Ayer tuve un día de mierda… como supongo mucha gente cuando el mundo no sabe si se para o por alguna extraña razón gira al revés.
Y entre horas muertas entre la incertidumbre, el miedo y el desasosiego por los que queremos y no podemos cuidar me tropecé contigo, bueno… con tu blog y te leí.
Y se me hizo de madrugada leyéndote. Durante unas horas y mientras tú posiblemente dormías lloré, reí y me emocioné con tus palabras y esa forma tan particular de mostrarte y ver el mundo.
Déjame que te diga que ahora soy fan de tí, de tu hermana y su pequeña, de las personas que has amado y te han marcado, de esos pequeños por los que transmites tanto amor y hasta de esos adorables peluches!!!
Y hoy el día empieza con otro color porque saber que existe un refugio de lectura y personas capaces de hablar con el corazón y de expresarse con tanta delicadeza reconforta en momentos inciertos.Gracias por dejarnos compartir unos pasos de tu camino, durante unas horas fue también el mío.
Tu lectora anónima.
Y así me despierto tal día como hoy. Sorprendido, emocionado y muy agradecido a la posibilidad de llegar y conectar con personas anónimas.
Mi camino no sería el mismo si no fuera un poco vuestro.
Te conocí antes que tú a mí. No sabía ni como te llamabas pero te seguíamos a una distancia que creíamos prudente. Éramos sólo unos adolescentes con las hormonas revolucionadas que bajaban al parque demasiado cobardes para presentarse ante la chica de sus sueños y que al verte con tus amigas intentábamos parecer interesantes, por decirlo de alguna forma.
Supongo que la casualidad se cansó de vernos hacer los panolis y quiso que una tarde saliendo del cine Picarol nos encontráramos y conectáramos. Tres semanas más tarde me cogiste la mano saliendo de un viejo local de la Calle del Mar, ante la mirada atenta de nuestros amigos, y luego a solas me regalaste un beso, el primer beso.
En realidad lo nuestro nunca fue una historia de dos sino de tres, y finalmente le elegiste a él. Y pasamos a ser tres, bueno érais dos y yo, pero entendiste que no podías separarnos, y salimos los tres. Bueno… dos y yo.
Me enseñaste que como decía tu libro de cabecera (El Principito) lo importante no era querer sino amar, que cuando realmente amas a alguien lo importante es esa persona incluso si eso significa dar un paso atrás y que ese es el acto de amor más grande que alguien enamorado puede hacer por la persona que quiere. Pocos saben, como tú, que siempre he sido fiel a esa enseñanza.
Amar es querer lo mejor para el otro, su felicidad por encima de todo aunque su camino sea otro y que por eso el amor nunca es motivo de sufrimiento, y cuando sufrimos es por querer no por amar. Así de hermosa eras por dentro y por fuera. Brillabas y hacías brillas a quienes estábamos a tu lado.
Nuestro segundo beso fue pocos años después, me visitaste por sorpresa en el hospital. Abrí los ojos pensando que sería mi padre y ahí estabais vosotros. No dijiste mucho, no hacía falta decir nada, tu mirada y nuestro lazo… te tumbaste sobre mí y me abrazaste, lo recuerdo largo y profundo, aún puedo sentirlo si cierro los ojos. Cuando te incorporaste volviste a tumbarte sobre mí y me besaste…. “de lo que eres capaz de hacer para que te dé un beso…” y nos pusimos a reír mientras mi compañero de habitación nos miraba sin entender nada de lo que estaba pasando.
Cuando hace unos días te visité en el hospital y te cogía la mano, a pesar de la enfermedad, seguía brillando tu piel y aún con los ojos cerrados y el rostro cansado, tu voz seguía igual de dulce y risueña. Me llevaste a momentos que creía olvidados por la memoria y me recordaste lo que una tarde de finales de verano me susurraste “le quiero a él pero siempre serás mi segundo gran amor”. Y así me he sentido siempre a lo largo de tanto tiempo y ni la distancia ni los años han podido borrar de mí ese sentimiento.
Te cogí la mano apartando las vías para colocarte dos pulseras que había comprado para ayudar a luchar con la misma puta enfermedad que te consumía y mientras te lo explicaba me pediste un beso, un último beso… “siempre ha sido él mi devoción, pero nadie me ha dicho tantas cosas con un beso como tú. Y además me siento celosa de que ahora que te has decidido a escribir y expresarte a mi nunca me hayas escrito nada bonito”.
Los dos sabíamos que aquella sería nuestra despedida, y cuando salí del hospital y me senté en el coche rompí a llorar. Por lo que estaba perdiendo y por el peso de lo que me estaba llevando de ti.
Me dejas con el vacío y el dolor de sentir que demasiadas personas importantes para mí os marcháis pronto, demasiado pronto. Sin saber reaccionar soy yo el que se queda aquí, sabiendo que todavía tenías tanto por compartir y tu forma tan particular de ver la vida… con el compromiso de mantener la promesa que aquella lejana tarde de finales de verano me hiciste tomar… “no cambies, no dejes de soñar, tienes tanto para dar…”.
