«Existe un breve momento en la vida en el que te sientes más perdido que nunca. Ese momento es el principio de un encuentro«. Daniela Riviera Zacarías.
Me he quedado mirando un cuadro. Mariposas… manos… y me pidió que pintáramos algo juntos, sentí vergüenza y admiración a partes iguales. Lo primero por mi creencia de no dar el nivel, lo segundo por lo reconfortante que alguien que admiras te pida compartir algo tan personal.
Admiro a las personas que saben pintar y esto sólo se puede entender si te has puesto delante de una hoja en blanco, con tus lápices o pinturas y dejas que tus manos conecten con tu mundo interior, ahí donde se libran las batallas, donde tienes más que perder que ganar y dónde cada línea, cada color… es un rastro de lo que hay dentro de ti.
Tener la hoja de mi viejo bloc en blanco delante me lleva a una sesión donde ella cogió uno de los folios que tenía sobre la mesa, un lápiz y mientras aquellos ojos grandes tenían la mirada ausente empezó a dibujar líneas. A primera vista no tenían sentido. Algunas era feroces e impulsivas, otras suaves, lentas, sinuosas… dejó el centro de la hoja limpia, en blanco…
Su rostro se serenó. Me acerqué ligeramente y fue suficiente para que cambiara el dibujo por las primeras palabras….
–Así estoy por dentro… Hay días que todo es caos, mi vida, mis relaciones, mi trabajo… y no sé qué hacer para poner orden -mientras su mirada volvía a perderse en las líneas que acababa de dibujar.
Me acerqué un poco más, en silencio y mi mirada le decía que estaba allí para ella. Pasaron los minutos y mirando su rostro percibía como por él pasaban todas las sensaciones posibles. Finalmente respiró hondo…
–¿Sabes por qué no he puesto nada en el centro?
– No -dije.
–Iba a poner su nombre -dijo con tono de sorpresa y la voz baja mientras sus ojos se humedecían. Como si la culpa fuera suya, pero en realidad es el mío el que debería poner. Es mi caos! Llevo demasiado escondiéndome en mi caos.
A partir de ese momento cada palabra suya iba acompañada de una nueva línea que poco a poco iba uniendo aquellos trazos exaltados. Y lo que antes parecían muestras de frustración empezó a dejar al descubierto el miedo a perder a la persona que quería, el miedo a que cicatrices del pasado se abrieran, la soledad emocional que se escondía en unos día a día frenéticos y agotadores, sentimientos tan profundos que ni ella había podido ni querido acceder. Aquel desastre inicial tomó forma de un dibujo barroco y de ensueño, lleno de formas increíblemente enlazadas a base de tonalidades y en el centro dibujó un corazón.
Al finalizar la sesión se quedó mirando su dibujo y a mí. Ahora su mirada era limpia y transparente.
– Déjame que te pregunte… coges el dibujo y percibo en tus manos que dudas. Qué deseas hacer con él? -pregunté
– Pensaba que te lo quedarías…
– No… Es tu sesión y es tu dibujo. No me corresponde a mí decidir sobre ella ni sobre él -contesté.
Cogió el folio, lo dobló y lo rompió en decenas de trocitos que dejó sobre mi mesa…
– Siempre has dicho que si quiero cambiar algo he de hacer algo diferente a lo que he hecho, no? Pues punto y aparte. Empecemos con un folio nuevo, en blanco…
Son muchas las emociones que de intensas nos nublan y nos desesperan. Unos escribimos para salir de esa espiral y encontrar el camino, otras personas necesitan encontrar su forma de conectar con la serenidad de un lienzo en blanco y lanzar una recta a la línea de flotación de su inconsciente. En esos momentos nos falta la serenidad para ver más allá y el dibujo desahoga y tiene un increíble poder restaurador. Dibujando aprendí que la espiral nos lleva más hacia atrás que hacia delante y que no hay crecimiento ni evolución sin retroceso.
A menudo nos presionamos pensando que debemos encontrarnos a nosotros mismos y nos negamos el permiso a perdernos. Nadie se encuentra sin haberse perdido muchas veces, dibujado muchas espirales y pasado por muchas curvas… pero reconocerlo es un acto de respecto hacia nosotros mismos y fortaleza interior que nos hace vulnerables. Y la vulnerabilidad es un abrigo pesado de bolsillos llenos de incertidumbre difícil de llevar.
El camino a menudo no es recto pero no olvides que las sonrisas más bellas están dibujadas sobre curvas…
La terapia no empieza cuando se habla en sesión, empieza mucho antes, en todo lo que la persona trae consigo y no sabe todavía cómo decir. Y ahí empezaron a coger voz los pensamientos que poco después ella trajo a sesión y compartió conmigo.
No fue una sesión de diagnóstico ni tampoco de conclusiones cerradas, fue un esfuerzo sincero y emocional de comprender qué se mueve cuando alguien ama con todo y termina creyendo que ese “todo” es el problema.
Y llevábamos media sesión cuando verbalizó:
-Pensaba tonta de mi que la decepción me daría tranquilidad, bueno… al menos otras veces pensaba que había sido así… – se queda pensativa y finalmente suspira.
– Ese suspiro parece decir que esta vez no.
– No, no sé por qué pero este es un palo distinto, o al menos duele más o diferente, no sé… pero es más que decepción.
– Qué hay en ese “más que decepción?
– Lo conocí y por algún motivo me ilusioné, como nunca antes me había pasado por nadie, y no ha hecho nada malo ni… pero supongo que soy tan intensa que nadie me soporta. En el fondo me decepcionó a mí misma, la culpa es de ser intensa.
– Qué supone para ti ser intensa?
– Ser intensa… es sentirlo todo de golpe, a lo bestia. Todo de todo. Es ilusionarme rápido, imaginar, proyectar. Es no saber quedarme en la superficie cuando algo me importa. Es querer de verdad!
-¿Y qué te dices a ti misma cuando eso pasa?
-Que debería frenarme. Que tendría que aprender a no esperar tanto, a no sentir tan hondo. Que si me duele así es porque hice algo mal. Porque fui demasiado yo, porque estoy mal hecha o seguro que algo aquí (señalando su cabeza) no funciona.
-¿Demasiado para quién?
-Para casi todos -responde rápido, muy rapido, sin pensarlo-. Siempre acaba siendo lo mismo. Yo me abro, me muestro y el otro se va quedando atrás… o se va del todo, incluso huye! Vuela! Y entonces pienso lo de siempre, que el problema soy yo.
-¿Y qué sientes ahora, además de decepción?
-Vergüenza -bajito-. Vergüenza de haberme ilusionado tanto. De haber creído que esta vez podía ser distinto. Y tristeza… una tristeza honda, de esas que no se van “con entenderlas”. Y mucha culpa de ser así.
-Parece que no solo duele lo que pasó con él, sino lo que te dices a ti a raíz de eso.
Ella asiente y se emociona. Silencio.
-Sí… tienes razón, porque no es solo perder lo que imaginé con él. Es volver a esa idea de que hay algo en mí que está mal. Que querer así espanta. Que sentir así me deja sola.
—¿Y si, en lugar de preguntarnos qué hay de malo en tu intensidad, nos preguntamos qué necesidad hay detrás de ella?
La pregunta queda flotando. Ella respira hondo, me mira.
-Necesito conexión -dice-. Necesito la conexión de sentirme elegida, sostenida. Necesito que alguien no se asuste cuando me muestro tal cual soy.
-Eso no suena a un defecto -respondo-. Suena a una necesidad.
Se queda en silencio, pero no son momentos incómodos. En absoluto. Vuelve a expresar el cómo se siente y habla no de ese vínculo perdido sino de una herida anterior a él. No es él. No es únicamente esta decepción. Es la historia que ella se cuenta cada vez que algo no funciona. Es ese “soy demasiado, por eso me dejan”. Y ahí, en esa frase, hay mucho más dolor escondido que en el fin mismo de esa relación.
Pienso en cómo ha aprendido a mirarse con dureza. Cómo convirtió su forma de sentir en una culpa, en algo que insiste en que necesita ser corregido. Su intensidad no aparece como un rasgo, sino como una sentencia pendiente de saber cuál es la penitencia.
Me pregunto cuántas veces nadie le devolvió otra lectura posible. Cuántas veces se quedó sola sosteniendo emociones sin que nadie le enseñara que no eran peligrosas, que no hay malo en sentirlas.
No tengo delante mío ni escucho a alguien que ama mal. Escucho a alguien que ama con hambre de vínculo, con deseo de algo real. Intenso sí pero entendido como irrompible, esa clase de amor que salta contigo desde cualquier altura.
Veo a alguien que se ilusiona porque está viva, no porque sea ingenua. Alguien que quiere creer. Ella traduce esa vitalidad en defecto, porque el dolor se vuelve más tolerable si cree que tiene una explicación que depende de ella.
La pregunta es ¿demasiado para quién? ¿En qué espacios su forma de sentir no sería un exceso, sino un “lenguaje compartido”?
Qué triste sería si lo que tiene que aprender es a no ilusionarse. Su tarea, si alguna hay, será diferenciar cuándo su intensidad es una expresión auténtica y cuándo se convierte en una exigencia hacia sí misma para ser elegida.
La mía será recordarle, una y otra vez si hace falta, que no está rota, que el dolor no demuestra un fallo, sino un anhelo.Quizá este proceso no vaya de enseñarle a sentir menos, sino de ayudarla a dejar de atacarse por sentir así. Y eso ya es un enorme alivio para ella.
La veo frágil, pero no débil. Su dolor es genuino, no exagera. Y pienso en cómo la intensidad, cuando no es sostenida, acaba volviéndose contra uno mismo. No porque esté mal sentir así, sino porque nadie enseñó qué hacer con tanto.
Me pregunto qué lugar ha ocupado ella en sus vínculos, si el de la que se adapta, la que espera, la que se esfuerza por no incomodar… Si su intensidad ha sido siempre una forma de ir hacia el otro, incluso a costa de dejarse un poco atrás. Tal vez por eso ahora duele distinto. Porque no solo perdió una ilusión, perdió también una parte de sí que había puesto ahí con esperanza.
Siento que es importante ayudarla a separar dos cosas que ahora están enredadas: el rechazo y el valor personal. Que alguien no pueda o no sepa quedarse no convierte su manera de amar en un error. A veces simplemente no hubo el mismo ritmo, la misma profundidad, el mismo momento vital. Pero ella lo vive como un veredicto sobre quién es.
