Amor… hoy me despierto con mi mente y mi cuerpo abrazado a ti… un abrazo tan largo como dura la noche, como desayunar tu piel al abrir lentamente los ojos… un abrazo que sana, que ama y es amado, hecho de ramas y raíces que se entrelazan, que hace de escudo ante el frío y nos condensa del calor que generan dos cuerpos que se quieren y se ciegan..
Deseo que la oscuridad de mis sábanas nos llene de luz y nos confunda para bien, que nos envuelvan de abrazo en abrazo erizando la piel y recargando el corazón. Algunos que lo han sentido dicen llamarlo… Conexión.
Deseo ese abrazo que nos conecte y nos regale fuerzas para enfrentar lo que nos tenga que venir, ese abrazo que después de un largo día nos reciba y nos chute de vida con un “cariño, ven conmigo y todo estará bien”.
Quiero un abrazo que dibuje un mundo en calma sólo nuestro, sólo para nosotros, que alimente nuestra mente y revitalice las emociones de recorren nuestra piel, quiero en cada abrazo tatuarte lo que siento por ti para que durante el tiempo que no te vea puedas refugiarte, tocarme y sentirme entre caricias, besos, sueños y deseo de un Juntos cada mañana.
Así es como voy a abrazarte… cuando haya luz y cuando llegue la noche, cuando lleve horas sin verte y cuando lleve días sin separarme un centímetro de ti. Me ilumina tu sonrisa a través de una foto y me enamora aún sin poderte tocar… sólo el cielo sabe hasta donde puedo quererte y hasta dónde me has cambiado…siento que completas mi mundo, que lo haces distinto y especial, qué locura pensarlo, bendita locura sentirlo.
Quería darte los Buenos Días y que supieras lo que significas para mi… no sé si lo he conseguido, pero comenzar el día contigo en mi mente ya lo hace maravilloso.
Jorge Juan García Insua
Estas palabras las escribí una mañana de marzo, en lo peor de la pandemia y nunca publicadas… hasta hoy. Incluso si la felicidad se olvida de ti un poco, nunca te olvides completamente de ella.
«Existe un breve momento en la vida en el que te sientes más perdido que nunca. Ese momento es el principio de un encuentro«. Daniela Riviera Zacarías.
Me he quedado mirando un cuadro. Mariposas… manos… y me pidió que pintáramos algo juntos, sentí vergüenza y admiración a partes iguales. Lo primero por mi creencia de no dar el nivel, lo segundo por lo reconfortante que alguien que admiras te pida compartir algo tan personal.
Admiro a las personas que saben pintar y esto sólo se puede entender si te has puesto delante de una hoja en blanco, con tus lápices o pinturas y dejas que tus manos conecten con tu mundo interior, ahí donde se libran las batallas, donde tienes más que perder que ganar y dónde cada línea, cada color… es un rastro de lo que hay dentro de ti.
Tener la hoja de mi viejo bloc en blanco delante me lleva a una sesión donde ella cogió uno de los folios que tenía sobre la mesa, un lápiz y mientras aquellos ojos grandes tenían la mirada ausente empezó a dibujar líneas. A primera vista no tenían sentido. Algunas era feroces e impulsivas, otras suaves, lentas, sinuosas… dejó el centro de la hoja limpia, en blanco…
Su rostro se serenó. Me acerqué ligeramente y fue suficiente para que cambiara el dibujo por las primeras palabras….
–Así estoy por dentro… Hay días que todo es caos, mi vida, mis relaciones, mi trabajo… y no sé qué hacer para poner orden -mientras su mirada volvía a perderse en las líneas que acababa de dibujar.
Me acerqué un poco más, en silencio y mi mirada le decía que estaba allí para ella. Pasaron los minutos y mirando su rostro percibía como por él pasaban todas las sensaciones posibles. Finalmente respiró hondo…
–¿Sabes por qué no he puesto nada en el centro?
– No -dije.
–Iba a poner su nombre -dijo con tono de sorpresa y la voz baja mientras sus ojos se humedecían. Como si la culpa fuera suya, pero en realidad es el mío el que debería poner. Es mi caos! Llevo demasiado escondiéndome en mi caos.
A partir de ese momento cada palabra suya iba acompañada de una nueva línea que poco a poco iba uniendo aquellos trazos exaltados. Y lo que antes parecían muestras de frustración empezó a dejar al descubierto el miedo a perder a la persona que quería, el miedo a que cicatrices del pasado se abrieran, la soledad emocional que se escondía en unos día a día frenéticos y agotadores, sentimientos tan profundos que ni ella había podido ni querido acceder. Aquel desastre inicial tomó forma de un dibujo barroco y de ensueño, lleno de formas increíblemente enlazadas a base de tonalidades y en el centro dibujó un corazón.
Al finalizar la sesión se quedó mirando su dibujo y a mí. Ahora su mirada era limpia y transparente.
– Déjame que te pregunte… coges el dibujo y percibo en tus manos que dudas. Qué deseas hacer con él? -pregunté
– Pensaba que te lo quedarías…
– No… Es tu sesión y es tu dibujo. No me corresponde a mí decidir sobre ella ni sobre él -contesté.
Cogió el folio, lo dobló y lo rompió en decenas de trocitos que dejó sobre mi mesa…
– Siempre has dicho que si quiero cambiar algo he de hacer algo diferente a lo que he hecho, no? Pues punto y aparte. Empecemos con un folio nuevo, en blanco…
Son muchas las emociones que de intensas nos nublan y nos desesperan. Unos escribimos para salir de esa espiral y encontrar el camino, otras personas necesitan encontrar su forma de conectar con la serenidad de un lienzo en blanco y lanzar una recta a la línea de flotación de su inconsciente. En esos momentos nos falta la serenidad para ver más allá y el dibujo desahoga y tiene un increíble poder restaurador. Dibujando aprendí que la espiral nos lleva más hacia atrás que hacia delante y que no hay crecimiento ni evolución sin retroceso.
A menudo nos presionamos pensando que debemos encontrarnos a nosotros mismos y nos negamos el permiso a perdernos. Nadie se encuentra sin haberse perdido muchas veces, dibujado muchas espirales y pasado por muchas curvas… pero reconocerlo es un acto de respecto hacia nosotros mismos y fortaleza interior que nos hace vulnerables. Y la vulnerabilidad es un abrigo pesado de bolsillos llenos de incertidumbre difícil de llevar.
El camino a menudo no es recto pero no olvides que las sonrisas más bellas están dibujadas sobre curvas…
Si no hubiera recibido ese mensaje del Blog no me hubiera dado cuenta.
50 ya… parece increíble.
Y cada una de esas 50 veces que he publicado lleva consigo una deuda que contraigo y que posiblemente no podré nunca pagar… suerte que posiblemente tampoco me digáis que la queréis cobrar.
