mirado? Se ha visto? No se lo dicen ni en su casa!
No quiero ser él, ni en 3 vidas! Él solo vive para trabajar, no tiene vida, no tiene… nada excepto su empresa.”
Lo dice con rabia y con cansancio. Hay tanta autodefensa en esas palabras… Mientras habla, noto cómo aprieta la mandíbula y cómo su respiración se acelera cuando menciona a “él”. No habla solo de otra persona, habla de la amenaza que esa persona (su jefe) supone, de un modelo que siente impuesto, casi violento.
Hay una necesidad de legitimarse. De decir “mi forma de estar en el mundo también vale”. No rechaza el crecimiento; rechaza la idea de que crecer solo tenga una forma, un ritmo y un precio. Y el precio de quien se cree “saber todo” no quiere pagarlo, no quiere deshumanizarse como él, no quiere ser alguien quejoso, apagado y que la única rutina que le mantiene vivo es el levantarse para trabajar. En el fondo he conocido personas así y puedo conectar con lo que expresa.
Cuánto ha tenido que perder para que ahora defender el descanso se sienta como un acto de rebeldía. Cuando habla de “recuperarme de lo que me ha costado llegar” aparece por primera vez algo frágil. Ahí no hay soberbia ni nada de esa comodidad de la que le acusan. Hay duelo, desgaste, quizá heridas que aún no terminan de cerrar.
No idealiza la calma, la reclama porque la necesita. Y eso, en una cultura donde aún hay quien glorifica el esfuerzo por el esfuerzo, suele confundirse con mediocridad. Él no quiere ser ese otro hombre que describe, vacío y absorbido por su empresa, vacío de haber trabajado desde su adolescencia a la sombra de su padre porque es lo que tocaba, pero tampoco parece del todo en paz con su elección. Hay enojo porque ha sido juzgado, pero mtambién porque esa mirada externa ha logrado colarse dentro.
No es mi intención convencerlo de salir de ningún lugar, tampoco entro a valorar con él si está o no en una zona de confort, le acompaño preguntando si donde está ahora es una elección propia o una trinchera. Si su “quedarse” nace del deseo que querer permanecer ahí o del miedo a volver a romperse. Y, sobre todo, acompañarlo a construir una definición de bienestar que no dependa de compararse, ni de justificarse constantemente.
– Escuchándote no te preguntaría si existe o no la zona de confort. Escuchándote te pregunto por qué descansar necesita tantas explicaciones?
Escucha la pregunta y lo veo pensativo en silencio. No lo corto, no lo discuto. Cuando baja un poco la intensidad, hablo despacio, casi con cuidado.
– Porque… -empieza, y se detiene. Porque si no explico, parece que no vale. Parece que si no duele, no cuenta.
Se le humedecen los ojos y baja la mirada.-Me cansé de estar roto -dice al fin-. Me cansé de sentir que siempre tenía que demostrar algo. Que si paraba, perdía. Y yo ya perdí mucho y nadie sabía verlo…
Se lleva la mano al pecho, como si necesitara comprobar que sigue ahí. El cuerpo habla antes que las palabras.
Qué difícil es, para muchas personas, diferenciar el descanso del abandono, la pausa de la renuncia. Vivimos rodeados de discursos que convierten el agotamiento en virtud y la calma en sospecha. No me habla de pereza, me habla de supervivencia. De alguien que ha aprendido que seguir vivo también puede ser una forma de éxito.
– No quiero volver a ese lugar -continúa-. No quiero volver a ser el que se empuja hasta no sentir nada. Y me da miedo que, si empiezo otra vez, no sepa parar. Ya no sé qué pinto ahí.
Me habla de síntomas de ansiedad, muchos, más de los que una vez imaginó. Me pregunto cuántas veces su cuerpo ha tenido que gritar para que él, finalmente, escuchara. Cuántas señales ignoró antes de permitirse esta quietud que ahora defiende con uñas y dientes. Y entiendo que, para alguien que ha vivido al límite, descansar no es cómodo, es inseguro y es incierto. No hay aplausos, no hay objetivos cumplido, no hay métricas ni validación externa inmediata.
– Quizá -le digo- no se trata de avanzar o quedarse, sino entre obedecer la voz que te exige o empezar a escuchar esa otra que te cuida. Y esa voz cuidadora suele ser más baja, menos espectacular… pero mucho más honesta.
Levanta la vista lentamente. No asiente, no niega. Se queda ahí, pensativo. El silencio vuelve a instalarse en la sala, ese silencio que acompaña, que permite. Un espacio donde sabe y siente que no necesita defenderse. Siente miedo de ese “él”, miedo a decirle lo que piensa, miedo a las consecuencias. Miedo a callar y seguir en esa espiral que lo ha llevado al punto donde está ahora. Vacío, emocionalmente roto.
Entonces le pregunto si nadie lo estuviera mirando, si no existiera ese “él” como medida, ¿qué querría ahora? No dentro de cinco años. Ahora.
– Quiero paz, pero que no tenga que matar para defenderla. Quiero disfrutar lo conseguido y seguir haciéndolo…
Pero se culpa por no ir por más. Reconoce que, a veces, cuando está tranquilo, aparece una voz que le dice que está perdiendo el tiempo. Esa voz que ha aprendido “mal”, esa voz que no era suya aunque acabó creyendo lo contrario.
– Déjame explorar eso. De quién es? ¿Cuándo apareció por primera vez?
Empieza a hablar de exigencia, de demostrar, de no ser suficiente si no está produciendo. La zona de confort deja de ser el tema. El tema es el permiso. La sesión no busca una respuesta definitiva. No decidimos si debe quedarse o moverse. La terapia no va de empujarlo, sino de que pueda elegir sin látigo. Que pueda diferenciar descanso de renuncia, deseo de mandato, ambición de huida.
Al final, no sale más tranquilo, pero sí más claro. Entiende que su enojo no es sólo contra un modelo externo, sino contra la parte de sí que aún no se siente autorizada a estar bien sin justificarse. Y eso, aunque incomode, es un buen lugar para seguir trabajando.
Hoy le he visto y me visto a mí. No hace tanto había mucho de mí ahí, aún lo hay a veces. Aún queda algo en mí de esa voz. Aún lo sigo trabajando.
Ha llegado pronto y ha esperado a que pudiera atenderla. Al entrar y acomodarse me ha dicho que “había recogido” mi guante de la última sesión y que había escrito algo, algo que quería leerme.
– La sesión es tuya y te pertenece, puedes leer que te escucharé – le he dicho.
Ha desdoblado unas hojas, ha respirado hondo al tiempo que ha empezado a llorar. Las primeras frases han sido entrecortadas pero poco a poco su forma de leer ha cogido intensidad y claridad. Una frase ha provocado ese cambio…
“En qué momento pensaste que podías dejar de existir? Qué estaría mejor sin ti?
Te odio y me odio por odiarte. Me decías que era tu vida, sí era tuya pero qué pasa con ese trocito de la mía donde estabas tú?
Joder te odio porque no pensaste en mí cuando te matabas… en qué coño pensabas?
Joder, joder… ¿En qué segundo exacto se te coló la idea de que el mundo iba a estar mejor sin ti, de que tu ausencia iba a doler menos que tu presencia cansada? Intento imaginarlo y no puedo, no soy capaz. Me rompe la cabeza pensar que llegaste a creértelo, te imagino pensándolo y te quiero matar. Qué estúpida verdad? Querer lo mismo que querías tú? Lo querías? Era eso lo que querías?
Te odio. Y me odio por odiarte. Me duele reconocerlo, pero ahí está, es así. Me decías que era tu vida, y sí, sí…lo era. Pero hostia! ¿qué pasa con ese trocito de la mía donde estabas tú? ¿Con ese espacio que ahora es un vacío, qué estabas tú y nadie más puede ni podrá rellenar? Nadie me pidió permiso para arrancarte de ahí, nunca me preguntaste. Y yo? Dónde quedó yo?
Joder, te odio porque no pensaste en mí cuando te estabas matando. No pensaste en mi y en todo eso que has dejado a medias. ¿En qué coño pensabas? ¿Era tan grande el ruido en tu cabeza que no cabía nadie más? ¿O simplemente estabas demasiado cansado para mirar atrás?
Y aun así sigo queriéndote. Y te querré siempre aunque las preguntas se queden sin respuestas.
Lo peor es que… hay algo que me mata y que necesito confesarte. Yo también lo pensé, también estuve dándole vueltas a suicidarme, pero me asusté tanto, tanto que busqué ayuda. Te acuerdas de aquella tarde en aquel bareto? Quisé decírtelo, era mi intención pero te vi tan de bajona que no puede. Ahora me culpo, me arrepiento… y si lo hubiera hecho?