Mi tarea será ofrecerle un espacio donde no tenga que traducirse, donde no sea “demasiado”. Donde su intensidad pueda existir sin ser cuestionada. Porque puede suceder, que antes de encontrar a alguien que la sostenga en una relación, necesita experimentar que su mundo interno puede ser acompañado sin prisa, sin miedo.
Ojalá este proceso la ayude a que esta decepción no se convierta en otra prueba contra sí misma. Que pueda empezar a sostener la idea de que su intensidad no fue el problema, sino una parte honesta de cómo se vinculó. Y que eso, en sí mismo, no merece castigo.
Confío en que, con el tiempo, aprenderá a mirarse con la misma delicadeza con la que ama. A elegir espacios y personas donde no tenga que achicarse para permanecer. Y que cuando vuelva a ilusionarse no lo viva como una amenaza, sino como una señal de vida.
Ahí, quizás, empiece una forma distinta de estar en el mundo, menos defensiva y más fiel a sí misma.
Al despedirse me ha dicho “pídele al 2026 mucho amor… y que un poquito sea para mi”. Pediremos un 2026 con amor… para ella y para todos.
La ansiedad no escucha razones, se instala en el pecho y habla con propia voz. A veces por la izquierda con la voz bajita, otras por la derecha a gritos e insolente.
Ésta podría ser una historia más sobre una persona que sufre ansiedad. Podría pero no, no lo es. Me ha pedido que la explique… “Bueno, pero solo si te apetece o si te sale hacerlo”. Así que lo intento y al ponerme creo que voy a añadir poco porque lo importante lo dice todo ella.
Aquel primer día llegó superada, con las emociones a flor de piel. Bastaba mirarla para también poder sentirlas. Se sentó y casi sin pausa…
– En el fondo eso es por lo que estoy aquí. Quisiera no ser la persona que soy, quisiera ser distinta… de otra forma. Llego a odiarme cuando le doy importancia a cosas que a nadie le importan, siempre dándole vueltas a todo y otros son felices, no piensan, les da igual. Si pasa pasa y si no pues nada, yo no. No puedo, no aguanto más siendo yo. De qué me sirve sentir cosas que están fuera de mi control.
Cuando no puedo dormir, cuando doy vueltas y vueltas me pregunto en qué momento aprendí a vigilarme tanto, a anticipar cada posible error como si fuera una catástrofe anunciada. Vaya mierda de vida Jorge.
Vivo cansada de estar alerta, de traducir cada gesto, cada silencio, como si escondiera una amenaza. Sé que exagero, me lo digo, sé que como todos lo piensan pero no sé cómo apagarla.
A veces pienso que sentir tanto es una forma de castigo. Como si hubiera algo defectuoso en mí que no supo endurecerse a tiempo. Quisiera apagar el ruido, dejar de analizarme como si fuera un problema, como si toda yo fuera un problema.
Quisiera descansar de mí misma, aunque sea un rato… desaparecer. Mi regalo de Reyes sería saber cómo se siente estar en paz sin tener que ganársela, sin tener que justificarla, ni imaginarla.
Qué mierda, qué triste vivir así…
Por eso vengo. Porque estoy agotada de pelear conmigo, porque no sé cómo soltar este miedo. Y porque, aunque me cueste decirlo, una parte de mí todavía espera que no todo en mí esté mal…
– Seguro que no está “todo” mal -le he dicho-. Mientras te escuchaba sentía que tal vez no necesitas ser otra persona, tal vez un primer paso sea ayudarte a no verte como un enemigo.
– Siempre he sentido justo eso, que soy mi peor enemigo, que lo llevo dentro. Como un diablo que nunca descansa, que se alimenta de mi misma…
Un año y medio.
De esta sesión se cumple un año y medio. Estos días hemos empezado a dibujar el final del proceso. Hoy la hemos escuchado juntos para poder anclar el recorrido a través de todos estos meses.
Mientras la escuchábamos la miraba. La recordaba aquella sesión y la veo ahora, con la espalda algo más erguida, respirando… sin pedir permiso. Pienso la fuerza que hace falta para pedir ayuda, la valentía silenciosa de quedarse cuando lo más tentador es huir aún sabiendo que la angustia huye contigo.
La admiro. Desde mi lugar siento admiración por ella, por haber dejado de tratarse como un campo de batalla. Aún se le humeden los ojos al oírse, pero ya no hay desprecio en su mirada. Hay tristeza, sí, pero también ternura, es como mirar a quien se reconoce después de mucho tiempo evitándose.
Ella se escuchaba en silencio. A mi duele todavía escucharla. Nadie le había enseñado a no vigilarse, a no exigirse tanto. Para ella sobrevivir había sido su forma de estar en el mundo y su ansiedad no era un defecto, sino la única estrategia que conocía de “sobrevivir” a él.
-Escucharme así Jorge… -dijo al fin- me duele, aún me duele, pero hace meses me habría insultado por decir todo eso. Hoy pienso que no podía más y que… estaba haciendo lo que podía.
Asentí despacio.
Hay momentos en terapia en los que no hace falta interpretar nada. Solo sostener. Ser testigo de ese instante exacto en el que alguien deja de pelearse consigo mismo, aunque sea por segundos.
– Tal vez -respondí- no se trataba de callar esa voz, sino de dejar de creerle todo.
Sonrió apenas y preguntó:
– Siempre has confiado en mí verdad?
– Sí, siempre he tenido confianza en ti.
No dije nada más. No hacía falta. En esa pregunta y en esa respuesta también hay algo que se está cerrando con cuidado. No porque todo esté resuelto, sino porque ya no necesitaba pruebas constantes de su valor. La confianza ya no viene solo de fuera, ahora también desde dentro.
Pienso que el final de un proceso no es una despedida “limpia”, sino un gesto interno, un dejar de mirarse únicamente desde la herida.
Seguirá habiendo ansiedad, días difíciles, viejos reflejos. Pero ahora hay algo distinto: la posibilidad de detenerse antes del golpe, de hablarse con menos dureza, de no abandonarse en mitad del miedo y sobre todo de dejar de mirarse desde la herida.
En aquella sesión de hace unos días ella me confesó tener miedo a lluvia. Hasta aquel instante no lo sabía, no lo había compartido ni podía presuponerlo.
Habíamos comenzado tan solo unos minutos antes de que el sonido de las gotas cayendo con rabia contra el edificio y los truenos resonara en la consulta.
Se puso las manos en la cara y entre lágrimas me dijo “no puedo seguir, no puedo seguir”. Se levantó de la butaca y se sentó en la alfombra, buscando seguridad en el suelo.
No hice nada por evitarlo.
Me acerqué despacio, cuidando que cada movimiento no se sintiera como otra amenaza. Me senté cerca de ella, cuidando el espacio. No intenté levantarla. No le pedí que hablara. Me esforzaba en estar tranquilo para ella, en mi mente resonaba un “estoy aquí”.
Pasados unos minutos pareció recuperar cierto control y verbalizó:.
– Cuando llueve… vuelvo allí -susurró-. Siempre vuelve.
No pregunté dónde. Sabía que ese lugar no tenía coordenadas, solo sensaciones. Mantuve la distancia al tiempo que la cercanía, me senté más cómodamente como una forma de decir que podía seguir allí si le daba seguridad.
Entonces empezó a sentir lo que parecía un ataque de ansiedad. Le pedí que apoyara la espalda contra la pared, que sintiera su firmeza y contamos juntos cinco cosas que veía, cuatro que podía tocar, tres sonidos… la lluvia fue el tercero.
Al nombrarlo levantó la vista y me preguntó:
– No vas a decirme que me levante?
– No, no voy a hacerlo. No lo he hecho y no lo haré
– Nunca me lo habían permitido… tener miedo a esto, ni estar en una esquina, un lugar seguro… Siempre me dicen que exageraba, que exagero, que soy una exagerada.
– Hoy y ahora ves que es distinto.
Me asintió con la cabeza y ofreció su mano. La cogí. Ese gesto, tan sencillo, era una forma de coger fuerza.
-No sé si puedo explicarlo -dijo al fin-. Cuando empiezo, siento que me pierdo, me bloqueo, me aterra… pensarás que estoy loca.
-Entonces no hace falta empezar a explicarlo -respondí. Podemos ir despacio. Tú marcas hasta dónde, tú decides cuando es el momento y qué traes a sesión.
La lluvia seguía cayendo, los truenos aún aparecían de vez en cuando, como recordatorios. Cada uno le tensaba el cuerpo, pero ya no se derrumbaba. Se llevaba la mano libre al pecho, notando el latido, como comprobando que seguía allí.
-Era pequeña -dijo de pronto-. Y nadie venía.
No añadió nada más. No hizo falta. Dejé que ese silencio tuviera espacio, que no se llenara con explicaciones ni con prisa. A veces lo más terapéutico es no tapar el vacío.
-Me da rabia -confesó-. Qué rabia que algo así todavía pueda conmigo. Nunca he podido hablar de ello Jorge, nadie lo sabe, nadie. Todos estos años pensando que me olvidaría y mi mente borraría aquello, hasta que llega la lluvia, los truenos…
Apretó mi mano un segundo más y luego la soltó, no como un rechazo, sino como quien ya puede sostenerse un poco sola. Se incorporó con cuidado y volvió a sentarse en la butaca, sin que yo se lo pidiera. Ese movimiento fue suyo, y lo respeté.
-Creo que es la hora Jorge. No quiero hacer esperar a nadie -dijo.
– Quieres dejarlo aquí? Si lo deseas está bien, si quieres seguir podemos hacerlo.
– Gracias, hoy ha sido muy… intenso. Podemos comenzar la siguiente desde aquí?
– Claro, es tu proceso. Tú mandas.
Antes de irse, se detuvo en la puerta.
-Gracias por no sacarme de ahí -me dijo-. Por no decirme que me calmara.
Nos abrazamos al despedirnos.
Al cerrar la puerta pensé que en aquella sesión no habíamos “tratado” un miedo. Habíamos hecho algo más básico, permitir que existiera.
Dejarlo surgir, hacerlo visible y sobretodo reconocerlo sin desmentirlo.
Qué fácil habría sido hacer otra cosa, pedirle que se levantara, que respirara hondo, que “volviera al presente”. Cuántas veces, con buena intención, se empuja a alguien fuera de su miedo sin preguntarle si tiene a dónde ir.
Acompañarla ese día no fue una técnica brillante ni una intervención compleja. Fue sostener mi propia incomodidad. Confiar en que no hacer nada, no corregir, no apresurar, no explicar y aceptar que eso también es una forma de hacer. Una de las más difíciles.