Sé que me llevo a escribir cada una de las 50 veces y eso le da todavía más fuerza al lazo que me une con esas historias y con vosotr@s. Esto comenzó como algo íntimo y muy personal, de un abrazo acompañado de invitación de mi “maestro” Tomás López que activó algo dentro de mí y casi sin darme cuenta ha crecido hasta ser más vuestro que mío. Así debe ser y me hace feliz que así sea. Tenía razón Tomás… nunca me había expuesto de esta forma, nunca me había mostrado tan vulnerable y en cambio gracias a eso personas y situaciones maravillosas se cruzaron en mi camino.
Dijo G.B Stern que «la gratitud en silencio no sirve a nadie» y el primer paso del pago de mi deuda debe comenzar por daros la gracias, y como las gracias debe darse por algún motivo, he comenzado hoy a escribir… Sentir tanta gratitud y no expresarla sería tan sin sentido como envolver un regalo y nunca llegar a entregarlo. Ese error ya lo cometí y esta vez quiero y tengo la oportunidad de hacerlo mejor. Cuanto de cierto hay en eso de que nacemos para cometer errores, no para ser personas perfectas.
Quiero daros la gracias por cada una de las más de 3.000 veces que me habéis leído, por cada una de las veces que habéis compartido conmigo cómo conectábais, emocionábais y por cada uno de los mensajes que habéis publicado.
También quiero hacerlo porque cada vez que eso ha sucedido me he sentido especial compartiendo una parte de mí con vosotros, y esto hace unos años era inconcebible para mí. He reñido, amado y llorado mucho, mucho más de lo que lo que lo he dejado escrito. He publicado cosas que salen de lo más profundo y que prácticamente nadie sabía ni había compartido, y vosotros me habéis dado el espacio y el cariño para hacerlo como sintiera y necesitara me habéis cambiado y he crecido con vosotros, siempre desde el amor y más profundo de los respetos. Cada línea que leíais estrechaba nuestros lazos, los que quienes protagonizaban y los de quienes leían. Nunca mi camino soñó ser tan ancho.
Quiero daros la gracias porque no conozco otra forma dar el valor que os merezco y el reconocimiento a lo que he recibido de vosotros, de olvidar lo que he dado para grabar lo que he recibido y porque creo que el corazón siempre recuerda cuándo y quién le fue agradecido. El mejor regalo nunca es algo, siempre es alguien y con esos regalos quiero quedarme.
Ahora que escribo tomo conciencia de todo lo que he vivido a lo largo de 50 publicaciones y de las muchas más que nunca llegué a publicar. Y lo más importante… sé que todavía tengo sueños imposibles, heridas, cicatrices y sin sabores, pero lejos de intentar borrarlos u olvidarlos descubro que hay formas bonitas de leerlos y enseñarlos. Sólo necesitas dar con la persona de mirada adecuada.
Escribo esto y no sé si habrá 51, 52… o si no habrá más… tanto quién aquí publica como quién desear entrar, estar y compartirlo conmigo lo hace desde la libertad y voluntad de querer que así sea, sin más compromiso que predisponerse a compartir y si se da el caso sentir, emocionarse, reír, llorar…
El camino sigue y si hay algo contrario a mí es vivir en el pasado. Seguiremos, yo y vosotros, compartiendo trocitos de vida entrelazada que tienen sentido cuando se disfrutan sin piloto automático, con la mirada de un niño (o dos…) y abrazando sensaciones sin intención de querer cambiarlas.
Esto sólo ha sido una parada para mirar atrás, respirar hondo, abrazar, besar y coger impulso. Lo mejor siempre está por venir y seguiremos arriesgándonos porque si no funciona tendré una increíble historia de la que aprender y si sale bien… bueno, imagina que bonito es que las cosas te salgan bien… Es lastimoso para el corazón saber que has perdido un tren cuando te das cuenta que no volverá a pasar, y esa es una carga que no quiero llevar.
“Disfruta de las pequeñas cosas, porque tal vez un día vuelvas la vista atrás, y te des cuenta de que eran cosas grandes”. Robert Brault
Musas, parcas, demonios y ángeles… Estoy y estaré.
Caminábamos los tres de la mano y P no paraba de explicar cómo iba a conducir el camión cuando fuera bombero… y entre explicaciones y risas J me soltó la pregunta-bomba… papá, ¿y de grande que querías ser tú de pequeño?
– Artísta! – le contesté mientras me arrodillaba para quedar a su altura. Cuando era un poco más grande que tú quería ser artista y pintar!
Recuerdo el día que le dije a mi padre que quería pintar, que mi deseo era licenciarme en Bellas Artes y que esa sería mi primera opción al elegir universidad, luego Psicología y finalmente Magisterio o Derecho. Había llegado de entrenar y cenaba en el comedor, él estaba sentado enfrente mío y comenté que en clase nos habían comentado que fuéramos pensando qué opciones nos interesaban más para orientarnos y elegir asignaturas. Aún recuerdo la cara de mi padre cuando le dije que quería pintar, dibujar, quizás diseño gráfico… Se quedó pensativo con la mirada perdida, se tocó la barbilla, se puso bien las gafas y me dijo…¿Pero de eso se come hijo?
–No lo sé papá, espero que sí pero bueno… aunque no fuera así no me importaría estar dibujando en las Ramblas… -le dije sin mesurar mis palabras. Haré Bellas Artes y veré a qué puedo dedicarme relacionado con el dibujo o la pintura.
Aunque no acababa de ver ni de lejos qué oportunidades de futuro tendría el arte para su hijo mediano, supongo que tampoco le acabó de convencer lo de ser psicólogo. Así que aquella noche me animó y me mostró todo su apoyo decidiera lo que decidiera…. Ahora con la distancia creo que tuvo que ser una noche larga para él, seguro que le preocupó mi futuro y en cambio siempre fue el primero en apoyarme y estar a mi lado.
El caso es que a la edad de mis hijos no me gustaba pintar, siempre pensaba que lo hacía muy mal y me sentía muy inseguro con un lápiz entre las manos. Le pedía a José, mi hermano mayor, que me ayudara y el pobre se fue más de una noche muy tarde a dormir para hacerme bocetos que luego yo repasaba, coloreaba y presentaba como míos. Llegó la noche que no le pedí a mi hermano el primer boceto y dibujé yo desde el primer trazo, dejando que con la práctica mi imaginación se perdiera entre dibujos de cómics, seres sobrenaturales, tiburones y ángeles.
Con 15 años y estudiando BUP en el Colegio Ntra Sra de la Esperanza (hoy Escola Arrels Esperanca) de Badalona tuve una maravillosa profesora de Dibujo técnico y Diseño, Carmen, que lo cambió todo. Un día nos mandó un ejercicio de dibujo técnico y no sé por qué lo hice pero no lo entregué sólo a rotting, se me ocurrió pintarlo, llenarlo de formas y colores expresivos, de contrastes y cuerpos… y lo entregué escondido entre los de mis compañeros. Pensaba que me suspendería pero en lugar de eso se sentó conmigo y me dijo que era el mejor trabajo que había recibido hacía mucho mucho mucho tiempo, tanto que no había querido poner el 10 para no “estropearlo” y que si me parecía bien quería que se lo firmara por detrás porque algún día… “algún día te reconocerán por el artista que llevas dentro”… sólo acerté a coger un boli, girar la lámina y ponerle “Con todo el cariño del mundo para mi profesora Carmen… Coke”. Sonrió y me susurró… “Coke, lo que diferencia al artista no es su habilidad para dibujar sino la forma en que ve el mundo. Y tú lo ves y lo dibujas de una forma muy especial”.