Si estoy tan cabreada contigo es porque te entiendo, y eso me asusta. Y si tú hubiera sido yo? Comprendo el estar hasta el coño de todo, el peso, la sensación de no poder más. Y entonces me enfado conmigo otra vez, porque entiendo pero no puedo perdonarte ni perdonar lo que has hecho.
No sé cómo cerrar esta herida. No sé si seré capaz. Solo sé que escribo porque me lo propuso Jorge y veo que hacerlo es la única de no romperme más. Tendrías que haber visto su cara cuando le confesé como me sentía y lo que había pensado, se emocionó conmigo y… ojalá lo hubieras conocido.
No sé si te volveré a escribir, perdóname pero hoy no puedo seguir, no dejo de llorar y me cuesta seguir cogiendo el boli… ese que está tan mordido por ti. No creas, sigo enfadada, triste, rabiosa, te odio… y te quiero tanto que no sé cómo llevarte conmigo, pero sé que no quiero soltarte.”
La escucho leer la carta y algo en mí se recoge hacia dentro. No es solo una carta, es una confesión cruda, sin filtros, sin “maquillaje” emocional. Es rabia y amor ocupando el mismo espacio, chocando, haciéndose daño. Y no intenta quedar bien. Intenta sobrevivir.
Mientras lee, noto cómo su voz se quiebra justo en las palabras donde aparece el odio. El odio que solo existe cuando hubo amor verdadero. Y pienso que hay que estar muy viva para poder decir “te odio” sin dejar de decir “te quiero”. Amor en estado puro.
Se expresa sin romantizar nada. No justifica. Nombra el cansancio, el ruido, el “estar hasta el coño”, y al mismo tiempo el terror que la llevó a pedir ayuda. En ese punto, la veo: no como alguien rota, sino como alguien que eligió quedarse, aun sin saber muy bien cómo.
Me rompe por dentro aparecer en esa carta. Siento que se me encoge el corazón. No sé reaccionar y casi ni gestionarlo. Siento la responsabilidad, el peso y al mismo tiempo la firmeza de querer estar ahí, de estar para ella. No sé ponerle palabras y me emociona hasta no poder contener las lágrimas delante de ella. Cómo la admiro.
Me callo, me contengo porque ahora no necesita respuestas ni consuelos “bien construidos”. Necesita que alguien sostenga este caos sin ordenarlo por ella.
Veo algo profundamente humano en cómo no quiere soltarlo, aunque le duela llevarlo dentro. No quiere olvidarlo, quiere aprender a cargar con él. Y escribir, aunque sangre, es su forma de seguir viva. De poner palabras donde antes solo había un nudo.
Estoy aquí para quedarme mientras la herida habla. Para que no tenga que odiarse sola por odiar, ni quererse en silencio. Para recordarle, con mi presencia, que todo lo que siente tiene sentido, aunque duela, aunque sea incoherente, aunque no sepa todavía cómo llevarlo consigo.
Y hoy en ese espacio compartido, a ratitos silencioso, entiendo algo muy claro: esta carta no es una despedida. Es resistencia, una forma imperfecta, temblorosa y honesta hasta los huesos de seguir existiendo.
Y conecto de una forma muy especial con eso.
Hoy, en esta última sesión de la semana, siento que he recibido un regalo. Uno que aún no sé cómo digerir, que no quiero abrir y que solo tenerlo entre las manos lo hace especial. Una última sesión que por sí sola justifica a lo que me dedico.
Una sesión que da sentido a todo el esfuerzo de una semana muy intensa emocionalmente y que en algún momento me he sentido al límite.
Está semana he escuchado varias veces eso de que “el tiempo no perdona a nadie”.
Ninguna de esas veces han sido vacías y ninguna de esas personas hubieran esperado decirlo durante una sesión por el motivo que les llevó a pronunciarla.
A menudo en sesión el tiempo es monotonía, anhelo, expectativa, miedo, justificación… y siempre siempre es avance, porque el tiempo no para, espera, siempre avanza y siempre pasa.
A veces esa frase aparece cargada de una especie de resignación silenciosa, como si nombrarla fuera la única forma que encuentran de darle sentido a lo que duele. No hablan solo de años, ni de arrugas, ni de fechas que se acumulan en el calendario. Hablan de decisiones postergadas, de palabras que no se dijeron, de vidas que se quedaron a medio camino de lo que soñaron ser.
En ese espacio de la sesión, el tiempo se vuelve algo extraño. Mientras pasa puede pesar como una losa o diluirse en minutos que pasan demasiado rápido. Para algunos es urgencia; para otros, una amenaza constante que recuerda lo que ya no volverá. Y sin embargo, también es testigo, como yo cuando estoy en consulta, de lo que se sostuvo, de lo que se cayó, de lo que aún insiste en seguir vivo a pesar del cansancio.
Cuando dicen que el tiempo no perdona, yo puedo escuchar un miedo profundo a haber llegado tarde. Tarde para cambiar, tarde para elegir distinto, tarde para empezar de nuevo. Pero el tiempo, más que juez, es como un escenario, uno enorme que va más allá de donde nos da la vista, no absuelve ni condena; simplemente está. Y en ese estar, nos confronta con lo único que de verdad nos pertenece, lo que hacemos ahora con lo que somos hoy.
Somos tan cabezotas que nos empeñamos en pelear contra el paso del tiempo, como si eso nos diera el milagro de pararlo, y mientras peleamos contra él dejamos de mirarlo y reconocer que hemos hecho con él lo que hemos podido con las herramientas que teníamos a cada instante, y que mientras haya tiempo -este, el de ahora, el que todavía avanza- también hay posibilidad. Aunque sea pequeña. Aunque dé miedo. Aunque no se parezca a lo que imaginábamos al principio.
Escribiendo estas líneas me viene a la mente un paciente al que acompañé en sus últimos meses de vida que en una de las últimas veces que nos vimos me dijo “ahora que casi no puedo moverme de la cama me angustio por el presente que soy y el tiempo que ya no puedo exprimir, pero estoy feliz por el tiempo pasado que dejo, por todas las cosas que hice porque no quería perder horas repensando por miedo”.
Cuando el tiempo entra en la consulta, no lo hace solo. A menudo viene acompañado de culpa, de comparaciones, de esa voz interna que repite “deberías haberlo sabido antes”. Y ahí es donde más cuidado hace falta, porque nadie llega tarde a su propia vida; llega cuando puede, cuando algo dentro por fin encuentra palabras.
El tiempo no perdona, dicen. Yo a veces pienso que somos nosotros quienes no nos perdonamos por haber necesitado tiempo. Por haber dudado, por habernos protegido como supimos, por haber sobrevivido incluso cuando eso implicó renunciar a partes de nosotros mismos. Y sanar también es entender que ese tiempo no fue perdido, aunque duela.
En sesión, poco a poco, el tiempo empieza a cambiar de forma. Deja de ser enemigo y se convierte en proceso. En pausas necesarias. En silencios que hablan. En ritmos que no siempre coinciden con lo que el mundo exige, pero sí con lo que la persona necesita. Y eso, aunque no se note desde fuera, es profundamente valiente.
Tal vez el tiempo no perdona, pero acompaña. Y cuando alguien se permite mirarse con un poco más de ternura, algo se afloja. No se recupera lo que fue, pero adquiere un significado distinto.
Esta semana he aprendido que el tiempo no pasa igual para todos. Se sienta entre nosotros sin pedir permiso. Está. Y yo lo miro pasar por las manos de quien tengo delante, con cuidado, sabiendo que no todo necesita arreglarse ni entenderse hoy.
Es cierto que el tiempo no se detiene, nunca lo ha hecho. Pero cuando deja de ser una sentencia y se vuelve experiencia compartida, cuando alguien se permite ese instante sin huir ni reprocharse, ocurre que por un momento, el tiempo no pesa. Y eso, en una vida, ya es mucho.
Hay sesiones donde una pregunta tan habitual en mi en la primera sesión como “qué te ha llevado a venir a sesión?” recibe respuestas que necesitan todo y más de mi ya absoluta atención.
En su caso la respuesta fue que quería que la ayudara a no acabar de perder interés en él o más bien a retener el poco interés que, entre lágrimas, me decía que le quedaba.
Temía que esa paulatina pérdida de interés viniera el odio o incluso el desearle mal.
En un momento de la sesión me dijo “sabes eso que dicen que perder el interés por alguien es un camino sin retorno? Pues debo estar en ese camino y no sé, o no quiero, volver atrás”.