Recordar ahora mientras llueve aquella sesión me recuerda que el trauma no es el recuerdo, sino la soledad en la que ocurrió. A veces, lo que sana no es entender lo que pasó, sino vivir algo distinto en el mismo lugar emocional donde antes no hubo nadie.
Como terapeuta, uno aprende a escuchar palabras, pero días como ese me recuerdan que también hay que escuchar el cuerpo, el silencio, la elección de sentarse en el suelo o de ofrecer una mano. Ahí también hay un lenguaje, y suele ser el más honesto. De eso sabe mucho mi buen amigo Marco Areddu, pensé en cómo lo habría gestionado él.
No sé qué hará la lluvia la próxima vez que venga a sesión. Sé que el miedo seguirá apareciendo, pero ahora existe una experiencia nueva a la que podrá volver: la de no ser cuestionada, la de no tener que demostrar que su miedo es legítimo.
Y para mí quedó otra certeza, sencilla y evidente: los psicólogos no siempre somos quienes quitan el dolor. A veces somos quienes se quedan. Y quedarse, cuando alguien tiembla, es mucho.
Esta publicación se adentra en una sesión de aprendizaje clínico donde un terapeuta y una estudiante en prácticas revisan, paso a paso, un fragmento de terapia. A través de la escucha compartida, se muestra cómo una intervención mínima puede abrir comprensiones profundas. Es una invitación a observar cómo se piensa desde la sesión y la reflexión.
El texto no es la transcripción de una sesión, sino la elaboración posterior de un momento clínico significativo. Un fragmento de diálogo que, al ser revisado con distancia y en compañía, revela capas de sentido que en el instante mismo paciente y estudiante apenas podían ver. En terapia, hay palabras que pasan casi desapercibidas cuando se dicen, pero que si son escuchadas activamente muestran con claridad el conflicto que las sostiene.
Esta reflexión nace del trabajo compartido entre un terapeuta y una estudiante en prácticas, a partir de la escucha atenta de una sesión grabada. El ejercicio no es evaluar a la paciente ni juzgar sus decisiones, sino comprender la lógica emocional que las mueve. La supervisión se convierte aquí en un espacio de aprendizaje donde el pensamiento se va construyendo a través de preguntas, pausas y observaciones cuidadosas.
El fragmento elegido condensa un conflicto afectivo frecuente: la dificultad de separarse de un vínculo que duele, no tanto por lo que es, sino por lo que podría haber sido. Lo que se pone en juego no es únicamente una relación concreta, sino la relación de la paciente con su deseo, con su esperanza y con la renuncia que implica aceptar la realidad del otro.
El objetivo no es ofrecer respuestas cerradas ni interpretaciones definitivas, sino mostrar cómo, a través de intervenciones mínimas y silencios sostenidos, la terapia puede abrir un espacio de conciencia. Un espacio donde lo repetido empieza a pensarse, lo imaginado empieza a reconocerse y lo imposible comienza, lentamente, a doler.
El trocito de sesión que escucho con una estudiante en prácticas es el siguiente.
– Ni importa cuántas veces intento irme, alejarme… Siempre vuelvo, siempre hay algo que me hace volver -dice la paciente.
– En alguna de esas veces realmente querías irte? -pregunto yo.
– No, si soy sincera no, en ninguna de ellas
– Siempre que volvías era por lo mismo? Sabes qué es ese algo que te hacía volver?
– Sí, pero cada vez que volvía me daba cuenta de que eso que creía ver no existía que… que…
– … que lo imaginabas? ¿Qué querías ver?
– Sí… que con el tiempo tal vez podría, si quería… no sé, cambiar
– Y si cambiaba…
– Si cambiaba no tendría que irme… tenía tantas ganas que fuera él…
Días más tarde me encuentro escuchando la sesión con una estudiante de Psicología y llegado a este punto de la sesión me pide parar la grabación.
– Me parece que aquí, justo aquí han pasado muchas cosas -me dice.
– Cierto, muy bien. Este diálogo refleja un conflicto afectivo profundo, y es potente precisamente por lo que se dice… y por lo que le cuesta decir.
Le explico cómo la paciente comienza señalando un patrón repetitivo: irse y volver. No habla de un hecho aislado, sino de una dinámica que se repite, lo que ya sugiere una relación marcada por la ambivalencia.
– No me he dado cuenta hasta ahora que lo dices. ¿Podemos volver a escuchar esta parte?
– Sí claro (volvemos a escucharla). Como terapeutas hemos de ser cuidadosos y controlar hasta dónde queremos ir cuando intervenimos. Aquí con una intervención breve pero muy precisa, no me quedo en el comportamiento (“volver”), sino que voy al deseo real: ¿alguna vez querías irte de verdad? Esa pregunta desmonta la narrativa defensiva del “lo intenté” y pone a la paciente frente a su “verdad emocional”.
– Ella responde en ese sentido…
– Sí, así es. La respuesta es clave: “No, si soy sincera no, en ninguna de ellas”. Aquí aparece una toma de conciencia. No era incapacidad para irse, era imposibilidad subjetiva, porque el deseo no estaba ahí. Esto desplaza la culpa del “no pude” al terreno más doloroso del “no quise”.
Cuando pregunto si sabía qué la hacía volver, la paciente reconoce algo todavía más profundo: no volvía por algo real, sino por algo imaginado, proyectado. Fíjate en cómo cambia la forma de expresarse. El diálogo se quiebra en balbuceos, silencios y repeticiones (“que… que…”) que muestran la dificultad de aceptar esta idea: no volvía a una realidad, sino a una esperanza.
Volvamos a escucharlo para que lo veas.
– Sí por favor.
Escuchamos de nuevo ese trocito de sesión y paramos otra vez.
– Sigamos. Cuando complemento la frase (“¿que lo imaginabas? ¿qué querías ver?”), cuido mucho de no interpretar de forma invasiva, sino que acompaño su verdad, esa que ya estaba emergiendo. Esto permite que la paciente nombre el núcleo del conflicto.
– Cuál es entonces la base del conflicto?
– El núcleo es la fantasía de que el otro pudiera cambiar si ella quería lo suficiente. Aquí se revela un deseo omnipotente, muy común en vínculos de dependencia emocional: creer que el amor propio puede transformar al otro.
Sigo explicándole que la última frase (“tenía tantas ganas que fuera él…”) es especialmente significativa. No habla de amor al otro tal como es, sino del dolor de renunciar a la idea de que ese fuera el vínculo esperado. Es un duelo, tal cual, no solo por la relación, sino por la imagen del otro y por la historia que la paciente deseaba vivir.
El diálogo muestra un momento de la sesión muy valioso: el paso de la repetición inconsciente a la conciencia del deseo, de la fantasía al inicio de la aceptación. No hay todavía una resolución, pero sí un punto de inflexión, donde la paciente empieza a reconocer que no volvía por amor, sino por esperanza, y que soltar implica renunciar a una ilusión profundamente arraigada.
Después de esa última frase (“tenía tantas ganas que fuera él…”) se percibe algo esencial. La paciente no está hablando únicamente de una persona concreta, sino de una necesidad afectiva más amplia. Él encarna una promesa: la de ser elegida, sostenida, correspondida. Por eso irse no era posible; irse habría significado aceptar que esa promesa no se cumpliría ahí.
– Déjame que insista en esto que es muy importante. Mira cómo a lo largo del diálogo, no confronto con dureza ni ofrezco soluciones. Mi intervención es siempre ética y muy cuidadosa. Voy ayudado a retirar capas de autoengaño para que sea la propia paciente quien llegue y vea la verdad, la suya. Esto es muy importante, porque no se trata de convencerla de que se vaya, sino de ayudarla a entender por qué no podía hacerlo. Solo desde ahí puede surgir una decisión auténtica, consciente, que pueda aceptar y llevar a cabo.
– Sí, ahora lo veo.
– Hay también un desplazamiento de responsabilidad que se vuelve visible. Al principio, la causa de volver parece externa (“siempre hay algo que me hace volver”). Al final, ese “algo” queda claramente localizado dentro de ella: el deseo, la fantasía, la esperanza de cambio.
– Eso le genera culpa?
– No lo expresa como culpa, eso ha de determinarlo ella y no lo hace. Es más bien un acto de recuperación de la capacidad para decidir. Es decir, si lo que la hacía volver estaba en ella, entonces también en ella está la posibilidad de no volver.
– Ah, ok, ahora lo entiendo. Además, se queda luego tan en silencio…
– El silencio implícito tras “tenía tantas ganas que fuera él” es terapéuticamente crucial. Y debemos siempre respetarlo. Ahí no conviene interpretar más, sino dejar espacio al duelo: duelo por lo que no fue, por el tiempo invertido, por la versión de sí misma que esperó. Ese dolor es necesario; sin él, la repetición se perpetúa.
Este diálogo marca el inicio de una pregunta “más profunda” que aún no se formula, pero que ya está presente: Si no era él, entonces ¿qué necesito realmente?
Y también otra, más desafiante: ¿Qué parte de mí se conformó con la promesa en lugar de la realidad?
En ese sentido, la sesión no trata tanto de una relación fallida como de la construcción del deseo propio. El trabajo terapéutico que seguirá en las próximas sesiones no será “olvidarlo”, sino aprender a no enamorarse de lo que podría ser, sino de lo que es; y, sobre todo, a tolerar la pérdida de la ilusión sin volver a ella para calmar el vacío.
Hay algo muy humano en esta parte del proceso que hemos escuchado y entendido, cuando la fantasía empieza a resquebrajarse no aparece de inmediato el alivio, sino el vacío. Y ese vacío suele asustar más que el dolor conocido.
La paciente no solo se enfrenta a la pérdida del otro, sino a la caída de una “narrativa” que le daba sentido a su espera. Mientras existía la posibilidad de que él cambiara, su sufrimiento tenía una razón; al desaparecer esa posibilidad, emerge la pregunta por sí misma, por su deseo, por su límite.
Para la estudiante, este momento resulta especialmente formativo porque muestra que la terapia no avanza siempre hacia la calma, sino muchas veces hacia una incomodidad necesaria. Acompañar no es rescatar del dolor, sino sostenerlo cuando aparece con verdad. Aprender a tolerar el silencio, la tristeza que no pide respuesta y la emoción que no se puede resolver en ese instante es una de las competencias clínicas más difíciles y valiosas.