Aquella frase me cambió. Todavía me remueve y emociona recordarla hoy… Su confianza ciega en las capacidades de aquel adolescente de camisas imposibles me llevó a trabajar y experimentar con técnicas y a pasar horas y horas entre folios, cuartillas, pinturas, acuarelas y telas …. Y era yo el que dibujaba bocetos para mis compañeros…
Y ser acercó el día de pasar la prueba en la facultad de Bellas Artes. Iba con todo a medio preparar, los meses de hospital, la recuperación y la selectividad no me habían dejado mucho margen… llevaba avanzada la parte libre del primer día y nada del bodegón obligatorio del segundo. Escuchar mi apellido y entrar en un sala repleta de caballetes con los nombres de los aspirantes universitarios… cómo disfruté aquellos dos días. Cuántos sueños, pasión y emoción entre cuatro paredes. Desaparecieron los nervios y me abandoné al ejercicio. El primer día fui el último en abandonar el aula, miraba mi dibujo entre todas aquellas obras y me sentía especial por formar parte de aquello, fuera lo que fuera.
El segundo recuerdo como nos destaparon el bodegón, 8 horas de libertad creativa para plasmarlo. Lo dibujé de todas las formas posibles y cada vez que lo dibujaba lo hacía con más movimiento… la mesa se elevaba, la silla caminaba, la cesta levitaba, el suelo se retrocía… mi bodegón tendría vida! Aquella tarde sentado en el metro estaba feliz, muy feliz.
A los 15 días estaban las notas expuestas en la Facultad. Me desperté muy temprano, nervioso… al llegar busqué mi nombre, mis apellidos… busqué, busqué…. Y no me encontré. No estaba ni por la G ni por ninguna otra letra del abecedario. Como si no hubiera estado allí dos días. Desesperado fui a Secretaría y solo me dijeron que habría habido algún error en la valoración de las obras o a la hora de elaborar los listados… una instancia y quince días de espera…
Y lo rocambolesco se hizo sitio. Superé la prueba con muy buena nota en ambas pruebas pero alguien se equivocó al elaborar las listas y se olvidó de mí. Las listas ya habían sido publicadas, las plazas asignadas y no se podía aceptar una persona más. Tenía plaza segura… al año siguiente. Me rompí. Salí de la Facultad abatido y sin recoger “mis obras”.
No lo podía entender… sentía que no me lo merecía. Todos los meses con la vida pendiente de un hilo, todas las horas de esfuerzo, tantas horas de sueño robado, tantas personas a quienes les debía tanto… Dejé de dibujar y pintar y sólo en algunos momentos de mi vida me he reencontrado con la inspiración y la necesidad de expresarme y sentir a través del dibujo, siempre por algún motivo muy especial y mucho que decir.
La vida te da y te quita. En mis años de “artisteo” me puso a mi hermano, me regaló a Carmen, a Alba, increíbles compañeros y profesores, puso mi cuenta kilómetros a cero para después obligarme a parar y darme el regalo envenenado de hacerme pensar qué significaba todo esto en mi vida. El dibujo no era el fin, sólo un paso necesario para crecer y saber cómo recorrer parte del camino que estaba por venir.
Aquellos pasos estuvieron llenos de momentos increíbles que con los años han cogido sentido y he vivido momentos donde el dibujo y mis viejos lápices me han ayudado a expresarme, a sentir, a amar y a entender el mundo y mis relaciones… ya me lo había dicho mi querida profesora Carmen, pero era demasiado joven para entenderlo.
Hoy con la perspectiva que me da el tiempo y las ya abundantes canas pienso que tal vez sólo eran los pasos necesarios para convertirme en Pcador y estar para mi hermana. Y ahí quiero seguir… El círculo entre hermanos así está completo. En la vida nunca se te da nada que no puedas hacer ni te quita nada sin lo que no puedas vivir…
Papá… a día de hoy sigo sin utilizar mi plaza en Bellas Artes… pero no sufras, a este camino todavía le quedan muchos trazos y sé que haga lo que haga te tendré a mi lado.
Jorge Juan García Insua
*El dibujo es uno de los primeros bocetos que preparé para la parte libre de la prueba de acceso a Bellas Artes. El resto son dibujos realizados a lo largo de los años.
– Y hoy tampoco vas a escribir? No publicarás nada?
– No, no creo, aunque tampoco te lo puedo asegurar.
Te diré la verdad para ser honesto conmigo y contigo. No lo sé porque hasta que me lo has preguntado no lo había pensado. Tal vez porque esa es la magia de este blog, perdería su esencia si me tuviera que “poner a escribir” porque sí, porque toca… porque me daría pereza, me engañaría a mi y a ti que me dedicas unos minutos de tu precioso tiempo y me regalas el deseo matutino de tomarte el café conmigo, o yo contigo…
… Y también porque lo que he escrito no quiero publicarlo, porque todavía hay una parte de mi ligada a la vergüenza y hay cosas que sólo me pertenecen a mi y así debe seguir siendo…
… Porque no hacerlo supone un ejercicio de humildad y vulnerabilidad que posiblemente sólo tenga sentido para mi…
… Porque hoy no me gusto…
… Porque mi musa se ha cogido el fin de semana libre, mis lápices se han quedado sin punta y con las parcas son pocos los días que me llevo bien aunque les deba dos vidas…
… Porque no soy capaz de escribir de todo lo que siento y lo normal es que no sepa cómo hacerlo ni por dónde empezar …
… Porque a veces recibes mensajes sobre lo que han leído de ti que te sorprenden tanto que necesitas tiempo para digerirlos…
… Porque el silencio me pedía espacio y a estas alturas ya sabes cómo nos llevamos de bien…
… Porque a la vida no puedes meterle prisa, sencillamente pasa. No todo es ya y ahora. Todo tiene su momento y la vida su tiempo
Ves! No iba a escribir y al final mira lo que has inspirado. Ahora entenderás que no supiera qué ni cómo responderte… y que si de alguna forma has conectado conmigo, con lo que escribo o con lo que te hace sentir te mereces que cada vez que publique unas líneas o una palabra sea tan auténtico y verdadero como el lazo que nos une.
Gracias por seguir ahí… sintiendo y emocionándote.
“Tengo un problema… No sé cómo salir… Mmmm, como todos aquí, bueno el problema no soy yo, o sí… tengo miedo y muchas veces no sé cómo comportarme, cómo ayudarle… estoy superada y no sé a quién explicarlo. Por eso vine aquí.”