– Qué hay en el camino cuando miras atrás?
Suspiro.
– Durante mucho tiempo no habría sabido contestar, ahora creo que sí, decepción. Supongo que mucha, pero es culpa mía, nunca se la mostré ni se lo he dicho.
Escucharla fue como presenciar a alguien asomada a un precipicio que no sabía si quería saltar o que la empujaran. No hablaba solo de una relación, sino del miedo a convertirse en alguien que no reconocía, alguien capaz de pasar del amor al desinterés, y de ahí a algo aún más “oscuro” que le aterraba.
Sus palabras te obligan a pensar en cómo a veces confundimos el fin del “interés” con la aparición del odio, cuando en realidad muchas veces lo que llega es el cansancio, la tristeza o la humana necesidad de protegerse.
Cuántas veces nos aferramos al “camino sin retorno” como una profecía para no escuchar lo que ya duele demasiado? Quizá no quería volver atrás, o quizá no sabía cómo quedarse donde estaba sin sentirse culpable.
En esos silencios entre frase y frase me hizo entender que venía a terapia no para ayudarla a recuperar el interés ni empujarla a perderlo del todo, sino acompañarla a mirar ese camino con honestidad, qué había dejado atrás, qué estaba perdiendo y, sobre todo, qué estaba intentando salvar de sí misma.
Me resuenan todavía frases que ha pronunciado y mientras intento poner orden me viene a la cabeza ese concepto de “despido silencioso”, ese no saber cómo irnos que nos confunde hasta pensar si eso es señal de que en realidad no queremos marchar.
Qué poco que nos enseñan a irnos sin rompernos, a quedarnos sin traicionarnos, a reconocer que algo se ha ido apagando sin convertirlo en un juicio moral sobre quiénes somos.
Cuántas personas llegan a consulta cargando no solo con el dolor de una relación que se transforma, sino con la vergüenza de sentir lo que sienten. Como si perder el interés fuera una falta imperdonable, como si admitir el cansancio equivaliera a ser cruel. Y cuánto sufrimiento nace de no haber podido decir a tiempo “esto me duele”, “esto me pesa”, “esto me está alejando”, por miedo a herir, por miedo a perder, por miedo a ser vistos como insuficientes.
Quizá el odio no aparece de la nada. Quizá es el último recurso cuando la decepción ha sido silenciada demasiado tiempo. Cuando no hubo espacio para nombrarla, para compartirla, para hacer algo con ella. Y entonces el desinterés asusta, mucho, porque parece un punto final y es solo una señal de agotamiento emocional, de una necesidad urgente de cuidado.
De eso fue la sesión. De permitirse mirar sin prisa ese camino que parecía sin retorno, no para obligarse a volver, sino para entender qué partes de sí misma necesitaban descanso, qué límites no había sabido poner, qué palabras se habían quedado atrapadas. No para decidir aún, sino para dejar de huir de lo que sentía.
Permitirse ser y sentir sí es un camino sin retorno.
Hay frases que se dicen con buena intención y, aun así, duelen. “Te hizo fuerte” es una de ellas.
Suena a cierre rápido, a consuelo aprendido, a una forma de no quedarse demasiado tiempo mirando el desgaste. Como si el dolor necesitara justificar su paso dejando algo útil. Como si no bastara con haber “sobrevivido”. Sin embargo, hay cuerpos cansados de ser fuertes, almas que no quieren más medallas, solo un poco de tregua.
Este inicio de sesión no hablaba de heroicidades ni de superación, sino del derecho a no aguantar más, a no convertir cada herida en lección, a ser sostenido sin tener que demostrar nada.
“Mi amiga me dijo que el 2025 me ha hecho fuerte. Vaya mierda! Yo me hubiera conformado por ser a ratitos feliz”.
Escuchar en ella eso de “te hizo fuerte” me sonó más a consuelo que a reconocimiento del cansancio. No todo el mundo quiere salir blindado de la vida; a veces solo queremos descansar un poco y sentirnos bien sin tener que ganarnos eso a golpes.
Ser fuerte muchas veces significa que no hubo opción. Y eso duele.
“…y me cansa que lo digan como si fuera un premio.”
Como si ella hubiera elegido este entrenamiento emocional extremo, como si realmente existiera esa elección de entrenamiento . Ella no quería ser fuerte, quería ser cuidada. Quería que alguien se quedara cuando yo ya no podía más.
Durante la sesión digo bajito, casi pidiendo perdón pero mucho sentimient: “hay días en los que envidio a la gente frágil, a la que se le permite romperse sin que le exijan lecciones, sin que le digan “de algo te habrá servido”.Lo cierto es que sobrevivir no siempre deja sabiduría. A veces sobrevivir solo deja cicatrices y una sonrisa ensayada de payaso.
Y aquí, sentada frente a mi, se atrevió me atrevo a confesarlo:“No quiero ser fuerte todo el tiempo. Quiero estar a salvo. Quiero estar en paz. Y si es posible… quiero ser feliz, aunque sea a ratos, al menos un ratito”.
La miro mientras lo dice. No busca soluciones, ni frases bonitas, ni que le quite la razón. Siento que sencillamente espera que no le discutan el cansancio, que alguien sostenga ese deseo pequeño (ser feliz un ratito) como si fuera legítimo, suficiente, humano.
Es un silencio que no incomoda y apresurarlo sería volver a exigirle rendimiento incluso aquí. Y pienso, sin decirlo, en cuántas personas llegan a consulta creyendo que su deseo de calma es una ambición menor, casi vergonzosa, cuando en realidad es profundamente valiente.
Ser fuerte en estos tiempos se ha convertido en una consigna peligrosa. Una manera elegante de no mirar el dolor ajeno demasiado de cerca. De aplaudir la resistencia sin preguntar el costo. Y el costo, en ella, ha sido alto. El cuerpo tenso, la risa que aparece medio segundo tarde, esa alerta constante de quien aprendió que relajarse podía ser peligroso.
Le digo: “No hay nada malo en querer menos. No hay nada roto en ti por no querer convertir el dolor en una lección”.
Me hace reflexionar si como psicólogo y desde la psicología hemos podido romantizar la resiliencia. Como si no doliera. Como si no agotara. Como si no dejara restos. Me recuerdo que acompañar no es empujar hacia la fortaleza, sino ayudar a construir un lugar donde no haga falta serlo todo el tiempo. Acompañar es ir de la mano de la vulnerabilidad, la del paciente y la mía.
Cuando se va, no se va más fuerte. Se va un poco más “autorizada” a desear otra cosa. Y eso me parece profundamente terapéutico. A veces sanar no es aprender a resistir mejor. A veces sanar es poder decir, sin culpa “ya no quiero aguantar más”. Esa fue la gran verdad de la sesión.
Pienso en cómo sin saber cómo enseñamos y aprendemos a medir el valor por lo que se soporta. En cómo el aplauso llega cuando alguien “sale adelante”, pero casi nunca cuando alguien se detiene y dice no puedo más. Como si detenerse fuera rendirse, y no una forma profundamente lúcida de cuidarse.Ella no está rota. Está agotada. Y esa diferencia importa. Mucho.
El cansancio no se arregla con discursos motivacionales, se repara con seguridad, con descanso, con vínculos que no pidan explicaciones. Con espacios donde no haya que demostrar nada.
Me pregunto cuántas veces yo mismo me he dicho “eres fuerte” creyendo que estaba sosteniendo, cuando tal vez estaba cerrando la puerta a algo más vulnerable, más verdadero. A veces nombrar la fortaleza es una forma elegante de no ofrecer refugio.
En la próxima sesión quizás no hablemos del pasado ni de traumas ni de aprendizajes. Tal vez solo hablemos de cómo sería un día suficientemente bueno. No feliz del todo. No productivo. No admirable. Solo un día en el que el cuerpo no esté en guardia y la mente no esté justificándose.
No todas las personas vienen a terapia para volverse más fuertes. Algunas vienen, simplemente, porque necesitan un lugar donde dejar de serlo y quitarse la sonrisa de payaso.
La terapia no empieza cuando se habla en sesión, empieza mucho antes, en todo lo que la persona trae consigo y no sabe todavía cómo decir. Y ahí empezaron a coger voz los pensamientos que poco después ella trajo a sesión y compartió conmigo.
No fue una sesión de diagnóstico ni tampoco de conclusiones cerradas, fue un esfuerzo sincero y emocional de comprender qué se mueve cuando alguien ama con todo y termina creyendo que ese “todo” es el problema.