También se vuelve evidente cómo la repetición afectiva no es un error que se corrige con voluntad, sino una forma de lealtad interna. Volver una y otra vez no era debilidad, sino fidelidad a una imagen interna y personal del amor, probablemente construida mucho antes de esta relación.
Comprender esto permite mirar el “síntoma” con más compasión y menos juicio, tanto por parte de la paciente como del terapeuta en formación.
Este fragmento de sesión enseña algo fundamental: el cambio no comienza cuando se toma una decisión, sino cuando se renuncia a una ilusión. Y esa renuncia es emocional. Requiere tiempo, elaboración y, sobre todo, permiso para sentir la tristeza sin apresurarse a llenarla con otra esperanza.
Ahí es donde la terapia se vuelve un espacio de transformación real.
Desde una perspectiva terapéutica, este momento marca otro punto delicado: la paciente empieza a separarse no solo del otro, sino de la versión de sí misma que necesitaba creer que el amor podía compensarlo todo. Esa separación es lenta, casi imperceptible, y se da a través de palabras que duelen porque son verdaderas.
Para quien observa, queda claro que el trabajo terapéutico no consiste en señalar caminos, sino en iluminar lo que ya está siendo visto, aunque aún no pueda sostenerse del todo.
Por eso es importante insistir que este “aún tiene que suceder” no es una carencia del proceso, sino su mayor honestidad. La terapia no promete finales rápidos ni certezas inmediatas, pretende algo más “humilde” y más profundo: un espacio donde el deseo pueda dejar de confundirse con la esperanza, y donde la paciente, poco a poco, empiece a preguntarse no a quién amar, sino cómo quiere ser amada.
Y esa pregunta, cuando finalmente pueda formularse, ya no tendrá que ver con él. Tendrá que ver con ella.
En la última sesión de las navidades del año pasado una paciente miró a “Paquito” y dijo “míralo,’parece tan feliz, quisiera ser tan feliz como Paquito”.
Ahora que uno de mis hijos al decorar el árbol rápidamente lo ha llevado para “su” consulta me ha venido a la mente ese instante y la certeza que no existe ninguna vida donde podamos ser felices para siempre. Pretenderlo, buscarlo es condenarnos a ser por más ratitos infelices en esta.
Dedicamos tanto tiempo a intentar y desear que nuestras vidas sean distintas que a veces perdemos la perspectiva de cómo necesitamos todas esas cosas buenas y malas que nos suceden y cuanto nos perdemos en comparaciones con otros, celos y persiguiendo versiones que nos buscamos en nosotros mismos sino en idealizaciones ajenas.
El tiempo de escucha y sesión enseña que somos personas distintas contando dolores parecidos, que la paz no nace de eliminar el malestar (de hecho las más de las veces ese malestar es innato al sentir), sino de dejar de pelear constantemente con él.
La tristeza no es un error del sistema, ni el miedo una señal de debilidad; son respuestas humanas, absolutamente necesarias, que nos señalan lo que importa, lo que queremos y también lo que duele.
En la tristeza hay una pausa obligada, un momento en el que bajamos el ritmo para mirar hacia adentro y reconocer una pérdida, una ausencia o un anhelo no cumplido. Negarla o apresurar su desaparición no la hace desaparecer, solo la vuelve más silenciosa y persistente.
Sentir tristeza es, en muchos sentidos, una forma de conocernos emocionalmente. Nos conecta con nuestra vulnerabilidad y nos recuerda que amar, desear y esperar implica el riesgo de sufrir. A través de ella aprendemos a valorar lo que tuvimos, a despedirnos de lo que ya no está y a comprender mejor nuestras propias necesidades.
He visto cómo sufrimos más por lo que creemos que deberíamos sentir que por lo que realmente sentimos. Qué paradójico. Nos exigimos estar bien, ser fuertes, avanzar rápido, cerrar heridas cuando aún sangran. Siempre con prisas… Y en esa exigencia perdemos la oportunidad de mirarnos y comprendernos.
No todo se supera, y sé que igual no es políticamente correcto que lo diga yo, pero algunas cosas se aprenden a llevar (y punto), y eso también es crecer aunque no se parezca a la idea de superación que nos venden tan a menudo en las redes sociales.
La felicidad no es un estado permanente, “es un instante que aparece cuando dejamos de correr detrás de ella” dijo una paciente, recordando una canción, durante una sesión a principios de año. A veces se manifiesta en lo simple, en aceptar un límite, en poner un “no” a tiempo, en permitirnos descansar sin culpa o simplemente descansar.
Muchas veces pacientes me reflexionan sobre si “vivir bien” es vivir sin problemas y aún ninguno ha podido sostener en sus fueros este planteamiento vital, y casi todos acaban acercándose a ese estilo de vida cuando aprenden a relacionarse con ellos y sus problemas con más amabilidad y cariño.
Eso me lleva a pensar que el verdadero trabajo no tiene que ver con construir una vida perfecta, sino una vida honesta. Una donde podamos ser quienes somos, incluso cuando estamos rotos, confundidos o cansados. Porque al final, no se trata de tenerlo todo claro, sino de seguir caminando con lo que hay y tenemos, sin abandonarnos en el intento.
En consulta he aprendido que la felicidad casi nunca llega como la gente la imagina. No aparece como una meta alcanzada, ni como un estado continuo de bienestar. Llega más bien como un descanso breve entre batallas, como un suspiro profundo después de haber sostenido demasiado tiempo el aire. Y cuando aparece, muchas veces pasa desapercibida porque no se parece al ideal que nos contaron.
Escucho a personas que creen estar fallando porque no se sienten plenas todo el tiempo. Porque aman y aun así dudan. Porque han logrado cosas importantes y, sin embargo, siguen sintiendo un vacío. Y una y otra vez recordamos (y recuerdo) que la felicidad no es la ausencia de conflicto, sino la capacidad de habitarlo sin dejar que nos destruya.
La felicidad real suele estar hecha de decisiones incómodas. Un soltar una relación que todavía se quiere, aceptar un límite propio, renunciar a una versión idealizada de uno mismo o de nuestros padres, un ver a nuestros hijos con sus “imperfecciones”… No siempre se siente bien en el momento, pero con la mirada distinta nos da coherencia. Y la coherencia, aunque no brille, sostiene.
He visto que muchas personas empiezan a sentirse un poco más felices cuando dejan de preguntarse “¿qué me falta?” y comienzan a preguntarse “¿qué me estoy exigiendo de más?”.
Cuando bajan el volumen de la comparación, cuando se permiten ser suficientes sin ser extraordinarios, cuando dejan de dejarse manipular, cuando entienden que estar bien no es estar siempre arriba, sino poder volver a uno mismo cuando se cae. Y desde abajo todo se ve distinto.
Aunque no queramos verlo, la felicidad no se construye evitando el dolor, sino haciendo espacio para él sin que lo ocupe todo. Es poder decir “esto duele” sin pensar “esto arruina mi vida”. Es aprender a vivir con grietas, sin convertirlas en una condena. Aceptar que a veces los días tienen poca luz y aún así a ratitos brillan.
No sé lo que Paquito recordará de tantas horas compartidas. Él sigue ahí, año tras año, con su postura intacta, observador, ajeno a pérdidas, miedos o contradicciones. Y tal vez por eso despierta ternura y también envidia. Porque no cambia, no duda, no se quiebra, al contrario que nosotros. Y en ese quebrarnos, aunque no lo parezca, está la posibilidad de algo mucho más humano que la felicidad anhelada… el sentido.
Nadie viene a consulta a aprender a ser feliz todo el tiempo; vienen a aprender a no abandonarse cuando no lo son. Y eso, aunque no tenga luces de colores ni frases inspiradoras, es un logro enorme.
Quizá por eso estas fechas remueven tanto, porque aún hoy en día muchas personas las sienten como una alegría obligatoria, reuniones perfectas, balances positivos… Y frente a eso, muchos sienten que no están a la altura. Que algo falla en ellos. Cuando en realidad lo que falla es la expectativa. No hay que estar bien en Navidad. Hay que estar, a secas. Como se pueda.
Si Paquito pudiera hablar, seguro no nos diría cómo ser felices, sino algo más sencillo, que dejemos de compararnos con muñecos que no sienten. Que bajemos el listón de la perfección y subamos el de la compasión. Que entendamos que una vida valiosa no es una vida sin dolor, sino una donde el dolor no nos roba del todo.
Y con eso, quizá baste. Sentarnos un momento, respirar, mirar el árbol, aceptar que este año tampoco fue fácil… y aun así seguimos aquí. No radiantes, no completos, no felices para siempre. Pero vivos, sensibles… en camino.
Y tal vez, este año, con eso, es más que suficiente.
Hay textos que no se escriben, se sienten. Nacen en ese espacio silencioso donde dos personas se encuentran sin máscaras, donde la fragilidad se vuelve lenguaje y la esperanza, aunque temblorosa, sigue respirando. Este texto nace de ahí.
Esto que escribo nace del psicólogo que todavía cree que acompañar a alguien en su dolor no es solo escuchar. Es dejarse tocar por lo que ocurre, permitir que su lucha, su manera de sostenerse, despierte algo en ti que quizá creías dormido. Es recordar que todos, alguna vez, hemos necesitado un refugio mental, un lugar donde poder respirar sin que el mundo nos pida nada.
Está publicación nace de una frase que una paciente comparte conmigo durante una sesión: “Si el universo tiene ese plan para mí sucederá. Si ha de pasar debo ser paciente y pasará.”
He escuchado muchas veces esta frase en sesión. Muchísimas. Casi siempre que lo hago me transmite una mezcla de esperanza y rendición, algo así como un ya no sé qué más puedo hacer y lo dejo en manos de lo divino y los astros.
También hay algo profundamente bello en esa confianza que deposita en la vida, como quien se permite descansar mentalmente, desconectar un momento y dejar que el mundo también “haga su parte”, si es que tiene una parte de responsabilidad..
– Permíteme invitarte a mirar esa paciencia no como una espera pasiva, sino como un gesto de amor hacia ti misma. Porque el universo puede tener miles de rutas posibles, pero eres tú quien camina, quien siente, quien elige. A veces el destino se parece más a un diálogo que a un mandato: la vida avanza un paso hacia ti y tú avanzas otro hacia ella.
Yo también he pensado más de una vez que quizá lo que tenga que ser encontrará su camino, pero los años de terapia me enseñan que mientras tanto, mientras el universo se aclara y se alinea contigo, tú también te estás encontrando a ti.