Era su tercer día en el grupo. Siempre ocupaba una silla enfrente de mí. Llegaba puntual, saludaba tímida pero rebosaba amabilidad y dulzura. Hasta entonces no había participado apenas. Se presentó el primer día y siempre escuchaba atenta, sollozaba en silencio, ofrecía siempre al resto su mano a modo de consuelo… hasta aquel momento.
¿Cómo se quiere a alguien con fecha de caducidad? Le angustiaba no ser suficiente, no poder curarlo, no estar a la altura, no saber quererlo… y a cambio de todo este temor le ofrecía su tiempo sin querer perder un segundo… junto al Él.
¿Cuánto vale una tarde juntos cuando sabes que la pasas con el amor de tu vida? ¿Y cuál es el valor cuándo es la última? Bloqueada sufría porque sentía que no podría querer a nadie como lo amaba a Él y al mismo tiempo a menudo sentía la necesidad de alejarse en un intento de olvidar por unas horas el dolor que le producía pensar en no tenerlo.
La sabiduría emocional del grupo la acompañó y arropó en aquel momento. La cara más trágica del amor es que muchos de nosotros llegaremos al final de nuestros días sin sentir que hemos satisfecho ese anhelo del gran amor, otros lo van a encontrar y lo van a perder y algunos vivirán muriendo por no haberlo intentado. El amor no cura la enfermedad y no puede salvarnos cuando nos estamos consumiendo, pero no hay analgésico más potente ni mayor consuelo ante el desenlace final.
Enfrentarnos a una evidencia tan cruel como la pérdida de la persona por la que sentimos de una forma tan intensa nos hiela la sangre, nos abre el pecho y nos desarma para llevarnos a una culpabilidad asfixiante. Ante la culpa y la aflicción deberíamos mostrarnos agradecidos por haber tenido la fortuna de que tales seres se hayan revelado en nuestras vidas. Haber podido compartir tiempo con ellos es una ofrenda de un valor incalculable y el poder despedirnos del gran amor de nuestra vida de una forma consciente y dejando lazos eternos tendría que ser la culminación de esa oportunidad con la que mucha gente no se va a ver agraciada.
“¿Qué le digo?”
Quién no se sentiría así y cuántos de nosotros tendría el valor de afrontarlo como lo hacía Ella, que sabía que no podía hacer nada excepto aceptar el cambio que más temprano que tarde llegaría y había decidido estar, porque quería estar, porque necesitaba hacerlo, porque era su forma de demostrarle lo que sentía. En ningún caso se encontraría que todas las conversaciones iban a ser “fáciles”, pero vio que para quien se enfrenta a la dama oscura a menudo es más importante ser escuchado que escuchar. Cuando le damos espacio, silencio y voz a la opinión del enfermo le estamos dando el poder sobre su vida y eso es algo a lo que nadie puede renunciar y pocos como ella podía dar. Había tanto amor en aquellas lágrimas… Estar allí sentada, centralizando la sesión, con nuestro corazón en sus manos, reconociendo sus miedos y vulnerabilidades… que fortaleza hay que tener… que especial hay que ser para tener un corazón así.
Aquella tarde de aprendizaje y crecimiento grupal pregunté quién quería hacer el cierre. La compañera que estaba a su lado cogió su móvil y busco algo, se levantó, cogió lo que quedaba de una tiza y escribió en la maltrecha pizarra una frase… “En la vida y en la muerte el mejor sitio de este mundo está en ti, siempre en ti”, era su forma de darle las gracias a su compañera. Y lo hizo compartiendo y regalándonos las palabras con las que su pareja la había despertado aquella mañana. Todos hubiéramos deseado ser ella y recibir un buenos días tan bonito aquella misma mañana… o cualquier mañana de nuestra vida.
Nos levantamos, rodeamos la pizarra y nos fundimos en un largo abrazo. Cuando Ella salía de la sala puso su mano en la pizarra, se giró para mirarme y asintió con la cabeza lanzándome un beso. Aquel sencillo gesto es de las formas de gratitud más bonita que creo haber recibido. Así que respondí de la misma manera.
En cualquier momento del camino amar a alguien significa ayudarle a ser él mismo, y por desgracia, en no pocas ocasiones, para que el ser amado se descubra tiene que hacerlo sin nuestra compañía, debemos dar ese espacio, ese paso atrás imprescindible para que la otra persona encuentre la forma de dar pasos hacia delante. Hay caminos que deben recorrerse sólo o tenemos que aceptar el derecho a decidir por quién queremos ser acompañado, incluso si no somos nosotros los elegidos. Siempre he defendido que hay pocas formas de amor más auténticas, humildes y sinceras que esa.
Esta tarde he pasado por delante de la sala donde aquella sesión tuvo lugar. No he podio resistirme a acercarme al cristal e intentar ver en su interior. Al hacerlo he visto mi reflejo en él y repitiendo aquel sencillo gesto lleno de respeto y gratitud he viajado hasta aquella tarde donde unos “desconocidos” me dieron una clase maestra de vivir con amor y morir por él.
Un muy buen amigo me dijo poco antes de morir que la enfermedad era una puta mierda pero que a cambio le había puesto en el camino a personas por las que valía la pena vivir muriendo. Como en todo tenías mucha razón… Vivir y amar es lo más peligroso que tiene la vida.
Lo que te entregas en vida perdura más allá de la muerte.
Te echo mucho de menos…
Jorge Juan García Insua
*La fotografía superior corresponde a la obra “Vivir muriendo” de la artista Angie López Cámara. Puedes ver parte de su obra en https://angielopez.artelista.com/. Gracias Angie por dejar sentirla mía.
Me apetecía hacer una tarde de despedida… era nuestro último día después de un verano intenso e inolvidable en muchos sentidos. Así que cuando a media tarde he cerrado el portátil les he propuesto pasar nuestra última tarde paseando por la playa…
Mientras caminábamos hablábamos de todo lo que habíamos hecho este verano y al llegar a la altura del Carrer del Mar se han encontrado con una inmensa araña repleta de niños que subían por ella.
J rápidamente se ha ido a escalar por ella y P ha seguido sentado a mi lado. Me ha cogido fuerte del brazo, ha pegado su cabecita a mi estómago y me ha dicho flojito… “Sabes lo que más me ha gustado del verano? El día del túnel en la playa, ese día juntos fuimos más que imposible”. Y mi corazón se ha parado y emocionado a partes iguales recordando aquella tarde día atrás.
Aquella tarde de playa cansados de luchar contra las olas se dispusieron a construir un túnel, su objetivo era hacer unos agujeros tan profundos como pudieran y unirlos con un túnel sin que la arena se viniera abajo.
Mientras cavaban como si la vida les fuera en ello y el nivel de arena en su cara empezaba a ser preocupante un Señor se puso al lado mirando. Y a los segundos se les acercó y dijo “Dejadlo. No lo conseguiréis. Se hundirá el túnel antes de unir vuestras manos. Imposible.”