Y llevábamos media sesión cuando verbalizó:
-Pensaba tonta de mi que la decepción me daría tranquilidad, bueno… al menos otras veces pensaba que había sido así… – se queda pensativa y finalmente suspira.
– Ese suspiro parece decir que esta vez no.
– No, no sé por qué pero este es un palo distinto, o al menos duele más o diferente, no sé… pero es más que decepción.
– Qué hay en ese “más que decepción?
– Lo conocí y por algún motivo me ilusioné, como nunca antes me había pasado por nadie, y no ha hecho nada malo ni… pero supongo que soy tan intensa que nadie me soporta. En el fondo me decepcionó a mí misma, la culpa es de ser intensa.
– Qué supone para ti ser intensa?
– Ser intensa… es sentirlo todo de golpe, a lo bestia. Todo de todo. Es ilusionarme rápido, imaginar, proyectar. Es no saber quedarme en la superficie cuando algo me importa. Es querer de verdad!
-¿Y qué te dices a ti misma cuando eso pasa?
-Que debería frenarme. Que tendría que aprender a no esperar tanto, a no sentir tan hondo. Que si me duele así es porque hice algo mal. Porque fui demasiado yo, porque estoy mal hecha o seguro que algo aquí (señalando su cabeza) no funciona.
-¿Demasiado para quién?
-Para casi todos -responde rápido, muy rapido, sin pensarlo-. Siempre acaba siendo lo mismo. Yo me abro, me muestro y el otro se va quedando atrás… o se va del todo, incluso huye! Vuela! Y entonces pienso lo de siempre, que el problema soy yo.
-¿Y qué sientes ahora, además de decepción?
-Vergüenza -bajito-. Vergüenza de haberme ilusionado tanto. De haber creído que esta vez podía ser distinto. Y tristeza… una tristeza honda, de esas que no se van “con entenderlas”. Y mucha culpa de ser así.
-Parece que no solo duele lo que pasó con él, sino lo que te dices a ti a raíz de eso.
Ella asiente y se emociona. Silencio.
-Sí… tienes razón, porque no es solo perder lo que imaginé con él. Es volver a esa idea de que hay algo en mí que está mal. Que querer así espanta. Que sentir así me deja sola.
—¿Y si, en lugar de preguntarnos qué hay de malo en tu intensidad, nos preguntamos qué necesidad hay detrás de ella?
La pregunta queda flotando. Ella respira hondo, me mira.
-Necesito conexión -dice-. Necesito la conexión de sentirme elegida, sostenida. Necesito que alguien no se asuste cuando me muestro tal cual soy.
-Eso no suena a un defecto -respondo-. Suena a una necesidad.
Se queda en silencio, pero no son momentos incómodos. En absoluto. Vuelve a expresar el cómo se siente y habla no de ese vínculo perdido sino de una herida anterior a él. No es él. No es únicamente esta decepción. Es la historia que ella se cuenta cada vez que algo no funciona. Es ese “soy demasiado, por eso me dejan”. Y ahí, en esa frase, hay mucho más dolor escondido que en el fin mismo de esa relación.
Pienso en cómo ha aprendido a mirarse con dureza. Cómo convirtió su forma de sentir en una culpa, en algo que insiste en que necesita ser corregido. Su intensidad no aparece como un rasgo, sino como una sentencia pendiente de saber cuál es la penitencia.
Me pregunto cuántas veces nadie le devolvió otra lectura posible. Cuántas veces se quedó sola sosteniendo emociones sin que nadie le enseñara que no eran peligrosas, que no hay malo en sentirlas.
No tengo delante mío ni escucho a alguien que ama mal. Escucho a alguien que ama con hambre de vínculo, con deseo de algo real. Intenso sí pero entendido como irrompible, esa clase de amor que salta contigo desde cualquier altura.
Veo a alguien que se ilusiona porque está viva, no porque sea ingenua. Alguien que quiere creer. Ella traduce esa vitalidad en defecto, porque el dolor se vuelve más tolerable si cree que tiene una explicación que depende de ella.
La pregunta es ¿demasiado para quién? ¿En qué espacios su forma de sentir no sería un exceso, sino un “lenguaje compartido”?
Qué triste sería si lo que tiene que aprender es a no ilusionarse. Su tarea, si alguna hay, será diferenciar cuándo su intensidad es una expresión auténtica y cuándo se convierte en una exigencia hacia sí misma para ser elegida.
La mía será recordarle, una y otra vez si hace falta, que no está rota, que el dolor no demuestra un fallo, sino un anhelo.Quizá este proceso no vaya de enseñarle a sentir menos, sino de ayudarla a dejar de atacarse por sentir así. Y eso ya es un enorme alivio para ella.
La veo frágil, pero no débil. Su dolor es genuino, no exagera. Y pienso en cómo la intensidad, cuando no es sostenida, acaba volviéndose contra uno mismo. No porque esté mal sentir así, sino porque nadie enseñó qué hacer con tanto.
Me pregunto qué lugar ha ocupado ella en sus vínculos, si el de la que se adapta, la que espera, la que se esfuerza por no incomodar… Si su intensidad ha sido siempre una forma de ir hacia el otro, incluso a costa de dejarse un poco atrás. Tal vez por eso ahora duele distinto. Porque no solo perdió una ilusión, perdió también una parte de sí que había puesto ahí con esperanza.
Siento que es importante ayudarla a separar dos cosas que ahora están enredadas: el rechazo y el valor personal. Que alguien no pueda o no sepa quedarse no convierte su manera de amar en un error. A veces simplemente no hubo el mismo ritmo, la misma profundidad, el mismo momento vital. Pero ella lo vive como un veredicto sobre quién es.
Mi tarea será ofrecerle un espacio donde no tenga que traducirse, donde no sea “demasiado”. Donde su intensidad pueda existir sin ser cuestionada. Porque puede suceder, que antes de encontrar a alguien que la sostenga en una relación, necesita experimentar que su mundo interno puede ser acompañado sin prisa, sin miedo.
Ojalá este proceso la ayude a que esta decepción no se convierta en otra prueba contra sí misma. Que pueda empezar a sostener la idea de que su intensidad no fue el problema, sino una parte honesta de cómo se vinculó. Y que eso, en sí mismo, no merece castigo.
Confío en que, con el tiempo, aprenderá a mirarse con la misma delicadeza con la que ama. A elegir espacios y personas donde no tenga que achicarse para permanecer. Y que cuando vuelva a ilusionarse no lo viva como una amenaza, sino como una señal de vida.
Ahí, quizás, empiece una forma distinta de estar en el mundo, menos defensiva y más fiel a sí misma.
Al despedirse me ha dicho “pídele al 2026 mucho amor… y que un poquito sea para mi”. Pediremos un 2026 con amor… para ella y para todos.
La ansiedad no escucha razones, se instala en el pecho y habla con propia voz. A veces por la izquierda con la voz bajita, otras por la derecha a gritos e insolente.
Ésta podría ser una historia más sobre una persona que sufre ansiedad. Podría pero no, no lo es. Me ha pedido que la explique… “Bueno, pero solo si te apetece o si te sale hacerlo”. Así que lo intento y al ponerme creo que voy a añadir poco porque lo importante lo dice todo ella.
Aquel primer día llegó superada, con las emociones a flor de piel. Bastaba mirarla para también poder sentirlas. Se sentó y casi sin pausa…
– En el fondo eso es por lo que estoy aquí. Quisiera no ser la persona que soy, quisiera ser distinta… de otra forma. Llego a odiarme cuando le doy importancia a cosas que a nadie le importan, siempre dándole vueltas a todo y otros son felices, no piensan, les da igual. Si pasa pasa y si no pues nada, yo no. No puedo, no aguanto más siendo yo. De qué me sirve sentir cosas que están fuera de mi control.
Cuando no puedo dormir, cuando doy vueltas y vueltas me pregunto en qué momento aprendí a vigilarme tanto, a anticipar cada posible error como si fuera una catástrofe anunciada. Vaya mierda de vida Jorge.
Vivo cansada de estar alerta, de traducir cada gesto, cada silencio, como si escondiera una amenaza. Sé que exagero, me lo digo, sé que como todos lo piensan pero no sé cómo apagarla.
A veces pienso que sentir tanto es una forma de castigo. Como si hubiera algo defectuoso en mí que no supo endurecerse a tiempo. Quisiera apagar el ruido, dejar de analizarme como si fuera un problema, como si toda yo fuera un problema.
Quisiera descansar de mí misma, aunque sea un rato… desaparecer. Mi regalo de Reyes sería saber cómo se siente estar en paz sin tener que ganársela, sin tener que justificarla, ni imaginarla.