Y en ese encuentro, entre el dichoso universo y uno mismo, es donde suceden las cosas que de verdad transforman.
Cuando escucho esa frase en sesión me siento responsable de ese pensamiento, como cuando cuidaba la ilusión de mis hijos por los Reyes Magos o por el Ratoncito Pérez. Responsable porque en el fondo siento que en esos momentos no necesitan un choque de realidad, no necesitan estrellarse contra la ilusión aún siendo anestésica, sino lo contrario, ayudarles a estar en ese espacio mental, imaginario y seguro donde recuperar fuerzas y decidir qué, cómo y cuándo dar los siguientes pasos, aunque duelan.
Eso de “si ha de pasar, pasará” siento que, más que una convicción, es un pequeño refugio que la mente construye y ofrece para no desbordarnos. Y me conmueve profundamente porque detrás de esa frase hay una persona que está intentando sostenerse como puede, que está reuniendo los fragmentos de calma que le quedan para no romperse del todo. Ese también he sido yo.
Y quizás por eso, cuando la escucho, no me apresuro a desarmarla. No corro a señalarle lo incierto del porvenir ni la importancia de actuar. Porque presiento que, en ese instante, lo que sostiene no es la frase en sí, sino un mensaje hacia sí misma de “no puedo con todo ahora, pero puedo quedarme aquí un momento”. Y en terapia, aprender a quedarse es a veces igual de valioso que aprender a moverse.
Con el tiempo he descubierto que ese espacio imaginario, ese en el que el universo “decide” y uno simplemente respira no es un engaño ni tampoco algo “falso”. Es un intermedio real y necesario. Un intervalo donde el alma coge aire, donde el cuerpo afloja un poco la tensión, donde por fin se permite sentir sin exigencias. Y desde ahí, desde ese descanso íntimo, los pasos que vienen después suelen ser más firmes, más propios, más verdaderos.
La paciencia no es una espera de brazos cruzados. Es un modo suave de prepararse para la vida. Un modo de decirse: “cuando esté lista, cuando mis manos dejen de temblar, volveré a intentarlo”. Y eso, para mí, es una forma inmensa de valentía.
Tal vez el universo tenga un plan, o tal vez no. Pero lo que sí sé es que en esa pausa, en ese silencio cargado de fe y cansancio, la persona empieza a reconstruirse. Empieza a entender que no se trata de abandonar sino de sostenerse, sin castigarse por no poder con todo, regalándose tiempo.
Y cada vez que acompañó a alguien en ese lugar, no siento que esté alimentando una ilusión. Siento que estoy protegiendo un pequeño brote de esperanza, uno que, cuando la persona se sienta fuerte, será la raíz de sus próximos pasos. Siento que conecto profundamente con ese esfuerzo, con ese espacio y también con el dolor que hay tras él.
Siento que vuelvo a noches en las que incluso acostarme me producía un dolor que hacía que me saltaran las lágrimas. Un dolor tan intenso y tan fuerte que cerrar los ojos e intentar relajarme parecía imposible e imposible soportarlo. Y en aquellos momentos necesitaba huir mentalmente, desconectar de mi cuerpo y elevarme, dejarme llevar por la imagen de un Jorge alado que podía elevarse y ver el mundo desde arriba. Un arriba donde no había dolor y desde donde podía ir donde me dictaba el corazón y ver la vida desde un lugar seguro. Allí en las alturas los dúos del sol me sanaban e iluminaba, allí en las alturas creía poder con todo.
Ahí en esa ilusión adormecida y agotada me sentía invencible, curado, sobrenatural y encontraba la calma y la paz para dormir, descansar y llegar al día siguiente.
Una mañana después de una noche de perros y mientras esperaba con mi madre visita de seguimiento en el Hospital de Can Ruti con la Dra Morilas, no sé por qué compartí estas visualizaciones con la hermana de otro paciente de la doctora que luchaba contra el mismo virus que yo y con quien compartí miedos, inyecciones y pastillas de colores. Hubo un momento que bajó la mirada de su heano me cogió la mano y me dijo que tal vez la vida no estaba hecha para ser eterna pero que personas capaces de imaginar así de bonito la hacían infinita.
Meses después, el día del funeral de su hermano cuando nos abrazamos me dijo “Jorge, ahora tienes también sus alas”. Aún hoy estoy en sesión y puedo sentir las 4 alas.
Por eso estas frases en sesión me hacen ver también las alas de quien tengo delante. Siempre se dio vergüenza explicarlo o reconocerlo, a veces escribí sobre aquellas fantasías, me daba miedo que no se entendieran y nunca las publiqué. Ahí siguen escondidas, esperando el momento.
Recordarlo ahora y recordar sesiones como esta me hace tomar conciencia de cuánto estoy de cerca de las personas que acompaño y trato de ayudar, y que yo (como ellos) cuando decimos que dejamos la vida “en manos del universo”, lo cierto es que somos nosotros quienes, silenciosamente, nos estamos preparando para volver a tomarla entre las nuestras.
Inevitablemente me sucede que, mientras alguien intenta no romperse delante de ti, también te recuerda cómo aprendiste tú a no romperte. Y en ese espejo tan humano, tan frágil y tan verdadero, sucede algo que transforma por igual a paciente y terapeuta.
No es la primera vez que he escrito sobre alas, pero es la primera vez que explico por qué y de dónde vienen.
Ahora sabrá, esta paciente y todos los que lo son,han sido y serán, que ese buscar fuerzas para coger la vida entre las manos también lo hice yo, varias veces y no tan bien como lo están haciendo ellos. Qué lujo ser testigo…
Qué lujo seguir imaginándome que algunos tenemos alas.
Hay sesiones de terapia de pareja donde una pregunta aparentemente simple, una pregunta sobre el “por qué” del amor, abre un espacio donde ambos se encontraron frente a sus propias vulnerabilidades.
Una de estas sesiones fue esta semana y tuvo un momento que ella le dice a él…
– Por qué yo? No me digas que me quieres y punto. Sé que me quieres pero por qué?
– Porque te quiero y porque… soy contigo como no podría ser con nadie más.
Cuando ella dice: “No me digas que me quieres y punto. Sé que me quieres pero por qué?”, lo que está expresando no es duda sobre el amor, sino una necesidad de sentirse elegida, comprendida y valorada por cualidades concretas.
Quiere saber qué de ella hace que la relación tenga sentido.
En terapia suele interpretarse como una búsqueda de seguridad emocional, o de confirmación de identidad dentro de la relación. No le basta la expresión afectiva general; necesita algo que aterrice en lo real, en su singularidad.
Cuando él dice: “Porque te quiero y porque… soy contigo como no podría ser con nadie más” está dando una respuesta que transmite autenticidad emocional, pero está centrada en cómo se siente él, no en describir a la otra persona. Es un lenguaje emocional más visceral: “Esto es lo que tú provocas en mí”. Para muchas personas, eso ya es la razón de amar.
Pero no responde exactamente a la pregunta original de ella. Ella en su pregunta estaba buscando la respuesta a ¿Qué ves en mí? ¿Qué te enamora de mí? ¿Por qué me eliges?
Cuando les he planteado estas interpretaciones él se ha quedado pensativo y ha preguntado con una mezcla de curiosidad y vulnerabilidad:
-Entonces… ¿qué tendría que decir? ¿Qué es lo que ella necesita escuchar exactamente?
Lo miro intentando sostener el espacio sin convertirlo en un “manual de respuestas correctas” y le matizo “no se trata de decir lo que toca, sino de descubrirlo”.
Ella asiente al escucharme y prosigo explicándole que la pregunta de ella no es un examen, sino una invitación a mirar la relación con más detalle.
Él de nuevo se queda pensativo y como si pensara en voz alta sigue…
– Es que yo… siento muchas cosas, pero no sé ponerles nombre. Sé por qué la quiero, pero no sé si es “lo que se supone que debería decir”. No quiero inventarme nada. Quiero que sea verdad.
Ella lo escucha, y en lugar de responder de inmediato, lo mira con una mezcla de ternura y expectativa. Aprecia el esfuerzo, pero aún espera algo más claro, más concreto.
– Quizá no se trata de buscar una frase perfecta ahora mismo -le digo a él. A veces, es de ayuda intentar describir lo que sientes de forma más específica. ¿Te gustaría intentar decir solo una cosa… una cualidad suya que te llegue especialmente? No hace falta que sea la respuesta completa, solo un primer paso.
Él respira hondo, espera unos segundos, la mira y dice mirándola con cierta vergüenza…
– Creo que… (mirándola) me enamora que contigo puedo ser honesto sin miedo. Que no tengo que hacerme el fuerte. Eso no me ha pasado nunca hasta que te conocí.
Ella baja la mirada, se le humedecen los ojos ante unas palabras sinceras y creo que para ella inesperadas. Ahí, en esa frase sencilla, se abre un punto de encuentro que no estaba antes.
La sesión continúa desde esa nueva puerta entreabierta, una puerta que enseña que a veces el amor no avanza a través de grandes declaraciones, sino a través de estos pequeños actos de verdad compartida. Y mientras los observo en silencio, siento que ambos están tocando algo muy importante y significativo, la posibilidad de “encontrarse” sin defensas.
Me quedo un instante con la imagen de ella recibiendo esas palabras. No fue solo emoción, también alivio. Como si por fin algo dentro de ella dejara de tensarse. Porque lo que él dijo no fue una frase bonita ni un cumplido aprendido, fue un reconocimiento especial. Dice “veo lo que significas en mi vida”, aunque no lo formule así.
Y él, en ese gesto de verbalizar algo que le cuesta nombrar, también dio un paso importante. No buscó la frase correcta, buscó la honesta, la de dentro. Vi en él el esfuerzo por traducir un sentir que no estaba acostumbrado a expresar. Es como si hubiese abierto una pequeña puerta en ese muro de autoexigencia y reserva emocional que ha tenido durante años.
Lo que vino después fue más pausado. Sus voces bajaron de intensidad, como si hubieran encontrado un tono más emocional y de confianza. Ella empezó a hablar de lo que teme perder. Él habló de lo que teme no saber dar. Dos vulnerabilidades distintas, pero complementarias.
En un momento les pregunté qué había sido diferente en ese instante. Ella dijo “que me habló desde él, pero hacia mí”. Y él respondió, sorprendido por sus propias palabras, “que no tuve que adivinar lo que quería decir”. Frases tan aparentemente simples que encierran el trabajo de semanas.