P me miro triste y miraba a J… “y vais a dejarlo solo porque os ha dicho que no se puede? Y si podemos y juntos hacemos lo imposible? – les dije intentando animarlos.
Y ahí me fui. Ni recuerdo la última vez que había hecho algo similar… y los tres comenzamos a cavar y cavar hasta donde mi brazo dio y con dos agujeros separados por casi un metro comenzamos poco a poco a unirlos con un túnel… y mientras el susodicho nos miraba y unos niños empezaban a hacer corrillo animándonos.
Finalmente conseguí quitar el último puñado de arena y metiéndonos literalmente en el hoyo conseguimos unir nuestras manos en medio del túnel. Fue de esas imágenes que valen un verano. Saltaban, aplaudían, gritaban y lo hacían alrededor todos los niños que hacían corro… y nosotros llevados por el momento brazos en alto como en una escena final de Rocky.
“Papá! Papá! Juntos somos imposibles!!!” – gritaba alegre P saltando por la arena.
Y el susodicho aplaudía y reía.
No he conocido un niño que no sueñe con conseguir grandes cosas, con inagotable capacidad de superación e infinita determinación para perseguir sueños. Nos pasamos parte de la vida buscando y leyendo frases del empoderamiento que hemos ido perdiendo por el camino, y a veces, sobran unos puñados de arena mojada y dejar la vergüenza en la toalla para recordarnos que cuando nos aceptamos tal como somos, con nuestras virtudes y habilidades, somos capaces de casi cualquier cosa. Siempre hay alguien con la chispa necesaria para encendernos y llevarnos más allá. Lo esencial… no dejemos de soñar porque casi nada bueno sucede en esta vida si no lo hemos soñado antes. Y es tan bonito cuando sucede…
Cuanta razón tenía Albert Schweitzer cuando dijo “la edad arruga la piel pero renunciar a los sueños arruga el alma”.
Aquella tarde no pensé que le había causado tanto impacto lo sucedido a P… su frase me parece tan maravillosa como genial y resume a la perfección muchas de las ideas y valores de las que intento ser ejemplo para ellos.
Lo imposible va ser olvidarla y no llevarla grabada… Gracias J, gracias P por hacer del paseo un momento tan especial. Seguiré intentando y me esforzaré para que no se vayan a la cama sin sueños por cumplir, ellos forman parte indivisible de los míos.
Esta noche nos vemos en los sueños… juntos es imposible que se nos arrugue el alma.
Los veranos de mi vida han tenido finales de toda índole. Los recuerdo con olor a sardinas a la brasa, de viajes increíbles en una bicicleta BH medio destartalada, a revolcones entre olas y confidencias juveniles, a biberones, a melones robados en carreteras secundarias, a viajes locos de rock salvaje, a sexo, a besos a escondidas y amores que nunca llegaron al otoño… y el que acabó con su sesión. Tal día como hoy, sobre esta misma hora cuando dijo que quería que septiembre fuera el inicio de su nueva vida y mi mente evocada de la imagen de todos esos coleccionables que empezarán en unos días y raro es el que pasa del tercer fascículo…
Así que decidí planteárselo tal cual… Imagínate que este septiembre es tu coleccionable, ese que detallará tu vida las próximas semanas, los próximos meses… cuál será la primera entrega?
Me lanzo una mirada perdida y una sonrisa llena de silencio… y así pasaron los segundos hasta que me dijo “la primera entrega es sobre quién va a acompañarme en las siguientes… y quién no”. Y así comenzó una intenso viaje de una hora.
“Y llegó aquí cansada, no me caen más lágrimas de lo cansada que estoy de llorar. Cansada de perseguirlo, cansada de huir, cansada de esconder lo que siento, cansada de no saber cómo compartirlo, cansada de fingir que todo esta bien cuando no ha ido nunca tan mal. Me siento sola. No quiero sentirme así nunca más “.
Y al final le resultó que la rutina no es tal, que lo que queremos cambiar no es lo que hacemos sino con quién, quién nos aporta, quién nos acompaña, quién cambia de estación con nosotros, quién seguirá coleccionando nuestros fascículos cuando ya no vengan con regalos, aunque alguno salga unos días tarde o no sean tan brillantes como la publicidad prometía…
Hace unos días leía que un canal de televisión repone cada verano la serie Verano Azul por falta de fondos para invertir en nuevas producciones, y que haciéndolo descubrió que la nostalgia es una poderosa arma de negocio pues todavía remueve y nos engancha. Lo malo de vivir de recuerdos es que si vives prendado de ellos dejas de generar nuevos, y cuando esto sucede, cuando siempre vuelves a los mismos acabas identificando el último de ellos… y aunque te duela entiendes que como las buenas series… o como los coleccionables… hubo un primero y hubo uno que puso punto final. Y es en ese momento cuando se cierran heridas. Es ese instante sanador el que te impulsa a comenzar de nuevo y pasar pagina, de capítulo, de serie…
Eso entendió al final de la sesión… aquel había sido su último verano, su Verano Azul… Las personas como sucede cada año pasamos por estaciones, el cambio es inevitable, no puedes hacer nada, no siempre está claro cuando acaba una y empieza otra. Sólo puedes aceptarlo y abrirte a ellas porque aunque una estación te venga mal girada te queda el consuelo de pensar que ninguna es para siempre.
Posiblemente no fue el mejor verano de su vida… pero sin duda dio paso a un emocionante septiembre lleno de maravillosas entregas.
Aquellas fueron sesiones con olor a verano… a paseos de la mano por la playa, a rayos de Sol a través de las persianas bajadas, a tardes de terraza sin prisas, a abrazos que duran una siesta… y ahora aquí, finalizando agosto delante de la piscina de mi verano, con el Sol medio desaparecido, la playa al fondo y el olor a mar he conectado con aquella sesión y con los veranos de mi vida… y con la enorme ilusión de un nuevo septiembre.
«-¿Por qué soy tan diferente a ellos? – El Sol de la Tierra es más joven y brillante que el de Krypton. Tus células han absorbido su radiación, fortaleciendo tus músculos, piel, sentidos… La gravedad de la Tierra es menor y, en cambio, su atmósfera más rica. Aquí te has hecho más fuerte de lo que jamás habría imaginado. La única manera de saber cuánto es poner prueba a tus límites. Darás a los habitantes de la Tierra un ideal por el que luchar, intentarán seguirte. Tropezarán. Caerán. Pero con el tiempo… se unirá a tí en el Sol, Kal. Con el tiempo… les ayudarás a lograr grandes proezas» (*)
Siempre tengo la duda de si mis hijos entienden lo que para mí es importante y me esfuerzo en enseñarles que por encima de todo si hay algo que quiero inculcarles son valores. Esta mañana J quería ver Superman conmigo, absorto y con los ojos como platos miraba metido en el papel de superhéroe y tras esa secuencia me ha dicho…
– Papá tú eres mi Superman! -me dicho cogiéndome la mano… Ayudas a los demás y haces cosas para ver tus límites… Sólo te falta volar, aunque si te pones una capa…
Y se me ha encogido el corazón… y le he apretado la mano con la emoción desbordada por mis dedos.