Qué mierda, qué triste vivir así…
Por eso vengo. Porque estoy agotada de pelear conmigo, porque no sé cómo soltar este miedo. Y porque, aunque me cueste decirlo, una parte de mí todavía espera que no todo en mí esté mal…
– Seguro que no está “todo” mal -le he dicho-. Mientras te escuchaba sentía que tal vez no necesitas ser otra persona, tal vez un primer paso sea ayudarte a no verte como un enemigo.
– Siempre he sentido justo eso, que soy mi peor enemigo, que lo llevo dentro. Como un diablo que nunca descansa, que se alimenta de mi misma…
Un año y medio.
De esta sesión se cumple un año y medio. Estos días hemos empezado a dibujar el final del proceso. Hoy la hemos escuchado juntos para poder anclar el recorrido a través de todos estos meses.
Mientras la escuchábamos la miraba. La recordaba aquella sesión y la veo ahora, con la espalda algo más erguida, respirando… sin pedir permiso. Pienso la fuerza que hace falta para pedir ayuda, la valentía silenciosa de quedarse cuando lo más tentador es huir aún sabiendo que la angustia huye contigo.
La admiro. Desde mi lugar siento admiración por ella, por haber dejado de tratarse como un campo de batalla. Aún se le humeden los ojos al oírse, pero ya no hay desprecio en su mirada. Hay tristeza, sí, pero también ternura, es como mirar a quien se reconoce después de mucho tiempo evitándose.
Ella se escuchaba en silencio. A mi duele todavía escucharla. Nadie le había enseñado a no vigilarse, a no exigirse tanto. Para ella sobrevivir había sido su forma de estar en el mundo y su ansiedad no era un defecto, sino la única estrategia que conocía de “sobrevivir” a él.
-Escucharme así Jorge… -dijo al fin- me duele, aún me duele, pero hace meses me habría insultado por decir todo eso. Hoy pienso que no podía más y que… estaba haciendo lo que podía.
Asentí despacio.
Hay momentos en terapia en los que no hace falta interpretar nada. Solo sostener. Ser testigo de ese instante exacto en el que alguien deja de pelearse consigo mismo, aunque sea por segundos.
– Tal vez -respondí- no se trataba de callar esa voz, sino de dejar de creerle todo.
Sonrió apenas y preguntó:
– Siempre has confiado en mí verdad?
– Sí, siempre he tenido confianza en ti.
No dije nada más. No hacía falta. En esa pregunta y en esa respuesta también hay algo que se está cerrando con cuidado. No porque todo esté resuelto, sino porque ya no necesitaba pruebas constantes de su valor. La confianza ya no viene solo de fuera, ahora también desde dentro.
Pienso que el final de un proceso no es una despedida “limpia”, sino un gesto interno, un dejar de mirarse únicamente desde la herida.
Seguirá habiendo ansiedad, días difíciles, viejos reflejos. Pero ahora hay algo distinto: la posibilidad de detenerse antes del golpe, de hablarse con menos dureza, de no abandonarse en mitad del miedo y sobre todo de dejar de mirarse desde la herida.
En aquella sesión de hace unos días ella me confesó tener miedo a lluvia. Hasta aquel instante no lo sabía, no lo había compartido ni podía presuponerlo.
Habíamos comenzado tan solo unos minutos antes de que el sonido de las gotas cayendo con rabia contra el edificio y los truenos resonara en la consulta.
Se puso las manos en la cara y entre lágrimas me dijo “no puedo seguir, no puedo seguir”. Se levantó de la butaca y se sentó en la alfombra, buscando seguridad en el suelo.
No hice nada por evitarlo.
Me acerqué despacio, cuidando que cada movimiento no se sintiera como otra amenaza. Me senté cerca de ella, cuidando el espacio. No intenté levantarla. No le pedí que hablara. Me esforzaba en estar tranquilo para ella, en mi mente resonaba un “estoy aquí”.
Pasados unos minutos pareció recuperar cierto control y verbalizó:.
– Cuando llueve… vuelvo allí -susurró-. Siempre vuelve.
No pregunté dónde. Sabía que ese lugar no tenía coordenadas, solo sensaciones. Mantuve la distancia al tiempo que la cercanía, me senté más cómodamente como una forma de decir que podía seguir allí si le daba seguridad.
Entonces empezó a sentir lo que parecía un ataque de ansiedad. Le pedí que apoyara la espalda contra la pared, que sintiera su firmeza y contamos juntos cinco cosas que veía, cuatro que podía tocar, tres sonidos… la lluvia fue el tercero.
Al nombrarlo levantó la vista y me preguntó:
– No vas a decirme que me levante?
– No, no voy a hacerlo. No lo he hecho y no lo haré
– Nunca me lo habían permitido… tener miedo a esto, ni estar en una esquina, un lugar seguro… Siempre me dicen que exageraba, que exagero, que soy una exagerada.
– Hoy y ahora ves que es distinto.
Me asintió con la cabeza y ofreció su mano. La cogí. Ese gesto, tan sencillo, era una forma de coger fuerza.
-No sé si puedo explicarlo -dijo al fin-. Cuando empiezo, siento que me pierdo, me bloqueo, me aterra… pensarás que estoy loca.
-Entonces no hace falta empezar a explicarlo -respondí. Podemos ir despacio. Tú marcas hasta dónde, tú decides cuando es el momento y qué traes a sesión.
La lluvia seguía cayendo, los truenos aún aparecían de vez en cuando, como recordatorios. Cada uno le tensaba el cuerpo, pero ya no se derrumbaba. Se llevaba la mano libre al pecho, notando el latido, como comprobando que seguía allí.
-Era pequeña -dijo de pronto-. Y nadie venía.
No añadió nada más. No hizo falta. Dejé que ese silencio tuviera espacio, que no se llenara con explicaciones ni con prisa. A veces lo más terapéutico es no tapar el vacío.
-Me da rabia -confesó-. Qué rabia que algo así todavía pueda conmigo. Nunca he podido hablar de ello Jorge, nadie lo sabe, nadie. Todos estos años pensando que me olvidaría y mi mente borraría aquello, hasta que llega la lluvia, los truenos…
Apretó mi mano un segundo más y luego la soltó, no como un rechazo, sino como quien ya puede sostenerse un poco sola. Se incorporó con cuidado y volvió a sentarse en la butaca, sin que yo se lo pidiera. Ese movimiento fue suyo, y lo respeté.
-Creo que es la hora Jorge. No quiero hacer esperar a nadie -dijo.
– Quieres dejarlo aquí? Si lo deseas está bien, si quieres seguir podemos hacerlo.
– Gracias, hoy ha sido muy… intenso. Podemos comenzar la siguiente desde aquí?
– Claro, es tu proceso. Tú mandas.
Antes de irse, se detuvo en la puerta.
-Gracias por no sacarme de ahí -me dijo-. Por no decirme que me calmara.
Nos abrazamos al despedirnos.
Al cerrar la puerta pensé que en aquella sesión no habíamos “tratado” un miedo. Habíamos hecho algo más básico, permitir que existiera.
Dejarlo surgir, hacerlo visible y sobretodo reconocerlo sin desmentirlo.
Qué fácil habría sido hacer otra cosa, pedirle que se levantara, que respirara hondo, que “volviera al presente”. Cuántas veces, con buena intención, se empuja a alguien fuera de su miedo sin preguntarle si tiene a dónde ir.
Acompañarla ese día no fue una técnica brillante ni una intervención compleja. Fue sostener mi propia incomodidad. Confiar en que no hacer nada, no corregir, no apresurar, no explicar y aceptar que eso también es una forma de hacer. Una de las más difíciles.
Recordar ahora mientras llueve aquella sesión me recuerda que el trauma no es el recuerdo, sino la soledad en la que ocurrió. A veces, lo que sana no es entender lo que pasó, sino vivir algo distinto en el mismo lugar emocional donde antes no hubo nadie.
Como terapeuta, uno aprende a escuchar palabras, pero días como ese me recuerdan que también hay que escuchar el cuerpo, el silencio, la elección de sentarse en el suelo o de ofrecer una mano. Ahí también hay un lenguaje, y suele ser el más honesto. De eso sabe mucho mi buen amigo Marco Areddu, pensé en cómo lo habría gestionado él.
No sé qué hará la lluvia la próxima vez que venga a sesión. Sé que el miedo seguirá apareciendo, pero ahora existe una experiencia nueva a la que podrá volver: la de no ser cuestionada, la de no tener que demostrar que su miedo es legítimo.