Y como tengo mucho de Quijote y soy de los que cumplen lo que dicen hoy me decido a escribir de ti, no sé si tan bonito como te hubiera gustado y te mereces, pero con la absoluta certeza que una parte de mí se queda en estas líneas.
Nos llenamos la boca diciendo que hay que vivir el momento, disfrutar de cada instante, compartir con aquellos que nos aman y nos ayudan a crecer… y es en momentos como éste cuando te das cuenta de las veces que nos engañamos, de las ocasiones que nos falta valor para hacerlo, para tomar las riendas y soñar con los ojos abiertos y el corazón de par en par… Porque estos momentos no son infinitos y su magia radica en que no podremos recuperarlos.
O es aquí y ahora o no será nunca más. Entonces no lo entendí, ahora veo que ese era el significado de tus besos y de nuestro lazo.
Cuando todavía estabas en la cama… Cuando estabas con el primer café de los 8 que ibas a tomarte después… Cuando a duras penas el cabello enmarañado te dejaba ver la pantalla… Cuando ibas de camino al trabajo y tenía el lujo de ocupar por unos segundos tu mente… Cuando escribías con faltas porque con la otra mano te lavabas los dientes… Cuando lo has dejado todo para marcar mi número…
Cuando me envías un foto de un pastel que habías preparado para mi… Cuando me has dicho “qué bien llevados pedazo canalla!”…
Cuando me besabas la lágrima de emoción contenida que recorría mi sonrojada mejilla…
Cuando solo pensar en escucharte me sacaba una sonrisa…
Tiempo… Me han regalado tiempo…
Para aporrear mi puerta solo porque querías felicitarme en persona…
Para el volumen de lo que escucho y subir el tono de lo que siento… Para conducir y conducir y darme un abrazo… Para picarme y llevarme al límite… Para parar esa rueda alocada en la que vives y por unos segundos compartir recuerdos y confidencias… Para recordarme que si quieres estás…
Para hacerme soñar…
Para sentirme parte del sistema… Para decirme “no cambies”… Para demostrarme que me conoces personalizando el mensaje y no quedarte en un simple “felicidades”…
Para llevarme al wikipedia… Para bailar conmigo en pijama encima del sofá al ritmo de un “air-guitar”… Para despertar y decirme “quiero que tus cumples sean siempre fiesta”…
Para correr hacia mí como si hiciera años que no me ves y contagiarme de tu energía… Para ofrecerte… Para hacerme reír… Para derretirme… Para no dejar perder nuestros lazos…
Tiempo… Para hacerme sentir especial, muy especial
Tiempo…
Más del que merezco Más del que cabe en un abrazo…
en un beso… en la imagen de un café a media tarde…
Cuanto sé del valor que tiene el tiempo y he sentido el miedo a perderlo, me emociona ver cómo me regaláis algo que nadie más ahora podrá tener y que guardaré como el tesoro que es.
Todos tenemos ese contador, no sabemos dónde pero inexorablemente funciona y vale la pena regalarlo a quien te quiere, a quien te hace sentir bien, a quien puedes sentir sin tocar, a quien te emociona, a quien te descoloca, a quien descubres entre la multitud, a quien te trata con dulzura, a quien sabes que no dejará de hacerlo… porque ese es quien más lo merece. Si sientes la necesidad de compartirlo hazlo, porque quien no demuestra lo que siente, tal vez pierda lo que quiere.
En la distancia corta dicen que gano A medio camino entre la sonrisa y el impacto Cada vez más alejado del humo Con destino el corazón Sin candados entre tú y yo
No pretendas buscar en mis actos razón Es lo que tiene haber estado muerto Lo quieres todo y lo quieres a lo grande Imperfecto, soñador.. tu batalla perdida y tormento
Vintage Si vas besar hazlo como lo haría un suicida Si vas a enamorarte que sea a flor de piel Si vas tocarme que sea para dar un salto Mortal Vintage… Vintage
Puedes leerme si quieres saber como siento Mirar mis dibujos para conocer quien soy Puedes hablarme y no dejaré de escuchar Sonríe y no dejaré de mirarte Déjame mientras te beso acariciarte no dejes nuestro lazo pendiente
No te dejes llevar por la apariencia Con el tiempo he perdido mis alas Y no se darte explicación ni tengo solución Para unas Capitán, para otras fugitivo, Siempre dispuesto a pintar el mundo para ti
Vintage Soy de los que te saldrán barato Puedo darte tanto sin tener que decirlo en alto Provócame y no te separes de mi Vintage, vintage
Vintage Emociones que son mi estado mental Vintage (vintage) Entre la madurez y la falta de conciencia (Vintage) Déjate llevar y hazme sentir que hay mucho más (Vintage)
Vintage Quítame el disfraz… lo que hay debajo es para ti Vintage (Vintage), Hay magia y un universo en llamas en tu mirada Vintage (Vintage) Creemos recuerdos que nos hagan soñar Vintage (Vintage) No tengo mejor versión que la que ves tú Vintage (Vintage) No soy uno más, no Vintage (Vintage) Mataría por vivir Vintage (Vintage) Y moriría por hacerlo junto a ti (Vintage)
La miraba atentamente. Sentada enfrente de mi sus ojos se movían rápidamente hacia el lazos rojo, la cinta de carretero, mis folios… y la seguía mirando ajeno al mundo dispuesto a entrar en el suyo.