Llego al final de esta última sesión con una sensación cálida. No porque todo esté resuelto, que no lo está, sino porque hoy se dieron un regalo mutuo en forma de vulnerabilidad. Y cuando en pareja aparece un fragmento de verdad vulnerable, el vínculo respira distinto.
Me recuerdan que el amor no siempre necesita respuestas perfectas. A veces solo necesita que cada uno tenga el valor de mirarse de verdad y decir: “Esto soy. Esto siento. Y quiero intentarlo contigo”.
Es un regalo asistir a un sesión de pareja donde salen mirándose distinto, sin la pesada carga de los viejos reproches y ataques. No es que hayan desaparecido, pero hoy perdieron algo de volumen. Hoy, lo que habló más fuerte fue la vulnerabilidad y los sentimientos compartidos.
Me quedo mirando mis notas y ese círculo cuando dijo que con ella podía ser honesto sin miedo. Ese tipo de confesión suele aparecer cuando algo empieza a aflojar por dentro. No es solo una declaración romántica, es un reconocimiento de seguridad emocional. Y para ella, que venía pidiendo precisamente sentirse elegida y vista, escuchar eso le tocó una fibra, tal vez una que llevaba tiempo esperando.
Reflexiono también sobre ella, su reacción, ese bajar la mirada, ese brillo en los ojos, decía mucho más que cualquier palabra. Ella no lo necesitaba “perfecto”, lo necesitaba real. Y él, sin saberlo del todo, le dio exactamente eso.
Y pienso en él, que muchas veces llega a sesión con esa mezcla de confusión y deseo de hacerlo bien, pero sin herramientas emocionales “ajustadas”. Hoy vi en su gesto algo parecido al orgullo tímido de haber logrado decir algo que siente y siente de verdad. Y también el temor a no decir “lo correcto”. Es tan humano ese miedo… quien no lo ha sentido alguna vez.
Sé que vendrán sesiones difíciles, incomprensiones que parecerán nuevas y viejos patrones que intentarán regresar. Pero lo que hoy apareció—esa sinceridad mínima pero luminosa—es un punto de apoyo. Un lugar al que podremos volver cuando la comunicación se enrede de nuevo.
Y mientras apago las luces de la consulta no puedo evitar quedarme con una última imagen: la forma en que ella lo miró después de sus palabras. No era un “por fin dijiste lo que esperaba”, sino un “ahí estás… y te veo”. Esa mirada, cuando aparece, suele ser el comienzo de algo que merece ser cuidado con mucha delicadeza.
Ojalá que en la próxima sesión puedan volver a encontrarse desde ese mismo lugar. Él, atreviéndose a nombrar lo que siente. Ella, permitiéndose recibirlo. La relación, encontrando espacio y respiro.
En terapia de pareja, siempre hay un punto en el que el objetivo no es “resolver” sino “mirar”, mirar al otro con menos miedo, mirarse a uno mismo con menos dureza, mirar la relación con un poco más de honestidad y un poco menos de exigencia.
Hoy, ellos hicieron justamente eso. Sé que el camino seguirá siendo irregular, como todos los caminos que valen la pena. Habrá retrocesos, silencios incómodos, emociones que aún no encuentran palabras.
Pero confío en algo… tienen dentro de sí la capacidad de volver a encontrarse cuando se pierdan. Lo han hecho ya sin darse cuenta.
En terapia las sesiones son como un territorio donde no existe la impostura ni la pose, donde lo que aparece no es la versión pulida que solemos mostrar al mundo, sino algo más crudo, más honesto, más vulnerable.
Hay sesiones que se deslizan como una conversación cualquiera, y otras, como la de hoy, que te obligan a detenerte. Porque de pronto ya no estás frente a un discurso elaborado, sino frente a una verdad cansada, desnuda, que apenas puede sostenerse. Y entonces todo se vuelve más lento, más denso, más íntimo.
Y antes de que me dé cuenta, me descubro respirando un poco más hondo, preparándome para algo que todavía no sé nombrar, pero que intuyo que va a doler. No en el sentido de herirme, sino en el de recordarme que la vida, en ocasiones, pesa de una forma tan sutil que pasa desapercibida hasta que alguien la confiesa en voz baja. Y ese es el momento en el que uno sabe que lo que viene después necesita ser escuchado con una presencia distinta.
– Y solo sé que me siento muy cansado, como nunca antes me había sentido. Muy cansado…
Se me nota porque todos me hacen algún comentario, ya sabes… qué mala cara haces?
Como si no lo supiera yo, no te jode. Pero sabes lo peor.
Silencio. Sigue…
– Lo dice ríe es que añaden la coletilla de “cansado de qué?” Y no se imaginan como me duele eso, que añadan eso, para ellos no hay motivo, no tengo motivos y yo, la verdad es que yo también pienso que no tengo motivos y eso aún me hunde más. Y me siento peor, lo peor. Quizás es solo estoy cansado de vivir. Qué hace uno para dejar de estar cansado de vivir? Dejar de vivir?
Y en ese momento no digo nada. Me quedo completamente quieto, sintiendo cómo esas palabras resuenan. O miro y veo ese cansancio del que habla y no es solo físico, es un cansancio que provoca que hasta sostener la mirada parezca pesado.
Lo que más me llega es que no lo dice desde el dramatismo, sino desde la pura rendición. Como si hubiera estado aguantando una cuerda demasiado tiempo y ahora ya no quedara fuerza en las manos.
Noto que sostener ese momento me tensa, no por miedo, sino por algo que definiría como respeto. Respeto a la persona que tengo delante y a lo que me ha transmitido. Hay pacientes que dan rodeos, pero él no. Él ha ido directo a la herida y hacerse sangre.
– Puedo entenderte y también entiendo que te duela que los demás no vean lo que tú sí sientes. Ese “¿cansado de qué?”… como si tu agotamiento tuviera que estar justificado para… vivir. Pero no necesito que me des una lista de motivos para creer lo que estás viviendo. Lo que sientes aquí y para mí ya es motivo suficiente.
Él baja la vista. Sé que no esperaba eso, nadie suele esperar eso.
-Y no… -continúo- no creo que querer dejar de estar cansado signifique “desaparecer”. Creo que significa que necesitas descanso de un tipo que a algunas personas les cuesta, no saben o no quieren entender. Descanso de sostenerte solo, descanso de fingir que puedes con todo, descanso de esa presión incansable de no tener “motivos válidos” para sentirte como te sientes.
Hago una pausa. Lo observo. Me mira como dándome permiso para continuar.
– No quiero que te vayas de “la vida”. Quiero acompañarte a ver qué es ese peso que estás cargando. No que desaparezcas tú, sino que desaparezca esa carga o la mayor parte de ella. Y eso… eso sí es algo que podemos trabajar aquí, paso a paso, aunque hoy solo tengas fuerzas para decir “estoy cansado”.
Él se queda mirando el suelo, como si ahí hubiera una respuesta que yo no alcanzo a ver. No habla. No hace falta que lo haga. El silencio que deja no es vacío, significa algo. Y yo lo dejo estar, porque romperlo sería como arrancarle de las manos algo que por fin se atrevió a mostrar.
En ocasiones los terapeutas hablamos de “sostener el espacio”, pero en momentos como este la verdad es más simple y más brutal. Solo estoy aquí, intentando no apartarme de un dolor que a muchos, incluido yo, les daría miedo mirar de frente.
Siento ese agotamiento que no se dice pero que se nota en sus hombros caídos, en las manos cerradas como si toda la fuerza que le quedara estuviera ahí, en mantenerlas unidas. Veo a alguien que ha aguantado tanto que ahora no sabe qué hacer con el agotamiento acumulado.
Levanta los ojos apenas un segundo, me mira como si no estuviera acostumbrado a que alguien no le pida justificaciones. Como si no supiera qué hacer cuando no lo cuestionan.
Cuando ese cansancio que aparece y protagoniza la sesión no viene porque tu vida sea un desastre, sino porque llevas demasiado tiempo exigiéndote no sentirte así. Como si cada día hubiera sido una lucha en silencio para convencerte de que “no tienes derecho” a estar mal. Ese tipo de batalla también agota. Mucho. Muchísimo.
Cuando alguien me dice “quizás estoy cansado de vivir”, yo no escucho que quiera dejar de existir. Yo escucho que está desesperadamente buscando una forma de dejar de sufrir. Por eso ha venido, por eso está aquí. Y esa diferencia importa. Importa muchísimo.
Aún hay quien piensa que nuestro trabajo es “arreglar” algo. Pero hoy no había nada que arreglar. Hoy lo único que había era estar presente frente a alguien que llevaba demasiado tiempo sosteniendo un dolor en soledad. Y eso… eso desgasta más que cualquier tragedia visible.
Me doy cuenta de que lo que más me impactó no fue que dijera que está cansado de vivir. Lo que me golpeó fue lo suavemente que lo dijo. Como si hablara de una derrota íntima, casi vergonzosa, una que nadie se toma en serio porque no viene envuelta en drama. Una fatiga que mata por dentro, una silenciosa, que no hace ruido, que la gente minimiza porque “aparentas estar bien”.
Y pienso también en cuántas personas pasan por el mundo llevando exactamente ese peso, ese cansancio que nadie valida porque no hay un motivo claro, porque no “cuadra”, porque desde fuera su vida parece suficiente. Qué perverso es que uno tenga que justificar su dolor para que exista.
Me quedo mirando la silla donde él estuvo sentado. A veces siento que esas sillas guardan más verdad que cualquier manual de psicoterapia. Hoy lo que quedó ahí es la prueba de que incluso cuando alguien viene aparentemente roto, no es la ruptura lo que más duele: es la soledad que la precede.
Y mientras recojo mis notas, pienso algo que a veces me cuesta aceptar. No se trata de salvar a nadie. Se trata de acompañar. De ser el lugar donde, aunque sea por una hora, alguien no tenga que justificar su cansancio, ni esconderlo, ni maquillarlo para que no incomode.
A veces, lo más humano que puedo ofrecer es no apartar la mirada de ese dolor que tantos otros prefieren no ver.
Hay días en los que la sesión empieza mucho antes de que el paciente diga la primera palabra. Se siente en cómo entra, en la manera en que acomoda las manos, en ese primer silencio que todavía (en este caso) no es dolor, pero ya anuncia algo.
Y entonces me recorre una sensación extraña que anuncia que ese tiempo de sesión que justo empieza será un espacio donde alguien viene a poner sobre la mesa algo que le pesa desde hace años. En el caso de esta sesión, su manera de amar, o más bien, lo que aprendió a llamar amor.