Y para mí quedó otra certeza, sencilla y evidente: los psicólogos no siempre somos quienes quitan el dolor. A veces somos quienes se quedan. Y quedarse, cuando alguien tiembla, es mucho.
Esta publicación se adentra en una sesión de aprendizaje clínico donde un terapeuta y una estudiante en prácticas revisan, paso a paso, un fragmento de terapia. A través de la escucha compartida, se muestra cómo una intervención mínima puede abrir comprensiones profundas. Es una invitación a observar cómo se piensa desde la sesión y la reflexión.
El texto no es la transcripción de una sesión, sino la elaboración posterior de un momento clínico significativo. Un fragmento de diálogo que, al ser revisado con distancia y en compañía, revela capas de sentido que en el instante mismo paciente y estudiante apenas podían ver. En terapia, hay palabras que pasan casi desapercibidas cuando se dicen, pero que si son escuchadas activamente muestran con claridad el conflicto que las sostiene.
Esta reflexión nace del trabajo compartido entre un terapeuta y una estudiante en prácticas, a partir de la escucha atenta de una sesión grabada. El ejercicio no es evaluar a la paciente ni juzgar sus decisiones, sino comprender la lógica emocional que las mueve. La supervisión se convierte aquí en un espacio de aprendizaje donde el pensamiento se va construyendo a través de preguntas, pausas y observaciones cuidadosas.
El fragmento elegido condensa un conflicto afectivo frecuente: la dificultad de separarse de un vínculo que duele, no tanto por lo que es, sino por lo que podría haber sido. Lo que se pone en juego no es únicamente una relación concreta, sino la relación de la paciente con su deseo, con su esperanza y con la renuncia que implica aceptar la realidad del otro.
El objetivo no es ofrecer respuestas cerradas ni interpretaciones definitivas, sino mostrar cómo, a través de intervenciones mínimas y silencios sostenidos, la terapia puede abrir un espacio de conciencia. Un espacio donde lo repetido empieza a pensarse, lo imaginado empieza a reconocerse y lo imposible comienza, lentamente, a doler.
El trocito de sesión que escucho con una estudiante en prácticas es el siguiente.
– Ni importa cuántas veces intento irme, alejarme… Siempre vuelvo, siempre hay algo que me hace volver -dice la paciente.
– En alguna de esas veces realmente querías irte? -pregunto yo.
– No, si soy sincera no, en ninguna de ellas
– Siempre que volvías era por lo mismo? Sabes qué es ese algo que te hacía volver?
– Sí, pero cada vez que volvía me daba cuenta de que eso que creía ver no existía que… que…
– … que lo imaginabas? ¿Qué querías ver?
– Sí… que con el tiempo tal vez podría, si quería… no sé, cambiar
– Y si cambiaba…
– Si cambiaba no tendría que irme… tenía tantas ganas que fuera él…
Días más tarde me encuentro escuchando la sesión con una estudiante de Psicología y llegado a este punto de la sesión me pide parar la grabación.
– Me parece que aquí, justo aquí han pasado muchas cosas -me dice.
– Cierto, muy bien. Este diálogo refleja un conflicto afectivo profundo, y es potente precisamente por lo que se dice… y por lo que le cuesta decir.
Le explico cómo la paciente comienza señalando un patrón repetitivo: irse y volver. No habla de un hecho aislado, sino de una dinámica que se repite, lo que ya sugiere una relación marcada por la ambivalencia.
– No me he dado cuenta hasta ahora que lo dices. ¿Podemos volver a escuchar esta parte?
– Sí claro (volvemos a escucharla). Como terapeutas hemos de ser cuidadosos y controlar hasta dónde queremos ir cuando intervenimos. Aquí con una intervención breve pero muy precisa, no me quedo en el comportamiento (“volver”), sino que voy al deseo real: ¿alguna vez querías irte de verdad? Esa pregunta desmonta la narrativa defensiva del “lo intenté” y pone a la paciente frente a su “verdad emocional”.
– Ella responde en ese sentido…
– Sí, así es. La respuesta es clave: “No, si soy sincera no, en ninguna de ellas”. Aquí aparece una toma de conciencia. No era incapacidad para irse, era imposibilidad subjetiva, porque el deseo no estaba ahí. Esto desplaza la culpa del “no pude” al terreno más doloroso del “no quise”.
Cuando pregunto si sabía qué la hacía volver, la paciente reconoce algo todavía más profundo: no volvía por algo real, sino por algo imaginado, proyectado. Fíjate en cómo cambia la forma de expresarse. El diálogo se quiebra en balbuceos, silencios y repeticiones (“que… que…”) que muestran la dificultad de aceptar esta idea: no volvía a una realidad, sino a una esperanza.
Volvamos a escucharlo para que lo veas.
– Sí por favor.
Escuchamos de nuevo ese trocito de sesión y paramos otra vez.
– Sigamos. Cuando complemento la frase (“¿que lo imaginabas? ¿qué querías ver?”), cuido mucho de no interpretar de forma invasiva, sino que acompaño su verdad, esa que ya estaba emergiendo. Esto permite que la paciente nombre el núcleo del conflicto.
– Cuál es entonces la base del conflicto?
– El núcleo es la fantasía de que el otro pudiera cambiar si ella quería lo suficiente. Aquí se revela un deseo omnipotente, muy común en vínculos de dependencia emocional: creer que el amor propio puede transformar al otro.
Sigo explicándole que la última frase (“tenía tantas ganas que fuera él…”) es especialmente significativa. No habla de amor al otro tal como es, sino del dolor de renunciar a la idea de que ese fuera el vínculo esperado. Es un duelo, tal cual, no solo por la relación, sino por la imagen del otro y por la historia que la paciente deseaba vivir.
El diálogo muestra un momento de la sesión muy valioso: el paso de la repetición inconsciente a la conciencia del deseo, de la fantasía al inicio de la aceptación. No hay todavía una resolución, pero sí un punto de inflexión, donde la paciente empieza a reconocer que no volvía por amor, sino por esperanza, y que soltar implica renunciar a una ilusión profundamente arraigada.
Después de esa última frase (“tenía tantas ganas que fuera él…”) se percibe algo esencial. La paciente no está hablando únicamente de una persona concreta, sino de una necesidad afectiva más amplia. Él encarna una promesa: la de ser elegida, sostenida, correspondida. Por eso irse no era posible; irse habría significado aceptar que esa promesa no se cumpliría ahí.
– Déjame que insista en esto que es muy importante. Mira cómo a lo largo del diálogo, no confronto con dureza ni ofrezco soluciones. Mi intervención es siempre ética y muy cuidadosa. Voy ayudado a retirar capas de autoengaño para que sea la propia paciente quien llegue y vea la verdad, la suya. Esto es muy importante, porque no se trata de convencerla de que se vaya, sino de ayudarla a entender por qué no podía hacerlo. Solo desde ahí puede surgir una decisión auténtica, consciente, que pueda aceptar y llevar a cabo.
– Sí, ahora lo veo.
– Hay también un desplazamiento de responsabilidad que se vuelve visible. Al principio, la causa de volver parece externa (“siempre hay algo que me hace volver”). Al final, ese “algo” queda claramente localizado dentro de ella: el deseo, la fantasía, la esperanza de cambio.
– Eso le genera culpa?
– No lo expresa como culpa, eso ha de determinarlo ella y no lo hace. Es más bien un acto de recuperación de la capacidad para decidir. Es decir, si lo que la hacía volver estaba en ella, entonces también en ella está la posibilidad de no volver.
– Ah, ok, ahora lo entiendo. Además, se queda luego tan en silencio…
– El silencio implícito tras “tenía tantas ganas que fuera él” es terapéuticamente crucial. Y debemos siempre respetarlo. Ahí no conviene interpretar más, sino dejar espacio al duelo: duelo por lo que no fue, por el tiempo invertido, por la versión de sí misma que esperó. Ese dolor es necesario; sin él, la repetición se perpetúa.
Este diálogo marca el inicio de una pregunta “más profunda” que aún no se formula, pero que ya está presente: Si no era él, entonces ¿qué necesito realmente?
Y también otra, más desafiante: ¿Qué parte de mí se conformó con la promesa en lugar de la realidad?
En ese sentido, la sesión no trata tanto de una relación fallida como de la construcción del deseo propio. El trabajo terapéutico que seguirá en las próximas sesiones no será “olvidarlo”, sino aprender a no enamorarse de lo que podría ser, sino de lo que es; y, sobre todo, a tolerar la pérdida de la ilusión sin volver a ella para calmar el vacío.