Como siempre me presenté, le expliqué lo que consideraba que era más relevante de mí y le expliqué cómo íbamos a trabajar en sesión.
Estaba nerviosa, impaciente por comenzar… «¿Por dónde quieres empezar?» -me dijo… Y sin llegar a acabar de pronunciar la pregunta empezó a expresar lo que llevaba dentro. Acelerada, se entrecortaba y cambiaba de tema constantemente. Se levantaba de la silla para casi al instante volverse a sentar. Caminaba y caminaba por mi improvisada sala. Sus manos se movían rápidamente y con brusquedad, la silla la quemaba, se preguntaba y respondía sin cesar.
Yo seguía mirándola, dispuesto, atento a todo lo que me transmitían sus gestos, sus palabras, su postura y sobre todo su mirada, que sin previo aviso comenzó a llenarse de lágrimas.
Le pedí que se sentara, me acerqué a ella… -Déjame que te diga una cosa… llevas varios minutos expresando muchos temas que veo que te angustian, muchos, pero no podré ayudarte si no les ponemos orden y decides por cuál quieres empezar.
–No lo sé Jorge, todo me quema, me duele. Te acuerdas cuando hablamos por teléfono? Se me quedó cuando me dijiste que tal vez cargaba con demasiadas piedras, sí, si y no me dejan respirar. Si no me muevo me ahogo – y volvió a levantarse y caminar.
-Déjame proponerte algo que creo que ayudará y nos ayudará a centrar la sesión…
–Sí, claro. Dime... contestó nerviosa.
Cogí la cinta de carretero que tenía encima de la mesa e hice un recuadro en el suelo, lo suficiente grande para que pudiera estar dentro, pero pequeño para poder dar más de un paso en él. Y la invité…
-Entra dentro por favor, no tengas miedo. Ahora este es tu espacio para la sesión… puedes moverse dentro de él, pero no puedes salir de las lineas que te marcan la cinta.
Me quedé a medio metro de ella, mirándola. ¿Cómo te sientes ahora?
–Me siento como rodeada de paredes… sin espacio para respirar. Tengo demasiadas cosas que no me dejan respirar! – gritaba…
–Bien, sácalas fuera y dejarás más espacio para ese aire que necesitas… le dije mientras le entregaba un blog de notas. –Utilízalo, escribe en cada hoja algo que te esté robando el aire, expulsa de tu espacio aquello que te está ahogando.
Poco a poco sus movimientos se hicieron más lentos, como el reducido espacio de aquellas imaginarias paredes de cinta amarilla. Su respiración se pausó. Su mirada perdida se centró en el blog de notas y empezó a escribir, uno y otro y otro… Cuando llevaba una docena respiró profundo y se arrodilló…
–Bufff… y por dónde empezamos Jorge? Mira todo los post-its que he escrito! -me decía señalando el suelo.
-Bien, eran todos los que necesitabas sacar de tu espacio?
-Sí, creo que sí -dijo mientras levantaba la mirada y respiraba profundamente.
-Y cómo es ahora el aire ahí dentro?
–Suficiente… no sé, me estaba imaginando que esto eran paredes y… -pronunciaba en tono bajo y sereno hasta quedarse en silencio y pensativa. Hasta que su mirada cambió y se me quedó fija…
-… y les has puesto nombre a esas piedras, las has identificado y las has sacado de tu mochila… – mientras le señalaba todos los post-its.
–Sí, lo he hecho… ¿y ahora?
-Ahora es decisión tuya. Para qué te son útiles, si te aportan algo tendrás que pensar cuál quieres que sea tu siguiente paso -le razoné.
–No todas son… todas son importantes, pero no todas me ahogaban por igual. Lo que sucedía era que con todas no podía más! – razonó ella.
-Pues te propongo salir de ese espacio, coger las notas y ponerles orden, así podremos sesión a sesión profundizar en cada una de ellas, por qué te resultaban tan pesadas hasta llevarte al punto de ansiedad que estabas antes y qué quieres hacer con ellas a partir de ahora – Le propuse mientras ella asentía con la cabeza.
Cuánto pesan nuestras piedras? Hasta dónde estamos dispuestos a cargar con ellas a pesar del dolor que nos llegan a provocar? Esta tarde ella ha tenido el valor de abrir su mochila y ver sus piedras. A menudo acaban en la mochila casi sin saber cómo han llegado y nos acostumbramos tanto al peso y a la molestia de llevarlas que preferimos seguir cargando con ellas que mirarlas. Y nos pasa porque hacerlo implica hacernos preguntas a las que sabemos las respuestas. Aún sabiéndolas las tememos porque dejar de caminar sin ese peso implica un cambio, nuevas posibilidades y un espacio inmenso por llenar de nuevas experiencias, personas y posiblemente nuevas piedras.