Porque a veces el amor no llega como historia “feliz”, sino como una herida que se repite sin ser cuestionada. En esta sesión, más que hablar de amor, hablamos del miedo: el miedo a quedarse solo, a no ser suficiente, a repetir lo que dolió. Y es justo ahí, en ese punto frágil, donde empieza de verdad la sesión…
- Supongo que sueño con que llegue alguien que me demuestre que el amor no duele -me dice la paciente
– Tiene que doler el amor? – he preguntado.
– No lo sé, Jorge. Creo que aprendí que si no duele, no es real. Como si el cariño tuviera que venir con un precio.
-¿Y quién le enseñó eso?
Ella mira hacia abajo, juega con las mangas de su suéter.
– Nadie… Buenos, todos. En mi casa, en mis relaciones, en cómo veía a mis padres. Siempre había sacrificio, siempre había miedo. Pensé que amar era aguantar.
– Y ahora, cuando imaginas a alguien que te muestra que el amor no duele, ¿cómo es esa persona?
La paciente suspira, respira hondo antes de seguir. Parece pensar la respuesta.
– Es alguien que se queda. Que no me hace sentir que tengo que merecerlo todo el tiempo. Que no me exige dejar de ser yo para que me quieran. Alguien que no me castiga por mis heridas.
– Crees que mereces un amor así?
La pregunta la sorprende. Levanta la mirada, y por un segundo parece a punto de responder, pero duda.
– Quiero creer que sí, dice finalmente. Pero todavía no sé cómo se siente eso. Qué triste verdad? Que a estas alturas de mi vida te haya dicho eso y, sí tienes razón. Muchas veces he pensado que no me lo merecía, que eso no era para mí.
-Quizá esta sesión puede ser un primer lugar donde explores cómo se siente un vínculo que no duele.
Ella asiente y tímidamente sonríe. Cómo podemos llegar a pensar que no merecemos que nos quieran?
Tras un respiro continua…
– Creo que crecí creyendo que yo era el problema. Que si alguien me gritaba era porque yo lo provocaba o algo hacía. Que si alguien se iba era porque yo no era suficiente. Y ya después… una se acostumbra, es lo normal. Al final no te preguntas si el amor duele o no… te preguntas cuánto puedes aguantar para no quedarte sola.
Su voz se quiebra. No llora, está a un milímetros de hacerlo. Espero.
-¿Y ahora? -pregunto-. ¿Sigues pensando que tienes que aguantar para no quedarte sola?
Cierra los ojos por un instante. Se emociona. Llora.
– A veces sí -confiesa-. Pero otras… otras empiezo a pensar que quizá merezco algo distinto, mejor? No sé pero distinto, que tal vez no tengo que convertirme en un juguete roto para que alguien quiera quedarse.
– Eso que acabas de decir es importante. Ahora estás hablando desde lo que quieres no desde lo que puedes soportar.
Ella traga saliva. Parece incómoda.
-Da miedo -admite-. No sé si sabría… me da vergüenza reconocerlo pero…
– Entiendo que de miedo. Lo desconocido siempre lo da. Incluso cuando es bueno. Sobre todo cuando es bueno.
-Entonces… quieres decir que aprender a dejar de pensar que no merezco amor también va a doler?
– Puede doler -respondo-. Pero no porque el amor duela… sino porque sanar duele. Porque te obliga a desmontar ideas que te mantuvieron a salvo durante mucho tiempo. Porque te obliga a tratarte con una cariño que todavía no te das.
Cuánto se escribe sobre el “dolor” del amor, cuanto daño hace. Se escribe muchísimo sobre el dolor del amor, como si fuera un signo de profundidad, de intensidad, de verdad. Pero cuando confundimos amor con sufrimiento, dejamos de preguntarnos qué es lo que realmente duele. Y casi nunca es el amor.
Duelen el miedo, las ausencias, la incertidumbre, las heridas que traemos de antes. Duele intentar encajar en algo que no nos abraza. Duele sostener lugares donde no hay reciprocidad. Pero el amor… el amor en sí no pide que te rompas. Nunca lo hace.
A veces, mientras escucho a pacientes como ella, me sorprende lo profundamente arraigada que está esta idea de que el amor es sinónimo de dolor. Como si la ternura tuviera que pagarse con sufrimiento, como si la permanencia solo se validara cuando antes hubo heridas. Y sé que no es un pensamiento aislado, es casi un lenguaje emocional heredado, una forma de entender el mundo que atraviesa generaciones enteras. Crecen, crecemos viendo que las personas que se quieren también se hieren, que quedarse implica aguantar, que formar parte de un vínculo exige sacrificar partes de uno mismo.
Incluso llega un punto en el que el dolor ya no se percibe como una señal de alarma, sino como una prueba de autenticidad. Como si algo que no duele no pudiera ser importante. Qué perverso ese aprendizaje que convierte la “violencia emocional” en un gesto de amor y el amor genuino en un terreno desconocido y casi sospechoso.
Mientras ella hablaba, podía sentir el peso de todas esas capas acumuladas. Y el de las miles de historias que se parecen demasiado a la suya. Historias donde el miedo se disfraza de compromiso, donde la ansiedad se confunde con pasión, donde la estabilidad parece aburrida porque nunca fue vivida. Y entonces entiendo, cada vez más, que muchas personas no temen amar: temen un amor que no se parezca a lo que conocen. Temen un amor que no duela porque nunca aprendieron a reconocerse sin dolor.
Cuántas vidas se moldean alrededor de la creencia de no merecer algo mejor. Cuántos vínculos se sostienen desde el insuficiente “al menos no estoy sola”. Cuántas se forman en relación a la capacidad de aguantar, como si la fortaleza solo existiera en el aguante y no en la búsqueda de lo que sana.
Y sanar duele, sí. Pero no es el mismo dolor. No es el dolor que te encoge, que te hace empequeñecerte para que alguien más quepa. Es un dolor que empuja, que no castiga, que desmonta la idea de que el amor exige sufrimiento y deja visible una verdad incómoda, a veces casi insoportable, que ser tratado con respeto, con ternura, con constancia… no debería sentirse extraño.
Siento que esta no es una batalla contra el amor. Es contra todas las versiones distorsionadas de él que aprendimos a aceptar como inevitables.
Cuánto daño ha hecho la idea de que amar es doler.
Y cuánto trabajo hay, todavía, en enseñarle al cuerpo, a la mente y a la historia de cada uno, que el amor, el verdadero, no requiere sacrificarse para existir.
Hay sesiones que dejan una huella profunda por la forma en que una frase, dicha casi al pasar, logra abrir una puerta que llevaba demasiado tiempo cerrada. A veces, una imagen sencilla o una expresión cotidiana actúa como llave, permitiendo que algo que estaba atrapado encuentre por fin un espacio para ser nombrado. Así fue en una sesión de ayer.
El proceso terapéutico suele avanzar y cuando ese avance nace de alguien que ha pasado media vida luchando con sus propias sombras, cada palabra cobra un peso distinto, una honestidad que interpela también a quien acompaña. Fue en ese clima de vulnerabilidad lúcida cuando mi paciente pronunció una frase que aún resuena en mí.
Él que está en un proceso de dejar atrás media vida de adicciones me ha dicho “todos tenemos algún muerto en el armario”.
Todos tenemos un muerto en el armario.
Esta frase contiene una verdad implacable. Al final, todos cargamos con algo, una historia que nos pesa, un error que preferiríamos no recordar, una parte de nosotros que aún no sabemos cómo mirar de frente.
Escucharla en su voz, en la voz de alguien que ha sobrevivido tanto, que ha tenido que desmontar capas de dolor, de culpa, de hábito y de silencio, la vuelve aún más profunda e intensa.
Me conmueve es que no lo dijo con amargura, lo dijo con una mezcla de lucidez y cansancio, pero también con dignidad. Como si reconocer ese “muerto en el armario” fuera, paradójicamente, una forma de empezar a vivir.
Empezar a vivir no borrando lo que nos duele sino dejando de esconderlo. A lo largo de la sesión reflexionamos sobre que todos llevamos un pasado que nos acompaña, que incluso inconscientemente nos ha moldeado, pero que no tiene por qué condenarnos ni ser una cruz con la que cargar de por vida.
Abrir ese armario, aunque sea entre las dudas de la sesión y tiemble la voz, aunque duelan lo que esconde, es casi siempre un acto de libertad, de liberación y desahogo.
Y entonces recuerdo todas esas frases que dicen que la valentía no está en no tener sombras, sino en atreverse a encender la luz.
Esa frase en él no era solo una confesión, era una mano tendida hacia sí mismo. Una forma de decir “ya no voy a huir”. En terapia hay muchos momentos en los que algo se abre. No hacen ruido, no llevan fanfarria, no parecen grandes hitos desde afuera. Pero dentro del paciente, y también dentro de quien lo acompaña, algo se reordena. Ese fue uno de esos instantes. Un segundo casi invisible en el que el pasado deja de ser un perseguidor y empieza a ser un territorio que, poco a poco, se puede transitar sin miedo.
Aceptar el propio muerto en el armario no significa resignarse. Significa reconocer que hubo dolor, que hubo decisiones que hirieron, que hubo una versión nuestra que actuó desde la herida, la huida, la culpa y no desde la elección. Y aun así, pese a todo, seguimos aquí. Vivos, con cicatrices tal vez pero capaces de abrir la puerta y mirar.
Por eso que la “recuperación” no es un camino recto, sino una especie de reconciliación lenta con uno mismo. Que cada avance es pequeño, sí, pero es real cuando se hace desde la conciencia. Que cada vez que alguien se atreve a nombrar su sombra, el mundo se vuelve en su mente un lugar un poco más habitable.
Es inevitable preguntarme por mis muertos en el armario. No para convertir la sesión en un espejo de mí mismo, sino porque escuchar a alguien nombrar su sombra, después de tantos años de cargarla en silencio, inevitablemente despierta la propia.Los terapeutas no somos ajenos a esa humanidad que acompañamos.
Aunque sabemos que la consulta no es el espacio para desnudarnos, sería muy ingenuo pensar que nuestras historias no laten, discretas, justo detrás de la escucha. A veces me pregunto si mis pacientes imaginarían que también yo he tenido que reconciliarme con partes que preferí no mirar durante años; que también aprendí (tarde) que lo que se esconde no desaparece, solo se endurece en la oscuridad.