– Te quiero mucho superpapá! -me ha susurrado mientras se acomodaba en mi regazo y yo con los ojos mojados incapaz de mover un músculo.
Y viendo a Superman descubrirse en su primer vuelo hemos volado con él, no ha hecho falta decir nada. Sobraban las preguntas y mirándonos teníamos todas las respuestas. P se ha acercado, se ha tumbado a mi lado, me ha dado un beso y nos hemos quedado en silencio viendo la película.
A Superman no le interesa la fama ni el reconocimiento. Promueve sentimientos como la compasión, la nobleza, la bondad, la amabilidad, el desinterés traducido en ayudar a los otros, la diferencia entre el bien y el mal y sobre todo, que no hace falta ponerse un traje de superhéroe para tener el poder de ayudar y cambiar situaciones que parecen ante algunos ojos imposibles.
Los padres de Superman creían que su mundo, Kripton, había perdido la posibilidad de elegir qué ser, los niños nacían predeterminados a ejercer un rol… y si un niño aspiraba a algo más? Y si cada niño es diferente y único? Superman encarna esa creencia, el sacrificio de sus padres es fruto del amor por su hijo, qué padres no se sacrificaría hasta el final por darle una oportunidad? Esa es su esperanza, eso significa el símbolo que lleva en el pecho. Esperanza en el potencial de cada uno para ser alguien mejor al servicio de los demás. Eso es lo que el padre de Superman le explica para hacerle entender quién es y lo que puede ofrecer a los habitantes de la Tierra.
No sé a lo que se dedicarán mi hijos cuando crezcan pero sí espero que sean dueños de su vida, que sean tan diferentes como deseen, que respeten a los demás por encima de todo, que sean cabezotas y se esfuercen por lo que quieran de verdad, que se rían mucho de sí mismos y nunca de los demás, que sepan pedir perdón y aprender de sus errores, que asuman riesgos, que no den importancia a lo físico y sí a lo que hay debajo, que el camino a veces tiene curvas y que todas ellas tienen algo que enseñarles si son humildes para aprender, que el mundo está lleno de ángeles, que sean apasionados e intensos en el amor, que se arriesguen y que la vida a veces no es justa pero ellos… ellos siempre serán maravillosos.. y mi fuente inagotable de fuerza.
Superman se oculta al mundo por miedo y con el tiempo y la guía de su padre aprende a aceptar la responsabilidad que se le dio, y haciéndolo comienza un ejercicio de autodesarrollo, crecimiento y aceptación propia…. J no estaba equivocado, tengo mucho que aprender de él… y de Superman.
La primera película que ví en un cine fue Superman II, me llevó mi padre y mi abuela… me cautivó y marcó como no podía imaginar. Aquella tarde aquel niño soñó con lo que parecía imposibles, pero su inocencia le hizo pensar que para volar necesitaba una capa. Aún recuerdo aquella tarde en el Cine de Paseo La Salut… Desde entonces es un personaje que por muchos motivos ha ido apareciendo y ligándose a momentos de mi vida, muchas personas importantes para mí me lo han ido recordando… hoy ha vuelto a suceder, ya sin capa y tengo la sensación de que lo ha hecho para cerrar un círculo.
J me ha pedido que para el próximo Carnaval nos disfracemos de superhéroes. Él será Spiderman, P Batman y yo… quiere que yo sea Superman…
Y esa ha sido mi promesa. El camino me pone una capa por delante… tal vez sea el momento de volvérmela a poner…
Me han dicho que la relación que tengo con el silencio es particular…
Particular? -repregunté.
Sí, rara -afirmó.
Sí, soy de esas persona raras que se sienten cómodos con el silencio, que lejos de sentirse solo con él siento que me acompaña y que incluso hay momentos donde lo necesito porque a través de él puedo conectar con situaciones, con personas, conmigo, contigo.
Cuando de forma habitual el silencio puede ser interpretado como una falsa sensación de normalidad, de “hacer como si nada hubiera pasado”, apatía o indiferencia, yo creo que el silencio dice que no y dice que sí, no puedes aunque quieras adornarlo, es respuesta y da espacio a la pregunta si te concedes el tiempo necesario para formularla adecuadamente.
Lejos de ser ausencia recoge la presencia cuando es auténtica y la protege para que crezca y se fortalezca. Para algunos será distancia y enfado… para otros paz, serenidad, cercanía y felicidad. Cuando dudas sobre ti es espejo, te recuerda el camino recorrido y te acompaña aunque no lo escuches. Cuestiona lo que vemos y nos despierta cambios que sólo así podemos concebir… desde el silencio. Solo así seguimos esperando… desde el silencio.
Cuando es compartido se convierte en un lenguaje propio con la maravillosa capacidad de hacer cómplices, de mostrar respeto y cariño. El silencio es una compleja forma de comunicación que necesita de una conexión inmensa, confianza absoluta y te abre las puertas a escuchar lo que no se oye. Al silencio no puedes quitarle el turno de palabra, así es de especial.
El silencio es el estruendo emocional más intenso que podemos llegar a vivir, capaz de rompernos por dentro y remendarnos a continuación. El silencio acompaña a la mirada transparente que dice “estoy contigo” y al abrazo que grita “estoy para ti”. Y en ambos casos deja cicatriz…. silenciosa e invisible para la piel y enorme para el corazón. Es honesto, a la conciencia no la puedes mentir. En silencio me encontrarás.. La segunda estrella a la derecha todo recto hasta el amanecer, ahí, justo ahí… en silencio tú y yo.
Silencio. El que por encima de muros de dolor te acompaña en el duelo. Lágrimas huérfanas de sonido. El mismo al que le hablas cuando de nuevo sale el Sol. Ssssshhhhhh… soledad compartida, cuarto oscuro, mirar el mar desde el Pont del Petroli y sentir la sal mientras se deposita en tu piel… en silencio…. un beso.
Decía T. Bruneau “el silencio es la lengua de todas las fuertes pasiones: amor, cólera, sorpresa y miedo» y un viejo proverbio que “el silencio prolongado lleva a la locura”. Locura… amor… miedo… silennnnnnnncio.
El silencio como la vida es bueno cuando uno lo acepta. Como todas las cosas hay que aceptarlas tal como son, simplemente porque son así. Y abrirse a él. Desnudo para mí y desnudo yo para quien conecta conmigo entre silencios.
Bonito sería si nuestras palabras fueran más hermosas que nuestros silencios. Ni toda distancia es olvido ni todo silencio es olvido. Palabra.