Hay que tener valor para hacer lo que ha hecho ella. Abrir su mochila y mirar de frente a cada una de sus piedras. Sea cuál sea el camino que hoy ha empezado seguro que le abrirá oportunidades que el peso y la angustia no le dejaba ver.
Y si no vacíamos nuestra mochila de vez en cuando, llega un momento que no nos podemos mover. Y moverse es vivir. Y vivir es llenar nuestra mochila de nuevas piedras, eso es inevitable. Pero cada vez que la vacíanos, que decidimos lo que queremos llevar en ella y lo que no, dejamos para la siguiente vez menos espacio para piedras y más para experiencias y sobre todo personas. Y eso no pesa, en absoluto. Nos empuja y nos anima a seguir.
Cuando un día te preguntes qué te impide seguir y coger impulso, haz la prueba. Abre tu mochila, saca tus piedras. En ellas siempre está la respuesta. Algunas llevan culpa, otras frustraciones, expectativas, enfrentamientos, relaciones emocionales truncadas, deseos silenciados durante años, cariño inexpresado… demasiado peso para poder avanzar.
Y verás que soltar da miedo, mucho miedo. Porque aún siendo pesadas, aún impidiéndonos caminar cada una de esas piedras se ha convertido en parte de nosotros y vaciarlas nos genera una inmensa sensación de desnudez, de pérdida necesaria para valorar después cómo de grande ha sido el esfuerzo y el sufrimiento de cargar con ellas.
Mi camino como el suyo no ha estado exento de piedras, y aún cargo con algunas que deberé revisar en la siguiente parada o cuando las piernas no den para más… pero también he aprendido a caminar con una mochila más pequeña donde siempre hay espacio para experiencias, oportunidades y sobre todo personas, que enriquecen cada paso y me empujan a seguir.
Y no cambiaría nada de eso porque el camino perdería todo su sentido. Cada vez que vacías piedras de tu mochila te das cuenta que ya no tienes ganas de volver atrás y sientes la fuerza necesaria para seguir adelante.
Siendo adolescente un Sensei me habló de una leyenda que explicaba que los japoneses tienen la creencia de que las personas predestinadas a conocerse se encuentran unidas por un hilo rojo atado al dedo meñique. Esta leyenda surge cuando se descubre que la arteria ulnar conecta el corazón con el dedo meñique. Siempre me ha parecido tan romántica y llena de emoción y sentimiento que a lo largo de los años he defendido la existencia de esos lazos y que existen personas que sencillamente son lazos.
Creo que con el tiempo vamos tomando consciencia de esos lazos con personas que llegan a nuestra vida, para enriquecerla y para enseñarnos que todos y cada uno de esos lazos nos hace especiales, dando rienda suelta a nuestros sueños, fantasías e ilusiones.
Claro que no todos los tenemos presentes, y muchos vienen y se van de nuevo, sin romperse se alejan porque tal vez no era su momento o quizás el momento ya ha pasado, pero otros… otros se acercan y se alejan de forma natural. Y cada vez que se acercan es para recordarte que ese lazo sigue ahí, que merce el riesgo cogerlo fuerte y tirar suavemente para que desparezcan las distancias y disfrutar de todo lo que nos ha mantenido unidos, sin darnos cuenta de que estaba ahí ofreciéndonos un extremo y suficientemente fuerte para resistir el tirón.
Hace unas semanas una clienta me decía, sin hacer referencia a la leyenda y mientras reflexionaba sobre sus relaciones, que sentía que había lazos que la mantenían unida a algunas personas, incluso cuando deberían haberse roto, más fuertes que la distancia y el tiempo. Explicaba que quería pensar que eso pasaba porque algunos de ellos le estaban diciendo que estaba predestinada, aquellos que la ilusionaban y la hacían soñar… Qué bonita forma de darse cuenta de cuales quería estirar y cuales quería dejar ir.
Sería maravilloso pensar que podemos pasar por la vida sin tener experiencias complicadas, sin equivocarnos, sin pensar “qué hubiera pasado si”, sin temores y sin miedos… y nos lleva unos años entender (y no me negareis que así es mucho más romántico e intenso) que las cicatrices que vamos acumulando siguen ahí para decirnos algo, para recordarnos que hay alguien al otro lado del lazo, esperando la señal, a que tiremos suavemente a que probemos si es el momento de enseñarnos algo nuevo y que nos recuerden que nos hace diferentes del resto.
“Nadie aparece en nuestro camino por casualidad y nadie entra en nuestra vida sin ninguna razón” (Anónimo)
«La muerte está tan segura de su victoria que nos da una vida de ventaja”
Hoy he leído esta frase de Josef Ajram Tares y sin darme cuenta me ha llevado a desempolvar algo que escribí hace ya mucho, que pensaba tener olvidado y a pesar de todo ha sido muy fácil encontrar en la última de las cajas que todavía sobrevivía a mi última mudanza.