Hay algo muy humano en esta parte del proceso que hemos escuchado y entendido, cuando la fantasía empieza a resquebrajarse no aparece de inmediato el alivio, sino el vacío. Y ese vacío suele asustar más que el dolor conocido.
La paciente no solo se enfrenta a la pérdida del otro, sino a la caída de una “narrativa” que le daba sentido a su espera. Mientras existía la posibilidad de que él cambiara, su sufrimiento tenía una razón; al desaparecer esa posibilidad, emerge la pregunta por sí misma, por su deseo, por su límite.
Para la estudiante, este momento resulta especialmente formativo porque muestra que la terapia no avanza siempre hacia la calma, sino muchas veces hacia una incomodidad necesaria. Acompañar no es rescatar del dolor, sino sostenerlo cuando aparece con verdad. Aprender a tolerar el silencio, la tristeza que no pide respuesta y la emoción que no se puede resolver en ese instante es una de las competencias clínicas más difíciles y valiosas.
También se vuelve evidente cómo la repetición afectiva no es un error que se corrige con voluntad, sino una forma de lealtad interna. Volver una y otra vez no era debilidad, sino fidelidad a una imagen interna y personal del amor, probablemente construida mucho antes de esta relación.
Comprender esto permite mirar el “síntoma” con más compasión y menos juicio, tanto por parte de la paciente como del terapeuta en formación.
Este fragmento de sesión enseña algo fundamental: el cambio no comienza cuando se toma una decisión, sino cuando se renuncia a una ilusión. Y esa renuncia es emocional. Requiere tiempo, elaboración y, sobre todo, permiso para sentir la tristeza sin apresurarse a llenarla con otra esperanza.
Ahí es donde la terapia se vuelve un espacio de transformación real.
Desde una perspectiva terapéutica, este momento marca otro punto delicado: la paciente empieza a separarse no solo del otro, sino de la versión de sí misma que necesitaba creer que el amor podía compensarlo todo. Esa separación es lenta, casi imperceptible, y se da a través de palabras que duelen porque son verdaderas.
Para quien observa, queda claro que el trabajo terapéutico no consiste en señalar caminos, sino en iluminar lo que ya está siendo visto, aunque aún no pueda sostenerse del todo.
Por eso es importante insistir que este “aún tiene que suceder” no es una carencia del proceso, sino su mayor honestidad. La terapia no promete finales rápidos ni certezas inmediatas, pretende algo más “humilde” y más profundo: un espacio donde el deseo pueda dejar de confundirse con la esperanza, y donde la paciente, poco a poco, empiece a preguntarse no a quién amar, sino cómo quiere ser amada.
Y esa pregunta, cuando finalmente pueda formularse, ya no tendrá que ver con él. Tendrá que ver con ella.
En la última sesión de las navidades del año pasado una paciente miró a “Paquito” y dijo “míralo,’parece tan feliz, quisiera ser tan feliz como Paquito”.
Ahora que uno de mis hijos al decorar el árbol rápidamente lo ha llevado para “su” consulta me ha venido a la mente ese instante y la certeza que no existe ninguna vida donde podamos ser felices para siempre. Pretenderlo, buscarlo es condenarnos a ser por más ratitos infelices en esta.
Dedicamos tanto tiempo a intentar y desear que nuestras vidas sean distintas que a veces perdemos la perspectiva de cómo necesitamos todas esas cosas buenas y malas que nos suceden y cuanto nos perdemos en comparaciones con otros, celos y persiguiendo versiones que nos buscamos en nosotros mismos sino en idealizaciones ajenas.
El tiempo de escucha y sesión enseña que somos personas distintas contando dolores parecidos, que la paz no nace de eliminar el malestar (de hecho las más de las veces ese malestar es innato al sentir), sino de dejar de pelear constantemente con él.
La tristeza no es un error del sistema, ni el miedo una señal de debilidad; son respuestas humanas, absolutamente necesarias, que nos señalan lo que importa, lo que queremos y también lo que duele.
En la tristeza hay una pausa obligada, un momento en el que bajamos el ritmo para mirar hacia adentro y reconocer una pérdida, una ausencia o un anhelo no cumplido. Negarla o apresurar su desaparición no la hace desaparecer, solo la vuelve más silenciosa y persistente.
Sentir tristeza es, en muchos sentidos, una forma de conocernos emocionalmente. Nos conecta con nuestra vulnerabilidad y nos recuerda que amar, desear y esperar implica el riesgo de sufrir. A través de ella aprendemos a valorar lo que tuvimos, a despedirnos de lo que ya no está y a comprender mejor nuestras propias necesidades.
He visto cómo sufrimos más por lo que creemos que deberíamos sentir que por lo que realmente sentimos. Qué paradójico. Nos exigimos estar bien, ser fuertes, avanzar rápido, cerrar heridas cuando aún sangran. Siempre con prisas… Y en esa exigencia perdemos la oportunidad de mirarnos y comprendernos.
No todo se supera, y sé que igual no es políticamente correcto que lo diga yo, pero algunas cosas se aprenden a llevar (y punto), y eso también es crecer aunque no se parezca a la idea de superación que nos venden tan a menudo en las redes sociales.
La felicidad no es un estado permanente, “es un instante que aparece cuando dejamos de correr detrás de ella” dijo una paciente, recordando una canción, durante una sesión a principios de año. A veces se manifiesta en lo simple, en aceptar un límite, en poner un “no” a tiempo, en permitirnos descansar sin culpa o simplemente descansar.
Muchas veces pacientes me reflexionan sobre si “vivir bien” es vivir sin problemas y aún ninguno ha podido sostener en sus fueros este planteamiento vital, y casi todos acaban acercándose a ese estilo de vida cuando aprenden a relacionarse con ellos y sus problemas con más amabilidad y cariño.
Eso me lleva a pensar que el verdadero trabajo no tiene que ver con construir una vida perfecta, sino una vida honesta. Una donde podamos ser quienes somos, incluso cuando estamos rotos, confundidos o cansados. Porque al final, no se trata de tenerlo todo claro, sino de seguir caminando con lo que hay y tenemos, sin abandonarnos en el intento.
En consulta he aprendido que la felicidad casi nunca llega como la gente la imagina. No aparece como una meta alcanzada, ni como un estado continuo de bienestar. Llega más bien como un descanso breve entre batallas, como un suspiro profundo después de haber sostenido demasiado tiempo el aire. Y cuando aparece, muchas veces pasa desapercibida porque no se parece al ideal que nos contaron.
Escucho a personas que creen estar fallando porque no se sienten plenas todo el tiempo. Porque aman y aun así dudan. Porque han logrado cosas importantes y, sin embargo, siguen sintiendo un vacío. Y una y otra vez recordamos (y recuerdo) que la felicidad no es la ausencia de conflicto, sino la capacidad de habitarlo sin dejar que nos destruya.
La felicidad real suele estar hecha de decisiones incómodas. Un soltar una relación que todavía se quiere, aceptar un límite propio, renunciar a una versión idealizada de uno mismo o de nuestros padres, un ver a nuestros hijos con sus “imperfecciones”… No siempre se siente bien en el momento, pero con la mirada distinta nos da coherencia. Y la coherencia, aunque no brille, sostiene.
He visto que muchas personas empiezan a sentirse un poco más felices cuando dejan de preguntarse “¿qué me falta?” y comienzan a preguntarse “¿qué me estoy exigiendo de más?”.
Cuando bajan el volumen de la comparación, cuando se permiten ser suficientes sin ser extraordinarios, cuando dejan de dejarse manipular, cuando entienden que estar bien no es estar siempre arriba, sino poder volver a uno mismo cuando se cae. Y desde abajo todo se ve distinto.
Aunque no queramos verlo, la felicidad no se construye evitando el dolor, sino haciendo espacio para él sin que lo ocupe todo. Es poder decir “esto duele” sin pensar “esto arruina mi vida”. Es aprender a vivir con grietas, sin convertirlas en una condena. Aceptar que a veces los días tienen poca luz y aún así a ratitos brillan.
No sé lo que Paquito recordará de tantas horas compartidas. Él sigue ahí, año tras año, con su postura intacta, observador, ajeno a pérdidas, miedos o contradicciones. Y tal vez por eso despierta ternura y también envidia. Porque no cambia, no duda, no se quiebra, al contrario que nosotros. Y en ese quebrarnos, aunque no lo parezca, está la posibilidad de algo mucho más humano que la felicidad anhelada… el sentido.