Sin embargo, esa conciencia es parte de lo que me permite estar presente sin juicio. No necesito contarles mis muertos para que sepan que los tengo; basta con respetar los suyos para que intuyan que entiendo el peso.
Qué difícil es asumir que nadie llega intacto a ninguna parte. Que todos hemos atravesado pérdidas, culpas, decisiones torpes o momentos en los que actuamos desde la herida. Pero también es cierto que no somos prisioneros de esos capítulos. Un muerto en el armario puede asustar, sí, suele ser así, pero también puede ser una brújula.
Mis pacientes rara vez lo saben, pero cada vez que uno de ellos abre una rendija, aunque sea mínima, también me recuerdan algo a mí. Me recuerdan que la vida, incluso en su versión más rota, aún quiere abrirse paso. Que mirar hacia adentro no destruye y sí ordena. Y que el valor no se mide por la ausencia de sombras, sino por la capacidad de permanecer abrazado a ellas sin salir corriendo.
Tal vez por eso esa frase me golpeó. Porque todos tenemos algo ahí guardado, pero no todos tenemos el coraje de hablarlo. Él lo hizo. Y en ese gesto, sin proponérselo, me recordó que el proceso terapéutico es un camino compartido, distinto para cada uno, pero humano para todos.
Mis muertos seguirán donde estén y la parte positiva es que tenerlos es el recordatorio humilde de que acompañar a otros solo es posible cuando uno también se reconoce imperfecto, falible, oscuro en alguna parte y, aun así, tan dispuesto como miedoso a encender la luz.
El silencio es un elemento presente en muchas sesiones y una de las herramientas más importantes en terapia. Siendo tan habitual no lo es que en una sesión monopolice tanto y sea tan significativo.
Esta sesión empieza tras presentarme brevemente, solo conocía su nombre, edad y que necesitaba ayuda psicológica por la enorme tristeza que sentía. Cada vez que intentaba comenzar a explicarme en qué podia ayudarla la emoción y las lágrimas la impedían hablar, tras cada intento venía unos minutos de silencio y tras recuperar un poco de calma un nuevo intento.
Cuando la calma se lo permitió me explicó que hacía dos semanas había perdido a su amante, la persona “a la que más quería en este mundo”. Me explico que hace años habían sido pareja, que vivieron un par de años en una relación casi perfecta, completamente distinta a otras que había tenido antes pero que luego pasaron muchas dificultades “de muchos tipos” que enfrió la relación y que en un «intento absurdo» de no perderse intentaron ser amigos, amigos que al poco tenían derecho a roce, evitando tocar otros temas y sin querer plantear un volver o un “lo volvemos a intentar”.
Aquello se difuminó algo más de dos años. En ese tiempo ambos conocieron a otras personas hasta que el azar los puso de espaldas en un restaurante, en mesas contiguas una de esas noches que hay tantas cenas de empresa… chocaron las sillas y chocaron sus vidas.
Ella estaba en crisis con su pareja, que al poco la dejó. Él quería a la suya pero faltaba algo, no acababa de sentir aquella chispa que desde que había estado con ella nunca había recuperado. Quedaron para algún café y ponerse al corriente de sus vidas, aquellos cafés fueron cambiando y ninguno puso freno cuando se convirtieron en amantes de dos veces por semana.
Un día ella se levanta y no tiene mensaje. Espera unas horas y extrañada de no tener noticias teme que le haya pasado algo. No fue hasta final del día que sus temores se confirman. Había muerto a primera hora de la mañana.
– No estoy muy bien… bueno nada bien. Además me cuesta dormir, me levanto con una sensación horrible, como si me faltara el aire. Pero lo peor es que… no puedo hablar de esto con nadie.
– Tal vez esas sensaciones tengan que ver con ese no poder hablarlo. ¿Podrías contarme un poco más sobre lo que pasó y por qué sientes que no puedes hablarlo?
– Él murió hace dos semanas. Estrés, bueno…. supongo, mala suerte… nadie sabía que yo estaba con él, ni él conmigo. Estaba casado, yo no. Con él, en mi mente siempre lo hemos estado pero la realidad es que… éramos, mmm… éramos lo que la gente llamaría “amantes”.
Y ahora no puedo ni ir a su funeral. Fui, a lo lejos, inadvertida, como una sombra. Nadie sabía que estaba allí, a nadie le pude pedir que me acompañara, a nadie le dije que… a nadie he podido decirle cuánto lo extraño. Tengo que fingir que todo está bien.
– Escuchándote no puedo imaginar cómo de doloroso debe ser para ti tener que guardar tanto dentro. Estás viviendo una pérdida muy importante, pero al mismo tiempo te sientes obligada a esconder tu dolor.
– Exacto. Me siento ridícula, avergonzada por estar llorando por alguien que “no me pertenecía”. Ni siquiera sé si tengo derecho a estar triste. Su esposa, su familia… ellos son los que pueden llorarlo. Yo no!! Y no puedo dejar de hacerlo, no sé cómo dejar de hacerlo!
Le ofrezco agua y pongo a su lado la caja de pañuelos. Me contengo para no decir nada, pongo silencio a mi mente y estoy.
– Tiene sentido para ti? -me pregunta mientras intenta recuperar fuerzas.
– Tu dolor tiene sentido-respondo. El dolor que sentimos siempre lo tiene. La relación que tenías con él, aunque no fuera pública, fue real para ti. Lo era para los dos. Has perdido a alguien importante, y es completamente válido que sientas tristeza, culpa o rabia. El hecho de que otros no reconozcan tu vínculo no significa que tu duelo no exista.
– Pero qué hago? Cómo lo lloro? No tengo dónde poner este dolor. No puedo hablarlo con mi ex pareja, ni con mis amigas, algunas no lo entenderían. Me siento invisible. Esto tiene nombre Jorge?
– Esto que estás sufriendo es parte de lo que llamamos duelo no reconocido. Un duelo en el que la persona no recibe apoyo social, del entorno, porque su relación o su pérdida no es aceptada o entendida por los demás.
– Suerte de ti…
– Suerte de ti que ha decidido dar el paso. En este espacio, sí puedes hablar de él. No voy a juzgar la relación, solo entender lo que significaba para ti y buscar junto en la forma de transitar el duelo y acompañarte en tu dolor.
– Gracias Jorge… solo necesitaba escucharlo así. Que alguien no me mire como si lo que siento fuera algo sucio.
– No lo es. Es una pérdida, y como cualquier pérdida, merece ser llorada. Podemos trabajar juntos para que puedas elaborar este duelo, sin negar lo que fue real para ti ni el cariño que sentías.
Esos primeros encuentros, donde la emoción ocupa todo el espacio, me recuerdan que la terapia no siempre empieza con palabras. A veces comienza con la simple presencia, con el permiso para llorar frente a alguien sin miedo a ser juzgada. El silencio, cuando se comparte, deja de ser soledad.
El azar, caprichoso, a veces devuelve lo que la vida no terminó de cerrar. Quiero pensar que lo hace para recordarnos que hay vínculos que permanecen vivos, aunque cambien de forma, aunque el mundo no los vea.Escucharla fue como asomarme a una pena sin nombre, a un duelo invisible. Hay dolores que no se pueden poner en redes, que no caben en el lenguaje cotidiano. Nadie sabe de ellos y aunque aparecieran probablemente no tendrían muchos Likes ni reenvíos. Sin embargo, existen con la misma intensidad que cualquier otro.
El dolor no necesita legitimidad para ser real.En ese instante de quedarme a solas mirando la butaca donde había estado sentada me resonaba que acompañar no siempre es consolar y nunca es “corregir” ni dar lecciones de nada. En momentos así acompañar es sostener el espacio para que el otro respire dentro de su propio dolor. No hacer nada, cuando todo en ti quiere hacer algo, es un acto de amor profundo.
Al despedirnos, me quedé pensando en cuántas historias se viven en silencio. Cuántos silencios se rompen en esta consulta… En cuántas personas caminan por la vida con un duelo escondido, sin derecho al abrazo, sin espacio para su pena. Me recordó la enorme responsabilidad de la escucha: ofrecer refugio cuando el mundo no lo ofrece.
Me ha hecho recordar y entender, una vez más, que el amor por más imperfecto, secreto o complejo que sea, deja huella. Que el dolor de su pérdida es prueba de que existió algo verdadero. Y que el silencio, cuando se comparte, es un puente hacia la calma y la paz.
Cuando se fue la sala quedó en silencio y conectando con ese instante siento que era como si aún contuviera algo de su tristeza suspendida en el aire. En esos instantes posteriores a una sesión así, siempre me invade una mezcla de respeto y de humildad.
Pienso en la fuerza silenciosa que requiere amar sin testigos, en la soledad de quien sostiene un duelo que el mundo no valida. No hay palabra que repare una pérdida así, pero sí puede haber un espacio donde el dolor no tenga que esconderse.
Miro este espacio ahora vacío y siento que cada historia de amor, incluso las que no pueden nombrarse, tiene derecho a ser despedida con ternura. No existen amores ilegítimos cuando son sinceros; existen contextos, decisiones, vidas complejas. Pero lo que uno siente, el vínculo que se forma, el vacío que deja, es siempre real y merece respeto.
La terapia, en su esencia más pura, es eso. Un lugar donde lo invisible encuentra forma y lo prohibido puede pronunciarse sin vergüenza.Me pregunto cuántos duelos como este caminan entre nosotros, disfrazados de rutina, de trabajo, de sonrisas contenidas.
Cuántas personas fueron, son y serán un poco ella y llevan de alguna forma dentro algún amor que no pudimos vivir del todo o una despedida que nunca pudimos hacer pública o compartir. Y tal vez, solo tal vez, acompañar el dolor del otro también sea una forma de reconciliarnos con los nuestros. Porque en cada silencio compartido, algo en nosotros también sana.
El silencio, en terapia, no es vacío ni ausencia. Es un espacio de contención donde las emociones pueden tomar forma sin ser interrumpidas. En ese silencio la persona encuentra la posibilidad de escucharse, de conectar con lo que no había podido nombrar y, a veces, de otorgar significado a lo que parecía no tenerlo. El silencio cuando es compartido y sostenido con presencia y respeto, se convierte en un lenguaje en sí mismo.
Acompañar desde el silencio implica confiar en los procesos internos de cada persona. Confiar que el dolor, al ser reconocido, podrá transformarse sin forzar, ofreciendo un lugar donde lo no dicho también tenga valor.
Jorge Juan García Insua
“A veces, lo más importante que un terapeuta puede hacer es estar completamente presente.”- Irvin D. Yalom