Escribí un texto una noche finales de noviembre de 2013, la última de las 3 noches de insomnio que creo haber tenido a lo largo de mi vida y aquella misma noche, al terminar, decidí que no lo enseñaría ni compartiría, pero hoy… es un magnífico día para no hacerme caso… cosa que tengo la sana costumbre de hacer de vez en cuando…
“… y me das lástima, lástima de que hayas pensado que si me quedaba en el camino ganabas, que pensaras que mi miedo era a desaparecer y nunca pudiste entender que lo único a lo que tenía miedo era a tener que vivir sin poder ser yo y que mi intento de negar tu absoluta superioridad y capacidad de hacerme pequeño era solo una forma de proteger y esconder de ti mis ganas de seguir viviendo intensamente.
Si yo perdía tú desaparecerías conmigo, si ganaba tú no estarías para verlo. Así de absurda era tu propia existencia.“
Aprendí y entendí aquella madrugada que la muerte es un desafío, nos dice y advierte que no perdamos tiempo, que lo que deseemos lo hagamos, digamos, compartamos, soñemos y lo hagamos realidad… y que si puede ser hoy mejor que mañana.
La muerte le preguntó a la vida: por qué a mí todos me odian y a tí todos te aman? Y respondió la vida: porque yo soy una bella mentira y tú una triste verdad.
Y nosotros decidimos cuálde las dosqueremos vivir.
Aún recuerdo el día que supe que los Reyes eran los padres. Tenía 8 añitos y un niño lo gritó a los cuatro vientos en clase y durante meses tuve miedo de preguntar a mis padres… Me hacía tanta ilusión pensar que aquel niño estaba equivocado que no quería saber la respuesta. Negar la evidencia y no saber me hacía feliz, así alargaba esa edad de la inocencia y los sueños mágicos.
Los Reyes Magos eran entonces mi gran oportunidad para soñar y mantener la ilusión. Porque la ilusión no era el regalo que me podían dejar, era el vivir la historia de una noche mágica donde todo era posible por inverosímil que pudiera parecer, era el seguir creyendo que con ilusión, intensidad y pasión somos felices y podemos entregarnos y hacer felices a los que nos rodean.
Creo que la ilusión al igual que la pasión es un valor que se hereda, se transmite y se contagia y que todos podemos ser Reyes Magos cualquier día del año para alguien y en cualquier momento, solo necesitamos la chispa adecuada. Para ilusionar e ilusionarnos solo tenemos que abrír ojos y oídos y regalar tiempo, tiempo para llamar, para escribir, para wasapear, para decirle a alguien lo que sentimos, lo que nos importa o para sorprenderle y emocionarle. Tiempo para vivir y amar.
Hace un ratito uno de mis hijos, J, ha recibido un enorme chute de emoción e ilusión, de esos que te dejan con los ojos abiertos y te vacían de palabras de agradecimiento. Y no era el regalo sino la forma, el cariño, el amor y la ilusión que han puesto quienes se lo han hecho llegar.
Algún día le explicaré que los Reyes existen pero que no siempre son los padres. En su caso, como en el de su hermano, tienen la fortuna de que también son sus titos… y su padre… bueno, su padre una vez fue el torpe paje.
Gracias por ayudarme a convertir sus ilusiones en sueños. Gracias por el tiempo dedicado para hacerle sentir especial.
Esta noche vuelvo a sentirme niño y a creer en los Reyes Magos.
Hace semanas me habían pedido peluches… me decían que echaban de menos tener peluches…
Días antes de Reyes me encontré con una tienda de productos de segunda mano con un expositor en la puerta lleno de peluches, algunos de ellos enormes, sucios y en un estado algo lamentable y me llamó la atención el precio… el más caro 2€. Entre toda aquella montaña de muñecos rápidamente dos me llamaron la atención porque instantáneamente los asocié con mis hijos: una enorme cría de tiranosaurus rex amarilla y un simpático y redondo pingüino que había perdido su sonido que cogí y llevé al mostrador.
Cuando la dependienta me miró le pregunté…
Perdone, me ha llamado la atención el precio para lo grandes que son?
Y si te llevas los dos te los dejo en 3€… sabes qué pasa, ya nadie quiere peluches si no están en estado perfecto. Aunque los regalara me costaría venderlos, por eso los he apilado en la puerta. Seguro que todos tienen historias de niños detrás… pero en el fondo a las personas nos pasa lo mismo, nos fijamos en la apariencia, en lo superficial…
Salí de la tienda con mis dos peluches y aquella tarde y tras buscar fórmulas imaginativas para meterlos en la lavadora me dediqué a limpiarlos y los guardé pensando en cómo dárselos. El día de Reyes se los encontraron limpios y todavía maltrechos sobre su cama… y para mi sorpresa fue el regalo al que más atención prestaron. A día de hoy aún no se han separado de ellos.