Nadie viene a consulta a aprender a ser feliz todo el tiempo; vienen a aprender a no abandonarse cuando no lo son. Y eso, aunque no tenga luces de colores ni frases inspiradoras, es un logro enorme.
Quizá por eso estas fechas remueven tanto, porque aún hoy en día muchas personas las sienten como una alegría obligatoria, reuniones perfectas, balances positivos… Y frente a eso, muchos sienten que no están a la altura. Que algo falla en ellos. Cuando en realidad lo que falla es la expectativa. No hay que estar bien en Navidad. Hay que estar, a secas. Como se pueda.
Si Paquito pudiera hablar, seguro no nos diría cómo ser felices, sino algo más sencillo, que dejemos de compararnos con muñecos que no sienten. Que bajemos el listón de la perfección y subamos el de la compasión. Que entendamos que una vida valiosa no es una vida sin dolor, sino una donde el dolor no nos roba del todo.
Y con eso, quizá baste. Sentarnos un momento, respirar, mirar el árbol, aceptar que este año tampoco fue fácil… y aun así seguimos aquí. No radiantes, no completos, no felices para siempre. Pero vivos, sensibles… en camino.
Y tal vez, este año, con eso, es más que suficiente.
Hay textos que no se escriben, se sienten. Nacen en ese espacio silencioso donde dos personas se encuentran sin máscaras, donde la fragilidad se vuelve lenguaje y la esperanza, aunque temblorosa, sigue respirando. Este texto nace de ahí.
Esto que escribo nace del psicólogo que todavía cree que acompañar a alguien en su dolor no es solo escuchar. Es dejarse tocar por lo que ocurre, permitir que su lucha, su manera de sostenerse, despierte algo en ti que quizá creías dormido. Es recordar que todos, alguna vez, hemos necesitado un refugio mental, un lugar donde poder respirar sin que el mundo nos pida nada.
Está publicación nace de una frase que una paciente comparte conmigo durante una sesión: “Si el universo tiene ese plan para mí sucederá. Si ha de pasar debo ser paciente y pasará.”
He escuchado muchas veces esta frase en sesión. Muchísimas. Casi siempre que lo hago me transmite una mezcla de esperanza y rendición, algo así como un ya no sé qué más puedo hacer y lo dejo en manos de lo divino y los astros.
También hay algo profundamente bello en esa confianza que deposita en la vida, como quien se permite descansar mentalmente, desconectar un momento y dejar que el mundo también “haga su parte”, si es que tiene una parte de responsabilidad..
– Permíteme invitarte a mirar esa paciencia no como una espera pasiva, sino como un gesto de amor hacia ti misma. Porque el universo puede tener miles de rutas posibles, pero eres tú quien camina, quien siente, quien elige. A veces el destino se parece más a un diálogo que a un mandato: la vida avanza un paso hacia ti y tú avanzas otro hacia ella.
Yo también he pensado más de una vez que quizá lo que tenga que ser encontrará su camino, pero los años de terapia me enseñan que mientras tanto, mientras el universo se aclara y se alinea contigo, tú también te estás encontrando a ti.
Y en ese encuentro, entre el dichoso universo y uno mismo, es donde suceden las cosas que de verdad transforman.
Cuando escucho esa frase en sesión me siento responsable de ese pensamiento, como cuando cuidaba la ilusión de mis hijos por los Reyes Magos o por el Ratoncito Pérez. Responsable porque en el fondo siento que en esos momentos no necesitan un choque de realidad, no necesitan estrellarse contra la ilusión aún siendo anestésica, sino lo contrario, ayudarles a estar en ese espacio mental, imaginario y seguro donde recuperar fuerzas y decidir qué, cómo y cuándo dar los siguientes pasos, aunque duelan.
Eso de “si ha de pasar, pasará” siento que, más que una convicción, es un pequeño refugio que la mente construye y ofrece para no desbordarnos. Y me conmueve profundamente porque detrás de esa frase hay una persona que está intentando sostenerse como puede, que está reuniendo los fragmentos de calma que le quedan para no romperse del todo. Ese también he sido yo.
Y quizás por eso, cuando la escucho, no me apresuro a desarmarla. No corro a señalarle lo incierto del porvenir ni la importancia de actuar. Porque presiento que, en ese instante, lo que sostiene no es la frase en sí, sino un mensaje hacia sí misma de “no puedo con todo ahora, pero puedo quedarme aquí un momento”. Y en terapia, aprender a quedarse es a veces igual de valioso que aprender a moverse.
Con el tiempo he descubierto que ese espacio imaginario, ese en el que el universo “decide” y uno simplemente respira no es un engaño ni tampoco algo “falso”. Es un intermedio real y necesario. Un intervalo donde el alma coge aire, donde el cuerpo afloja un poco la tensión, donde por fin se permite sentir sin exigencias. Y desde ahí, desde ese descanso íntimo, los pasos que vienen después suelen ser más firmes, más propios, más verdaderos.
La paciencia no es una espera de brazos cruzados. Es un modo suave de prepararse para la vida. Un modo de decirse: “cuando esté lista, cuando mis manos dejen de temblar, volveré a intentarlo”. Y eso, para mí, es una forma inmensa de valentía.
Tal vez el universo tenga un plan, o tal vez no. Pero lo que sí sé es que en esa pausa, en ese silencio cargado de fe y cansancio, la persona empieza a reconstruirse. Empieza a entender que no se trata de abandonar sino de sostenerse, sin castigarse por no poder con todo, regalándose tiempo.
Y cada vez que acompañó a alguien en ese lugar, no siento que esté alimentando una ilusión. Siento que estoy protegiendo un pequeño brote de esperanza, uno que, cuando la persona se sienta fuerte, será la raíz de sus próximos pasos. Siento que conecto profundamente con ese esfuerzo, con ese espacio y también con el dolor que hay tras él.
Siento que vuelvo a noches en las que incluso acostarme me producía un dolor que hacía que me saltaran las lágrimas. Un dolor tan intenso y tan fuerte que cerrar los ojos e intentar relajarme parecía imposible e imposible soportarlo. Y en aquellos momentos necesitaba huir mentalmente, desconectar de mi cuerpo y elevarme, dejarme llevar por la imagen de un Jorge alado que podía elevarse y ver el mundo desde arriba. Un arriba donde no había dolor y desde donde podía ir donde me dictaba el corazón y ver la vida desde un lugar seguro. Allí en las alturas los dúos del sol me sanaban e iluminaba, allí en las alturas creía poder con todo.
Ahí en esa ilusión adormecida y agotada me sentía invencible, curado, sobrenatural y encontraba la calma y la paz para dormir, descansar y llegar al día siguiente.
Una mañana después de una noche de perros y mientras esperaba con mi madre visita de seguimiento en el Hospital de Can Ruti con la Dra Morilas, no sé por qué compartí estas visualizaciones con la hermana de otro paciente de la doctora que luchaba contra el mismo virus que yo y con quien compartí miedos, inyecciones y pastillas de colores. Hubo un momento que bajó la mirada de su heano me cogió la mano y me dijo que tal vez la vida no estaba hecha para ser eterna pero que personas capaces de imaginar así de bonito la hacían infinita.
Meses después, el día del funeral de su hermano cuando nos abrazamos me dijo “Jorge, ahora tienes también sus alas”. Aún hoy estoy en sesión y puedo sentir las 4 alas.
Por eso estas frases en sesión me hacen ver también las alas de quien tengo delante. Siempre se dio vergüenza explicarlo o reconocerlo, a veces escribí sobre aquellas fantasías, me daba miedo que no se entendieran y nunca las publiqué. Ahí siguen escondidas, esperando el momento.
Recordarlo ahora y recordar sesiones como esta me hace tomar conciencia de cuánto estoy de cerca de las personas que acompaño y trato de ayudar, y que yo (como ellos) cuando decimos que dejamos la vida “en manos del universo”, lo cierto es que somos nosotros quienes, silenciosamente, nos estamos preparando para volver a tomarla entre las nuestras.
Inevitablemente me sucede que, mientras alguien intenta no romperse delante de ti, también te recuerda cómo aprendiste tú a no romperte. Y en ese espejo tan humano, tan frágil y tan verdadero, sucede algo que transforma por igual a paciente y terapeuta.
No es la primera vez que he escrito sobre alas, pero es la primera vez que explico por qué y de dónde vienen.
Ahora sabrá, esta paciente y todos los que lo son,han sido y serán, que ese buscar fuerzas para coger la vida entre las manos también lo hice yo, varias veces y no tan bien como lo están haciendo ellos. Qué lujo ser testigo…
Qué lujo seguir imaginándome que algunos tenemos alas.