Iba caminando cuando he escuchado esta frase y al girarme he visto como una madre se lo decía a su hija pequeña, que debía tener aproximadamente la edad de mis hijos. No le he dicho nada pero debería… He hecho la intención, me he girado pero no me he parado. Y ahora me arrepiento…
Debería haberlo hecho porque Señora un niño no trata mal a una niña porque le gusta. Lo hace porque al permitir eso estamos aceptando aceptando la violencia y todos tenemos la obligación de enseñar y hacer comprender que ese comportamiento es violencia…. Y el resto depende del maquillaje que le queramos poner.
Déjeme Señora que comparta con Usted mi opinión e intente expresar cómo lo veo y creo que debería verse… Los niños, más allá de ser niños o niñas, porque eso al final a esa edad (y a cualquiera) es indiferente, han de aprender a respetar y ser respetados y está en manos de los padres y del entorno en el que educamos a nuestros hijos potenciar su desarrollo emocional y el tipo de relaciones interpersonales que deben tener niñas, niños, hombres y mujeres.
El género no debería ser nunca motivo de desaprobación o juicio ni tampoco convertirse en una excusa para reprimir sentimientos ni justificar menosprecio en cualquier de sus formas. Los niños aprenden de lo que los padres hacemos y de cómo vivimos. Enseñemos les a comportarse con coherencia y sobretodo respeto.
Si queremos enseñar hábitos y ya lo decía Aristóteles, debemos aprender a ser nuestra mejor versión posible. Y para alcanzarla tenemos que desaprender, escuchar, criticarnos, ver y comprender la realidad de nuestro entorno y cambiar lo que no funciona. Y la igualdad de géneros y la ausencia de violencia machista todavía «no funciona» y para que lo haga hemos de dar el peso y valor necesario a las palabras evitando así asentir con el silencio como si no fueran importantes. Lo son… y de que lo sean cada vez más dependerá la vida de personas hoy, mañana y por desgracia al otro.
Señora… si soy sincero su frase me asusta. Pensará que soy tremendista o posiblemente algo peor, pero no puedo ser imparcial y hoy no me sale hacer el esfuerzo. Esta vez no. Y no puedo porque he conocido a demasiadas personas que han luchado, luchan y siguen luchando por superar situaciones que empezaron con una frase como esa.
Nadie que haya escuchado historias como las que he escuchado puede evitar que se le estruje el corazón al escuchar una frase así. Podría hablarle de sesiones para días oscuros de lunes a domingo, de ojos mojados, llenos de pesados pasados, de relaciones truncadas que no pudieron crecer, de amores perdidos, de días duros de vergüenza, miedo en las entrañas y de vidas dedicadas a curar cicatrices…
Y cómo quiero pensar que el camino a veces tiene curvas y se hace de noche pero que ningún túnel es eterno y al final siempre hay luz déjeme acabar con Mafalda, porque quien mejor que una niña inocente y con valores para concienciar del derecho a todo niño a ser y ser tratado bonito, sin importar su género:
Entendería que me moleste conmigo y le agradezco la atención si algún día estas palabras le llegan. No es mi intención ni de lejos ofender pero ésto no va solo de mí o de Usted, ni siquiera de mis hijos o su hija… va mucho más allá.
Sólo pretendo llamar la atención y poner el foco sobre algo que no debemos normalizar ni mucho acostumbrarnos, porque nos define a todos como personas y la forma en que nos relacionamos y amamos. Ojalá llegue el día que nadie tenga que arrepentirse de haber escuchado una frase como esa.
Además Señora… Y si alguien le gustas, si a alguien realmente le importas te amará bonito… porque créame si le digo que no hay otra forma de amar.
Estos días a raíz de mis últimas publicaciones he recibido muchos comentarios acerca de mi vida, todos emocionantes, cargados de cariño y especialmente ayer tras volver a publicar “Chache” en recuerdo de mi padre. Son todos ellos motivos maravillosos por lo que exponerme en estas publicaciones es de las decisiones más bonitas que he tomado en mi vida, y agradezco en el alma cada uno de ellos.
Uno de estos comentarios ha sido de una gran amiga que desde todo el cariño que me tiene que me ha regalado esta mañana una frase “con lo que yo me he quejado estos meses Jorge… y los palos que te ha dado a ti la vida. Le has dado tanto a la vida que te mereces todo el amor que ésta pueda darte por todo lo que tú le has entregado”. Removido me he quedado unos segundos en silencio pensando en todo lo que contenían esas palabras e inconscientemente le he contestado con otra… “el corazón no muere cuando deja de latir. El corazón muere cuando los latidos dejan de tener sentido”.
Siempre me ha resultado una frase muy inspiradora en la que me siento reflejado y refleja lo que me ilusiona en la vida. Tal vez sí que la vida en ocasiones ha sido dura conmigo y me ha dado lecciones que a menudo he tardado demasiado en aprender pero no más de lo que lo es con muchos otros y me gusta decir que todas esas vivencias, sean del tipo que sean, me han convertido en lo que soy y me han llevado donde estoy. Y siento que soy lo que quiero ser y estoy donde quiero estar.
La vida no tiene marcha atrás, guste o no solo tiene marchas hacia delante y a menudo falla hasta el freno de mano. La vida se transforma y te transforma. Te enseña que comenzar siempre da miedo y que un final triste puede venir un maravilloso principio. La clave es qué y quién es realmente importante para ti, qué decides llevar en tu mochila y con quién decides compartir el peso y el camino.
Recuerdo ahora un fragmento de un texto de Berth Hellinger que compartí en las redes hace mucho tiempo…
«La vida te desilusiona para que dejes de vivir de ilusiones y veas la realidad. La vida te destruye todo lo superfluo, hasta que queda solo lo importante. La vida no te deja en paz, para que dejes de pelearte, y aceptes todo lo que Es. La vida te retira lo que tienes, hasta que dejas de quejarte y agradeces. La vida te envía personas conflictivas para que sanes y dejes de reflejar afuera lo que tienes adentro.
La vida te corta las alas y te poda las raíces, hasta que no necesitas ni alas ni raíces, sino solo desaparecer en las formas y volar desde el Ser. La vida te niega los milagros, hasta que comprendes que todo es un milagro. La vida te acorta el tiempo, para que te apures en aprender a vivir. La vida te ridiculiza hasta que te vuelves nada, hasta que te haces nadie, y así te conviertes en todo.
La vida deja que te caigas una y otra vez, hasta que te decides a aprender la lección. La vida te saca del camino y te presenta encrucijadas, hasta que dejas de querer controlar y fluyes como rio. La vida te pone enemigos en el camino, hasta que dejas de “reaccionar”. La vida te asusta y sobresalta todas las veces que sean necesarias, hasta que pierdes el miedo y recobras tu fe. La vida te quita el amor verdadero, no te lo concede ni permite, hasta que dejas de intentar comprarlo con baratijas.