Ayer mientras volvíamos a casa del cole J me decía que tenía ganas de abrazar a su nuevo amigo y P me preguntó cómo que los Reyes les habían dado esa sorpresa. Les expliqué que los Reyes me habían dicho que les traerían un peluche, un peluche especial porque había visto muchos muy bonitos pero algo rotos y sucios o que ya no funcionaban bien que ningún niño quería, y por eso estaban tristes esperando que quisieran jugar con ellos. Así que pensaron en P y J para que esos peluches volvieran a ser peluches felices, a pesar de que ya no estuvieran tan nuevos y bonitos como habían estado hacía tiempo.
Ver al llegar a casa sus caras de ternura y cómo iban abrazando cada vez más fuerte sus nuevos amigos mientras los acariciaban me llenó de orgullo y de emoción contenida.
Nosotros los cuidaremos -dijo J
Sí papá, a nosotros no nos importa que ya no hablen o estén un poquito rotos, queremos que sean felices con nosotros – añadió P
Y les dieron a sus nuevos compañeros de aventuras un largo y sentido beso.
Por la noche y tras estar ellos arreglados quisieron hacer lo mismo con sus peluches… simularon ducharlos, les secaron el pelo, los cepillaron bien, les pusieron un poquito de colonia, les lavaron los dientes (con mi cepillo), arreglamos como pudimos unos hilos de la nariz del pingüino, cosimos una pezuña maltrecha del dino y le pegamos bien el ojo derecho… yde madrugada me he dado cuenta que en la cama no estaba solo… estaban también P, J, Pingüin y Dino.
Bienvenidos a la familia.
Aquella tarde en la tienda me removieron las palabras de la dependienta y no lo entendí, esta noche todo tuvo sentido y sentí que todavía queda esperanza y que los que vienen por detrás nuestro conseguirán cambios que nosotros no hemos sido todavía capaces de hacer. Aquella tarde pensé que iba a enseñarles yo, esta noche me han enseñado ellos… y no os imagináis como os quiero por ello.
Empecé a escribir para exponerme, para mostrar de una forma «pública» reflexiones y emociones que por alguna razón conectaban en un momento muy concreto conmigo.
No ha habido más pretensión que a través de esas líneas de reflexión mostrarme sin máscaras ni barreras y dejar que otros tras leerme valoren si eso tenía sentido y también conectaban con lo que expresaba o solo lo tenía para mi.
Cada una de esas líneas no hubiera sido posible sin musas, clientes, pequeñ@s maestros, sistemas, maravillosas personas que se han cruzado en mi camino y amores… intensos unos y que dolorosamente nunca fueron otros.
Todas y cada una de esas líneas han salido casi impulsivamente, sin ideas preconcebidas, ni limitaciones, todavía conectado con las sensaciones y sentimientos que las han creado y sin querer ni pretender darle estilo alguno. Solo así tenían sentido para mi y expresan con sinceridad y honestidad quien soy y como quiero seguir siendo.
Momentos del último año de mi camino recogidos en amaneceres, bajo la luz de su Luna, sitios maravillosos que me han transportado a momentos vitales que me han marcado y que llevo grabados.
Gracias infinitas a tod@ y cada un@ de los que en algún momento habéis dedicado unos minutos a leer alguno de ellos, a l@s que os habéis emocionado, a l@s que me habéis escrito y compartido las emociones que os han despertado estas líneas, a l@s que os habéis visto reflejados e identificados y a l@s que habéis compartido y les habéis dado resonancia. Y gracias «maestro» Tomás por sembrar la semilla.
Nunca llegué a imaginar que desde la vulnerabilidad y la exposición propia llegaría a compartir sentimientos tan especiales como los que se han producido con todas y cada una de las líneas escritas… Qué maravilloso regalo el que de vuestra parte he recibido a cambio de tan poco.
Sirvan estas líneas y el último blog de este 2019 para daros las gracias por todo lo que me habéis aportado, el reconocimiento merecido e invitaros a seguir compartiendo momentos de mi camino, que ya es un poco vuestro y que siempre estará abierto a quien quiera compartir pasos y nuevas experiencias.
No olvido que antes de acompañar he sido acompañado… y en el fondo es sobre eso que escribo.
No eran ni las 6 de la mañana cuando María me llamaba asustada por una pesadilla que aún somnoliento me costaba entender. Vino a mi cama cogiendo fuerte sus inseparables conejitos rosas y se tumbó a mi lado explicando todavía nerviosa sus miedos mientras poco a poco se iba relajando.
Poco después estábamos los dos en el sofá tapados completamente por una manta y empiezo a contarles historias…. cuentos interminables donde ella sacaba personajes y yo los enlazaba hasta donde mi imaginación podía llegar. Sus ojitos abiertos, su risa contagiosa, lo emocionada que estaba con cada giro argumental, la fuerza con la que me cogía la mano cada vez que lanzaba un nuevo personaje, ese momento que deseas que no acabe nunca …
María me ha transportado a un tiempo que pensaba lejano, a muchos años atrás cuando bajo una sábana, una manta la que estaba allí conmigo no era Maria, sino su madre, todavía niña, con la misma expresión curiosa, misma sonrisa, esos ojitos grandes que se comen el mundo y esa ternura que lo envuelve todo….
María pensaba que se quedaba a dormir con sus primos para tener una noche de aventuras… y en realidad la aventura la he tenido yo. Hay regalos que te vienen de madrugada, improvisados y que sabes desde el primer momento que no olvidarás. Como los tengo grabados en el corazón con tu madre y ahora también contigo…
Sigue soñando pequeña María y no dejes de hacerlo, moldea el mundo, llénalo de aventuras y emociones, vívelo intensamente y siempre que quieras despierta a tu tío para explicárselo bajo una manta.
El otro lado es un sitio oscuro, frío, solitario y a menudo de puertas cerradas. Cuando estás al otro lado a menudo no quieres salir de él, a menudo te sientes pequeño, insignificante y culpable por lo que crees que eres y por lo que piensas que podrías haber sido.
El otro lado también te enseña, te recuerda que solo desde abajo puedes mirar hacia arriba con la mayor de las perspectivas, que apoyarte en el que te ofrece el hombro y su mano es un regalo y te hace afortunado y que cuando en esa situación recibes un abrazo, sincero, largo, cálido y de corazón algo se activa dentro de ti, indescriptible y tremendamente poderoso, capaz de generar luz donde solo hay oscuridad, capaz de darte alas para levantarte y llevarte donde antes no hubieras ni podido imaginar… y vuelas… y sales… y lloras… y ríes… y compartes… y amas como nunca y como nunca deberías de haberlo dejado de hacer… y vives, intensamente y para siempre.
Hay historias que son eternas, que van allá del momento en que las has vivido y que pasará el tiempo y los años y la seguirás sintiendo reales.
Y lo son porque ella tiene magia, porque dieron el paso y durante unos días se dieron la oportunidad, la ilusión, la locura de lo desconocido y del primer contacto… y pocas cosas son tan especiales y emocionantes como conocer a alguien capaz de difundir magia a su alrededor. Existen y cuando pasan por tu vida lo iluminan todo. No se buscan, no las esperas, con ellas todo es fácil y sabes que puedes confiar ciegamente en ellas.
Esas historias pueden que nunca vuelvan a darse, tal vez permanezcan escondidas en el recuerdo de lo que pudieron haber sido … Nadie dijo nunca que fuera fácil ser feliz, es un aprendizaje que lleva tiempo y no siempre salen las cosas como hubiera deseado, pero cuando te llevas momentos como los que me llevo yo deseas que llegue mañana para darme una nueva oportunidad y ponerme a ser feliz.
Llegaste el día justo, en el momento adecuado y como dice la canción «a la la hora señalada». Y sigues aquí… buena observadora, amiga que sabe escuchar mis desvaríos y siempre dispuesta a regalarme tu aroma y una sonrisa a cualquier hora del día o de la noche.
No hubiera sido de los que hubieran apostado a que lo nuestro duraría tanto, no si me atenía a mis anteriores experiencias con las tu especie… pero has sabido hacerte un lugar especial, que ya es tuyo como son las cosas que pasan a tu alrededor y por eso te has ganado mi respeto y mi cariño.
Me hiciste llorar el día que aquel chico de chaqueta amarilla te trajo hasta mi puerta y me dejaste sin palabras cuando te leí… confieso haber pensado que habías llegado al lugar más inadecuado y a manos de la persona más inoportuna pero son muchas, muchísimas las veces que mirándote, leyéndote, acariciándote me he llenado de valor y emoción para seguir dando pasos.
No sé si contigo se acabaron los días grises… bueno si lo sé y alguno que otro ha habido a pesar de ti… pero si sé que tu presencia ha cambiado el signo de muchos y que tus palabras las llevo grabadas a corazón.
Así que ahora que somos tres los que te cuidamos lo hacemos y haremos por ti, por nosotros y por todo lo que significas. Porque aceptarte y mimarte va más allá de aceptar un regalo, es abrazar el compromiso, el agradecimiento sentido y el amor hacia aquellos que contra viento y marea siempre han apostado por mi, incluso cuando venían mal dadas.
Eres un regalo al crecimiento, a la vida que se abre camino, a las oportunidades… eres la mejor metáfora de los nuevos proyectos que de vez en cuando te regala la vida. Y el mío… Sole, Jaume, María… no sería posible sin vosotros.
El primer día de clase, la maestra doña Tomasa les dijo a sus alumnos de quinto grado, que ella siempre trataba a todos por igual, que no tenía preferencias ni tampoco maltrataba ni despreciaba a nadie.
Muy pronto comprendió lo difícil que le iba a resultar cumplir sus palabras. Había tenido alumnos difíciles, pero nadie como Pedrito. Llegaba al colegio sucio, no hacía las tareas, pasaba todo el tiempo molestando o dormitando, era un verdadero dolor de cabeza. Un día no aguantó ya más y se dirigió a la dirección.