La vida no te da lo que quieres, sino lo que necesitas para evolucionar. La vida te lastima, te hiere, te atormenta, hasta que dejas tus caprichos y berrinches y agradeces respirar. La vida te oculta los tesoros, hasta que emprendes el viaje, hasta que sales a buscarlos. La vida te acorta, te quita, te rompe, te desilusiona, te agrieta, te rompe … hasta que solo en ti queda AMOR».
De las muchas cosas que me ha enseñado mi camino es que si voy para atrás que sea para entender, porque para vivir siempre… siempre… siempre… siempre hacia delante.
Estaba medio dormido cuando los golpes de la camilla al ser encajada me despertaron. Giré la cabeza y dos enfermeras intubaban y ponían vías a mi nuevo compañero. Antes de marcharse dejaron entrar a su hijo para explicarle donde podía dejar sus cosas y la normativa de visitas del Hospital.
Cuando desperté me quedé mirándolo. Era muy mayor y la imagen de aquella persona en la camilla, lleno de vías y tubos, respiración cansada, sin dentadura y el color amarillento de su piel era de todo menos alentadora.
De madrugada me sobresaltó los ruidos de la cama de al lado. Corrí la cortina con la mano y mi “vecino” estaba sentado, arrancándose las vías y tubos mientras gritando que no quería estar allí y que se marchaba. La imagen era grotesca. Enérgico y malhumorado hasta niveles indescriptibles se levantó mientras la sangre recorría sus brazos y una de sus piernas. Ya de pie, se le cayó la bata y decidido se dirigió hacia la puerta de la habitación desnudo.
En aquel momento solo se me ocurrió pulsar una y otra vez el botón de alarma para avisar a las enfermeras mientras en una escena digna de los Hermanos Marx me presentaba a mi fugitivo compañero y le pedía que esperara a que vinieran. Pero aquello parecía sobresaltarse mucho más y repetía que no esperaba a nadie y que se marchaba a casa…. Y aquel que se suponía estaba en el último aliento, que no hablaba y no se podía moverse salió desnudó caminando tambaleante por el pasillo…
Cuando su hijo llegó al día siguiente le expliqué lo sucedido y después habló con las enfermeras… y mi compañero de habitación empezó a hablar para dejar claro a todos que se iba, que no seguiría un solo día más allí y que no tenía intención de morirse, o al menos no en el hospital. No se fue tan rápido como deseaba pero pocos días después me volví a quedar dueño y señor de la habitación.
Llegó desahuciado y se fue a los pocos días a casa, tal como había dicho, ante la sorpresa de médicos y enfermeras que no podían creer lo que había pasado esa noche. Ninguna de las opciones médicas pasaba por lo que había sucedido, y a él tampoco parecía importarle.
Cuando meses después empezar mi recuperación ya fuera del hospital y tenía que vendarme piernas y sufrir fuertes dolores tras pequeños pasos recordaba lo sucedido aquella noche en el hospital. Su determinación y ejemplo me llevo a ir más allá del intento y pensar que si él había hecho aquello yo no iba a quedarme atrás. Se lo debía a muchas personas y se lo debía a él.
Nunca supe realmente por qué había ingresado, nunca encontraron que sepa un cuadro claro… tal vez sucedió que yo lo necesitaba, que tenía una lección que enseñarme y para que a aquel joven no se le olvidara la dio de la forma más magistral y con toda la parafernalia posible que permitía una habitación de hospital. Aquella noche te convertiste en una versión moderna del Sr Scrooge de Charles Dickens que se transformó en el Espíritu del Presente para señalarme el camino.
Imposible saber hasta dónde hubiera llegado yo si Antonio, que así se llamaba, no ingresa aquella noche…. pero no hubo día de recuperación que no me acordara de él.
Te debo una disculpa Antonio… nunca de supe agradecer lo que hiciste por mí y que aquel día estirarás de nuestro lazo. Estés donde estés que sepas que seguí tú ejemplo y que en mi caso y por fortuna los médicos tampoco acertaron… A mí también me dijeron que no podría y por eso lo hice.
Esta tarde mientras esperaba para cruzar el paso de cebra delante de mi casa ha pasado una ambulancia y detrás de ella un taxi… y esa imagen me ha transportado a muchos años atrás.
Aún no había llegado a la mayoría de edad cuando estuve ingresado una larga temporada … inmovilizado completamente y los médicos me insistían que no debía moverme, aunque lo cierto es que de quererlo tampoco hubiera podido y a duras penas tenía fuerzas para asentir con la cabeza…
Mi primer compañero de habitación en aquella quinta planta del Hospital Can Ruti fue un hombre que pasó una sola noche conmigo, la previa a una operación de cáncer de pulmón. Fue una noche intensa y llenas de intensos silencios, tan solo rotos por una de las declaraciones de amor hacia su pareja más bonitas que años después todavía puedo recordar.
Su mujer me pidió permiso para correr la cortina que separaba las dos camas y se sentó a su lado. No pude evitar girar la cabeza e intentar ver a través de aquella tela, que se volvía medio transparente por el efecto de la luz encendida en su mesita. Las sombras hicieron el resto… Se sentó al lado de su marido, le dio la mano y él completamente roto se medio levantó para abrazarla, como se abraza cuando piensas que será la última vez.
Cuando creyó comenzar a controlar la emoción fue recordando entre sollozos y voz entre cortada cómo se habían conocido todavía adolescentes y como aquella relación estaba llena de historias y momentos hasta llegar a aquella noche.
Nunca le dije que llore casi tanto como él, que cerré mi boca con fuerza mientras me caían las lágrimas y sin poder evitar tener la cabeza girada viendo las sombras de aquella escena, que me rompí con ellos. Allí, en aquella habitación este todavía niño adolescente vivió tal vez su primera historia de amor… verdadero.
Aún hoy y pasados tantos años hay momentos donde quiero o necesito conectar con el amor o con el miedo a perder a la persona que quieres y por la que morirías llevo mi mente a aquella noche. Aún hoy me emociono… «me mata pensar que no te he querido suficiente…».
La mañana siguiente cuando tras prepararlo para el quirófano se quedó tumbado en su cama, ya encarada esperando al celador, me miró, al hacerlo vi pintadas en su cuerpo las líneas que señalaban cómo iba a ser operado y me dijo “lo siento… creo que no estás en la planta más adecuada para alguien tan joven como tú y perdona que no te hayamos dejado dormir, pero tengo miedo y tengo miedo de perderla. Espero que tu próximo compañero sea más divertido. Mucha suerte y no te estés aquí demasiado tiempo!”.
No supe contestar ni reaccionar de ninguna forma. No me salieron las palabras ni tan solo fui capaz de respirar… y así me quede mientras se lo llevaban.
Y cuando salió de la habitación lloré y aprendí que para amar no hace falta abrir los ojos, basta con abrir el corazón, entregarlo y escuchar.
Esa noche pregunté y me dijeron que me cambiaban el compañero, que la operación había ido “bien” pero que estaría en cuidados intensivos un tiempo antes de subirlo de nuevo a planta, y que en un rato conocería a mi nuevo compañero…