– Yo no soy maestra para soportar la impertinencia de un niño malcriado. Me niego a aceptarlo por más tiempo en mi clase. Ya casi son las vacaciones de Navidad, espero no verlo cuando volvamos en enero.
La directora la escuchó con atención, y sin decirle nada, revisó los archivos y puso en las manos de doña Tomasa el libro de vida de Pedrito. La profesora lo comenzó a leer por deber, sin convicción. Sin embargo, la lectura le fue arrugando el corazón:
La maestra de primer grado había escrito: “Pedrito es un niño muy brillante y amigable. Siempre tiene una sonrisa en los labios y todos le quieren mucho. Entrega sus trabajos a tiempo, es muy inteligente y aplicado. Es un placer tenerlo en mi clase”.
La maestra de segundo grado: “Pedrito es un alumno ejemplar con sus compañeros. Pero últimamente se encuentra triste porque su mamá padece una enfermedad incurable”
La maestra de tercero: “La muerte de su mamá ha sido un golpe insoportable. Ha perdido el interés en todo y se pasa el tiempo llorando. Su papá no se esfuerza en ayudarlo y parece muy violento. Creo que lo golpea.”
La maestra de cuarto: “Pedrito no demuestra interés alguno en clase. Vive cohibido y cuando intento ayudarle y preguntarle qué le pasa, se encierra en un mutismo desesperanzador. No tiene amigos y está cada vez más aislado y triste”
Por ser el último día de clase antes de las Navidades, todos los alumnos le llevaron a Doña Tomasa unos hermosos regalos envueltos en fino y coloridos papeles. También Pedrito le llevó el suyo envuelto en una bolsa de papel. Doña Tomasa fue abriendo los regalos de sus alumnos y cuando mostró el de Pedrito, todos los compañeros se echaron a reír al ver su contenido: un viejo brazalete al que le faltaban algunas piedras y un frasco de perfume casi vacío. Para cortar por lo sano con la risa de los alumnos, Doña Tomasa se puso con gusto el brazalete y se echó unas gotas de perfume en cada una de las muñecas. Ese día, Pedrito se quedó el último al salir de clase y le dijo a su maestra: “Doña Tomasa, hoy usted huele como mi mamá”
Esa tarde, sola en su casa, Doña Tomasa lloró un largo rato. Y decidió que en adelante, no solo iba a enseñar a sus alumnos lectura, escritura, matemáticas… sino sobre todo, que los iba a querer y les iba a educar el corazón. Cuando se reincorporaron a clase en marzo, Doña Tomasa llegó con el brazalete de la mamá de Pedrito y con unas gotas de perfume. La sonrisa de Pedrito fue toda una declaración de cariñoso agradecimiento. La siembra de atención y cariño de Doña Tomasa fue fructificando en una cosecha creciente de aplicación y cambio de conducta de Pedrito. Poco a poco, fue volviendo a ser aquel niño aplicado y trabajador de sus primeros años de la escuela. Al final del curso, a Doña Tomasa le costaba cumplir sus palabras de que, para ella, todos los alumnos eran iguales, pues sentía una evidente predilección por Pedrito.
Pasaron los años, Pedrito se fue a continuar sus estudios en la universidad y doña Tomasa perdió contacto con él. Un día recibió una carta del doctor Pedro Altamira, en la que le comunicaba que había terminado con éxito sus estudios de medicina y que estaba a punto de casarse con una muchacha que había conocido en la universidad. En la carta le invitaba a la boda y le rogaba que fuera su madrina de boda.
El día de la boda, Doña Tomasa volvió a ponerse el brazalete sin piedras y el perfume de la mamá de Pedrito. Cuando se encontraron, se abrazaron muy fuerte y el Doctor Altamira le dijo al oído: “Todo se lo debo a usted, Doña Tomasa”. Ella, con lágrimas en los ojos, le respondió: “No, Pedrito, la cosa sucedió al revés, fuiste tú quien me salvaste a mí y me enseñaste la lección más importante de la vida, que ningún profesor había sido capaz de enseñarme en la universidad: me enseñaste a ser maestra”.
(Autor desconocido)
Dijo Eric Hoffer «En tiempos de cambio, quienes estén abiertos al aprendizaje, se adueñarán del futuro, mientras que aquellos que creen saberlo todo estarán bien equipados para un mundo que ya no existe” .
A veces la vida que es caprichosa nos regala la suerte de ponernos en el camino personas que nos llevan al descubrimiento, al darnos cuenta, al compromiso, a la acción, a sentir y a aprender… y caminar junto a esa persona nos permite soñar que podemos volar, que todo es posible, que somos libres para intentarlo, para hacerlo y sentirnos orgullosos del camino recorrido juntos.
Todos somos Pedritos para alguien y todos necesitamos a Doña Tomasa en algún momento de nuestro camino…